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Mientras avanzaba por la serpenteante carretera del cementerio de Saint Agnes en la caja de la vieja y traqueteante camioneta, Francis Phelan reparó en que los muertos, incluso más que los vivos, se agrupaban en barrios. De improviso rodearon el vehículo hileras de monumentos y cenotafios de análogo diseño y tamaño sorprendente, todos ellos custodiando a los muertos privilegiados. Pero la camioneta siguió adelante y aparecieron los límites del privilegio puro y duro, pues allí estaban las hectáreas de la muerte realmente prestigiosa: hombres y mujeres ilustres, potentados sin sus brillantes, pieles, carruajes y limusinas, pero enterrados con pompa y esplendor en grandes tumbas como cajas de seguridad celestiales o fragmentos de la Acrópolis. Y, ah, sí, también allí, inevitablemente, estaban las amplias masas, una hilera tras otra, bajo sencillas lápidas y cruces todavía más sencillas. Aquel era el barrio de los Phelan. Ante la proximidad del vehículo que transportaba a su hijo, la madre de Francis se crispó con nerviosismo en su tumba y el padre encendió su pipa, sonrió al ver el desasosiego de su esposa y miró desde su parcela de tie-


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rra para tener un atisbo de lo mucho que había cambiado Francis desde el accidente de ferrocarril. El padre de Francis fumaba las raíces de la hierba que moría a causa de las sequías periódicas que asolaban el cementerio. Se guardaba la esencia de raíz en los bolsillos hasta que se volvía quebradiza al tacto, y entonces la pulverizaba entre los dedos y cargaba con ella la pipa. La madre tejía cruces con los dientes de león muertos y otros hierbajos que tenían raíces profundas; procuraba conservar la mayor longitud posible de los mismos, los tejía mientras aún se hallaban en la etapa verde de la muerte y luego se los comía con un asco insaciable. —Mira esa tumba —le dijo Francis a su compañero—. Está bien, ¿eh? Es la de Arthur T. Grogan. De niño, lo veía en Albany. Era el amo de toda la energía eléctrica de la ciudad. —Pues ahora no le queda mucha —replicó Rudy. —No estés tan seguro. Esta clase de personas no sueltan fácilmente algo bueno. El polvo en movimiento de Arthur T. Grogan, inquieto en su Partenón simulado, se volvió luminoso gracias al recuerdo de un día del remoto pasado, lleno de vida, surgido en la mente de Francis. La camioneta emprendió la subida de la cuesta. «Farrell», decía una lápida al borde de la carretera. «Kennedy», decía otra. «Daugherty, McIlhenny, Brunelle, McDonald, Malone, Dwyer y Walsh», decían otras. «Phelan», decían dos pequeñas. Francis vio el par de lápidas de los Phelan y miró a otra parte, temeroso de que su bebé, Gerald, pudiera estar bajo una de ellas. No se había enfrentado directamente a Gerald desde el día en que el niño se le deslizó

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de su pañal. No podía enfrentarse a él ahora. Evitó las lápidas de los Phelan, diciéndose que tal vez se tratara de otra familia con el mismo apellido. Y estaba en lo cierto. Aquellas eran las tumbas de los jóvenes y musculosos hermanos Phelan, ambos dedicados al transporte en barcaza por el canal y ambos rajados por la misma botella de whisky, arrojados al canal Erie, en Watervliet, delante del saloon El Trapo Negro, y empujados con una pértiga para impedirles emerger hasta que se ahogaron, un suceso que tuvo lugar en 1884. Los hermanos miraron la ropa de Francis, su raída chaqueta de sarga marrón, los holgados pantalones negros y la sucia camisa azul de bombero, y sintieron una especie de afinidad con él que no debía nada a los lazos de parentesco. Sus zapatos estaban tan desgastados como los zapatones de cuero que calzaron ellos los últimos días de su vida. Los hermanos observaron también en el rostro de Francis las familiares cicatrices de la desolación alcohólica, que ellos habían desarrollado en sus tumbas, pues ambos estaban muy borrachos y eran muy vulnerables cuando aquellos asesinos de los Muggins los mataron al mismo tiempo y les arrebataron todo su dinero: cuarenta y ocho centavos. Morimos por calderilla, le dijeron a Francis los hermanos, a su manera silenciosa, de curdas fiambres, mientras él pasaba por su lado rebotando en la caja de la camioneta y contemplando las alentadoras nubes blancas que con tanta profusión llenaban el cielo a media mañana. Francis notaba que el calor del sol hacía fluir la vida en su cuerpo y lo interpretó como un regalo de fortaleza que le hacía el cielo. —Un poco fresco —comentó—, pero hoy va a ser un día bonito.


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rra para tener un atisbo de lo mucho que había cambiado Francis desde el accidente de ferrocarril. El padre de Francis fumaba las raíces de la hierba que moría a causa de las sequías periódicas que asolaban el cementerio. Se guardaba la esencia de raíz en los bolsillos hasta que se volvía quebradiza al tacto, y entonces la pulverizaba entre los dedos y cargaba con ella la pipa. La madre tejía cruces con los dientes de león muertos y otros hierbajos que tenían raíces profundas; procuraba conservar la mayor longitud posible de los mismos, los tejía mientras aún se hallaban en la etapa verde de la muerte y luego se los comía con un asco insaciable. —Mira esa tumba —le dijo Francis a su compañero—. Está bien, ¿eh? Es la de Arthur T. Grogan. De niño, lo veía en Albany. Era el amo de toda la energía eléctrica de la ciudad. —Pues ahora no le queda mucha —replicó Rudy. —No estés tan seguro. Esta clase de personas no sueltan fácilmente algo bueno. El polvo en movimiento de Arthur T. Grogan, inquieto en su Partenón simulado, se volvió luminoso gracias al recuerdo de un día del remoto pasado, lleno de vida, surgido en la mente de Francis. La camioneta emprendió la subida de la cuesta. «Farrell», decía una lápida al borde de la carretera. «Kennedy», decía otra. «Daugherty, McIlhenny, Brunelle, McDonald, Malone, Dwyer y Walsh», decían otras. «Phelan», decían dos pequeñas. Francis vio el par de lápidas de los Phelan y miró a otra parte, temeroso de que su bebé, Gerald, pudiera estar bajo una de ellas. No se había enfrentado directamente a Gerald desde el día en que el niño se le deslizó

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de su pañal. No podía enfrentarse a él ahora. Evitó las lápidas de los Phelan, diciéndose que tal vez se tratara de otra familia con el mismo apellido. Y estaba en lo cierto. Aquellas eran las tumbas de los jóvenes y musculosos hermanos Phelan, ambos dedicados al transporte en barcaza por el canal y ambos rajados por la misma botella de whisky, arrojados al canal Erie, en Watervliet, delante del saloon El Trapo Negro, y empujados con una pértiga para impedirles emerger hasta que se ahogaron, un suceso que tuvo lugar en 1884. Los hermanos miraron la ropa de Francis, su raída chaqueta de sarga marrón, los holgados pantalones negros y la sucia camisa azul de bombero, y sintieron una especie de afinidad con él que no debía nada a los lazos de parentesco. Sus zapatos estaban tan desgastados como los zapatones de cuero que calzaron ellos los últimos días de su vida. Los hermanos observaron también en el rostro de Francis las familiares cicatrices de la desolación alcohólica, que ellos habían desarrollado en sus tumbas, pues ambos estaban muy borrachos y eran muy vulnerables cuando aquellos asesinos de los Muggins los mataron al mismo tiempo y les arrebataron todo su dinero: cuarenta y ocho centavos. Morimos por calderilla, le dijeron a Francis los hermanos, a su manera silenciosa, de curdas fiambres, mientras él pasaba por su lado rebotando en la caja de la camioneta y contemplando las alentadoras nubes blancas que con tanta profusión llenaban el cielo a media mañana. Francis notaba que el calor del sol hacía fluir la vida en su cuerpo y lo interpretó como un regalo de fortaleza que le hacía el cielo. —Un poco fresco —comentó—, pero hoy va a ser un día bonito.


