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Diana Wynne Jones

Cristal

embrujado

Traducción del inglés Gema Moraleda

Madrid, 2011

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Título original inglés: Enchanted Glass © de la obra: Diana Wynne Jones, 2010 © de la traducción: Gema Moraleda, 2010 © del diseño: Juan Antonio Fernández de Castro © de la presente edición: Nocturna Ediciones, S.L. c/ Corazón de María, 39, 8.º C., esc. dcha. 28002 Madrid info@nocturnaediciones.es www.nocturnaediciones.es Primera edición en Nocturna Ediciones: enero de 2011 Composición: Safekat, S.L. Impreso en España / Printed in Spain Ino Reproducciones, S.A. ISBN: 978-84-938013-3-5 Depósito Legal: Reservados todos los derechos. El contenido de esta obra está protegido por la Ley. Queda rigurosamente prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento mecánico, electrónico, actual o futuro —incluyendo las fotocopias y la difusión a través de Internet— y la distribución de ejemplares de esta edición mediante alquiler sin la autorización por escrito de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas por las leyes.

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A Farah, Charlie, Sharyn y a todos los que asistieron sin mĂ­ a la Diana Wynne Jones conference.

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Capítulo uno

C

uando Jocelyn Brandon murió (a una edad muy avanzada, como es lo normal en el caso de los magos), legó su casa y su Área de Responsabilidad a su nieto Andrew Brandon Hope. Andrew ya tenía treinta y tantos años. Lo de la casa, Melstone House, era tan sencillo como hacer testamento. Pero la intención del viejo Jocelyn era legar su Área de Responsabilidad de la forma correcta, personalmente. Lo dejó para el último momento. Sabía que Andrew podía llegar a su casa bastante rápido. Desde lo alto de Mel Tump, la colina de detrás de la casa, se veía la universidad donde Andrew daba clases. Parecía un coágulo azul en el límite de un enorme valle de color turquesa, y estaba sólo a media hora en coche. De modo que, cuando fue consciente de estar en su lecho de muerte, Jocelyn le encargó a su ama de llaves, la señora Stock, que telefoneara a su nieto. La señora Stock lo hizo. Pero la verdad es que no se esforzó mucho. En parte, porque no se tomaba en serio la enfermedad del viejo, pero sobre todo porque no aprobaba el hecho de que su hija se hubiera casado con un Hope (e inmediatamente se muriese). Por lo

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tanto, tampoco congeniaba con el hijo de la hija, Andrew Hope. Además, estaba esperando la llegada del médico y no quería estar al teléfono cuando tuviese que ir a abrir la puerta. Así que cuando consiguió superar la intrincada red telefónica de la universidad, llegar al departamento de Historia y hablar con alguien que se describió a sí mismo como ayudante de investigación, quien le informó de que el doctor Hope estaba en una reunión del comité, simplemente olvidó el tema. Aquella tarde, Andrew Hope iba conduciendo en dirección a Melstone, de vuelta de un lugar relacionado con su proyecto. Su ayudante de investigación, al no tener ni idea de dónde estaba, se había limitado a contar a la señora Stock la misma mentira que contaba siempre. Andrew había llegado al curioso bache de la carretera a partir del cual, solía pensar, las cosas funcionaban diferente. Estaba anocheciendo y acababa de encender los faros. Por suerte, iba muy deprisa. De repente, apareció una silueta oscura y humana que se interpuso en el resplandor de sus faros. Parecía agitar los brazos. Andrew se lanzó sobre el freno. El coche se estremeció, las ruedas aullaron al derrapar mientras el vehículo daba vueltas haciendo que los faros le mostrasen a Andrew con horrenda exactitud detalles de la hierba y los zarzales a ambos lados de la carretera. Esto acabó con el coche pasando por encima de algo asquerosamente pastoso. Luego se detuvo.

