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Hubo un tiempo en el que no vivíamos con la abuela en la gran casa de ladrillo, sino en una casa blanca de dos pisos, con las tejas de color verde, que estaba en la hondonada de abajo. Tenía dos pisos si la veías desde la puerta de entrada; por el lado opuesto tenía tres pisos, ya que la planta baja era un amplio garaje que ocupaba el sótano. La casa estaba rodeada de colinas por el norte y por el este y por el sur. Justo encima de nosotros estaba la granja de la familia y la casa de mi abuela. Tres kilómetros más allá de la colina, por el lado que daba al sur, estaba la ciudad de Tipton, donde las chimeneas de la Challenger Paper and Fiber Corporation humeaban eternamente, ensuciando kilómetros y kilómetros del paisaje de las montañas de Carolina. Un riachuelo que llegaba de las colinas del este atravesaba nuestro patio. El caudal de la corriente estaba controlado por la fábrica de papel. Habían construido un embalse allá arriba, y el agua del arroyo se regulaba por medio de un canal de desagüe. Por aquella época mi madre había ido a California a ver a su hermano. El tío Luden se había vuelto a meter en líos, una vez más por culpa de una mujer. Mi madre a lo mejor podía echarle una mano. Al fin y al cabo, tan sólo eran ocho mil kilómetros en tren, ida y vuelta.
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Así que mi padre y yo tuvimos que arreglárnoslas solos. A pesar del trabajo extra, me lo pasé muy bien. Nuestra amistad se hizo más fuerte, al convertirse en una especie de amable confabulación. Intercambiábamos señales hasta entonces desconocidas. Habíamos entrado en un nuevo terreno neutral, que quedaba a medio camino entre mi niñez y su juvenil forma de ser, lo que supuso para mí una ascensión vertiginosa en la jerarquía del hogar. Éramos unos pésimos amos de casa y sufrimos un montón de pequeños contratiempos, así que la frase que repetíamos más a menudo era: «Será mejor que no se lo digamos a mamá». Me encantaba esa idea. Mi padre se pasaba la vida planeando cosas que pudieran complacer a mi madre, y durante su ausencia se le ocurrió una idea magistral. Al otro lado del arroyo, con sus hileras de altos sauces, había medio acre de tierras sin cultivar que se consideraban improductivas porque estaban en un terreno pantanoso y porque tenían su extremo meridional cubierto por una maleza impenetrable de zarzamoras. A mi padre se le ocurrió transformarlo en un jardín y plantarlo antes de que mi madre regresara. Tuvimos que trabajar de forma heroica. Recuerdo con agrado cómo arrancamos el zarzal y cómo abrimos una zanja de drenaje a través del campo. El terreno era tan blando que podíamos trocearlo con nuestros azadones y sacar piezas rectangulares de oscuro barro azulado que íbamos colocando una al lado de otra. Las piezas brillaban como azulejos. Abrir la zanja nos costó tres largas tardes, y luego mi padre sacó la guadaña y afiló la hoja hasta que pude oírla zumbar en la base de su pulgar cuando comprobó si estaba bien afilada. Y entonces se abrió paso entre los matorrales espinosos y empezó a cortarlos. Durante mucho tiempo
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nada ocurrió, hasta que al final las zarzas empezaron a caerse y fueron acumulándose en unas marañas que parecían los garabatos de un bárbaro. Con un bieldo fui haciendo una pila de zarzas. Lo mejor de todo fue la hoguera, la nítida llamarada amarilla y el siseo y el chisporroteo de las ramas y las espinas, mientras el delgado humo negro ascendía sobre los sauces reverdecidos. Y el aroma delicioso de todo aquello. Después preparamos el terreno de la forma habitual y plantamos las semillas. Luego nos quedamos de pie en el extremo de nuestro jardín, admirando con pletórico y exhausto orgullo los surcos bien trazados y las hileras de tierra amontonada. Pero aquello tan sólo era una parte del plan. Por mucho trabajo que nos hubiera costado, no