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MARIE RUTKOSKI

El Globo Celeste LAS CRÓNICAS DE KRONOS: LIBRO 2

Traducción del inglés José Pazó Espinosa

Ilustraciones Cris de Cos-Estrada

Madrid, 2012

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Título original inglés: The Celestial Globe © de la obra: Marie Rutkoski, 2010 Publicado en 2010 por primera vez en Estados Unidos por Farrar, Straus & Giroux, un sello de Macmillan © de la traducción: José Pazó Espinosa, 2012 © de las ilustraciones: Cris de Cos-Estrada, 2012 © de la presente edición: Nocturna Ediciones, S.L. c/ Corazón de María, 39, 8.º C, esc. dcha. 28002 Madrid info@nocturnaediciones.es www.nocturnaediciones.es Primera edición en Nocturna Ediciones: septiembre de 2012 Corrección externa: Fátima Aranzabal Segunda corrección externa: Juana Salabert Preimpresión: PARIMPAR, S.L. Impreso en España / Printed in Spain Ino Reproducciones, S.A.

Código BIC: YFH ISBN: 978-84-939750-0-5 Depósito Legal: M-30770-2012

Reservados todos los derechos. El contenido de esta obra está protegido por la Ley. Queda rigurosamente prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento mecánico, electrónico, actual o futuro —incluyendo las fotocopias y la difusión a través de Internet— y la distribución de ejemplares de esta edición mediante alquiler sin la autorización por escrito de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas por las leyes.

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Este libro estรก dedicado a mis alborotadores hermanos: Aimee, Andy y Jonathon.

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1 Los Hombres Grises

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lgunos días empiezan mal. Todos los tenemos. Son la clase de días que, al igual que con la sal volcada, te gustaría echarte en la palma de la mano y tirarlos por encima del hombro izquierdo, con la esperanza de que, si no vuelves la vista, no ocurrirá nada peor. Petra Kronos se despertó de golpe. Su corazón latía con fuerza. Las sábanas estaban empapadas en sudor. Giró la cabeza hacia la izquierda y miró por la ventana: un día nublado, húmedo, deprimente. Miró a la derecha y vio a Astrophil. La araña de hojalata dormía con las patas recogidas, hecha una bolita de pinchos. Con un chirrido, empezó a mover las patas y las fue estirando una a una, hacia arriba. Luego, con un movimiento rápido, se alzó sobre la punta de las patas. —Petra, ¿ocurre algo? —He tenido una pesadilla —dijo mientras notaba que el corazón le latía a toda velocidad.

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—¡Ah! ¿Tenía que ver… con lo que pasó en el Castillo de la Salamandra? —No —Petra no quería recordar lo que pasó hacía un mes—. De todas formas, los sueños no significan nada. Son sólo imágenes huecas. —¿Tenía que ver… —inquirió la araña con cautela— con John Dee? —No —Petra suspiró molesta y salió de la cama. Astrophil tenía la mala costumbre de llevarle la contraria en todo lo que decía. Podía decir cualquier cosa, como que los sueños no tienen importancia, e inmediatamente Astrophil le espetaba un contraejemplo, como John Dee. —Si has soñado con él —insistió Astrophil—, podría ser algo real. Puede haberte mandado un mensaje. Vuestras mentes están conectadas. —No me lo recuerdes. —¿Te acuerdas del sueño? —No —mintió Petra. Sacó un collar de debajo del camisón. Una pequeña herradura enlazada por un cordón de cuero. Le dio la vuelta y miró lo que estaba grabado. Era algo en una lengua que no comprendía, aunque reconoció su nombre y el de su amigo—. ¿Dónde crees que estará Neel? ¿Crees que estará en España? Astrophil hizo una pausa de reproche. Petra no iba a engañarle con aquel intento de desviar su atención.

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—No sé. —Vamos al bosque. Antes de que padre se despierte. —Si quieres… Petra se puso a cuatro patas y buscó algo debajo de la cama. Cuando se levantó, no tenía nada en las manos, pero las movía de forma rara. Parecía que se estaba sujetando algo invisible alrededor de la cintura. Era como un actor representando una pantomima. Astrophil trepó por su brazo. Petra le sonrió. También aquello era parte de la actuación. Lo cierto es que Petra estaba preocupada. Recordaba el sueño muy bien. En él, estaba enfadada, muy enfadada. Estaba tan enfadada que sentía pánico, casi desesperación. Se había pasado la noche aporreando una puerta. La habitación en la que estaba atrapada era muy lujosa, con muebles tallados y tapicerías bordadas. Pero no por ello dejaba de ser una prisión.

Jarek voló hasta una esquina de la mazmorra. Una de sus mejillas resbaló por la pared hasta el suelo. La puerta se cerró con un chirrido. Al menos, la sesión había sido breve. Les había dado toda la información que querían. Recordó que había una ventana en la mazmorra. No exactamente una ventana, sino un agujero cuadrado. Suficientemente grande para que entrara una mano.