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—Si no vomita —replicó Rudy. —Oye, jodido chalado, no hables así del tiempo. Si va a ser un día bonito, acéptalo sin más. ¿A qué viene eso de que el cielo va a vomitarnos encima? —Mi madre era una cherokee de pura cepa —dijo Rudy. —Eres un embustero. Tu madre era mexicana, por eso tienes los pómulos altos. No me trago lo de que eres indio. —Era de la reserva de Skokie, en Illinois, se trasladó a Chicago y consiguió un empleo de vendedora de cacahuetes en Wrigley Field. —En Illinois no hay un solo indio. En todo el tiempo que estuve allí, jamás vi a un puñetero indio. —Son muy reservados —observó Rudy. La camioneta pasó por la última sección deshabitada del cementerio y avanzó hacia una colina donde cinco hombres con picos y palas estaban haciendo un montículo de tierra. El conductor aparcó y abrió la compuerta de atrás, y Francis y Rudy saltaron al suelo. Los dos se unieron a los otros cinco y cargaron la camioneta con tierra fresca. —Lo estoy calculando —farfulló Rudy mientras manejaba la pala. —¿Qué diablos estás calculando ahora? —le preguntó Francis. —Los gusanos —respondió Rudy—. La cantidad de gusanos que hay en una camioneta cargada de tierra. —¿Los estás contando? —Ciento ocho hasta ahora —dijo Rudy. —Menudo chinche gilipollas estás hecho. Una vez finalizada la carga, Francis y Rudy subieron

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a la caja de la camioneta, se sentaron sobre el montículo de tierra y el conductor los llevó a una cuesta donde una veintena de tumbas de muertos recientes emitían el olor de la dulce putrefacción, el incienso de la mortalidad inmerecida y los sueños interrumpidos. El conductor, que parecía habituado a tales olores, aparcó lo más cerca posible de las tumbas nuevas, y entonces Rudy y Francis echaron paladas de tierra a los muertos mientras el conductor dormitaba en la camioneta. Varios de los muertos llevaban dos o tres meses enterrados, y sin embargo sus ataúdes se hundían todavía más en la tierra, ablandada por la lluvia. La pesada carga de los días que habían vivido buscaba ahora su correlato en la muerte de su primogénito, abriendo un hoyo rectangular en la superficie de cada tumba. Algunos de los ataúdes parecían haber emprendido un viaje al centro de la tierra. Ninguna de las tumbas tenía lápida todavía, pero unas cuantas estaban decoradas con una bandera norteamericana en un palito o ramos de desvaídas flores de tela en tiestos de arcilla. Rudy y Francis rellenaron un hoyo y luego otro. Unos gladiolos marchitos, todavía vagamente amarillos en su decoloración hacia el marrón de la muerte, languidecían en un cesto colocado en la cabecera de la tumba de Louis Papote Dugan, el estafador de salas de billar de Albany que había muerto hacía tan solo una semana, más o menos, asfixiado por sus propios vómitos. Papote Dugan, que trataba inútilmente de memorizar de nuevo los desvaídos recuerdos de cómo daba un efecto vertical a la bola blanca o la hacía retroceder por todo el largo de la mesa, reconoció a Franny Phelan, aunque no lo había visto en veinte años.


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—Si no vomita —replicó Rudy. —Oye, jodido chalado, no hables así del tiempo. Si va a ser un día bonito, acéptalo sin más. ¿A qué viene eso de que el cielo va a vomitarnos encima? —Mi madre era una cherokee de pura cepa —dijo Rudy. —Eres un embustero. Tu madre era mexicana, por eso tienes los pómulos altos. No me trago lo de que eres indio. —Era de la reserva de Skokie, en Illinois, se trasladó a Chicago y consiguió un empleo de vendedora de cacahuetes en Wrigley Field. —En Illinois no hay un solo indio. En todo el tiempo que estuve allí, jamás vi a un puñetero indio. —Son muy reservados —observó Rudy. La camioneta pasó por la última sección deshabitada del cementerio y avanzó hacia una colina donde cinco hombres con picos y palas estaban haciendo un montículo de tierra. El conductor aparcó y abrió la compuerta de atrás, y Francis y Rudy saltaron al suelo. Los dos se unieron a los otros cinco y cargaron la camioneta con tierra fresca. —Lo estoy calculando —farfulló Rudy mientras manejaba la pala. —¿Qué diablos estás calculando ahora? —le preguntó Francis. —Los gusanos —respondió Rudy—. La cantidad de gusanos que hay en una camioneta cargada de tierra. —¿Los estás contando? —Ciento ocho hasta ahora —dijo Rudy. —Menudo chinche gilipollas estás hecho. Una vez finalizada la carga, Francis y Rudy subieron

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a la caja de la camioneta, se sentaron sobre el montículo de tierra y el conductor los llevó a una cuesta donde una veintena de tumbas de muertos recientes emitían el olor de la dulce putrefacción, el incienso de la mortalidad inmerecida y los sueños interrumpidos. El conductor, que parecía habituado a tales olores, aparcó lo más cerca posible de las tumbas nuevas, y entonces Rudy y Francis echaron paladas de tierra a los muertos mientras el conductor dormitaba en la camioneta. Varios de los muertos llevaban dos o tres meses enterrados, y sin embargo sus ataúdes se hundían todavía más en la tierra, ablandada por la lluvia. La pesada carga de los días que habían vivido buscaba ahora su correlato en la muerte de su primogénito, abriendo un hoyo rectangular en la superficie de cada tumba. Algunos de los ataúdes parecían haber emprendido un viaje al centro de la tierra. Ninguna de las tumbas tenía lápida todavía, pero unas cuantas estaban decoradas con una bandera norteamericana en un palito o ramos de desvaídas flores de tela en tiestos de arcilla. Rudy y Francis rellenaron un hoyo y luego otro. Unos gladiolos marchitos, todavía vagamente amarillos en su decoloración hacia el marrón de la muerte, languidecían en un cesto colocado en la cabecera de la tumba de Louis Papote Dugan, el estafador de salas de billar de Albany que había muerto hacía tan solo una semana, más o menos, asfixiado por sus propios vómitos. Papote Dugan, que trataba inútilmente de memorizar de nuevo los desvaídos recuerdos de cómo daba un efecto vertical a la bola blanca o la hacía retroceder por todo el largo de la mesa, reconoció a Franny Phelan, aunque no lo había visto en veinte años.


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—¿Quién estará ahí debajo? —preguntó Francis. —Probablemente un católico —respondió Rudy. —Pues claro que es un católico, cabeza de chorlito, este cementerio es católico. —A veces dejan enterrar a protestantes —señaló Rudy. —Y una mierda. —A veces también a judíos. Y a indios. Papote recordaba qué forma tenía la boca de Franny por la primera vez que le vio jugar con el equipo de béisbol de Albany en el Chadwick Park. Papote se sentó en las gradas, detrás de la línea de la tercera base, donde estaba Franny, al que vio subir a las gradas tras una tonta bola desviada que habría alcanzado a Papote en el pecho si Franny no hubiera cambiado de posición para recibir la bola. Papote vio la sonrisa de Franny después de haberla atrapado, y aunque apenas le quedaba algún diente, Franny sonrió de aquella misma manera familiar mientras esparcía tierra fresca sobre la tumba. Tu hijo Billy me salvó la vida, le dijo Papote a Francis. Me dio la vuelta e impidió que muriese asfixiado en la calle cuando enfermé. De todos modos, más tarde me morí, pero fue un detalle amable por su parte y ojalá pudiera retirar algunas de las barbaridades que le dije. Permíteme que te dé un consejo: nunca te tragues tu propio vómito. Francis no necesitaba el consejo de Papote. Al contrario que este, él no había enfermado a causa del alcohol. Francis sabía beber. Bebía continuamente y no vomitaba. Bebía cualquier líquido alcohólico, el que fuese, y siempre podía caminar y hablaba tan bien como cualquier hombre sobrio. El alcohol acababa hacién-

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dole dormir, pero bajo ciertas condiciones. Cuando había bebido lo suficiente y todos los demás habían perdido el conocimiento, Francis inclinaba la cabeza, se acurrucaba como un perro viejo, se ponía las manos entre las piernas para protegerse lo que le quedaba de las joyas y empezaba a dormir la mona, pero poco después se despertaba e iba en busca de más bebida. Tal había sido su comportamiento cuando bebía. Ahora había dejado de beber. Llevaba dos días sin hacerlo y se sentía bastante bien. Incluso fuerte. Francis había dejado de beber porque se le había terminado el dinero, lo cual había coincidido con un mal momento de salud de Helen y su deseo de cuidarla. También quiso estar sobrio para presentarse ante el tribunal por haberse registrado veintiuna veces para votar. Se presentó ante el tribunal, pero no lo juzgaron. Su abogado, Marcus Gorman, que era un mago, descubrió un error en la fecha del documento que detallaba los cargos contra Francis, y el caso fue sobreseído. Normalmente, Marcus cobraba quinientos dólares a sus clientes, pero a Francis solo le cobró cincuenta, porque Martin Daugherty, el articulista del periódico, uno de los antiguos vecinos de Francis, le pidió que no se pasara. Cuando llegó el momento de pagar, Francis ni siquiera tenía los cincuenta. Se había gastado en bebida hasta el último centavo. Sin embargo, Marcus le exigió sus honorarios. —Pero no los tengo —dijo Francis. —Entonces ponte a trabajar para ganarlos —replicó Marcus—. A mí se me paga por lo que hago. —Nadie me dará trabajo. Soy un vagabundo. —Te conseguiré una jornada de trabajo en el cementerio —le aseguró Marcus.


