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Título de la edición original: The Buried Giant

Edición en formato digital: octubre de 2016

© de la traducción, Mauricio Bach, 2016 © Kazuo Ishiguro, 2015 © EDITORIAL ANAGRAMA, S.A., 2016 Pedró de la Creu, 58 08034 Barcelona ISBN: 978-84-339-3743-8 Conversión a formato digital: Newcomlab, S.L. anagrama@anagrama-ed.es www.anagrama-ed.es


Deborah Rogers 1938-2014


Primera parte


CAPÍTULO UNO

Podríais haber pasado un buen rato tratando de localizar esos serpenteantes caminos o tranquilos prados por los que posteriormente Inglaterra sería célebre. En lugar de eso, lo que había entonces eran millas de tierra desolada y sin cultivar; aquí y allá toscos senderos sobre escarpadas colinas o yermos páramos. La mayoría de las vías que dejaron los romanos ya estaban en aquel entonces destrozadas o en mal estado, en muchos casos devoradas por la naturaleza. Sobre los ríos y ciénagas se posaban neblinas heladas, que eran propicias a los ogros que en aquel entonces todavía poblaban esas tierras. La gente que vivía en los alrededores –uno se pregunta qué tipo de desesperación les llevó a instalarse en unos parajes tan lúgubres– es muy probable que temiese a estas criaturas, cuya jadeante respiración se oía mucho antes de que sus deformes siluetas emergiesen entre la niebla. Pero esos monstruos no provocaban asombro. La gente entonces los veía como uno más de los peligros cotidianos y en aquella época había otras muchas cosas de las que preocuparse. Cómo conseguir comida de esa tierra árida; cómo no quedarse sin leña para el fuego; cómo detener la enfermedad que podía matar a una docena de cerdos en un solo día y provocar un sarpullido verdoso en las mejillas de los niños. En cualquier caso, los ogros no eran tan terribles, siempre que uno no les provocase. Aunque había que dar por hecho que de vez en cuando, tal vez como consecuencia de alguna trifulca de difícil comprensión entre ellos, de pronto una de esas criaturas se adentraría erráticamente en una aldea, presa de una incontenible ira, y aunque se la recibiese a gritos y blandiendo ante ella armas, en su furia destructiva podía llegar a herir a cualquiera que no se apartase lo suficientemente rápido de su camino. O que cada cierto tiempo un ogro podía llevarse consigo a un niño y desaparecer entre la niebla. La gente de aquel entonces tenía que tomarse con filosofía estas atrocidades. En un lugar así, al borde de una enorme ciénaga, a la sombra de escarpadas colinas, vivía una pareja de ancianos, Axl y Beatrice. Tal vez


ésos no fuesen sus nombres exactos o completos, pero, para simplificar, así es como nos referiremos a ellos. Podría decir que esa pareja vivía aislada, pero en aquel entonces muy pocos vivían «aislados» en el sentido que nosotros le damos al término. Para garantizarse calor y protección, los aldeanos vivían en refugios, muchos de ellos horadados en las profundidades de la ladera de la colina, conectados unos con otros a través de pasajes subterráneos y pasadizos cubiertos. Nuestra pareja de ancianos vivía en una de esas madrigueras con ramificaciones –«edificio» sería una palabra demasiado grandilocuente–, junto a aproximadamente otros sesenta aldeanos. Si uno salía de esas madrigueras y caminaba veinte minutos por la colina, llegaba al siguiente asentamiento, que a simple vista resultaba idéntico al primero. Pero a ojos de los propios habitantes habría un montón de detalles distintivos de los que sentirse orgullosos o avergonzados. No pretendo dar la impresión de que eso era lo único que había en la Inglaterra de aquel entonces; de que en una época en la que florecían civilizaciones esplendorosas en otras muchas partes del mundo, aquí estábamos no mucho más allá de la Edad de Hierro. Si hubieseis podido deambular a voluntad por la campiña, habríais descubierto castillos rebosantes de música, buena comida y gente en perfecta forma física, y monasterios cuyos moradores dedicaban sus vidas al conocimiento. Pero desplazarse era arduo. Incluso a lomos de un caballo fuerte, con buen tiempo, habríais podido cabalgar durante días sin vislumbrar ningún castillo o monasterio asomando entre la vegetación. Os habríais topado mayormente con comunidades como la que acabo de describir, y a menos que llevaseis encima obsequios en forma de comida o ropa, o fueseis armados hasta los dientes, nada os habría garantizado un buen recibimiento. Siento pintar semejante cuadro de nuestro país en aquella época, pero así eran las cosas. Pero regresemos a Axl y Beatrice. Como decía, esta pareja de ancianos vivía en la zona más alejada de la red de madrigueras, donde su refugio estaba menos protegido de los elementos y apenas se beneficiaba del fuego de la Gran Sala en la que todos se congregaban por la noche. Tal vez hubo un tiempo en que habían vivido más cerca del fuego; un tiempo en que habían vivido con sus hijos. De hecho, ésta era la idea que le rondaba por la cabeza a Axl mientras permanecía tendido en el lecho durante las largas


horas que precedían al amanecer con su esposa profundamente dormida a su lado, y entonces una sensación difusa de pérdida se adueñaba de su corazón, impidiéndole volver a conciliar el sueño. Tal vez ése fue el motivo por el cual, esa mañana en concreto, Axl se había levantado del lecho y se había deslizado sigilosamente hasta el exterior de la madriguera para sentarse en el torcido banco junto a la entrada, esperando allí los primeros atisbos del alba. Era primavera, pero el viento seguía siendo helado, aun con la capa de Beatrice con la que se había envuelto al salir. Sin embargo, estaba tan absorto en sus pensamientos que para cuando se dio cuenta del frío que hacía, las estrellas ya habían desaparecido, por el horizonte se extendía un resplandor y de la penumbra emergían las primeras notas del canto de los pájaros. Se puso lentamente de pie, lamentando haber estado a la intemperie tanto rato. Gozaba de buena salud, pero le había llevado algún tiempo sacarse de encima su última fiebre y no quería recaer. Ahora notaba la humedad en las piernas, pero mientras se daba la vuelta para volver adentro, se sentía francamente satisfecho: porque esa mañana había logrado recordar varias cosas que hacía ya tiempo que se habían desvanecido en su memoria. Además, tenía la sensación de que estaba a punto de llegar a algún tipo de decisión trascendental –una que llevaba mucho tiempo posponiendo– y sentía una exaltación interior que estaba ansioso por compartir con su esposa. Dentro, los pasadizos de la madriguera estaban todavía completamente a oscuras, y tuvo que avanzar a tientas hasta dar con la puerta de su estancia. Muchas de las «puertas» de la madriguera eran simples arcadas que marcaban el umbral de una estancia. El carácter abierto de esta distribución no parecía incomodar a los aldeanos por la falta de privacidad, y en cambio permitía que las estancias se beneficiasen del calor que se extendía por los túneles desde la gran hoguera o las hogueras más pequeñas permitidas en la madriguera. La estancia de Axl y Beatrice, sin embargo, al estar demasiado alejada de cualquiera de los fuegos, sí tenía algo que podríamos denominar una puerta; un enorme marco de madera con pequeñas ramas, enredaderas y cardos entrelazados que quien salía o entraba tenía que apartar a un lado cada vez que cruzaba el umbral, pero que permitía mantener a raya las gélidas corrientes de aire. A Axl no