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Andrew abrió la puerta y saltó fuera del coche. Sobre algo pastoso. Resultó ser el trozo de cuneta donde descansaba la rueda más cercana. Horrorizado, rodeó el capó con los zapatos perdidos de barro y echó una ojeada bajo las otras tres ruedas. Nada. Debía de haber pillado la cosa pastosa al atravesar un charco entre la carretera y la cuneta. Sólo cuando se hubo asegurado de ello, Andrew miró alrededor y vio a una figura humana de pie esperándolo a la luz de los faros. Era de constitución alta y delgada, y se le parecía mucho, excepto porque tenía el pelo blanco, la espalda un poco encorvada y no llevaba gafas como Andrew. La vista de Jocelyn siempre había sido mágicamente buena. Andrew reconoció a su abuelo: —Bueno, al menos no te he matado —dijo—. ¿O sí? Esta última pregunta se debía al hecho de que acababa de darse cuenta de que podía ver la línea continua de la carretera a través del cuerpo de su abuelo. Su abuelo negó con la cabeza, sonrió un poco y le ofreció algo. Al principio, Andrew no pudo verlo con claridad. Tuvo que acercarse, quitarse las gafas y forzar la vista. Lo que le mostraba parecía un papel doblado con una especie de sello negro en una esquina. El anciano lo agitó con impaciencia y volvió a ofrecérselo. Andrew lo cogió con cuidado, pero sus dedos lo atravesaron y se enfriaron muchísimo. Fue como meter la mano en un congelador durante un segundo.

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—Lo siento, iré a tu casa y lo cogeré, ¿de acuerdo? Su abuelo miró el papel con profundo enfado y asintió. Entonces dio un paso atrás, lo suficiente como para salir de la luz de los faros, y eso fue todo. En la zona del bache sólo quedó la oscura carretera. Andrew también se apartó de la luz para asegurarse de que su abuelo se había ido. Cuando vio que sí, volvió a ponerse las gafas y sacó el zapato derecho del lodazal. Después, se quedó allí pensando, mirando cómo se hundía lentamente la rueda delantera derecha del coche en la hierba húmeda. Pensó en los movimientos del cielo y la Tierra, en el tiempo y el espacio. Pensó en Einstein y su teoría. Pensó que la posición de la rueda sobre el charco era sólo un hecho temporal y relativo, falso hacía cinco minutos y falso dentro de cinco más. Pensó en la energía y la velocidad del derrape y en la fuerza de repulsión del charco. Pensó en la gravedad inversa. Entonces se arrodilló, puso una mano en la hierba húmeda y la otra en la rueda, y las separó. Con obediencia, aunque con alguna queja en forma de chirrido, el coche salió del charco y de la cuneta para plantarse sobre la carretera. Andrew se sentó en el asiento del conductor, volvió a ponerse el zapato y pensó con tristeza que su abuelo habría sido capaz de hacer lo mismo quedándose de pie sobre la carretera y haciendo un gesto con las manos. A partir de ahora tendría que practicar un poco más los aspectos prácticos de la magia. Una lástima. Suspiró.

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Después de aquello, se dirigió a casa de su abuelo. —Ha muerto, ¿verdad? —dijo cuando la señora Stock le abrió la puerta. La señora Stock asintió y, con el poco aplomo que le quedaba, contestó: —Pero estaba segura de que usted ya lo sabría. Andrew atravesó la puerta principal y entró en su herencia. Por supuesto, había un montón de papeleo que hacer, no sólo en Melstone y Melton, las dos ciudades más cercanas, sino también en la universidad, porque Andrew decidió, casi al momento, dejar la universidad e irse a vivir a Melstone House. Sus padres le habían dejado algo de dinero y pensó que, con lo que le había legado el viejo Jocelyn, tenía suficiente para dejar las clases y escribir el libro que siempre había deseado escribir. Quería ofrecer al mundo una visión completamente nueva de la Historia. Sentía un gran alivio por poder perder de vista la universidad y especialmente a su ayudante de investigación, que era una mentirosa. Era increíble que hubiese querido casarse con ella hacía un año. Pero Andrew se aseguraría de que la trasladaran a otro puesto, y así lo hizo. Entre unas cosas y otras, pasó casi un año antes de que Andrew pudiera mudarse a Melstone House. Entonces tuvo que asegurarse de que las pequeñas cantidades indicadas en el testamento de su abuelo se pagasen, y también lo hizo; aunque le extrañó un poco, al verlo, que el testamento tuviera una forma y tamaño distintas del

