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John Mortimer

Un paraĂ­so inalcanzable TraducciĂłn de Magdalena Palmer

Libros del Asteroide a

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Primera edición, 2013 Título original: Paradise Postponed Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamos públicos. Copyright © Advanpress Ltd 1985 © de la traducción, Magdalena Palmer Molera, 2013 © de esta edición, Libros del Asteroide S.L.U. Fotografía de cubierta: © Joe Daniel Price Fotografía del autor: © Murdo Macleod Publicado por Libros del Asteroide S.L.U. Avió Plus Ultra, 23 08017 Barcelona España www.librosdelasteroide.com

ISBN: 978-84-15625-27-8 Depósito legal: B. 4011-2013 Impreso por Reinbook S.L. Impreso en España — Printed in Spain Diseño de colección y cubierta: Enric Jardí

Este libro ha sido impreso con un papel ahuesado, neutro y satinado de ochenta gramos, procedente de bosques correctamente gestionados y con celulosa 100 % libre de cloro, y ha sido compaginado con la tipografía Sabon en cuerpo 11.

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Ă?ndice

Nota del Autor

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Primera parte

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Segunda parte

77

Tercera parte

169

Cuarta parte

269

Quinta parte

353

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Para Penny, Emily y Rosamond

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Nota del Autor Hará unos tres años, almorzaba con Bryan Cowgill en Thames Television cuando me sugirió que escribiese una historia sobre el periodo comprendido entre la posguerra inglesa y nuestros días. Al principio me sentí intimidado, pero después creí encontrar el modo de abordar el asunto. Me embarqué en la extraña operación de escribir dos versiones de Un paraíso inalcanzable, una en forma de novela y la otra como una serie de episodios de una hora de duración para la televisión. Me gustaría aprovechar esta oportunidad para agradecer al señor Cowgill su original sugerencia, a Thames Television su apoyo a lo que apenas era un esbozo y a Jacqueline Davis sus ánimos incesantes durante la redacción de ambas obras. Enero de 1986

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Primera parte En las casas los pianillos estรกn cerrados, un reloj suena y todo lo arrastra la temible riada de la historia, que nunca duerme o muere, y, sostenida un instante, la mano quema. De Look Stranger, XXX W.H. Auden

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1. La muerte de un santo

—He soñado algo desagradable —dijo el anciano. —¿Qué? —Creí que ya habíamos superado todo eso en el primer año de teología —parecía desconcertado—: Dios en una nube, con una especie de bombilla rosa detrás de la cabeza. Estaba ocupadísimo —era evidente que no sentía simpatía alguna por la conducta que estaba a punto de describir— ¡juzgando gente! Separaba las ovejas de los cabritos, ese tipo de cosas. —No te preocupes. —Estaba rodeado de querubines. A tu madre le habrían parecido de una vulgaridad espantosa. No les habría dejado sitio en la vitrina de la porcelana. —No es verdad —dijo el hombre más joven. —Supongo que no. No tardaré mucho en averiguarlo. El anciano llevaba un pijama de franela a rayas y estaba acostado en una cama iluminada por el sol. Era alto y delgado, lo que le había conferido, a lo largo de su vida, un aspecto de águila enfurruñada. Ahora, a los ochenta años, con el cabello blanco y más flaco que nunca, resultaba casi hermoso. Se llamaba Simeon Simcox y era rector del pueblo de Rapstone Fanner. El dormitorio de la rectoría, sin embargo, no tenía nada de

