Giorgio Fontana
Por ley superior Traducciรณn de Carlos Manzano
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Libros del Asteroide
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Primera edición, 2017 Título original: Per legge superiore Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos. Copyright © 2011 Giorgio Fontana First published in Italy by Sellerio editore, Palermo, in 2011 This edition published in agreement with the Piergiorgio Nicolazzini Literary Agency (PNLA) © de la traducción, Carlos Manzano, 2017 © de esta edición, Libros del Asteroide S.L.U. Fragmento del poema «Tarea de toda una vida» de Erich Fried: traducción de Ursula Barta, de Es lo que es (Ed. La Poesía, señor hidalgo, 2006). Publicado por Libros del Asteroide S.L.U. Avió Plus Ultra, 23 08017 Barcelona España www.librosdelasteroide.com ISBN: 978-84-17007-23-2 Depósito legal: B. 24.039-2017 Impreso por Reinbook, serveis gràfics, S.L. Impreso en España - Printed in Spain Diseño de colección: Enric Jardí Diseño de cubierta: Duró Este libro ha sido impreso con un papel ahuesado, neutro y satinado de ochenta gramos, procedente de bosques correctamente gestionados y con celulosa 100 % libre de cloro, y ha sido compaginado con la tipografía Sabon en cuerpo 11.
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A mi padre
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Por eso le estoy de verdad un poco agradecido a la injusticia. ¿Qué haría sin ella el resto de mi vida? ERICH FRIED, Tarea de toda una vida
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Los clavos. Todo comenzaba con ellos. Todos los días, al ir al trabajo o al salir para comer o al volver a casa, Doni se detenía un instante y los miraba. Desde lejos, parecían solo imperfecciones o manchas naturales de las losas y, sin embargo, eran clavos, grandes clavos de expansión de metal: un modo de mantener firme el mármol, en vista de que la argamasa original estaba a punto de ceder y todo el edifico corría peligro. En aquellos objetos había algo moral, naturalmente. El lugar de la Justicia sometido a las leyes más altas de la materia, pero Doni solo veía en ellos la idiocia humana y la advertencia de nunca edificar sobre arena. El día en que ella le escribió, Doni pensó que el Palacio de Justicia había sufrido aquel destino porque rechazaba el espacio circundante. Lo combatía, por su incapacidad para pertenecer a aquella zona, como a cualquier otra de la ciudad, y no podía ser solo una cuestión de clavos, grietas y suciedad y ni siquiera la arquitectura fascista y el triunfo de la anchura sobre la altura bastaban para condenarlo: no, el Palacio tenía una particularidad única.
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Era algo relacionado con el exilio, una sensación difícil de aprehender. Dentro de aquel edificio, Doni se sentía exiliado del resto de la ciudad, de la nación, del mundo: mantenido en pie por la fuerza de centenares de clavos, arena edificada sobre arena.
El día en que ella le escribió, Doni, en lugar de tomar la barrita energética habitual, almorzó con Salvatori, un fiscal de la República sustituto. No era algo habitual. Los magistrados tenían siempre prisa y, como máximo, iban a algún horrible self-service de los alrededores. Los pocos amigos que le quedaban, y su cuñado en particular, lo envidiaban por la situación del Palacio: podía ser un «armatoste que rechazaba el espacio», lo que se quisiera, pero estaba a unos pasos de la Catedral. A eso se debía que comiese en pequeñas brasseries deliciosas, de estilo francés, o en bares austeros del decenio de 1920: risotto con azafrán, bistecs y café, en la barra y sin quitarse la bufanda ni el abrigo. En realidad, Doni y sus colegas prácticamente solo comían bocadillos. Muchos habían acabado concibiendo un auténtico odio al rito del almuerzo, y algunos resistían hasta el aperitivo o la cena, con los que se resarcían del resto. Pero con Salvatori era distinto. Con él perder un poco de tiempo era agradable, porque era vulgar y desesperado, características que Doni aborrecía, pero que, reunidas en un lucano regordete, de unos cuarenta y cinco años y no carente de autoironía, producían una combinación divertida.