pasaba de ser una huerta, y nosotros plantábamos cada año nuestra propia huerta. Mi padre quería algo más, un jardín de diseño elegante y ornamental, algo que sin lugar a dudas pudiera agradar a una dama. Como el tiempo seguía siendo bueno, al día siguiente nos pusimos manos a la obra. Llevamos dos montones de leña menuda del establo. Mi padre tomó las medidas y nos pusimos a aserrarla y desbastarla. Él silbaba y canturreaba mientras trabajaba, mientras que yo me limitaba a observarle o a ir de un lado a otro, trayendo y llevando cosas. Y mi padre no quería decirme, claro, qué era lo que estábamos construyendo. El segundo día se hizo evidente. Estábamos levantando un puente. Estábamos construyendo un puente pequeño aunque complicado para cruzar el arroyo que corría por la huerta y el jardín, un arroyo que incluso yo podía atravesar sin tener que extender mucho las piernas. Era una obra ambiciosa. Un puente con barandillas y con un arco de
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celosía que enmarcaba una pequeña puerta en la valla que daba al jardín. Mi padre debía de ser un buen carpintero. El puente era una obra de arte. Habíamos excavado a fondo para encajar los postes de madera de falsa acacia, y el arco que se levantaba sobre el arroyo, aunque no muy alto, era sin lugar a dudas tan bello como un arco iris. Cuando yo cruzaba el puente de un lado a otro, oía y sentía un golpeteo que me parecía perfecto. El pestillo de la puerta se cerraba con un chasquido que sonaba a resistente, y el arco de la puerta, construido con viejos tablones encastrados en yeso, me hacía sentir que al cruzar el puente estaba entrando en otro mundo y no sólo en el jardín. Mi padre tenía más planes para la celosía. «Justo aquí», decía, «y aquí también plantaré rosas de té para que trepen por la celosía. Ya verás.» Le dimos tres manos de cal. Los tablones resplandecían. Caminamos hasta la carretera que pasaba por encima de la casa para contemplarlo, luego fuimos hasta el borde del jardín para volver a contemplarlo. No vimos nada de lo que no pudiéramos sentirnos muy orgullosos. Mi padre se fue en nuestro viejo Pontiac y regresó media hora más tarde. Aparcó en el camino de acceso y salió del coche. «Ven», dijo. Nos sentamos sobre la hierba en el recodo de la carretera, justo donde había una alcantarilla. «He ido a la tienda», dijo. Se sacó del bolsillo un envoltorio de papel marrón. Dentro encontré diez tabletas de chocolate con forma de dedal, mis favoritas. Del otro bolsillo se sacó una cinta enrollada de seda roja. —Gracias —dije—. ¿Qué es eso? —Queremos que sepa que es un regalo, ¿no? Así que tenemos que ponerle un lazo. Lo pondremos en medio de la barandilla.
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Desenrolló unos dos metros de cinta y la cortó con su navaja de bolsillo. «Tiene que ser un lazo grande, para que lo vea desde aquí arriba, en la carretera.» Me comí una tableta de chocolate y observé sus grandes dedos sarmentosos que sostenían la seda roja. No pudo ser. Aunque yo estaba convencido de que mi padre podía diseñar y construir lo que quisiera —el puente de Brooklyn, el Taj Mahal—, no era capaz de hacer un lazo con aquella cinta roja. La seda se enredaba y se arrugaba y se soltaba; simplemente no quería obedecer. Mi padre gruñía en tonos graves, como un oso intentando sacar de su madriguera a una marmota. «No sé qué le pasa a esto», decía. Sobre el murmullo apagado de sus palabras oí un sonido muy distinto, un gorgoteo como el que hacen los guijarros al caer en un estanque de aguas tranquilas. «¿Qué es eso?», pregunté. —¿Qué es qué? —¿Qué es ese ruido? Dejó de destrozar la cinta y se quedó quieto mientras iba aumentando el sonido. Luego su cara se ensombreció y se le marcaron las venas en el cuello y en la frente. Su voz se volvió más tranquila, más pausada. «Hijos de puta.» —¿Quiénes? —Los tíos de la fábrica de papel. Han abierto las compuertas. Subimos por el recodo hasta la carretera. A medida que el sonido se hacía más fuerte, iba descomponiéndose en un sinfín de sonidos: burbujeos, salpicaduras, lengüetazos, desgarrones. Y en cuanto vimos la embestida del agua pardo-grisácea que avanzaba desde detrás de un ciruelo, sentimos el temblor de su choque contra la alcantarilla, justo cuando se estrellaba contra el recodo y rebo-