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eclesiástico. No había crucifijos ni breviarios junto a la cama. Como el resto de la casa, estaba decorado con una austeridad que delataba ciertos reparos nerviosos ante la idea de adornos u ostentación, y contaba con unas pocas porcelanas sobrias, un arcón de William Morris y un paisaje de Paul Nash por toda decoración. No obstante, en aquella habitación había más comodidades de las que podía comprar el estipendio de un clérigo de la Iglesia anglicana. En el tocador, junto a los cepillos de plata del rector, había algunas fotografías familiares enmarcadas: sus dos hijos con bermudas y el pelo corto en el jardín de la rectoría; Simeon Simcox y su esposa, Dorothy, el día de su boda ante la iglesia de Rapstone, él con alzacuello y traje de tweed, ella con un vestido de seda deliberadamente antinupcial, expresión algo divertida y vagamente «artística». También había un amarillento grupo victoriano formado por miembros de su familia y una selección de empleados leales posando ante la cervecera local, encima de cuyas puertas, una entrada para barriles y caballos de tiro, una placa dorada anunciaba: «Cervezas Simcox». El otro ocupante de la habitación rozaba la cincuentena y era un médico que se encontraba allí en calidad de hijo. Fred Simcox vivía solo en el piso de encima de su consulta y dedicaba casi todo su tiempo libre a tocar la batería y escuchar antiguos discos de jazz. Al mirar a su padre sintió un gran afecto por el anciano, que parecía encarar la muerte, como tantos otros acontecimientos de su prolongada vida, con una perpleja buena voluntad no exenta de tenaz obstinación. Pensó, casi por primera vez, que entendía lo que su padre le decía y eso le hizo sonreír. Pero la broma, si de eso se trataba, llegaba demasiado tarde, como algo gritado desde la ventana de un tren una vez concluidas las incómodas y prolongadas despedidas y después de que, para alivio de todos, el guarda hubiera tocado el silbato. En cualquier caso, estaba sentado junto a la cama de su padre y se interesó.

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—Lo ridículo era… —Quizá no fuese una broma. Simeon estaba verdaderamente trastornado—. Dios se parecía mucho al doctor Salter, un no creyente que ni siquiera lleva barba. Pensarás que Salter no guarda el menor parecido con Dios, pero la semejanza era asombrosa. —¿Has dicho que separaba las ovejas de los cabritos? Simeon Simcox frunció el ceño, disgustado. —Había algún juicio en marcha. —No deberías preocuparte por eso. —¿No? —Claro que no. —¡Juicio! —El rector volvió la cabeza hacia su hijo menor y habló con débil apremio—: Me gustaría que supieras que no ha sido tan sencillo. —Y luego su voz sonó más lejana, como si el tren ya partiera de la estación—. Ni la mitad de fácil de lo que haya podido parecer.

El valle de Rapstone está solo a unas dos horas en coche del oeste de Londres, pero sus habitantes se han librado, sin duda durante más tiempo del que se merecen, de la lenta aunque inexorable marcha de la civilización. En lo alto del valle la carretera se bifurca: una parte sigue hacia el sur, a Rapstone Fanner, y la otra hacia el norte, a los pueblos de Skurfield y Picton Principal. Si se contempla el paisaje que se extiende bajo el cruce, se ven bosques de hayas, espesos setos y maizales, la ocasional cubierta de tejas en los edificios de piedra y ladrillo, un grupo de graneros y la lejana torre de la iglesia de Rapstone. Tras un conocimiento más profundo del lugar, quizá se descubra que las casitas de piedra se han rehabilitado para alojar a una estrella del pop o una pareja de publicistas, y que el tejado de lo que parece una granja cobija ahora una piscina cubierta con sauna, donde los invitados se desploman como atolondradas marsopas después del almuerzo dominical. Estos asuntos se tratan con discreción.

