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Bernard MacLaverty

Unas vacaciones en invierno TraducciĂłn de Ă lvaro Marcos

a

Libros del Asteroide


Primera edición, 2019 Título original: Midwinter Break Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos. Copyright © Bernard MacLaverty, 2017 © de la traducción, Álvaro Marcos, 2019 © de esta edición, Libros del Asteroide S.L.U. Imagen de cubierta: © Craig Whitehead / Unsplash Fotografía del autor: © Robert Burns Publicado por Libros del Asteroide S.L.U. Avió Plus Ultra, 23 08017 Barcelona España www.librosdelasteroide.com ISBN: 978-84-17007-98-0 Depósito legal: B. 19.421-2019 Impreso por Liberdúplex Impreso en España — Printed in Spain Diseño de colección: Enric Jardí Diseño de cubierta: Duró Este libro ha sido impreso con un papel ahuesado, neutro y satinado de ochenta gramos, procedente de bosques correctamente gestionados y con celulosa 100 % libre de cloro, y ha sido compaginado con la tipografía Sabon en cuerpo 11.


A todos los nietos


En el baño, Stella se preparaba para acostarse. Gerry había dejado el espejo de afeitar colocado por el lado del aumento y ella estaba examinándose las cejas. Humedeció la punta del dedo índice con la lengua y se las alisó. Después se ocupó de las pestañas. Estaba harta de todo aquello: los discos desmaquillantes, el agua hervida y esterilizada sobre el platillo, los ungüentos, la papelera llena de bastoncillos de algodón. Dio las buenas noches a Gerry y, de camino al dormitorio, pasó junto a las maletas, ya preparadas en el recibidor. Encendió la pequeña radio que tenía junto a la cama para escuchar las noticias de la noche y se puso el pijama. Lo hizo rápido, porque la habitación estaba fría. No consideraba sensato pagar un dineral por calentar la habitación durante todo el día solo para disfrutar de un minuto escaso de confort a última hora. Antes de meterse en la cama, apagó la manta eléctrica. Le pasaba a menudo que se quedaba dormida con ella todavía encendida. Para cuando Gerry también se acostaba, Stella tenía un aspecto horrible. «Como beicon frito», lo describía él.


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Disfrutaba de aquel momento para ella sola, de esa separación al final de cada jornada. Con su bolsa de agua caliente, su mantita eléctrica y su radio encendida. Con Gerry fuera del mapa, en otra habitación, escuchando música con sus auriculares. Tomándose una copa nocturna, sin duda. O dos, o tres. Las contraventanas atrancadas, las ventanas cerradas. La casa segura. A veces, después de las noticias, leía un rato, en silencio. El sonido de las páginas al pasarlas. La ausencia de conversación. Pero últimamente se sentía demasiado cansada para leer, incluso para sostener un libro. Más aún uno de tapa dura. Había un momento crítico en el que sabía que se iba a quedar dormida. Su cabeza se hundía en la almohada, su mano se deslizaba por debajo de las sábanas para dejar el libro o apagar la radio. Las obligaciones, los menús y las listas de cosas pendientes se desvanecían. Ninguna de aquellas responsabilidades podía ser atendida entonces; permanecían ocultas tras una cortina, aunque regresarían como un rumor persistente a primera hora de la mañana. Antes de darse cuenta, se quedaba profundamente dormida. Cuando la asaltaba el insomnio, lo hacía en mitad de la noche. En cualquier momento entre las tres y las seis de la mañana se la podía ver enroscada en el sofá, dando sorbos a un vaso de leche caliente o mordisqueando una galleta. La ausencia de sueño podía prolongarse durante horas, ya fuera en la cama o mientras caminaba de un lado a otro. En aquellos momentos, sus inquietudes y su angustia se desplegaban en toda su hondura. Amplificadas, como reflejadas en el espejito del baño. A altas horas de la madrugada, una preocupación se convertía en un monstruo muy diferente al de una preocu-


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pación diurna. Y eso la mantenía despierta. Cabía la posibilidad de que volviera a conciliar el sueño en una o dos horas, pero no había garantía de ello. De repente, se escuchó una música a todo volumen. Los ojos de Stella se abrieron. Pero ¿qué demonios…? Los volvió a cerrar, apretándolos, y se acurrucó, aplastando la oreja derecha contra la almohada. Tiró del edredón para taparse la otra oreja. Pero la música seguía martilleando. ¿A qué diantres jugaba Gerry?

