Xavier Sistach
Historia de las moscas y de los mosquitos y su influencia en el devenir de la humanidad
© del texto: Xavier Sistach, 2018 © de esta edición: Arpa Editores, S. L. Manila, 65 — 08034 Barcelona www.arpaeditores.com Primera edición: junio de 2018 ISBN: 978-84-16601-79-6 Depósito legal: B 1139-2018 Diseño de cubierta: Enric Jardí Maquetación: Àngel Daniel Impresión y encuadernación: Cayfosa Impreso en España Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida por ningún medio sin permiso del editor.
SUMARIO
Introducción
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PRIMERA PARTE Las moscas 1. Moscas: Curiosidades y enfermedades de transmisión «directa»
35
Tularemia
47
Loaiasis
49
Moscas ciclorrafas y miasis asociadas
52
Miasis
53
2. Moscas comunes, asesinas pasivas
62
Disentería bacilar o shigellosis
73
Disentería amebiana
74
Fiebre tifoidea
75
Cólera
77
3. La mosca tse-tse y la enfermedad del sueño
83
Enfermedad del sueño o tripanosomiasis africana
96
SEGUNDA PARTE Los mosquitos 1. El mosquito, el criminal más encontrado
105
Dengue
114
Fiebre chikungunya (CHIK) o artritis epidémica chikungunya
121
Virus del zika
124
Leishmaniasis
128
Filariasis y oncocercosis
136
2. El paludismo: orígenes y estado actual de la enfermedad
145
Orígenes del paludismo
152
Estado actual del paludismo
159
3. Paludismo en Europa
164
4. La quinina y los remedios actuales
189
Aplicación de la quinina
198
Los remedios modernos
203
5. Exploraciones africanas: recorridos por los ríos Níger y Zambeze
210
Exploraciones por el río Níger
212
Exploraciones por el río Zambeze
226
6. Discusiones científicas: Laveran, Marchiafava, Ross y Grassi
234
7. Paludismo en la guerra del Pacífico
260
Insecticidas y repelentes
277
8. La fiebre amarilla
284
Finlay y Reed, comprobación de la evidencia
290
9. Fiebre amarilla en Cádiz y Barcelona
305
Cádiz, 1800
307
Barcelona, 1821
312
10. Fiebre amarilla y paludismo en el canal de Panamá
326
El periodo francés
334
El canal norteamericano
343
Epílogo
355
Personajes destacados aparecidos en la obra
365
Notas
369
A la memoria de Jordi Moreno, por su bondad, por su sentido del humor y por haberme descubierto a Bach y la mĂşsica barroca
Introducción Se estima que el origen de la vida tuvo lugar hace unos 3.500 millones de años, esta sería la antigüedad de las primeras bacterias y también de los primeros virus. Mil millones de años después, a partir del Eón Proterozoico, aparecieron organismos multicelulares de cuerpo blando, los primeros protozoos, algas multicelulares y gusanos1 beneficiados por el aumento constante de oxígeno en la atmósfera, que provocó la aparición de una capa de ozono y redujo los efectos de la radiación ultravioleta del Sol. Durante la Era Primaria o Paleozoica se produjo una explosión de vida. Pero sobre todo a finales del Periodo Cámbrico, hace más de quinientos millones de años, surgió una vasta diversidad de organismos que son los antecesores de todos los tipos de organización que existen actualmente. Se cree que se formaron setenta tipos morfológicos distintos, de los cuales solo persisten una treintena en la actualidad, por lo que es de sospechar que el resto desaparecido podría formar parte de estructuras que, vistas a día de hoy, relacionaríamos con la imaginación más fecunda, directamente ciencia ficción.
