SEDNA El atardecer cubierto de nubes naranjas se dejaba ver cada tanto. Siempre le había gustado ese momento del día. Cuando podía, tomaba alguno de sus tres libros viejos y trataba de seguir aprendiendo a leer, por más que a sus padres les parecía una pérdida de tiempo. El único idioma que conocía era el de Los Suelos, pero sería suficiente si podía aplicarlo en saber. Pero la cara esquelética del hombre que la violaba tapaba el cielo por lapsos infinitos. Sus ojos estaban enrojecidos por el alcohol, su boca abierta chorreaba saliva espesa y amarillenta, los dedos huesudos se engarzaban en sus caderas como pinzas vivas. Respiraba agitado, el ritmo de su cuerpo se desvanecía con cada embestida. —¿Te gusta, monstruo de mierda? Sedna no contestó. Había oído la pregunta pero no la entendía. En lugar de eso, su mente se llenó de dudas. No podía saber si le gustaba su primera vez. Tampoco entendía muy bien lo que pasaba, aunque el dolor y el miedo en carne viva le rayaban los sentidos. Tan solo había ido a la taberna a realizar una entrega, no pretendía provocar la ira de esos hombres. —Oh, a las asquerosas como tú les encanta esto. La cara esquelética dejó ver una porción de cielo. Después volvió, con un nuevo hilo de baba que estaba a punto de caer. Quiso sentir asco, pero se dio cuenta que de a poco se despojaba de cualquier impresión. Las risas y los gritos de ánimo de los demás no le daban mucho margen para pensar. 7
—¡Vamos, Rolg! Rolg. Tal era el nombre de la cara esquelética. Su padre una vez le había reparado una bota y su madre le había cosido la manga de una camisa de trabajo. Pero ahora la violaba, gritándole monstruo a la cara. Yo no hice nada. Mis piernas son mis piernas, nada más. Sedna Alen repasó los hechos en busca de un error. Una pequeña rotura había revelado un tobillo con escamas verde claro. Se preguntó en qué momento se la habría hecho, pero no logró dar con una respuesta concreta. Llegado el caso importaba poco, porque la ira y el revés ya habían despertado. Volvieron a llenársele los ojos de lágrimas cuando un segundo se desabrochó los calzones. Gimió sin ganas al sentirlo adentro. La humedad de la sangre lo dejó moverse con comodidad. Aún así la embestía con golpes furiosos. El dolor de la entrepierna la obligó a apretar los dientes. —¡Castigo de los dioses! —había gritado el tabernero con los ojos desorbitados. —Castigo de los dioses —susurró con lascivia el segundo. Era de hombros anchos y tenía la barba mal recortada. Su mata de pelo oscuro tapaba más cielo que el de la cara esquelética. La taberna había reaccionado como si Sedna estuviera en llamas. Las sillas y las mesas apartándose resonaron con chirridos iracundos, y la joven no pudo hacer más que quedarse quieta. Cuando quiso hablar, explicar que no tenía intención de hacer daño o de ser señalada con temor, el sargento de la reina le apuntó con un dedo enguantado y gritó: —¡Largo de aquí o te pasaremos por la espada! Ahora ese mismo caballero estaba de pie a un costado, con media sonrisa en la cara y el casco bajo el hombro. Había mencionado que ni loco se la metía a una jenízaro, pero que no perdería oportunidad de ver sufrir a una criatura tan asquerosa. Los dioses eran justos, y por algo le habían llenado las piernas con escamas de pez. 8
No son más que escamas, quiso explicar. No hacen daño a nadie. Le habían crecido hacía un año, y esconderlas hasta de sus propios padres había sido un sacrificio. No les había dado tanta importancia, a pesar de que sabía lo peligroso que era dejarlas a la vista. La suerte duraba poco cuando se era desdichada, más cuando los ojos de los hombres buscaban enterrar sus miedos. —Como te atreves a vivir entre nosotros —le dijeron. Había salido corriendo de la taberna, pero no llegó ni a la esquina cuando una mano pesada y llena de callos la aferró con fuerza. Ahora estaba en un callejón, pero lo mismo sería estar tirada en medio de la calle principal: nadie haría nada por una jenízaro, una medio humana que no merecía pisar la tierra más que para morir. No había podido contarlos, así que no podía prever cuánto duraría aquello. Casi no advertía la cara hinchada por los golpes y veía borroso por el ojo izquierdo. Volvió a sentir más sangre resbalándole hasta el culo, dejando una mancha que la tierra se encargaría de absorber. Los muslos acalambrados por la