Gerry estaba sentado, con la vista fija hacia el frente. La televisión estaba apagada y la habitación, en silencio. Había un cono de luz sobre su cabeza que dejaba el resto de la estancia en penumbra. Gerry consideraba el sofá una fortaleza. Tenía una concavidad que se adaptaba perfectamente a su figura. Todo lo que necesitaba estaba a mano: libros predilectos, guías de música y cine y discos compactos. Sus libros de arquitectura estaban en la librería del estudio. Stella acaba de concluir en el baño su rutina previa a acostarse. Cuando salió, Gerry escuchó el chasquido del pestillo. —Buenas noches —dijo Stella. Se acercó al extremo del sofá, oliendo a pasta de dientes, e hizo un gesto de despedida con los dedos antes de seguir su camino. —Recuerda que mañana nos levantamos pronto. Gerry esperó a oír cómo se cerraba la puerta del dormitorio. Después se acercó al armarito donde guardaban las bebidas. En la cocina, llenó la jarrita de Kilkenny. De vuelta al armario, se sirvió un whisky en su vaso favorito y lo rellenó con agua hasta el borde. Le gustaba el


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peso del cristal Waterford, su gravedad. Hacía que la bebida resultara más sustanciosa, más potente. Luego regresó al sofá y apoyó el vaso sobre un estante de la librería. La luz le confería un brillo amarillento. La altura de la balda escogida era inferior a la del brazo del sofá, de modo que, si Stella entraba en el cuarto, el vaso quedaba fuera de la vista. No es que quisiera ocultárselo. No tenía ningún problema con decirle a todo el mundo: «Por las noches, cuando Stella se va a la cama, me pongo un copazo y escucho música». Con el vaso fuera de su campo de visión, sin embargo, Stella no podía ver cuánto se había servido. Para ella, un vasito de vino con la comida era «más que suficiente». Y bueno para el corazón. La calefacción estaba programada para apagarse a la hora en la que Stella se acostaba. Al enfriarse, los radiadores hacían ruido. La casa crujía mientras el viento soplaba fuera. Gerry olió las flores que había sobre la mesa. Stella había comprado lirios, que desplegaban ahora, por la noche, toda su fragancia. Dio un sorbo a su bebida. No era propio de ella tener flores que malgastasen su dulzura en la atmósfera desierta, cuando ellos no estaban presentes para disfrutarlo. Escogió un CD. Los auriculares tenían las marcas L y R para izquierda y derecha, pero las letras estaban prácticamente borradas. Se los puso. La música se escuchaba alta y nítida. Aun así, subió el volumen. Dio otro sorbo al whisky, haciendo descender su nivel, saboreándolo. El líquido tenía un color dorado y las caras del cristal tallado del vaso eran plateadas. La copa le ayudaría a conciliar el sueño. Le proporcionaría una noche de descanso reparador y, por la mañana, estaría listo para


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ponerse en marcha. No había nada peor que empezar unas vacaciones con la moral baja. Evidentemente, todavía necesitaría un par de copas más para ponerse a tono. Los auriculares lo aislaban del mundo real y, en ocasiones, incluso cuando estaba apoltronado en el sofá, se sentía vulnerable. Aunque la puerta de casa estuviera cerrada y las ventanas atrancadas, cualquiera podía entrar en la habitación y acercársele por detrás. ¿Se trataba de otra reminiscencia de Belfast? «Comando de unionistas asesina a arquitecto católico retirado en Escocia.» Podían atacarlo por la espalda y estrangularlo. Así de segura era la fortaleza del sofá. Subió el volumen aún más. Era un estruendo maravilloso de vientos desbocados y timbales retumbando. Felicitó al compositor y a los intérpretes con frecuentes sorbos de whisky. De pronto, lo deslumbró un violento destello. Por un instante, pensó que se trataba de un relámpago o de una explosión. —Gerry. Alzó la vista. Stella estaba en el pasillo, en bata, con la mano en el interruptor. —¡Perdón! —gritó Gerry por encima del estrépito de la música—. Culpa mía. Se incorporó deprisa y se quitó los auriculares. Aunque aquello le pasaba otras veces, en esta ocasión hasta él se asustó al escuchar el volumen al que sonaba la música en la habitación. —¡La Virgen…! —dijo, mientras se agachaba para apagar los altavoces principales. —No sé qué es peor, si el jaleo o esa expresión —dijo Stella—. Pero si lo que quieres es acabar viviendo solo, vas por buen camino.


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—Lo siento, no me había dado cuenta —respondió Gerry. La habitación se sumió en el silencio, a excepción del hilillo de sonido que seguía saliendo de los auriculares que colgaban de su cuello. —No sabía que… —Acabarás fastidiándote los oídos —dijo Stella—. Se van a quejar los vecinos. Son las doce y media. Y mañana tenemos que madrugar. —¿Está todo preparado? —¿De qué estás hablando? Estaba intentando coger el sueño. —¿Cuánto tiempo llevas ahí de pie? —Un minuto o así. —¿Por qué no me has avisado antes? —No me habrías oído —dijo Stella—. Y no quería darte un susto y que te diera un infarto. No tendría con quién irme de vacaciones. —Voy enseguida —dijo Gerry.