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En el Periodo Silúrico, hace unos 400 millones de años, la vida conquistó la tierra firme con las primeras plantas y artrópodos, miriápodos y escorpiones, que se convirtieron en los primeros organismos terrestres. Durante el Periodo Carbonífero, más de 350 millones de años atrás, el clima tropical era mayoritario en gran parte de la Tierra y enormes extensiones fueron cubiertas por densos bosques de plantas, sobre todo helechos, lo cual creó un ambiente muy rico en oxígeno. De esta época proceden los fósiles con los primeros insectos con alas externas, insectos exopterigotos,2 que salían directamente del huevo como adultos en miniatura. Una importante divergencia con este grupo facilitó la evolución de los insectos endopterigotos,3 las crías de los cuales salían del huevo en forma de larva. Nacían sobre una planta, de la que se alimentaban hasta llegar a la fase de pupa, para emerger después como adultos completos. Se conocen fósiles de hemípteros desde el Carbonífero, y unos 150 millones de años más tarde, durante el Jurásico, ya en la Era Secundaria o Mesozoica, se diferenciaron la mayoría de las familias actuales. Sus fósiles abundan en ámbares de la Era Terciaria o Cenozoica, iniciada hace unos 65 millones de años, con más de 600 especies descritas, muchas de las cuales pueden encuadrarse dentro de los géneros actuales. Se cree que las moscas más antiguas se habrían originado durante el Periodo Pérmico, el siguiente al Carbonífero, evolucionando a partir de un grupo estrictamente relacionado con los mecópteros, conocidos como «moscas escorpiones», y se extendieron por el mundo desde mediados y finales del Periodo Triásico, hace unos 240 millones de años. Se supone que los dípteros originales tendrían una fuente de nutrición distinta del néctar, pues las flores modernas no aparecieron hasta unos cien millones de años después, durante el Periodo Cretácico.
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Parece ser que las pulgas evolucionaron de ancestros alados durante la parte tardía del Jurásico, o quizá más tarde, entre 125 y 150 millones de años atrás, justo cuando se inició la evolución de marsupiales y mamíferos. El origen de los piojos chupadores y masticadores podría derivar de un grupo ancestral no parasítico relacionado con el actual orden de los Psocoptera, conocidos popularmente como piojos de la madera y la corteza. Y estos dos grupos habrían divergido durante la parte alta del Cretácico, entre 100 y 150 millones de años atrás. El mosquito más antiguo conocido, con una anatomía similar a las especies modernas, se encuentra en un ámbar encontrado en Canadá, de una antigüedad aproximada de 79 millones de años. Una especie similar, más primitiva, se encontró en otro ámbar de 90-100 millones de años. Sin embargo, los análisis genéticos indican que las ramas del árbol filogenético de las subfamilias de mosquitos Culicinae y Anophelinae podrían haber divergido hace unos 150 millones de años. Todas estas evoluciones sufrieron drásticas interrupciones debidas a los cinco grandes cataclismos que sufrió la Tierra. En el primero, ocurrido a finales del Periodo Ordovícico, hace unos 440 millones de años, se produjo una extinción en masa, por causas desconocidas, y se calcula que desapareció el 85 % de las especies vivas. Más tarde, a finales del Periodo Devónico, hace unos 360 millones de años, sucedió una gran extinción en la que se cree que desapareció el 80 % de las formas de vida, especialmente corales, peces y plantas, reduciéndose drásticamente su diversidad. A finales del Carbonífero, 300 millones de años atrás, ocurrió la tercera y mayor catástrofe que nunca haya vivido nuestro planeta, una extinción gigantesca en la que se calcula que desapareció el 90 % de todas las especies vivas (el 75 % de las familias de vertebrados y hasta ocho órdenes completos
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de insectos)4. A finales del Triásico, hace unos 210 millones de años, tuvo lugar una cuarta extinción en masa, y desapareció alrededor del 80 % de las especies, sobre todo invertebrados marinos, corales y esponjas. Finalmente, el final del Cretácico, hace 65 millones de años, coincidió con la quinta extinción: el impacto de un meteorito de unos diez kilómetros de diámetro en el llamado cráter de Chicxulub (Yucatán, México), que fue determinante para la desaparición, otra vez, de un 75 % de la fauna existente. Las distintas extinciones en masa resultaron fundamentales para conformar el estado actual de vida terrestre, así como los cambios climáticos y sobre todo la denominada «deriva continental»: hace alrededor de 3.000 millones de años, durante el Supereón Precámbrico, empezaron a formarse las masas continentales y se unieron en un primer supercontinente, llamado Rodinia. Mucho más tarde se escindió y luego volvió a formarse un único continente, Pangea, hace unos 300 millones de años, constituido a partir de dos grandes porciones, Laurasia al norte y Gondwana al sur, rodeado todo él por un único océano llamado Panthalasa. Esto explicaba una curiosa contradicción: por un lado, una antigua glaciación en África, cerca del ecuador; por otro lado, fósiles de plantas tropicales cerca del polo norte, y también la coincidencia en la forma de los bordes de América del Sur y África, que sugerían que podían haber formado un continente único en el pasado. A principios del Jurásico, una nueva escisión volvía a situar Gondwana al sur del ecuador: América del Sur quedó aislada en la inmensidad del océano durante 80 millones de años, y a mediados del Terciario los continentes ocupaban unas posiciones similares a las actuales. India chocó contra Asia y se integró en ella, y Australia se desplazó hacia el norte y se alejó de la Antártida. Laurasia, que comprendía América del Norte y Europa, comenzó a tomar forma en el hemisferio norte.