fuerza de resistir le parecían de plumas, y la blusa, húmeda de transpiraciones ajenas, se le pegoteaba al estómago como una piel obscena. A pesar de los gritos y las risas, se oía con claridad cada empuje dentro suyo, la carne punzando un poco más. Las escamas no llegaban hasta allí, no podían protegerla por más horribles y atroces que fueran. Un aliento pesado le llenó la oreja, y el segundo se levantó con una sonrisa desdentada y la verga fláccida. —Oh, mírenme, soy un libertador de bestias. Rieron y un tercero empezó a desabrocharse con rapidez. Pero el sargento, Justicia de la Reina y Protector Designado del Pueblo, se interpuso. —No —dijo dejando el casco en el suelo y quitándose la falda de la armadura—, quiero enseñarle como es coger con un caballero. 9
Se elevaron algunos vítores y un joven imberbe vació su jarra de cerveza en la cara de Sedna. Lo recibió gustosa porque no podía soportar más el pegote de los hombres, y sintió una tristeza mezquina porque no le había tirado el líquido en la entrepierna. Miró a su alrededor para ver si la ayuda de la que tanto hablaban las canciones y los relatos aparecía en algún momento. —Deberías haberte largado en cuanto viste los signos de tu transformación —le decía el sargento mientras se le ponía encima. Su erección resaltaba en sus calzones como un dedo en el lugar incorrecto—. Tu padre me hizo el calzado con el que camino hoy en día y tu madre resultó ser una buena puta cuando le di media moneda de bronce. Veamos que tal resultó su hija. Sedna aplacó el dolor pensando en el poema que alguna vez había tenido en sus manos, en la cascada con la que había soñado una vez, en sus tres libros que había comprado ahorrando día a día y trabajo tras trabajo. Fue tan poco efectivo como encontrar cariño en sus padres. Volvió a mirar el cielo para darse cuenta de que la oscuridad de la noche iba ganando terreno. El naranja de las nubes ya casi no se notaba, no había estrellas por las cuales guiarse. Cerró las manos en puños débiles y abrió la boca con intención de gritar, pero un golpe de hierro le sacó un diente. Tanteó el hueco con la lengua y se sorprendió de poder sentir más dolor. Perdió más lágrimas en un llanto inservible y corrió la cara a un costado. Ya no quería ver un cielo que nunca iba a alcanzar. Después del sargento hubo más hombres. Tuvo las caras de todos frente a ella y recordaría el olor de los alientos que le habían revuelto el estómago. Cada palabra sería marcada a fuego en su conciencia, una lengua entre sus pechos sería la gracia de su rencor, una mandíbula cerrándose en su cuello le 10
sellaría el espíritu, manos buscando sus nalgas retraerían sus energías. Cuando terminaron hubo escupitajos y algunas patadas aisladas, pero fueron las menos porque el cansancio al final había llegado. Sin embargo, dolieron igual. Después, cada hombre retomó su vida. Todo el pueblo escuchó un trueno lejano, excepto la muchacha violada que yacía en un callejón oscuro y ceniciento. Había perdido la conciencia, y esa fue toda la misericordia que recibió en el día. *** Agradeció la lluvia. No a los dioses. Tampoco a la naturaleza. No supo a quien, pero la agradeció. Abrió los ojos como pudo y el izquierdo se quedó a mitad de camino. Cada gota que le caía le dolía como si fueran más golpes. Flexionó los dedos de las manos, se acomodó la blusa con movimientos lentos. Sintió una punzada abajo del pecho y se preguntó si no tendría rota alguna costilla. Miró sus piernas con alivio. Mientras estaba inconsciente había soñado que se las cortaban con sierras de leñador. Las movió, cada una por separado. La pollera estaba desgarrada en varios lugares y del pantalón no había rastro alguno. Tampoco vio sus botines de trabajo, un calzado viejo y desgastado que hacía meses que era basura. Pero el dolor verdadero llegó cuando quiso levantarse. Fue un tirón en la entrepierna, una rigidez inusitada que la obligó a tirarse en el charco de barro y agua que había sido su descanso. Llevó una mano a ese lugar y sintió humedad e hinchazón, vergüenza y miedo. ¿Qué me hicieron? No quería llorar otra vez, pero no pudo evitarlo. Sus lágrimas hicieron más grande el charco. Se las quiso limpiar, 11