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Se puso de pie con dificultad. Mientras lo hacía, sintió dolor en un brazo. Metió la mano por aquel agujero. Gotas de fría lluvia resbalaban por sus dedos ensangrentados. Algo que no era lluvia le hizo cosquillas en la palma de la mano. El ser diminuto se acurrucó en su mano, que se encogió. Sintió las plumas tibias y los rápidos latidos de un corazón diminuto. Mi pobre amigo —murmuró el gorrión en la mente de Jarek. Este imaginó lo que el pájaro podía ver: su propia muñeca saliendo del muro de la mazmorra como una rama retorcida, el cielo encapotado y lluvioso, y los tejados rojos de Praga. La idea de que el gorrión se fuese era la peor tortura. A pesar de ello, le dijo al pájaro: Necesito que lleves un mensaje a alguien.

La Casa de la Brújula estaba llena de ecos. Habían vendido la mayoría de los muebles. Los que quedaban los habían cargado en el carro en el que Josef y Dita, junto con su hijo David, se habían ido al sur de Bohemia. Dita era la prima mayor de Petra, pero no sólo eso. Dita y su marido, Josef, eran unos segundos padres para Petra, y David era como su hermano pequeño. Cuando el padre de Petra sugirió que la familia al completo dejara Okno, todos se opusieron. Petra protestó. Josef se negó a hablar. Dita dijo, sin pelos en la lengua:

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—Tío Mikal, es una idea estúpida. Mikal Kronos hablaba de su plan todas las mañanas mientras desayunaban y, cada vez que lo hacía, comenzaba una batalla, hasta que un día David arrojó la cuchara en las gachas, se tapó los oídos con las manos y gritó: «¡Callaos! ¡Callaos todos!». Y se fue llorando, con su pequeño cuervo metálico revoloteando sobre su cabeza. Sus padres se miraron. —Pensad en la seguridad de los niños —insistió Mikal Kronos a Dita y a Josef—. Cuando el príncipe descubra al responsable del saqueo de su gabinete de curiosidades, no tendrá piedad con nadie de esta familia. Vosotros cuatro tenéis que iros de aquí lo antes posible. No quiero dejar nada que él pueda usar, así que yo me quedaré unos días más para desmantelar el taller. Os prometo que no me demoraré. Dita asintió con lentos movimientos de cabeza. —Yo no me iré —le dijo Petra a su padre—. No puedes obligarme. Hubo un largo silencio. —No —replicó finalmente su padre—, no creo que sea capaz. Te quedarás conmigo y nos reuniremos con los demás en cuanto podamos. Petra había ganado, pero no sintió la alegría de la victoria. —¡Ejem! —la tos de Astrophil sacó a Petra de su ensimismamiento—. ¿Piensas quedarte ahí como un pasmarote todo el día o crees que podríamos hacer algo importante, como, quizá, desayunar?

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—Perdona, Astro. Petra abrió el cajón de la mesilla de noche y las cucharillas de plata sin lavar que había en el interior tintinearon. Le dio a la araña su desayuno diario: una cucharadita de aceite de col. Cuando se la bebió, Petra pasó el dedo por el metal engrasado y luego por sus labios cortados. Abrió un ropero y sacó una capa de cuero forrada de piel de conejo. Después buscó un gorro de lana que Dita le había tejido. Picaba al ponérselo, pero a Petra le encantaba. Lo rescató de entre un montón de libros viejos y calcetines sucios. —¿Qué hacen estos libros aquí? —preguntó Astrophil horrorizado. Petra no le hizo caso y salió con el gorro y la capa bajo el brazo. Bajó las escaleras y fue hasta la cocina con Astrophil colgado del hombro. Este seguía quejándose por cómo trataba Petra los libros. Cogió una manzana arrugada del cesto de la fruta y cortó una rebanada de pan de una hogaza rancia. Hubiera querido tomarse un tazón de leche tibia, pero encender el fuego le habría costado demasiado trabajo. Petra puso una loncha de queso de vaca sobre el pan y le dio un mordisco. —Algunas sociedades no comen queso —le informó Astrophil—. Piensan que es leche podrida. —Peor para ellos —respondió Petra mientras masticaba. El pan sabía a corteza de árbol, pero el queso estaba rico.

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Cuando terminó, bajó las escaleras de puntillas y cruzó el taller. Una vez en la puerta, sujetó la campana con una mano para que no sonara. El aire frío le golpeó en la cara. Se caló el gorro hasta las orejas, respiró hondo y sintió que se despejaba. A lo mejor le desaparecía también el mal humor. Cabía la posibilidad de que el día fuera recuperable, después de todo. Sus pasos crujieron sobre la nieve. Cuando había avanzado apenas unos metros, empezó a llover. Astrophil se resguardó en su pelo. Petra levantó la mirada hacia las gotas que caían. —¡Vaya! Lo que faltaba. Pensó en darse media vuelta y volver a casa, pero enseguida cambió de idea. Se ciñó la capa y avanzó decidida.

—Alteza, el prisionero ha confesado. —¿Y? —replicó el príncipe—. ¿Qué os ha dicho? —Insiste en afirmar que no sabe el nombre del gitanillo que participó en el robo en noviembre. —No importa —el príncipe Rodolfo trató de contener la indignación—. Sé cómo encontrarlo. Peinad el reino y atrapad a toda esa basura gitana. —Alteza, hemos empezado a hacerlo. Como recordará, nos ordenó el mes pasado que detuviéramos a todos los gitanos de Praga para interrogarlos.