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papel que el fantasma de su abuelo le había intentado dar. Se encogió de hombros y le dio a la señora Stock sus quinientas libras. —Y espero que siga trabajando para mí igual que lo hacía para mi abuelo —le dijo. Y ella respondió: —No sé qué iba a hacer usted si no lo hago. Al ser profesor, usted vive en su mundo. Andrew se lo tomó como un sí. —No soy profesor —la corrigió con amabilidad—. Sólo un simple académico. La señora Stock no le prestó atención. Para ella eran sólo matices sin importancia. En su mente todas las personas de la universidad eran profesores, excepto los alumnos, claro está, que eran peores. Así que le contó a todo Melstone que el nieto del viejo Jocelyn era profesor. Andrew se acostumbró enseguida a que le llamaran profesor, incluso las personas que le escribían desde otros lugares para hablarle de detalles relativos al folclore o para preguntarle cosas sobre magia. Fue a darle al señor Stock, el jardinero, su herencia de quinientas libras. —Y espero que siga desempeñando su admirable trabajo para mí también —le dijo. El señor Stock se apoyó sobre su pala. No era familia de la señora, ni siquiera estaban casados. Lo que pasaba era que casi la mitad

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de las personas de Melstone se llamaban Stock. Tanto la señora como el señor Stock eran muy puntillosos con ese tema. No se caían bien. —Supongo que la vieja marimandona dice que se queda por usted, ¿verdad? —espetó el señor Stock con agresividad. —Creo que sí —respondió Andrew. —Entonces, me quedaré para comprobar que juega limpio —dijo el señor Stock, y siguió con las patatas. Y así fue como Andrew acabó contratando a dos tiranos. Él no lo veía así, claro. Para él, ambos Stock iban con la casa, los leales criados de su padre, quienes habían trabajado en Melstone House desde la primera vez que Andrew había visitado la casa de niño. Simplemente, no era capaz de imaginarse la casa sin ellos. Mientras tanto, estaba la mar de feliz desempaquetando libros, saliendo a pasear y estando en la casa en la que había pasado tanto tiempo de pequeño. La casa olía a cera de abejas, moho, parafina y un aroma picante que nunca había sido capaz de identificar, un olor que para Andrew significaba «¡vacaciones!». Su madre nunca se llevó bien con el viejo Jocelyn. —Es un viejo supersticioso y aburrido —le decía a Andrew—. Que no me entere yo de que te crees lo que te cuenta. Pero mandaba a Andrew a pasar allí la mayor parte de los veranos para demostrar que, en realidad, no había discutido con su padre.

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Así que Andrew había ido con el viejo Jocelyn y ambos habían paseado por los campos y los bosques, habían subido a Mel Tump y Andrew había aprendido muchas cosas. No recordaba que el viejo Jocelyn le hubiera enseñado nada mágico en concreto, pero sí recordaba las noches en compañía al lado de la chimenea en el húmedo salón, con las cortinas echadas sobre las grandes puertas de cristal, cuando su abuelo le había enseñado otras cosas. El viejo Jocelyn Brandon tenía una mentalidad práctica. Había enseñado a su nieto a hacer moscas de pesca, encajes en madera, piedras rúnicas, papiroflexia y cometas. Juntos habían inventado trabalenguas y juegos. Lo suficiente para convertir la casa en un lugar de ensueño para Andrew, aunque debía reconocer que, ahora que vivía allí, echaba mucho de menos al viejo. Pero ser el dueño de la casa lo compensaba de algún modo. Podía cambiar lo que quisiese. La señora Stock opinaba que debía comprar un televisor para el salón, pero a Andrew no le gustaba la televisión, así que no lo hizo. En lugar de eso, compró un congelador y un microondas, ignorando las quejas de la señora Stock, y repasó la casa para comprobar qué reparaciones necesitaba. —¡Un congelador y un microondas! —le dijo la señora Stock a su hermana Trixie—. ¿Acaso cree que voy a congelar una buena comida sólo por el gusto de fundirla con rayos? Su indignación fue enorme cuando volvió a la casa al día siguiente y descubrió que Andrew había movido de sitio todos los muebles

