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No es que quiera empezar con tópicos y verdades archisabidas, pero es un hecho incuestionable que el árbol empieza en las raíces y depende de ellas absolutamente. Con algunas maderas sólo se pueden hacer cayados o garrotes; otras sirven para fabricar objetos tan útiles como artesas, cunas o trípodes; y hay árboles cuya madera se transforma en flautas y hasta violines. En cierto modo, esto no ocurre sólo con los árboles, sino también con los hombres. Así que merece la pena reflexionar sobre el refrán que afirma que de tal palo, tal astilla. En lo que concierne a mi abuela Mazal, yo la compararía con un árbol de raíces vigorosas y profundas, con el que sólo se elaboran cosas necesarias y útiles, mientras que con el árbol de mi abuelo Abraham, conocido como Abraham el Borrachón,1 sería difícil hacer algo especial. Como mucho, un barril donde guardar un buen vino añejo para dejarlo reposar. Pues de eso va la cosa: de raíces. La abuela de mi abuela Mazal tuvo, desde luego, su propia abuela. Aquélla, por su parte, tuvo la suya, y así sucesivamente. 1. En español en el original. (N. del T.)


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Por esta ley genética se formó una camarilla de abuelas, una tras otra a través de los años y los siglos, que empieza en Toledo, a orillas del Tajo, y atraviesa toda Europa hasta Plóvdiv, a orillas del Maritsa. Al principio, mis abuelas eran judías jóvenes y guapas, pero sin darse cuenta, a medida que en su vida irrumpía un bullicioso tropel de nietos y biznietos descalzos, se fueron convirtiendo en viejas judías, sin más. Mi larga retahíla de abuelas comienza por una joven de pelo rizado color azabache y ojos anegados en lágrimas, oscuros y profundos como el primer sueño de la noche. Se aferra con ambas manos a la pesada argolla clavada en las puertas de la judería,2 el barrio judío fortificado, y, con silenciosa obstinación, se niega a soltarla. Pero la van a obligar, vaya si no, y lo hará su padre, el viejo herrero Yohanan ben David al-Maleh, del linaje de los Ibn Daúd, famosos durante el califato como artesanos fabricantes de candelabros y celosías para ventanas y balcones. Pues este Yohanan, honorable y estimado y miembro del consejo de ancianos judíos, acabará por subirla —con cierta brusquedad, hay que reconocerlo, pero no sin disimulada ternura paternal— a lomos de un burro. Y aunque el nombre del animal no se ha conservado en crónica alguna, nos molestaremos en precisar que él será quien perpetúe la raza de los burros andaluces en el otro confín del mundo. Esto sucedía, como bien recordaréis, a finales de junio de 1492, después del edicto de Sus Majestades los Reyes Católicos Fernando II de Aragón e Isabel de Castilla, en virtud del cual todos los judíos que hubieran renunciado a adoptar la fe en Cristo deberían abandonar sus tierras 2. En español en el original. (N. del T.)


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sin demora, largándose al carajo o adonde más les conviniera. Teniendo en cuenta que hasta tan decisivo y funesto día Tomás de Torquemada, mentor espiritual de la pareja real, Gran Inquisidor y piadoso dominico, ya había logrado quemar en la hoguera a ocho mil personas, en su mayor parte judíos, sin contar las brujas, los herejes, los secuaces de Satanás y los partidarios de Mahoma, es fácil comprender que el padre de aquella lejana abuela mía, el honorable y estimado Yohanan, optara por la prudente y juiciosa decisión de liar el petate, abandonar las tierras de los ancestros bendecidas por Dios y poner rumbo, con su prole y su servidumbre, a un futuro incierto. Esos lugares que los judíos dejaron llevaban por entonces nombres tan variopintos como sonoros. Son los antiguos reinos cristianos de Castilla y León, Navarra, Cataluña, Aragón y Asturias y, antes de la Reconquista, es decir, antes de que el islam fuese expulsado definitivamente allende el mar, antiguo gran califato de Córdoba o emiratos de Sevilla y Granada. Una península al sur de los dominios de los francos y al norte de las tórridas costas africanas, a la que la Providencia había deparado la suerte de convertirse en cuna del Nuevo Mundo. Las legiones romanas llamaban a esas tierras Hispania; los soberanos árabes y moros, Al-Andalus, y los judíos, Sefarad. Pues allí, en esa Sefarad o Al-Andalus o, si se prefiere, Hispania, en la mezcla vehemente, incestuosa y salvaje de sangres, etnias y religiones, en el rechazo y la atracción, en el odio y las dependencias mutuas entre visigodos, árabes y judíos, que habían dado origen a una gran nación, se cometió una cruel injusticia, sólo comparable a los actos cometidos en esa misma época por los esbirros de Hernán Cortés.


