Skip to main content

19518c

Page 1

Llucia Ramis

Todo lo que una tarde murió con las bicicletas Prólogo de José Carlos Llop

a

Libros del Asteroide

Portadellas-2490.indd 5

14/05/13 17:03


Primera edición, 2013 Título original: Tot allò que una tarda morí amb les bicicletes Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos. © Llucia Ramis, 2013 Licencia otorgada por Columna Llibres i Comunicació S.A.U. Pedro i Pons 9-11, planta II, 08034 Barcelona Internet: http://www.grup62.com © del prólogo, José Carlos Llop, 2013 © de esta edición, Libros del Asteroide S.L.U. Fotografía de la autora: © Santi Cogolludo Publicado por Libros del Asteroide S.L.U. Avió Plus Ultra, 23 08017 Barcelona España www.librosdelasteroide.com ISBN: 978-84-15625-47-6 Depósito legal: B. 12.731-2013 Impreso por Reinbook S.L. Impreso en España – Printed in Spain Diseño de colección y cubierta: Enric Jardí Este libro ha sido impreso con un papel ahuesado, neutro y satinado de ochenta gramos, procedente de bosques correctamente gestionados y con celulosa 100 % libre de cloro, y ha sido compaginado con la tipografía Sabon en cuerpo 11.

Portadellas-2490.indd 6

14/05/13 17:03


Todo lo que una tarde muriรณ con las bicicletas

001M-2490.indd 1

14/05/13 17:02


001M-2490.indd 2

14/05/13 17:02


y ahora gira el cristal y oculta este aspecto: lo real y lo ficticio, la convención, es decir, y las cosas vividas, la experiencia de la luz en los bosques invernales, la dificultad de otorgar coherencia —es un juego de espejos—, los actos disolviéndose en la irrealidad, los ácidos que invaden viejas fotografías, (…) todo lo que una tarde murió con las bicicletas Del poema «Sistemas», Pere Gimferrer

001M-2490.indd 3

14/05/13 17:02


001M-2490.indd 4

14/05/13 17:02


Esto no es una autobiografĂ­a

001M-2490.indd 5

14/05/13 17:02


001M-2490.indd 6

14/05/13 17:02


I. El Norte

Es blanca, de estilo francés. Algunas baldosas se han desprendido de la fachada y su tejado de zinc soporta apenas un cielo de plomo. En el jardín, agotado por el abandono, desfallece un pequeño manzano. Los arbustos de hortensias se recuestan en la valla, corroída por el óxido, y la verja de la entrada emite un largo gemido cuando oncle Claude la abre y, levantando dramáticamente las manos, exclama: —¡Bienvenida a Salinas! El primo de mi madre lleva barba, un polo azul, sandalias de pescador y bermudas, fuma en pipa y se balancea como un tentetieso. Un chucho sale ladrando con una rabia ridícula. La casa conserva la belleza decadente de un pasado que permanece estival en la memoria, como si la infancia siempre fuera en bicicleta. Existe una teoría arquitectónica, nada científica, por la que todo tiende a aguantar. Faltan balaustres en las barandillas, la hiedra estruja las vigas del porche y una lagartija serpentea bajo nuestros pies, doy un brinco. La sal flota en esta tarde sin sombras, el campanario da las cuatro con un débil quejido. Es el

001M-2490.indd 7

14/05/13 17:02


8

LLUCIA RAMIS

mismo campanario que volvía loca a la madre de oncle Claude. Dentro, los desconchones despliegan inmensas mariposas de Rorschach en las paredes que no tapan ni un magnífico espejo que ha dejado de brillar, ni un escritorio isabelino deformado por la humedad. Unas cortinas de terciopelo ajado intentan ocultar, sin éxito, las grietas en los marcos de las ventanas. Parece una casa okupa y, sentados en un par de sofás horribles años noventa de color pastel, que debió de regalarles algún vecino, los niños descalzos —los pies sucios— juegan cada uno con su Nintendo. «Voilà votre cousine», dice oncle Claude, y los cuatro se levantan para presentarse. El pequeño tiene nueve años, el mayor diecisiete. Son pelirrojos, huérfanos de madre, en realidad somos primos segundos, y llevan gafas. —Me parece que te han preparado la habitación —dice oncle Claude, y coge mi maleta. Mientras subimos, me agarro a un pasamanos que deben pulir, desde tiempos inmemoriales, los traseros que se deslizan por él. —¿Por qué no lo arregláis? —le pregunto a mi tío, refiriéndome a todo lo que nos rodea. —Para un mes al año que venimos... y no tenemos dinero —suspira. En una habitación tan grande como mi piso, está la cama en la que dormía mi tatarabuelo, mide más de dos metros de largo por dos de ancho. Su mujer dormía en una cama igual, en un chalet en los Picos de Europa. Han saltado encima de ella los niños de tantas generaciones que el año pasado (más de un siglo después de que se fabricara) se rompió una de las patas y oncle