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del salón, de modo que tuviera luz para poder tocar el piano y el mejor sillón estuviera al lado de la chimenea. La señora Stock se pasó toda la mañana gruñendo, levantando y empujando para volver a dejarlo todo donde estaba antes. Andrew volvió de inspeccionar el tejado y el retrete del patio cuando ella ya se había ido, suspiró un poco y volvió a poner todos los muebles donde él los quería. A la mañana siguiente, la señora Stock se quedó mirándolos y, dando voces, se apresuró a arrastrar el piano a su ubicación sagrada, en la esquina más oscura. «¡Vive en su mundo! —murmuraba mientras daba golpes y patadas a la alfombra—. ¡Estos profesores! —decía al mover el sillón, el sofá, la mesa y las lámparas a sus lugares tradicionales—. ¡Maldita sea! —añadió al descubrir que la alfombra estaba doblada de punta a punta—. ¡Y el polvo!», exclamó una vez aplanada la alfombra. Le llevó toda la mañana limpiar el polvo. —De modo que tendrá usted la misma coliflor con queso para comer y para cenar —le dijo a Andrew a modo de gran amenaza. Andrew sonrió y asintió. El retrete se iba a venir abajo en cuanto perdiera la magia de su abuelo. Igual que el tejado de la casa. Desde las buhardillas se veían partes de cielo a través de los techos abombados. Se preguntaba si podría pagar todas las reparaciones, así como la calefacción central que quería instalar. Era una lástima que tuviese que gastarse tanto dinero de su abuelo en un nuevo ordenador.

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Por la noche, después de que la señora Stock se fuese, sacó una pizza del congelador, tiró la coliflor con queso y, mientras se calentaba la pizza, volvió a poner los muebles del salón donde los quería. Con ánimo inquebrantable, al día siguiente, la señora Stock los devolvió a su posición tradicional. Andrew se encogió de hombros y volvió a moverlos. Dado que él usaba el mismo método que había utilizado con su coche atascado, mientras que la señora Stock usaba la fuerza bruta, esperaba que ella se cansase pronto de aquello. Mientras tanto, estaba pudiendo hacer unas estupendas prácticas de magia. Aquella noche, el piano se movió obedientemente hacia la luz cuando él hizo el gesto. Después estaba el señor Stock. La tiranía del señor Stock consistía en abrir la puerta trasera, que daba directamente a la cocina, cuando Andrew estaba desayunando. —Si no tiene nada especial que pedirme hoy, haré lo normal —anunciaba. A continuación, se iba sin cerrar la puerta. Andrew se veía obligado a levantarse e ir a cerrarla antes de que la corriente lo hiciera de golpe. Su abuelo le había dejado claro que un portazo podría romper fácilmente la delicada vidriera de colores de la mitad superior de la puerta. Andrew adoraba aquellos cristales de colores. De niño, había pasado horas fascinado mirando el jardín a través de cada panel de color. Dependiendo de cuál usara, obtenía una puesta de sol tranquila y sin viento de color rosa; un tormentoso jardín naranja donde, de repente, era otoño; un jardín