pero la cara estaba tan inflamada que tocarse le dolía. Tendida boca arriba miró el cielo negro que no veía. Ni siquiera podía gritar pidiendo ayuda, aunque tampoco quería hacerlo. ¿Y si vuelven? Se dio cuenta de que no le importaba, y eso estaba mal. Tenía que importarle. Pero no conseguía hacer equilibrio entre el dolor y el miedo, organizar el sufrimiento y cambiarlo por algo útil. Estaba perdida en el pueblo donde había vivido siempre. Nunca había pisado más allá de los campos conocidos, de las callejuelas de tierra compactada que todos los días recorría. Desde pequeña se había limitado a vivir entre los vecinos y sus padres, nada más. Y aún entre su pueblo, no tenía adónde ir. Hizo un segundo intento por levantarse. El dolor fue menos, un tirón sordo entre sus piernas. Se preguntó qué misterio grande había en el sexo si era tan doloroso y humillante. Sin embargo, entendió por qué las personas lo escondían. Al parecer, practicarlo implicaba ser otro, y a veces ese otro tenía que permanecer invisible. Cuando estuvo de pie le pareció que un reguero de agua le bajaba por las piernas. Pero también podía ser sangre. Seguro era sangre. No le importó demasiado, todavía tenía su casa. Tal vez sus padres la ayudaran. No, no van a ayudarme. Dioses, no van a ayudarme y ni siquiera me darán consuelo. Dio un paso tambaleante y apoyó una mano contra una de las paredes de la taberna. Escuchó el retumbe sordo de una juerga en pleno apogeo y supo que adentro estaban sus atacantes. Tuvo miedo. Se imaginó que salían y volvían a verla, que todavía no estaban colmados y querían más de lo que ella tenía. Llegó a sus oídos un ruido de vidrios estrellados. Después volvió a la tristeza de saberse sin fuerzas. En la calle antes polvorienta no había nada ni nadie. La tormenta arreciaba con ráfagas de agua que obligaban a todos 12
a esconderse en sus casas. Sedna Alen vio algunas ventanas iluminadas por velas tenues. Descalza, sin más fuerza que las de una enferma, empezó a guiarse a pesar de la oscuridad. Fue un camino corto, porque el pueblo no era grande. Cuando llegó a su puerta estaba desecha en harapos en lugar de ropas, respiraba como si su corazón se hubiera achicado, y el pelo empapado apenas le dejaba lugar para ver con claridad. Estaba a punto de llamar golpeando, cual forastera que quisiera refugio. Gimió para reprimir lágrimas. Las paredes grises la recibieron con un poco de calor. Dos goteras resonaban; una contra el suelo, la más ferviente en una vasija resquebrajada. Las tres velas encendidas daban luz suficiente para ver a su madre mezclar verduras resecas en un cuenco viejo. —Llegas tarde —le dijo sin levantar la mirada. ¿Qué le decía? ¿Qué la habían atacado? ¿La habían atacado? Sabía menos de lo que sentía. —Madre, tuve un problema. En realidad fueron varios, pensó. Pero no los conté. La señora de busto prominente y cintura holgada siguió removiendo la cena insulsa con manos lentas. Su pelo estaba enmarañado, en todo el día no se lo había peinado. La boca era una línea fina con comisuras agrietadas, las mejillas no escapaban a las mismas arrugas. —Espero que haya sido tan grave como tu retraso. He tenido que preparar la cena. Decirle preparar a semejante porquería revolvió el estómago de Sedna una vez más. —Madre… Y no dijo nada más. Esperó por siglos recibir una mirada. Cuando se la dio, la expresión de su madre cambió tan poco que la joven decidió huir de esa casa. Iba a morirse en otro lado. 13
—Pero… ¿qué sucedió? Estás dejando sangre en el suelo —dijo su madre con el tono que reservaba para negociar con un cliente. Sedna no sabía identificar si como puta o como costurera, aunque tal vez fuera igual en ambos casos. Bajó la mirada y vio cómo el rojo diluido formaba un charco impreciso. No sentía dolor, aunque un hormigueo lejano la amenazara con futuros padecimientos. Trató de apretar los puños para darse valor, pero los aflojó en cuanto su madre se encontró con las piernas y las escamas. —Eres… Eres… —titubeó. —Soy una jenízaro, sí. Hace un año ya. A pesar de la desesperación su voz fue tranquila. Medida y suave como la caricia de alguna hoja en el aire. —Eres un monstruo —terminó por decir. —Soy tu hija. Pero semejante respuesta fue peor. La mujer abrió la boca en un círculo tembloroso y dio dos pasos atrás. Sus manos sucias se levantaron a la altura del rostro, como si quisiera protegerse de una atacante desconocida. —¿Me tienes miedo? —quiso saber la joven—. Por lo menos demuestras algo. La respuesta no llegó nunca. En lugar de eso, su padre apareció desde la oscuridad. El poco pelo que le quedaba a los costados de la cabeza le caía sin vida sobre las orejas. Su cuerpo consumido por los años y las desdichas se quedó medio erguido al costado de la mesa. La nuez del cuello se le movía arriba y abajo por la fuerza de la rabia. —¿Los provocaste? Sedna abrió los ojos lo más que pudo, aunque el izquierdo le provocó un tirón que la obligó a soltar una lágrima. —¿Por qué dices eso? —Hombres de este pueblo no harían tal cosa —dijo señalando el charco en el suelo. 14