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Fueron a un restaurante de Via Corridoni. Doni pidió un lenguado a la molinera y probó una cerveza artesanal. Durante toda la comida representaron el teatro habitual, en el que Salvatori hacía de charlatán y Doni daba respuestas telegráficas. —Tú ya estás bien situado, ¿eh? —decía Salvatori. —Más que estar situado, es que soy viejo. —Pues sí, pero llegar a la Fiscalía General... —Piensa que también tú llegarás. Basta con tener paciencia. —Pero tú eres muy fuerte. Eres de los que trabajan denodadamente, lo sabe todo el mundo. —Siempre he trabajado así. —Sí, pero sigues haciéndolo. No te tumbas a la bartola. ¿Comprendes lo que quiero decir? Doni movió la cabeza apenas. —Ahora te conceden una bonita fiscalía de provincias y ya estás arreglado —insistió Salvatori—. ¿O no? —Es lo que estoy esperando. Debía ir a Varese, pero prefirieron a Riccardi. —Doni cortó el último trozo de lenguado en dos partes iguales—. Más joven y más brillante que yo, al parecer. —Y cuadra más con la línea de ellos. —En efecto. —Pero ahora te resarcirás, ¿no? Pavía, Piacenza... o incluso más al norte: Como... ¿cómo cojones se llaman esos sitios de por allí? —No sé. ¿Como, Lecco? —Sí, exacto: un sitio así. —Ya veremos. —Estás harto de esto, ¿eh? Doni se encogió de hombros y tomó un sorbo de agua.
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La camarera trajo la cuenta. —Yo estoy hasta la coronilla —dijo Salvatori—. Milán me da asco. Ya hace cuatro años que trabajo aquí y no puedo más, pero ¡qué le vamos a hacer! Sí, ya sé, se sobrevive, pero precisamente ese es el problema. Milán es una ciudad atravesada. Yo aún no la entiendo y sobre todo no la conozco. Paso siempre por debajo de esta ciudad endemoniada. Vivo en Piola, tomo la línea verde del metro y después hago transbordo a la roja, salgo en San Babila por la mañana y por la noche hago el trayecto inverso. ¿Quieres decirme dónde coño vivo? —En Piola. —Sí, buenas noches. —Puedes pasear de noche, si tanto te interesa. —¡Qué va! ¿Adónde quieres que vaya? Además, es que en invierno hace frío y en verano calor. —Bueno, pero ahora se está bien. —Ah, ¿cómo podría explicártelo? Es una cuestión de momentos, de pasos. —Doni mostró una ancha sonrisa—. De satisfacción. —Milán es una ciudad avara. Debes rogarle para obtener algo. —Pero no estoy acostumbrado. Estoy habituado a que una ciudad se me ofrezca de frente, no que deba ponerme de rodillas y luchar por cada pizca de paz. Será que soy del sur, por soltar un tópico, ¡qué sé yo! Será lo que sea, pero, para vivir aquí, hace falta la ayuda de Dios. —Amén —dijo Doni, y tomó otro sorbo de cerveza artesanal. Era fresca y fuerte; sintió que la boca se le relajaba y también un dolor agradable en las mandíbulas.
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Salvatori lo miró fijamente y soltó una carcajada. —Amén —repitió— y gloria a Dios en las alturas.
Pero, al salir del restaurante, Doni vio un rayo de luz que cortaba los edificios en el cruce con Via Conservatorio. Había una calma innatural en aquel momento, una belleza escrita en el contraste: refutada la teoría de Salvatori y Milán de improviso espléndida. Doni recordó la época en que, de joven, volvía a la casa de su familia tras las clases de Derecho. Cortaba por aquellas calles y subía por Via Sottocorno y después por el Corso Indipendenza hasta la plaza de Susa, donde su padre había comprado un piso de tres habitaciones con los ahorros del abuelo. De vez en cuando se paraba en un bar del Corso a tomar un bocadillo o se desviaba hacia el norte e iba a ver una película en Corso Buenos Aires. No le inspiraba exaltación, solo el placer de una tregua. Salvatori se le había adelantado unos pasos. Doni se detuvo un instante a mirar la luz de nuevo: el rayo se había fragmentado y se había vuelto como una nitidez dispersa que lo envolvía todo: las ramas llenas de gemas, las paredes de los edificios, los alféizares. Abril parecía un cuerpo más que un mes. Un niño salió disparado hacia la fuentecita de delante de la iglesia de San Pietro in Gessate. Un anciano elegante se puso el periódico bajo el brazo y lanzó dos notas con un silbido. Doni sintió un estremecimiento y lo relacionó con un placer que no sentía desde hacía tiempo, algo breve, inmediato y que probablemente dependiera de la cerveza: estaba vivo.
