Polly Shulman
EL LEGADO DE LOS
Traducción del inglés Gema Moraleda
Madrid, 2012
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Título original inglés: The Grimm Legacy © de la obra: Polly Shulman, 2010 Publicado en 2010 por primera vez en Estados Unidos por G. P. Putnam’s Sons, un sello de Penguin © de la traducción: Gema Moraleda, 2012 © de la presente edición: Nocturna Ediciones, S.L. c/ Corazón de María, 39, 8.º C, esc. dcha. 28002 Madrid info@nocturnaediciones.com www.nocturnaediciones.com Primera edición en Nocturna Ediciones: enero de 2012 Corrección externa: Fátima Aranzábal Segunda corrección externa: Juana Salabert Preimpresión: PARIMPAR, S.L. Impreso en España / Printed in Spain Ino Reproducciones, S.A. Código BIC: YFH ISBN: 978-84-939200-5-0 Depósito Legal: Reservados todos los derechos. El contenido de esta obra está protegido por la Ley. Queda rigurosamente prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento mecánico, electrónico, actual o futuro —incluyendo las fotocopias y la difusión a través de Internet— y la distribución de ejemplares de esta edición mediante alquiler sin la autorización por escrito de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas por las leyes.
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A mamรก y a Scott, con mi amor y mi agradecimiento
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Capítulo 1 Recibo un regalo y una citación
L
a nieve caía con fuerza: copos grandes y pegajosos que se me colaban por el cuello del abrigo, al que le faltaba un botón. El mal tiempo había hecho que mi metro se retrasara y me temía que iba a llegar tarde a clase. Enfrente del colegio, una mujer indigente se peleaba con un carrito de la compra. Un taxi que pasaba levantó una ola de nieve sucia y medio derretida, lo que provocó que la mujer y el carrito cayeran en la acera. Tenía que ayudarla. Sus manos eran garras congeladas cuando la ayudé a levantarse. Era mucho más ligera de lo que parecía bajo sus abultados harapos. —Gracias —dijo, sacudiendo la nieve de la manta que llevaba sobre los hombros. Debajo vestía una camiseta rellena de papel de periódico. Y, para mi horror, vi que calzaba sandalias. El timbre que anunciaba el principio de la clase estaba a punto de sonar, pero yo no podía abandonar a alguien en sandalias en ple-
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na tormenta de nieve, no cuando yo llevaba un par de zapatos extra encima. La ayudé a poner de nuevo el carrito sobre sus ruedas y saqué mis zapatillas de gimnasia de la mochila. —Tenga —dije—, ¿le sirven? Lo más seguro era que no le fuesen bien: tengo unos pies vergonzosamente grandes. Pero al menos serían mejor que las sandalias. La mujer las cogió y les dio la vuelta para mirar las suelas. Sostuvo la zapatilla derecha cerca de su rostro y la olió. La izquierda la aproximó a su oreja como si fuese un teléfono. Por fin me miró. Sus ojos eran sorprendentemente brillantes, de un pálido gris luminoso como las nubes de tormenta. —Gracias —contestó. —¿Quiere también mis calcetines? Seguramente no, están sucios. En cuanto lo dije me di cuenta de que había sido muy poco sensible: las personas que no tienen donde vivir no suelen poder hacer la colada. Deben de estar acostumbradas a los calcetines sucios. —Gracias —repitió la mujer, oliendo los calcetines y arrepintiéndose al momento—. Espera —exclamó cuando di media vuelta camino del colegio. Rebuscó entre las bolsas del carrito mientras la nieve seguía cayendo y fundiéndose en mi cuello. Me estaba impacientando, pero esperé hasta que encontró lo que estaba buscando y me lo dio—. Guárdalo bien. —Eh… Gracias.
