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Capítulo I

ORÍGENES DE LA HUMANIDAD

P

ara algunas personas este capítulo podría resultar irrele­ vante en virtud de que el título de este libro es 5 000 años de misoginia. Se puede argüir que, si son 5 000, entonces qué diablos estoy haciendo al revisar la historia de hace ocho millones de años y de migraciones que se efectuaron alrede­ dor de 80, 50 y 20 mil años. Tengo tres razones para hacerlo: una, es necesario po­ ner en contexto la evolución de la especie humana; dos, para datar la aparición de las primeras diosas y dioses; y tres, co­ locar en su lugar de tiempo y espacio, entre otras cosas, a las antiguas mitologías y al Génesis del Antiguo Testamento y su influencia en la misoginia que aquí nos concierne. Después de conocer nuestros humildes orígenes, veremos cómo se va acentuando la vanidad patriarcal. Veamos la línea del tiempo para darnos cuenta del tama­ ño de la arrogancia de la especie humana y, sobre todo, del pa­ triarcado. Quiero aclarar que tengo en cuenta que no es sólo el hombre el perpetrador, pues la mujer es quien lo permite y perpetúa también. Hago una concisa lista a continuación: 13 700 millones de años, edad de nuestro universo 4 500 millones de años, edad de la Tierra 300 000 años, la existencia del Homo sapiens 27


5 000 años más o menos, el surgimiento del patriarcado 3 000 años más o menos, la aparición de las religiones monoteístas masculinas

William Fleming, autor de Arts & Ideas, escribe: “La in­ vestigación de raíces y comienzos es realmente la búsqueda para la continuación”.1 ¿Cómo puede el ser humano saber a dónde va, si no sabe de dónde viene? ¿Cómo puede entender el presente, si no conoce el pasado? A lo largo de la historia, la humanidad se ha preguntado de qué manera una generación hereda de la anterior ciertas características. Sobre todo, cuando observamos esta heren­ cia genética en animales, plantas y humanos. Debemos agradecer a Charles Robert Darwin quien, con sus portentosos estudios sobre la evolución y la selección na­ tural, dilucidó el misterio de los cambios en la naturaleza, lo que llamó “selección natural”, teoría que sostiene que organis­ mos que, son los apropiados para su medio ambiente, tienden a sobrevivir y reproducirse, por lo que se vuelven dominantes. Darwin publica El origen de las especies por la selección natural, en 1859,2 veinte años después de haberlo escrito, pues sabía que su teoría sería recibida como una herejía por la conserva­ dora sociedad británica de entonces; lo que así sucedió. Aun­ que tuvo un gran éxito de ventas —la primera edición se agotó en un día y se publicaron seis ediciones más durante su vida—, Darwin fue fuertemente criticado por trastocar las creencias de esa época. Por siglos se había practicado la eugénesis, es decir, la selección de los mejores especímenes de plantas y animales para mejorar la siguiente generación, pero no se sabía cómo se presentaba en los humanos. En 1865, Gregor Mendel, un monje austriaco nacido en Silesia, encontró que las caracte­ rísticas individuales son determinadas por pequeños “facto­ res”, después llamados “genes”, que venían en pares y que eran 28


heredados. La evidencia se fue acumulando para demostrar que las leyes de Mendel no sólo eran relevantes en las plantas, sino que también se aplicaban a los seres humanos. Siguiendo los estudios de Mendel, varios científicos fue­ ron haciendo diferentes avances que llevaron a que, en 1953, en el Laboratorio Cavendish, en Cambridge, Inglaterra —basa­ dos en las fotografías de Rosalind Franklin—, James Watson y Francis Crick descubrieran la estructura del ácido desoxirri­ bonucleico que se conoce con las siglas adn. Las imágenes por difracción de rayos X que revelaron la forma de doble hélice de esta molécula fueron generadas por Rosalind. Esta estructura es la que define las características físicas en todo ser viviente. Watson y Crick no imaginaron en ese momento el extraordinario avance que su descubrimiento, aplicado a la antropología, produciría. A ellos les dieron el Premio No­ bel en Fisiología en 1962. Ella murió unos años antes a los 37 años de edad, sin el reconocimiento que merecía y que ape­ nas ahora, en el 2018, se comenzó a dar a conocer su crucial labor. En las próximas páginas, relato la historia de nuestros antepasados, aquellos que aparecieron en la Tierra millones de años antes que el Homo sapiens, del que descendemos di­ rectamente. Reitero: aunque estos datos no tienen nada que ver con el tema de la misoginia, ubican en su justo lugar al géne­ ro humano y a sus ridículas pretensiones ante la enormi­ dad de tiempo y espacio en el que surge y evoluciona, y pone una gran lupa sobre la creencia de la superioridad del sexo masculino cuando se conocen sus orígenes, además de sus prejuicios raciales y de género que, como veremos, no tienen ninguna base ni validez. La Tierra se formó hace 4 500 millones de años y la pri­ mera forma de vida, un ser unicelular como la amiba, apare­ ció en el planeta alrededor de 3 800 millones de años; de ahí 29