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Pasó la tarde en la sección de informática, desenmarañando un problema con los técnicos. (Lo habían nombrado, a su pesar, encargado de los ordenadores de la Fiscalía General.) Una secretaria había borrado por error una parte de la base de datos, aunque siguiera negándolo. Estaba deshecha en lágrimas en la silla y movía la cabeza y el dedo índice: «¡No ha sido culpa mía! ¡No ha sido culpa mía!», decía. «De repente se ha cerrado una ventana en la pantalla, no he entendido lo que había pasado, pero ¡no ha sido culpa mía!» Doni tenía pocas nociones al respecto y la responsabilidad de decidir qué salvar: los técnicos tenían muchas más, pero eran bastante confusas. Mientras hablaba sobre lo que se podía hacer, lo llamó Ferrero, un colega piamontés, delgadísimo, probablemente loco. Doni salió y respondió al móvil. —Roberto —dijo—, estaba buscándote. —Marco. —¿Puedo robarte unos segundos? Tengo un problema con el ordenador. —También yo —dijo Doni— y con varios ordenadores. —¿En qué sentido? —Estoy en la sala de los servidores y parece que ha habido un desastre. —Ah —y, tras una pequeña pausa—: Se tratará de un virus. —Activa el antivirus. —No sé cómo se hace. —¡Cómo! ¿Que no sabes cómo se hace? —No lo sé. Tengo sesenta años, Roberto. —¿Y qué tiene que ver? Yo tengo sesenta y cinco. —¿No puedes venir a echar un vistazo?
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Doni sintió que la sangre le pulsaba a la altura del muslo izquierdo. —Marco —dijo con calma—, para eso están los técnicos. Llama a uno de ellos. Yo soy un magistrado. Ya estoy preguntándome por qué estoy aquí. —Ya lo sé, ya lo sé, pero ya sabes lo que pasa... —Bajó la voz—. De ti me fío, porque eres un colega, pero esos a saber lo que contarán por ahí. —¿Y qué podrían contar? —Baja la voz... No, es que, ya sabes, pasas por ciertos sitios y después puede que te encuentres virus, ¿no? —¿Ciertos sitios? —Baja la voz. Doni susurró: —Marco, ¿quieres decir que visitas páginas porno en el trabajo? —Que no, ¡qué porno ni qué niño muerto! Es decir, no exactamente. Navego por internet, de vez en cuando... De acuerdo, venga, entre hombres ya nos entendemos. Entonces, ¿me echas una mano?
Cuando volvió a su despacho, había menos luz y el Palacio había ganado la partida. La pequeña alegría del mediodía había desaparecido. Doni levantó la cortina y miró afuera. Eran las seis y cuarto y gran parte del trabajo que debería haber acabado estaba aún intacto en el escritorio. Dedicó unos instantes a decidir si quedarse, como cuando era más joven (y le gustaba: le gustaba bajar corriendo a buscar una tortita y una coca-cola, le gustaba sentir el día que se iba, el escalofrío repentino del anochecer... le gustaba
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trabajar con el edificio desierto y a solas), o volver a casa. Al final, decidió dejarlo. Estaba demasiado cansado y el final de la tarde pasado eliminando los virus de aquel pervertido de Ferrero lo había destrozado. Se sentó al escritorio, movió el ratón y abrió el Outlook para echar un último vistazo al correo electrónico. Entre los mensajes aún no leídos, había uno de una dirección desconocida. Lo abrió.
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