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tropical de color verde, donde parecía posible que en cualquier momento apareciesen loros y monos. Y así. Como adulto, valoraba aún más la vidriera. Aparte de la magia, era muy, muy, muy antigua. El cristal tenía todo tipo de pliegues internos y burbujas atrapadas, y su creador, que había muerto hacía mucho, se las había arreglado para conseguir que los colores fuesen intensos y pálidos al mismo tiempo, de modo que, con cierto tipo de luz, el panel violeta, por ejemplo, era a la vez de color púrpura y de un pálido lila grisáceo. Si un solo trozo de cristal se hubiera roto o agrietado, el corazón de Andrew habría hecho lo mismo. El señor Stock lo sabía. Era su modo de asegurarse, al igual que la señora Stock, de que Andrew no cambiase nada. Por desgracia para el señor Stock, Andrew paseaba por los campos con tanta atención como por dentro de Melstone House. El huerto vallado de las verduras era precioso. La mayor ambición del señor Stock era ganar el primer premio en todas las categorías de verdura en la feria de verano de Melstone, ya fuesen de su propio jardín al final de la carretera o del de Andrew. De modo que las verduras eran estupendas. Pero en lo relativo al resto, el señor Stock se conformaba con cortar el césped. Andrew meneó la cabeza al ver el jardín de flores e hizo una mueca al ver los árboles frutales. Pasados un par de meses, mientras esperaba la llegada del señor Stock y él hacía lo de costumbre, Andrew saltó en el momento en que apareció el señor Stock. Con la preciosa puerta agarrada y listo

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para cerrarla en cuanto saliese el señor Stock, le decía cosas como: «Creo que hoy es un buen día para deshacerse de todos los nidos que hay entre las flores» y «hágame una lista con todos los arbustos que necesitamos para reemplazar los que han muerto y los encargaré» y «no pasaría nada si podase los manzanos hoy, ninguno tiene frutos». Etcétera. Entonces, el señor Stock se vio obligado a dejar de lado sus verduras. A veces, durante días. El señor Stock se vengó a su manera. El lunes siguiente dio una patada al abrir la puerta trasera. Andrew apenas pudo evitar que esta se estrellara contra la pared interior, a pesar de haber soltado la tostada y haberse lanzado hacia el pomo de la puerta en cuanto vio la silueta del señor Stock a través del cristal de colores. —Le harán falta las dos manos —dijo el señor Stock—. Aquí tiene —y puso una gran caja de cartón llena de verduras en brazos de Andrew—. Y se las va a comer todas usted, ¿sabe? No deje que la marimandona de las botas se las quede. Porque lo hará. Sé lo avariciosa que es. Se las guardará en el bolso y se las llevara si usted lo permite. Así que cómaselas. Y no intente tirarlas. Me enteraría. Yo soy el que vacía los cubos. Así que, si no tiene nada especial que pedirme hoy, me pongo a lo mío, ¿le parece? —Bueno, lo cierto es que sí tengo algo —respondió Andrew—. Hay que enderezar y poner abono a los rosales. El señor Stock le dedicó una mirada incrédula. Aquello era una rebelión.

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—Por favor —añadió Andrew con su educación habitual. —¡Lo haré…! —dijo el señor Stock. Dio media vuelta y se fue dando grandes zancadas. Andrew, con mucho cuidado, cerró la puerta con el pie y soltó la caja al lado de su tostada. Era eso o tirarla al suelo; pesaba mucho. La abrió y resultó que contenía seis cebollas enormes, un manojo de zanahorias de treinta centímetros, una col más grande que la cabeza de Andrew, diez pimientos del tamaño de un melón, un nabo del tamaño de una roca y un calabacín que parecía un cocodrilo pequeño. Los huecos habían sido cuidadosamente rellenados con guisantes demasiado maduros y judías verdes de medio metro. Andrew sonrió. Aquello era todo lo que no estaba a la altura de la feria de Melstone. Dejó unas cuantas cosas más o menos comestibles sobre la mesa, volvió a empaquetar el resto en la caja y la escondió en un rincón de la despensa. Naturalmente, la señora Stock la encontró. —¡Que no nos vuelva a cargar con lo que él desecha! —exclamó—. ¡Mire qué tamaño! Todo carne, pero nada de sabor. ¿Y qué se supone que tengo que hacer para conseguir patatas? ¿Silbar? De verdad, ¡qué hombre! Después se quitó el abrigo y fue a recolocar los muebles. Aún estaban con eso. Al día siguiente, el señor Stock volvió a abrir la puerta de una patada por culpa de catorce lechugas. El miércoles, para variar, se