Stella volvió a la cama. Gerry se sirvió otro whisky. «Un dedito, nada más», se dijo. Pero encima de ese dedito, se sirvió otro más. Dos deditos hacían un dedo considerable. El mundo parecía reconocer tan solo dos estados: sobrio o ebrio. Pero ¿qué sucedía con la franja intermedia, con el espectro, con las gradaciones sutiles? La primera copa traía consigo un leve distanciamiento. Una concentración en otro mundo, como la de quien pasa la plancha alrededor de los botones de una camisa, un alisamiento progresivo de las arrugas. Stella se reiría de él. «Tú no has planchado una


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camisa en tu vida. Como mucho te has quemado la mano. Por no hablar de la camisa.» Pero Gerry había planchado lo suficiente para saber lo que decía. La proa afilada del aparato husmeando hacia delante y hacia atrás, el tejido aplanándose bajo el calor. Otra copa y sintió que empezaba a elevarse. A extender sus alas y a ascender impulsado por el calor de las dos primeras. Ahora podía desatar lo que estaba atado. Liberar lo que permanecía atrapado. Podía escuchar con más agudeza. Podía ver más. Amar mejor. Al día siguiente les aguardaba un nuevo viaje. Vacaciones en invierno. ¡Qué privilegiados! A pesar de llevar años jubilado, su vida estaba puntuada por visitas a lugares de todo el mundo que parecían vacaciones: una conferencia aquí, una presentación de un artículo académico allí. Era miembro de jurados de arquitectura, destinatario de honores y reconocimientos, objeto de presentes y cortesías. Y, la mayoría de las veces, insistía en que Stella lo acompañara.

Gerry se despertó de repente, sumido en una oscuridad compacta pero no absoluta. Tenía la boca seca y la nariz fría. Sus ojos hicieron un esfuerzo por enfocar. Distinguió a duras penas la silueta de las cortinas abiertas. Fuera, el exterior estaba un poco menos oscuro. Debían de ser entre las cinco y las siete de la mañana. Cada vez que se despertaba así, lo asaltaba el mismo dilema estúpido. ¿Levantarse o no levantarse para ir al baño? Sabía que no se podría volver a dormir si no lo hacía. Apartó las sábanas, se sentó en el borde de la cama y bebió un poco de agua. La habitación parecía una nevera. Escuchó la respiración regular de Stella. Metió los pies en las


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zapatillas y se levantó. Entonces llegaron los relámpagos en medio de la oscuridad. Solo durante un segundo. ¡Dios mío!, creía que aquello se le había pasado. Arañas de luz, chispas, fogonazos. El preludio de un infarto. Sacó los pies de las zapatillas y se volvió a tumbar bajo el edredón. Podía tratarse de otra cosa. ¿Las consecuencias de beber demasiado? ¿Cuánto era «demasiado»? Sabía que se estaba haciendo daño. En Año Nuevo se había propuesto dejarlo. Todavía no… por favor, Señor, todavía no. Le había contado a su oculista lo de las estrellitas la última vez que había acudido a la consulta para graduarse la vista y hacerse unas gafas de repuesto. Luego se las había dejado olvidadas en algún sitio y, a pesar de que la funda llevaba una pegatina con su nombre y su dirección, nadie había tenido la amabilidad de devolvérselas. ¿Quién podía quererlas? Todas las gafas están hechas a medida. Si otra persona usaba sus gafas, no vería tres en un burro. —¿Mejor o peor? —le preguntó la oculista. —Mejor. Ella insertó otra lente. —¿Mejor o peor? —Peor. Fuera una cosa o la otra, iban a ser otras ciento veinte libras. —Ahora apoye aquí la barbilla, por favor… —¿En el reposabarbillas? —Sí. Tener que mirar fijamente a los ojos de aquella mujer. El miedo a que percibiera su aliento de viejo al estar tan cerca el uno del otro. La visión de sus propias venas retinianas como árboles invernales, desnudos y rojos. El


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déjà vu del confesionario —la luz baja, la proximidad del rostro ajeno y atento—. ¿Cuándo fue la última vez que acudiste a la consulta, hijo mío? ¿Solo o con otros? ¿Mejor o peor? La oculista restó importancia a su inquietud por los fogonazos. «Todo el mundo los padece a su edad —dijo—. Sucede al incorporarse demasiado rápido.»

