Traducción del inglés Pilar Ramírez Tello
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Título original: The Fireman © de la obra: THE FIREMAN © Joe Hill, 2016 Publicado por acuerdo con William Morrow, un sello de HarperCollins Publishers. © de la traducción: Pilar Ramírez Tello, 2017 © de la presente edición: Nocturna Ediciones, S.L. c/ Corazón de María, 39, 8.º C, esc. dcha. 28002 Madrid info@nocturnaediciones.com www.nocturnaediciones.com Primera edición en Nocturna: mayo de 2017 Preimpresión: Elena Sanz Matilla Impreso en España / Printed in Spain Imprenta Kadmos, S.C.L. Código IBIC: FA ISBN: 978-84-16858-10-1 Depósito Legal: M-9401-2017 Las páginas 805 y 806 constituyen una extensión de esta página de créditos.
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).
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Para Ethan John King, una luz que arde con fuerza. Tu padre te quiere.
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Inspiración: J. K. Rowling, cuyas historias me enseñaron a escribir esta; P. L. Travers, que tenía la píldora que me hacía falta; Julie Andrews, que me dio un poco de azúcar para ayudarme a tragarla; Ray Bradbury, de quien robé mi personaje; mi padre, de quien robé todo lo demás; y mi madre, que me enseñó casi toda la micología (y mitología) en la que me he basado para escribir esta historia. Aunque la Trichophyton draco incendia es invención mía, mi madre os diría que casi todas las características de mi espora ficticia pueden encontrarse en la naturaleza.
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Outside the street’s on fire in a real death waltz… Bruce Springsteen, «Jungleland»
Though I spends me time in the ashes and smoke In this ‘ole wide world there’s no ‘appier bloke. Robert y Richard Sherman, «Chim Chim Cher-ee»
Era un placer quemar. Ray Bradbury, Fahrenheit 451
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Harper Grayson había visto arder en la tele a un montón de gente, como todo el mundo, pero la primera persona a la que vio quemarse en vivo fue en el patio de detrás del colegio. En Boston y otras zonas de Massachusetts, los colegios estaban cerrados, aunque allí, en New Hampshire, seguían abiertos. Se sabía de casos en el estado, pero eran pocos. Harper había oído que retenían a media docena de pacientes en un ala segura del hospital de Concord, donde les atendía un equipo médico con trajes de protección de cuerpo entero y enfermeras armadas con extintores. Harper estaba colocándole una compresa fría en la mejilla a un niño de primero llamado Raymond Bly, que había recibido un raquetazo en la cara. Siempre había un par de este tipo de heridos cada primavera, cuando el entrenador Keillor sacaba las raquetas de bádminton. Siempre, sin excepción, les decía a los chavales que se les pasaría andando un poco, incluso cuando los pobres iban con un puñado de dientes en la mano. A Harper le gustaría estar presente cuando el entrenador recibiera un raquetazo en las pelotas, para así poder disfrutar del placer de decirle que se le pasaría andando un poco. Raymond no estaba llorando al llegar a la enfermería, pero cuando se vio en el espejo perdió la compostura un momento: se le formó un hoyuelo en la barbilla y los músculos del rostro le temblaron de emoción. El ojo estaba morado, negro y casi cerrado, y ella sabía que, para el niño, verse así daba más miedo que el dolor. 13
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Con la intención de distraerlo, fue a por el alijo de golosinas de emergencia, que consistía en una maltrecha fiambrera de Mary Poppins con las bisagras oxidadas en la que guardaba unas cuantas barritas de chocolate pequeñas, cada una con su envoltorio individual. También había un enorme rábano y una patata, artículos que reservaba para los casos de tristeza más graves. Se asomó a la fiambrera mientras el niño se apretaba la compresa contra la mejilla. —Hm… —dijo—. Creo que me queda una barrita de Twix en la caja de las golosinas, y me vendría muy bien. —¿Me vas a dar a mí también? —preguntó el pequeño con voz congestionada. —A ti te voy a dar algo mucho mejor. Tengo un delicioso rábano y, si te portas muy bien, dejaré que te lo quedes. Yo me conformaré con la barrita. Le enseñó el interior de la fiambrera para que pudiera examinar la hortaliza. —Puaj, no quiero un rábano. —¿Y una sabrosa patata dulce? Esto es oro puro. —Puaj. Vamos a echar un pulso por el Twix. A mi padre siempre le