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acercó a Andrew mientras este había salido a comprobar el estado de los muros del jardín y se le presentó con otra caja que contenía diez kilos de tomates y una calabaza como la cabeza deforme de un niño. El jueves, la caja contenía dieciséis coliflores. Andrew sonreía con simpatía y aceptaba aquellas cosas cediendo un poco bajo el peso. Lo mismo había pasado siempre que su abuelo había molestado al señor Stock. A menudo, su abuelo y él se habían preguntado si el señor Stock coleccionaba cajas de cartón y las almacenaba para cuando se sintiera molesto por algo. Andrew le llevó los tomates a la señora Stock. —Creo que lo mejor es que haga confitura —le dijo. —¿Y cómo espera que tenga tiempo para ello con lo ocupada que estoy? —exclamó un poco avergonzada. —¿Ocupada moviendo los muebles del salón, por ejemplo? La señora Stock acabó haciendo confitura. —¡Vive en su mundo! —murmuraba sobre su borboteante olla roja y, de vez en cuando, mientras metía el resultado a cucharadas en los botes y algo se resbalaba y caía pegajoso sobre la mesa—: ¡Profesores! ¡Hombres! —y mientras se ponía el abrigo para irse—: No me eche la culpa si la mesa está llena de botes. No puedo etiquetarlos hasta mañana y no se van a mover hasta que lo haya hecho. Una vez solo, Andrew hizo lo mismo que había hecho cada noche de aquella semana. Agarró la última caja de la despensa y se la llevó fuera, al lugar donde el tejado de la leñera se curvaba a la altura

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de su cabeza. Con la ayuda de una silla, dejó allí las verduras. Demasiado altas para que las viera el señor Stock, como había dicho su abuelo, o incluso la señora Stock. Tomates, calabazas y coliflores, todo había desaparecido por la mañana, pero el nabo seguía allí. Al fijarse, se apreciaba una zona de hierba un poco pisoteada al lado de la leñera, pero Andrew recordó las palabras de su abuelo y no investigó más a fondo su origen. Recogió el nabo e intentó cortarlo para poder esconderlo en el congelador, pero el cuchillo fue incapaz de penetrar la piel de cocodrilo de la cosa y se vio obligado a enterrarlo. El viernes trajo consigo un manojo de rábanos y cinco berenjenas infladas de parte del señor Stock. También trajo el nuevo ordenador de Andrew. Por fin. Andrew se olvidó de la casa, del patio, de los rábanos, de todo. Se pasó todo el día absorto y relajado configurando el ordenador y creando la base de datos para su libro. El libro que realmente quería escribir, el nuevo punto de vista sobre la Historia. —¿Te lo puedes creer? ¡Ahora el ordeñador! —le contó la señora Stock a su hermana. Nunca decía bien aquella palabra—. Todo el día ahí sentado, dale que te pego al teclado, como un muerto viviente; te prometo que me da escalofríos. Y si le pregunto cualquier cosa, me dice: «Lo que usted considere conveniente, señora Stock». ¡Le podría haber dado de comer el mantel hervido y ni se hubiera dado cuenta!

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—Bueno, lo cierto es que es un profesor —le hizo notar Trixie, pues los profesores eran conocidos por vivir en las nubes. Y además, en su opinión, todos los hombres no eran, en el fondo, más que niños. —¡Profesores! ¡Niños! —exclamó la señora Stock—. Es peor que eso, te lo aseguro. Este hombre necesita una canguro para funcionar —entonces tuvo una idea, y se quedó callada. El señor Stock se hallaba mirando por la ventana del estudio de Andrew en la planta baja como si fuera el dueño de todo. Estaba supervisando el nuevo ordenador y la eclosión de libros gordos y papeles que había a su alrededor, sobre el escritorio, colgando de este, en las sillas, el suelo, por todos lados, y el caos de cables y enchufes a su alrededor. Él también tuvo una idea. Aquel hombre necesitaba a alguien que le mantuviese bajo control, alguien que hiciera que dejase de interferir con quienes de verdad tenían trabajo que hacer. Hum… El señor Stock pensó seriamente y se dejó caer por la casa de campo de su cuñado de camino a la suya. Era una casa preciosa, incluso con el tejado de paja, aunque el señor Stock nunca había entendido por qué alguien en el estado de Tarquin debía enfrentarse a las incomodidades de un lugar viejo sólo porque fuese bonito. El señor Stock prefería sin duda su moderno bungalow con ventanas de aluminio. Las ventanas de Tarquin estaban carcomidas y no protegían de las corrientes de aire. Sin embargo, el señor Stock no podía evitar ponerse verde de envidia por su jardín. Tarquin O’Connor tenía cierta gracia, aunque