Seguía necesitando ir al baño. Se levantó de nuevo de la cama, muy despacio esta vez —sin visión de fuegos artificiales—, arrastrando los pies en busca de la puerta. Sabía moverse por la casa a oscuras, girar el picaporte de modo que no hiciera ruido y no despertara a Stella. Recorrió el pasillo esquivando las maletas, ya preparadas. El baño estaba tan frío que el aire era como un aguijón. Por lo general, la calefacción estaba programada para encenderse a las ocho, pero la señora de la casa la había dejado apagada porque se iban de viaje. No tenía sentido calentarla solo para los ladrones. Desayunar con el abrigo puesto y el té desprendiendo nubes de humo. Mientras se sentaba en la taza, cerró los ojos y trató, en la medida de lo posible, de seguir dormido. Tal vez su médico de cabecera tuviera una opinión diferente. «Sí, las arañas de luz son el típico síntoma precursor de un infarto. Los hipocondriacos también se mueren, ¿sabe?» Tiró de la cadena y enfiló el pasillo para emprender el camino de regreso. Un ligero resplandor se filtraba tras la puerta del estudio. En la oscuridad de la estancia parpadeaban las luces de color del rúter y de otros aparatos y extensiones, como un pequeño parque de atracciones.


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Los teléfonos móviles se estaban cargando, uno al lado del otro. Stella debía de haberse levantado cuando él estaba todavía en el primer sueño. Se sentó frente a la pantalla del ordenador. Ella había estado buscando algo en internet y no había cerrado las ventanas. Desde luego, ocultar rastros se le daba muy mal. En la pantalla, superpuesto sobre la imagen de un prado iluminado por el sol y rodeado de árboles y casas, figuraba un nombre impronunciable. En mitad del césped se alzaba una estatua religiosa. Se parecía un poco al Sagrado Corazón. Debajo podían leerse las siguientes palabras: «A veces puede ser difícil encontrar la puerta, pero cuando lo hagas, cruza el umbral y te hallarás en otro mundo». Como se iban de viaje, Gerry apagó el ordenador. El frío y la oscuridad lo inundaron todo. Tiritando, se levantó de la silla.

En el dormitorio, la respiración de Stella era pausada y larga. Gerry rodeó la cama hasta llegar a su lado. Durante su ausencia, Stella se había escurrido hacia el medio. Una cueva cálida, con ella yaciendo suavemente en su centro. Gerry encajó su almohada de forma natural en el hueco formado por la mejilla y el hombro. La cueva despedía una fragancia a algodón. Se acopló a Stella. Su empeine contra su talón, su rodilla contra la parte posterior de la de ella, su regazo contra su trasero. Eran como dos sillas suaves, bien encajadas y apiladas. Por un momento, la respiración regular de ella se interrumpió. Se había percatado de su llegada y se apretujó de espaldas contra él. En respuesta, él le pasó el brazo por encima. La chaqueta del pijama de Stella se había subi-


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do ligeramente y los dedos fríos de Gerry tocaron por accidente la cicatriz de su tripa. Vacía como un segundo ombligo. Un pliegue en la piel. Con otra a juego en la espalda. Estaba marcada a proa y a popa. —Muévete un poco —dijo ella.

Ambos vagaban por la casa con el abrigo ya puesto, mientras esperaban al taxi. Era un edificio victoriano, con rosas de yeso estucado en el techo y cornisas con molduras estilo ovas y dardos. Cuando se mudaron allí, Gerry dijo que los techos eran tan altos que podían tener jirafas. La casa hacía chaflán y se asomaba a dos calles. Rodeándola, había un pequeño jardín con arbustos y otras plantas verdes. A veces, Stella también traía plantas de sus paseos por el bosque, no le importaba nada ir cargando con una cuchara sopera y una bolsa de plástico. Algunas de las campanillas de invierno que había trasplantado estaban comenzando a brotar. Más adelante habría también jacintos y narcisos, igualmente importados. Gerry estaba en el dormitorio, inspeccionando el medidor de cristal que habían colocado en una grieta de la pared. Les habían dicho que el edificio se estaba hundiendo debido a una vieja explotación minera, y en las paredes habían aparecido las típicas grietas de asentamiento allí donde los muros interiores se habían desplazado con respecto a los exteriores a lo largo de un siglo. En esas zonas de intersección, el papel de pared se había desprendido o llenado de arrugas. «Un poco como nosotros —había dicho Stella—, no solo los perros terminan por parecerse a sus dueños.» De vez en cuando, por las