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—Tengo buena memoria —la voz del príncipe sonaba monótona; sin embargo, se notaba en ella algo peligroso, como cuando uno pisa la fina superficie helada de un lago. Siguió—: Quiero que lo busquéis por toda Bohemia. Ya sabéis cómo son: van a todas partes rápidamente, como una epidemia. Vigilad las fronteras. No les dejéis salir, pero dejad entrar a los que lleguen. A esos también los encerraremos. En cuanto a Jarek, espero que le hayáis sonsacado alguna información útil de verdad. —Sí, alteza. Ha confirmado sus sospechas. La niña que perpetró el robo del gabinete de curiosidades no trabajaba para sus hermanos. Era Petra Kronos, la hija del relojero. El príncipe recordó a la chica: alta, desagradable. No se había dignado siquiera a mostrarse temerosa en su presencia. Bueno, daba igual; también tendría su merecido. —Esta vez no quiero errores —advirtió el príncipe—. Mandad a los Gristleki. El guardia se estremeció. —¿Me has oído? —dijo entre dientes el príncipe—. Mandad a los Hombres Grises. El guardia asintió con la cabeza. —Entendido, alteza. ¿Qué hacemos con el prisionero? —Que se ocupen ellos. Seguro que están hambrientos.

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2 El gorrión

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etra subía por la colina hundiendo los pies en la nieve, inconsciente de lo que en ese mismo momento se le avecinaba. No tenía ni idea de la existencia de los Hombres Grises, que se movían como lobos entre los árboles y corrían tan veloces como el vuelo de un pájaro. Cuando Petra y Astrophil llegaron al bosque, la araña dijo: —A lo mejor puedes intentar hablar con él. —¿Hablar con quién? —El vínculo que John Dee tejió entre tu mente y la suya tiene que funcionar en ambos sentidos. Neel comentó que esos canales de comunicación se usan entre generales y soldados, y entre los criminales de una misma banda. Una conexión de ese tipo sólo es práctica si las dos personas pueden iniciarla. En vez de esperar a que John Dee se ponga en contacto contigo, deberías intentar contactar tú con él. —Y también podría comerme los intestinos podridos de una cabra muerta, pero no lo voy a hacer —replicó Petra con un bufi-

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do—. Y dejemos algo claro: no voy a consentir que ese hombre visite mi mente como si yo fuera su casa de verano. Mis pensamientos son míos, no suyos. —Una conexión mental no le permite leer tus pensamientos —respondió Astrophil—. Cuando tú y yo nos comunicamos mentalmente, yo sólo oigo lo que me dices, no tus otros pensamientos ni tus secretos. Una conexión mental es una forma más de comunicación. Seguro que ya lo sabías. Neel nos lo explicó en Praga. Pero te encanta llevar la contraria. Petra apartó las ramas de un pino y las verdosas agujas la rociaron de agua helada. Soltó un chillido. —Petra, a todos nos preocupa lo que el príncipe sabe de ti, y su reacción. Lo que hiciste no fue perder uno de sus papeles mientras limpiabas su estudio; te colaste en su colección más preciada de objetos maravillosos y mágicos, le quitaste los ojos de tu padre… —¡Esos ojos no le pertenecían! Ahora están donde deben estar, y mi padre puede ver. —También robaste una pequeña fortuna en oro y joyas… —Eso fue cosa de Neel, no mía. —Y te las arreglaste para romper una parte del reloj de Staro que maese Kronos construyó; una parte que habría permitido que el príncipe controlara el clima, lo cual le daría un inmenso poder sobre el resto de Europa.

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—Cierto. ¿No crees que deberían darme las gracias por lo que hice? Llegaron a un claro. El suelo era rocoso e irregular, y el espacio no era tan amplio como hubiera deseado, pero para llegar al lugar adecuado todavía faltaban varios kilómetros. Entornó los ojos para zafarse de las gotas de lluvia. Se detuvo. —Astro, ¿árbol u oreja? La araña se agarró más fuerte a su oreja. —Creo que estoy bien aquí, gracias. Me será útil tomar parte en la escaramuza. Cuatro ojos ven mejor que dos. Te puedo avisar si alguien se acerca. Además…, está lloviendo. —La hojalata no se oxida, Astro. —Aun así, el ala de tu sombrero me sirve de paraguas. Petra sacó algo de su cadera izquierda. Se oyó un roce y su puño cerrado trazó un arco en el aire. Las gotas de agua hacían un ruido metálico y parecían chocar contra una franja horizontal que no se podía ver. Los dedos de Petra se deslizaron por algo largo, fino y muy afilado. Era una espada; una espada invisible. Astrophil carraspeó: —Volviendo a lo que decía… —Preferiría que no siguieras. —… dudo que el príncipe vaya a recompensarte con ciruelas confitadas por lo que hiciste cuando sepa quién eres y, por consiguiente, dónde estás…