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A primera vista, el valle de Rapstone es algo inesperadamente aislado e ininterrumpidamente rural; un corredor que se ejercita en solitario es el único indicio externo de contaminación urbana. Al igual que con el paisaje, los cambios en el pueblo de Rapstone se dan detrás de sus muros, conservados con esmero para aplacar a los urbanistas. Es cierto que lo que antes fue una tienda se ha transformado, con habilidad y mucho dinero, en una casita de fin de semana con un bmw aparcado ante el muro del jardín cubierto de aubrecias. También la antigua escuela, cuya campana todavía se conserva en lo alto de la torrecilla, ha sido tomada por dos señoras de cabello gris y voces atronadoras que ilustran libros infantiles. En realidad, los únicos edificios institucionales que siguen como siempre son la iglesia, con su torre normanda, su tumba del siglo xvii y los añadidos victorianos, y la rectoría, a la que se accede tras cruzar la portalada abierta, pasar los laureles oscuros y polvorientos que flanquean el breve camino que lleva al porche ojival neogótico y entrar por una puerta que nunca se cierra con llave. El día del funeral del rector había un número inusitado de coches aparcados frente a la rectoría y alrededor del cementerio, así como un puñado de periodistas y un par de fotógrafos, pues a lo largo de su vida Simeon Simcox había alcanzado una fama, mala fama dirían algunos, que superaba las fronteras de su parroquia. —Nada hemos traído al mundo y, sin duda, nada nos llevaremos —dijo el reverendo Kevin Bulstrode, vicario de Skurfield y encargado de la ceremonia por la inevitable ausencia del rector de Rapstone. Un susurro furioso y áspero salió de entre la congregación: —Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo tornaré allá. El vicario de Skurfield, que pronto también se haría cargo de Rapstone cuando las parroquias se integraran en un nuevo plan de «racionalización», intentó pasar por alto la interrupción.

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—El Señor nos da y el Señor nos quita, bendito sea el nombre del Señor —prosiguió con valentía. El que interrumpía calló un instante. Era un hombre de algo más de cincuenta años, alto, grueso, pelirrojo moteado de gris, cuyos acuosos ojos azules y una expresión de descontento perpetuo le daban un aire de iracundo capitán de barco jubilado. Llevaba un grueso traje de tweed pese al calor de finales de verano, así como una pesada leontina de oro y un brillante pañuelo de seda que colgaba del bolsillo de la americana. Cuando Henry Simcox, el primogénito del difunto rector, había publicado su primera novela, se le había relacionado con un grupo literario de jóvenes airados; ahora era más bien un gruñón de mediana edad. Antes sus ideas políticas se consideraban tan rojas como su cabello, ahora él advertía de la amenaza de la izquierda y denunciaba en los periódicos dominicales la desintegración moral de la vida en Gran Bretaña. En sus artículos nunca dejaba de denunciar el abandono, por parte de la Iglesia anglicana, de la Biblia del rey Jacobo y las antiguas formas de oración, aunque su conocimiento de estos temas no fuese del todo fiable. —Cállate, Henry —le había susurrado nerviosamente su esposa Lonnie, sentada a su lado, cuando él interrumpió al vicario, pero Henry farfulló para sí: —¿Por qué nuestro moderno Rev Kev tiene que castrar sin más el devocionario? Lorna (Lonnie) Simcox no solo estaba preocupada por las protestas litúrgicas de su marido. De cuando en cuando volvía la cabeza durante las oraciones. Tenía plena conciencia de que ella era, como se diría, la señora de Henry Simcox número dos, la Numero Due, y que la uno estaba sentada unos bancos más atrás, mirándola, suponía ella, con estudiado desprecio. En realidad, Agnes Simcox, la primera mujer de Henry, de soltera Salter y única hija del difunto doctor Salter a quien el rector sorprendentemente había confundido con el Todopoderoso en uno de sus últimos sueños, solo veía una nebulosa porque