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Pero no nos es dado juzgar los insondables designios de la Historia y su marcha inexorable. Porque ese mismo Cortés, con el arrojo y el delirio del que se obsesiona con su visión dorada, se embarcó con un puñado de hombres y zarpó por el océano al oeste, hacia tierras desconocidas. Mientras que el padre de aquella abuela mía, junto con los padres y madres de otras muchas abuelas, se abría camino con dificultad a través de las montañas, siempre hacia el este, hacia tierras también desconocidas, daba igual las que fueren, pobladas tal vez por monstruos y dragones de tres cabezas, pero lo más lejos posible de esa Inquisición siete veces maldita. Como decía, ese Cortés, con audacia inaudita, pero también con alevosía, se apoderó de México, Honduras y California, modificando así la órbita de la Tierra y el destino de la humanidad. Y el hecho de que a mi abuela primigenia la arrancaran a la fuerza de la argolla de las puertas de la judería toledana, por más cruel que pueda parecer desde el punto de vista de las ideas abstractas de justicia y humanidad, marcó el inicio de una nueva estirpe judía que, si bien desterrada, llevó dignamente a través de los siglos el nombre de su antigua patria: Sefarad. Por su parte, los judíos emigrados de aquellas lejanas tierras adoptaron el nombre de «sefardíes», que se podría traducir como «españoles». La Sublime Puerta de Estambul, o Constantinopla, como la habían bautizado los bizantinos, esa ciudad de ciudades y otrora segunda Roma, autorizó a los que huían de la Inquisición a instalarse en las tierras del Imperio Otomano. Fue una decisión juiciosa, porque aquellos retoños de la tribu de Israel, a quienes los fieles musulmanes llamaban yehuda o con el despectivo mote de çifut, trasladaron a esos lugares nuevos conocimientos y oficios desconocidos, además de su prole y lo que había quedado de sus perte-


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nencias. Es de dominio público que entre ellos había reputados médicos, constructores, financieros, viticultores, poetas, filósofos y comerciantes, sin olvidar, ni mucho menos, a los hombres que, además de variedades desconocidas de frutales y cepas de vides, trasladaron al suelo balcánico el secreto de la fabricación del famoso acero toledano. Por no hablar del arte de la diplomacia, elegante y perfeccionado durante siglos, con que evitar las guerras, puesto que en ellas, como bien se sabe, los principales culpables —y a fin de cuentas las víctimas— siempre han resultado ser los judíos, se mire desde el bando que se mire. Los otomanos, en principio belicosos y poco civilizados pero dotados de un desarrollado sentido del Estado, extraían los conocimientos que necesitaban directamente de la fuente —o, mejor dicho, del océano— de saber que era ese mundo árabe en declive, que ellos ya dominaban por completo. Pero los forasteros llegados de la lejana España les ofrecían una lectura nueva y occidental de todos esos conocimientos, lo que no era en absoluto despreciable. Incluso algunos hijos de Navarra o Cataluña, portadores de una experiencia especialmente valiosa a los ojos del sultán, cedieron a la tentación de convertirse en consejeros, visires y bajás. De este modo se familiarizaron con los soberanos de un imperio enorme que se extendía con pereza oriental por tres continentes, modificando de paso sus creencias y sus nombres. Así pues, su memoria sefardí original se borró como el rastro que deja un caracol en la arena, y desapareció para siempre bajo las olas del mar islámico. Sin embargo, hay que añadir que la mayoría de los inmigrantes se mantuvieron firme y obstinadamente fieles a las leyes de su estirpe, acatando hasta el fanatismo el espíritu y la letra del Sefer Torá, que significa Libro del la Ley. Por tradición, los sefardíes fueron súbditos leales: así


