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Martin Daugherty, de cincuenta y un años, encargado del tanteo, observó cómo Billy Phelan, que estaba realizando una jugada perfecta, caminaba hacia el carril de retorno con la arrogancia de un águila joven que aún no ha sido puesta a prueba, recogía su bola negra de dos orificios, la pasaba como un malabarista de la mano derecha a la izquierda y entonces la sostenía en la palma izquierda como si no pesara. Billy frotó la palma y los dedos de la mano derecha contra el cóncavo cono de tiza de la bandeja de latón sobre el estante de las bolas y se sacudió el exceso con un tirón a la toalla. Se enfrentó a los bolos, fijó la mirada en la zona donde la madera de la pista cambiaba de color, en un punto a siete tablas del extremo derecho, y entonces, pura energía con zapatos, se dijo Martin, arrastró los pies: izquierdo, derecho, izquierdo-derecho-izquierdo y deslizamiento, llevando hacia fuera la mano derecha con la bola y echándola atrás al moverse, como un péndulo, y haciendo girar un poco la muñeca en el exterior del arco. Su brazo, que a Martin le parecía puro dominio en mangas de camisa, se extendió adelante y la bola se es-

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currió casi en silencio por la pista pulimentada, rodó en la penumbra por la séptima tabla curvándose de un modo imperceptible, una curvatura más acusada cuanto más se aproximaba a los bolos, y penetró entre el bolo delantero y el tercero diseminándolos todos en un jolgorio de giros y brincos. —Así se hace, Billy —dijo Morrie Berman, que había apostado por él, y batió palmas un par de veces—. Me has dejado turulato, chico. —Es una bola estupenda —dijo Billy. Zanquilargo y delgado, Billy se enderezó y aguardó a que el Chinche, el chico bizco que colocaba los bolos, devolviera la bola. Cuando apareció en lo alto del pequeño tobogán de madera en el que moría el carril de retorno, Billy la levantó, se situó ante los bolos nuevamente colocados en la pista nueve, movió los pies, tomó impulso, lanzó la bola y consiguió otro pleno: ya llevaba ocho seguidos. Martin Daugherty anotó el pleno en la hoja de puntuaciones, en la que no había números, sino tan solo las marcas de los ocho plenos, pues anotar los tantos mientras el jugador está ganando trae mala suerte. Martin estaba pensando ya en el artículo que escribiría sobre aquella partida en caso de que Billy quedara ganador. Señalaría cómo ciertos hombres se movían a través del fango cotidiano de sus vidas y un buen día, gracias a un pleno, se sacudían ese fango y se transformaban. Sin embargo, su transformación no era resultado de un acto repentino, sino la culminación de todo cuanto habían hecho: un triunfo del desarrollo personal, el fin de algo general y el comienzo de algo concreto. Aquella madrugada de un jueves de finales de octubre

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de 1938 Billy Phelan era, a los ojos de Martin, más concreto que la mayoría de los hombres. A los treinta y un años, la edad que tenía Martin cuando su padre le dijo que era un fracasado, Billy parecía totalmente definido. No jugaba nada mal a los bolos: promedio de ciento ochenta y cinco en la liga de la sociedad de los Caballeros de Colón, donde Martin jugaba con él los jueves por la noche. Pero no era un adversario peligroso para Streck el Escocés, que con un promedio de doscientos seis puntos era el campeón del torneo municipal, en el que participaban los jugadores más rápidos. El Escocés vivía con su bola de bolera casi como si fuese su tercer testículo, y cuando se encontró con Billy y Martin, que jugaban a la bola 8 en una mesa de billar del Club Deportivo y Recreativo Downtown, el único centro abierto las veinticuatro horas, donde no se admitía a las mujeres, donde no había partidas mixtas, faltaría más, se servía cerveza hasta las cuatro de la madrugada, tal vez las cinco, pero nada de whisky en el local… cuando se encontró allí con ellos, ¿por qué le preguntó el Escocés a Billy si quería ganarle unas partidas de bolos? «Claro, si me das una ventaja de veinte puntos», respondió Billy. «Te doy cincuenta y cinco puntos por tres partidas», le ofreció el Escocés. «Es poco, pero de acuerdo —dijo Billy—, ¿cinco pavos?» «De acuerdo, cinco pavos.» Así quedó convenido, y acordaron que el ganador pagaría la tarifa de la bolera, veinticinco centavos la partida. El Escocés sacó doscientos doce puntos en la primera partida, mientras que Billy se quedó en ciento cuarenta y tres: hizo cinco splits, la bola golpeó con demasiada fuerza el bolo delantero, su ventaja terminó