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—¿Quién estará ahí debajo? —preguntó Francis. —Probablemente un católico —respondió Rudy. —Pues claro que es un católico, cabeza de chorlito, este cementerio es católico. —A veces dejan enterrar a protestantes —señaló Rudy. —Y una mierda. —A veces también a judíos. Y a indios. Papote recordaba qué forma tenía la boca de Franny por la primera vez que le vio jugar con el equipo de béisbol de Albany en el Chadwick Park. Papote se sentó en las gradas, detrás de la línea de la tercera base, donde estaba Franny, al que vio subir a las gradas tras una tonta bola desviada que habría alcanzado a Papote en el pecho si Franny no hubiera cambiado de posición para recibir la bola. Papote vio la sonrisa de Franny después de haberla atrapado, y aunque apenas le quedaba algún diente, Franny sonrió de aquella misma manera familiar mientras esparcía tierra fresca sobre la tumba. Tu hijo Billy me salvó la vida, le dijo Papote a Francis. Me dio la vuelta e impidió que muriese asfixiado en la calle cuando enfermé. De todos modos, más tarde me morí, pero fue un detalle amable por su parte y ojalá pudiera retirar algunas de las barbaridades que le dije. Permíteme que te dé un consejo: nunca te tragues tu propio vómito. Francis no necesitaba el consejo de Papote. Al contrario que este, él no había enfermado a causa del alcohol. Francis sabía beber. Bebía continuamente y no vomitaba. Bebía cualquier líquido alcohólico, el que fuese, y siempre podía caminar y hablaba tan bien como cualquier hombre sobrio. El alcohol acababa hacién-

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dole dormir, pero bajo ciertas condiciones. Cuando había bebido lo suficiente y todos los demás habían perdido el conocimiento, Francis inclinaba la cabeza, se acurrucaba como un perro viejo, se ponía las manos entre las piernas para protegerse lo que le quedaba de las joyas y empezaba a dormir la mona, pero poco después se despertaba e iba en busca de más bebida. Tal había sido su comportamiento cuando bebía. Ahora había dejado de beber. Llevaba dos días sin hacerlo y se sentía bastante bien. Incluso fuerte. Francis había dejado de beber porque se le había terminado el dinero, lo cual había coincidido con un mal momento de salud de Helen y su deseo de cuidarla. También quiso estar sobrio para presentarse ante el tribunal por haberse registrado veintiuna veces para votar. Se presentó ante el tribunal, pero no lo juzgaron. Su abogado, Marcus Gorman, que era un mago, descubrió un error en la fecha del documento que detallaba los cargos contra Francis, y el caso fue sobreseído. Normalmente, Marcus cobraba quinientos dólares a sus clientes, pero a Francis solo le cobró cincuenta, porque Martin Daugherty, el articulista del periódico, uno de los antiguos vecinos de Francis, le pidió que no se pasara. Cuando llegó el momento de pagar, Francis ni siquiera tenía los cincuenta. Se había gastado en bebida hasta el último centavo. Sin embargo, Marcus le exigió sus honorarios. —Pero no los tengo —dijo Francis. —Entonces ponte a trabajar para ganarlos —replicó Marcus—. A mí se me paga por lo que hago. —Nadie me dará trabajo. Soy un vagabundo. —Te conseguiré una jornada de trabajo en el cementerio —le aseguró Marcus.


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Y así fue. Marcus jugaba al bridge con el obispo y conocía a todos los peces gordos católicos, uno de los cuales dirigía el cementerio de Saint Agnes, en Menands. Francis durmió entre los hierbajos de la avenida Dongan, debajo del puente, se despertó a las siete de la mañana y fue en busca de café a la misión que estaba en la avenida Madison. Helen no se encontraba allí. Había desaparecido de veras. Nadie sabía adónde había ido y nadie la había visto. Le dijeron que la noche anterior había estado en la misión, pero que luego se marchó. En otras ocasiones, cuando Francis y ella se habían peleado por cuestiones de dinero, ella se había ido a alguna parte, ¿quién diablos sabía adónde? Francis tomó café y pan con los vagabundos que se habían curado del alcoholismo, otros vagabundos que estaban de paso y el predicador que los vigilaba a todos y trataba de camelarse sus almas. No te preocupes por mi alma, se decía Francis, y limítate a darme café. Luego se quedó en la entrada, matando el tiempo mientras se escarbaba los dientes con la cubierta de un librillo de fósforos, y en eso estaba cuando llegó Rudy. Rudy también estaba sobrio, para variar, y tenía el cabello gris bien peinado y arreglado. Se había recortado el bigote y llevaba zapatos blancos de ante, aunque era el mes de octubre; coño, vaya con el vagabundo, camisa blanca y raya en los pantalones. Francis, con un zapato sin cordón, el pelo apelmazado y demasiado largo, oliendo su propio hedor y avergonzado de sí mismo por primera vez, se sintió en desventaja. —Tienes buena pinta, vagabundo —le dijo Francis.

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—He estado en el hospital. —¿Por qué? —Cáncer. —No jodas. ¿Cáncer? —El tipo me dice que voy a morir en seis meses. Le digo que beberé hasta matarme. Él me dice que da lo mismo que beba o cene, que estoy listo. Me voy a ir de este mundo con un cáncer. De estómago, lo peor que hay, ¿comprendes? Hombre, me gustaría llegar a los cincuenta, le digo. Pues no vas a llegar, dice el médico. Está bien, le digo, ¿qué más da? —Vaya, es una lástima. ¿Tienes algo de beber? —Tengo un dólar. —Pues sí que estamos bien. Entonces Francis recordó la deuda contraída con Marcus Gorman. —Escucha, vagabundo —le dijo a Rudy—. ¿Quieres trabajar conmigo y ganarte unos pavos? Sacaremos para un par de tragos y un catre esta noche. Va a hacer frío. Mira qué cielo. —¿Trabajar dónde? —En el cementerio, amontonando tierra a paladas. —El cementerio. ¿Por qué no? Debería acostumbrarme a eso. ¿Cómo pagan? —¿Quién demonios lo sabe? —Me refiero a si pagan en metálico o te dan una tumba gratis cuando la palmas. —Si no pagan con dinero, que se olviden —dijo Francis—. No pienso cavar mi propia tumba. Desde el centro de Albany se dirigieron al cementerio, que se encontraba en Menands, a nueve kilómetros de distancia por lo menos. Francis se sentía sano y le gus-


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Y así fue. Marcus jugaba al bridge con el obispo y conocía a todos los peces gordos católicos, uno de los cuales dirigía el cementerio de Saint Agnes, en Menands. Francis durmió entre los hierbajos de la avenida Dongan, debajo del puente, se despertó a las siete de la mañana y fue en busca de café a la misión que estaba en la avenida Madison. Helen no se encontraba allí. Había desaparecido de veras. Nadie sabía adónde había ido y nadie la había visto. Le dijeron que la noche anterior había estado en la misión, pero que luego se marchó. En otras ocasiones, cuando Francis y ella se habían peleado por cuestiones de dinero, ella se había ido a alguna parte, ¿quién diablos sabía adónde? Francis tomó café y pan con los vagabundos que se habían curado del alcoholismo, otros vagabundos que estaban de paso y el predicador que los vigilaba a todos y trataba de camelarse sus almas. No te preocupes por mi alma, se decía Francis, y limítate a darme café. Luego se quedó en la entrada, matando el tiempo mientras se escarbaba los dientes con la cubierta de un librillo de fósforos, y en eso estaba cuando llegó Rudy. Rudy también estaba sobrio, para variar, y tenía el cabello gris bien peinado y arreglado. Se había recortado el bigote y llevaba zapatos blancos de ante, aunque era el mes de octubre; coño, vaya con el vagabundo, camisa blanca y raya en los pantalones. Francis, con un zapato sin cordón, el pelo apelmazado y demasiado largo, oliendo su propio hedor y avergonzado de sí mismo por primera vez, se sintió en desventaja. —Tienes buena pinta, vagabundo —le dijo Francis.

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—He estado en el hospital. —¿Por qué? —Cáncer. —No jodas. ¿Cáncer? —El tipo me dice que voy a morir en seis meses. Le digo que beberé hasta matarme. Él me dice que da lo mismo que beba o cene, que estoy listo. Me voy a ir de este mundo con un cáncer. De estómago, lo peor que hay, ¿comprendes? Hombre, me gustaría llegar a los cincuenta, le digo. Pues no vas a llegar, dice el médico. Está bien, le digo, ¿qué más da? —Vaya, es una lástima. ¿Tienes algo de beber? —Tengo un dólar. —Pues sí que estamos bien. Entonces Francis recordó la deuda contraída con Marcus Gorman. —Escucha, vagabundo —le dijo a Rudy—. ¿Quieres trabajar conmigo y ganarte unos pavos? Sacaremos para un par de tragos y un catre esta noche. Va a hacer frío. Mira qué cielo. —¿Trabajar dónde? —En el cementerio, amontonando tierra a paladas. —El cementerio. ¿Por qué no? Debería acostumbrarme a eso. ¿Cómo pagan? —¿Quién demonios lo sabe? —Me refiero a si pagan en metálico o te dan una tumba gratis cuando la palmas. —Si no pagan con dinero, que se olviden —dijo Francis—. No pienso cavar mi propia tumba. Desde el centro de Albany se dirigieron al cementerio, que se encontraba en Menands, a nueve kilómetros de distancia por lo menos. Francis se sentía sano y le gus-


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taba. Era una pena que no se sintiera sano cuando bebía. Se sentía bien, pero no sano, sobre todo por la mañana, o cuando se despertaba en plena noche, por ejemplo. A veces se sentía muerto. La cabeza, la garganta, el estómago: necesitaba enderezarlos con un trago, o tal vez dos, porque de lo contrario se le recalentaba el cerebro tratando de encontrar soluciones y los ojos se le salían de las órbitas. Es duro de veras cuando necesitas ese trago y tu garganta es una llaga abierta y son las cuatro de la madrugada, se te ha terminado la bebida, no hay ningún sitio abierto y, aunque lo hubiera, no tienes dinero ni nadie a quien mendigárselo. Eso es duro, amigo. Es muy duro. Rudy y Francis subieron por Broadway y, cuando llegaron a la calle Colonie, Francis sintió el impulso de desviarse y echar un vistazo a la casa donde nació y donde sus condenados hermanos y hermanas aún vivían. Había hecho lo mismo en 1935, cuando parecía posible, cuando su madre murió por fin. ¿Y de qué le había valido? Una patada en el culo es lo que le valió. Ojalá el chamizo se viniese abajo y los sepultara a todos antes de que él volviera a mirarlo. Eso es lo que pensaba. Que se pudriera. Que lo devorasen los bichos. En el cementerio, Kathryn Phelan, al percibir la belicosidad en el talante de su hijo, se sentía cada vez más inquieta ante la idea de que la muerte estaba a punto de cambiar para ella. Con un taimado acceso de energía, tejió otra cruz, utilizando los hierbajos de raíces cortas que crecían por encima de ella, y se apresuró a engullirla, pero el sabor la decepcionó. La atracción de Kathryn Phelan por los hierbajos era directamente proporcional a la longitud de sus raíces.