¿Tal cosa?, se preguntó. —Padre… me atacaron, me hicieron daño. Me duele. No quería decir violación. Tampoco padecimiento, miedo, odio, sufrimiento. Era como hablar con una pared vieja y descascarada, indiferente incluso al tiempo. Una pared que se dejaba combar cada día más, sin siquiera sostener su entorno porque se había cansado muy pronto de todo. Incluso de su única hija. —Los dioses no te hubieran marcado de esa manera si fueras inocente. No pudo decir nada. —Eres un monstruo —terminó su padre con voz recia. —¿Es porque me tuvieron solo a mí? —preguntó Sedna con el rostro abatido—. ¿Porque mi nacimiento te quebró por dentro, madre? Pero la mujer prefirió no contestar. Dio otro paso atrás sin bajar las manos. Esa vez parecían máscaras para su rostro deformado por la tristeza y el desconcierto. —No fue por nada ni por todo —dijo su padre—. Simplemente eras una para nosotros y nunca saldríamos de esta pobreza. La joven comprendió con pánico como hablaba en pasado. O la daba por muerta o por exiliada. Quiso gritar que no fue su culpa, que nacer estaba en su camino como respirar y caminar, que sus intenciones no eran que su madre sangrara más de la cuenta, de romper sus entrañas para que no pudiera albergar más niños. Pero eso le serviría tanto como una hoja de parra en medio de la tormenta del exterior. La habían despreciado desde siempre y ahora tenían una buena excusa para apartarla de sus vidas. Sería lo mismo sin ella. Incluso podrían tener una mejor economía familiar. Sin embargo el sentimiento de desgracia no se iba, y cayó de rodillas con la cabeza laxa mirando al suelo. Se prometió 15
no suplicar, pero lo estaba haciendo antes de cumplirse algo por única vez en su vida. Arrastrándose, trató de llegar a los pies de su padre, gimiendo y marcando manos húmedas en la madera polvorienta. Le dieron como respuesta una bolsa de cuero a medio llenar. Su madre le dejó sus botas negras y se alejó como si su hija estuviera a punto de estallar en llamas. Era costurera y una puta mediocre. Su padre la miró desde arriba con los ojos secos pero iracundos, echándole encima la culpa de sus fracasos. Era zapatero, pero no era rico ni bueno. —No —pudo decir Sedna en voz baja. —Lo siento, pero así es como debe ser. No lo sientes, ese es el problema, padre. La joven se aferró a una pata enclenque de la mesa. Cuando estuvo de pie, la casa se le hizo demasiado pequeña, el techo estaba a punto de bajar como la maza de un dios. Dejó colgar la bolsa de sus dedos, sopesando que debía tener agua y un poco de pan. No se preguntó hasta donde llegaría, porque no habría suficientes kilómetros para alejarla de los recuerdos. Se calzó las botas con lentitud débil y rozó sus escamas mientras lo hacía. Se concedió un momento para odiar sus piernas, pero el tiempo se le escurría. No quería perderlo más. Al levantar la vista, sus padres estaban uno al lado del otro sin siquiera rozarse, tan solo con las espaldas cansadas y las miradas desconcertantes de quienes no saben bien lo que sucede. —Aquí no volveré. Me gustaría que lo sepan —dijo Sedna entre sollozos. No hubo respuesta. Mostrarse fuerte no fue una elección consciente. Anadeó hasta la puerta con lentitud. Sentía reavivarse el ardor de su entrepierna. No le dio tanta importancia porque otras cosas dolían más. Al bajar, el picaporte le concedió un 16
chirrido como saludo, que sumado al silencio de sus padres fue la prueba de su realidad. —Nosotros no pedimos esto —dijo su padre. Su voz, siempre grave, la enfureció. —No, claro. Pero no eres tú el que sale a la tormenta. Para Sedna Alen no hubo más palabras en esa casa. Abrió la puerta y no agradeció la lluvia para calmar su furia y su tristeza. ¿Qué la calmaría a partir de ahora? Tal vez no lo supiera nunca.
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