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sin servirle de nada y acabó perdiendo por sesenta y nueve puntos. En la segunda partida Billy encontró el espacio entre el bolo delantero y el situado inmediatamente detrás y llegó a los doscientos veintiséis puntos. Pero el Escocés, que también había descubierto dónde acechaba aquel espacio, se anotó doscientos treinta y seis puntos y aumentó la diferencia con su contrario en setenta y nueve. En la octava de sus diez divisiones, la partida se estaba igualando y el Escocés mantenía su regularidad derribando todos los bolos mediante dos lanzamientos y dobles, pero su ventaja se iba reduciendo con rapidez en la recta final ante el avance de Billy hacia la perfección. El rumor de que podría jugarse una partida a trescientos puntos por la que se admitirían apuestas atrajo a los rezagados del bar, a los jugadores residuales, al encargado nocturno, a los colocadores de bolos que trabajan durante toda la noche e incluso al barrendero a las pistas nueve y diez de la vieja y cavernosa sala, todos ansiosos por contemplar el prodigio. Nadie le mencionó a Billy la serie seguida de plenos, pues eso también traería mala suerte, pero era legítimo hablar de la apuesta: doscientos dólares, entre Morrie Berman y Charlie Boy McCall. Agradable, de suaves maneras y obeso prematuro, Charlie Boy era, con todo, el joven más poderoso del lugar. Hijo del hombre que controlaba el juego en Albany y sobrino de los dos políticos que dirigían tanto la ciudad como el condado, potentados del día y de la noche, norteamericanos de origen irlandés, la presencia de Charlie Boy confería importancia a la ocasión. Martin conocía a todos los hermanos McCall, había ido a la escuela con ellos, los había visto crecer en el

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mundo y apoderarse de él. Todos ellos, incluido Charlie Boy, que era el único heredero, seguían viviendo en la calle Colonie, en Arbor Hill, donde habían vivido Martin y su padre, así como Billy Phelan. No había nada que Charlie Boy no pudiera conseguir en aquella ciudad, donde y cuando quisiera, y cuando llegó a las pistas del viejo Downtown con el Escocés y este no tardó en dar con Billy para jugar con él, Charlie encontró con la misma rapidez a Morrie Berman, un cetrino exproxeneta y jugador capaz de apostar por la conducta de los abejorros. Una semana atrás, Martin había visto a Morrie abrirle la frente a un jugador tramposo con un simple vasito en el bar de Brockley, tras una partida de dardos con una apuesta de trescientos dólares. Morrie apostaba fuerte, pero pagaba cuando perdía y exigía lo mismo a los demás. Martin estaba más informado de la reputación de Morrie que del hombre en sí, un individuo que había frecuentado los bares de la ciudad con Piernas Diamond y que tenía matones por amigos. Pero, que Martin supiera, no podía decirse de Morrie que fuese un matón. Era hijo de un judío políticamente radical y nieto de un excelente sastre de la antigua avenida Sheridan. Con Morrie, el respetable linaje de los Berman se había torcido un poco. La apuesta entre Charlie Boy y Morrie empezó con cien dólares y se mantuvo durante dos partidas. El dinero había quedado en posesión de Martin. Pero cuando, al final de la segunda partida, Morrie vio sin la menor duda que Billy había encontrado el espacio apropiado entre el bolo delantero y los posteriores, propuso subir la apuesta otros cien. Una acción tal vez absurda, porque Billy, su muchacho, estaba perdiendo