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Cuanto más largo era el hierbajo, tanto más repulsiva era la cruz. Francis y Rudy siguieron caminando por Broadway en dirección norte. El zapato derecho de Francis le bailaba en el pie, rozándole encarnizadamente el talón. Tuvo cuidado con el pie hasta que encontró un trozo de cordel en la acera, delante del taller de fontanería de Frankie Leikheim. Este era un crío cuando Francis ya era un muchachote, y ahora él tiene un taller de fontanería, ¿y qué tienes tú, Francis? Tienes un trozo de cordel que hará las veces de cordón de zapato. No necesitas cordones de zapato para recorrer distancias cortas, pero vagabundeando sin ellos puedes destrozarte los pies durante semanas. Creías tener todos los callos que nadie ha necesitado jamás para hacer camino, pero entonces consigues otros zapatos y te producen un montón de ampollas, unas ampollas que sangran y te obligan a detenerte casi hasta que estén cubiertas por las costras, y así puedas trabajarte otro callo. El cordel era demasiado grueso para los ojillos del zapato. Francis lo deshizo y, reducido a la mitad de su grosor, lo pasó por un número suficiente de agujerillos que le permitieran atarlo. Se subió el calcetín, ya apenas digno de tal nombre, con tomates en el talón, la punta y la parte inferior —debería conseguir unos nuevos—. Apretó el nuevo cordón con suavidad, para que el zapato dejase de golpetear. Y prosiguió su camino hacia el cementerio. —Hay siete pecados mortales —dijo Rudy. —¿Mortales? —replicó Francis—. ¿Qué significa eso de mortales? —Quería decir normales —respondió Rudy—. Cotidianos.


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taba. Era una pena que no se sintiera sano cuando bebía. Se sentía bien, pero no sano, sobre todo por la mañana, o cuando se despertaba en plena noche, por ejemplo. A veces se sentía muerto. La cabeza, la garganta, el estómago: necesitaba enderezarlos con un trago, o tal vez dos, porque de lo contrario se le recalentaba el cerebro tratando de encontrar soluciones y los ojos se le salían de las órbitas. Es duro de veras cuando necesitas ese trago y tu garganta es una llaga abierta y son las cuatro de la madrugada, se te ha terminado la bebida, no hay ningún sitio abierto y, aunque lo hubiera, no tienes dinero ni nadie a quien mendigárselo. Eso es duro, amigo. Es muy duro. Rudy y Francis subieron por Broadway y, cuando llegaron a la calle Colonie, Francis sintió el impulso de desviarse y echar un vistazo a la casa donde nació y donde sus condenados hermanos y hermanas aún vivían. Había hecho lo mismo en 1935, cuando parecía posible, cuando su madre murió por fin. ¿Y de qué le había valido? Una patada en el culo es lo que le valió. Ojalá el chamizo se viniese abajo y los sepultara a todos antes de que él volviera a mirarlo. Eso es lo que pensaba. Que se pudriera. Que lo devorasen los bichos. En el cementerio, Kathryn Phelan, al percibir la belicosidad en el talante de su hijo, se sentía cada vez más inquieta ante la idea de que la muerte estaba a punto de cambiar para ella. Con un taimado acceso de energía, tejió otra cruz, utilizando los hierbajos de raíces cortas que crecían por encima de ella, y se apresuró a engullirla, pero el sabor la decepcionó. La atracción de Kathryn Phelan por los hierbajos era directamente proporcional a la longitud de sus raíces.

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Cuanto más largo era el hierbajo, tanto más repulsiva era la cruz. Francis y Rudy siguieron caminando por Broadway en dirección norte. El zapato derecho de Francis le bailaba en el pie, rozándole encarnizadamente el talón. Tuvo cuidado con el pie hasta que encontró un trozo de cordel en la acera, delante del taller de fontanería de Frankie Leikheim. Este era un crío cuando Francis ya era un muchachote, y ahora él tiene un taller de fontanería, ¿y qué tienes tú, Francis? Tienes un trozo de cordel que hará las veces de cordón de zapato. No necesitas cordones de zapato para recorrer distancias cortas, pero vagabundeando sin ellos puedes destrozarte los pies durante semanas. Creías tener todos los callos que nadie ha necesitado jamás para hacer camino, pero entonces consigues otros zapatos y te producen un montón de ampollas, unas ampollas que sangran y te obligan a detenerte casi hasta que estén cubiertas por las costras, y así puedas trabajarte otro callo. El cordel era demasiado grueso para los ojillos del zapato. Francis lo deshizo y, reducido a la mitad de su grosor, lo pasó por un número suficiente de agujerillos que le permitieran atarlo. Se subió el calcetín, ya apenas digno de tal nombre, con tomates en el talón, la punta y la parte inferior —debería conseguir unos nuevos—. Apretó el nuevo cordón con suavidad, para que el zapato dejase de golpetear. Y prosiguió su camino hacia el cementerio. —Hay siete pecados mortales —dijo Rudy. —¿Mortales? —replicó Francis—. ¿Qué significa eso de mortales? —Quería decir normales —respondió Rudy—. Cotidianos.


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—Para mí hay un solo pecado —dijo Francis. —Está el prejuicio. —Ah, sí. El prejuicio, claro. —Está la envidia. —La envidia. Sí, exacto. Ese es uno. —Está la lujuria. —La lujuria, correcto. Ese siempre me ha gustado. —La cobardía. —¿Quién es un cobarde? —La cobardía. —No sé a qué te refieres. Desconozco esa palabra. —La cobardía —insistió Rudy. —No me gusta la palabra cobarde. ¿Qué estás diciendo de un cobarde? —El cobarde se encoge de miedo. ¿Sabes qué es un cobarde? Alguien que huye. —No, no conozco esa palabra. Francis no es ningún cobarde. Se enfrentará a quien sea. Escucha, ¿sabes qué es lo que me gusta? —¿Qué es lo que te gusta? —La honradez —dijo Francis. —Esa es otra —replicó Rudy. Desde la calle Shaker se dirigieron a la calle North Pearl y avanzaron hacia el norte por Pearl. Donde ellos viven ahora. Habían pintado la iglesia del Sagrado Corazón desde la última vez que él la vio, y la Escuela 20, al otro lado de la calle, tenía pistas de tenis nuevas. Había allí un montón de casas que él veía por primera vez, que no existían en 1916. Esta es la manzana en la que ellos viven. Lo que Billy dijo. La última vez que Francis caminó por esta calle no era mucho más que un mal pastizal para vacas. Las vacas del viejo Rooney rom-

UNO

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pieron la cerca y vagaron sueltas, ensuciando calzadas y aceras. Hay que poner fin a esto, le dijo a Rooney el juez Ronan. ¿Qué quiere que haga?, le preguntó Rooney al juez, ¿ponerles pañales? Caminaron hasta el extremo de la calle North Pearl, donde entraba en Menands, y doblaron hacia el punto en que se unía a Broadway. Pasaron ante el lugar donde estuvo la taberna Cabeza de Toro. Francis era un crío cuando vio a Gus Ruhlan salir de la esquina con los puños cerrados. El vagabundo con el que se peleaba extendió una mano para que se la estrechara, y Gus le pegó un tiro y se acabó lo que se daba, hincó el pico, angelitos al cielo. Honradez. Pasaron ante el estadio Hawkins, que ahora era enorme, más o menos como lo era Chadwick Park cuando Francis jugaba a béisbol. Recordaba la época en que era un herbazal. Golpeabas la bola a la derecha y se iba directa a los hierbajos. Buckley el Chucho iba tras ella y la encontraba enseguida, era un mago. El Chucho guardaba una docena de bolas de repuesto entre los hierbajos para esa clase de emergencias. Entonces lanzaba al corredor en la tercera base un cuadrangular infalible y se jactaba de su juego. Honradez. El Chucho está muerto. Trabajaba con una carreta de transporte de hielo, golpeó al caballo y este le dio una coz. ¿No fue así? Qué va. Eso es una chifladura. ¿Quién golpeó al caballo? —Ah, oye —le dijo Rudy—, ¿no estabas con una mujer la otra noche, cuando te vi? —¿Qué mujer? —No sé. Helen. Sí, la llamabas Helen. —Helen. Vete a saber dónde está. —¿Qué ha hecho? ¿Fugarse con un banquero?