le hubiera importado mucho no contar con esa puerta, pero con el tiempo se había convertido en objeto de considerable orgullo para Beatrice. A menudo, cuando él regresaba, se encontraba a su mujer sacando las plantas marchitas de la construcción y sustituyéndolas por otras recién cortadas que había reunido durante el día. Esa mañana, Axl movió el parapeto justo lo suficiente para poder pasar, procurando hacer el menor ruido posible. Las primeras luces del alba se filtraban en la habitación a través de las pequeñas grietas de la pared exterior. Podía vislumbrar su propia mano débilmente iluminada ante él y, sobre el lecho de hierba, la silueta de Beatrice, que seguía profundamente dormida bajo las gruesas mantas. Estuvo tentado de despertar a su esposa. Porque una parte de él le decía que si en ese momento ella estuviese despierta y hablase con él, cualquier última barrera que todavía se interpusiese entre él y su decisión finalmente se desmoronaría. Pero aún faltaba un poco para que la comunidad se levantase y diese comienzo un nuevo día de trabajo, de modo que se acomodó en la banqueta baja en la esquina de la estancia, todavía envuelto en la capa de Beatrice. Se preguntó si esa mañana la niebla sería muy espesa y si, a medida que la oscuridad se fuese disipando, descubriría que se había ido filtrando a través de las grietas en su estancia. Pero de pronto sus pensamientos se alejaron de estos asuntos y regresaron a lo que llevaba un tiempo preocupándole. ¿Los dos habían vivido siempre así, en la periferia de la comunidad? ¿O en algún momento del pasado las cosas habían sido muy diferentes? Hacía un rato, en el exterior, habían vuelto a su mente algunos fragmentos de recuerdos: una fugaz imagen de sí mismo recorriendo el largo pasillo central de la madriguera rodeando con el brazo a uno de sus hijos, caminando un poco inclinado, no a causa de la edad como podía suceder ahora, sino simplemente porque quería evitar golpearse la cabeza con las vigas debido a la escasa luz. Probablemente el niño estaba hablando con él, acababa de contarle algo divertido y ambos se reían. Pero ahora, como hacía un rato en el exterior, no lograba que nada quedase fijado en su cabeza, y cuanto más se concentraba, más difusos parecían hacerse los recuerdos. Tal vez todo esto no fuesen más que imaginaciones de un viejo chiflado. Tal vez Dios nunca les hubiese dado hijos. Acaso os preguntéis por qué Axl no se dirigía a los otros aldeanos para


que le ayudasen a recordar su pasado, pero no era tan sencillo como pueda parecer. Porque en esta comunidad raramente se hablaba del pasado. No pretendo decir que fuese tabú. Quiero decir que en cierto modo se había diluido en una niebla tan densa como la que queda estancada sobre los pantanos. Simplemente a estos aldeanos no se les pasaba por la cabeza pensar en el pasado, ni tan siquiera en el más reciente. Por poner un ejemplo de algo que llevaba cierto tiempo preocupando a Axl: estaba seguro de que no hacía mucho habitaba entre ellos una mujer con una larga melena pelirroja, una mujer considerada fundamental para la aldea. Cuando cualquiera se hacía una herida o enfermaba, era a esta mujer pelirroja, experta en sanar, a la que se iba a buscar. Y, sin embargo, ahora ya no había ni rastro de ella, pero nadie parecía preguntarse qué había sido de aquella mujer, ni se lamentaban de su ausencia. Cuando una mañana Axl mencionó el asunto a tres vecinos mientras trabajaban juntos rompiendo la capa de hielo que cubría un campo, su respuesta le dejó claro que no sabían de qué les hablaba. Uno de ellos incluso había hecho una pausa momentánea en el trabajo en un esfuerzo por recordar, pero había acabado negando con la cabeza. –Tuvo que ser hace mucho tiempo –sentenció. –Yo tampoco recuerdo en absoluto a esa mujer –le había asegurado Beatrice cuando él le sacó el tema una noche–. Axl, tal vez te la imaginaste en sueños porque te gustaría contar con alguien así, pese a que tienes una esposa que está a tu lado y que es capaz de mantener la espalda erguida mejor que tú. Eso había sucedido en algún momento del otoño pasado y habían permanecido echados uno junto al otro en su lecho, completamente a oscuras, escuchando cómo la lluvia repiqueteaba contra su refugio. –Es cierto que en todos estos años apenas has envejecido, princesa –le había dicho Axl–. Pero esa mujer no era un sueño y tú misma la recordarías si dedicases un momento a pensar en ella. Hace tan sólo un mes estaba ante nuestra puerta, un alma bondadosa preguntando si necesitábamos que nos trajera algo. Seguro que lo recuerdas. –¿Pero por qué pretendía traernos algo? ¿Tenía alguna relación de parentesco con nosotros? –Creo que no, princesa. Sólo trataba de ser amable. Seguro que lo