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Las especies vivas estaban sujetas a estos movimientos continentales que separaban a unas de otras, y su evolución se hacía de manera independiente en cada porción de tierra. Pero cada una de ellas partía de troncos comunes, y es por esta razón que actualmente se encuentran especies animales en distintos continentes que se asemejan de manera extraordinaria, pues pertenecen a los mismos filos o tipos de organización de las categorías taxonómicas. Actualmente, existen alrededor de 1.800.000 especies vivas clasificadas, y se estima que todos los organismos vivos sumarían alrededor de 16.500.000 especies distintas. De ellas, 9.000.000 serían insectos. Lo más sorprendente de esta compleja historia sujeta a tantas y tantas variaciones a lo largo de centenares de millones de años, es que el registro fósil de las últimas décadas ha revelado un peso importante de la casualidad en la evolución biológica: las extinciones masivas de las especies constituyen un fenómeno indiscutible que interrumpe el gradualismo darwiniano y tiene efectos sobre el curso mayor de la evolución. Pero el azar tiene un peso decisivo tanto en la desaparición de especies viejas como en la aparición de otras nuevas, teniendo en cuenta que las grandes innovaciones ocurren siempre después de las grandes extinciones. El doctor Ramon Parés5 comenta en su obra sobre la ley de Bode que, a pesar de que la formación de planetas y satélites sea un fenómeno general en la evolución de las estrellas y los planetas, la formación de un planeta o satélite en particular siempre será fortuita. Por supuesto que, dado el gran número de estrellas parecidas al Sol, pueden existir muchos planetas Tierra paralelos; pero también puede considerarse que nuestra Tierra, donde estamos y en la que se ha desarrollado toda la historia de la vida que conocemos, podría no haberse formado jamás. Si se analiza la ley de Bode, útil para localizar planetas telescópicos, que una vez descubiertos siguen órbitas
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perfectamente previsibles, comprenderemos que esta no puede generalizarse, pues nos muestra lugares vacíos como posibles ensayos frustrados. Si fuera así, su misma existencia, y por tanto la de la Tierra, sería fortuita. Esto presupondría que toda la historia de la vida sobre nuestro planeta habría sido el resultado de un juego de azar en el que salimos ganadores. Según la concepción tradicional darwiniana, todo el mundo estaría enfrentado: el proyecto superior tiende a la victoria y el inferior al olvido; sin embargo, se ha demostrado que entre las especies extinguidas no había ninguna relación entre superiores e inferiores, y que simplemente fue el azar el que permitió la supervivencia de algunos de ellos. Si se repitiera la explosión de vida del Cámbrico, el teatro ecológico actual sería probablemente parecido. No obstante, los actores serían completamente distintos, teniendo en cuenta que la vida ha ido siempre de lo simple a lo complejo, y que donde durante millones de años hubo solo seres unicelulares, hoy en día existe gran número de especies pluricelulares. Para llegar a los orígenes del hombre habría que remontarse a la explosión Cámbrica, cuando aparecieron singulares invertebrados marinos, entre ellos un cefalocordado muy pequeño, de unos cinco centímetros de longitud, parecido al Anfioxus actual y bautizado con el nombre genérico Pikaia. Probablemente fue el fundador del filo de los cordados, que comprende a todos los vertebrados posteriores; y por tanto también al Homo sapiens, que tiene una antigüedad aproximada de 150.000 años. Actualmente, el hombre es la especie dominante de la Tierra, pero no como consecuencia de una antigua superioridad sino como superviviente afortunado de las convulsiones catastróficas del pasado, empezando porque Pikaia se salvó de la extinción subsiguiente a la explosión cámbrica. Por tanto, para llegar hasta el hombre desde Pikaia, han tenido que
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darse una larga serie de casualidades afortunadas; la probabilidad que se den todas ellas es el producto de la probabilidad que se dé cada una independientemente, y es cada vez más reducida. Y además, todo debería haberse producido en un orden determinado, con lo cual se llegaría a una probabilidad todavía menor, remota si la valoramos en todo su conjunto. Todos estos cambios han conformado el panorama actual, una diversidad de vida extraordinaria con unas relaciones entre seres vivos asombrosas. Contaba la leyenda transmitida por el derviche kurdo Ewliya-Effendi Chelebi que, «cuando el arca de Noé chocó contra una roca en un paraje cercano al monte Sindshar, se produjo una violenta entrada de agua que hizo temer a Noé por la seguridad de toda la tripulación. En aquel momento de desesperación, la