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Preludio «Ni el maestro de capilla más competente puede conocer tan profundamente la armonía y la modulación como él... Me volverá loco si lo escucho más veces. Ahora entiendo qué es contemplar un milagro...» Al leer estas palabras, pronunciadas por el barón Von Grimm, un intelectual del siglo XVIII, todos pensamos, lógicamente, que hacen referencia a alguno de los más prestigiosos músicos de su época. ¿Tal vez a un viejo y venerable compositor de gran sabiduría? ¿Quizá a un reconocido intérprete de deslumbrante fama? Todo es posible..., pero la verdad no es esa. Su destinatario real era —¡increíblemente!— un niño. Un niño de siete años que necesitaba un cojín para llegar a las teclas de su clave. Un niño que se llamaba Wolfgang Amadeus Mozart...


El último gran viaje El 23 de septiembre de 1777, Mozart prepara las maletas y se dirige a Múnich, que será la primera escala de un largo viaje. En esta ocasión, no obstante, Leopold se ha de quedar en casa para cumplir con sus obligaciones en el palacio arzobispal y el joven músico viaja en compañía de su madre. Y en Múnich, hecho insólito hasta entonces, encuentra las primeras decepciones: algunos nobles lo rechazan y le es denegado el cargo de músico de la corte del príncipe. Las razones son difíciles de averiguar, pero quizá influyera el hecho de haberle plantado cara al arzobispo, pues se trataba de un hombre bastante poderoso. El caso es que Wolfgang, aunque enfadado, no se desanima y decide marcharse de la ciudad. No comprende por qué no le contratan, ya que, personalmente, se considera el mejor músico bajo la capa del cielo —¡y la verdad es que razones no le faltan!—.


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