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Era un lápiz del número 2, los típicos lápices amarillos con una goma rosa en el extremo, como los que se usan en los exámenes tipo test. Lo metí en la mochila, me ajusté la bufanda y me dirigí a la puerta del colegio. —Date prisa, Elizabeth, llegas tarde —dijo una voz severa. Mi profesor de sociales, el señor Mauskopf, me estaba sujetando la puerta. A pesar de su intimidante seriedad, era mi profesor favorito. La mujer indigente le saludó con la mano discretamente y el señor Mauskopf le respondió con un movimiento de cabeza mientras la puerta se cerraba tras nosotros. Le di las gracias y fui corriendo a mi taquilla mientras sonaba el timbre. A partir de ahí, el día transcurrió con normalidad. El señor Sandoz me obligó a jugar al voleibol descalza cuando vio que no llevaba puestas mis zapatillas, y las encantadoras Sadie Cane y Jessica Farmer se pasaron el rato jugando al pisotón accidental con los pies de la chica nueva. Después, en clase de sociales, el señor Mauskopf anunció que tendríamos que presentar un trabajo de investigación justo después de Año Nuevo, con lo que, a todos los efectos, nos dejaba sin vacaciones. —Elige bien, Elizabeth —me recomendó al darme la lista de temas posibles. Mi hermanastra Hannah me llamó aquella noche para pedirme que le mandara por correo su lazo negro. Me lo había dado al irse a la universidad, pero los regalos de Hannah rara vez duraban.
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—¿Qué estás haciendo? —me preguntó. —Pienso en ideas para mi trabajo de sociales. Historia europea con el señor Mauskopf. —Me acuerdo de Mauskopf, ¡vaya tío raro! ¿Sigue llevando aquella pajarita verde? ¿Y te quita puntos si te pilla mirando el reloj? —Ajá —le cité—: «El tiempo pasará, pero tú no aprobarás». Hannah se echó a reír. —¿Sobre qué vas a escribir? —Sobre los hermanos Grimm. —¿Los de los cuentos? ¿Para Mauskopf? ¿Te has vuelto loca? —Estaba en la lista de temas sugeridos. —No seas inocente. Apuesto a que lo puso como trampa, para ver quién era tan tonto de pensar que los cuentos eran historia. Eh, puede que aún tenga mi trabajo de esa clase. Puedes usarlo si quieres. Te lo cambio por, eh…, por tus auriculares buenos. —No, gracias —respondí. —¿Estás segura? Es sobre la Comuna de París. —Eso es hacer trampa. Además, el señor Mauskopf se daría cuenta. —Tú misma. Mándame el lazo mañana, ¿vale? Lo necesito para el sábado. Mordisqueé el extremo de mi lápiz, el que me había dado la mujer indigente, y me quedé mirando el tema que había señalado, preguntándome si debía seguir el consejo de Hannah y cambiar de tema. El
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señor Mauskopf se tomaba la historia muy en serio, y los cuentos de hadas no sonaban muy serios. Pero si no quería que escribiéramos sobre los hermanos Grimm, ¿por qué los había puesto en la lista? Los cuentos habían sido muy importantes en mi infancia. Solía sentarme en el regazo de mi madre mientras ella me los leía en voz alta y yo hacía como que leía con ella, hasta que, al cabo de un tiempo, me di cuenta de que realmente podía hacerlo. Más tarde, en el hospital, cuando mamá estaba ya demasiado enferma para sostener un libro, llegó mi turno de leerle en voz alta nuestros cuentos favoritos. Todas las historias tenían finales felices. Pero no evitaron que mamá muriera. «Si estuviera viva —pensé—, estoy segura de que aprobaría que estudiara las vidas de los hombres que los escribieron». Y decidí no cambiar de tema. Aunque suene raro, una vez que me decidí, me di cuenta de que estaba deseando empezar el trabajo: al menos así tendría algo interesante que hacer. Iba a estar un poco sola en vacaciones, ya que mi mejor amiga, Nicole, se había mudado a California. No había hecho nuevos amigos en los cuatro meses que llevaba en el nuevo colegio, Fisher y las chicas con que solía quedar estaban demasiado ocupadas con el ballet para prestarme atención. Echaba de menos las clases de ballet, pero papá decía que no podíamos permitírnoslas ahora que tenía que pagar la matrícula de
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la universidad de mi hermanastra; y, en cualquier, caso tampoco iba a ser bailarina profesional: no estaba lo suficientemente obsesionada y mis pies eran demasiado grandes.
Puede que los cuentos no sean historia, pero, como aprendí en las horas que pasé en la biblioteca durante las vacaciones de Navidad, Wilhelm y Jacob Grimm sí eran historiadores. Ellos no crearon los cuentos, los recopilaron, poniendo por escrito las leyendas e historias que oían de amigos y criados, aristócratas e hijas de hosteleros. Su primera recopilación de historias estaba dirigida a adultos y enseguida entendí por qué: eran demasiado sangrientas y escabrosas para los niños. Incluso los héroes se dedicaban a hervir gente en aceite y a obligarla a tragar carbón al rojo vivo. ¡Imagínate a Disney haciendo un musical de «La doncella sin manos», la historia de una niña cuyo padre viudo le corta las manos al negarse a casarse con él! Cuando lo acabé, estaba segura de haber hecho un buen trabajo, pero al entregarlo seguía nerviosa. El señor Mauskopf era duro puntuando.