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—Para mí hay un solo pecado —dijo Francis. —Está el prejuicio. —Ah, sí. El prejuicio, claro. —Está la envidia. —La envidia. Sí, exacto. Ese es uno. —Está la lujuria. —La lujuria, correcto. Ese siempre me ha gustado. —La cobardía. —¿Quién es un cobarde? —La cobardía. —No sé a qué te refieres. Desconozco esa palabra. —La cobardía —insistió Rudy. —No me gusta la palabra cobarde. ¿Qué estás diciendo de un cobarde? —El cobarde se encoge de miedo. ¿Sabes qué es un cobarde? Alguien que huye. —No, no conozco esa palabra. Francis no es ningún cobarde. Se enfrentará a quien sea. Escucha, ¿sabes qué es lo que me gusta? —¿Qué es lo que te gusta? —La honradez —dijo Francis. —Esa es otra —replicó Rudy. Desde la calle Shaker se dirigieron a la calle North Pearl y avanzaron hacia el norte por Pearl. Donde ellos viven ahora. Habían pintado la iglesia del Sagrado Corazón desde la última vez que él la vio, y la Escuela 20, al otro lado de la calle, tenía pistas de tenis nuevas. Había allí un montón de casas que él veía por primera vez, que no existían en 1916. Esta es la manzana en la que ellos viven. Lo que Billy dijo. La última vez que Francis caminó por esta calle no era mucho más que un mal pastizal para vacas. Las vacas del viejo Rooney rom-

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pieron la cerca y vagaron sueltas, ensuciando calzadas y aceras. Hay que poner fin a esto, le dijo a Rooney el juez Ronan. ¿Qué quiere que haga?, le preguntó Rooney al juez, ¿ponerles pañales? Caminaron hasta el extremo de la calle North Pearl, donde entraba en Menands, y doblaron hacia el punto en que se unía a Broadway. Pasaron ante el lugar donde estuvo la taberna Cabeza de Toro. Francis era un crío cuando vio a Gus Ruhlan salir de la esquina con los puños cerrados. El vagabundo con el que se peleaba extendió una mano para que se la estrechara, y Gus le pegó un tiro y se acabó lo que se daba, hincó el pico, angelitos al cielo. Honradez. Pasaron ante el estadio Hawkins, que ahora era enorme, más o menos como lo era Chadwick Park cuando Francis jugaba a béisbol. Recordaba la época en que era un herbazal. Golpeabas la bola a la derecha y se iba directa a los hierbajos. Buckley el Chucho iba tras ella y la encontraba enseguida, era un mago. El Chucho guardaba una docena de bolas de repuesto entre los hierbajos para esa clase de emergencias. Entonces lanzaba al corredor en la tercera base un cuadrangular infalible y se jactaba de su juego. Honradez. El Chucho está muerto. Trabajaba con una carreta de transporte de hielo, golpeó al caballo y este le dio una coz. ¿No fue así? Qué va. Eso es una chifladura. ¿Quién golpeó al caballo? —Ah, oye —le dijo Rudy—, ¿no estabas con una mujer la otra noche, cuando te vi? —¿Qué mujer? —No sé. Helen. Sí, la llamabas Helen. —Helen. Vete a saber dónde está. —¿Qué ha hecho? ¿Fugarse con un banquero?


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—No se ha fugado. —Pues ¿adónde ha ido? —¿Quién sabe? Viene, se va. No la controlo. —Las tienes a montones. —Había más en el sitio donde estaba. —Todas se vuelven locas por conocerte. —Mis calcetines son lo que las enloquece. Francis se alzó las perneras de los pantalones para mostrarle los calcetines, uno verde y el otro azul. —Eso sí que es tener estilo —comentó Rudy. Francis se soltó las perneras y siguió andando. —Oye —le dijo Rudy—, ¿qué diablos pasaba anoche con el hombre de Marte? Todo el mundo hablaba de eso en el hospital. ¿Lo has oído por la radio? —Ah, sí. Han aterrizado. —¿Quiénes? —Los marcianos. —¿Dónde han aterrizado? —En un sitio por Jersey. —¿Y qué pasó? —Que esto no les gustó más que a mí. —No es broma —dijo Rudy—. He oído decir que la gente, al ver llegar a los marcianos, se fue corriendo de la ciudad, saltó por las ventanas y cosas así. —Estupendo —replicó Francis—. Es lo que deberían hacer. Todo el que vea a un marciano debería saltar por la ventana. —No te tomas las cosas en serio —dijo Rudy—. Eres…, ¿cómo se dice?, eres un frívolo. —¿Cómo? ¿Un frívolo? —Eso es lo que he dicho. Un frívolo. —¿Qué coño significa eso? ¿Has vuelto a leer, boche

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majara? Te dije que los chalados como tú no deberían leer e ir por allí llamando a la gente frívola. —Eso no es ningún insulto. Frívolo es una buena palabra, es una palabra bonita. —Dejemos las palabras, ahí está el cementerio. —Francis señaló las puertas del camino de acceso—. Se me ha ocurrido algo. —¿Qué? —Este cementerio está lleno de lápidas. —Pues sí. —Aún no he conocido un solo vagabundo que tenga una lápida. Recorrieron el largo camino de acceso desde Broadway hasta el cementerio propiamente dicho. Francis habló zalameramente con la mujer que estaba en la garita, mencionó a Marcus Gorman y presentó a Rudy como un buen trabajador, lo mismo que él, preparado para la tarea. Ella dijo que la camioneta estaba al llegar y que esperasen. Luego Francis y Rudy viajaron en la caja del vehículo y se pusieron a trabajar en la tierra. Descansaron cuando habían rellenado todos los huecos de las tumbas, y como no veían por ninguna parte al conductor de la camioneta, se sentaron a contemplar el panorama de allá abajo, hacia Broadway y las colinas de Rensselaer y Troy, al otro lado del Hudson, la planta de carbón de coque cuya gran chimenea arrojaba un humo denso en el extremo del puente de Menands. Francis pensó que aquel sería un buen sitio para que te enterrasen. La suave ondulación de la ladera te llevaba a través de la hierba al río y, tras cruzarlo y pasar entre los árboles de la otra orilla, hasta las cimas de las colinas, todo de un vistazo. Estar muerto allí situaría a un hom-


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—No se ha fugado. —Pues ¿adónde ha ido? —¿Quién sabe? Viene, se va. No la controlo. —Las tienes a montones. —Había más en el sitio donde estaba. —Todas se vuelven locas por conocerte. —Mis calcetines son lo que las enloquece. Francis se alzó las perneras de los pantalones para mostrarle los calcetines, uno verde y el otro azul. —Eso sí que es tener estilo —comentó Rudy. Francis se soltó las perneras y siguió andando. —Oye —le dijo Rudy—, ¿qué diablos pasaba anoche con el hombre de Marte? Todo el mundo hablaba de eso en el hospital. ¿Lo has oído por la radio? —Ah, sí. Han aterrizado. —¿Quiénes? —Los marcianos. —¿Dónde han aterrizado? —En un sitio por Jersey. —¿Y qué pasó? —Que esto no les gustó más que a mí. —No es broma —dijo Rudy—. He oído decir que la gente, al ver llegar a los marcianos, se fue corriendo de la ciudad, saltó por las ventanas y cosas así. —Estupendo —replicó Francis—. Es lo que deberían hacer. Todo el que vea a un marciano debería saltar por la ventana. —No te tomas las cosas en serio —dijo Rudy—. Eres…, ¿cómo se dice?, eres un frívolo. —¿Cómo? ¿Un frívolo? —Eso es lo que he dicho. Un frívolo. —¿Qué coño significa eso? ¿Has vuelto a leer, boche

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majara? Te dije que los chalados como tú no deberían leer e ir por allí llamando a la gente frívola. —Eso no es ningún insulto. Frívolo es una buena palabra, es una palabra bonita. —Dejemos las palabras, ahí está el cementerio. —Francis señaló las puertas del camino de acceso—. Se me ha ocurrido algo. —¿Qué? —Este cementerio está lleno de lápidas. —Pues sí. —Aún no he conocido un solo vagabundo que tenga una lápida. Recorrieron el largo camino de acceso desde Broadway hasta el cementerio propiamente dicho. Francis habló zalameramente con la mujer que estaba en la garita, mencionó a Marcus Gorman y presentó a Rudy como un buen trabajador, lo mismo que él, preparado para la tarea. Ella dijo que la camioneta estaba al llegar y que esperasen. Luego Francis y Rudy viajaron en la caja del vehículo y se pusieron a trabajar en la tierra. Descansaron cuando habían rellenado todos los huecos de las tumbas, y como no veían por ninguna parte al conductor de la camioneta, se sentaron a contemplar el panorama de allá abajo, hacia Broadway y las colinas de Rensselaer y Troy, al otro lado del Hudson, la planta de carbón de coque cuya gran chimenea arrojaba un humo denso en el extremo del puente de Menands. Francis pensó que aquel sería un buen sitio para que te enterrasen. La suave ondulación de la ladera te llevaba a través de la hierba al río y, tras cruzarlo y pasar entre los árboles de la otra orilla, hasta las cimas de las colinas, todo de un vistazo. Estar muerto allí situaría a un hom-