surgieron los animales marinos, después los anfibios, repti­ les, dinosaurios y hace apenas unos 23 millones de años los hominoides; fue hasta el periodo Mioceno medio y tardío, hace unos 12 millones de años, que aparecieron los homíni­ dos con características humanas. Durante alrededor de 12 millones de años, los homínidos evolucionaron de caminar en cuatro patas al bipedismo, esto es, caminar en dos pies. Hace alrededor de 4 millones de años se produjo una división en dos ramas: una, la Paranthropus, que desarrolló grandes quijadas y siguió siendo mono, y otra, la de los homínidos que crearon herramientas de piedra y de­ sarrollaron considerablemente su cerebro. En 1924 el anatomista y paleoantropólogo australiano Raymond Dart, descubre en África, al sur del ecuador, en un lugar llamado Taung en Bechuanaland (en lo que hoy es Botsua­ na), al “niño Taung”, especie a la que, con un poco de travesu­ ra, él llama Australopithecus africanus, nombre que resulta confuso, ya que significa “mono africano del sur”, pero que más que nada evoca el nombre de Australia y que, además, no se refiere a un mono. Mi amigo el paleoantropólogo Donald Johanson, descu­ bridor en Hadar, Etiopía, de la célebre “Lucy”, la Australopithecus afarensis de 3.5 millones de años, llamada así por el triángulo de Afar, zona a la que pertenece Hadar, afirma que afarensis es antepasado del genus Homo, pero es sólo el Homo el creador de herramientas. El apodo Lucy se lo pusieron porque en el campamento, mientras estudiaban el hallazgo de los huesos del homínido, estaban escuchando la canción de The Beatles “Lucy in the Sky with Diamonds”. Es en esa mis­ ma zona donde la francesa Hélène Roche y el neozelandés Jack Harris descubrieron utensilios de 2.5 millones de años, los más antiguos que se hayan encontrado. Para llegar al humano moderno, tuvieron que pasar 5.5 millones de años y la aparición hace 2.5 millones de años del 30


genus Homo. Entre varios, el Homo rudolfensis, Homo habilis, Homo rhodesiensis, Homo eohhrgaster, Homo erectus, Homo antecessor, Homo heidelbergensis, Homo helmei, Homo neanderthalensis, Homo floresiensis, Homo naledi (apenas descubierto y presentado en mayo de 2016) y, por último, el Homo sapiens, del que somos descendientes directos. Hoy en día es el Homo sapiens sapiens “el que es consciente de que es consciente”. Todos, excepto el Homo sapiens, se extinguieron. En el árbol genealógico simplificado de D. Johanson,3 la evolución del hombre hasta ahora comprobada por los fósiles hallados es la siguiente: Ramapithecus: entre 12 y 8 millones de años y quizá sólo 90 centímetros de altura Australopithecus afarensis: entre 3.5 y 4 millones de años y 1.20 m. Que se divide en dos ramas: 1. Los australopitecos Australopithecus africanus: de más o menos 2.8 millones de años y 1.35 m. Australopithecus robustus: de 1.8 millones de años y 1.55 m. 2. Los homos Homo habilis: más o menos 2 millones de años y 1.60 m. Homo erectus: 1.5 millones de años y 1.65 m. Homo sapiens: más o menos 300 000 años y 1.70 m. El Homo sapiens, el hombre moderno, nace en África ha­ ce más o menos 300 000 años después de una fuertísima era glacial, de una población de alrededor de 10 000 seres que casi se extinguió. Al mismo tiempo, en Asia coexistía otra especie, el Homo erectus; el denisovan en Eurasia y en Euro­ pa el Homo neanderthalensis que sobrevivió hasta hace 28 000 años. 31