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sólo fuese con las flores. Las rosas se alineaban en el camino de entrada. El señor Stock no podía aprobar aquellas rosas románticas y anticuadas, pero tenía que admitir que eran perfectas en su especie: estaban sanas, agrupadas en ramos o en círculos, y llenas de capullos. Tark volvería a obtener premios en la feria, eso seguro. Y los setos estaban tan vigilados que ninguna rama puntiaguda quedaba libre ni podía engancharse en alguna visita ocasional. Y, bueno, tras ellas había una excitación: el perfume del aire. Llamó a la puerta con envidia. Tarquin había visto llegar al señor Stock. Casi al momento, abrió la puerta sujetándose a una muleta. —¡Pasa, Stockie, pasa! —Me alegro de verte Tark, ¿cómo va todo? —entró diciendo el señor Stock. —Acabo de dejar una tetera sobre la mesa, ¿no es una suerte? —respondió Tarquin. Dio media vuelta, apoyándose en ambas muletas, entró en el salón y bajó las escaleras que daban paso a la cocina. El señor Stock vio dos tazas de té en la mesa redonda al lado de la ventana. —¿Estabas esperando a mi sobrina? —No, no, aún falta para que llegue. Te esperaba a ti —contestó Tarquin resoplando un poco mientras se sentaba y dejaba las muletas cerca de la silla, al lado de la tetera.

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¿Era broma? ¿O acaso tenía Tarquin realmente vista?, se preguntó el señor Stock quitándose las botas. Tarquin tenía unas bonitas alfombras. Aquellas cosas oscuras y orientales no eran de su gusto, pero eran caras. Además, al pobre hombre le daba algo más que trabajo pasar por ellas el aspirador. El señor Stock le había visto: hacía equilibrios sobre una muleta, con el muñón sobre una silla, tirando y empujando como si le fuese la vida en ello. No estaba bien soltar polvo al andar. Dejó las botas cerca de la puerta y se sentó en calcetines enfrente de Tarquin, preguntándose, como siempre, por qué este se habría dejado barba. El señor Stock no aprobaba las barbas. Sabía que no era porque escondiese una cicatriz y, sin embargo, ahí estaba, una pequeña y espesa barba de color gris oscuro en la punta de la barbilla de Tark. Tampoco era por comodidad. Se veía que el hombre se había afeitado cuidadosamente alrededor. Podría habérselo afeitado todo por el mismo precio, pero no lo había hecho. Tarquin O’Connor había sido un jockey muy bueno y conocido hacía años. El señor Stock había apostado muchas veces por caballos montados por Tark y nunca había perdido dinero. En aquella época, Tarquin era rico. La hermana pequeña del señor Stock lo había tenido todo, incluida atención médica privada antes de morir. Su hija había recibido una educación cara. Pero entonces Tarquin sufrió una caída realmente terrible. Según había oído decir el señor Stock, Tark había tenido suerte de salir vivo después de resultar aplastado y romperse por varios sitios. Nunca había vuelto a montar. En aquel

