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Anita Brookner

Un debut en la vida Prólogo de Julian Barnes Traducción de Catalina Martínez Muñoz

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Libros del Asteroide

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Primera edición, 2018 Título original: A Start in Life Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamos públicos. Copyright © Anita Brookner, 1991 © del prólogo, Julian Barnes, 2018 © de la traducción, Catalina Martínez Muñoz, 2018 © de esta edición, Libros del Asteroide S.L.U. Imagen de cubierta: © Album / Mondadori Portfolio Publicado por Libros del Asteroide S.L.U. Avió Plus Ultra, 23 08017 Barcelona España www.librosdelasteroide.com

ISBN: 978-84-17007-36-2 Depósito legal: B.509-2018 Impreso por Reinbook Impreso en España - Printed in Spain Diseño de colección: Enric Jardí Diseño de cubierta: Duró

Este libro ha sido impreso con un papel ahuesado, neutro y satinado de ochenta gramos, procedente de bosques correctamente gestionados y con celulosa 100 % libre de cloro, y ha sido compaginado con la tipografía Sabon en cuerpo 11. Esta obra ha recibido una ayuda a la edición del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte.

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A sus cuarenta años, la doctora Weiss comprendió que la literatura le había destrozado la vida. Según su costumbre reflexiva y académica, lo atribuyó a que había recibido una educación moral deficiente, pues las fuerzas antagónicas de su padre y de su madre se aliaron en este caso para exigirle que considerase la trayectoria de Anna Karenina y Emma Bovary pero emulara la de David Copperfield y la Pequeña Dorrit. En realidad, todo había empezado mucho antes, cuando, en algún momento ya olvidado de su primera infancia, se quedó dormida, embelesada, mientras su niñera susurraba: «Cenicienta podrá ir al baile». El baile nunca llegó a materializarse. La literatura, por el contrario, se había convertido en su especialidad, si podía llamarse así al debate que se desencadenaba tres veces a la semana en la agradable sala de su seminario cuando sus alumnos, más atrevidos de lo que ella lo había sido nunca, fruncían el ceño con un gesto de dolor al pedirles que pensaran en algún escritor menos alienado que Camus. Eran chicas y chicos altos, guapos, de ojos claros, y se expresaban en un tono de confianza que

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luego no se reflejaba en sus traducciones encorsetadas y cautas. La doctora Weiss, que prefería a los hombres, era una autoridad en cuestión de mujeres. Las mujeres en las novelas de Balzac era el título del trabajo al que probablemente iba a dedicarse hasta el final de su vida. Ya había publicado un primer volumen que recibió una discreta acogida. Su editor, acuciado por sus propios problemas, había perdido el interés por los dos volúmenes restantes. La doctora Weiss lo invitaba a cenar cada seis meses para hacerle un esbozo de los capítulos siguientes, y él la escuchaba con indiferencia. Los dos hubieran preferido que no se sintiera obligada a hacer eso. De todos modos, el libro se completaría, se publicaría y se reseñaría moderadamente bien. La doctora Weiss también culpaba a la literatura de su aspecto físico. Aspiraba, por instinto, a causar una impresión un poco anticuada. Su único atributo desobediente, una bonita melena pelirroja, lo disciplinaba con un moño clásico muy necesario para contrarrestar el bajorrelieve de sus facciones. Tenía un cuerpo menudo, delicado y, para algunos, intrigante. El leve titubeo en los andares, que le daba una apariencia virginal, era en realidad la secuela de una meningitis que la obligó a tomarse una baja médica por primera vez en su vida profesional, baja que tenía intención de que fuera la última. Su aspecto y su personalidad se encontraban justo a medio camino entre los siglos xix y xx. Era una mujer meticulosa, apasionada, reflexiva y con tendencia a analizarse, pero sus colegas la encontraban simplemente meticulosa, apreciaban su pulcritud y suponían que su aire distraído y algo ojeroso denotaba el esfuerzo por