gano. Harper silbó tres compases de «My Favorite Things»1 mientras fingía pensárselo. Solía silbar fragmentos de musicales de los sesenta y fantaseaba en secreto con que un grupo de amables arrendajos azules y descarados petirrojos se unieran a su canción. —No sé si es buena idea que me retes a un pulso, Raymond Bly. Estoy en muy buena forma. Fingió que necesitaba mirar por la ventana para pensárselo mejor… y entonces fue cuando vio al hombre que caminaba por el patio. Por petición expresa de los editores de la obra original, tanto los títulos como las letras de las canciones pertenecientes a musicales que aparecen en la novela se han mantenido en inglés debido a cuestiones relativas a los derechos de autor. (N. de la T.)
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Desde el lugar en que se encontraba, veía perfectamente el alquitrán, unos cuantos metros cuadrados de asfalto con algún que otro dibujo de rayuela. Más allá había un acre de mantillo con un elaborado campo de juegos plantado dentro: columpios, toboganes, un muro para trepar y una hilera de tuberías de acero que los muchachos podían golpear como si fueran gongs musicales (en privado, Harper se refería a ellas como el Xilófono de los Condenados). Era primera hora y no había niños fuera: el único momento del día en el que no había una bandada de chiquillos gritando, riendo, alborotando y chocándose por el patio delante de la enfermería. Sólo estaba aquel hombre, un tío con una amplia chaqueta verde militar, pantalones marrones holgados y la cara ensombrecida por una mugrienta gorra de béisbol. Cruzó el asfalto medio inclinado, procedente de la parte trasera del edificio. Tenía la cabeza gacha y se tambaleaba; no parecía capaz de caminar en línea recta. Lo primero que pensó Harper fue que estaba borracho. Entonces vio el humo que le salía por las mangas. Un delicado humo blanco le brotaba de la chaqueta, le rodeaba las manos, se le escapaba por el cuello y se le enredaba en la larga melena castaña. Salió del borde del asfalto y entró en el mantillo. Dio tres pasos más y metió la mano derecha en el peldaño de madera de las escaleras que subían a una de las estructuras del parque infantil. Incluso a la distancia a la que se encontraba, Harper le veía algo en el dorso de la mano, una franja negra, como un tatuaje, pero salpicada de oro. Las manchas doradas lanzaban destellos, como motas de polvo atrapadas en un cegador rayo de luz solar. Había visto reportajes sobre ello en las noticias y, aun así, en aquellos primeros momentos apenas le encontraba sentido a lo que estaba presenciando. Las chocolatinas empezaron a caerse de la fiambrera de Mary Poppins. Ella no las oía, no era consciente de que la caja estaba torcida y derramaba sus minibarritas y sus Hershey’s Kisses en el suelo. Raymond se quedó mirando la patata, que cayó con un ruido carnoso y rodó hasta desaparecer debajo de una encimera. 15
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El hombre que caminaba como si estuviera borracho empezó a hundirse. Después, entre convulsiones, arqueó la columna, echó la cabeza atrás y las llamas surgieron de la pechera de su camisa. Harper le echó un breve vistazo a su demacrado rostro agonizante y, en un segundo, la cabeza del desconocido se convirtió en una antorcha. Se golpeó el pecho con la mano izquierda; la derecha seguía agarrada a las escaleras mientras ardía y achicharraba la madera de pino. Echó la cabeza más atrás, abrió la boca para gritar y lo que brotó de ella, en vez de un alarido, fue humo negro a borbotones. Raymond vio la expresión en el rostro de la enfermera y empezó a volver la cabeza para mirar atrás, por la ventana, pero ella soltó la caja de golosinas y lo sujetó a tiempo. Con una mano apretó la compresa fría contra la cara del niño mientras colocaba la otra mano detrás de su cabeza, obligándolo a apartar la mirada de la ventana. —No, cielo —le dijo, sorprendida por la tranquilidad con la que hablaba. —¿Qué ha sido eso? —preguntó Raymond. Ella le soltó la cabeza y localizó el cordón de la persiana veneciana. Fuera, el hombre cayó de rodillas e inclinó la cabeza, como si rezara a La Meca. Estaba envuelto en llamas, convertido en un montículo de trapos viejos que despedía un humo aceitoso a la luz de una fría tarde de abril. La persiana bajó con un estrépito metálico y tapó toda la escena, salvo por una chispa febril de luz dorada que resplandecía como loca alrededor de los bordes de las lamas.