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momento, Tarquin vivía de sus ahorros y de lo que le había dado la Fundación para los Jockeys Lesionados, mientras que su hija, para continuar con la historia, había rechazado los trabajos millonarios que podría haber tenido para quedarse en Melstone a cuidar de su padre. —¿Cómo le va a mi sobrina? —preguntó el señor Stock cuando ya iban por la segunda taza de té—. Estas galletas están muy buenas. ¿Las ha hecho ella? —No —Tarquin le acercó más las galletas al señor Stock—, las he hecho yo. Y en lo que respecta a Stashe, me gustaría que confiase un poco más en que puedo arreglármelas y se planteara el trabajar más lejos. Seguro que podría hacer algo en la universidad, así para empezar, y lo haría bien. —Entonces, ¿dónde trabaja? —inquirió el señor Stock, que lo sabía bien. Tarquin suspiró. —Aún trabaja en los establos a media jornada. Y te juro que Ronnie la explota. La tiene todo el día estudiando pedigrís y estadísticas de carreras en su ordenador, hasta tal punto que hay días que creo que no va a volver a casa. Ella es la única capaz de entender la maldita máquina. El ordenador. Eso era lo que le había dado al señor Stock la idea. Su cara se iluminó. —Está perdiendo el tiempo —anunció—. Mi nuevo jefe también se dedica a jugar con el ordenador. Lo tiene todo por allí tira-

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do: cables, papeles… No estoy del todo seguro de que sepa lo que hace. El peludo rostro de mendigo de Tarquin se volvió en su dirección. Preocupado, detectó satisfecho el señor Stock. —Pero ¿él sabe que tiene un Área de Responsabilidad que cuidar? —preguntó Tarquin con ansiedad. El señor Stock hizo una mueca de tristeza con los labios. «¡A mí me encantaría que se pusiera a hacerlo y me dejase en paz!», pensó. —Pues la verdad es que no estoy seguro. Por lo que sé, ha ido un poco arriba y abajo. Creo que él se piensa que está aquí para escribir un libro. Ahora bien, volviendo a mi sobrina… —Pero si él no lo sabe, alguien tendrá que meterlo en cintura —le interrumpió Tarquin. —Es cierto. Enseñarle que tiene responsabilidades —coincidió el señor Stock—. Yo no estoy en posición de hacerlo. Aunque, a lo mejor, tú sí podrías. —Ah, no —Tarquin casi se cayó de la silla sólo de pensarlo—. Yo no lo conozco —se inclinó hacia delante, pensativo—. Necesitamos que alguien lo tantee —dijo—. Que averigüe si sabe cuál es su trabajo aquí y, si no lo sabe, que se lo explique. Supongo… —Tu hija podría hacerlo —aventuró el señor Stock—. Mi sobrina —añadió porque Tarquin parecía muy sorprendido por la idea—. Si pudiésemos convencerlo de que necesita una secretaria (y la necesita, de eso no hay duda, seguro que ha tenido varias en la universi-

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dad) y, después, decirle que tenemos a la persona perfecta, ¿no funcionaría? —Suena un poco deshonesto —objetó Tarquin dubitativo. —En realidad, no. Nuestra Stashe es de las mejores —replicó el señor Stock—. Ella podría hacer el trabajo, ¿verdad? El orgullo hizo que Tarquin volviese a sentarse con la espalda recta. —Tiene un montón de títulos —dijo—. Seguramente es demasiado buena para él. —Y demasiado buena para los establos —lo azuzó el señor Stock. —Aquí está desaprovechada —coincidió Tarquin—. Muy bien, se lo diré a ella. ¿Para el lunes iría bien? «¡Bingo!», pensó el señor Stock. —El lunes es perfecto —dijo. Casi al mismo tiempo, la señora Stock le estaba diciendo a su hermana: —Te lo advierto, ahora no andes metiéndole ideas en la cabeza a Shaun, pero sí puedes decirle que su ayuda es realmente necesaria allí. El sitio está pidiendo a gritos a alguien que sea capaz de…, esto, mover muebles y eso. Ese hombre es realmente imposible en lo referente a cosas que deben estarse quietas. —¿Puedo darle una descripción del trabajo? —preguntó Trixie. —Jerga —dijo la señora Stock—. En cualquier caso, alguien tiene que hacer algo y yo ya no doy abasto. Nos pondremos con ello a primera hora de la mañana, ¿de acuerdo?

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Y así es como se hicieron los planes para tener a Andrew bajo control. El problema era que ni el señor ni la señora Stock se habían parado a pensar en cómo era Andrew en realidad ni en qué convertía Melstone en un lugar tan especial, por lo que no es sorprendente que la situación diese un giro bastante distinto. Sobre todo porque Aidan Cain también apareció el lunes.

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