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se había olvidado las gafas en el coche. La miopía se sumaba a su habitual expresión de desprecio irónico, por lo que parecía presenciar una representación teatral que había decidido que le disgustaba. Estaba arrebujada en una gabardina con cuello de piel, más vestida para el interior húmedo y con corrientes de aire de la iglesia que para el soleado exterior. Tenía cuarenta y muchos años, pero cuando un rayo de luz se filtraba por la ventana y le daba en la cara el golpe solo era moderadamente cruel; en conjunto, el paso del tiempo había causado menos estragos en su belleza de lo que ella tenía derecho a esperar. Agnes pensaba un poco en su pasado, en cuánto hacía que conocía a los Simcox y en los días de su infancia, aunque sobre todo deseaba fumarse un cigarrillo. Oyó decir al vicario: «Estoy seguro que ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles…» y oyó «Estoy convencido de que ni la muerte…» que corregía lúgubremente Henry Simcox, su exmarido. El reverendo Simeon Simcox estaba encerrado en una caja oblonga, rodeado por estas personas y otros residentes del pueblo. Allí estaba lady Fanner, con la cara maquillada de un blanco cadavérico, una cabeza que parecía sostenida por la gargantilla de perlas y una boca semejante a una pequeña herida. Jackson Cantellow, el abogado de la familia Simcox, se sumaba a todas las oraciones, que conocía tan bien como los trámites de su oficio, y el deán estaba allí en representación del obispo. También había en la congregación algunas de las esposas de Rapstone Fanner, comparativamente unas recién llegadas, cuyos maridos estaban ocupados en sus despachos londinenses, mujeres grandes y saludables que llamaban a sus hijos «la prole» y bebían brandy en sus reuniones benéficas matinales porque les aburría estar solas en el campo. Quedaban pocos, poquísimos, residentes de los de antes, los que no se desplazaban a Londres para trabajar; uno de ellos era el viejo Percy Bigwell, apodado «Paloguisante» por sus piernas arqueadas y los dos bastones con que había cruzado el pueblo, con lentos movimientos de

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cangrejo, para rendir su último homenaje al rector. Entre esas personas había desconocidos junto a caras familiares, algunos avejentados políticos laboristas, periodistas, presentadores y representantes de distintos grupos y movimientos relacionados con diferentes campañas por la paz, los prisioneros políticos y la igualdad racial de los cuales Simeon Simcox había sido un célebre defensor durante años. Poco después de iniciarse el servicio, un voluminoso Rover oficial con una chófer al volante pasó la señal que coronaba el valle y descendió rápidamente hacia Rapstone. Sentado solo en el asiento trasero había un hombre de evidente importancia vestido con traje y corbata negros. A diferencia de los políticos «progresistas» ya reunidos alrededor del ataúd del difunto rector, el Muy Honorable diputado Leslie Titmuss era un miembro importante de la administración conservadora: un hombre pálido de ojos inquisitivos, casi incoloros, que pese a las entradas y los rasgos adustos había conservado, desde su infancia en el valle de Rapstone, una expresión de picardía juvenil. Estaba inclinado hacia delante, como si llegase tarde a una cita, y cuando el coche se detuvo ante la iglesia abrió la puerta y se apeó de un salto con la impaciencia del hombre siempre ansioso por parecer enérgico ante los fotógrafos. Cuando se dirigía a la entrada del camposanto fue abordado por un periodista que merodeaba por allí y enchufó una sonrisa instantánea. —¡Ministro! —El periodista agitó un cuaderno—. No esperábamos verlo en el funeral de un clérigo izquierdista. —Ciertas cosas trascienden las diferencias políticas. Simeon Simcox era un gran hombre, un viejo amigo de la familia y una extraordinaria influencia en mi vida. Gracias, caballeros. Después de soltar el discurso, Titmuss apagó la sonrisa y entró apresuradamente en la iglesia. Fred Simcox y su madre hablaban en susurros cuando el reverendo Kevin Bulstrode subió al púlpito. A Dorothy Simcox se la veía afligida. Su cabello, que como el de su primogénito había

