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Antes que nada, una palabra franca

En esta ocasión necesité mucho tiempo, no semanas, ni meses, sino años enteros hasta que, tras darle no pocas vueltas, resolví finalmente volver a abrir uno de los peores capítulos de mi periplo vital. ¿Debía retomar un asunto tan desagradable y explicárselo a la gente de una época, la actual, tan distinta a la mía? ¿Es lo que quiero realmente? ¿O es que simplemente debo hacerlo? En los años inmediatamente posteriores a la Segunda Guerra Mundial, los habitantes de la Europa atormentada necesitaban una esperanza, la promesa de un futuro que mereciera la pena vivir. Dicha esperanza se concretó mal que bien en el movimiento por una paz mundial duradera. Picasso creó para ello su combativa paloma de la paz, y personalidades de todos los países del mundo se mostraron dispuestas a echar una mano. Era casi como una tormenta de primavera tras un invierno crudo y poco menos que interminable. Entonces estalló el hielo de la Guerra Fría entre pretensiones de poder opuestas y cortó de raíz las esperanzas incipientes. En Estados Unidos, en forma de una caza de brujas dirigida sobre todo a los artistas progresistas en nombre del senador McCarthy. En nuestro continente, y en nombre


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LENKA REINEROVÁ

de Stalin, con procedimientos asesinos contra las personas que se atrevían o estaban en condiciones de atreverse a disentir del régimen. También a mí me arrastró la ola informe de la sospecha infundada. De esta vivencia me ocupé poco después de que sucediera, y lo hice, por así decir, en el escenario de los hechos: en lengua checa. Quería retener en la memoria que se habían cometido actos imperdonables, quería que mi país supiera de esta ignominia. Sin embargo, tuvieron que pasar muchas cosas antes de que finalmente me decidiera a hablar de ello más allá de las fronteras de mi país. A finales de los años cincuenta y a principios de los sesenta del pasado siglo, aún aturdida y víctima de la que hasta entonces había sido mi ideología, quise denunciar las atrocidades, la sinrazón de los llamados procesos políticos, y me empeñé en demostrar a mis perseguidores, pero también a mí misma, que yo era completamente «inocente». Pero ¿quién era yo en realidad? ¿No tenía yo también una parte de culpa —por mínima que fuera, una pizca, una brizna— de todos aquellos sucesos imperdonables? Ciertamente, no podía sino rechazar indignada y sin dar crédito los delitos absurdos que se me imputaban y las acusaciones completamente descabelladas y obscenas de que era objeto: demasiados contactos, exilio en el Oeste, origen judío, marido yugoslavo. Venían de otro mundo, de un mundo que para mí no existía. Cuando abordé por primera vez este tema y, en 1968, el año de la Primavera de Praga, una editorial checa aceptó finalmente publicarlo en su forma original, aún creía que la alentadora idea de una sociedad justa, liberada de las manías raciales y de la idea del superhombre, podría llevarse a cabo en un orden socialista que fuera profundamente depurado, enriquecido con los nuevos conocimientos y


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TODOS LOS COLORES DEL SOL Y DE LA NOCHE

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renovado sin miedo alguno. Entretanto, el desarrollo atropellado de esta idea me ha dado una buena lección. Pese a todos los excesos reprobables, durante mucho, demasiado tiempo creí estar sirviendo a una buena causa que iba a garantizar un lugar justo bajo el sol a todas las personas que hasta entonces habían vivido oprimidas. Tal vez esto se debiera al hecho de que siempre me he dejado guiar más por la intuición que por la razón. La dictadura del proletariado, es decir, de los «parias de la tierra», me parecía un postulado defendible. Hoy en día sé que la reivindicación de un poder absoluto que, cualquiera que sea su signo político, moral o religioso, permita justificar atrocidades es intolerable. Así, lo que escribí hace casi cinco décadas no se sostiene a mis ojos ni en su contexto original. Si ahora, después de varias y fecundas experiencias, después de todas las amargas decepciones, de las dolorosas lecciones aprendidas, pero también después de todas las conquistas felices, vuelvo a pasar por el filtro de la cabeza y el corazón todo este material de una forma abreviada y al mismo tiempo, sin embargo, ampliada, lo hago porque, en las crónicas extensas sobre los hechos turbulentos de mi vida, ni puedo ni quiero pasar por alto aquellos años fatídicos. Y porque, incluso en estas circunstancias, además de cosas muy malas, puedo contar cosas buenas sobre las personas y su modo de obrar.


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