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El exilio interior La vida de María Moliner
INMACULADA DE LA FUENTE
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Título: El exilio interior La vida de María Moliner © Inmaculada de la Fuente, 2011 Esta obra ha sido publicada con una subvención de la Dirección General del Libro, Archivos y Bibliotecas del Ministerio de Cultura, para su préstamo público en Bibliotecas Públicas, de acuerdo con lo previsto en el artículo 37.2 de la Ley de Propiedad Intelectual. De esta edición: © Turner Publicaciones S.L., 2018 Diego de León, 30 28006 Madrid www.turnerlibros.com Primera edición: marzo de 2011 Segunda edición: octubre de 2018 Reservados todos los derechos en lengua castellana. No está permitida la reproducción total ni parcial de esta obra, ni su tratamiento o transmisión por ningún medio o método sin la autorización por escrito de la editorial. ISBN: 978-84-17141-82-0 Diseño de la colección: Enric Satué Imagen de cubierta: María Moliner trabajando en el Diccionario. Detalle de una fotografía de El Heraldo de Aragón Se ha hecho el mayor esfuerzo por contactar con los titulares de los derechos de las fotografías que aparecen en el presente libro. Cualquier omisión será debidamente corregida en subsiguientes ediciones. Agradecemos su colaboración al archivo de la revista Trébede. Cuando no se especifica otra cosa, todas las imágenes son propiedad de la familia Moliner y no pueden ser reproducidas sin su permiso. Depósito Legal: M-30351-2018 Impreso en España La editorial agradece todos los comentarios y observaciones: turner@turnerlibros.com
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ÍNDICE
Presentación: La bibliotecaria que soñaba palabras ............ 13 Primera parte I
Una vida, un secreto .................................................. 29
II
Simancas, ida y vuelta ............................................... 79
III
“Los recuerdos se queman” ...................................... 103
Segunda parte: El exilio interior IV
Se hizo de noche ......................................................... 173
V
El exilio interior ......................................................... 217
VI
Tiempo de resurrección ............................................275
Árbol genealógico ................................................................... 317 Fuentes y notas ........................................................................ 319 Bibliografía ...............................................................................345 Índice onomástico ...................................................................357 Agradecimientos ......................................................................365
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A mi hija Ana, que me ha regalado tantos fines de semana para compartirlos con MarĂa Moliner.
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Las obras de arte nacen siempre de quien ha afrontado el peligro, de quien ha ido hasta el extremo de la experiencia, hasta el punto que ningún humano puede rebasar. Cuanto más se ve, más propia, más personal, más única se hace una vida. R. M. Rilke
En todo momento he obrado o he dejado obrar por motivos de conciencia, y nunca por consideraciones de cautela; de modo que en todo lo hecho por mí aparece mi auténtica personalidad. María Moliner, 8 de septiembre de 1939
Mi obra es limpiamente el Diccionario. María Moliner, 1972
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María Moliner, con un nieto en brazos y varios familiares más, en el jardín de la Pobla donde pasaba los veranos y donde escribió parte de su Diccionario.
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PRESENTACIÓN LA BIBLIOTECARIA QUE SOÑABA PALABRAS
Si te escucharas, mar, si tu lenguaje pudiera, mar, ser otro, ¿qué palabras dirías? Rafael Alberti
L
a luz solar, esa luz temprana de todos los veranos, contie-
ne una señal. Una consigna tácita que María Moliner atiende sin vacilaciones. Su aparición en la lejana playa anticipa el ritual diario que se inicia en la casa próxima a la costa que habitan ella y su marido, Fernando Ramón, durante las vacaciones. En poco tiempo la luz se extiende sobre el pequeño chalé de la Pobla de Mont-roig, en Tarragona. En la vivienda apenas hay signos de movimiento. Pero ella está ya en pie. María Moliner se acerca con pasos rápidos al cenador, situado junto al árbol que ella misma ha plantado, y toma posesión del patio. Sobre la mesa, una gran rueda de cemento, se encuentra el tapete que ha mandado colocar y que gracias a una cinta elástica permanece liso y ajustado. Sin distracciones. Esa mesa es su despacho estival. Aquí deposita sus útiles, su máquina de escribir, esa vieja Olivetti Pluma 22 que la acompaña desde hace años, sus fichas, algunos libros de gramática... Su tesoro, su memoria, su porvenir. Todo bajo control. Antes de inclinar la cabeza sobre las fichas y cotejar las referencias, pasea su mirada curiosa y socarrona