recuerdas. Aparecía a menudo ante la puerta preguntando si teníamos frío o hambre. –Lo que pregunto, Axl, es ¿por qué tenía esas deferencias con nosotros? –Yo también me lo preguntaba entonces, princesa. Recuerdo haber pensado: vaya, he aquí a una mujer que se preocupa por atender a los enfermos y sin embargo nosotros dos estamos tan sanos como el resto de la comunidad. ¿Tal vez hay rumores de alguna plaga inminente y ella ha venido para examinarnos? Pero resulta que no hay ninguna plaga y esa mujer simplemente está siendo amable. Ahora que hablamos de ella, me vienen más recuerdos a la cabeza. Se quedó allí de pie y nos dijo que no nos angustiásemos cuando los niños se mofaban de nosotros. Eso fue todo. Y no volvimos a verla. –Axl, no sólo esa mujer pelirroja es fruto de tu imaginación, sino que además resulta que es tan tonta como para preocuparse por unos cuantos niños y sus juegos. –Eso es lo que pensé entonces, princesa. Qué daño pueden hacernos unos niños que simplemente pasan el rato por aquí cuando fuera hace un tiempo de perros. Le dije que ni se nos había pasado por la cabeza pensar en eso, pero ella insistió amablemente. Y recuerdo que entonces dijo que era una pena que hubiéramos pasado tantas noches sin una simple vela. –Si a esa mujer le apenaba que no dispusiésemos de una vela –había dicho Beatrice–, al menos en algo tenía toda la razón. Es un insulto que se nos haya prohibido tener una vela en noches como ésta, teniendo, como tenemos, unas manos tan firmes como las de cualquiera de ellos. Mientras que hay otros que tienen velas en sus estancias pese a que cada noche se les sube la sidra a la cabeza o incluso tienen niños que corretean como salvajes. Y sin embargo nos han quitado la vela a nosotros, y ahora, Axl, apenas puedo ver tu silueta pese a que estás pegado a mí. –No tienen ninguna voluntad de ofendernos, princesa. Simplemente es el modo en que siempre se han hecho las cosas, no hay más motivos. –Bueno, tu mujer imaginaria no es la única que considera que es desconcertante que nos tengan que quitar la vela. Ayer, o tal vez fue anteayer, fui hasta el río y al pasar junto a las mujeres estoy segura de que les oí decir, cuando creían que ya no podía oírlas, la desgracia que era que una pareja que todavía camina perfectamente erguida como nosotros


tuviera que pasar todas las noches a oscuras. De modo que esa mujer con la que has soñado no es la única que piensa de este modo. –No es fruto de mi imaginación. Te lo repito, princesa. Hace un mes aquí todo el mundo la conocía y tenía una palabra amable para ella. ¿Cuál puede ser la causa de que todos, incluida tú, os hayáis olvidado por completo de su existencia? Al recordar ahora, en esta mañana de primavera, la conversación, Axl se sintió casi preparado para admitir que había estado equivocado con respecto a la mujer pelirroja. Era, después de todo, un hombre de edad avanzada, propenso a las confusiones ocasionales. Sin embargo, este asunto de la mujer pelirroja era uno más de una sucesión de episodios desconcertantes. Resultaba frustrante que ahora no le vinieran a la cabeza algunos de los múltiples ejemplos, pero había muchos, de eso no había duda. Estaba, sin ir más lejos, el incidente relacionado con Marta. Era una niña de nueve o diez años que siempre había tenido reputación de no temerle a nada. Todas esas historias que ponían los pelos de punta sobre lo que les podía suceder a los niños que se iban por ahí solos no parecían hacer mella en su afición por la aventura. De modo que la tarde en que, cuando quedaba menos de una hora de luz diurna, con la niebla avanzando y los aullidos de los lobos oyéndose por la ladera de la colina, se corrió la voz de que Marta había desaparecido, todo el mundo dejó lo que estaba haciendo, alarmado. Durante un rato, varias voces gritaron su nombre por toda la madriguera y se oyeron pasos corriendo arriba y abajo por los pasadizos mientras los aldeanos revisaban cada dormitorio, los huecos excavados como almacenes, las cavidades bajo los travesaños, cualquier escondrijo en el que una niña pudiese meterse para divertirse. Y entonces, en plena situación de pánico, dos pastores que regresaban de su turno en las colinas entraron en la Gran Sala y empezaron a calentarse junto al fuego. Mientras lo hacían, uno de ellos comentó que el día anterior habían visto a un águila volando en círculo sobre sus cabezas, una, dos y hasta tres veces. No había duda, dijeron, de que era un águila. Sus palabras se extendieron rápidamente y al poco rato se congregó alrededor del fuego una multitud para escuchar a los pastores. Incluso Axl se apresuró para unirse a los demás, ya que la aparición de un águila en su país era desde luego una novedad. Entre los muchos poderes que se les


atribuían a las águilas estaba la capacidad de ahuyentar a los lobos, y en otros lugares, se decía, los lobos habían desaparecido gracias a esas aves. Al principio los dos pastores fueron ávidamente interrogados y les hicieron repetir la historia que contaban una y otra vez. Progresivamente se empezó a extender el escepticismo entre sus oyentes. Se habían oído historias parecidas muchas veces, señaló alguien, y siempre se había demostrado que eran infundadas. Otro de los presentes recordó que estos mismos pastores habían contado la misma historia la primavera pasada y después no se produjo ni un solo avistamiento. Los pastores negaron indignados haber contado nada de eso en el pasado y la multitud no tardó en dividirse entre los que se pusieron del lado de los pastores y los que afirmaban recordar vagamente el supuesto episodio del pasado año. A medida que la trifulca se avivaba, Axl notó que le invadía esa familiar sensación agobiante de que algo no cuadraba y, alejándose del griterío y los empellones, salió al exterior para contemplar el cielo del anochecer y la niebla que se deslizaba a ras de suelo. Y al cabo de un rato, las piezas empezaron a encajar en su cabeza: la desaparición de Marta, el peligro, cómo no hacía mucho todo el mundo la había estado buscando. Pero estos recuerdos ya se estaban haciendo confusos, de un modo parecido a como un sueño se diluye durante los segundos posteriores al despertar, y sólo mediante un supremo acto de concentración Axl logró retener la imagen de Marta mientras las voces a sus espaldas seguían discutiendo sobre el águila. Y entonces, mientras seguía allí plantado, oyó la voz de una niña canturreando para sí misma y vio emerger a Marta de entre la niebla ante él. –Eres muy rara, niña –le dijo Axl al verla venir brincando hacia él–. ¿No tienes miedo de la oscuridad? ¿De los lobos o de los ogros? –Oh, sí que les tengo miedo, señor –le respondió con una sonrisa–. Pero sé cómo esconderme de ellos. Espero que mis padres no hayan preguntado por mí. La semana pasada encontré un escondrijo perfecto. –¿Preguntado por ti? Evidentemente que han preguntado por ti. La aldea entera te busca. Escucha el alboroto que hay ahí dentro. Eso es por ti, niña. Marta se rió y comentó: –¡Oh, déjelo ya, señor! Ya sé que no me han echado de menos. Y oigo perfectamente que ahí dentro no están hablando a gritos sobre mí. Cuando la niña dijo eso, Axl pensó que sin duda tenía razón: las voces