Días después de volver de vacaciones, el señor Mauskopf me paró en el pasillo y me señaló con el dedo índice que remataba su brazo
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estirado. Parecía tener el doble de codos y nudillos que el resto de personas. —Elizabeth, ven a verme a la hora de comer —dijo—. A mi despacho. ¿Me habría metido en un lío? ¿Le habría disgustado mi trabajo? ¿Tenía razón Hannah y había caído en una trampa? La puerta del departamento de sociales estaba abierta, así que toqué con los nudillos en el marco. El señor Mauskopf me hizo una seña con la mano. —Siéntate. Me senté en el borde de la silla. Me entregó un trabajo doblado por la mitad en sentido vertical. Con comentarios y su firma en tinta marrón en el reverso. Respiré hondo y me atreví a mirar la nota. —Buen trabajo, Elizabeth —afirmó. ¿Era aquello una sonrisa? Casi. Abrí el trabajo. Me había puesto un sobresaliente. Me apoyé en el respaldo. Mi corazón latía aliviado. —Gracias. —¿Qué te hizo elegir este tema? —No lo sé, siempre me han encantado los cuentos. Parecen tan… tan… realistas… —¿Realistas? Es un punto de vista poco común —respondió el señor Mauskopf, insinuando una sonrisa.
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—Tiene razón —me sentí como una tonta—. Lo que quiero decir es que todas las cosas horribles que ocurren en los cuentos parecen reales. O no reales, sino de verdad. La vida es injusta: los malos siempre ganan y los buenos mueren. Pero me gusta que ese no sea siempre el final. Como cuando la madre muere y se convierte en un árbol y sigue ayudando a su hija, o cuando al chico que todos creen que es tonto se le ocurre cómo derrotar al gigante con inteligencia. El mal es real, y también el bien. Siempre se dice que los cuentos son simplones, blanco y negro, pero yo no lo veo así. Para mí son complejos. Es lo que me gusta de ellos. —Entiendo —el señor Mauskopf consultó su lista—. Eres nueva, ¿verdad? Asentí. —Antes iba a Chase, pero mis dos hermanastras están en la universidad, y la matrícula… —me callé, un poco avergonzada por estar hablando de la economía familiar. —Ah, así que tienes hermanastras —exclamó el señor Mauskopf—. Espero que no sean como las malas de los cuentos de los Grimm. —Un poco —contesté. Veronica es mucho mayor, y Hannah… Hannah detestaba compartir su habitación conmigo cuando mi padre y yo nos mudamos. A Hannah le encantaba tener alguien a quien mandar igual que Veronica le había mandado a ella. Hannah siempre cogía mis cosas y no me dejaba usar las suyas. Pero no podía
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contarle nada de eso, hubiera sido una traición. En su lugar, dije—: Mi hermanastra Hannah estuvo en su clase, Hannah Vane. —No me digas más —el señor Mauskopf me dedicó un amago de sonrisa, como si estuviéramos compartiendo un chiste. Entonces me preguntó—: ¿Has conseguido unas zapatillas nuevas? —¿Zapatillas? —Recuerdo haberte visto regalar tus zapatillas. Un gesto muy generoso por tu parte. —No he tenido ocasión —respondí. No quería volver a tratar nuestra vergonzosa situación financiera. —Entiendo —se aclaró la garganta—. Bien, Elizabeth, todo esto es muy satisfactorio. ¿Te gustaría conseguir un trabajo? —¿Un trabajo? ¿De qué tipo? —Uno para después del colegio. Un amigo mío del Repositorio de Material en Circulación de Nueva York me ha dicho que hay una vacante. Es un sitio genial. Yo trabajé allí a tu edad. Intenté imaginármelo a mi edad, pero su pajarita me lo impidió. —¿Es como una biblioteca? —Exactamente, como una biblioteca, eso es. —¡Sí, sí, por favor! Me encantaría —respondí. Un trabajo significaba dinero para poder comprar cosas como unas zapatillas de gimnasia, y no es que mi agenda social estuviese muy llena. Todos los del Fisher se conocían desde hacía eones. Les estaba costando mucho integrar a la chica nueva. Entonces cometí el error
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de defender a Mallory Mason cuando algunas de las chicas guays se estaban inventando canciones sobre su peso y su aparato dental. Y, para empeorarlo, la señora Stanhope, la secretaria de dirección, me oyó y me tomó como ejemplo de líder compasiva en su siguiente charla. Después de aquello, nadie quiso tener nada que ver conmigo, excepto Mallory. Pero la verdad es que no me caía bien. ¿Quién sabe? Quizá, si aceptaba el trabajo, haría amigos allí. El señor Mauskopf sacó su pluma estilográfica del bolsillo de la camisa, escribió un número en un trozo de papel que dobló en sentido vertical y me lo ofreció sujeto entre sus dedos índice y corazón. —Llama y pregunta por el doctor Rust —dijo. —Gracias, señor Mauskopf. Sonó el timbre y me apresuré para no llegar tarde a mi siguiente clase.