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alrededor de una geografía que forma parte ya de su identidad. Hermoso lugar para quedarse a vivir, para soñar palabras y trazar sus sombras y sus límites. Aspira el aire marino que le llega de la costa, a un kilómetro de la casa; el aroma insoslayable de la naturaleza que la rodea, la presencia latente de sus nietos que, dentro de unas horas, despertarán para vivir una jornada de playa o bicicleta. Siente todo eso, pero sobre todo experimenta un silencio absorbente. Ya está en su burbuja interior. Concentrada en su creación, en esa construcción en marcha con tantos detalles por completar y concluir: nuevas fichas y más entradas que exigen alargar textos acabados. Y todo lo que tal ampliación conlleva: comprobar etimologías, completar familias, ajustar catálogos… No importa. Su trabajo es impagable en todos los sentidos. Ante todo porque es algo esencial, estimulante. Se encuentre en Madrid, donde trabaja casi todo el año, o en la Pobla, el Diccionario va con ella. Es su inseparable compañero desde hace tiempo. Solo ella puede llevarlo a cabo. Todo él está en su cabeza. Pero el Diccionario es también el gran reto, la obra colosal que llegará a su fin algún día con la ayuda de un puñado de colaboradores. Mientras su cerebro trabaja, siente a los suyos cerca, en la cómoda distancia que le permite concentrarse para que su labor de lexicógrafa avance. Y al mismo tiempo se siente sola, segura. Aspira sin esfuerzo el aroma de los pinos mezclado con el aire salado que trae la brisa. La cercana fragancia del eucalipto, la proximidad de la higuera. Apenas presta atención a este perfume que le entrega en silencio la naturaleza. Ya está trabajando sin levantar la cabeza de sus fichas. Una mezcla de felicidad y responsabilidad. Ella es cerebro y acción, y allí está toda la intensidad que siempre ha buscado. Hay que hacerlo bien y
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PRESENTACIÓN
hay que darse prisa, hay que seguir pulsando la máquina, no se puede dejar a medias lo emprendido. ¿Acabará por fin el siguiente verano? Tiene que espabilarse, ya se ha puesto varios plazos y ha tenido que prorrogarlos. Son plazos que ella misma se impone, que nadie le exige, aunque sabe que hay ya cierta expectación sobre el Diccionario, una impaciencia contenida. Los suyos respetan su obra, la esperan, pero también anhelan que la acabe. Y que la acabe bien. Igual que ella. Solo puede dar por concluida la tarea de una forma: bien. Convencida. Segura de que no cabe ya más perfeccionismo ni más dedicación. El mediodía señala las horas transcurridas. El sol adquiere cuerpo y presencia y, un rato después, la empleada doméstica empieza a cocinar el almuerzo. Se impone un descanso. El cenador queda listo para el mantel y la familia se reúne en torno a la mesa. La abuela se siente a gusto con sus nietos, algunos veranos pueden juntarse los trece, si coinciden sus cuatro hijos con sus respectivas familias. A María Moliner se le olvida entonces que ese es su rincón de trabajo. La familia es uno de sus ejes vitales (lo fue ya de niña, con su familia de origen). El otro eje es la ambición de ser y hacer. Pero ahora son los suyos los que ocupan el presente. Y ella es, ante todo, una abuela cariñosa. Así la evoca su nieto Fernando Pitarch Ramón. Después de la comida vendrá el descanso, la pequeña siesta de todos los días, el silencio reparador. El cenador vuelve a quedar vacío a media tarde. En el rincón predilecto de María Moliner reina otra vez la calma. La espera de nuevo. El Diccionario, su obra, vuelve a llamarla. Allí acude poco antes del atardecer con sus útiles de trabajo. Qué belleza la de esta tarde, a pesar de algunos vahos de calor. El leve balanceo de las ramas del eucalipto le envía un suave viento que
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traspasa su piel. Sí, en aquellos momentos era feliz. Tan feliz como solo ella podía serlo cuando se entregaba a algo. Secretamente. Amaba aquella tierra. Se había enamorado de aquella casa que ella y su marido compraron en torno a 1941. Aunque María en realidad se identificó con la Pobla la primera vez que Fernando Ramón le mostró Tarragona y la llevó al pueblo donde había nacido, Mont-roig, cerca de Reus. Soñaba con volver a aquella casa. Le gustaba vivir allí en los meses de verano. Un verano largo, gracias a que su marido era catedrático y ella funcionaria. Amaba aquellas tierras algo rojizas, los higos chumbos, los algarrobos y los avellanos. Desde el verano del 42 no dejaron de ir ningún año. Iban primero desde Valencia y luego desde Madrid, hasta que María enfermó, a mediados de la década de 1970. Después del verano de 1974, ya no regresó. Como era una casa pequeña, aprovechaba también el garaje: puso allí unas literas para que descansaran los niños. Le gustaba organizar los espacios, a fin de hospedar a toda la familia cada