que llegaban desde el interior no discutían sobre ella, sino sobre otro asunto completamente distinto. Se inclinó hacia la entrada para escuchar mejor, y al cazar al vuelo una frase suelta entre los gritos empezó a recordar la historia de los pastores y el águila. Se estaba preguntando si debería explicarle algo de eso a Marta cuando de pronto ella pasó junto a él y se deslizó hacia el interior. La siguió, imaginando el alivio y la alegría que causaría la reaparición de la niña. Y, sinceramente, se le pasó por la cabeza que al entrar con ella le atribuirían parte del mérito de su regreso. Pero cuando los dos se asomaron a la Gran Sala, los aldeanos seguían tan enfrascados en su trifulca con los pastores que sólo unos pocos se tomaron la molestia de volver la cabeza hacia él y la niña. La madre de Marta sí se apartó de la multitud lo suficiente para decirle a su hija: «¡De modo que aquí estás! ¡No se te ocurra volver a desaparecer así! ¿Cómo tengo que decírtelo?», antes de volver a dirigir su atención a la disputa alrededor del fuego. Al verlo, Marta sonrió a Axl como diciéndole: «¿Ves lo que te decía?», y desapareció entre las sombras en busca de sus amiguitos. La luz había empezado a aumentar significativamente en la estancia. Su habitación, como estaba en la zona periférica, tenía una ventana que daba al exterior, aunque era demasiado alta como para mirar por ella sin subirse a una banqueta. En ese momento estaba tapada con una tela, pero un temprano rayo de sol se colaba por una esquina, proyectando un haz de luz hacia donde Beatrice dormía. Axl descubrió, resaltado por ese rayo, lo que parecía un insecto merodeando alrededor de la cabeza de su esposa. De pronto se percató de que era una araña, suspendida en el aire gracias a su invisible hilo vertical, y mientras la contemplaba, la intrusa inició su suave descenso. Levantándose sin hacer ruido, Axl atravesó la pequeña estancia, barrió con la mano el aire sobre la cabeza de su mujer dormida y atrapó a la araña en la palma. Permaneció unos instantes allí de pie, contemplando a Beatrice. Había en su rostro dormido una placidez que últimamente era difícil de ver cuando estaba despierta, y la repentina ráfaga de felicidad que esa imagen le trajo le cogió por sorpresa. Supo entonces que la decisión estaba tomada y sintió de nuevo el impulso de despertarla para contarle las novedades. Pero le frenó lo egoísta que resultaba una decisión así, y, además, ¿cómo podía estar tan seguro de la reacción de ella? Al final decidió regresar sigilosamente a la banqueta y,


mientras se volvía a sentar, se acordó de la araña y abrió lentamente la mano. Cuando un rato antes había estado sentado fuera en el banco, esperando los primeros rayos del sol, había intentado recordar cuándo hablaron por primera vez de la idea del viaje Beatrice y él. En ese momento pensó que fue durante una conversación que mantuvieron una noche en esta misma estancia, pero ahora, mientras contemplaba cómo la araña correteaba por el canto de su mano y se escabullía por el suelo de tierra, de repente tuvo claro que la primera vez que mencionaron el asunto fue ese día en que aquella desconocida vestida con oscuros harapos había pasado por la aldea. La mañana había sido plomiza –¿el pasado noviembre, tanto tiempo atrás?– y Axl había estado siguiendo el curso del río por un sendero sobre el que colgaban las ramas de los sauces. Regresaba apresuradamente a la madriguera desde los campos, tal vez para recoger alguna herramienta o recibir nuevas instrucciones del capataz. En cualquier caso, se detuvo al oír unas voces tras los arbustos que tenía a su derecha. Lo primero que pensó era que se trataba de ogros y buscó a su alrededor una piedra o un palo. Pero enseguida se percató de que las voces –todas femeninas–, aunque enojadas y alteradas, no transmitían la sensación de pánico que acompañaba los ataques de los ogros. De todos modos, se abrió camino con determinación a través de una maraña de arbustos de enebro y se plantó dando un traspié en un claro en el que vio a cinco mujeres –no en su primera juventud, pero todavía en edad fértil– que permanecían de pie muy juntas. Le daban la espalda y siguieron gritándole a algo que había a lo lejos. Él logró acercarse mucho a ellas antes de que una se sobresaltase al percatarse de su presencia, pero entonces las demás se volvieron y lo miraron casi con insolencia. –Bueno, bueno –dijo una de ellas–. Tal vez sea una casualidad o tal vez sea algo más. Pero aquí está el marido y con suerte la hará entrar en razón. La mujer que lo había descubierto comentó: –Le hemos dicho a vuestra esposa que no fuera, pero no nos ha hecho caso. Se ha empeñado en llevarle comida a la forastera, pese a que parece un demonio o algún tipo de elfo disfrazado. –¿Corre peligro mi esposa? Señoras, por favor, aclárenmelo. –Esa desconocida lleva toda la mañana merodeando a nuestro alrededor


–explicó otra–. Con la melena cayéndole por la espalda y ataviada con una andrajosa capa negra. Ha dicho que era sajona, pero no va vestida como ningún sajón con el que nos hayamos cruzado. Ha intentado acercarse sigilosamente a nosotras en la ribera del río mientras hacíamos la colada, pero la hemos descubierto a tiempo y la hemos ahuyentado. Sin embargo, ella no ha dejado de merodear, actuando como si estuviese desconsolada por algo, y en otros momentos pidiéndonos comida. Nos ha parecido que todo el rato dirigía sus hechizos directamente sobre vuestra esposa, señor, porque a lo largo de la mañana ya hemos tenido que agarrar a Beatrice por los brazos para retenerla, por lo decidida que se mostraba a acercarse a ese demonio. Y ahora nos ha apartado a todas y se ha ido directa hacia el viejo espino, donde ese demonio estaba sentada esperándola. Hemos intentado impedirlo por todos los medios, señor, pero los poderes de ese demonio deben haber penetrado en ella, porque ha desplegado una fuerza sobrenatural para una mujer tan frágil y anciana como vuestra esposa. –El viejo espino… –Se ha marchado hace un momento, señor. Pero sin duda esa mujer es un demonio, y si la seguís tened cuidado de no tropezar o pincharos con un cardo envenenado que os produzca una herida de esas que no se curan nunca. Axl se esforzó por ocultar la irritación que le provocaban esas mujeres y dijo con tono amable: –Os estoy muy agradecido, señoras. Iré a comprobar qué le sucede a mi esposa. Disculpadme. Para nuestros aldeanos, el «viejo espino» se refería tanto a un paraje como al propio espino que crecía aparentemente justo sobre la roca al borde del promontorio, a poca distancia de la madriguera. Los días soleados, si no hacía demasiado viento, era un lugar agradable para pasar el rato. Desde allí se tenía una panorámica estupenda de la ladera que descendía hasta el agua, del meandro que trazaba el río y de los pantanos que se extendían más allá. Los domingos los niños solían jugar alrededor de las nudosas raíces y en ocasiones se atrevían a saltar desde el borde del promontorio, lo que de hecho no representaba más que una pequeña caída que no podía causar daño a ningún niño, como mucho hacerle rodar como un barril por la pendiente cubierta de hierba. Pero en una mañana como ésa, en la que los adultos y también los niños tenían muchas tareas por