serpiente prometió ayudarle con la condición de que él la alimentara. Noé aceptó y la serpiente se desenrolló, dirigió su cuerpo hacia el boquete y lo taponó. Cuando la persistente tormenta cesó y todos se disponían a abandonar el Arca, la serpiente insistió en que se cumpliera el compromiso acordado. Pero Noé, siguiendo el consejo de Gabriel, tiró el compromiso a las llamas y dispersó las cenizas por el aire. Y en ellas aparecieron las pulgas, moscas, piojos e insectos diversos que se alimentan de la sangre humana. Así fue redimido el mal comportamiento de Noé». La serpiente que iba en el arca quería que la alimentaran, y para ello Noé hubiera tenido que sacrificar alguna de las especies que precisamente quería preservar de su desaparición. La serpiente no consiguió su objetivo, pero se vengó cruelmente. La leyenda transmitida por Chelebi es muy acertada pues, efectivamente, «pulgas, moscas, piojos e insectos diversos» se alimentan de sangre humana así como de la sangre de otros mamíferos o aves, de los cuales son parásitos específicos u oportunistas. Para ser más exactos, debería-
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mos precisar que de la sangre humana se alimentan algunas especies de insectos parásitos como pulgas, piojos, chinches, moscas y mosquitos. Pero la serpiente del arca de Noé no solo condenó al hombre a sufrir las picadas de estos pequeños seres hematófagos, que consumen sangre, lo cual podría considerarse una molestia, indolora en algunos casos, o de cierta intensidad en otros, sino que esa alimentación puede suponer un intercambio mucho más peligroso y en ocasiones letal: ingerir sangre del huésped y además inocularle patógenos infecciosos, pues diversos insectos son los transmisores o vectores de este tipo de microorganismos nocivos. Efectivamente, algunas bacterias, virus, protozoos y gusanos (nematodos) pueden ser agentes causales de enfermedades para el hombre, desde procesos leves que cursan con escasos síntomas y curan por sí solos, hasta graves afecciones que requieren vacunaciones preventivas para evitarlas, tratamiento antibiótico para combatirlas o la resistencia del propio organismo para superarlas, pues en algunos casos no existe medicación específica. Muchos afectados sufren sus consecuencias, ven mermadas seriamente sus facultades o simplemente acaban muriendo, a veces de forma inmediata y súbita y en ocasiones tras un largo proceso degenerativo. Durante el proceso evolutivo sufrido por los diferentes grupos de organismos, estos han tenido que adaptarse no solo al ambiente, sino también a las condiciones impuestas por la presencia simultánea de otros organismos. Todos se originaron como seres de vida libre e independiente, pero fueron obligados a competir con otros para su existencia. Solo aquellos que desarrollaron adaptaciones y ajustes satisfactorios fueron capaces de sobrevivir. Estas adaptaciones o asociaciones entre organismos de una misma especie o de especies distintas pueden ser ocasio-
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nales, temporales o tener un carácter obligado y permanente, pues si no se establecen así, los individuos mueren. Puede ocurrir que los organismos asociados o simbiontes obtengan un beneficio mutuo, o mutualismo; que uno de ellos sea beneficiado y el otro perjudicado pero no de forma significativa, es el comensalismo; o bien que, como consecuencia de su relación, uno de los organismos resulte claramente perjudicado, como en el caso del parasitismo. El organismo causante del daño se denomina patógeno. El parasitismo es un fenómeno general de adaptación, mediante el cual muchas especies eucariotas y procariotas resuelven su existencia en la biosfera. Se puede definir un parásito como todo ser vivo que habita en la superficie o en el interior de otro organismo, denominado huésped,6 del que obtiene las sustancias nutritivas y el medio ambiente necesario para su desarrollo y multiplicación, viviendo, por tanto, a sus expensas y causándole un perjuicio. No existen diferencias esenciales entre las enfermedades infecciosas y las parasitarias, pues ambas son fruto de perturbaciones ocasionadas directamente por el agente patógeno o por sustancias liberadas por él. El parásito siempre es una especie más pequeña y más débil que el huésped, y si está bien adaptado no lo destruye inmediatamente, pues cuando esto ocurre el parásito deja de obtener beneficio. Por tanto, se encuentran en la naturaleza adaptaciones tan marcadas que sugieren que estas interrelaciones han existido durante mucho tiempo, probablemente por espacio de centenares de miles de años7. El carácter patológico de la asociación parasitaria se manifiesta fundamentalmente cuando es reciente, pues cuando lleva tiempo establecida suele llegarse a un equilibrio huésped-parásito que no es perjudicial para ninguno de los dos. La estrecha correspondencia entre las evoluciones de parásitos y huéspedes tiene mucho que ver con la especificidad del