verano. Incluida su hermana Matilde y los suyos. Ya está acabada la letra M. Definitivamente. Ya no hará más ampliaciones de esta larga, elegante y prolífica letra que había revisado varias veces. Tocaba finalizar. Pero la cabeza sigue allí, en el cenador, haciendo balance del día. La investigadora se quita por un momento las gafas y trata de captar el lenguaje de los árboles y plantas que le acompañan. Qué belleza la de las palabras, con su lógica maravillosa, con ese sentido interno que transmite toda una visión del mundo. Mar, marino… O pinar… Pronto revisará la P, otra letra con entradas extensas… Qué agotadora actividad. Pero no debe parar. Y además no piensa abandonar. Esta obra ciclópea es una de las razones que la empujan a levantarse cada mañana como si
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PRESENTACIÓN
la vida le perteneciera. Antes hubo otras razones. Tantas. Y las sigue habiendo, claro. Pero hubo un día lejano, el 29 de marzo de 1939, en que algo de ella empezó a morir. Y de hecho murió mientras al mismo tiempo vivía, y no demasiado mal. Hasta que llegó el momento de mirar atrás, y entonces sintió que lo que parecía muerto empezaba a resucitar. El Diccionario había sido su resurrección. Su quinto hijo. No permitiría que le llegase la vejez antes de terminar su obra, su compromiso. No permitiría tampoco que esta obra la dejara sin aliento. Aunque, ¿qué hará después? Nada será ya tan importante como el Diccionario... Empieza a irse la luz, y el cansancio le obliga a interrumpir la labor. Aunque la luna descendiera a la mesa hoy ya no podría seguir trabajando. Mañana, sí, no hay duda. Convendría que alguna de sus colaboradoras comprobara los catálogos para que ella pudiera seguir en línea recta. Está decidido: escribirá a María Ángeles mañana mismo. María Ángeles de la Rosa recibió el telegrama de doña María mientras descansaba en Santander, donde pasaba el verano. “María Ángeles, por favor, necesito que vengas a la Pobla. Te espero”. El telegrama se perdió en alguno de los traslados y mudanzas de María Ángeles de la Rosa. En aquel momento, verano de 1959, la destinataria no creía que estaba haciendo historia, aunque sí sabía que, al trabajar para María Moliner, estaba contribuyendo a sacar adelante una gran obra. María Ángeles no se lo pensó demasiado. Se encontraba con su familia y no había estado nunca en Tarragona, pero se dispuso a viajar enseguida. Tenía veintisiete años y ya había trabajado en otras ocasiones con María Moliner en su casa de Madrid, en la calle Don Quijote esquina Raimundo Fernández Villaverde. Con cierto pudor, De la Rosa recuerda que esos días se encontraba un poco débil,
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afectada por las secuelas de una indisposición estival. Pero le llenaba de orgullo que María Moliner la necesitara. Pasaría en la Pobla el tiempo que fuera necesario. Al llegar a la casa de vacaciones de doña María, Pobla Oriola —el nombre, Oriola, de reminiscencias geográficas y familiares lo adoptó como seudónimo su hijo Fernando de joven para firmar sus cerámicas y pinturas—, Moliner dijo a María Ángeles que iba a ser su invitada, además de su colaboradora. Era tiempo de vacaciones, recordó doña María, así que solo le pidió unas horas diarias de trabajo. Ni siquiera tenían que estar juntas en todo momento. María Ángeles tenía su tarea: comprobar fichas y catálogos, que podía hacer en algún lugar del patio o en su habitación, mientras la lexicógrafa seguía su propio ritmo. “Me dijo que podía ir a la playa o pasear en bicicleta. Y lo hice, pero pocas veces. La veía trabajar tanto que yo no podía relajarme demasiado. Algunas noches, cuando todos dormían, o así me parecía, yo misma seguía revisando fichas para no quedarme atrás. Ponía una toalla doblada tras la puerta, en el suelo, y así me aseguraba de que no me descubrieran”. Además de aquel trabajo artesanal, recuerda momentos de expansión, o situaciones relajadas. Durante unos días de aquel verano, María Moliner dio permiso a la empleada doméstica para que se tomara un descanso, y se quedaron en la Pobla el matrimonio Ramón-Moliner con María de los Ángeles. Para organizarse con las comidas, María propuso que ella se encargaría de hacer el segundo plato, siempre más complicado, y María Ángeles haría el primero. A María, como a muchas intelectuales, las tareas domésticas no le interesaban, y no tanto porque fueran onerosas, sino por el tiempo que le quitaban de hacer otras cosas importantes. Aun así, como todas las mujeres de su
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PRESENTACIÓN
generación, sabía hacerlas si era necesario. La cocina no formaba parte de sus devociones, pero tenía unas pocas especialidades para salir del paso. Su sobrina Matilde Arévalo Moliner recuerda aún unos panecitos con jamón serrano y algo más, probablemente tomate, que le parecían deliciosos. Los hacía en las fiestas, cuando se reunía mucha gente, y en la Pobla.