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—¡Astrophil, ya lo sé! ¿Por qué crees que Josef, Dita y David están camino de Šumava? —John Dee es un fiel consejero de la reina de Inglaterra. —John Dee es un espía arrogante —repuso Petra. —También es embajador del príncipe de Bohemia. Lo único que intento explicarte es que John Dee podría tener información importante para ti. ¿Puedes permitirte el lujo de ignorar esa información? Dee prometió que algún día te ayudaría si se lo pedías. Deberías intentar ponerte en contacto con él para saber qué ha descubierto el príncipe sobre ti y cuáles son sus planes. —Aunque… aunque estuviera de acuerdo contigo, no tengo ni idea de cómo llamarle o acceder a su mente. ¿Qué se supone que debo hacer? ¿Subirme a la cima de una montaña y gritar: «¡Eh, Dee! Háblame, ser molesto, engreído…»? —Es una pena que no podamos consultárselo a Neel. Si su gente sabe tanto de magia mental como él afirma, seguro que podría preguntárselo a alguno de ellos. —Neel está en algún lugar cálido y soleado, no aquí —Petra intentó no preocuparse demasiado. ¿Por qué echar de menos a alguien a quien no vas a volver a ver? No era justo. Los sentimientos como la culpa, la ansiedad y la añoranza deberían tener fecha límite. Como las moscas de la fruta. —Pero tal vez… —continuó Astrophil. —Astrophil, ¿sabes qué es lo bueno de los libros?

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—Muchas cosas, desde luego. Me alegro de que me hagas esa pregunta. Tienen muchas propiedades maravillosas. Despiertan la imaginación, informan acerca de la Historia… —Y se pueden cerrar. Como este tema. No quiero hablar más de John Dee. Amenazó a mi padre y me obligó a destruir el poder mágico del reloj de mi padre. Y todo por esa reina de Inglaterra. —Lo habrías hecho de todas maneras al saber todos los problemas que el reloj podía causar. —Es posible. Pero John Dee estaba sentado confortablemente en su sillón de terciopelo, sin jugarse el pellejo, mientras tú, Neel y yo arriesgábamos nuestra libertad y nuestras vidas. Dee siempre vela por sus intereses, y cualquier favor que nos haga sólo nos creará más complicaciones. Acabaremos atados de pies y manos, como cerdos a la espera de la matanza. No quiero tener nada que ver con él. No quiero pensar siquiera en él. Los ojos verdes de Astrophil reflejaban frustración. Pero conocía a Petra. Sabía que era más fácil convencer a una piedra de que se dejara plantar en el suelo para echar flores que conseguir que la chica prestase atención a algo que detestaba. —Vale. ¿Empezamos a practicar posiciones? He consultado varios libros de esgrima. Estaban escritos en italiano y me llevó un tiempo, pero he traducido bastantes fragmentos. —Prefiero hacer lo que hemos estado haciendo estas semanas.

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—¿A qué te refieres? ¿A que yo miro mientras das estocadas al aire hasta que no puedes más? —Sí. Astrophil suspiró. —Podías al menos decirme algo de mis progresos con el italiano. —Bravo —exclamó Petra, y flexionó las rodillas. Se sentía ridícula, avanzando y retrocediendo sobre la nieve mientras movía la espada de un lado a otro. Pero eso no la detuvo. —Es mejor que la cojas con las dos manos —dijo una voz tras ella. Petra se dio la vuelta. Mikal Kronos avanzó hacia su hija. —Dejas que tu mano izquierda cuelgue a un lado. Eso es un desperdicio. Esta espada es fina y ligera, como un estoque, pero no tan larga. Me pareció que un estoque sería demasiado largo y se delataría cuando estuviera envainado. Una espada es difícil de esconder, aunque sea invisible. Si forjas una, es porque te interesa mantenerla en secreto. Su diseño debe favorecerlo. »¿Qué te estaba diciendo? Ah, sí, la mano izquierda. Como la hoja es más bien corta, tu capacidad de alcanzar con la punta al contrincante es limitada. Tu alcance es limitado. Debes compensarlo usando también la mano izquierda. Con esa mano puedes sostener una daga y utilizarla para bloquear los golpes y atacar a tu oponente. ¿Qué ocurre si te quitan la daga de las manos? La empuñadura de esta espada es lo suficientemente larga para asirla con las dos manos. Eso dará más fuerza a tus golpes. ¿Ves esos hierros retorcidos sobre la empuñadura?

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Sirven para protegerte los dedos en caso de que tu enemigo intente hacer que sueltes la espada golpeándotelos. Recuerda que un maestro de esgrima debería ser capaz de manejar la espada igual de bien con ambas manos, la izquierda y la derecha. Si dejas que tu brazo izquierdo caiga como una rama muerta, te lo cortarán como si lo fuera. Petra lo miró fijamente. A menudo se había preguntado qué ocurriría si su padre la descubría con la espada que él había fabricado y escondido después. Pensaba que se enfadaría y le reñiría. No esperaba que reaccionara así. Mikal Kronos notó su sorpresa. —Intenté hacer una espada que fuera adecuada para ti. —¿La hiciste para mí? Su padre asintió. —Eres una chica alta, Petra, y rápida. Pero delgada. La espada tenía que ser lo suficientemente ligera para que pudieras manejarla con facilidad. Esto —dio unos golpecitos a la espada, que vibró como una campana— está hecho de acero fundido en un crisol. Tiene un alma muy resistente, pero flexible para absorber los golpes. La hoja tiene doble filo, lo que te permite cortar en todas las direcciones y atacar con la punta. Esta espada está pensada para hacer daño, Petra, porque quiero que hagas daño a cualquiera que intente atacarte. A cualquiera. Estas palabras no parecían propias de su padre, tan amable siempre que, cuando echaba un tronco al fuego, lo sacudía antes para que los escarabajos no ardieran con él.