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parasitismo, pues los parásitos son generalmente muy selectivos con respecto a sus huéspedes, y en muchos casos llegan a ser exclusivos de una única especie. De hecho, no hay apenas ninguna planta ni animal, grande o microscópico, que no cuente con algún parásito propio y no compartido. Si a esta característica se añade que algunos parásitos también son huéspedes de otros parásitos, entenderemos que su número sea notablemente alto. Las superficies cutáneas y mucosas (piel, tracto orofaríngeo, respiratorio, gastrointestinal, urogenital y epitelio conjuntivo-corneal) representan los espacios en los cuales el huésped tiene contacto con el espacio exterior y constituyen el lugar de entrada para las especies patógenas. Se denomina infección a la presencia y multiplicación de microorganismos en los tejidos del huésped; ahora bien, la respuesta de este a la infección es muy variable y depende de las interacciones de muchos factores propios del huésped y del agente patógeno. Puede oscilar desde la simple colonización de un epitelio al cual los microorganismos se hayan adherido y donde se reproducen sin producir daño tisular ni síntomas, hasta la enfermedad manifiesta. La enfermedad infecciosa es pues la expresión clínica de la infección e indica que los microorganismos no solo están presentes y se multiplican, sino que además provocan en el huésped alguna perturbación y aparecen signos y síntomas de enfermedad. Se producen alteraciones macroscópicas y microscópicas en los órganos y tejidos y se activan los mecanismos de defensa del organismo. El término enfermedad transmisible puede considerarse sinónimo de enfermedad infecciosa, ya que designa aquellos procesos patológicos que pasan de un huésped a otro por cualquier tipo de mecanismo. La predisposición del huésped a la infección estará condicionada por el grado de su inmunidad adquirida y el estado
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de sus defensas naturales, ya que el agente patógeno deberá superarlas para llegar a provocar enfermedad. Si no son capaces de hacerlo no son considerados patógenos. En ocasiones, un patógeno de especie puede no afectar a un individuo de esa especie, aunque en este caso tanto podría ser debido a una inmunidad elevada del individuo como a una virulencia atenuada del propio patógeno. El número de especies vivientes capaces de infectar al hombre y hacerlo enfermar alcanza varios centenares. En muchas ocasiones, los agentes patógenos no pueden acceder directamente a su huésped definitivo y necesitan la ayuda de los llamados vectores o transmisores. En el caso que nos interesa se trata de distintas especies de insectos, las cuales se convierten en portadoras del parásito infeccioso. En realidad, los vectores no causan enfermedades, los responsables de producirlas son sus parásitos asociados, los microorganismos que a su vez son agentes patógenos. Existen insectos que solo causan molestias por su aspecto o picadura; otros provocan reacciones locales (por contacto) o generales (por inhalación de sus restos). Algunos vehiculan enfermedades infecciosas de forma meramente pasiva, no específica8. En el resto, se trata de agentes necesarios para la transmisión de enfermedades; y su importancia es primordial, pues en su ausencia no sería posible contraerlas. Los animales vertebrados pueden adquirir el patógeno por diversas vías: infección «directa o inoculadora», cuando el agente infeccioso es introducido más o menos activamente por el insecto: por picadura de mosquitos (paludismo, fiebre amarilla, dengue, etc.) o moscas (tripanosomiasis africana); por presión de la parte posterior del tracto digestivo de la pulga (peste); por escape del parásito a través de la pared corporal del mosquito (filariasis) o por contaminación de las piezas bucales de tábanos (tularemia). La in-
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fección «indirecta» sobreviene cuando la entrada en el organismo de estos agentes patógenos es facilitada por sus heces, defecadas durante la picadura de piojos o chinches redúvidos sobre la piel del huésped y la subsiguiente penetración (tifus epidémico, mal de Chagas), o por el transporte mecánico de patógenos a través de moscas (cólera, fiebre tifoidea, disentería). Las características principales y coincidentes de los insectos picadores que son vectores o transmisores de agentes patógenos son las siguientes: aparato bucal particular, en forma de pico perforador o mandíbula que roe la piel y lo habilita para atravesar los tegumentos de su huésped; adaptaciones bioquímicas que facilitan el flujo de sangre (anticoagulantes); administración de analgésicos locales que engañan a la víctima y evitan que la picada sea