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LIBRO UNO LA PORTADORA
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Abril
No salió del colegio hasta una hora después de que el último niño se hubiera ido a casa, pero, incluso así, era temprano. La mayoría de los días lectivos debía quedarse hasta las cinco, ya que había unos cincuenta y tantos niños que aprovechaban el horario de tarde de la escuela mientras sus padres trabajaban. Aquel día, a las tres ya se habían marchado todos. Después de apagar las luces de la enfermería, se asomó por la ventana y contempló el patio. Descubrió un punto negro junto a la estructura del parque, el lugar donde el cuerpo de bomberos había limpiado a manguerazos los restos achicharrados que no pudieron rascar del suelo. Harper tuvo la premonición de que nunca regresaría a su despacho ni volvería a mirar por aquella ventana, y estaba en lo cierto. Esa misma noche se suspendieron las clases en todo el estado, si bien se aseguró a los ciudadanos que se abrirían de nuevo cuando se solucionara la crisis. Aunque, al final, la crisis no se solucionó. Creía que tendría la casa para ella sola, pero, al llegar, Jakob ya se encontraba allí. La tele estaba encendida, con el volumen bajo, y él hablaba por teléfono con alguien. Por su tono (relajado, firme, casi apacible), nadie habría averiguado que estaba nervioso. Para saber que estaba tenso era necesario verlo dar vueltas por el cuarto. —No, no lo he visto en persona. Johnny Deepenau estaba allí abajo, en uno de los camiones del ayuntamiento, apartando escombros de la 19
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carretera, y nos envió fotos desde su móvil. Era como si hubiese estallado una bomba dentro. Parecía terrorismo, como… Espera, acaba de entrar Harp. —Su marido bajó el teléfono, se lo apretó contra el pecho y dijo—: Has vuelto por la parte de atrás, ¿verdad? Sé que no has atravesado el centro, tienen todas las carreteras cortadas desde North Church hasta la biblioteca. Toda la ciudad está abarrotada de polis y de la Guardia Nacional. Un autobús estalló en llamas y se estrelló contra un poste telefónico. Estaba lleno de chinos infectados con esa mierda, la escama de dragón. —Dejó escapar un resuello entrecortado y sacudió la cabeza como si aquello le asombrara. La osadía de la gente. Mira que echar a arder en medio de Portsmouth con el buen día que estaba haciendo. Después le dio la espalda y se volvió a llevar el teléfono a la oreja—. Está bien, no sabía nada. Está en casa y vamos a tenerla buena si cree que pienso permitirle volver a trabajar en un futuro próximo. Harper se sentó en el borde del sofá y miró la tele. Estaba puesta en las noticias locales, donde se veía una grabación del partido de los Celtics de la noche anterior, como si no pasara nada. Isaiah Thomas se puso de puntillas, se impulsó hacia atrás y soltó la pelota; metió la canasta desde el centro de la cancha. Entonces no lo sabían, pero a finales de la semana siguiente terminaría la temporada de baloncesto. Para el verano, casi todo el equipo de los Celtics estaría muerto, ya fuera por incineración o por suicidio. Jakob no dejaba de dar vueltas, calzado con sus sandalias de cuerda. —¿Qué? No, no salió ninguno —dijo al teléfono—. Y puede que suene duro, pero parte de mí se alegra. Así no se lo han contagiado a nadie. —Escuchó un rato y entonces soltó una risa inesperada y contestó—: ¿Quién ha pedido los rollitos de primavera a la parrilla, eh? Sus paseos por la habitación le habían llevado hasta la estantería, donde ya no le quedaba más remedio que dar media vuelta y regresar. Al volverse, su mirada dio de nuevo con Harper y esta vez vio algo que lo puso tenso. —Eh, mivida, ¿estás bien? —le preguntó. 20