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noches, se escuchaba el rumor de la argamasa al desprenderse entre la pared y las repisas de las ventanas. Por la mañana, los azulejos que rodeaban la chimenea solían aparecer manchados de hollín y otros restos procedentes del tiro. —¿Y bien? —Stella entró en la habitación—. ¿Alguna señal? —Ni un solo movimiento. Compruébalo tú misma —dijo Gerry, señalando el medidor de grietas. —Me refería al taxi. Mirando ese cacharro no me enteraría de nada ni aunque hubiera un terremoto. —¿Los pasaportes los llevas tú o los llevo yo? —Está todo en tu mochila de mano. Donde lo guardaste. El taxi se retrasaba ya seis minutos. —Si tuviera que ir a alguna aburrida reunión de arquitectos, seguro que llegaba cinco minutos antes de tiempo —dijo él. —Tranquilízate, Gerry. Gerry vació la mochila de mano y dispuso el contenido sobre la cama mientras Stella lo observaba. Teléfono móvil, pasaportes, billetes de ambos, tarjetas de crédito y medicamentos. Stella comprobó que llevaba en su bolso de cuero el neceser, el monedero, las gotas para los ojos, las lágrimas artificiales, medio paquete de caramelos Werther’s Original, la cartera con las fotos de familia, su agenda Filofax y su teléfono móvil. —¡Dios!, ¿la Filofax? —dijo Gerry, suspirando. —Para tener a mano los números de teléfono —respondió Stella. —¿A quién conocemos en Holanda? Ella ignoró su comentario y siguió rebuscando en las profundidades del bolso.


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—Conocemos a gente aquí —dijo—, pero no nos sabemos sus números. Las emergencias ocurren. ¿Te has acordado de coger tu champú? —Y el acondicionador. Todo controlado. Veinticinco mililitros. Terrorismo libre de caspa. —¿Cuál es el límite? —Puedes llevar hasta cien mililitros. Gerry se había anudado al cuello una bufanda de lana de angora roja. Se miró en el espejo de cuerpo entero. —Alguien me dijo una vez que esto me daba un toque extravagante. —¿Quién? —No me gustan las cosas extravagantes. Gerry fue al ropero y encontró otra bufanda, azul marino. De vuelta al dormitorio, se observó de nuevo en el espejo. —A medio camino entre extravagante y deprimente —dijo. Stella se colocó frente a él, a poca distancia. —Podías probar a hacerte otro nudo. Un Oxford, por ejemplo —le sugirió. —¿Los nudos tienen nombres? —El splice, el hitch… —Eso es jerga de obra —dijo Gerry. Stella deshizo el nudo de la bufanda y comenzó a hacer otro, más elaborado. —No lo consigo, solo me sale si me lo hago yo. Hizo girarse a Gerry para que mirara hacia el espejo y se colocó detrás de él, de puntillas. —Baja un poco —le dijo, presionándole los hombros. Gerry dobló las rodillas y mantuvo la postura hasta que el nudo estuvo terminado.


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—Sabes todo lo que hay que saber sobre la jerga de obra, Gerry. —Es mi puñetera profesión. Gerry empezó a enredar con la bufanda. Tiró del extremo más largo y el nudo se deshizo. Luego se la volvió a anudar como siempre. —Tú mismo —dijo Stella, y salió de la habitación. —Voy a llamar otra vez al taxi —dijo Gerry. Entró en el estudio y descolgó el teléfono. Escuchó el sonido de la aspiradora. Stella la estaba pasando por la alfombra. Gerry asomó la cabeza desde el estudio. —¡Está en camino, señor! —gritó Stella. —Está en camino, señor —dijo la voz del teléfono. —Gracias —respondió Gerry antes de colgar—. ¿Qué estás haciendo? —Había una manchita negra de no sé qué ahí —dijo Stella, señalando la alfombra con la cabeza—. Siempre dicen lo mismo. —¿El qué? —«Está en camino, señor.» —¿Quieres que esté todo limpio por si se cuela alguien en casa? Stella apagó la aspiradora y enrolló el cable. Fue a la habitación de la entrada y salió con una bolsa de plástico negra en una mano y un ramo de campanillas de invierno en la otra. Las metió en la bolsa y la anudó. —Sácalas fuera —dijo. Gerry obedeció. Después se acercó a la ventana para mirar otra vez.


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El taxi los dejó a kilómetros de la terminal. Cuando preguntaron al conductor por qué tenían que bajarse ahí, les respondió: «Normas de seguridad, desde lo del coche bomba que pusieron en el aeropuerto». El taxista sacó la voluminosa maleta del maletero y la dejó frente a Gerry. Stella sacó la suya y ambos extendieron las asas de su equipaje al mismo tiempo. Se pusieron en marcha, con las maletas rodando estrepitosamente a sus espaldas. A Gerry el tirante de la mochila de mano se le hundía en la carne como si fuera hilo de cortar queso. Se aproximaron a la terminal principal, cuyo acceso estaba protegido por bolardos de acero inoxidable. —Esto debe de haber costado millones —gritó Gerry, haciéndose oír sobre el estruendo de las maletas—. ¿Y qué impide que pase una moto bomba entre los bolardos? Junto a la entrada principal había tres o cuatro personas fumando detrás de un seto artificial. Excluidos, como leprosos. Tras cruzar las puertas, Stella miró las pantallas y se colocaron en la cola correcta. Cada vez que la fila avanzaba, ellos hacían lo propio empujando las maletas con los pies. —No saldrá sin nosotros —dijo Stella. —No estés tan segura —respondió Gerry—. Toda esta gente tiene más equipaje que sentido común.