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—¿Cómo es que sabes tanto de espadas? —Vamos, Petra —intervino Astrophil—, ¿dónde crees que encontré los libros sobre esgrima sino en la biblioteca de maese Kronos? —Pero, papá, no me habías dicho que practicabas la esgrima. —Porque no lo hago. Sólo sé sus rudimentos. Para forjar una espada tienes que conocer los rudimentos de la esgrima —titubeó, pero luego siguió hablando y dijo exactamente lo que Petra esperaba que no dijera—: Si pudieras ir a la Academia, te enseñarían a usar una espada. Petra apretó los dientes. Aunque esa discusión era reciente, le sonaba demasiado vieja. —Bueno, pero la cuestión es que no puedo ir a la Academia. Y tampoco quiero. Nunca me preguntaste si quería. La Academia era una escuela de magia que admitía sólo a niños de la alta sociedad, no a plebeyos como ella. Sin embargo, su padre había confiado en que, en su caso, harían una excepción, y por eso aceptó construir el reloj del príncipe. —Petra, deberías gozar de las oportunidades que yo no tuve. Tienes habilidades mágicas. Si aprendieras a usarlas, tal vez me superarías. —¡No, no podría! —gritó—. No sé hacer nada. Eso no es verdad —dijo Astrophil en voz baja a su mente. —Que pueda hablar con Astro tal como lo hago no cuenta, padre. No tengo tu talento. No puedo hacer que el metal se mueva con sólo pensarlo. Ya lo sabes. Y eso que he estado practicando durante varias semanas.

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—Todavía eres joven. Puede tardar. —No soy tan joven. Tengo trece años. Tomik hizo su primera esfera maravillosa a mi edad —aunque Petra insistía, tenía la esperanza de no estar en lo cierto—. En Praga pensé que quizás… que quizás era más lista de lo que soy. Astrophil y yo podíamos hablar sin abrir la boca. Cuando cogía un cuchillo, creía que podía sentirlo en mi mente. Pero sólo era mi imaginación. —Rompiste el corazón del reloj. —Pura suerte. —Puedes comunicarte con Astrophil. —Pero eso es todo. Si he heredado algo de ti, ha sido una mala copia de tu magia. Nada del otro mundo. Nada que me haga digna de ir a la Academia. Probablemente no fuera capaz de aprobar el examen de acceso, aunque me dejaran hacerlo. Al decir todo esto, la rabia desapareció de su mente. Quedó sólo la sensación de frío y humedad. —Ven aquí —dijo su padre, y la abrazó—. Estás tiritando. Vamos a casa, Petra. Encenderemos el fuego y calentaremos leche. ¿Quieres?

Cuando Petra y su padre llegaron a la Casa de la Brújula, había dejado de llover y los dos se reían de los intentos de Astrophil de imitar un estornudo humano.

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No vieron el gorrión sobre el tejado. Astrophil lo avistó antes que ellos y se escondió en el pelo de Petra. El pájaro planeó hasta ellos y se detuvo justo delante de la cara de Petra. Se mantuvo allí, emitiendo unos gorjeos agudos. Astrophil —tronó una voz dentro de la cabeza de la araña. ¿Maese Kronos? —dijo Astrophil sobresaltado. No te muevas. No quiero que Petra sepa que tú y yo estamos hablando. ¿Por qué? ¿Recuerdas lo que hablamos? Astrophil hizo una pausa. Sí. Bien. Entonces, haz sin rechistar todo lo que yo le diga a Petra que haga. Y asegúrate de que ella lo hace. Seguro que no hay nada de lo que preocuparse. Sí hay algo —respondió Mikal Kronos—: el gorrión. Tonterías. Si ese pájaro supone una amenaza para alguien, ese alguien soy yo. ¡Quiere comerme! No, Astrophil. Hay un problema y quiere advertirnos. La araña sintió un malestar en su estómago de hojalata. Me parece que malinterpretas la extraña danza de ese gorrión. Es posible. Pero no podemos correr riesgos. Si es un aviso, y con esto no quiero decir que crea que lo sea, ¿no estás tú también en peligro? Astrophil, tienes que prometérmelo. Hazlo.

