E L P E R R O Q U E E S P E R A B A
H A C H I K O
L U I S P R A T S
I L U S T R A C I O N E S D E
Z U Z A N N A C E L E J
Primera edición: marzo de 2015 Esta novela ganó el Premio Josep M. Folch i Torres 2014 de novela infantil. Diseño de la portada: Mariano Rolando Diseño del interior y maquetación: La Galera Traducción de Olga García Edición: David Monserrat Coordinación editorial: Anna Pérez i Mir Dirección editorial: Iolanda Batallé Prats © Luis Prats Martínez, 2015, del texto Autor representado por IMC Agencia Literaria S.L. © Zuzanna Celej, 2015, de las ilustraciones © La Galera, SAU Editorial, 2015, de esta edición La Galera, SAU Editorial Josep Pla, 95 – 08019 Barcelona www.lagalera.com / lagalera@editorialgalera.com facebook.com/editoriallagalera / twitter.com/editorialgalera Impreso en Liberdúplex Ctra. BV 2249. Km 7,4. Polígono Ind. Torrentfondo. 08791 Sant Llorenç d’Hortons Depósito legal: B-1.554-2015 Impreso en la UE ISBN: 978-84-246-5546-4 Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra queda rigurosamente prohibida y estará sometida a las sanciones establecidas por la ley. El editor faculta a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) para que pueda autorizar la fotocopia o el escaneado de algún fragmento a las personas que estén interesadas en ello.
PRIM E R A PAR TE 1 9 2 4 -1 9 2 5
1 B a rri o de Shi buya , Tokio. ENERO DE 192 4
U
n viejo ferrocarril silbó perezosamente anunciando que salía de la estación de Shibuya hacia el sur. Segundos más tarde, el penacho de humo de su chimenea inundó toda la barriada, ensuciando el azul purísimo del cielo de Tokio. En ese mismo momento, como hacía cada mañana, el profesor Eisaburo Ueno abrió la ventana de la cocina que daba al río y sus labios se curvaron complacidos al ver que los almendros sonreían y el sol doraba sus primeros brotes. «Será una primavera como pocas», se dijo mientras ponía a hervir la tetera. Desde arriba le llegaba el chapoteo del 9
Luis Prats
agua. La señora Yaeko, su mujer, estaba dándose una ducha y tanto ella como su preciosa hija Chizuko bajarían a desayunar en poco más de diez minutos. El profesor se sentó en la silla y esperó hasta que la tetera silbó como había hecho momentos antes el tren que salía de la estación de Shibuya hacia el sur. Entonces se levantó y se sirvió el té ceremoniosamente. —Mmm... —dejó escapar mientras olfateaba la perfumada infusión, que poco después comenzó a deslizarse por su garganta. Permaneció un minuto disfrutando del aroma y luego abrió el Yomiuri Shimbun para
Hachiko
leer los titulares antes de que llegara la hora de ir a la estación y subir al tren que le llevaría al barrio de la Todai, en la Universidad de Tokio, para impartir clase. Observó el calendario de colores que colgaba junto a los grabados que el tío Ibuki les había regalado cuando se casaron veintitrés años atrás y vio que era miércoles. Entonces oyó el rumor de unas sandalias y la señora Yaeko Ueno entró en la cocina murmurando: —Acuérdate de recoger el perro cuando vuelvas esta tarde. Tu hija lo espera para hoy. —Ah, sí, el perro... —respondió él, que ya había olvidado que semanas antes habían encargado un perro akita para Chizuko—. Llegará esta noche, ¿verdad? —Sí, esta tarde ya estará en la oficina de la estación. —Hoy tengo clase de trigonometría —dijo el profesor doblando el periódico—. Puede que se alargue un poco, pero lo tendré presente. —Sobre todo que no se te olvide —replicó ella levantando un dedo—. Decepcionarías a Chizuko. Lo has entendido, ¿verdad? 11
Luis Prats
—Bueno, no se me olvidará, señora Yaeko... —gruñó el profesor Eisaburo, un poco harto del asunto del perro akita—.Te lo prometo solemnemente. De todas maneras, no olvidemos que solo es un animal, y no Su Majestad Imperial. —Lo sé, profesor Ueno —dijo su mujer—. Pero se lo prometiste a tu hija. —De acuerdo, de acuerdo —replicó él con ganas de marcharse para no empezar una batalla doméstica a primera hora de la mañana—. No lo olvidaré. Entonces se caló el sombrero en su cabeza calva como un níspero. Cogió el paraguas, la cartera, los apuntes de «Trigonometría aplicada a la agricultura», y se despidió de su mujer hasta la tarde. Al cruzar la puerta de casa invocó respetuosamente a los antepasados para que le concediesen una buena jornada, aunque quizá no fuese necesario, ya que el día era radiante. Al salir se topó con el viejo Mizuno, que sacaba la basura, y lo saludó quitándose el sombrero. El anciano rezongó los buenos días y desapareció en el interior de su casa. 12
Hachiko
«Pobre Mizuno —se dijo el profesor—. Desde la muerte de su hijo en la batalla de Qingdao no ha levantado cabeza.» Luego se dirigió a la avenida de los cerezos, giró por el camino del templo y siguió hasta la concurrida estación de Shibuya. Un tranvía pasó por su lado rozándolo, pero el profesor Eisaburo no se inmutó. Sabía que estos no podían desviarse de su ruta. En eso eran como los trenes, puntuales y fiables. Como él mismo, que nunca había faltado a una sola clase y que siempre había cumplido sus promesas, fuesen o no solemnes. Al llegar a la plaza saludó a Shuto, la vendedora de dulces, y comprobó con alegría y mirada golosa que aquel día había cocido wagashis y amnitsus azucarados. Lo miró todo con deleite y la pastelera le devolvió el saludo. —Buenos días, profesor. ¿Qué, le apetece alguna golosina? —Tal vez al volver, señora Shuto. Tal vez al volver... —respondió abriendo la puerta de la estación sin perder de vista los pastelillos, que parecía que llevasen su nombre escrito. 13