Por la tarde, al llegar a casa, fui directa a mi habitación, evitando el salón para que Cathy, mi madrastra, no me mandara a hacer recados o me obligara a escuchar sus quejas sobre mis hermanastras. Me habría gustado que mi padre hubiera estado allí para hablarle de mi nuevo trabajo. No es que me escuchara mucho últimamente. En lugar de eso, se lo conté a Francie, mi muñeca. Sé que suena infantil, pero era la muñeca de mi madre y a veces hablar con ella me hace sentir casi como si hablara con mamá.
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Francie me sonreía, dándome fuerzas. Por supuesto, ella siempre sonríe, porque tiene la sonrisa cosida, pero aun así lo interpreté como una buena señal. Francie es la única muñeca de la colección de mamá que Cathy me permitió quedarme después de que Hannah le rompiera la nariz a Lieselotte. Lieselotte era la joya de la corona de la colección de mamá. Es una muñeca de porcelana, fabricada en Alemania hace más de ciento cincuenta años, y cuesta mucho dinero. —Las guardaré hasta que seas lo bastante mayor para cuidarlas como es debido —dijo Cathy cuando empaquetó y guardó las muñecas. Ya entonces supe que no valía la pena quejarme. Cathy siempre se ponía del lado de sus hijas. Al principio me lamentaba con mi padre, pero él sólo decía: «Necesito que te lleves bien con tus hermanastras. Sé que puedes. Eres mi pequeña portadora de paz. Tienes un corazón enorme y generoso, como tu madre». Le expliqué que yo no había roto a Lieselotte, pero no le dije quién había sido. —Si no eres lo bastante mayor para ser responsable, entonces tampoco lo eres para jugar con estas muñecas —concluyó Cathy—. No llores más. Quédate esta; no vale nada. Ni siquiera tú puedes estropear mucho esta muñeca de trapo. Me lo agradecerás cuando seas mayor. Me dio a Francie y cerró la tapa sobre la expresión de desmayo y aristocrática sorpresa de Lieselotte.
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—¿Ha llegado el momento de llamar, Francie? —le pregunté. Interpreté su sonrisa como un «sí». Marqué el número escrito en el papel. —Lee Rust —dijo la persona que respondió. —Hola, ¿doctor Rust? Yo… soy Elizabeth Rew. Mi profesor de sociales, el señor Mauskopf, me ha dicho que le llamara en relación a un trabajo. —Ah, sí, Elizabeth. Stan me dijo que llamarías. Me alegro de oírte. ¿Stan? Así que el señor Mauskopf tenía nombre. —¿Puedes venir a una entrevista el jueves que viene después del colegio? —Claro. ¿Adónde tengo que ir? —pregunté. El doctor Rust me dio una dirección próxima al colegio, al este de Central Park. —Pregunta por mí en el mostrador de la entrada. Te mandarán arriba.