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—¿Qué le pasa a ese gorrión? Petra clavó la vista en el pájaro y en sus extraños movimientos hacia delante y hacia atrás. —Nada —dijo Astrophil—. Bueno, quizá tenga el baile de San Vito. —El baile de San Vito no afecta a los pájaros, Astro. —Petra —la interrumpió su padre—, necesito que le lleves algo a Tomas Stakan. Hay una lámina de hojalata apoyada en una de las paredes del taller. Llévala a la Casa del Fuego. —Vale. Pero antes voy a cambiarme de ropa; estoy empapada. —No. Llévasela a Tomas ahora mismo. Petra estaba confundida por la expresión severa de su padre. —¿No puedes esperar un poco? —¿Y tú no puedes limitarte a hacer lo que te digo? —espetó él—. Por una vez en la vida, ¡haz lo que te digo! Para Petra, esas palabras tuvieron el efecto de una bofetada. —¡Está bien! —gritó, y se metió en el taller. El gorrión intentó seguirla, pero la puerta se cerró delante de él, haciendo sonar la campana. El pájaro golpeó la puerta con una de sus alas y esta se abrió de nuevo. Petra salió con la lámina de hojalata bajo el brazo. —Adiós, Petra —dijo Mikal Kronos en voz baja. Aunque la espada que había forjado era invisible, sabía que Petra todavía la llevaba colgada de la cintura. Trató de ocultar su alivio. No que-

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ría hacer ni decir nada que retrasara su partida de la Casa de la Brújula. Petra apretó los labios y se encaminó a la aldea con paso decidido. Astrophil iba en su hombro, desde donde miraba a Mikal Kronos. El pájaro se posó en la nieve y observó a Petra marcharse enfadada. Después se dio la vuelta y voló hacia Mikal. Ladeó la cabeza y estudió la cara del hombre. No podía estar seguro, pero creía que habían captado el mensaje, pese a que el hombre se estuviera comportando de una forma muy extraña. Aunque lo cierto es que nunca había comprendido a los humanos, que almacenaban la comida en vez de comérsela y que dormían en nidos cerrados al cielo. Mikal Kronos entró en la casa y salió enseguida con una rebanada de pan y un plato lleno de agua. Dejó el plato en el suelo, troceó el pan sobre la nieve y se dirigió a la parte trasera de la casa. Allí cogió un taburete de la mesa de forja y lo sacó. Miró al pájaro, que ahora estaba posado en el borde del plato y bebía con avidez mientras movía las alas nerviosamente hacia atrás. Maese Kronos colocó el taburete justo debajo del cartel con la rosa de los vientos. Tenía la esperanza de que si el príncipe lo atrapaba a él, quizá dejara en paz a Petra. Mikal se sentó a esperar.

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3 La Casa del Fuego

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ntes de que Petra llegara a las afueras del pueblo, decidió volver con su padre para disculparse. ¿Por qué había reaccionado así? Su padre estaba enfadado con ella, cierto, pero ¿acaso le faltaban razones para estarlo? Tenían que abandonar el pueblo en el que siempre habían vivido. ¿Quién tenía la culpa excepto ella? Dio media vuelta. Astrophil le pellizcó la oreja. —¡Ay! ¡Astrophil! —¿Qué estás haciendo? —Volver a casa. —¿Por qué? ¿Es eso lo que tu padre te pidió que hicieras? —A maese Stakan no le urge tanto esta lámina de hojalata. Puede esperar quince minutos más. Yo sólo… quiero pedirle perdón a mi padre. He estado tan desagradable como un… papel de lija. —La lija es uno de tus principales talentos. Debes practicarlo más. Lija que te lija. —Astrophil, ¿te estás burlando de mí?

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—No veo por qué quieres echar a perder una salida tan dramática como la que has hecho. Volver ahora a la Casa de la Brújula… no sería muy elegante. La heroína de una novela nunca se daría la vuelta en este momento. —¿Quieres dejar de pincharme la oreja? ¡Duele! —Está bien —Astrophil saltó al suelo—. Iré solo a la Casa del Fuego. Quiero ver a Tomik. Es un buen conversador. ¡Y Atalanta, ese perro tan encantador…! —Siempre te quejas de que te va a ahogar con sus lametones. —Ya lo sé. Pero me quejo con cariño. —Está bien. Adelántate. Volveré enseguida. Astrophil intentó algo más; intentó ser sincero, o algo parecido. —Petra —dijo—, si de verdad quieres que tu padre esté contento, debes hacer lo que te ha dicho que hagas. Petra se quedó callada unos instantes. —¿De verdad lo crees? —Sí. —Vale, vuelve a subir a mi hombro. Te estás ensuciando. Astrophil respiró aliviado. Lanzó una telaraña al hombro y se elevó suspendido por los hilos brillantes.

—¡Un hombre de provecho! —había dicho Mila Stakan cuando vio a Tomik ponerse la insignia en el mandil de cuero—. Eres un hombre