001M-2490.indd 8

14/05/13 17:02


EL NORTE 9

Claude ha apilado unos ladrillos debajo para equilibrarla. Cruza la pared una grieta que no logra sujetar un pegote de cinta americana puesto de cualquier manera. A través de un agujero en el techo pueden verse las vigas y, sobre mi cabeza, una vieja araña, insigne alguna vez, retuerce las patas en un equilibrio difícil. Pulso el interruptor y la luz se enciende de milagro. La habitación tiene un baño cuyo espejo está empañado, será el hálito de los fantasmas. Las tuberías apestan por la falta de uso y da igual la cantidad de producto que le echen: el hedor químico, agresivo, se mezcla con el del agua estancada. Aparcado frente a la puerta está el coche en el que oncle Claude y sus hijos han venido desde Bélgica, como cada mes de agosto. Casi quince horas de viaje. Deshago la maleta. Podría decir que he venido a Salinas buscando respuestas, como en una novela romántica. Sería un autoengaño poético y poco más, una especie de psicoanálisis que me reinventará a partir de datos que desconocía para descubrir otros que no sabía que sabía, como ocurre siempre que contamos una historia. En realidad solo estoy aprovechando los precios de Ryanair y que el alojamiento es gratis para indagar en mis raíces, mera curiosidad. Saber quiénes fueron mis antepasados no cambiará mi presente ni me ofrecerá ese futuro que echo de menos. Seamos claros: esta es una huida para retrasar el momento en el que tendré que empezar de cero. Descubrir quiénes fueron mis tatarabuelos no desvelará qué será de mí. Lo que necesitaría ahora es un principio.

001M-2490.indd 9

14/05/13 17:02


10

LLUCIA RAMIS

Empieza a llover y todos se van a la playa porque ha bajado la marea. Mi abuelo no quiere saber nada del norte.

001M-2490.indd 10

14/05/13 17:02


2. El minero, el diamante y el cuello de Grand-maman

En una carta fechada en Bruselas el 5 de mayo de 1903, dirigida al que entonces era director de la Real Transmontana de Minas, mi tatarabuelo Louis Nagelmacker prohíbe terminantemente que su padre Jules, que entonces tenía noventa y cuatro años y era el presidente honorífico de la compañía, entre en las galerías. Las minas de Arnao estaban construidas bajo el Cantábrico y, a principios de siglo, se detectaron unas filtraciones de agua que ponían en peligro el negocio, las instalaciones y la vida de los trabajadores, en este orden de importancia según los empresarios. Los primeros mineros asturianos provenían de familias de campesinos y pescadores. Trabajar bajo tierra y —aún más— en el fondo de aquel mar que engullía a los marineros, en un agujero húmedo y oscuro, a una temperatura que superaba los cuarenta grados, era como descender al mismísimo infierno. No era natural, nada que conocieran o hubieran aprendido a hacer, todo era nuevo, carecían de referentes. Habían transcurrido doscientos años desde que, a finales del siglo xvii, se perforó otra galería de explota-

001M-2490.indd 11

14/05/13 17:02


12

LLUCIA RAMIS

ción en Arnao para competir estratégicamente con el carbón de Flandes. Los que se estrenaban como mineros en 1840 lo hacían a ciegas. Picaban la piedra con las mismas herramientas con las que trabajaban el campo. Combatían el miedo, el cansancio y la desorientación de no saber cuándo salía y se ocultaba el sol, a cambio de una casa, el economato, una escuela para sus hijos y un centro recreativo cuyo objetivo era mantenerlos narcotizados en el limbo de la producción. ¿Quién muerde la mano que le da de comer? Las cosas iban más o menos bien y nadie se quejaba. Pero en 1903, el paternalismo con el que la empresa hispanobelga trataba a sus trabajadores se convirtió en mano dura. Al detectar las primeras filtraciones de agua, los mineros se plantaron: no volverían a bajar a la antesala de aquel hogar de Satanás. Eran fuertes y rudos, y harían cualquier cosa por los suyos, pero ¿morir? ¿De qué servirían muertos? «Esto está a punto de inundarse, ¡no dejaremos que nos pille dentro!», gritaban. Por encima de sus cabezas, la arrogancia de quienes no se manchan y no respiran veneno, la codicia de quienes pretenden sacar de donde sea. Y, sobre todo, la cobardía de los señores. Las represalias fueron terribles, dignas de los que mandan sin saber (sin querer saber) qué están exigiendo en realidad, porque quienes mandan están arriba, en la superficie, y no sudan, no se angustian y dan órdenes que deben cumplirse para que el mecanismo funcione. A los de abajo los enterraron en vida: las familias de los ciento cincuenta mineros rebeldes despedidos tuvieron que emigrar, la mayoría a Estados Unidos.