sentida; percepción generalmente química (olfativa) para detectar a sus huéspedes; rasgos particulares de la conducta, como la inmovilidad mientras se alimentan. Un artrópodo hematófago necesitará hacer, a lo largo de su vida, al menos dos ingestiones de sangre para transmitir un parásito: la primera para adquirirlo de su huésped reservorio9 y la segunda para transmitirlo. Las enfermedades transmitidas de este modo requieren, por tanto, la participación del parásito patógeno, del insecto vector o transmisor y del vertebrado huésped o receptor. Algunas especies, o incluso individuos dentro de una misma especie, pueden tener inmunidad natural, ser resistentes y rechazar la infección. Por ejemplo, los humanos no se infectan con parásitos de la malaria aviar, a pesar de que algunos mosquitos del género Culex, infectados por este parásito, se alimentan con frecuencia de sangre humana. Por el contrario, los mosquitos no se infectan con los virus del sarampión o de la poliomelitis que afectan al hombre, a pesar de que
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estos patógenos hayan sido ingeridos por ellos al alimentarse de la sangre de algún huésped virémico. Para que el patógeno goce de un ambiente favorable, es necesario que los huéspedes vertebrados sean numerosos y proporcionen alimentación frecuente a sus vectores. Además, la temporalidad del huésped, su actividad diaria y la selección del hábitat determinarán la disponibilidad en tiempo y espacio de los vectores en búsqueda de huéspedes. Una vez expuesto al vector, el huésped primario deberá ser susceptible a la infección y permitir el desarrollo y la reproducción del patógeno. Por su parte, el vector deberá ser refractario a la presencia de su propio parásito y sobrevivir durante el tiempo suficiente para que este complete su multiplicación y desarrollo. Todos los vectores artrópodos son o de «sangre fría» (poiquilotérmicos), y entran en contacto con su huésped vertebrado homeotérmico, o bien de «sangre caliente», de forma intermitente, dependiendo de la temperatura ambiente. Esta es la razón por la cual la transmisión de muchos patógenos se sucede con mayor celeridad en los trópicos más que en las zonas templadas; y en estas, más rápidamente durante el verano. El objetivo de esta obra es tratar sobre las enfermedades parasitarias transmitidas por insectos, que en muchos casos han asolado al hombre desde tiempos inmemoriales y han causado terribles mortandades, a veces fulminantes, y que han modificado el devenir social, histórico y aún religioso de las sociedades que las han sufrido. Es fundamental entender que la virulencia del patógeno es variable, y esto, combinado con la resistencia del huésped, es lo que provoca una mayor o menor afectación del mismo. Hay que tener en cuenta que ninguna enfermedad epidémica ha matado al total de la población, y que sin muerte no
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existiría evolución en la Tierra. Por otro lado, los cálculos de mortalidad contemplan la muerte de gente de diferentes edades, y muchos de ellos, especialmente los mayores, podrían haber muerto de cualquier otra afección, sobre todo en los cálculos realizados en la antigüedad. Con todo, hay que tener muy en cuenta que las epidemias producidas por peste, tifus epidémico y fiebre amarilla han causado más muertes a lo largo de la historia que todas las guerras juntas, aunque no es posible contabilizarlas, ni tan solo estimarlas. Y aún más, las muertes debidas al paludismo superan a todas las causadas por peste, tifus y fiebre amarilla. Peste y tifus fueron durante siglos el gran flagelo de la humanidad y tanto pulgas como piojos fueron vectores de terribles y recurrentes epidemias. Principalmente, debe recordarse la peste de Justiniano (siglo V d. C.), la peste negra de 1348-1352, las grandes pestes de los siglos XVII y XVIII (Milán y Venecia, 1630; Barcelona, 1651-1652; Nápoles, 1656; Londres, 1665; Viena, 1679; Praga, 1681; Marsella, 1720 o Moscú, 1771), y aún de los siglos XIX y XX (Hong Kong y Cantón, 1894; Bombay, 1896; India, 1898-1908 y Manchuria, 1910-1911). Los brotes de tifus epidémico se produjeron a partir del siglo XVI, cuando fue reportado por primera vez en Europa. Los más importantes fueron los que se produjeron durante el asedio de Nápoles (1528), en la guerra de los Treinta Años (1620-1648), en la Campaña rusa de Napoleón (1812-1814); Irlanda (1817 y 1848); en la guerra de Crimea (1853-1856); durante la Primera Guerra Mundial (Serbia, 1915 y Rusia 1918-1922) y Segunda Guerra Mundial (fundamentalmente en los guetos y campos de concentración nazis). El hombre ha sufrido frecuentes fenómenos catastróficos a lo largo de su existencia, pero la única catástrofe de los tiempos históricos que pudo presentar un riesgo real de extinción fue la brutal epidemia de peste negra del siglo XIV.