LA LUZ RECOBRADA
Moliner fue feliz en aquel rincón soleado de Tarragona a pesar del trabajo que se le acumuló en la década de 1950 y parte de los sesenta. Aquella luz que la enamoró desde el primer momento fue su regalo diario cada verano durante más de treinta años. Una luz inalterable. La luz recobrada, tras la oscuridad de la década de 1940, cuando en su vida se hizo de noche. Un tiempo de penumbra que desaparecía cuando llegaba a la Pobla. Un tiempo muerto alejado ya definitivamente de su vida. Hubo veranos en los que apenas traspasó el exterior de ese paraíso que fueron para ella el cenador y sus alrededores. En los momentos de mayor intensidad en el trabajo apenas se acercaba a la playa en vacaciones. Matilde Arévalo recuerda que su tía mantenía la piel blanca los veranos en los que trabajó en el Diccionario; no quedaba tiempo para dedicarlo al bronceado. Su hermana Matilde Moliner, madre de Arévalo, por el contrario, era asidua de la playa cuando iban a la Pobla. María estaba en otro mundo; era rehén del Diccionario, de su compromiso consigo misma, de su tozudez. El sol la acompañaba y a la vez la libraba de su tiranía: su rostro permanecía terso, sin la huella de bronceados sucesivos. Su cuerpo, en cambio, se iba
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LA VIDA DE MARÍA MOLINER
gastando, de tanto inclinarse sobre la mesa, la máquina de escribir, las fichas. Qué pena tener tan cerca la naturaleza y limitarse a observarla para dedicarse por completo a las palabras. Pero qué dicha dialogar con esas palabras y sus acepciones y pelearse con los catálogos en un lugar tan bello. El patio y los alrededores constituían en algunas estaciones del año un vergel. El masovero cuidaba la tierra, sacaba sus productos y la mantenía. Que María no pudiera dedicar parte de los veranos de la década de 1950 y principios de la de 1960 a sestear fue cosa del destino que cada uno elige sin medir o conocer bien las consecuencias. Probablemente supo que la vida estaba en las palabras. Probablemente se dio cuenta de que a pesar de la victoria aliada y de la condena del nazismo, Franco no abandonaría el poder. Y que todo seguiría igual. La misma nada. Frente a aquella indigencia moral, su mente se rebeló. Frente a la penumbra exterior, la luz interior. Sus cuatro hijos ya habían cumplido veinte años y no la necesitaban, pero ella cultivó hasta el final la coquetería de afirmar que entregó a su obra parte de la atención que hubiera querido seguir prestándoles a ellos. Mientras, la vida acontecía, la autarquía perdía fuerza y el país se desperezaba gracias al cine americano, la emigración y el turismo. Matilde Arévalo recuerda un verano en el que a los chicos de la familia que estaban en la Pobla les tocó hacer fichas, inicialmente a una peseta la hora. La década de 1950 enfilaba ya la siguiente y María Moliner no veía el fin de su obra ni daba por concluidas algunas de las tareas ya finalizadas. Porque no se trataba de hacer un diccionario más. Uno de sus mayores empeños fue revisar las definiciones de la Real Academia, redactarlas de nuevo y relacionarlas entre sí por familias. Una obra titánica.
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