delante, el lugar probablemente estaría desierto, y a Axl, que ascendía por la pendiente entre la niebla, no le sorprendió ver que las dos mujeres estaban solas, sus cuerpos apenas siluetas recortadas contra el cielo blanquinoso. En efecto, la desconocida, sentada con la espalda apoyada en la roca, vestía de un modo peculiar. Desde la distancia, al menos, la capa parecía hecha de varias piezas de tela zurcidas y en ese momento aleteaba movida por el viento, lo cual le daba a su propietaria el aspecto de un pájaro a punto de levantar el vuelo. Junto a ella, Beatrice –de pie, con la cabeza inclinada hacia su compañera– parecía menuda y vulnerable. Mantenían una vivaz conversación, pero al descubrir que Axl se acercaba desde abajo, se callaron y lo observaron. Entonces Beatrice se acercó al borde del promontorio y le gritó: –¡Detente donde estás, esposo, no sigas avanzando! Yo me acercaré a ti. Pero no subas hasta aquí porque perturbarás el sosiego de esta pobre mujer ahora que por fin puede dar descanso a sus pies y comer un poco del pan de ayer. Axl esperó tal como le pedía y al poco rato vio que su esposa descendía por el sendero en su dirección. Llegó hasta él y, sin duda preocupada por que el viento pudiese llevar sus palabras hasta la forastera, le dijo en voz baja: –¿Esas chifladas te han mandado en mi busca, esposo? Cuando yo tenía su edad, estoy segura de que eran las ancianas las que estaban llenas de temores y creencias absurdas, convencidas de que cada piedra estaba maldita y cada gato vagabundo era un espíritu maligno. Pero ahora que yo me he convertido en una vieja, me encuentro con que son las jóvenes las que están llenas de estas creencias, como si nunca hubieran escuchado la promesa del Señor de caminar a nuestro lado a todas horas. Mira a esa pobre forastera, mírala con tus propios ojos, agotada y sola, y ha estado vagando por el bosque y los campos durante cuatro días, y en un pueblo tras otro la han obligado a seguir su camino. Y eso que se trata de un país cristiano, pero la han tomado por un demonio o tal vez una leprosa, pese a que su piel no tiene ninguna marca de ello. Bueno, esposo, espero que no hayas venido para decirme que no debo reconfortar a esta pobre mujer y ofrecerle la poca comida que llevo encima. –Jamás te diría algo así, princesa, porque veo con mis propios ojos que lo que dices es cierto. Antes incluso de llegar hasta aquí ya estaba


pensando lo vergonzoso que resulta que ya no podamos recibir a una forastera con amabilidad. –Entonces sigue con tus asuntos, esposo, porque estoy segura de que van a quejarse otra vez de lo lento que eres con el trabajo y antes de que te des cuenta volverán a mandar a los niños a corear nuestros nombres mofándose. –Nadie se ha quejado nunca de que haga mi trabajo con lentitud, princesa. ¿Dónde has oído eso? Jamás he oído una queja de este tipo, y soy capaz de cargar con lo mismo que cualquier hombre veinte años más joven. –Sólo te estoy provocando, esposo. Está claro que nadie se ha quejado de tu trabajo. –Si hay niños que nos molestan, no tiene nada que ver con que yo trabaje rápido o lento, sino con que sus padres son demasiado necios o más bien están demasiado borrachos como para enseñarles buenos modales o inculcarles la necesidad de ser respetuosos. –Tranquilízate, esposo. Ya te he dicho que te estaba provocando y no lo volveré a hacer. La forastera me estaba contando algo que me interesa mucho y que en algún momento también podría interesarte a ti. Pero tiene que acabar de contármelo, de modo que debo pedirte de nuevo que vuelvas a la tarea que te hayan encomendado y me permitas seguir escuchándola y dándole todo el consuelo que pueda. –Princesa, discúlpame si mi tono ha sido demasiado áspero. Pero Beatrice ya se había dado la vuelta y estaba ascendiendo de nuevo por el sendero, de regreso hacia el espino y la silueta de la capa aleteante. Un poco más tarde, después de haber cumplido con el trabajo que le habían asignado, Axl regresaba hacia los campos y, aun a riesgo de poner a prueba la paciencia de sus colegas, se desvió del camino para volver a pasar por el viejo espino. Porque lo cierto era que aunque compartía por completo el desprecio de su esposa hacia las suspicacias de aquellas mujeres, él mismo no se había podido liberar de la idea de que la forastera suponía algún tipo de amenaza y se sentía inquieto después de haber dejado a Beatrice con ella. Por eso se sintió aliviado cuando vio la silueta de su esposa, sola en el promontorio delante de la roca, contemplando el cielo. Parecía abstraída en sus pensamientos y no se percató de su presencia hasta que él la llamó. Mientras Axl observaba cómo ella