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hecho y derecho. ¡Y fíjate en cómo esa insignia resalta el azul de tus ojos! —Por favor, mamá —protestó Tomik—, es sólo una insignia. —Sabes muy bien que es más que eso, simboliza mucho más. Eso había sido hacía unas semanas, el día antes de la ceremonia de su mayoría de edad. La ceremonia se había celebrado en su decimocuarto cumpleaños, cuando Tomik se convirtió legalmente en adulto. Ahora gozaba de más derechos: podía comprar propiedades, ir a la universidad y casarse. Tomik pensó que se sentiría diferente, pero lo cierto era que no había cambiado nada. No tenía dinero para comprar tierras. La única universidad a la que quería ir era la Academia, y eso era imposible. Y no conocía a ningún chico que se hubiera casado a los catorce años. La idea de casarse le parecía algo remoto y lejano, para gente mucho mayor que él. Al menos su padre lo había ascendido de aprendiz a empleado. La insignia azul con una llama roja bordada era el regalo de cumpleaños de maese Stakan a su hijo. A la mañana siguiente, Tomik la prendió en su mandil, a la altura del corazón; pero cuando su madre empezó a echarle aquellos piropos, él se sintió como si hubiera leído sus pensamientos y se la quitó. Pero aquella neblinosa mañana de finales de diciembre algo le hizo sacar la insignia de tela de la caja que guardaba debajo de la cama. Sabía que los demás tenían cosas que hacer fuera y que iba a estar solo en el taller todo el día. Aunque quizá viniera alguien…

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Cuando Petra abrió la puerta de la Casa del Fuego, Tomik pensó que, después de todo, el hecho de tener aquella insignia en el delantal tal vez le hiciera parecer distinto. Petra balbució un saludo ininteligible que hizo que la sonrisa de Tomik se esfumara. Se sentó a una mesa de trabajo junto al fuego que ardía con aceite de col y colocó la espada invisible de forma que la empuñadura no se le clavara en el costado. Luego puso la lámina de hojalata en el banco. Un enorme perro metálico irrumpió en la habitación. Atalanta corrió hasta donde estaba sentada Petra y comenzó a olfatear a la niña. —¡Attie, pórtate bien! —gritó Tomik. —Astro, ¿dónde? —jadeó Atalanta, mostrando sus dientes de sierra. La lengua plateada le colgaba de la boca. La araña bajó por el brazo de Petra hasta la mesa. —Así no se dice. Lo correcto es: «¿Dónde está Astrophil?» —dijo, alzando una pata y moviéndola en dirección a Atalanta—. Eres lo bastante mayor como para hablar bien. —¡Astro! —el perro acercó su hocico a la araña. Astrophil reculó. —Sólo quiere darte un lametón —intervino Petra. —¿Se me permite decir que su lengua es cinco veces mayor que todo mi cuerpo? Tomik echó un poco de aceite verde de col en un bol grande y lo puso en una esquina del taller.

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—Ven aquí, pedazo de hojalata. Atalanta sorbió el aceite, dejando un reguero de gotas verdes alrededor del bol. Petra se fijó en un montón de arena apilada en una sartén junto al fuego. —Tomik, ¿qué estás haciendo? —Copas de vino. Me encantaría poder usar arena blanca de verdad. Cuando la fundes, obtienes el cristal más transparente y puro del mundo. No como eso que hay ahí. Aunque tu padre me dio un poco de óxido de hierro para añadírselo, que le dará un tono rojo algo más agradable. Si no puedes hacer un cristal transparente, que al menos tenga un color interesante. —No parece que la idea te haga muy feliz. —Las copas serán bonitas, pero no especiales. ¿Lo comprendes? Petra se inclinó hacia él. —¿Has hecho algo especial últimamente? Tomik se apresuró a meter la mano en el bolsillo. Sacó una especie de cristal con forma ovalada y lo puso sobre la mesa con un golpecito. Petra lo cogió y lo acercó al fuego para verlo mejor. Era casi transparente, salvo por un reflejo azul. Brillaba más que el cristal normal. —¿Qué es esto? —Adivínalo.

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Petra le había contado a Tomik que podía hablar mentalmente con Astrophil tras hacerle jurar que no se lo diría a nadie. A veces se arrepentía de haberlo hecho, porque Tomik, fascinado por su talento mágico, le forzaba muchas veces a usarlo. Como ahora. Petra miró a Tomik. Le habría gustado que él no le hubiera obligado a hacerlo justo esa mañana, cuando se sentía la persona más inútil del mundo. Petra acarició la piedra con los dedos, consciente de que Tomik y Astrophil la estaban mirando. Cerró los ojos y se concentró en la resbaladiza superficie del cristal. Sintió como si algo aleteara en su cerebro. —¿Plomo? —dijo mientras abría los ojos—. ¿El cristal tiene plomo? —¡Lo has adivinado a la primera! Observa —Tomik le quitó la piedra de la mano, la puso en su palma y la cerró. Cuando la abrió, el cristal brillaba—. La he bautizado piedra radiante. Sólo hay que apretarla y el calor de la mano activa el plomo que hay en el cristal. Cuanto más tiempo la aferres, más intensa será la luz. Es muy útil para explorar cuevas, ¿no crees? Toma —le dio la piedra a Petra—, he hecho más. Petra se la metió en el bolsillo. Atalanta corrió hacia Tomik y Petra. Cuando llegó a la mesa, su cola larga y metálica golpeó la lámina de hojalata, que cayó al suelo. Tomik se percató por primera vez de su existencia. —¿Qué es eso?