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bre en el lugar y el tiempo, le proporcionaría vecinos, incluso algunos auténticos veteranos, como aquellos muertos antiguos al pie del césped: Tobias Banion, Elisha Skinner, Elsie Whipple, todos ellos deshaciéndose bajo sus lápidas de piedra caliza, de las que la nieve, la arena y la acción de la intemperie borraban lentamente sus nombres. Pero ¿qué importaba que los nombres se perpetuaran? Sí, claro, había hombres para quienes la muerte, lo mismo que la vida, siempre sería un sello de distinción. La progenie de los que iban perdiendo sus nombres al pie de la colina tenía asegurado un recuerdo más duradero. Sus nuevas y más resistentes lápidas de mármol, que se alzaban cuesta arriba, habían sido talladas a doble profundidad, de modo que sus nombres fuesen visibles durante una eternidad, como mínimo. Y allí estaba Arthur T. Grogan. A Francis el panteón de Grogan le recordaba algo, pero no sabía qué. Mientras lo contemplaba se preguntó qué significaba, aparte de lo que cabía deducir por su tamaño. No sabía nada de la Acrópolis, y poco más sobre Grogan, salvo que fue un rico y poderoso irlandés de Albany cuyo nombre todo el mundo conocía. Francis no podía suponer que semejante pabellón marmóreo de viejas reliquias fuese una agradable combinación de cultura antigua, riqueza moderna y apoteosis de sí mismo. Le parecía que el sepulcro de Grogan era lo bastante grande para albergar a docenas de difuntos, y mientras este pensamiento danzaba en su memoria, imaginaba la tumba de Bill Benson el Fresitas en Brooklyn. Eso era lo que aquel monumento le había evocado. Sí. Bill el Fresitas jugó de outfielder izquierdo con el equipo de Toronto en 1908, cuando Francis jugaba de

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tercera base, y en 1916, cuando Francis se fue de casa tras la muerte de Gerald, se encontraron en un cruce cerca de Newburgh y subieron juntos a un tren de carga con rumbo al sur. A Bill le entró la tos y una semana después de su llegada a la ciudad murió maldiciendo la excesiva brevedad de su vida y haciendo jurar a Francis que se encargaría de acompañar su cadáver al cementerio. No quiero ir allí yo solo, le dijo Bill el Fresitas. Como no tenía dinero, su ataúd consistía en una caja de tablas unidas sin el menor esmero con varias docenas de clavos baratos; Francis lo acompañó hasta la sepultura en el coche fúnebre. Cuando el conductor municipal y su ayudante depositaron el montón de madera que contenía a Bill sobre unos tablones y se marcharon, Francis permaneció al lado de la caja, dejando que Bill se acostumbrara al vecindario. No es mal sitio, muchacho. Allí hay un par de árboles. Entonces el sol resplandeció a espaldas de Francis, envió su luz a una abertura e iluminó la cavidad que había debajo. La visión aturdió a Francis: una gran fosa con una docena más de ataúdes de rudo diseño similares al de Bill, amontonados unos encima de otros, algunos de lado y uno en vertical. Habían extraído tierra suficiente para acomodar treinta o cuarenta cajas de muerto como aquellas. Dentro de unas pocas semanas todos estarían almacenados como haces de leña; galletas empaquetadas con destino a las grandes fauces. Ya no tienes ninguna preocupación, Bill, le dijo Francis a su amigo. Aquí no te faltará compañía. Tendrás suerte si sus tejemanejes te dejan dormir. Francis no quería que lo enterrasen como a Bill el Fresitas, en una fosa común, pero tampoco quería castañe-


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bre en el lugar y el tiempo, le proporcionaría vecinos, incluso algunos auténticos veteranos, como aquellos muertos antiguos al pie del césped: Tobias Banion, Elisha Skinner, Elsie Whipple, todos ellos deshaciéndose bajo sus lápidas de piedra caliza, de las que la nieve, la arena y la acción de la intemperie borraban lentamente sus nombres. Pero ¿qué importaba que los nombres se perpetuaran? Sí, claro, había hombres para quienes la muerte, lo mismo que la vida, siempre sería un sello de distinción. La progenie de los que iban perdiendo sus nombres al pie de la colina tenía asegurado un recuerdo más duradero. Sus nuevas y más resistentes lápidas de mármol, que se alzaban cuesta arriba, habían sido talladas a doble profundidad, de modo que sus nombres fuesen visibles durante una eternidad, como mínimo. Y allí estaba Arthur T. Grogan. A Francis el panteón de Grogan le recordaba algo, pero no sabía qué. Mientras lo contemplaba se preguntó qué significaba, aparte de lo que cabía deducir por su tamaño. No sabía nada de la Acrópolis, y poco más sobre Grogan, salvo que fue un rico y poderoso irlandés de Albany cuyo nombre todo el mundo conocía. Francis no podía suponer que semejante pabellón marmóreo de viejas reliquias fuese una agradable combinación de cultura antigua, riqueza moderna y apoteosis de sí mismo. Le parecía que el sepulcro de Grogan era lo bastante grande para albergar a docenas de difuntos, y mientras este pensamiento danzaba en su memoria, imaginaba la tumba de Bill Benson el Fresitas en Brooklyn. Eso era lo que aquel monumento le había evocado. Sí. Bill el Fresitas jugó de outfielder izquierdo con el equipo de Toronto en 1908, cuando Francis jugaba de

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tercera base, y en 1916, cuando Francis se fue de casa tras la muerte de Gerald, se encontraron en un cruce cerca de Newburgh y subieron juntos a un tren de carga con rumbo al sur. A Bill le entró la tos y una semana después de su llegada a la ciudad murió maldiciendo la excesiva brevedad de su vida y haciendo jurar a Francis que se encargaría de acompañar su cadáver al cementerio. No quiero ir allí yo solo, le dijo Bill el Fresitas. Como no tenía dinero, su ataúd consistía en una caja de tablas unidas sin el menor esmero con varias docenas de clavos baratos; Francis lo acompañó hasta la sepultura en el coche fúnebre. Cuando el conductor municipal y su ayudante depositaron el montón de madera que contenía a Bill sobre unos tablones y se marcharon, Francis permaneció al lado de la caja, dejando que Bill se acostumbrara al vecindario. No es mal sitio, muchacho. Allí hay un par de árboles. Entonces el sol resplandeció a espaldas de Francis, envió su luz a una abertura e iluminó la cavidad que había debajo. La visión aturdió a Francis: una gran fosa con una docena más de ataúdes de rudo diseño similares al de Bill, amontonados unos encima de otros, algunos de lado y uno en vertical. Habían extraído tierra suficiente para acomodar treinta o cuarenta cajas de muerto como aquellas. Dentro de unas pocas semanas todos estarían almacenados como haces de leña; galletas empaquetadas con destino a las grandes fauces. Ya no tienes ninguna preocupación, Bill, le dijo Francis a su amigo. Aquí no te faltará compañía. Tendrás suerte si sus tejemanejes te dejan dormir. Francis no quería que lo enterrasen como a Bill el Fresitas, en una fosa común, pero tampoco quería castañe-


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tear en un templo de mármol que tenía el tamaño de un baño público. —No me importaría que me enterrasen aquí mismo —le dijo Francis a Rudy. —¿Eres de los alrededores? —Lo fui. Nací aquí. —¿Vive aquí tu familia? —Algún pariente. —¿Quién? —Si sigues haciéndome preguntas, voy a darte un montón de respuestas. Francis reconoció el montículo donde estaban enterrados sus familiares, pues se encontraba al lado del ángel custodio que se alzaba de puntillas en lo alto de tres escalones de mármol, defendiendo la tumba de Toby, el enano que murió heroicamente en el incendio del hotel Delaware, ocurrido en 1894. Cuando la prensa difundió que la tumba de Toby carecía de lápida, el viejo Ed Daugherty, el escritor, le costeó el monumento. El ángel de Toby señalaba colina abajo, hacia la tumba de Michael Phelan, y Francis la descubrió con la mirada. Su madre estaría al lado del viejo, probablemente dándole la espalda. La muy zorra. El sol que brilló para Bill el Fresitas había brillado también el día que enterraron a Michael Phelan. Aquel día Francis lloró sin poder contenerse, pues había estado presente cuando el tren atropelló a Michael Phelan y lo lanzó a quince metros de distancia, trazando un arco fatal, un recuerdo que lo torturaba. Francis le llevaba el almuerzo caliente en la fiambrera, y cuando Michael le vio aproximarse fue hacia él. Pasó sin riesgo ante la locomotora de maniobras que se movía lenta-

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mente por la vía más alejada, y entonces se volvió, miró en la dirección por la que acababa de venir y caminó hacia atrás, metiéndose en la trayectoria del tren del norte que se aproximaba, pero cuyo ruido ahogaba el estrépito de la locomotora de maniobras. Salió volando y cayó al suelo, donde sus miembros quedaron en extrañas posiciones. Francis corrió hacia él, fue el primero en llegar a su lado. Buscó una manera de enderezar aquel cuerpo anguloso, pero temía moverlo, por lo que se quitó el suéter y lo puso como una almohada bajo la cabeza de su padre. Son muchas las personas que quedan torcidas al morir. Unos pocos operarios siguieron a la carreta de Johnny Cody, que transportó a Michael al hospital. Se debatió entre la vida y la muerte durante dos semanas, y entonces consiguió magníficas esquelas donde decían de él que era el capataz de mantenimiento de vías más popular de la línea férrea New York Central. La línea concedió la mañana libre a todos los operarios de la división de Albany para que asistieran al funeral, y acudieron centenares para despedirse del viejo Mike cuando lo trajeron aquí para instalarlo a perpetuidad. Entonces la Reina Madre dirigió ella sola la casa, hasta que se unió a su marido en la tumba. Lo que debería hacer, se dijo Francis, es abrir la tumba, meterme ahí y estrangular sus huesos. Recordó las lágrimas que vertió cuando estaba al lado de la tumba abierta de su padre y comprendió que uno de aquellos días no quedaría nadie vivo para recordar que había llorado, de la misma manera que ya no existía prueba alguna de que nadie hubiese llorado jamás por Tobías o Elisha o Elsie, enterrados al pie de la colina. No queda ni rastro del