Michael F. Hammer, geneticista de la Universidad de Ari­ zona, escribe: “[…] las raíces de los humanos modernos no provienen de una sola población ancestral en África, sino de poblaciones a lo largo de todo el mundo antiguo. Aunque a menudo los humanos arcaicos se han visto como rivales del humano moderno, los científicos hoy en día deben seriamente considerar la posibilidad de que ellos son el secreto del éxito del Homo sapiens”.4 Explica que al mezclarse el Homo sapiens con los Homo erectus, neanderthalensis, denisovan, etc., adqui­ rió características que mejoraron su naturaleza física para so­ brevivir a las condiciones que le presentaba un ambiente hostil. Cuando alguna persona pretende ser de “raza pura”, ha­ bría que recordarle que ello es imposible y que no solamente pertenece a una sola raza, sino que ni siquiera a un solo gé­ nero de Homo. Entre paréntesis, podemos advertir que la nomenclatura del género humano actual y la de nuestros ancestros fue esta­ blecida en los últimos siglos, cuando la misoginia seguía cam­ peando y por lo tanto a todos se nos llamó Homo = Hombre. Utilizando el adn, algunos geneticistas estudiaron las ramas de nuestra especie para llegar a la conclusión de que de alrededor de una docena de estas ramas de nuestras abue­ las africanas ancestrales provenimos todos los humanos. Stephen Oppenheimer,5 reconocido experto en la sínte­ sis del adn en arqueología y antropología, sostiene que en virtud de que por mucho tiempo, en los últimos 100 000 años, el mundo estuvo sometido a épocas glaciales muy frías y se­ cas, nuestros ancestros se quedaron en África, hasta que hace 80 000 años se presentaron cuatro periodos templados y hú­ medos llamados “interestadiales”. El último de éstos, el más caliente y prolongado, duró casi 5 000 años. Teoriza que hace 50 000 años fue el momento en que, a través de Mesopotamia, nuestros ancestros europeos del Alto Paleolítico temprano salieron de África para poblar y 32


multiplicarse en el sur de Asia y el Levante (los actuales Siria, Líbano, Israel, Palestina y Jordania). Mesopotamia es el corredor fértil entre los ríos Tigris y Éufrates; durante el periodo glacial estaba seco y helado y se volvió habitable en la época interestadial. El clan europeo se originó en el sur de Asia de donde partieron diferentes mi­ graciones; entre ellas una por la orilla del Mediterráneo y otra por Eurasia, hacia el norte de Europa, entre 20 000 a 40 000 años antes de nuestra era. Basado en los estudios de M. Richards, W. Davies, J. C. Rando, V. Macaulay, T. Kivisild, entre otros, Oppenheimer lle­ ga a la extraordinaria conclusión que la base genética de los europeos tiene su origen en el sur de Asia en la región de Pa­ quistán y el golfo Pérsico hace más de 50 000 años. Se establece, entonces, que de África emigró por la boca del Mar Rojo hacia el sur de Asia e India una sola línea genéti­ ca femenina llamada L3, que Oppenheimer llama la “Eva ori­ ginal”. Ésta se dividió después en dos líneas hijas: las del adn mitocondrial M y las del adn mitocondrial N, que poblaron el resto del mundo, mezclándose con el Homo erectus y el denisovan en Asia, y en Europa con el neanderthalensis. En el caso del noreste y sureste de Asia y Oceanía, al pa­ recer fueron poblados por una migración previa en zonas de China, Japón, Borneo, Indochina, Filipinas, Australia y Nueva Guinea, que sobrevivió a una explosión, de hace alrededor de 74 500 años, del volcán Toba de Sumatra, la mayor erupción en dos millones de años que cubrió con su ceniza todo el sub­ continente asiático y creó un invierno nuclear. Científicos de todos los ámbitos especulan que gracias a la evidencia de fósiles, sumada a las épocas interglaciales, la explosión del Toba y el adn mitocondrial M, se puede si­ tuar al humano moderno en esta región tan temprano como 75 000 años, quizá hasta 80 000 años, mucho antes de que sus primas del adn mitocondrial N poblaran Europa. 33