Finalmente, lograron pasar el control de seguridad, pero solo después de que el guardia requisara el champú y el acondicionador de Gerry. No se admitían líquidos en envases abiertos, le dijo. Para calmarse, decidieron tomarse un café. —¿Y no han dicho nada de tu cuchara de jardinera?


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—No la llevo siempre conmigo. Solo durante los paseos por el campo. Stella se enfrascó en sus asuntos y Gerry decidió darse un garbeo por el duty free. Solo había colonias y anuncios de colonias. El lugar apestaba a perfume. Las dependientas, delgadas y vestidas de negro, se ofrecían a pulverizar muestras de las fragancias en las muñecas de los clientes, pero Gerry declinó la oferta. Se acercó a la sección de licores. Stella le había advertido que no comprase nada. Una botella de su whisky favorito, le dijo, le saldría más barata en Ámsterdam. Gerry lo llamaba el «amigo del viajero», porque le ayudaba a conciliar el sueño. Por otro lado, esperar a comprarlo en Ámsterdam implicaba muchos imponderables. ¿Lo venderían en los supermercados? ¿O se vendería directamente en licorerías? A lo mejor sucedía como en Noruega o Canadá y uno tenía que ir a un establecimiento oficial, una licorería del Estado, que si no recordaba mal solo abrían en horario de oficina. Mejor comprarlo allí, en ese momento, ya que estaba disponible. Cuando fue a pagar una botella de Jameson, la dependienta le pidió que le mostrara la tarjeta de embarque. Gerry abortó la transacción y regresó con paso firme al lugar donde Stella estaba sentada. —¿Qué sucede? —preguntó ella. —Me piden la tarjeta de embarque —dijo Gerry. —¿Quién te la pide? —No sé cómo se llama. Deirdre, de Airdrie. —Cómprame unos caramelos Werther’s, si te acuerdas. Gerry cogió su tarjeta de embarque y su pasaporte, por si acaso. La dependienta deslizó la botella en una funda reticular de gomaespuma antes de meterla en la bolsa de plástico.


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—¿Por qué tengo que enseñarle la tarjeta de embarque? —le preguntó Gerry. —Normas.

Tener que orinar junto a otros hombres en los urinarios públicos lo ponía nervioso. Prefería hacerlo en los retretes. Apoyó la botella de whisky en el lavabo para poder lavarse las manos. A pesar de estar protegida por la bolsa de plástico, la botella tintineó al chocar con la superficie de mármol. El secador de manos tenía un diseño muy moderno y era asombrosamente potente. Emitía un rugido supersónico que lo sobresaltó. La piel del envés de sus manos se onduló bajo el chorro de aire. Un hombre entró acompañado de su hijo pequeño. Gerry los observó en el espejo. El padre se aproximó a los urinarios y le dijo al niño, que ya se disponía a seguirlo, que lo esperara donde estaba. El niño obedeció. Al poco, sin embargo, se movió y se colocó debajo del secador de manos, activándolo. El aparato aulló y escupió un chorro de aire caliente sobre la cabeza del pequeño, revolviéndole el pelo. El niño empezó a chillar, asustado, sin saber en qué dirección huir. Gerry dio un paso hacia él. —No pasa nada, no pasa nada —gritó el padre desde el urinario, alzando la voz por encima del ruido del aparato. Pero las lágrimas y los gritos del pequeño delataban su pánico. Gerry se agachó y se puso en cuclillas para estar a su altura. Le pasó el brazo por encima y le dio unas palmaditas en la espalda, mientras el hombre terminaba. El niño se revolvió y corrió hacia su padre, que sonrió y lo cogió en brazos, palpándole la coronilla para comprobar si estaba muy caliente.


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—Ya pasó. Estás bien. Solo te has asustado por el ruido. Gerry adoptó un gesto compasivo. —Pobrecito —dijo—. Tengo uno de la misma edad, un nieto —añadió, dirigiéndose al padre—. Nunca se los protege lo suficiente. —Ya se encuentra mejor, ¿a que sí, hijo? —dijo el padre, separándose un poco del pequeño. El niño dejó de llorar, pero lo perturbaba ser el centro de atención en aquel lugar lleno de adultos. Al salir, hundió la cabeza en el cuello de su padre para ocultarse. Gerry compró un paquete de caramelos Werther’s Original en una tienda WHSmith. Decidió gastarle una broma a Stella y decirle que había olvidado comprarlos. Así le daría una sorpresa justo antes de despegar. De vuelta al gran vestíbulo, cruzó las manos por detrás de la espalda mientras caminaba y observaba el techo de la nueva extensión. —Hola —dijo al sentarse nuevamente junto a Stella. —¿Qué has comprado? —le preguntó ella. —Un amigo del viajero. Stella levantó la vista al techo y suspiró. —¿Has comprado los caramelos? —preguntó. —Se me han olvidado. —No hago carrera contigo. —¿Cuántos te quedan? —preguntó Gerry. —El final de un paquete. Gerry se estiró y colocó las manos detrás de la cabeza. Le contó a Stella el episodio del niño y el secador. —Lo diseñadores y los arquitectos deberían responsabilizarse de esas cosas —dijo—. Son un problema de diseño y no deberían ocurrir.