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—Mi padre me dijo que os la trajera, que la necesitabais. —¿Para qué? —Tomik la levantó y la estudió con atención—. ¿Para hacer láminas de cristal flotante? —Supongo. —Pero el vidrio flotante sólo se usa para ventanas. —¿Y? —Últimamente vendemos pocas. Tenemos muchas almacenadas en el patio. No creo que necesitemos hacer más. Petra frunció el ceño, confusa. Entonces fue cuando oyó aquel terrible alarido. Llegaba de lejos, venciendo todos los obstáculos hasta sus oídos. Los Hombres Grises aullaban de placer. Habían capturado a una de sus presas con suma facilidad y sabían que la otra estaba cerca. Petra tragó saliva. —¿Algo va mal? —le preguntó Tomik. Petra estaba muy pálida. —¿No lo oyes? —chilló. —¿Oír qué? —inquirió él. —Yo no oigo nada —dijo Astrophil, frunciendo también el ceño. Atalanta soltó un gañido incrédulo. Petra cayó de rodillas al suelo. Entonces cesaron los aullidos. En aquel momento de silencio, ella miró la lámina y se dio cuenta de que su padre le había mentido. Se abalanzó hacia la puerta.

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Mientras se alejaba corriendo de la Casa del Fuego, un rastro plateado la seguía. Astrophil, colgado de una telaraña, se esforzaba por alcanzarla con la esperanza de que, cuando llegasen, ya fuera demasiado tarde.

Antes de alcanzar los confines del pueblo, Petra vio el humo. Corrió entre la gente que caminaba por la calle. Al dejar atrás las últimas viviendas, vio la Casa de la Brújula. Estaba en llamas. Cuando se encontraba a escasos metros de la casa, comenzó a llamar a su padre a gritos. En ese momento vio al primer Gristleki erguirse sobre sus dos piernas. Otros tres Hombres Grises, hasta entonces escondidos, se levantaron. Petra seguía mirando hacia las llamas y no avistó a los Gristleki hasta que se movieron. Se quedó quieta mientras las cuatro criaturas avanzaban hacia ella. Sus garras resonaban en el pavimento. Podían haber cogido a la chica inmediatamente, pero prefirieron moverse despacio. Saboreaban el miedo que invadía su cara. Los Gristleki eran del color de la ceniza y estaban cubiertos de escamas. Su piel era seca y se hallaba agrietada, como si sus cuerpos carecieran de fluidos. Pero lo más horrible era su forma: una forma humana. Aunque parecían esqueletos cubiertos con piel de serpiente, y aunque en vez de manos y pies tenían garras, su aspecto era remotamente humano, como si hubieran sido hombres en el pasado.

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Otros tres Hombres Grises, hasta entonces escondidos, se levantaron.

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Cuatro calaveras escamosas se acercaron a Petra. No tenían labios. Tampoco cejas ni pestañas, como si se las hubieran quemado. Sin embargo, sus ojos sí eran humanos. Uno de ellos abrió una boca desdentada. Petra fijó la vista en ese agujero negro. Intentó moverse, pero tenía las piernas clavadas en el suelo. —¡Petra! —le gritó Astrophil al oído—. Escúchame: tienes que salir corriendo. ¿Me oyes? ¡Petra! La araña apretó el lóbulo de su oreja con tanta fuerza que un hilo de sangre le cayó por el cuello.Petra dio un primer paso atrás. El segundo fue más fácil. Un Gristleki sonrió, mostrando sus encías. Los otros Hombres Grises ya habían abandonado su primera presa. Había resultado demasiado fácil. Esperaban que la chica opusiera más resistencia. Sonrieron. Petra tenía dos opciones: correr hacia el bosque o hacia la ciudad. Pero a pesar del terror que sentía, sabía que no podía acercar aquellas criaturas a las casas de gente a la que conocía de toda la vida. Corrió hacia los árboles. Los Hombres Grises la observaron hasta que desapareció. Entonces se pusieron a cuatro patas y echaron a correr. Avanzaban tras ella como veneno líquido. El corazón de Petra no dejaba de latir con fuerza. Lo notaba en sus oídos. El aire que respiraba le quemaba la garganta. Intentó

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correr más rápido, pero las piernas le ardían. Las sentía débiles. Cayó al suelo. Una mano la levantó, la volteó y le desgarró el brazo. Petra vio la garra hundirse en su piel. La sangre comenzó a manar a borbotones. La criatura abrió la boca y sacó la lengua. El Hombre Gris olfateó su miedo. Clavó los ojos en el cuello de Petra, cubierto de sudor y sangre. Se echó hacia delante y se lo lamió. Petra sintió que algo en su interior se revolvía y empezó a chillar. Sentía que se estaba rompiendo en pedazos. Gritó con toda su alma: —¡Ayuda! ¡Que alguien me ayude! Por primera vez en su vida, se desmayó.

Cuando volvió en sí, estaba tumbada bocabajo y tenía la cara apoyada en algo blando. Le ardían el brazo izquierdo y el cuello. Sintió que algo caminaba sobre su omoplato por debajo de la capa: Astrophil. Abrió los ojos y se apoyó en los codos. Estaba en una cama de terciopelo. —¿Dónde estoy? —murmuró. Antes de que Astrophil pudiera decir nada, oyó una voz: —En mi casa. Petra conocía aquella voz. Se dio la vuelta y lo miró con asombro. —Estás en Londres —dijo John Dee—. A salvo.

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