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desentrañar un complicado pasaje de Balzac. Lo cierto es que tenía unas expectativas altísimas y, aunque estas expectativas nunca llegaron a cumplirse, seguía sin aprender la lección. Cuando la vida se volvía más desagradable de lo normal, soñaba con poder invertir el tiempo y quedarse dormida de nuevo escuchando las palabras más hermosas para los oídos de una niña: «Cenicienta podrá ir al baile». Pero tenía entre manos un trabajo sobre Eugénie Grandet, y la exhaustiva evaluación que hacía Balzac del amor inocente y sin esperanza de Eugénie le estaba fastidiando, como siempre. «Je ne suis pas assez belle pour lui.» ¿Por qué no le habría leído su niñera una traducción de Eugénie Grandet? Su vida entera habría podido ser distinta. Y es que la fortaleza moral, como sabía la doctora Weiss, aunque jamás se lo dijera a sus alumnos, era del todo irrelevante para dirigir la propia vida; era mejor, o al menos más sencillo, tener encanto. Y atractivo. A veces se percataba de que esa obsesión por Balzac le venía de que era él quien le había hecho esta revelación, aunque demasiado tarde. Sufría por Eugénie, y ese era el único sufrimiento que se permitía. Era un dolor que trasgredía los límites establecidos, un dolor amenazador, insinuante y subversivo. Más le valía invitar a Ned a cenar y exponerle sus teorías sobre la relación de Eugénie con sus padres, a los que seguía culpando de la deserción del enamorado de la joven. Eso era una equivocación, y lo sabía. ¿No había dado Balzac la explicación exacta? «Aussi, se dit-elle en se mirant, sans savoir encore ce qu’était l’amour: “Je suis trop laide, il ne fera pas attention à moi!”»

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No hay necesidad de ocultar la vida interior en una institución académica. Los asesinos y los grandes delincuentes serían los profesores perfectos: con todo el tiempo del mundo para planear el golpe y sin suscitar preguntas ni miradas inquisitivas una vez lo han ejecutado. Los colegas de la doctora Weiss manifestaban una indiferencia absoluta por su pasado. A veces, cuando tomaban café, era invitada a ser testigo de un ataque de risa silenciosa estimulado por algún artículo de History Today o la Modern Language Review, pero normalmente rechazaba el ofrecimiento, consciente de que sería una actuación en solitario, y murmuraba que prefería leerlo en otro momento, aunque lo hubiera leído recientemente. Así se apaciguaban las rencillas académicas. Solo Tom, el conserje que todas las mañanas le recitaba de carrerilla el parte meteorológico, parecía relacionarse con el mundo o el clima exterior. Las secretarias, fascinadas por los halagos de los profesores, se deslizaban por los pasillos con la mirada baja, como sirenas a la deriva; las bibliotecarias siempre estaban redactando alguna reseña sobre la última conferencia; los alumnos eran indiferentes y volubles. Las pálidas facciones de la doctora Weiss no despertaban ningún tipo de especulaciones. Sin embargo, había experimentado el terror y la emoción con mayúsculas. Y había conocido el amor, en especial el de un conspicuo filólogo de la Sorbona, pero su historia no era esa. Su aventura, la que iba a transformar su vida en literatura, no era materia apta para el cotilleo. A decir verdad, estaba hecha con la materia de la propia literatura. Y, curiosamente, la doctora Weiss jamás había conocido a nadie, hombre o mujer, amigo o colega, capaz de soportar la literatura fuera de la página impre-

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sa. Esos seriales interminables que las personas se cuentan unas a otras en la intimidad son triviales e intrascendentes, aunque estén llenos de secretos. ¿Quién tenía tiempo para escuchar un relato que podría haberse escrito en otra dimensión? Eso creía la doctora Weiss y, en silencio, algunas tardes, con la cabeza apoyada en la mano, dejaba que el atardecer invadiera poco a poco su salita de estar y pensaba una vez más en la obra en la que se le había confiado un papel tan exigente.