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sido cobrizo pero se había vuelto gris, estaba algo revuelto. El pañuelo de seda que le rodeaba el cuello parecía alejarse flotando mientras ella miraba con furiosa concentración una de las coronas que adornaban el ataúd de su marido. Era un ejemplar gigantesco y caro, un gran círculo de hojas oscuras salpicado por las blancas trompetas militares de los lirios y las lanzas de los gladiolos, la clase de objeto que un ostentoso jefe de Estado dejaría en la tumba de su soldado desconocido. —¡Es espantosa! —se quejó Dorothy Simcox. —Solo es una corona, madre. —Tu padre la hubiese aborrecido. —A lo mejor ni le hubiese importado. —¿De dónde habrá salido? Fred no respondió a su madre. Se había vuelto al oír la puerta de la iglesia y pasos en las losas. El Muy Honorable Leslie Titmuss se había unido a la congregación. —Para Simeon Simcox —decía Bulstrode— la Iglesia anglicana no era la clase dirigente en oración, sino la fuerza del progreso en marcha. Uno de los muchos obituarios de la prensa nacional sugiere que quizá tuviese algo de santo. En tal caso, sería un santo con pipa y esa americana de tweed con coderas de piel que acabamos queriendo y conociendo tan bien, un santo muy solidario, tanto si estaba en la base de misiles de Worsfield como orando ante la comisión sudafricana. Dorothy seguía mirando la corona con horror incrédulo y apenas escuchaba las bienintencionadas palabras que salían del púlpito. —Uno de sus parroquianos, nuestro viejo amigo Paloguisante Bigwell, tendrá la última palabra para definir al rector: «Nuestro rector era la bomba, ¿verdad?», me dijo Paloguisante. Bueno, quizá no sea la descripción que usaríamos todos. —Pues no, para un pacifista acérrimo —susurró Henry a Lonnie. —Pero, ¿sabéis?, creo que Simeon lo habría entendido. Hoy nos hemos reunido aquí para decir adiós a «la bomba».

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Después de las exequias muchos de los congregados —algunos charlando, otros fumando, todos aliviados de que lo peor hubiese pasado— se apiñaron en la rectoría, donde se encontraron con la expresión consternada de Dorothy. Henry Simcox se apartó del gentío para el que a todas luces su madre no había preparado nada, y fue al armario de la esquina, el de al lado de la cristalera; lo encontró casi vacío. —Hará falta un milagro —dijo a Lonnie— para dividir una botella de jerez estrictamente antiapartheid y no sudafricano entre este sediento cortejo fúnebre. No creo que él lo hubiese conseguido; mi padre no era hombre de milagros. —Entonces vio otra botella polvorienta detrás de una hilera de vasos, la levantó y la miró a contraluz—: Hay una gota de brandy que sobró del pudin de Navidad. —¡Agnes no tendría que haber venido! —Lonnie miraba al otro lado de la sala, a la Número Uno—. No después de todo lo que ha pasado. —A Agnes le va lo trágico. —Henry se sirvió el brandy—. Lo que le angustiaban eran las vacaciones de verano. —¡Es una situación violenta para ti! —Lonnie siempre estaba más preocupada por su marido que el propio Henry. —No exageres, Lonnie. —Y para tu madre. —Los Simcox no se violentan tan fácilmente. Mientras alzaba el vaso, Henry miró por la cristalera y se detuvo en seco. En el jardín invadido por la maleza vio a Fred, su hermano menor, solo y silencioso ante la tumba de su padre. Aquella imagen pareció contrariar a Henry Simcox. —Diría que Kevin Bulstrode nos ha ofrecido una bonita ceremonia. —Jackson Cantellow, el abogado de la familia, hablaba con Agnes, que aspiró ávidamente un Silk Cut, introdujo un puño cerrado dentro del bolsillo del abrigo y tosió con profunda satisfacción: —La verdad es que no soy experta en funerales.