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Ella lo miró. No sabía cómo responder. Curiosamente, era una pregunta muy difícil, una que exigía cierta introspección. —Oye, Danny, tengo que irme. Quiero sentarme un momento con Harper. Hiciste bien en ir a por tus críos. —Se calló un segundo y añadió—: Sí, vale. Os enviaré las fotos a Claudia y a ti. No le cuentes a nadie que te las he pasado yo. Os quiero a los dos. Colgó, bajó el teléfono y la miró. —¿Qué pasa? ¿Por qué estás en casa? —Había un hombre detrás del colegio —respondió, y un cúmulo de algo (una emoción, como una masa física) se le quedó atascado en la garganta. Él se sentó con ella y le puso una mano en la espalda. —Vale, no pasa nada —la tranquilizó. Cuando la presión en la tráquea se le relajó un poco y encontró su voz, fue capaz de empezar otra vez: —Estaba en el patio, dando bandazos como un borracho. Entonces cayó y entró en combustión. Ardió como si estuviera hecho de paja. La mitad de los críos del colegio lo vio; el patio se ve desde casi todas las aulas. Llevo toda la tarde tratando a chiquillos conmocionados. —Deberías habérmelo contado. Deberías haberme apartado del teléfono. Se volvió hacia él y apoyó la cabeza en su pecho mientras Jakob la abrazaba. —En cierto momento llegué a tener a cuarenta niños en el gimnasio, junto con unos cuantos profesores y la directora, y algunos lloraban, otros temblaban y otros vomitaban, y yo tenía ganas de hacer las tres cosas a la vez. —Pero no lo hiciste. —No. Repartí zumos. Tratamiento médico de vanguardia. —Has hecho lo que has podido. Has ayudado a quién sabe cuántos niños a superar lo más terrible que verán en su vida. Lo sabes, ¿no? Recordarán siempre lo bien que cuidaste de ellos. Y tú ya lo has hecho, lo has dejado atrás y ahora estás aquí, conmigo. 21
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Harper guardó silencio, inmóvil, durante un rato, dentro del círculo de sus brazos, inhalando su característico aroma a perfume de sándalo y café. —¿Cuándo fue eso? —preguntó él al fin. La soltó y la miró con sus ojos de color almendra. —En la primera hora. —Son más de las tres. ¿Has comido algo? —No. —¿Estás mareada? —No. —Vamos a darte algo de comer. No sé qué habrá en el frigorífico. Puedo pedir algo, si quieres. «¿Quién ha pedido los rollitos de primavera a la parrilla?», pensó Harper, y la habitación osciló como la cubierta de un barco. Se sujetó al respaldo del sofá. —Mejor un poco de agua —dijo. —¿Qué tal un poco de vino? —Incluso mejor. Jakob se levantó y se acercó al enfriador de botellas de vino, con capacidad para seis, que había en el estante. Mientras miraba una botella y después otra (¿qué clase de vino maridaba bien con una infección mortal?) dijo: —Creía que estas cosas sólo pasaban en los países que están tan contaminados que no se puede respirar el aire y los ríos son cloacas a la intemperie. China. Rusia. La Antigua República Comunista de Mierdistán. —Rachel Maddow dice que han aparecido casi cien casos en Detroit. Estaba hablando de ello anoche. —A eso me refiero. Creía que sólo ocurría en sitios mugrientos a los que nadie quiere ir, como Chernóbil o Detroit. —Sacó el corcho—. No entiendo por qué una persona portadora se metería en un autobús. O en un avión. 22