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—Pobre pequeñín —dijo Stella, y lo repitió varias veces. —Lo sujeté mientras el padre acababa en el urinario. —Demasiada información —respondió Stella—. Te toca vigilar el campamento. —Así puedo perder un poco el tiempo —dijo Gerry—. ¿Dónde está el periódico? Stella se lo indicó con un gesto. Acto seguido, se levantó y fue a darse una vuelta. Gerry la siguió con la vista mientras entraba en el área de duty free. El vestíbulo era muy grande y, vista desde el otro extremo, la silueta de Stella parecía diminuta. La arquitectura consistía en relacionar el tamaño de las cosas con el de los humanos. Abrió el periódico y empezó a leer. Stella regresó antes de lo esperado. —En la pantalla pone «embarcando». Durante los siguientes diez o quince minutos recorrieron pasillos enmoquetados. —Si a nuestros padres les hubieran dicho que la moqueta se tiraría algún día por kilómetros, no se lo habrían creído —dijo Stella.

El avión aguardaba en la pista, rugiendo, esperando su turno para despegar. A Stella le disgustaban particularmente los momentos del despegue y el aterrizaje, la carrera frenética para coger velocidad y elevarse sobre el suelo y, al final del vuelo, la sacudida del aparato, con todo su tonelaje, al tomar tierra de nuevo. También, el temblor de las alas y la forma que tenían de abrirse, como si estuvieran rotas, y el estruendo de la propulsión inversa. Cerró los ojos y se aferró a los reposabrazos del


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asiento. Gerry puso su mano sobre la de ella y tamborileó rítmicamente con los dedos para tranquilizarla. —¿Qué es esto? —preguntó. —Pulseras antimareo —respondió Stella. —¿Dónde las has comprado? —En el duty free. —¿Y qué se supone que hacen? —preguntó Gerry. —Evitar que me maree. —¿Cómo? —Por los puntos de presión —respondió Stella, y le mostró una pequeña cuenta blanca que hacía contacto con la parte interior de su muñeca—. Al presionar aquí, cerca del pulso, detiene la náusea. Otras veces me ha funcionado. En el ferry, ¿recuerdas? —Llevo años cogiendo aviones y nunca he visto vomitar a nadie. Bueno sí, a un niño, una vez, pero seguro que se había puesto morado de ostras y cerveza negra antes de subir. Mejor rezas un Rosario. Pero con un objetivo especial en mente. —¿Cuál? —Señor, no permitas que vomite en este vuelo. Stella sonrió. —De jóvenes —dijo—, cuando íbamos al baile, solíamos rezar el Rosario de camino, en el coche. —No me lo puedo creer. —El conductor era mucho mayor que nosotras, pero era muy amable. Nos llevaba a cambio de dinero para gasolina. También rezaba mientras conducía. —Pobres chavales; cachondos perdidos, siguiéndoos la corriente y apoquinando, con la esperanza de pillar… ¿y vosotras rezando el Rosario por el camino? —Irlanda en los cincuenta —dijo Stella.


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—¿Y nadie se mareaba nunca en el coche? —Nadie. —Pues más te valdría rezar el Rosario que tirar el dinero en esos puñeteros manguitos… —dijo Gerry. —Pulseras antimareo —lo corrigió Stella—. Los manguitos son para no ahogarse. Gerry sacó el paquete de caramelos. —¿Desea un caramelito para el despegue, señorita? —¡Pero si te habías olvidado! —dijo Stella, sacando otro paquete de Werther’s—. Me he comprado otros. —Eres tan organizada... —respondió Gerry, y volvió a guardarse el paquete en el bolsillo.

El rugido del motor subió de frecuencia y el aparato aceleró, empujándolos contra el respaldo de sus asientos. Un momento después, el ruido del fuselaje cesó. —Ya hemos despegado. Stella sonrió y abrió los ojos. —¿Te has traído algún libro? —preguntó. —Estoy de vacaciones —respondió Gerry. Stella se acurrucó en su asiento. —Me apetece mucho este viaje —dijo—. Hay varias cosas que quiero hacer. —¿Como qué? —Cosas mías. —Oh, vaya, vaya —replicó Gerry, como si las palabras de Stella escondieran un gran misterio—. Pues yo también. —Pues no tenemos por qué hacerlas juntos —respondió Stella, dirigiéndole una sonrisa impostada. —¿Por qué no hemos elegido un sitio donde haga