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como antes habían sido leales al califa o al rey católico, lo eran ahora al sultán turco. En épocas posteriores, después de que el imperio se desintegrara, mostraron la misma fidelidad hacia los soberanos de los estados cristianos recién formados, pero para dejar constancia de su origen y por apego al recuerdo de su antigua patria española, siguieron conversando entre sí y cantando sus canciones en la lengua de Cervantes. Esta lengua, pequeña balsa solitaria zarandeada por el turbulento océano idiomático turco, heleno y eslavo, sobrevivió hasta nuestros días, siglos después de aquella noche de junio de 1492, y si le preguntáis a mi abuela Mazal, os asegurará que ésta fue y seguirá siendo «la lingua de los padres». Antaño, muchos siglos atrás, esta lengua era el latín vulgar que hablaban las legiones romanas, y por eso los doctos lingüistas la denominaron «ladino». Pero mi abuela, que ignora semejante terminología académica, la llama judesmo, que significa «judío». E ignora que está hablando el idioma de aquellos malditos cruzados, perseguidores de los judíos en el sur mediterráneo, que se llevaron en sus pesados carros, junto con la plata de las sinagogas que habían saqueado, ese magma lingüístico latino. Pertenece a la misma lengua aquel recuerdo de un idioma llamado por algunos judeoespañol, con el que se tiraban los trastos a la cabeza las abuelas judías de nuestras ciudades balcánicas, como si nada hubiera ocurrido, como si jamás hubiera existido ningún Fernando, ninguna Isabel y ningún Torquemada, como si esto no fuera Plóvdiv sino Toledo o Sevilla, y no estuviéramos en el siglo XX sino a finales del XV. Lo mismo ocurre, por otra parte, a miles de millas de aquí, en el lado opuesto de nuestro vasto planeta, donde las mulatas de Santiago de Cuba usan esta misma lengua para


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darse gato por liebre en los mercados de verduras o de cabras, como si no estuvieran en pleno Caribe, sino en el ombligo de los Balcanes, en Plóvdiv, y un jueves además, día del gran mercado campesino. De modo que este extraño pero explicable vínculo lingüístico —y sin duda también espiritual— parte de nuestra pequeña sinagoga de Plóvdiv, situada en un barrio con el nombre turco de Ortà Mezàr,3 para remontarse atrás en los siglos, hasta la leyenda del Caballero de la Triste Figura que iba montado en su Rocinante. E incluso más lejos, hasta las baladas de La Galiana, allende el puente de Alcántara sobre el Tajo, donde el rey católico e intrépido caballero Alfonso VIII transgredió todas las leyes celestiales y terrestres en aras de su amor por la encantadora judía Raquel. Mi abuela no sabía nada de esto, ni siquiera había oído hablar de ello, y cualquier posible vínculo lingüístico o espiritual con España la traía sin cuidado. Su preocupación, a estas alturas, es que no se le quemen las berenjenas y los pimientos, «las merendjenas» y «las peperizas», que asa en el brasero de carbón de leña del patio a la espera de que regrese, del pequeño taller junto al viejo puente, su hambriento esposo (y mi abuelo) Abraham, más conocido como el Borrachón. Mas no se debe prestar demasiada importancia a los motes, ni tomarse muy en serio, porque en nuestras latitudes se te pegan como moscas a la miel, por no decir algo más nauseabundo, y un hombre sin mote es como un burro sin albarda o un perro sin pulgas. Hablábamos, pues, de mi abuela, que no sabía nada de su propia historia, ni de la historia de sus vecinas, judías tan 3. Literalmente, «sepultura media», aunque su sentido más probable es «cementerio del medio». (N. del T.)