001M-2490.indd 12

14/05/13 17:02


EL MINERO, EL DIAMANTE Y EL CUELLO DE GRAND-MAMAN 13

¿Cómo actuaban los belgas ante las situaciones críticas? La carta de mi tatarabuelo Louis Nagelmacker atestigua que su padre, el hombre que había descubierto que el zinc sería un buen negocio en 1833 y que, tras fundar la Real Transmontana de Minas en Arnao, se había quedado a vivir en el pueblo asturiano de Salinas, enamorado de sus paisajes, quería echar un vistazo a las galerías pese a sus noventa y cuatro años. Pero ¿cuál era su propósito? ¿Estudiar las grietas y calibrar sus riesgos? ¿O convencer a los mineros de que no corrían peligro? ¿Pretendía presionarlos, como hizo su socio español? ¿O planeaba engañarles? Si la mano de obra no responde, el sistema se derrumba. A través de la correspondencia archivada entre mi tatarabuelo y el director español de las minas —que he venido a revisar este verano porque quiero averiguarlo todo sobre mi familia—, deduzco que quien tenía plenos poderes era el socio español. Este mantenía informado al consejo de administración belga, disperso entre Bruselas y París. Por eso, cuando los belgas daban su opinión (y no siempre lo hacían), eran prudentes, se limitaban a transmitir sugerencias. Jules Nagelmacker no llegó a bajar a las galerías por orden expresa de su hijo Louis, entonces presidente de la Real Transmontana. Quizá porque bajar era rebajarse, o simplemente porque no había motivo alguno por el que tuviera que arriesgar su vida, tal vez porque nunca se hubiera manchado las manos; la cuestión es que, aunque conocía el problema, ni lo vio ni lo tocó. Murió cinco años después, y en 1912 las minas se inundaron junto a la empresa y el negocio. Los trabajadores reafirmaban sus derechos y las pro-

001M-2490.indd 13

14/05/13 17:02


14

LLUCIA RAMIS

testas. El conflicto apareció en los periódicos y se fundó el sindicato. Y el director de la Real Transmontana de Minas, aquel español que los trataba como si fueran esclavos, ante la fuerza de la nueva asociación que defendía los intereses de los trabajadores, presionó a las familias, infiltró espías entre los rebeldes y utilizó la prensa local y a la guardia civil para amenazarlos. Su actitud fue tan dura como poco inteligente: estas medidas provocaron importantes pérdidas en la producción. En 1915, las minas se cerraron definitivamente, cuando el carbón se encarecía por culpa de la primera guerra mundial. A partir de entonces, solo quedó en pie la fundición, la Transmontana de Zinc, que mi familia aún presidiría hasta 1983: por lógica hereditaria, mi bisabuelo sería su presidente, mi abuelo el contable y el padre de oncle Claude, el ingeniero. Aunque mi tatarabuelo Nagelmacker no desautorizó a aquel director español, en cuanto hubo pasado todo y en algunas cartas privadas, le dio a entender que quizás él, en su lugar, se lo habría pensado dos veces, antes de tomar medidas tan drásticas como llevar esquiroles gallegos a las minas. Medidas que fracasaron de todos modos. Mientras tanto, y como triunfo de la superficie empresarial por encima de la profundidad infernal —ahogada, enterrada y devuelta a su hábitat natural—, todo lo que rodeaba a las minas se mantuvo para los trabajadores de la fundición: los antiguos talleres se reconvirtieron en centros de ocio para los obreros, crearon salones de billar y una biblioteca. En otro local abrieron un cine. En la playa de Salinas, sobre la arena, construyeron cinco bloques de pisos para que vivieran allí. Mañana iré a verlos.

001M-2490.indd 14

14/05/13 17:02


EL MINERO, EL DIAMANTE Y EL CUELLO DE GRAND-MAMAN 15

En las naves de la antigua fábrica aún se conserva toda la documentación de su historia que, solo en la inofensiva burocracia de los papeles, también es, en parte, mi propia historia. Una historia perfectamente ordenada en las estanterías. Vida de mentira, decía mi madre. Letra pulcra que cualquiera puede consultar en los archivos. Un minero se pasa la vida extrayendo carbón de las entrañas de la tierra, hasta que un día se encuentra un diamante. Entonces no sabe qué hacer con él. Acabará adornando el cuello de alguna señora burguesa, provocadora e impertinente, vestida de Chanel, que lleve puestos unos minúsculos zapatos de lujo; será mi bisabuela, la mujer del presidente de la Transmontana, madre de mi abuelo Georges, a quien llamábamos Grand-maman.

Si consultamos la definición de «minar», leemos: 1. Abrir caminos o galerías por debajo de la tierra. 2. Hacer grandes diligencias para conseguir algo. 3. Consumir, destruir poco a poco. 4. Hacer minas cavando la tierra y poniendo artificios explosivos para derribar muros, edificios. 5. Enterrar artificios explosivos para contener el avance del enemigo.

001M-2490.indd 15

14/05/13 17:02


001M-2490.indd 16

14/05/13 17:02


Turn static files into dynamic content formats.

Create a flipbook