descendía por el sendero, más lentamente que antes, se le pasó por la cabeza por primera vez que últimamente había algo distinto en su manera de caminar. No era exactamente que cojease, pero era como si se moviese con cuidado por algún dolor secreto en alguna parte de su cuerpo. Cuando le preguntó, en cuanto la tuvo cerca, qué había sido de su extraña compañera, Beatrice se limitó a decir: –Ha seguido su camino. –Supongo que habrá quedado muy agradecida de tus atenciones, princesa. ¿Has hablado con ella mucho rato? –Así es, y ella tenía un montón de cosas que contar. –Ya veo que algo de lo que te ha dicho te ha inquietado, princesa. Tal vez esas mujeres tenían razón y era mejor evitar a esa desconocida. –No me ha incomodado, Axl. Pero me ha hecho reflexionar. –Te comportas de un modo extraño. ¿Estás segura de que no te ha lanzado algún conjuro antes de desvanecerse en el aire? –Sube hasta el espino, esposo, y todavía la verás caminando por el sendero, porque hace poco que se ha marchado. Tiene la esperanza de que los del otro lado de la colina sean más caritativos con ella. –Bueno, entonces te dejo, princesa, ahora que ya he comprobado que no te ha sucedido nada malo. Dios se sentirá complacido por la bondad que has demostrado, como siempre haces. Pero esta vez su esposa parecía reacia a dejarlo marchar. Le agarró del brazo, como si por un momento necesitase un apoyo para mantener el equilibrio, y después reposó la cabeza sobre su pecho. Como movida por su propia iniciativa, la mano de él se alzó para acariciarle el cabello, que el viento le había enredado, y cuando Axl bajó la mirada para contemplarle el rostro le sorprendió comprobar que ella tenía los ojos abiertos de par en par. –Estás rara, no hay duda –dijo Axl–. ¿Qué te ha dicho la desconocida? Ella mantuvo la cabeza pegada a su pecho un rato más. Después se irguió y se apartó de él. –Ahora que pienso en ello, Axl, tiene que haber algo de verdad en lo que siempre dices. Resulta raro el modo en que todo el mundo olvida a las personas y las cosas de ayer mismo y del día anterior a ése. Como si una enfermedad se cerniera sobre nosotros. –Es justo lo que te decía, princesa. Piensa por ejemplo en esa mujer


pelirroja... –Olvídate de la mujer pelirroja, Axl. Lo importante es qué otras cosas no recordamos. –Había hablado con la vista perdida en la lejanía cubierta por una capa de niebla, pero ahora lo miró directamente y él pudo comprobar que sus ojos estaban cargados de tristeza y anhelo. Y fue justo entonces, estaba seguro de eso, cuando ella le dijo–: Llevas tiempo resistiéndote, Axl, lo sé. Pero ha llegado el momento de volver a pensar en ello. Hay un viaje que debemos emprender sin más demora. –¿Un viaje, princesa? ¿Qué tipo de viaje? –Un viaje al pueblo de nuestro hijo. No está lejos, esposo, eso lo sabemos. Incluso con nuestros pasos lentos, nos llevará sólo unos días de camino como mucho, un trayecto hacia el este, más allá de la Gran Planicie. Y la primavera está a punto de llegar. –Claro que deberíamos emprender ese viaje, princesa. ¿Algo de lo que te ha dicho esa desconocida te ha hecho pensar en ello? –Es algo que lleva mucho tiempo ocupando mis pensamientos, Axl, aunque lo que me ha dicho esa pobre mujer me ha hecho tomar la decisión de no retrasarlo más. Nuestro hijo nos espera en su pueblo. ¿Cuánto tiempo más va a tener que esperarnos? –Princesa, en cuanto llegue la primavera, pensaremos en ese viaje. ¿Pero por qué dices que he sido yo quien siempre ha dado largas a emprenderlo? –Ahora mismo no recuerdo todo lo que ha sucedido entre nosotros en relación con este asunto, Axl. Sólo que tú siempre te has resistido, incluso cuando yo suspiraba por emprenderlo. –Bueno, princesa, retomemos esta conversación cuando no haya trabajo pendiente y vecinos dispuestos a acusarnos de ser lentos. Ahora debo seguir mi camino. Volveremos a hablar de esto en breve. Pero durante los siguientes días, aunque en algún momento aludiesen a la idea de este viaje, no abordaron el tema seriamente. Porque percibían que se sentían extrañamente incómodos cada vez que sacaban a colación el asunto y no tardó en generarse entre ellos un pacto, del modo tácito en que se producen estos pactos entre marido y mujer que llevan conviviendo muchos años, para eludir el tema en la medida de lo posible. Digo «en la medida de lo posible» porque en ocasiones parecía generarse una necesidad –una obligación, podríamos decir– a la que el uno o la otra se


veían obligados a ceder. Pero fuese la que fuese la discusión que mantuviesen en esas circunstancias, inevitablemente finalizaba enseguida con evasivas o de mal humor. Y en una ocasión en que Axl le preguntó directamente a su esposa qué le había dicho la desconocida ese día junto al viejo espino, la expresión de Beatrice se ensombreció y pareció a punto de romper a llorar. Después de que sucediese eso, Axl se cuidó de evitar cualquier referencia a la desconocida. Pasado algún tiempo, Axl ya no era capaz de recordar por qué habían empezado a hablar de ese viaje, e incluso qué significaba para ellos. Pero entonces, esa mañana, sentado en el exterior en la fría hora que precede al alba, pareció recuperar al menos parcialmente la memoria y recordó muchas cosas: la mujer pelirroja; Marta; la forastera con harapos oscuros, y otros recuerdos que no son relevantes para nosotros. Y había recordado de un modo muy vívido lo sucedido un domingo de hacía unas semanas, cuando a Beatrice le habían quitado la vela. Los domingos eran el día de asueto para los aldeanos, al menos en el sentido de que no trabajaban en los campos. Pero había que seguir cuidando del ganado y con tantas tareas pendientes, el pastor había acabado aceptando la imposibilidad de prohibir cualquier actividad que pudiese considerarse trabajo. De modo que cuando ese domingo concreto Axl emergió al resplandor del sol primaveral después de haberse pasado la mañana remendando botas, se encontró con sus vecinos desperdigados por el terreno alrededor de la madriguera, algunos sentados en la irregular hierba y otros en pequeños taburetes o sobre troncos, conversando, riendo y trabajando. Los niños jugueteaban por todos lados y varios de ellos se habían reunido alrededor de dos adultos que estaban construyendo sobre la hierba una rueda para un carro. Era el primer domingo del año en que el tiempo permitía llevar a cabo estas actividades en el exterior y se respiraba un ambiente casi festivo. Sin embargo, mientras permanecía plantado ante la entrada de la madriguera y observaba el paisaje detrás de los aldeanos, allí donde el terreno descendía hacia los pantanos, Axl vio la niebla que volvía a levantarse y supuso que cuando llegase la tarde estarían de nuevo envueltos en un manto gris y húmedo. Llevaba un rato allí de pie cuando se percató del revuelo que se extendía desde el cercado hasta los campos de pastoreo. Al principio no le prestó atención, pero de pronto la brisa trajo un sonido que lo puso en alerta.