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calor? —dijo Gerry—. En algún hemisferio cercano, por ejemplo. —Demasiado follón. El avión ascendió y sufrió varias sacudidas al atravesar una nube. Gerry volvió a posar su mano sobre la de Stella. —¿Cómo puede ser que tú hayas estado en Ámsterdam y yo no? —preguntó. —Fui a un congreso. Con otros profesores. —¿Cuándo? Stella se encogió de hombros. —Creo que fue… ¿en los ochenta? —dijo—. No sé, pensé que estaría bien volver y recordarlo. —Es un ejemplo de storyboard muy elaborado. —¿Qué quieres decir? — Lo de planificarlo todo con antelación, tenerlo todo bien atado. La forma en la que a ti te gusta que sucedan las cosas. —¿Qué quiere decir storyboard? —Es jerga cinematográfica. Antes de rodar, dibujas un cómic del guion. Es una manera de fijar exactamente lo que quieres que se ruede. —Me gusta esa palabra —dijo Stella.

El vuelo no fue largo. Stella hizo dos crucigramas, ambos crípticos. Uno lo rellenó en el periódico de la mañana; el otro, sacado del suplemento dominical, lo hizo apoyándose sobre la Filofax para evitar que se arrugara. Tenía una teoría sobre los crucigramas: creía que la mantendrían mentalmente activa en la vejez. Flexiones para el cerebro, los llamaba.


UNAS VACACIONES EN INVIERNO 31

El avión giró hacia el lado en el que estaba sentada Stella y Ámsterdam apareció de repente a sus pies. —La otra vez era primavera —dijo Stella—. Sobrevolamos unos campos de tulipanes. Desde el aire parecían bloques de plastilina recién sacados del envoltorio. Largas filas y crestas de colores primarios. —Ahora parece todo muy gris. —Si está lloviendo cuando lleguemos, no me importaría echar una cabezadita en el hotel. —¿Ahora, a media tarde? —Ayer descubrí lo que es pasar mala noche —dijo Stella. —¿El qué? —Estar tumbada en la cama, despierta, aguantándoos a ti y a tu música. —En casa nunca te echas la siesta a media tarde. —Cuando estoy de viaje es diferente.

En el aeropuerto, los recibió un olor a flores. Jacintos en enero. Stella sacó unos cuantos euros en una máquina automática de cambio después de comprobar los tipos. La máquina le dio todo en billetes grandes y ella chasqueó la lengua. Mientras caminaban hacia la estación de tren, Gerry señaló las pulseras. —Ya te puedes quitar eso. —Son agradables. Y dan calor —respondió Stella mientras observaba un gran panel informativo. —Mira —dijo. —¿El qué? —Europa. ¿No sientes un pequeño escalofrío de emoción? Estar en el mismo pedazo de tierra que Roma,


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Varsovia, Berlín, Praga… Moscú, incluso. Podríamos coger un tren y… —Primero lleguemos a Ámsterdam —dijo Gerry. Las letras del panel cambiaron, volteándose ruidosamente una a una, con gran revuelo. En un instante, la información pareció temblar y saltó una línea.

—¡Trenes de dos pisos! —exclamó Gerry. —A veces pareces un niño. Encontraron sitio en un vagón vacío y se sentaron. —¿En qué dirección vamos? Gerry señaló el sentido de la marcha y Stella se cambió de asiento. —Una mujer a la que le gusta mirar hacia adelante —dijo Gerry. —Siempre ha sido así —respondió Stella. El tren arrancó y salió de la terminal. Hacía un día gris y lluvioso. Stella encogió las manos para quitarse las pulseras y las guardó en el bolso. —Mejor cogemos un taxi en cuanto bajemos —dijo—. La zona de la estación es un poco desagradable. La última vez tuvimos que ir arrastrando nuestras maletas entre yonquis y mendigos. Y en aquellos tiempos las maletas no tenían ruedas. —Todo está saliendo muy bien de momento —dijo Gerry—. Un mal presagio.

En la estación central, se cruzaron con varias palomas. Las aves aceleraron su marcha, zureando, para apartarse de su camino. Gerry se agachó para mirarlas más de cerca.


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—¿Te has fijado alguna vez en sus patas? Stella negó con la cabeza. —Casi todas están deformadas —prosiguió Gerry—. En la estación central de Glasgow pasa exactamente lo mismo. Tienen las patitas enrojecidas y agarrotadas y siempre les faltan dedos. Van de un lado a otro caminando sobre muñones. —Es verdad —dijo Stella—. No me había dado cuenta. Pobrecillas. Una pareja de palomas alzó el vuelto justo enfrente, batiendo el aire con sus alas al pasar junto a ellos. Gerry agachó la cabeza para esquivarlas, pensando en gérmenes.


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