En la discreta placa de latón que había junto a la puerta se leía «Repositorio de material en circulación de Nueva York». Vista desde fuera, parecía la típica casa de ladrillo marrón de Manhattan, la última
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de una larga hilera. La siguiente puerta pertenecía a una antigua mansión, una de tantas que hoy en día son consulados o museos. «Hubiera sido una biblioteca increíble», pensé mientras subía la escalera del Repositorio y tiraba de la pesada puerta. Era la clase de lugar al que solía ir con mi padre antes de que conociese a Cathy. Solíamos pasar los fines de semana lluviosos en museos y bibliotecas, especialmente en los menos conocidos, como el Museo de Historia de la Ciudad de Nueva York y la Sociedad Histórica de Nueva York, con sus colecciones de objetos raros, porcelana antigua, herramientas de hojalateros y maquetas de la ciudad antes de la revolución. Jugábamos a un juego. Elegíamos qué cuadro —o reloj o silla o fotografía, o lo que fuera— habría sido el favorito de mamá. Hacía años que no iba a un museo con mi padre y, al abrir la puerta, el ligero aroma a polvo hizo que lo recordara. Sentí como si retrocediera en el tiempo al lugar que había sido mi hogar. Mediante un juego geométrico, la entrada se abría a una habitación que parecía más ancha que el edificio que la contenía. Al fondo había una mesa enorme, cuidadosamente tallada en madera oscura. Un chico de mi edad estaba sentado tras ella. Pero no un chico cualquiera: Marc Merritt, el más alto, el más guay, el mejor alero que había tenido nuestro equipo de baloncesto. Una vez le vi encestar un corazón de manzana en la papelera de la sala de profesores desde su silla situada al otro lado del pasillo, en la sala de estudio, con ambas puertas entornadas. Parecía la versión
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afroamericana y más alta de Jet Li; además se movía como él, con la misma velocidad acrobática. Estaba en el otro grupo de sociales del señor Mauskopf, e íbamos juntos a la clase de salud. Casi todas las chicas de Fisher estaban coladas por él. Yo también lo estaría si no pensara que era un presuntuoso… Bueno, para ser sinceros, sí que lo estaba. Y estaba bastante segura de que él no sabía quién era yo. —Hola, he venido a ver al doctor Rust —dije. —Muy bien. ¿Quién debo decir que ha venido? —Elizabeth Rew. Marc Merritt levantó el auricular de un teléfono antiguo, de esos de disco. —Elizabeth Rew ha venido a verle, doctor… Claro… No; hoy hasta las seis… Vale. Señaló con su largo brazo, más largo que el del señor Mauskopf, hacia la elegante puerta de latón del ascensor. —Quinta planta, gira a la izquierda en el arco. Ya lo verás. Cuando salí del ascensor, el pasillo se desdoblaba en tres direcciones. No podía ni imaginarme cómo era posible que cupiesen todas en un único edificio estrecho de piedra marrón. Di tres pasos y atravesé un arco hasta entrar en una pequeña habitación forrada de libros. El doctor Rust era menudo y fibroso, con el pelo abundante y largo de un tono pelirrojo tirando a marrón y un montón de pecas. —Elizabeth, encantado de conocerte —nos dimos la mano—. Siéntate, por favor. ¿Qué tal con Stan?
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Es estricto, pero justo. Tiene pinta de serio, aunque se distingue un brillo casi imperceptible en sus ojos. Viste de forma rara. —Bien —respondí. —¿Sigue teniendo esa enorme bestia en aquel pequeño apartamento? —Supongo que sí. Nunca he estado en su apartamento. —Bueno… Veamos… Estás en la clase de Historia de Europa de Stan, ¿verdad? —Así es. —Bien, bien. Stan nunca nos manda una mala pieza. Dice que eres trabajadora, con un gran corazón y un espíritu independiente, lo cual es un gran halago viniendo de Stan, créeme. Así que, en realidad, esto es pura formalidad, pero sólo para ser concienzudos: ¿friegas los platos en casa? ¿Qué clase de pregunta era esa? —Sí, casi siempre. Otro inconveniente de tener a mis hermanastras en la universidad: yo era la única que estaba en casa para hacer las tareas domésticas. —¿Cada cuánto? —Prácticamente a diario. Cinco o seis días a la semana, seguramente. —¿Y cuántos has roto este año? —¿Platos?