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tear en un templo de mármol que tenía el tamaño de un baño público. —No me importaría que me enterrasen aquí mismo —le dijo Francis a Rudy. —¿Eres de los alrededores? —Lo fui. Nací aquí. —¿Vive aquí tu familia? —Algún pariente. —¿Quién? —Si sigues haciéndome preguntas, voy a darte un montón de respuestas. Francis reconoció el montículo donde estaban enterrados sus familiares, pues se encontraba al lado del ángel custodio que se alzaba de puntillas en lo alto de tres escalones de mármol, defendiendo la tumba de Toby, el enano que murió heroicamente en el incendio del hotel Delaware, ocurrido en 1894. Cuando la prensa difundió que la tumba de Toby carecía de lápida, el viejo Ed Daugherty, el escritor, le costeó el monumento. El ángel de Toby señalaba colina abajo, hacia la tumba de Michael Phelan, y Francis la descubrió con la mirada. Su madre estaría al lado del viejo, probablemente dándole la espalda. La muy zorra. El sol que brilló para Bill el Fresitas había brillado también el día que enterraron a Michael Phelan. Aquel día Francis lloró sin poder contenerse, pues había estado presente cuando el tren atropelló a Michael Phelan y lo lanzó a quince metros de distancia, trazando un arco fatal, un recuerdo que lo torturaba. Francis le llevaba el almuerzo caliente en la fiambrera, y cuando Michael le vio aproximarse fue hacia él. Pasó sin riesgo ante la locomotora de maniobras que se movía lenta-

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mente por la vía más alejada, y entonces se volvió, miró en la dirección por la que acababa de venir y caminó hacia atrás, metiéndose en la trayectoria del tren del norte que se aproximaba, pero cuyo ruido ahogaba el estrépito de la locomotora de maniobras. Salió volando y cayó al suelo, donde sus miembros quedaron en extrañas posiciones. Francis corrió hacia él, fue el primero en llegar a su lado. Buscó una manera de enderezar aquel cuerpo anguloso, pero temía moverlo, por lo que se quitó el suéter y lo puso como una almohada bajo la cabeza de su padre. Son muchas las personas que quedan torcidas al morir. Unos pocos operarios siguieron a la carreta de Johnny Cody, que transportó a Michael al hospital. Se debatió entre la vida y la muerte durante dos semanas, y entonces consiguió magníficas esquelas donde decían de él que era el capataz de mantenimiento de vías más popular de la línea férrea New York Central. La línea concedió la mañana libre a todos los operarios de la división de Albany para que asistieran al funeral, y acudieron centenares para despedirse del viejo Mike cuando lo trajeron aquí para instalarlo a perpetuidad. Entonces la Reina Madre dirigió ella sola la casa, hasta que se unió a su marido en la tumba. Lo que debería hacer, se dijo Francis, es abrir la tumba, meterme ahí y estrangular sus huesos. Recordó las lágrimas que vertió cuando estaba al lado de la tumba abierta de su padre y comprendió que uno de aquellos días no quedaría nadie vivo para recordar que había llorado, de la misma manera que ya no existía prueba alguna de que nadie hubiese llorado jamás por Tobías o Elisha o Elsie, enterrados al pie de la colina. No queda ni rastro del


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dolor, pues lo primero que borran los elementos son las abstracciones. —No tener lápida me trae sin cuidado —le dijo Francis a Rudy—, lo único que no quiero es morirme solo. —Si mueres antes que yo, enviaré invitaciones a tu funeral —replicó Rudy. Kathryn Phelan, consciente de pronto de que el inútil de su hijo aceptaba su propia muerte, siempre que tuviera compañía en el último trance, expresó con bufidos a su marido la contrariedad que sentía, pero Michael Phelan seguía ya la línea que su hijo trazaba al caminar hacia la parcela bajo el arce donde estaba enterrado Gerald. A Michael siempre le sorprendía que los vivos pudieran dirigirse instintivamente hacia sus familiares muertos sin tener un conocimiento previo de su localización. Francis nunca había visto la tumba de Gerald ni tampoco asistió al funeral. Aquel día su ausencia fue un escándalo entre la población residente en Saint Agnes. Pero allí estaba ahora, caminando decididamente y con una leve cojera que Michael no le había visto antes, cerrando la brecha entre padre e hijo, entre la muerte repentina y la culpa perdurable. Michael señaló a los vecinos que parecía estar preparándose un acto de regeneración, y los ojos de los muertos, todos ellos testigos de sus propias omisiones históricas, sus propios abismos insalvables en la vida que quedó atrás, animaron en silencio a Francis mientras subía por la pendiente hacia el arce. Rudy seguía a su amigo a una distancia respetuosa, consciente de que estaba ocurriendo algo importante. Observó que Francis se sentía avergonzado. En su tumba, un círculo cruciforme, Gerald observaba cómo se aproximaba su padre y consideraba qué sería lo

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más apropiado para aquel encuentro. ¿Debería absolver al hombre de toda culpa, no por haberlo dejado caer, pues eso fue un accidente, sino por el abandono de la familia, por la huida cobarde cuando lo que se imponía era unas virtudes a toda prueba? Las magníficas posibilidades hacían vibrar la tumba de Gerald. En vida se le había negado el don del habla, puesto que al morir su vocabulario se reducía a unos sonidos inarticulados, pero muerto poseía el don de lenguas. La capacidad de Gerald para comunicarse y comprender hacía de él un genio entre los muertos. Podía hablar con cualquier vecino adulto en cualquier lengua, pero lo más notable era su capacidad de comprender la cháchara de las ardillas, las señales silenciosas de las hormigas y los escarabajos, los escurridizos códigos de señales de las babosas y las lombrices que se movían por encima y a través de su trozo de tierra. Podía interpretar el flujo de energía decreciente en las hojas y las bayas que caían del arce que se alzaba por encima de su parcela. Y puesto que su destino había sido la inocencia y la abnegación, Gerald había desarrollado una membrana protectora que desviaba la humedad, los topos, los conejos y otros animales que hacen madrigueras. Su membrana era de filamentos entretejidos de brillante color plateado, una hamaca envolvente de tejido complejo y casi transparente. Su cuerpo no solo se había librado de la obligada corrupción, sino que en ciertos aspectos, como la espesa cabellera, por ejemplo, había alcanzado una plenitud que era tan natural como milagrosa. Gerald descansaba en su sublime niñez, exudando un brillo intenso inducido por la muerte temprana, su piel de oro blanco radiante, sus uñas de un gris perlino, sus rizos y sus grandes ojos de


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dolor, pues lo primero que borran los elementos son las abstracciones. —No tener lápida me trae sin cuidado —le dijo Francis a Rudy—, lo único que no quiero es morirme solo. —Si mueres antes que yo, enviaré invitaciones a tu funeral —replicó Rudy. Kathryn Phelan, consciente de pronto de que el inútil de su hijo aceptaba su propia muerte, siempre que tuviera compañía en el último trance, expresó con bufidos a su marido la contrariedad que sentía, pero Michael Phelan seguía ya la línea que su hijo trazaba al caminar hacia la parcela bajo el arce donde estaba enterrado Gerald. A Michael siempre le sorprendía que los vivos pudieran dirigirse instintivamente hacia sus familiares muertos sin tener un conocimiento previo de su localización. Francis nunca había visto la tumba de Gerald ni tampoco asistió al funeral. Aquel día su ausencia fue un escándalo entre la población residente en Saint Agnes. Pero allí estaba ahora, caminando decididamente y con una leve cojera que Michael no le había visto antes, cerrando la brecha entre padre e hijo, entre la muerte repentina y la culpa perdurable. Michael señaló a los vecinos que parecía estar preparándose un acto de regeneración, y los ojos de los muertos, todos ellos testigos de sus propias omisiones históricas, sus propios abismos insalvables en la vida que quedó atrás, animaron en silencio a Francis mientras subía por la pendiente hacia el arce. Rudy seguía a su amigo a una distancia respetuosa, consciente de que estaba ocurriendo algo importante. Observó que Francis se sentía avergonzado. En su tumba, un círculo cruciforme, Gerald observaba cómo se aproximaba su padre y consideraba qué sería lo

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más apropiado para aquel encuentro. ¿Debería absolver al hombre de toda culpa, no por haberlo dejado caer, pues eso fue un accidente, sino por el abandono de la familia, por la huida cobarde cuando lo que se imponía era unas virtudes a toda prueba? Las magníficas posibilidades hacían vibrar la tumba de Gerald. En vida se le había negado el don del habla, puesto que al morir su vocabulario se reducía a unos sonidos inarticulados, pero muerto poseía el don de lenguas. La capacidad de Gerald para comunicarse y comprender hacía de él un genio entre los muertos. Podía hablar con cualquier vecino adulto en cualquier lengua, pero lo más notable era su capacidad de comprender la cháchara de las ardillas, las señales silenciosas de las hormigas y los escarabajos, los escurridizos códigos de señales de las babosas y las lombrices que se movían por encima y a través de su trozo de tierra. Podía interpretar el flujo de energía decreciente en las hojas y las bayas que caían del arce que se alzaba por encima de su parcela. Y puesto que su destino había sido la inocencia y la abnegación, Gerald había desarrollado una membrana protectora que desviaba la humedad, los topos, los conejos y otros animales que hacen madrigueras. Su membrana era de filamentos entretejidos de brillante color plateado, una hamaca envolvente de tejido complejo y casi transparente. Su cuerpo no solo se había librado de la obligada corrupción, sino que en ciertos aspectos, como la espesa cabellera, por ejemplo, había alcanzado una plenitud que era tan natural como milagrosa. Gerald descansaba en su sublime niñez, exudando un brillo intenso inducido por la muerte temprana, su piel de oro blanco radiante, sus uñas de un gris perlino, sus rizos y sus grandes ojos de