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Guardaba de sí misma el recuerdo de una niña pálida y pulcra, con tanto pelo que le dolía la cabeza. Casi todo le costaba un esfuerzo enorme; aún se acordaba de la torpeza con que sacaba la lengua y se ponía a resoplar mientras trataba de dejar la taza en el hueco exacto del plato. Su niñera había sido paciente pero severa con ella; todos esperaban que creciese cuanto antes, en la medida de lo posible, y con este fin le ofrecían libros tristes aunque aleccionadores. Una vez graduada en las obras de Grimm y Hans Andersen pasó a las de Charles Dickens. Allí se le reveló el universo moral. Porque seguramente triunfaría la verdad, y la paciencia se vería recompensada. Tal era su afán por incorporarse a aquel movimiento de elevación hacia la luz que apenas se fijaba en que su hogar se parecía a los que encontraba en los libros: un velo de diversión superficial sobre un profundo pozo de decepción. Y esto era así por el carácter de sus padres y de su abuela, y porque el triste pasado europeo de su abuela era una fuente de reproches continuos a su padre George (Georg de nacimiento) Weiss, por haber asimilado con

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tanta urgencia la flema inglesa. La señora Weiss vestía de negro, dormía por la tarde, reinaba en la cocina, preparaba comidas muy pesadas y no estaba contenta con su nuera. ¿No estaba contenta con ella? La odiaba. Pero habría odiado a cualquiera que reclamase a su hijo y le usurpara su protectorado. La pobre Helen, tan llena de vida, no le daba demasiada importancia. Era actriz, y estaba magnífica en aquellos papeles de chica atolondrada que iban de perlas con su melenita pelirroja y su sonrisa cautivadora. Aborrecía cocinar, nunca engordaba y le encantaba planificar las tareas domésticas de su marido y supervisar los horarios de su hija. La abuela Weiss llegó de Berlín con un cargamento de muebles de dimensiones formidables y madera oscura, como si hubieran absorbido la sangre de una manada de caballos. Los roperos de inquietantes cornisas y puertas descomunales parecían el refugio de regimientos de condottieri renacentistas en miniatura. Los aparadores de estilo Luis XIII, de volutas y formas sinuosas, con perturbadoras siluetas que desaparecían y reaparecían, soportaban el peso de centros de mesa, fuentes de plata para la repostería y platos de entrantes, mientras que en los armarios inferiores se almacenaban salseras, fuentes y hieleras de vino. Había un armario especial para la mantelería, y los cubiertos se guardaban en la cajonera forrada de paño verde. La mesa del comedor siembre estaba puesta a medias, a pesar de que todos los miembros de la familia comían normalmente por separado. A la señora Weiss le habría gustado presidir una sala llena de hijos y nueras, pero la naturaleza inestable y provisional de su vida trasplantada la obligó a conformarse con desayunar con George, comer después con la niña

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y la niñera, y tomar el té y cenar con ellas. Helen volvía tarde a casa cuando estaba trabajando, y George siempre la esperaba para picar algo juntos, de una manera que parecía clandestina y siempre provocaba risas tontas. George adoraba a su mujer inglesa; tenía para él todo el encanto de una especie alienígena. Y un encanto prohibido, además, porque se había casado con ella en contra de la voluntad de su madre. La niña creía que todos los comedores eran igual de oscuros, como si estuvieran impregnados por las emanaciones de las salsas y las lágrimas. Se imaginaba, en un país desconocido, abuelas calladas, las paredes de papel pintado con relieves de terciopelo granate, cuadros de tempestades marinas y platos fuertes engullidos a toda prisa; cortinas de terciopelo, un mantel de damasco que solo cubría la mitad de la mesa y el intrincado asedio arquitectónico de las patas y los travesaños de las sillas. Y una niñera alegre, inglesa, que solo se dejaba impresionar por la calidad de la comida. La niña daba por sentado que el fúnebre ambiente de las comidas era un fenómeno universal, como si el olor levemente agrio del suero de mantequilla, el pan de centeno, los pepinos y las semillas de alcaravea fuera una especie de acto de penitencia. La llamaron Ruth, como su abuela. Se llevaban bien, porque eran las dos igual de calladas, pensativas y dadas a obsesionarse por la familia ausente: la una en la realidad, la otra entre las tapas de un libro interminable que siempre era el mismo. La niñera parecía una intrusa, una enterradora, una criada. En aquel comedor, mientras su abuela le untaba con mantequilla un panecillo de semillas de amapola, la niña aprendió el inmenso significado de la responsabilidad. Cuando ter-