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—Sí, platos, vasos, esas cosas. —Ninguno. ¿Por…? —Bueno, nunca se es demasiado cuidadoso. ¿Cuándo fue la última vez que perdiste las llaves? —Nunca he perdido las llaves. —Estupendo. Muy bien. Separa esto, por favor —el doctor Rust me entregó una caja de botones. —¿Que los ordene? ¿Cómo? —Bueno, eso depende de ti. Parecía la entrevista más rara del mundo. ¿Iba a perder un trabajo porque al señor Rust no le gustaba cómo ordenaba unos botones? Los volqué sobre la mesa y los puse todos bocarriba. Había grandes círculos de madera y pequeñas perlas, botones brillantes y cuadrados hechos de plástico rojo, azul o amarillo, unos resplandecientes en forma de estrella con diamantes falsos que daban la impresión de ir a rasgar los ojales, nudos marineros, una serie de botones plateados cada uno con una flor distinta impresa, conejos de coral, sencillos botones de plástico transparente para la ropa interior, objetos de cristal como pomos en miniatura y un pesado botón de oro con lo que parecían diamantes auténticos engarzados. Los separé por materiales: metal, madera y otros derivados vegetales; hueso, concha y otras partes de animales; piedra, plástico y otros productos fabricados por el hombre, como el cristal. Después
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separé cada grupo en subgrupos, también por materiales. Y dentro de cada subgrupo, los separé por peso. —Entiendo. ¿Dónde pondrías este? —el doctor Rust me enseñó un botón de metal, de los que llevan medio aro en el reverso en lugar de agujeros. El derecho tenía un trozo de tejido protegido por un cristal. Dudé. ¿Debía ir con los metales, con los materiales fabricados por el hombre, por el cristal, o con las plantas, por el tejido? Tal vez el tejido fuese lana, en cuyo caso debería ir con los materiales animales. —¿Puedo hacerle una pregunta? —dije. —Por supuesto. Pregunta siempre. Como dicen los akan, «quien pregunta, no se pierde». —¿Dónde viven los akan? —Los akan son originarios de África occidental. Tienen una tradición de proverbios muy rica. Quizá sea porque son muy dados a preguntar. —Ah, vale… ¿De qué está hecho este botón? —Buena pregunta. De oro, cristal de roca y cabello humano. No iba con los materiales fabricados por el hombre. Tal vez entre las piedras. Aparte de eso, la respuesta no me ayudó mucho. Por el peso, el botón era de oro, así que quizá debería ir con los metales. Pero había puesto el que parecía de diamantes con los de piedra y no con los de metal. Decidí clasificar el nuevo botón por su componente más raro y lo puse en el montón de derivados de animales.
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—Qué interesante —dijo el doctor Rust—. Vuélvelos a ordenar. Los mezclé y los reordené, componiendo una complicada parrilla en función de la forma y el color. Empezaba arriba con el rojo y recorría todo el arco iris hasta el violeta de abajo, con dos filas adicionales para el blanco y el negro. De izquierda a derecha, comenzaba con los diminutos botones de cuello y acababa con enormes emblemas. —¿Dónde pondrías esto? —el doctor Rust me mostró una cremallera. ¡Una cremallera! —¿Por qué no me la ha dado antes? —exclamé desolada—. La habría puesto con los botones metálicos. ¿Las pecas del doctor Rust se habían movido o me lo parecía? ¿La peca grande que tenía encima del ojo izquierdo no estaba antes encima del derecho? Volví a mezclar los botones y empecé de nuevo. Esta vez los ordené por formas. Puse la cremallera con los botones de trenca y un botón rectangular con un grabado en zigzag. No me gustó esa solución, pero era mejor que nada. El doctor Rust enarcó una ceja —ya no había ninguna peca grande cerca— y preguntó: —¿Cuál crees que es el más valioso? Pensé en el botón de diamante, pero al final elegí un pavo real esmaltado con piedras azules en la cola. El señor Rust parecía satisfecho.
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—¿Y el más antiguo? No tenía ni idea. Elegí uno de plata. —¿Y el más bonito? Estaba empezando a impacientarme. Escogí uno de plástico de un precioso tono verde. El señor Rust no pareció creerme. —¿Y el más poderoso? —¿Cómo puede ser poderoso un botón? —Con el paso del tiempo descubrirás que todos los objetos tienen cualidades únicas. Y el material de nuestras colecciones te hablará. ¿Eso quería decir que había conseguido el trabajo? Lo cierto era que algunos botones parecían atraerme más que otros. Elegí un botón negro de cristal y geometría inquietante. El señor Rust lo cogió y lo examinó de cerca durante un buen rato mientras yo miraba sus pecas con la intención de pillarlas moviéndose. ¿Estaban hacía unos minutos en el lado izquierdo esas pecas con forma de mariposa? —Bueno, Elizabeth, esto ha sido de lo más revelador, pero los dos tenemos mucho trabajo esperándonos —dijo finalmente el doctor Rust, como si hubiera sido yo la que había estado estudiando el botón—. ¿Puedes empezar la semana que viene? Toma, creo que será mejor que te lleves esto. Alguien abrió la puerta mientras el doctor Rust me daba un último botón. Era idéntico a los de mi abrigo; debía de ser el botón que me faltaba. —Y aquí está Marc, justo a tiempo.
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