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Probablemente, la población mundial pasó de 450 millones de habitantes a muchos menos de 350, y hay autores que aumentan la cifra de muertos hasta los 200 millones (únicamente en Europa murieron unos 25 millones de habitantes, la cuarta parte de su población). La escala de Foster, ideada por el geógrafo canadiense Harold D. Foster (Calamity Magnitude Scale), parecida a la de Richter para los terremotos, mide la magnitud de los desastres humanos teniendo en cuenta la destrucción física y el sufrimiento emocional. Según esta escala, la peste negra se habría convertido en la segunda catástrofe más grande de la humanidad y habría alcanzado los 10,9 grados en esta escala. Solo sería superada por la Segunda Guerra Mundial, que ocasionó una gran mortandad, alrededor de 62 millones de personas, y alcanzaría 11,1 grados. En tercera posición se situaría la Primera Guerra Mundial, con ocho millones de muertos, una magnitud de 10,5 grados. Como se ha comentado, en ambos conflictos bélicos los piojos tuvieron un papel muy importante como transmisores del tifus epidémico. Sin embargo, moscas y mosquitos son actualmente los insectos más nocivos para el hombre, como puede verse en la siguiente tabla, y a ellos está dedicado este libro, pues las enfermedades transmitidas siguen vigentes, con una importancia médica desigual y cuya erradicación no se contempla a corto plazo. La incidencia de peste y tifus es muy menor, podría decirse que prácticamente insignificante, y sería tema de otro trabajo debido a su inmensa significación histórica. Moscas y mosquitos son capaces de vehicular más de cien enfermedades entre todos ellos: muchas moscas lo hacen como transmisoras pasivas y los mosquitos como vectores «directos», inoculando la infección a través de su picadura. Paradójicamente, en la mayoría de casos, los mosquitos no sufren nin-
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guna consecuencia (excepto cuando son portadores de gusanos), simplemente transmiten patógenos sin recibir perjuicio10. Tres son los personajes primordiales de esta obra: los artrópodos vectores o transmisores (moscas y mosquitos), los patógenos infecciosos (bacterias, virus, protozoos y gusanos) y las consecuencias que la enfermedad supone y ha supuesto históricamente para el hombre. Enfermedad
Transmisor
Casos anuales o número de afectados
Muertes anuales
Regiones afectadas
Disentería bacilar (shigellosis)
Mosca
165.000.000
1.000.000
Países tropicales en vías de desarrollo o subdesarrollados
Fiebre tifoidea
Mosca
12.500.000
149.000
Países tropicales en vías de desarrollo o subdesarrollados
Cólera
Mosca
3.000.0004.000.000
120.000
Países tropicales en vías de desarrollo o subdesarrollados
Disentería amebiana
Mosca
50.000.000
50.0070.000
Países tropicales en vías de desarrollo o subdesarrollados
Enfermedad del sueño
Mosca
500.000
9.00020.000
África Central, Occidental y Oriental (de Senegal a Somalia)
Loaiasis
Mosca
13.000.000
Sin muertes
África Central y Occidental
Paludismo
Mosquito
148.000.000- 236.000304.000.000 639.000
Países tropicales y subtropicales de todo el mundo
Leishmaniasis visceral
Mosquito
500.000
Brasil, Etiopía, India, Kenia, Somalia, Sudán y Sudán del Sur, Bangladesh y Nepal
60.000
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Fiebre amarilla
Mosquito
> 200.000
30.000
África tropical y puntualmente Amazonia sudamericana
Dengue
Mosquito
50.000.000100.000.000
20.000
Países tropicales y subtropicales de todo el mundo
Filariasis
Mosquito
200.000.000 Muy limitadas
Países tropicales y subtropicales de todo el mundo
Fiebre Chikungunya
Mosquito
Variable (3,5 millones de personas infectadas desde 2005)
Muy limitadas
India, Tailandia, islas del Pacífico y del Caribe, Venezuela, El Salvador, Colombia
Virus Zika
Mosquito
Variable (1,5 millones de personas infectadas desde 2013)
Muy limitadas
Isas del Pacífico, Brasil y diversos países de Sudamérica
Leishmaniasis cutánea
Mosquito
1.000.0001.500.000
Muy limitadas
Afganistán, Argelia, Brasil, Colombia, Paraguay, Irán, Perú, Arabia Saudí y Siria.