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—En nuestro ramo hay que serlo —le dijo Cantellow—. Un abogado de familia tiene que serlo. Tiene sus compensaciones, desde luego. Creo que mi gusto por la música sacra viene de haberla escuchado en tantos funerales de clientes. No siempre nos toca un legado, pero de cuando en cuando oigo algo de Parry. Antes, cuando el viejo Bagstead estaba en Hartscombe, escuchábamos un Stanford formidable. Ahora, claro, todo está grabado. Pero no es lo mismo. En la incineración de Bill Backstay en Worsfield nos pusieron a Bing Crosby y eso de «me fui a mi manera» grabado en casete. —Mientras no pongan la que dice lo de «humo en tus ojos»… —Agnes miró alrededor de la habitación, sintiéndose atrapada y preguntándose cuánto tardaría Henry en sacar el jerez. —¿Qué ha dicho? —Nada. No he dicho nada. Agnes vio con alivio que Dorothy se acercaba. —Todavía no ha aparecido ningún testamento —dijo Cantellow, intentando centrarse en el trabajo con la viuda—. Siempre le estaba dando la lata a Simeon para que lo hiciese. Bueno, cuando esto haya terminado nos pondremos a hacer pesquisas. —Agnes, me alegra que hayas venido —dijo Dorothy, haciendo caso omiso del abogado—. Simeon se habría alegrado muchísimo. —¿Ah, sí? —Le gustabas. ¿Sabes? Siempre te vio como un desafío. —Creo que ya estoy harta de que me vean como un desafío. —Sé que no le gusta hablar de negocios —Cantellow era insistente—, pero en algún momento, señora Simcox, pronto… —Ahora no —zanjó Dorothy. Despachado, Cantellow les dedicó una resignada reverencia antes de alejarse. Dorothy recorrió la habitación con la mirada y deseó que la multitud allí reunida no esperase comer algo.

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Como en respuesta a sus pensamientos, Lonnie apareció corriendo de camino a la cocina. —Se me ha ocurrido servir unas galletas —les dijo. —¡Oh, Lonnie! ¡Qué maravillosa, eres una santa! Agnes le dirigió una de sus sonrisas de hartazgo y la Numero Due respondió entre dientes: —Me parece raro que hayas venido. Sé que Henry está incómodo. —¿Y por qué tiene que sentirse incómodo? —respondió Agnes, en voz bastante alta—. Este no es su funeral, ¿no? —Voy a por las galletas. —Lonnie siguió su camino con cara de circunstancias y Dorothy fingió no haber estado escuchando. En cuanto le pusieron una copa de jerez en la mano, el deán hizo todo lo posible por animar la reunión. Comentó que era formidable contar con la presencia de un representante del gobierno como el señor Leslie Titmuss. Recordó lo célebre que había sido Simeon Simcox: —Un clérigo nada convencional, por supuesto. El obispo tuvo que echarle una buena bronca cuando se involucró demasiado en política. Los santos nunca son personas fáciles de tratar. Eso lo has expuesto estupendamente bien, Kevin. —Gracias —dijo Bulstrode, satisfecho—. Creo que hemos conseguido el tono justo de informalidad reverente. Desdichadamente, sus palabras llegaron a oídos de Henry, que intervino encantado: —Creo que lo que ha conseguido es un tono de lo más espeluznante. Esa edición castrada del devocionario sería adecuada para bendecir la unión de unos peluqueros en un antro de peinados unisex, pero no tiene cabida en el entierro cristiano de un sacerdote de la Iglesia anglicana. —¿Puedo sugerir —terció Bulstrode, vacilante— que debemos hacer las cosas comprensibles al hombre de a pie? —Por muy de a pie que sea el hombre, puede entender el anti-

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guo devocionario a la perfección. Pregúntele al Muy Honorable Leslie Titmuss. Pero entonces Henry vio que su hermano menor entraba por la cristalera y fue a buscarlo. —Un grandioso don de palabra —dijo Bulstrode al deán con admiración—. No es de extrañar que viaje tanto a Estados Unidos. —¿Qué estabas haciendo? —preguntó Henry cuando se encontró con Fred junto al armario del rincón. —Me despedía. —¿Con cierto grado de ostentación silenciosa? —Siento que lo hayas visto así. —Fred había descubierto que la botella de brandy estaba vacía. Tomó la de jerez de manos de Henry y se sirvió el último medio vaso. —Yo no estaba aquí cuando pasó —dijo Henry. —Ya. —Tuve que ir a la Costa. —¿Qué costa? —preguntó Fred, aunque lo sabía muy bien. —Ya lo sabes. Hollywood. Los suburbios del alma. —Henry tenía la costumbre de insultar lo que todavía era para él una considerable fuente de ingresos—. Pero tú, ¿estuviste con él? ¿Al final? —Sí, estuve. —¿Dijo algo en particular? —Henry hizo la pregunta como si no tuviera mucha importancia y Fred apuró su jerez. —No… no que yo recuerde. —Ya lo suponía. —¿El qué? —Que a ti no te diría nada en particular. —Parecía asustado. Y Fred se apartó, preguntándose por qué, precisamente ese día, encontrarse con su hermano era como otro asalto en un combate que se remontaba hasta donde les alcanzaba la memoria.