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minaban de comer, mientras su abuela se quedaba dormida en una butaca de terciopelo, debajo de la ventana, la niña aceptaba el silencio como un estado natural. No le gustaban los demás niños, porque hacían un ruido insoportable. Si el comedor era el territorio de su abuela, el de Helen era la sala estar, una estancia luminosa y frívola en la que había un piano, una alfombra blanca, montones de fotografías en marcos de plata y jarrones de cristal tallado con flores ligeramente mustias. Parecía la réplica exacta del escenario de alguno de los papeles cómicos de mayor éxito de Helen, que lo utilizaba como una extensión de su camerino; por las tardes, cuando Helen no trabajaba en la primera sesión, sus amigas venían a tomar el té, mordisquear galletas y fumar. La familia tenía un arsenal de porcelana, coleccionado por una tía de George y expuesto en varias vitrinas: nunca lo usaban, porque a Helen esas cosas le traían sin cuidado y prefería las tazas de loza corrientes. Sus amigas eran chicas de sus tiempos de soltera, actrices o cantantes, bastante escandalosas, simpáticas y muy maquilladas. «Pobre Helen —decían cuando se marchaban—. ¿Te imaginas vivir con una suegra así? George es un cielo, desde luego, aunque un poco aburrido. Y a la niña no se la ve muy alegre.» Pero Helen no parecía preocupada. Seguía siendo guapa, tenía éxito, el paso de los años no había alterado su mandíbula y sus pómulos delgados, y solo le interesaba vivir el presente. Sus habitaciones parecían de calidad inferior a las de la abuela. Más agradables, pero menos seguras. La niña tenía la sensación de que las amigas podían aparecer en cualquier momento para rescatar a su madre de aquel ambiente hostil en

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el que estaba atrapada y llevársela de nuevo al West End, a su pasado común de rivalidades teatrales y a cenar tarde en cualquier sitio. Tenían el aspecto moderno y juvenil de las actrices y estaban llenas de vida, petulancia y encanto. Había mucho encanto en el ambiente, no solo el que aportaba Helen, sino también el del propio George o Georg. George, en su papel de Georg, desayunaba obedientemente todas las mañanas dos huevos pasados por agua bajo la atenta mirada de su madre, se retiraba a su vestidor, aparecía transformado en George, flamante y alegre, con cierto aire de dandi, y se iba a Mount Street, donde tenía una tienda de libros raros. Su profesión le dejaba mucho tiempo libre y, como era de carácter sociable, asistía a menudo a los ensayos de su mujer o pasaba por el teatro para llevarle provisiones de cigarrillos o invitarla a comer. Si Helen era insustancial, George lo era más todavía, a pesar de su apariencia fuerte. O tal vez fuera simplemente inaccesible. Siempre con una sonrisa en los labios, sus elegantes trajes de tweed y su enorme anillo de boda, George no tenía en casa unas dependencias personales, como las mujeres de la familia. Su tienda, donde la niña iba a visitarlo, ni siquiera era en realidad una tienda. George era amable, por naturaleza y por su profesión. Era un buen hijo y un padre cariñoso, pero además de estos sentimientos, que su madre valoraba, estaba locamente enamorado de su mujer. Sin embargo, le era infiel. Tenía una ayudante, la señorita Moss, con la que pasaba las tardes hasta la hora de recoger a Helen en el teatro. Le confesó a la señorita Moss que era infeliz, que sentía una infelicidad imprecisa y vaga, por no haber hecho realidad unas aspiraciones

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ya casi olvidadas. Incluso, por complacer a la señorita Moss, fingió que dudaba de la fidelidad de su mujer. Y la señorita Moss, que le preparaba algo de comer por las tardes, se lo tomó en serio y se volvió indispensable para él. La infelicidad de George tenía su origen principalmente en que casi siempre se limitaba a escuchar a los demás. Hablar era para él una experiencia estremecedora. La señorita Moss se dio cuenta de esto; ella también era una gran lectora y comprendió que debía de haber algo en el pasado de George que le causaba inseguridad. Cuando George se marchaba, alrededor de las diez y media, la señorita Moss lavaba los platos, ordenaba el apartamento y se iba a la cama con una novela. Él, renovado, cargaba con su soportable melancolía (porque era auténtica) hasta la puerta del teatro. Tenía que estar siempre sonriente para Helen. Y lo estaba. Se sentaba a horcajadas en una silla, bromeaba con los miembros de la compañía y era el marido proveedor, expansivo y jovial. Permitía que Helen se mostrara como la mujer adorable que era. Cuando ella se ponía más infantil y más extravagante, también él interpretaba su papel; le apuntaba los nombres que no recordaba, le encendía el cigarrillo y le cogía la mano para besársela, todo esto sin interrumpirla en su continuo parloteo, hasta que la velada decaía y llegaba la hora de que George la llevase a casa. Pobre Helen. Pobre George. La abuela sabía, y lo sobrellevaba en adusto silencio, que su hijo era un botarate y su nuera lo era todavía más, que los dos necesitaban la protección del otro, que ninguno había madurado ni maduraría nunca, y que aquel juego amoroso, apasionado y superficial, era nocivo para la niña. Sabía