Oncocercosis
Mosquito
18.000.000 (270.000 presentan ceguera completa)
Sin muertes
África Central y puntualmente Ecuador, Guatemala y México
Peste
Pulga
1.000-2.000
100-200
Regiones endémicas en focos localizados de África, Asia y América
Tifus epidémico
Piojo
Muy limitado (solo aumentan si aparecen brotes epidémicos)
> 10%. Entre 5070% en epidemias severas
Todo el mundo, el reservorio de la enfermedad es el propio hombre
Mal de Chagas11
Chinche redúvido
300.000
22.00050.000
Sudamérica
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XAVIER SISTACH
Este es un trabajo donde se integra y alterna historia, medicina, biología y entomología. Aun habiendo iniciado estudios universitarios en ciencias biológicas, no soy biólogo, ni tampoco médico ni historiador, por los que siento un gran respeto y admiración. Mis conocimientos fundamentales se orientan hacia la clasificación y sistemática de los insectos y muy particularmente sobre la historia natural antigua de los mismos. Siempre me han fascinado los nombres científicos extraños y a menudo difíciles de pronunciar de los seres vivos: todos los géneros en griego o latín, las especies únicamente en latín. Pero todos esos nombres hacen referencia a una particularidad concreta de cada especie animal, que en este caso se identifican con insectos, y fueron puestos por muy diversos naturalistas a partir del extraordinario trabajo de ordenación llevado a cabo por Carl Linné en su Systema Naturae (1758). Mi profesión relacionada con el mundo del libro me ha facilitado la obtención de cualquier fuente bibliográfica requerida. Esto me ha permitido disponer de un archivo documental amplísimo, de muy diversa procedencia y que he traducido directamente al castellano. En él ciencia e historia se funden y se complementan magníficamente, pues una no tendría sentido sin la otra. Un estudio de estas características, en el que se ofrece tanta información y de tan distinto origen, no hubiera sido posible realizarlo sin contar con los recursos modernos, disponibles y efectivos desde hace apenas unos años y que permiten consultar las fuentes originales y no depender de autores terceros. Casi podría decirse que actualmente nos encontramos ante un nuevo género literario, el de la revisión integral de toda la información registrada sobre la materia. La obra se divide en trece capítulos, tres dedicados a las moscas y diez a los mosquitos, en los que se reproducen «mo-
Introducción
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mentos estelares» con muy diverso contenido, repleto de anécdotas y curiosidades: los insectos vistos por los autores antiguos; epidemias de gran significado, como la fiebre amarilla de Cádiz y Barcelona o el paludismo durante la Segunda Guerra Mundial en el Pacífico Sur; los espectaculares descubrimientos científicos del patógeno y del vector que posibilitaron la lucha contra los mismos; las particularidades médicas de estas enfermedades y los remedios antiguos y modernos para hacerles frente; y finalmente las penurias, padecimientos y contratiempos que sufrió el hombre occidental cuando se adentró en territorios «hostiles», por ejemplo en las exploraciones africanas o durante la construcción del canal de Panamá. El espíritu de este trabajo pretende ser divulgativo, y su sentido se entenderá bien tras la lectura de un fragmento de la introducción de la obra de Jean-Louis-Marc-Alibert,12 uno de los fundadores de la dermatología francesa: «No dudo que los que vengan después de mí agreguen algún día a los hechos que he reunido, como yo mismo he agregado a los que encontré recogidos en las obras de mis antecesores. Las ciencias no se completan más que por los trabajos reunidos de los observadores que se suceden en la duración de los siglos, y no es dado a un hombre solo el profundizar enteramente un punto cualquiera de los conocimientos humanos». Barcelona, enero de 2018