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taba hacia atrás. Al llegar al patio salió disparada desde la alcantarilla como si fuera una manguera. En pocos segundos había anegado las orillas del arroyo y corría por el borde del patio, creando remolinos blancos alrededor de los troncos de los sauces. En la superficie del agua gris-verdosa flotaban desechos: ramitas negras y hojas y briznas de hierba, y la boca de la alcantarilla retumbaba, golpeada por las piedras. Nuestro resplandeciente puente blanco fue mancillado por el barro y las hierbas. La avalancha de agua levantó un largo brazo grisáceo y lo descargó sobre él. Mi padre y yo observamos la odiosa destrucción de nuestra obra con las manos en los bolsillos. Mi padre todavía tenía la cinta roja, que le colgaba del bolsillo por la pernera del pantalón. El pequeño puente sufrió una sacudida y empezó a temblar. Hubo un instante en que permaneció inmóvil, como si hubiera logrado reunir las fuerzas necesarias y estuviera resistiendo la embestida. Pero luego la parte que daba al patio se despegó de los postes, y cuando aquel lado se derrumbó sobre el arroyo, el otro lado también se desprendió, y por un instante pudimos ver un destello del puente, que quedaba paralelo al arroyo como si fuera un barco, y vimos cómo el extraño arco de la celosía enmarcaba la avalancha de agua. El puente se retorció y sus extremos chocaron contra las dos orillas y se cayó de lado, mostrando los tablones desnudos de su parte inferior, como hacía la puerta del establo cuando se cerraba de un portazo. El agua se fue acumulando en el obstáculo, hasta que al final se desbordó por todas partes, destrozando las orillas del jardín y del césped. Mi padre no paraba de decir: «Hijos de puta, hijos de puta, hijos de puta. No pueden hacer eso. Es ilegal». Luego se calló.
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No sé cuánto tiempo estuvimos mirando el arroyo, hasta que nos dimos cuenta de que mi madre había llegado. Cuando la vimos, ya había salido del taxi, que estaba parado en la carretera. Tenía un aspecto raro. Llevaba un vestido que nunca le había visto y tenía el rostro marcado por una expresión a medias divertida y a medias abochornada. Nos miró como si nos hubiera sorprendido haciendo una travesura. Mi padre se volvió hacia ella e intentó hablarle. «Hijos de puta», fue la única palabra que logró expresar. Se contuvo y se le volvieron a ensombrecer la cara y el cuello. Hizo un gesto señalando el puente destruido, mientras la cinta roja revoloteaba entre sus dedos. Mi madre miró hacia donde él señalaba. Vi cómo su rostro delataba que poco a poco se iba dando cuenta de lo que había pasado. Cuando volvió a mirarnos, tenía una expresión de dolor. Una lágrima resbaló por su mejilla, como plata en la alegre luz del atardecer. Mi padre abrió la mano y la cinta salió revoloteando hasta que cayó en el barro. La lágrima en la mejilla de mi madre se fue haciendo más y más grande. Se despegó de su rostro y se convirtió en una bola reluciente que se fue ensanchando como un globo. Al principio la lágrima flotó en el aire, pero a medida que se fue hinchando engulló a mi padre y a mi madre. Los vi flotar, separados el uno del otro aunque acercándose muy despacio. Entonces mi madre miró por encima del hombro de mi padre, miró a través de la piel brillante de la lágrima y me miró a mí. La lágrima se ensanchó hasta que también me tragó a mí. Era tibia y salada. En cuanto me acostumbré a la extraña luz que flotaba dentro de la lágrima, empecé a nadar con torpeza hacia mis padres.