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que, de no haber sido por la casualidad de que su difunto marido hubiera decidido llevarse de Alemania sus existencias de libros raros cuando se fue a Inglaterra, George sería ahora vendedor de coches o agente de seguros. Tenía carácter para eso. Sabía que Helen perdería sus encantos y que le ofrecerían papeles cada vez menores. No tenía unos dientes bonitos para trabajar en televisión. La niña era demasiado callada y demasiado delgada. Ya había desarrollado un tic nervioso en los párpados. No tenía amigas. Ninguno de los tres tenía amigos. Cuando llegaba a este punto en sus reflexiones, la señora Weiss se levantaba para llevar un vaso de leche caliente con canela a la cama de su nieta, la convencía para que dejase de leer y se quedaba con ella hasta que se tomaba la leche y apagaba la luz. Luego se retiraba, antes de que el regreso de George y Helen perturbara la paz del comedor. La niña adoraba a sus padres y se daba cuenta de que estaban desprotegidos. No amenazados por los mismos peligros que amenazaron a su abuela, pero sí desprotegidos frente a la decepción. Este presentimiento era su mayor certeza. Veía cómo se les velaba la mirada cuando las cosas se torcían, cómo su exultación se transformaba en discusiones en cuestión de segundos y lo poco que valoraban sus arduos esfuerzos. «Cariño —se decían el uno al otro—, ven y cuéntame algo. Me siento tan solo/aburrido/frustrado/enfadado.» Su mayor fortaleza, ojalá la niña hubiera sido capaz de verlo, era su facilidad para expresar hasta la más mínima preocupación pasajera. Este proceso, que parecía una letanía de penurias, era en realidad una manera de mitigar la decepción. Pero la niña únicamente registraba la decepción, y se sentía

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culpable de su propia existencia, como si en cierto modo estropease ese eufórico ambiente de luna de miel que sus padres intentaban prolongar con tanto afán. Era consciente de que ninguno de los dos trabajaba de verdad, de que era su abuela quien llevaba las riendas de la casa y de que si no fuera por ella podían quedarse sin comida en cualquier momento. Sabía que el dormitorio de su madre estaba desordenado, con la ropa tirada en las sillas y el tocador cubierto de bolitas de algodón rosa, que en la habitación de su padre había muy pocos libros y muchos trajes elegantes, y que los dos, por separado, estaban obsesionados con su aspecto físico. «Cariño», decía su madre mientras se pintaba los ojos de azul y observaba el movimiento de sus labios al pronunciar estas palabras. «Sí, cariño», contestaba su padre, admirando lo bien que le sentaba una chaqueta nueva a la vez que se ponía un fular de seda al cuello. La imagen que les devolvía el espejo no era demasiado favorecedora por aquel entonces. Los dientes de Helen y el peso de George eran problemas que debían solucionar. Para la niña seguían siendo deslumbrantes y guapos. Para la abuela eran un par de idiotas. No había tiempos mejores; no había tiempos peores. Con el sostén de aquellos padres juveniles y aquella abuela envejecida, la niña se asombraba de la estabilidad de su mundo. En los libros, por citar solo las obras de Dickens, la gente pasaba pruebas durísimas. En su casa de Oakwood Court nunca había ningún cambio. Siempre los mismos platos contundentes en la misma mesa contundente; la presencia imponente de la abuela, vestida de negro, garantizaba que la niña cavilosa pudiera entregarse a sus procesos mentales sin ninguna interrup-