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ignorantes como ella. Lo único que sabía era que era sefardí y que a los dieciséis años cometió la estupidez de enamorarse de ese soñador y juerguista Abraham. Sus padres no lo vieron con buenos ojos —y ella no contaba ni remotamente con su bendición—, por la sencilla razón de que Guershon, el hijo del acaudalado tendero Aarón Sevilla, le había echado el ojo hacía tiempo. Pero los dos jóvenes se mostraron tan porfiados e inflexibles que, a la postre, hubo esponsales según sus deseos. Y no sólo en atención a esa armonía entre los dos jóvenes corazones, sino que las negociaciones se vieron facilitadas por la afinidad profesional entre el padre de Mazal, Simanto Toledo, forjador de herraduras y cuñas de hierro, y el de Abraham, el hojalatero Buco Alcalay. Es posible que el fundador de la estirpe de Alcalay —que quizá tenga sus raíces en la villa de Alcalá, cerca de Madrid— fuese en tiempos españoles un alcalde. Eso pretende, orgulloso, mi abuelo, pero hoy ya nadie puede demostrarlo y la verdad quedó enterrada hace mucho. Al igual que la familia Toledo olvidó tiempo atrás que desciende de Yohanan ben David al-Maleh, el honorable y estimado herrero toledano, fabricante de candelabros y verjas de filigrana para ventanas y balcones, de la antigua estirpe de los Ibn Daúd. Es así como se explica —y no debe sorprendernos— el hecho de que en el barrio de Ortà Mezàr (Cementerio del Medio) de la ciudad de Plóvdiv, que es de una extraordinaria y hasta frívola jovialidad pese a su macabro nombre, pululen apellidos como Toledo, Sevilla, Córdoba, Béjar y Catalán. Y tampoco hay en ello nada novedoso, pues en otros sitios se dan apellidos como Francés, Deutsch, Schweitzer, Holländer, Berliner o Moskovitch. Éstos sugieren que sus portadores son hermanos de sangre y fe de los diversos


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Toledo o Sevilla balcánicos, aunque originarios de otra parte de Europa, donde los judíos, en esos mismos tiempos y en circunstancias similares, también se vieron obligados a poner tierra por medio sin dejar de ser fieles al recuerdo de su antigua patria. Como de recuerdos y memoria se trata, conviene señalar que mi abuelo Abraham tiene bastante mejor memoria que mi abuela, a pesar de que, en cierto sentido, la tiene un poco rara o incluso, si hay que ser francos, algo tarada. No cabe duda de que el Borrachón es un hombre instruido, que no sólo domina el ladino y el turco, sino que suelta palabrotas y juramentos en un búlgaro impecable, por no mencionar los floridos remiendos tomados de los idiomas gitano, armenio y griego a los que recurre en su batallar diario por el pan y por el botellín de anís con su huevo cocido. Ha leído a Cicerón y Pestalozzi; afirma haberse asomado, por el ojo de la cerradura, a la obra de los místicos y esotéricos espacios de la Cábala, que desprenden un frío cósmico; y hasta puede recitar de memoria párrafos enteros de libros y publicaciones llenos de conocimientos inútiles, por ejemplo sobre los habitantes de la Luna o sobre las maneras de extraer oro mediante guarismos mágicos. Pero no consiste en esto lo extraño de su memoria, sino en su capacidad para recordar sucesos que nunca ocurrieron. O si ocurrieron, difieren bastante de como los demás los vieron y recordaron, lo que es, en no pocas ocasiones, motivo de acaloradas disputas y altercados en las tabernas del barrio. Así, por ejemplo, el Borrachón se acuerda muy bien de un suceso ocurrido durante el gran terremoto que destruyó medio Plóvdiv, incluido nuestro barrio. Y, en concreto, de lo que pasó junto al parque central de la ciudad, donde todos los que se habían precipitado a las calles, horrorizados tanto por el balanceo de las casas como por el infernal


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