Porque mientras que su vista se había ido haciendo enojosamente borrosa con los años, el oído de Axl seguía siendo del todo fiable y había distinguido, entre los gritos de la multitud agolpada junto al cercado, la voz de Beatrice que se alzaba angustiada. Otros también dejaban lo que estaban haciendo para volverse y ver qué sucedía. Pero Axl arrancó a correr entre ellos, esquivando a duras penas a los niños que jugaban por allí y los objetos que los aldeanos habían dejado desparramados sobre la hierba. Sin embargo, antes de que pudiera llegar hasta la pequeña multitud que se agolpaba a empujones, ésta de pronto se dispersó y del centro emergió Beatrice, que apretaba algo con ambas manos contra su pecho. Las expresiones de los rostros de quienes la rodeaban mostraban en su mayoría diversión, pero la mujer que apareció repentinamente justo detrás del hombro de su esposa –la viuda de un herrero que había fallecido por las fiebres el año pasado– tenía una mueca de ira. Beatrice se desembarazó de su acosadora, con su propio rostro convertido en una rígida, casi inexpresiva máscara, pero cuando vio a Axl acercándose a ella, el mohín se descompuso por la emoción. Al pensar ahora en eso, a Axl le parecía que la expresión en el rostro de su esposa había sido, sobre todo, de apabullante alivio. No se trataba de que Beatrice creyese que todo se arreglaría en cuanto él llegase a su lado, pero su presencia había sido importante para ella. Lo había mirado no sólo con alivio, sino también con un gesto semejante a la súplica, y le había tendido el objeto que protegía tan celosamente. –¡Esto es nuestro, Axl! Ya no permaneceremos más tiempo sentados a oscuras. ¡Cógelo, rápido, esposo, es nuestro! Le tendía una chata y algo deforme vela. La viuda del herrero intentó arrebatársela de nuevo, pero Beatrice apartó de un golpe la mano invasora. –¡Cógela, esposo! Esa niña, la pequeña Nora, me la ha traído esta mañana después de hacerla con sus propias manos, porque pensaba que estaríamos hartos de pasar las noches como lo hacemos. Eso desató otra ronda de gritos y algunas risas. Pero Beatrice continuó mirando a Axl, con unos ojos llenos de confianza y súplica, y fue esa imagen de su rostro lo primero que a Axl le había venido a la cabeza esa mañana cuando estaba sentado en el banco en el exterior de la madriguera esperando a que despuntase el alba. ¿Cómo era posible que hubiese olvidado ese episodio que no podía haber sucedido hacía más de tres


semanas? ¿Cómo podía ser que no hubiese vuelto a pensar en ello hasta entonces? Pese a que había alargado el brazo, no había sido capaz de coger la vela –la multitud le había impedido alcanzarla– y había dicho, en voz alta y con cierto aplomo: «No te preocupes, princesa. No te preocupes.» Era consciente de la vacuidad de lo que estaba diciendo incluso mientras hablaba, de modo que le sorprendió que la multitud enmudeciese, e incluso la viuda del herrero diese un paso atrás. Sólo entonces se dio cuenta de que no era una reacción a sus palabras, sino al pastor que se acercaba por detrás de él. –¿Qué modales son éstos para el día del Señor? –El pastor avanzó a grandes zancadas dejando atrás a Axl y fulminó con la mirada a la multitud ahora enmudecida–. ¿Y bien? –Es por la señora Beatrice, señor –explicó la viuda del herrero–. Ha conseguido una vela. El rostro de Beatrice volvía a ser una rígida máscara, pero no evitó la mirada del pastor cuando éste le clavó los ojos. –Puedo ver con mis propios ojos que así es, señora Beatrice –dijo el pastor–. No habréis olvidado el edicto del consejo que dice que a vos y a vuestro marido no se os permite tener velas en su estancia. –Ninguno de los dos ha volcado una vela en su vida, señor. No pensamos seguir pasando noche tras noche a oscuras. –La decisión ha sido tomada y deberéis cumplirla mientras el consejo no decida lo contrario. Axl vio que la rabia resplandecía en los ojos de Beatrice. –No es más que pura crueldad. Eso es lo que es. –Lo dijo con voz queda, casi susurrándolo, pero mirando directamente a los ojos del pastor. –Quitadle la vela –ordenó el pastor–. Haced lo que os digo. Quitádsela. Mientras varias manos se abalanzaban sobre ella, Axl tuvo la sensación de que Beatrice no había entendido bien lo que había dicho el pastor. Porque permaneció inmóvil entre el zarandeo, con expresión de desconcierto, mientras seguía agarrando la vela como movida por algún instinto atávico. Pareció que la dominaba el pánico y de nuevo estiró el brazo ofreciéndole la vela a Axl, y así lo mantuvo incluso cuando le hicieron perder el equilibrio con los empujones. No se cayó, porque los que la rodeaban estaban pegados a ella y, una vez recuperado el equilibrio,


continuó ofreciéndole a Axl la vela. Él intentó cogerla, pero otra mano se la arrebató, y entonces la voz del pastor sonó atronadora: –¡Basta! Dejad a la señora Beatrice en paz y que nadie se muestre irrespetuoso con ella. Es una anciana y no sabe lo que hace. ¡Basta, he dicho! Éste no es un comportamiento adecuado para el día del Señor. Axl, que finalmente logró llegar hasta ella, la abrazó, y la multitud se disolvió. Cuando recordaba ese momento, tenía la sensación de que se mantuvieron en esa posición durante mucho rato, ambos de pie muy juntos, ella con la cabeza reposando en su pecho, igual que había hecho el día de la visita de la desconocida, como si simplemente estuviese agotada y quisiera recuperar el aliento. Él seguía abrazándola mientras el pastor volvía a pedir a la gente que se dispersase. Cuando por fin se separaron y miraron a su alrededor, se dieron cuenta de que estaban solos junto al campo en que pastaba la vaca y su cercado de madera. –¿Qué más da, princesa? –dijo él–. ¿Para qué necesitamos una vela? Estamos ya muy acostumbrados a movernos por la estancia sin tener una. ¿Y acaso no estamos lo bastante entretenidos con nuestras conversaciones, con o sin vela? Axl la observó con atención. Beatrice tenía un aire soñador y no parecía particularmente enojada. –Lo siento, Axl –se disculpó–. Nos han quitado la vela. Debería haberla mantenido en secreto y haberlo comentado sólo entre nosotros dos. Pero me sentí tan feliz cuando esa niña me la obsequió, y además la había hecho especialmente para nosotros. Y ahora nos la han quitado. No importa. –No importa en absoluto, princesa. –Creen que somos un par de lelos, Axl. Beatrice dio un paso adelante y volvió a reposar la cabeza sobre el pecho de Axl. Y entonces le dijo, con la voz amortiguada, de modo que en un primer momento él pensó que la había entendido mal: –Nuestro hijo, Axl. ¿Recuerdas a nuestro hijo? Ahora, mientras me zarandeaban, me he acordado de nuestro hijo. Un hombre bueno, fuerte y honesto. ¿Por qué debemos seguir en este lugar? Vayamos al pueblo de nuestro hijo. Él nos protegerá y cuidará de que nadie nos amenace. ¿No vas a cambiar de opinión, después de tantos años, Axl? ¿Sigues sosteniendo que no podemos ir en su busca?