Así, la población del Homo sapiens fuera de África descen­ diente del adn mitocondrial M se establece en: China hace 68 000 años Australia hace 70 000 años Península Malaya hace 74 000 años Nueva Guinea hace 77 000 años

Hace 20 000 años se registró un cambio en el eje de la Tierra y una conjunción de ciclos en el sistema solar que afectaron la órbita de nuestro planeta, lo cual provocó un distanciamiento del Sol y redujo el calor que llegaba has­ ta nuestro planeta. Esto desencadenó lo que los científicos han llamado el Último Máximo Glacial (Last Maximum Gla­ cial o lmg). Desde la anterior glaciación habían transcurrido 30 000 años. Este periodo interglacial o interestadial ayudó a la humanidad para multiplicarse y poblar Asia, Oceanía, Eu­ ropa y al final el norte de América. Al expandirse las capas de hielo, algunas hasta de 5 kilóme­ tros de espesor, los humanos se vieron obligados a refugiarse en regiones de Francia, España, Italia, India e Indochina y zo­ nas de Australia y África. Aunque en África no se registraron capas de hielo, al secarse el ambiente la mitad del continente africano se convirtió en desierto, al igual que toda Arabia, Le­ vante y Mongolia. En Norteamérica las capas de hielo cubrieron todo Ca­ nadá, los Grandes Lagos y los actuales estados del noreste de Estados Unidos. Estas capas de hielo eran movedizas, como los glacia­ res, y se transformaron en ríos helados, dejando no sólo hue­ llas profundas en la tierra sino que hicieron desaparecer casi todo vestigio humano en esas zonas. Oppenheimer, con base en sus estudios del rastro genéti­ co y arqueológico, concluye que los humanos que vivían antes 34


del Último Máximo Glacial, hace 20 000 años, se replegaron en las zonas más templadas como el suroeste de Francia y España, Italia y parte de los Balcanes, Eslovaquia, Moldavia y Ucrania. En Italia y Francia hasta los Balcanes, Eslovaquia, Molda­ via, Ucrania y el sureste de Rusia, se desarrolla la cultura Gra­ vetiense, llamada así por La Gravette, ubicada en la región de Périgord, Francia. En España, Alemania y Francia se desarrolla, entre hace 15 000 y 20 000 años, la cultura Solutrense y Proto-solutrense, denominada así por el pueblo de Solutré, en Francia. Como mencioné, la ocupación de Europa se realizó en diferentes oleadas según lo permitiera el clima, esto es, en las épocas interestadiales. La cultura del Alto Paleolítico, llamada Auriñaciense por el pueblo de Aurignac en la Alta Garona en el sur de Francia, entró a Europa hace 50 000 años por Bulgaria, desde Turquía. Vestigios de sus herramientas se han encontrado en Hungría y, siguiendo el Danubio, en Willendorf, Austria, y hacia el oes­ te en Alemania. Al mismo tiempo otro grupo de aurañicienses se dirigieron hacia el sur, desde Austria a Italia a través de los Pirineos, al norte de España hasta llegar a Portugal alrededor de hace 38 000 años. Poblados por la rama genética del adn mitocondrial N: Noreste y este de Europa hace 50 000 años Hungría, Alemania y Austria hace 40 000 años Italia, Francia, y norte de España hace 40 000 años Portugal hace 38 000 años. Poblados por la rama genética del adn mitocondrial M, misma que pobló Asia. Se estima que los humanos se establecen en: Bering, Alaska y Canadá hace 22 000 a 25 000 años 35


Filipinas hace 17 000 años Estados Unidos y México hace 15 000 a 19 000 años Sudamérica hasta Chile hace 12 500 años (otros calculan hasta 19 000 años)