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Entonces le llegó un penetrante olor a maquillaje y a Chanel número 5; al bajar la vista se encontró con el rostro decrépito de lady Fanner, que antaño había sido hermosa. —¡Cuántos funerales! El de Elspeth Fairhazel, el de la «Contessa» y el del tío Cecil. Estoy agotada. —Lo siento, Grace. Mi padre tendría que haberle preguntado cómo tenía la agenda. —No seas descarado, Fred. Le tenía mucho cariño a tu padre, aunque él a veces me mirase como si me desaprobara por no ser negra. Bueno, a mí también me discriminan; se lo decía muy a menudo. Ese horrible hombrecillo de la pescadería de Hartscombe se niega a despacharme. —Leslie Titmuss está acorralando a mi madre. —Pobrecita. Bueno, ve a rescatarla. Cuando Fred llegó junto a su madre, esta contaba al ministro que le resultaba muy extraño ir a un servicio en la iglesia de Rapstone y no oír la voz de Simeon y él, a su vez, se disculpaba por haber llegado tarde a la ceremonia: —Cuando la primera ministra convoca un desayuno de trabajo, uno no puede negarse, pero por nada del mundo hubiese faltado al funeral del querido rector. —¿Por qué no, Leslie? Dorothy no parecía comprender que el entierro de su marido fuese un acontecimiento tan importante para él. —Recuerdo lo bueno que fue conmigo, cuando yo era joven. Todos ustedes lo fueron. —¿Eso es lo que recuerdas? —Dorothy seguía perpleja. —Es una ocasión triste, por supuesto. Pero ha sido todo precioso. —¡Salvo por esa corona! —exclamó Dorothy, haciendo caso omiso de Fred, que susurraba «¡Madre!» a modo de advertencia—: ¿Quién puede haber enviado un objeto tan sumamente espantoso? —Soltó una risita amarga—. ¡La habrán birlado del Cenotafio!

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—¡Por favor, madre! —La encargó mi secretario —admitió Leslie—. Tiene un tío que trabaja en el ramo. —¡Vaya! —Pero la turbación de Dorothy fue solo momentánea. En cuanto Fred hubo alabado el amable gesto, ella siguió con firmeza—: ¡No tendrías que haberlo hecho, Leslie! Te comportabas igual cuando eras niño. No deberías gastarte el dinero en esas tonterías. Entonces el ministro vio con alivio que su uniformada chófer le hacía señas desde el jardín. —Creo que mi conductora me reclama. Mis respetos a toda la familia. Lo siento, tengo que irme. Almuerzo de trabajo con la patronal. —Y luego les aseguró—: Siempre les estaré agradecido. Cuando Leslie Titmuss salía por la cristalera, Henry se acercó a su madre y su hermano. Los tres contemplaron la figura de traje negro que se alejaba, el hombre que era ahora uno de sus gobernantes. —¿De qué estará siempre agradecido? —A Dorothy parecía divertirle la pregunta—. Recuerdo que nos traía regalos. ¡Era tan embarazoso! Los compraba con sus ahorros. —O los mangaba en Woolworths. —Henry se volvió hacia su hermano—: Has dicho que nuestro padre estaba asustado. ¿De qué, exactamente? Fred reflexionó unos instantes antes de responder: —Del cielo.

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