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un ébano reluciente en perfecta armonía. Envuelto por su tumba, estaba más allá del alcance de la destreza verbal o visual. No era ni bello ni perfecto para quien lo mirase, sino más bien una presencia inefablemente fabulosa, sin igual en ningún lugar del cementerio, donde abundaban los muertos inocentes. Francis encontró la tumba sin haberla buscado. Se detuvo ante ella y rememoró el momento en que el bebé se le desprendió de los dedos y murió a causa de la caída. Rogó por la anulación del tiempo, de modo que pudiera ahorcarse en la carbonera antes de coger al niño en brazos para cambiarle el pañal. Esta petición no fue atendida, y entonces rogó por el eterno descanso de su hijo en la tumba. Era cierto que el chico no había sufrido lo más mínimo en su corta vida y que había muerto demasiado rápido (debido a la fractura del cuello) como para sentir dolor: una torsión repentina y se acabó. «Gerald Michael Phelan —decía la lápida—, nacido el 13 de abril de 1916, fallecido el 26 de abril de 1916. Nacido el 13, vivió 13 días. Un niño desafortunado que recibió mucho amor.» Las lágrimas brotaron de los ojos de Francis, y cuando una de ellas le cayó en un zapato, se arrojó sobre la tumba, asió la hierba y recordó el pañal en sus manos. Olía al acre pipí de Gerald y, al apretarlo con la mano derecha, una gota del fluido sagrado le cayó en el zapato. Habían transcurrido veintidós años, y ahora, en su memoria panorámica, Francis veía, oía y sentía todos los detalles de aquel día, desde que abandonó las cocheras al terminar la jornada hasta su charla sobre béisbol con Bunt Dunn en el saloon de King Brady y el paseo de regreso a casa en compañía de Cap Lawlor, quien le

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dijo que la cerveza de Brady últimamente tenía un sabor fuerte y que Brady debería limpiar las tuberías, y que el hijo de Taylor, que vivía al lado de los Lawlor, tenía lombrices intestinales verdes. Su memoria había empezado a recuperar imágenes olvidadas cuando identificó a Arthur T. Grogan y Bill el Fresitas, y ahora era una memoria tan clara como la vista. —Lo recuerdo todo —le dijo Francis a Gerald, en la tumba—. Es la primera vez desde tu muerte que trato de pensar en eso. Aquel día, al salir del trabajo, había tomado cuatro cervezas. Si te caíste de mis manos no fue porque estuviera borracho. Cuatro cervezas, y ni siquiera me terminé la cuarta. La dejé al lado del tarro de pies de cerdo en el bar de Brady, para volver a casa en compañía de Cap Lawlor. Entonces Billy tenía nueve años, y supo que habías muerto antes de que Peggy lo supiera. Ella aún no había vuelto a casa después del ensayo del coro. Tu madre dijo dos palabras, Dios mío, y entonces los dos nos agachamos para recogerte. Pero nos quedamos agachados, debido al aspecto que tenías. Entonces entró Billy y te vio. ¿Por qué Gerald está torcido?, preguntó. ¿Sabes? He visto a Billy hace cosa de una semana y está bien. Quería comprarme ropa nueva. Pagó la fianza para que saliera de la cárcel y hasta me dio un fajo de billetes. Hablamos de ti. Dice que tu madre nunca me culpó de tu caída. Jamás, en veintidós años, ha dicho a nadie que fui yo quien te dejó caer. Es toda una mujer, ¿no te parece? Recuerdo que el linóleo sobre el que caíste era amarillo con cuadros rojos. ¿Crees que ahora que puedo recordar abiertamente estas cosas por fin podré empezar a olvidarlas? Mediante un silencioso acto de voluntad, Gerald im-


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un ébano reluciente en perfecta armonía. Envuelto por su tumba, estaba más allá del alcance de la destreza verbal o visual. No era ni bello ni perfecto para quien lo mirase, sino más bien una presencia inefablemente fabulosa, sin igual en ningún lugar del cementerio, donde abundaban los muertos inocentes. Francis encontró la tumba sin haberla buscado. Se detuvo ante ella y rememoró el momento en que el bebé se le desprendió de los dedos y murió a causa de la caída. Rogó por la anulación del tiempo, de modo que pudiera ahorcarse en la carbonera antes de coger al niño en brazos para cambiarle el pañal. Esta petición no fue atendida, y entonces rogó por el eterno descanso de su hijo en la tumba. Era cierto que el chico no había sufrido lo más mínimo en su corta vida y que había muerto demasiado rápido (debido a la fractura del cuello) como para sentir dolor: una torsión repentina y se acabó. «Gerald Michael Phelan —decía la lápida—, nacido el 13 de abril de 1916, fallecido el 26 de abril de 1916. Nacido el 13, vivió 13 días. Un niño desafortunado que recibió mucho amor.» Las lágrimas brotaron de los ojos de Francis, y cuando una de ellas le cayó en un zapato, se arrojó sobre la tumba, asió la hierba y recordó el pañal en sus manos. Olía al acre pipí de Gerald y, al apretarlo con la mano derecha, una gota del fluido sagrado le cayó en el zapato. Habían transcurrido veintidós años, y ahora, en su memoria panorámica, Francis veía, oía y sentía todos los detalles de aquel día, desde que abandonó las cocheras al terminar la jornada hasta su charla sobre béisbol con Bunt Dunn en el saloon de King Brady y el paseo de regreso a casa en compañía de Cap Lawlor, quien le

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dijo que la cerveza de Brady últimamente tenía un sabor fuerte y que Brady debería limpiar las tuberías, y que el hijo de Taylor, que vivía al lado de los Lawlor, tenía lombrices intestinales verdes. Su memoria había empezado a recuperar imágenes olvidadas cuando identificó a Arthur T. Grogan y Bill el Fresitas, y ahora era una memoria tan clara como la vista. —Lo recuerdo todo —le dijo Francis a Gerald, en la tumba—. Es la primera vez desde tu muerte que trato de pensar en eso. Aquel día, al salir del trabajo, había tomado cuatro cervezas. Si te caíste de mis manos no fue porque estuviera borracho. Cuatro cervezas, y ni siquiera me terminé la cuarta. La dejé al lado del tarro de pies de cerdo en el bar de Brady, para volver a casa en compañía de Cap Lawlor. Entonces Billy tenía nueve años, y supo que habías muerto antes de que Peggy lo supiera. Ella aún no había vuelto a casa después del ensayo del coro. Tu madre dijo dos palabras, Dios mío, y entonces los dos nos agachamos para recogerte. Pero nos quedamos agachados, debido al aspecto que tenías. Entonces entró Billy y te vio. ¿Por qué Gerald está torcido?, preguntó. ¿Sabes? He visto a Billy hace cosa de una semana y está bien. Quería comprarme ropa nueva. Pagó la fianza para que saliera de la cárcel y hasta me dio un fajo de billetes. Hablamos de ti. Dice que tu madre nunca me culpó de tu caída. Jamás, en veintidós años, ha dicho a nadie que fui yo quien te dejó caer. Es toda una mujer, ¿no te parece? Recuerdo que el linóleo sobre el que caíste era amarillo con cuadros rojos. ¿Crees que ahora que puedo recordar abiertamente estas cosas por fin podré empezar a olvidarlas? Mediante un silencioso acto de voluntad, Gerald im-


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puso a su padre la obligación de realizar un último acto de expiación abandonando a su familia. No sabrás qué son estos actos hasta que los hayas realizado todos, dijo el niño en silencio. Y después de que los hayas realizado, no comprenderás que eran expiatorios, de la misma manera que no comprendiste el resto de la expiación que te ha hecho vivir una humillación tan prolongada. Entonces, una vez completados esos actos decisivos, no seguirás tratando de morir por mí. Francis dejó de llorar e intentó desprender un trocito de pan que tenía entre las dos últimas muelas de su boca casi desdentada. Sorbió haciendo ruido con la lengua, y una ardilla que escarbaba la tierra en busca de alimento que almacenar para el invierno, súbitamente asustada, trepó por el tronco del arce. Francis lo tomó como una señal de que debía finalizar su visita y levantó los ojos al cielo. Un gran rebaño de nubes blancas con un brillo brutal avanzaba de sur a norte por el este del cielo, una masa de lana espléndida que calentaba el día. La brisa se había vuelto templada y el sol alcanzaba su intensidad del mediodía. Francis ya no tenía frío. —Eh, vagabundo —dijo dirigiéndose a Rudy—. Busquemos al conductor de la camioneta. —¿Qué has estado haciendo? —le preguntó Rudy—. ¿Conoces a alguien enterrado ahí arriba? —Un chico al que conocí. —¿Un chico? ¿Qué le pasó, murió joven? —Muy joven. —¿Cómo fue? —Se cayó. —¿Dónde se cayó? —Se cayó al suelo.

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—Vaya, yo me caigo al suelo unas dos veces al día y no estoy muerto. —Eso es lo que tú te crees —replicó Francis.


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