Aunque existe una gran especulación y que los científicos aún no se hayan puesto de acuerdo en si estas zonas fueron pobladas antes o después del Último Máximo Glacial, en lo que sí todos parecen concordar es que el continente ameri­ cano fue el último en ser poblado a excepción de la Polinesia, empezando por el norte y finalizando en el sur de América. En la época del Último Máximo Glacial, la desecación y el frío obligaron a los habitantes del Alto Paleolítico a bus­ car refugio en las zonas más templadas del sur de Asia, Japón y Corea. De entre las premisas de los investigadores Haynes, Bulbeck, Marshall, Walker, Gamble, entre otros, la teoría de Oppenheimer y sus datos resultan muy convincentes. Postu­ la que, debido a este fenómeno, el nivel del mar descendió en algunas áreas hasta 130 metros en vertical. Esto aumentó las zonas habitables de todos los continentes, atrayendo migra­ ciones del norte al continente antes llamado Sondalandia (en la actualidad, el sureste de Asia), y cuando el mar elevó su nivel cubrió una buena parte del continente. Fue así que se perdió una gran cantidad de vestigios de esas migraciones humanas. La caída en el nivel del mar abrió un nuevo continente al noreste de Asia y el norte de América junto a Alaska, llamado Beringia, que constituyó un puente entre ambos continentes. Al subir nuevamente el nivel del mar, las aguas cubrieron esas tierras, y hoy en día Beringia se reduce al estrecho de Bering. En épocas interestadiales, nuestro peripatético Homo sapiens va peinando las playas del oeste de África en busca de moluscos y pesca; cruza el Mar Rojo al sur de la península ará­ biga hacia la India y, por el sureste, baja a Indochina, Nueva Guinea y Australia. Aunque le toma miles de años, se mantiene 36


en continuo movimiento persiguiendo manadas de mamut y otros animales para subsistir.

La sociedad tribal y las razas

Requiere poco esfuerzo pensar que las relaciones de estos primeros humanos hayan sido instintivas, agresivas y salva­ jes. Como en el mundo animal, la fuerza predomina, por lo que en ese ambiente agreste y hostil no debe haber habido el cortejo romántico, que se desarrolla, al menos en nuestra cultura, hasta el medievo. Los clanes estaban conformados por niños y jóvenes, pues los humanos morían, si bien les iba, entre los 20 y 30 años de edad. No tengo que recordarles lo que las hormonas provo­ can en los adolescentes y adultos jóvenes. El sexo era practi­ cado indiscriminadamente, lo que algunos llaman “sociedad incestuosa”; en otras palabras: todos con todas. La mujer era acosada por todos los hombres de su clan. El parentesco sólo era reconocido entre madre e hijo o hija, el del padre era des­ conocido, no solamente porque no asociaban el momento de la cópula con el nacimiento nueve meses después, sino tam­ bién porque, al tener ella relaciones sexuales con todos los hombres del clan, no se hubiera podido saber cuál era el pa­ dre, aun vinculando las consecuencias de una relación y el producto de la gestación. No había pruebas de paternidad ba­ sadas en el adn. En las épocas glaciales las migraciones humanas son obligadas a refugiarse en el sur, y los desiertos los empujan hacia zonas templadas confinándolos por generaciones. Es­ tos aislamientos son los generadores de las características que hoy llamamos raciales. Cuando nos dicen que todos provenimos de una “Eva original”, nos preguntamos: ¿cómo es esto posible si lucimos 37


tan distintos? No hay nada más contrastante en cuanto a fac­ ciones, altura, y color, por ejemplo, entre los aborígenes aus­ tralianos y los escandinavos, o entre los chinos y los italianos, por mencionar unos ejemplos. Vimos que la “Eva original” o L3 salió hace 80 000 años de África y que tuvo dos líneas hijas, la M y la N que, aunque se parecen a su madre, no son iguales a ella ni iguales entre sí, como sucede en cualquier familia. Digamos que una es chaparra, narigona y obscura de piel, y la otra alta, chata y menos obscura; cuando una se aparta y forma una comuni­ dad, estas características se van acentuando. Tenemos tam­ bién que el color de la piel va cambiando entre más al norte del planeta se viva. La razón es que cuando el Sol cae perpen­ dicularmente, como lo hace en la zona ecuatorial, el humano requiere que su epidermis se defienda de los rayos solares produciendo melanina, que es el pigmento obscuro que le da color a la piel en mayor o menor grado. En el norte de la Tie­ rra los rayos del Sol pegan oblicuamente, por menos horas durante el día y menos meses del año. Para aprovechar mejor los rayos solares, la naturaleza es obligada a eliminar lo más posible este pigmento, que en otras latitudes sirve como es­ cudo a la piel. Desde luego este fenómeno no sucedió en unas cuantas generaciones, se fue dando con pequeñas mutacio­ nes genéticas a lo largo de miles de años. Carl Zimmer publicó en The New York Times6 un artículo acerca de la Dra. Sara A. Tishkoff, geneticista de la Universi­ dad de Pennsylvania, por su investigación sobre la pigmenta­ ción de la piel. Tishkoff encontró ocho variantes genéticas en cuatro estrechas regiones del genoma humano. Éstas ejercen una gran influencia sobre la pigmentación; unas hacen que la piel sea más obscura y otras hacen que sea más clara. En algunas células de la piel hay unas bolsitas llamadas melanosomas que contienen moléculas de pigmento. Entre más pigmento, más obscura es la piel, además de que su tono 38