Mientras decía eso, con la boca contra su pecho, un montón de retazos de recuerdos se agolparon en la cabeza de Axl, tantos que sintió que estaba al borde del desmayo. Aflojó el abrazo y se apartó un poco, porque temía tambalearse y provocar que ella perdiese el equilibrio. –¿Qué estás diciendo, princesa? ¿Me he negado yo alguna vez a que partiéramos hacia el pueblo de nuestro hijo? –Pues claro que sí, Axl. Desde luego que sí. –¿Cuándo me he opuesto yo a emprender ese viaje, princesa? –Siempre he creído que así era, esposo. Pero, oh, Axl, ahora mismo no recuerdo claramente que te opusieras. ¿Y qué hacemos aquí fuera, por muy bonito que sea el día? Beatrice parecía de nuevo confundida. Miró a Axl a la cara, después echó un vistazo a su alrededor, al agradable resplandor del sol, mientras sus vecinos de nuevo estaban pendientes de lo que ellos hacían. –Vamos a sentarnos en nuestra estancia –propuso ella poco después–. Pasemos un rato a solas. Hace un día bonito, es cierto, pero estoy muy cansada. Vamos dentro. –De acuerdo, princesa. Siéntate y descansa un rato, a resguardo de este sol. Enseguida te encontrarás mejor. Ahora ya había más gente despierta en la madriguera. Los pastores debían de haber partido hacía un rato, aunque él había estado tan ensimismado que ni siquiera los había oído. Desde la otra punta de la estancia, Beatrice emitió un murmullo, como si se dispusiera a cantar, y después se dio la vuelta bajo las mantas. Reconociendo la señal, Axl rodeó el lecho en silencio, se sentó con cuidado en el borde y esperó. Beatrice se incorporó un poco, entreabrió los ojos y miró a Axl. –Buenos días, esposo –dijo por fin–. Me alegra comprobar que los espíritus no han decidido llevarte con ellos mientras yo dormía. –Princesa, hay algo de lo que quiero hablarte. Beatrice siguió mirándolo, todavía con los ojos sólo entreabiertos. Se sentó en la cama, con el rostro iluminado por el haz de luz que antes había iluminado a la araña. La melena gris, sin recoger y enmarañada, caía con cierta rigidez por debajo de sus hombros, pero pese a todo Axl sintió que la felicidad lo invadía al verla bajo la luz de la mañana. –¿Qué tienes que decirme, Axl, y antes incluso de que pueda sacarme las legañas de los ojos?


–Ya hemos hablado antes de ello, princesa, del viaje que deberíamos emprender. Bueno, la primavera ya está aquí, y tal vez sea el momento idóneo para partir. –¿Partir, Axl? ¿Partir cuándo? –En cuanto podamos. Sólo estaremos fuera unos días. La aldea puede prescindir de nosotros. Hablaremos con el pastor. –¿E iremos a visitar a nuestro hijo, Axl? –Ahí es donde iremos. A ver a nuestro hijo. Fuera los pájaros cantaban a coro. Beatrice se volvió para contemplar la ventana, iluminada por el sol que se filtraba a través de la tela que la tapaba. –Hay días en que lo recuerdo con bastante claridad –dijo ella–. Pero entonces al día siguiente es como si sobre mi memoria cayese un velo. Pero nuestro hijo es un hombre bueno y honesto, de eso estoy segura. –¿Por qué no está con nosotros ahora, princesa? –No lo sé, Axl. Puede que sea porque se peleó con los ancianos y tuvo que marcharse. He preguntado por ahí y nadie se acuerda de él. Pero no hubiera hecho nada que hiciese caer la vergüenza sobre él, de eso estoy segura. ¿Tú no recuerdas nada, Axl? –Mientras estaba ahí fuera, he hecho un esfuerzo por recordar todo lo posible durante esos momentos de quietud, y me han vuelto a la memoria un montón de cosas. Pero soy incapaz de recordar a nuestro hijo, ni su rostro ni su voz, pese a que en ocasiones creo que puedo visualizarlo cuando era un niño y lo llevaba de la mano por la orilla del río, o en una ocasión en que lloriqueaba y yo me acerqué a él para reconfortarlo. Pero el aspecto que tiene actualmente, dónde vive o si también él tiene un hijo, eso no lo recuerdo en absoluto. Tenía la esperanza de que tú recordases alguna cosa más, princesa. –Es nuestro hijo –dijo Beatrice–. De modo que puedo sentir cosas sobre él, aunque no lo recuerde con claridad. Y sé que desea que nos marchemos de este lugar y vivamos con él bajo su protección. –Es carne de nuestra carne, de modo que ¿por qué no iba a querer que fuésemos a vivir con él? –Pese a todo, echaré de menos este lugar. Nuestra pequeña estancia y esta aldea. No es fácil abandonar el lugar en el que has vivido toda tu vida. –Nadie te pide que lo hagas sin meditarlo muy bien, princesa. Hace un


rato, mientras esperaba a que saliese el sol, estaba pensando que debemos emprender este viaje al pueblo de nuestro hijo y hablar primero con él. Porque aunque seamos sus padres, no podemos aparecer un buen día sin más y pedir quedarnos a vivir allí como parte de su comunidad. –Tienes razón, esposo. –Hay otra cosa que me preocupa, princesa. Puede que ese pueblo esté, como tú dices, a unos pocos días de camino. ¿Pero cómo vamos a encontrarlo? Beatrice permaneció en silencio, abstraída, sus hombros meciéndose suavemente al compás de la respiración. –Confío en que sabremos encontrar el camino, Axl –dijo finalmente–. Aunque todavía no sepamos qué pueblo es exactamente, he viajado a los de los alrededores suficientes veces con las otras mujeres cuando comerciábamos con nuestra miel y estaño. Sabría encontrar con los ojos vendados el camino hacia la Gran Planicie y hasta el pueblo sajón que hay más allá, en el que descansábamos a menudo. El pueblo de nuestro hijo debe de estar sólo un poco más lejos, de modo que lo encontraremos sin grandes problemas. Axl, ¿realmente vamos a ir allí pronto? –Sí, princesa. Empezaremos a prepararnos hoy mismo.


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