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ción. Una carcajada en otra habitación delataba la presencia de sus padres, y eso había que agradecerlo, teniendo en cuenta la cantidad de sitios mucho más apetecibles en los que podían estar. Su madre le prometió que le compraría un vestido bonito, «en cuanto pase esta mala racha, cariño». Su padre la abastecía amablemente de libros, casi siempre en ediciones de Everyman, con su reconfortante promesa en la portada: «Seas quien seas, iré contigo, y seré tu guía cuando más necesites de mi compañía». Ahora tenía una habitación para ella sola y ni siquiera se fijaba en lo oscura y silenciosa que era y en que estaba tan abarrotada de muebles como la de su abuela. «Te vas a estropear la vista de tanto leer», le decía Helen. Pero ciertos cambios eran inevitables. Una calurosa mañana de otoño, la señora Weiss dejó en la mesa de la cocina la bolsa de cuero con la que hacía la compra, mudó de color, se tambaleó y terminó en el suelo, en una postura muy poco estética. No había nadie en casa. Cuando Ruth volvió del colegio, le extrañó que nadie respondiera a su saludo, se quedó espantada al encontrar a su abuela y fue corriendo a buscar a una vecina. La vecina avisó al portero, y entre los dos llevaron a la señora Weiss a la cama. Llamaron a George por teléfono, que tardó una hora en llegar, con los ojos enrojecidos, contrito y fumando como un carretero. La primera llamada que hizo George fue a una agencia de enfermeras. La segunda, mucho más larga, al teatro. Helen no podía volver a casa, además ya se había maquillado para la primera sesión de tarde y era imposible cancelar la función. «Tranquilízate, cariño, no te preocupes. Mañana contrataremos a alguien para que se ocupe de todo.»

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—Hoy no habrá cena —dijo George con voz apagada. La señora Weiss tardó tres meses en morir. Los pasó en su cama descomunal, inconsciente la mayor parte del tiempo, atendida por un par de enfermeras irlandesas que, al ver a Helen, decidieron encargarse de hacer su propia compra. George se animó un poco con su compañía y se ofrecía galantemente a llevarlas en coche. Ruth se pasaba las tardes sentada junto a la cama de su abuela cuando volvía del colegio. Al principio intentó hablar con ella, pero la enfermera Imelda le dijo: «No te oye, cielo». Pasado el primer mes, que Ruth vivió fascinada, contemplando aquel cuerpo dormido, enorme aunque infantil, y escuchando con temor los silbidos de aquella respiración, dejó que su atención se desviara. El dormitorio era austero, ancestral, pero también extraño. Se dio cuenta de que nunca había mirado dentro del armario. Su abuela llevaba camisones de batista largos y blancos, con el cuello bordado y salpicado de manchas de saliva. Pasado el segundo mes, Ruth se instalaba en la habitación de la enferma con un libro. En el momento en que murió la señora Weiss, Helen estaba en el teatro, George en la sala de estar, bromeando con la enfermera Marie, y Ruth, leyendo. Cuando la enfermera Imelda vino a cerrar las cortinas y dijo: «Creo que se ha ido», le sorprendió que Ruth no levantara la vista del libro. No la levantó, para apartarla enseguida, hasta que entró George, deshecho en sollozos. Entonces, según le contó más tarde la enfermera Imelda a la enfermera Marie, la niña hizo una cosa muy rara. Cogió la mano de su abuela y se la besó, luego se acercó el libro a la mejilla y se quedó un rato quieta, como si el libro la consolara. Por fin salió del dormitorio, y después la encon-

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traron en la cocina, intentando preparar la cena. «¿Por qué no? —dijo Helen con cansancio, cuando llegó, tarde como de costumbre—. Solo hasta que encontremos a alguien. Seguro que se le da mejor que a mí. Mientras tanto, podríamos conservar a las enfermeras. Estos tres meses me han dejado agotada. Nadie sabe lo difícil que ha sido tratar de hacer reír a la gente todas las noches, mientras la pobre mamá estaba aquí postrada. Y tú también necesitas descansar, cariño. A partir de ahora nos servirán el desayuno en la cama.»

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