varía de acuerdo con el tipo de pigmento, éste puede ser cafénegro, cuyo nombre es eumelanina, o amarillo-rojo llamado feomelanina. La mayoría de los europeos tiene una mutación del gen SLC24A5, que hace que las células produzcan menos pigmento. En los africanos se encuentra el gen MFSD12, que afecta la producción del pigmento café-negro eumelanina, produ­ ciendo una piel más obscura. Una variedad de estos genes se halla en muchas poblaciones en el mundo; son genes muy antiguos, de alrededor de 900 000 años, anteriores a la evo­ lución del Homo sapiens. Al parecer, varios genes que producen la piel clara, así como aquellos que corresponden a la piel obscura, son he­ redados de los ancestros africanos que se mezclaron con los neandertales. El gen SLC24A5 es de más reciente aparición, con sólo 29 000 años. El éxito del Homo sapiens es paradójico, ya que, a diferen­ cia de otros animales que sobreviven gracias a adaptaciones singulares al medioambiente en el que moran, el hombre moderno no sólo ha sobrevivido sin estas adaptaciones en to­ dos los climas y extremos de la Tierra, sino que la ha sobrepo­ blado al grado de que es probable que sea este éxito el que la amenace con la extinción. Como dice Jacob Bronowski: “En­ tre todos los animales que se arrastran, vuelan, nadan y se entierran alrededor de nosotros, el hombre es el único que no está limitado a su medioambiente: su imaginación, su ra­ zonamiento, su sutileza emocional y rudeza, le hacen posible no aceptar su medio sino cambiarlo”.7 Simone de Beauvoir lo explica en estos términos: “La sociedad humana es una an­ ti-physis —en cierto sentido está en contra de la naturale­ za—; no se somete pasivamente a la presencia de la naturaleza sino más bien toma el control de ella para sí misma”.8 Los cambios que el hombre ha operado a su alrededor se están empezado a volver un peligro para su supervivencia. 39


Éstos, aunados al exceso de población, constituyen una espe­ cie de cáncer en el planeta. El alquimista y médico suizo del siglo xvi Paracelsus, decía que “nada es sin veneno, es sólo la dosis la que hace las cosas venenosas”, una bacteria no hace daño, pero la multiplicación de ellas puede ser mortal. Cuando el Homo cambia su dieta que consistía en comer plantas, frutas y animales pequeños por la de consumir ani­ males grandes tiene que modificar sus hábitos. Un lugar no puede mantener la cacería de una población en crecimiento, por lo tanto ésta se ve obligada a moverse continuamente. “El límite para la sabana era no más de 2 individuos por kilóme­ tro y medio cuadrado. Con esa densidad, el total de la super­ ficie de la Tierra no podía mantener más que a la población del estado de California.” “La elección para los cazadores era brutal: moverse o morir de hambre.”9 La alternativa del hom­ bre era seguir a las manadas de animales grandes, adoptan­ do sus hábitos migratorios. Este tipo de vida trashumante subsiste aún con los lapones del norte de Escandinavia. Aun­ que los lapones dependan de las manadas de renos, cada uno come medio kilo de su carne al día, beben su leche, utilizan su piel, sus huesos y hasta sus cuernos. A pesar de que los re­ nos son salvajes y no han sido domesticados, los lapones son más libres que los renos, ya que su adaptación al ambiente no es biológica, ellos pueden cambiar ese tipo de vida de un día para otro que, de hecho, es lo que sucede en la actualidad. Hasta ahora hemos visto que la supervivencia de la espe­ cie humana se debe a los dos sexos, y no hay asomo de supe­ rioridad de ninguno. En los próximos capítulos analizaremos que no hay una única razón sino son varias las situaciones que detonan la evolución del patriarcado.

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