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—Quizá les diera miedo acabar en cuarentena. Para mucha gente, la idea de que te separen de tus seres queridos da mucho más miedo que una enfermedad. Nadie quiere morir solo. —Sí, eso es verdad. ¿Por qué morir solo cuando puedes hacerlo acompañado? No hay mejor declaración de amor que contagiar una puta infección mortal a tus más allegados. —Le llevó una copa de vino dorado que parecía llena de rayos de sol destilados—. Si yo lo tuviera, preferiría morir antes que contagiártelo, que ponerte en peligro. Creo que, en realidad, sería más fácil acabar con mi vida sabiendo que lo hacía por mantener a salvo a los demás. No me imagino nada más irresponsable que ir por ahí con una enfermedad como esa. Le dio la copa y le acarició un dedo al dejársela en la mano. Tenía una manera muy amable de tocar, un contacto cómplice; era uno de sus mejores atributos: su intuición le decía cuándo debía meterle un mechón de pelo detrás de la oreja o cuándo acariciarle el delicado vello de la nuca. —¿Es fácil pillar esa cosa? Se transmite como el pie de atleta, ¿no? Si te lavas las manos y no caminas descalzo por el gimnasio, no pasa nada, ¿verdad? Eh, eh, no te acercarías al muerto, ¿no? —No. Harper no se molestó en meter la nariz en la copa para inhalar el buqué francés, como le había enseñado Jakob cuando tenía veintitrés años: acababa de tirársela y estaba más borracha de él de lo que jamás lo estaría de vino. Se pulió su sauvignon blanc en dos tragos. Él se dejó caer a su lado con un suspiro y cerró los ojos. —Bien, eso está bien. Sientes la imperiosa necesidad de cuidar de los demás, Harper, lo que está bien en circunstancias normales, pero en estas tienes que cuidar de… Sin embargo, ella no lo escuchaba. Se había quedado helada mientras se inclinaba para dejar su copa en la mesa de centro. En la televisión habían interrumpido el programa con las mejores jugadas de hockey para mostrar a un anciano con traje gris, un presentador de tímidos ojos azules 23
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detrás de sus bifocales. Los rótulos de la pantalla decían: «Últimas noticias: Arde la Space Needle». —… si van a Seattle —decía el presentador—. Les advertimos que la grabación que vamos a mostrarles podría herir la sensibilidad del espectador. Si hay niños en la habitación, no deberían mirar. Antes de que terminara de hablar, la NECN mostró una grabación tomada desde un helicóptero de la Aguja, que apuñalaba el frío cielo azul. El interior estaba lleno de humo negro que salía a borbotones por las ventanas, tanto que escondía muchos de los otros helicópteros que rodeaban la escena. —Dios mío —dijo Jakob. Un hombre de camisa blanca y pantalones negros saltó desde una de las ventanas abiertas. Tenía el pelo en llamas y agitaba los brazos como un molinete mientras se salía del plano. Segundos después lo siguió una mujer de falda oscura. Cuando saltó, se llevó las manos a los muslos, como si deseara evitar que se le subiera la falda y se le viera la ropa interior. Jakob cogió a su mujer de la mano, entrelazó sus dedos con los de ella y se la apretó. —¿Qué coño está pasando, Harper? ¿Qué coño es esto?
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