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por setenta y nueve puntos. Bueno, sí, pero con la ventaja de cincuenta y cinco puntos solo había perdido veinticuatro, y estaba claro que el chico tenía posibilidades. Charlie Boy se apresuró a aceptar la apuesta, qué más da otros cien, y entonces Billy se levantó e hizo sus ocho plenos agriándole el humor a Charlie y empujando la diestra mano derecha del Escocés a la venganza. Martin conocía a Streck el Escocés y, aunque no le gustaba, admiraba su talento. El Escocés trabajaba en los talleres del ferrocarril West Albany y era natural del barrio alemán de Cabbagetown, en el West End. Era bajo, patizambo, musculoso y con el pelo cortado a cepillo. Tenía veintiséis años y jugaba a los bolos desde que tenía edad para sostener una bola de duckpin.* A los dieciséis años ya era un astro precoz e increíble, con un promedio de ciento noventa y cinco puntos. Ahora jugaba a los bolos casi todas las noches, participaba en campeonatos por todo el país y era evidente que andaba detrás de la fama nacional. Martin, sin embargo, creía que le faltaba el estilo del campeón, pues era un exaltado que no mostraba generosidad ni consigo mismo ni hacia el prójimo. Le llamaban Escocés por lo agarrado que era, pues nunca había hecho una apuesta de más de cinco dólares. Aun así, tenía éxito en las competiciones y la mayor parte de las veces viajaba con Charlie McCall, un apostador que era su amigo de la infancia. Hiciera lo que hiciese, el Escocés seguía siendo el mejor jugador de bolos de la ciudad, y los fanáticos de los *  Variedad de juego de bolos que utiliza un bolo más corto que el normal y de diámetro relativamente más ancho. (N. del T.)

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bolos, que abundan en Albany, se congregaban para ir a verle cuando jugaba. Los fanáticos se sentaban ahora en sillas plegables detrás de la única pista en funcionamiento, entre todas aquellas viejas pistas que ya habían estado en otros dos edificios y habían sufrido dos traslados antes de que las instalaran allí, en una antigua academia de baile de la calle State, muy cerca de Broadway. Ahora las tablas, venerables y caprichosas, le contaban su historia a Martin, que contempló a los reunidos: hombres sentados entre los papeles, el polvo y las colillas del suelo sin barrer, bajo la incandescencia de unas bombillas desnudas, rodeados de escupideras, un grupo nocturno en mangas de camisa y ropa holgada con bebidas fuertes en las manos, pendientes de un juego antiguo cuyos orígenes se remontaban al ritual cristiano, un juego que siglos atrás trajeron a Albany unos holandeses innominados y que ahora estaba cautivo de los deportes en pista cubierta de la ciudad. El juego se practicaba en desvanes sin ventanas y polvorientos como aquel, que olía a cerveza, humo de cigarro y cera de pista, un ambiente malsano que, sin embargo, nutría unas habilidades nocturnas exquisitas. Aquellos hombres que formaban parte de la masa deportiva de Broadway, con sus chalecos churretosos, siempre prestos a la acción, observaban atentamente a los artistas del juego como el Escocés, con su regularidad a toda prueba, o como Billy, que aquella noche podría alcanzar la perfección con solo una racha de puntería, y los convertían en objeto del afecto comunitario. La gente haría de aquellos artistas héroes de las páginas deportivas, los entronizaría en el templo de la fama que

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solo existía en la mente de la masa, veneradora de todos los ganadores. Después de que Billy lograra su octavo pleno, el Escocés se puso en pie, avanzó contoneándose hacia la antepista y lanzó la bola torciendo el brazo y haciéndola girar hacia el hueco entre los bolos uno y tres. Fue un golpe perfecto pero sin vitalidad, y dejó los bolos ocho y diez perversamente en pie: el pleno se malogró, algo casi imposible. —¡Puercos hijos de puuuta! —gritó el Escocés al par de bolos faltos de espíritu de cooperación. Su arranque silenció el barullo a sus espaldas, y un murmullo se extendió entre los espectadores, que sabían muy bien lo que ocurría cuando a un hombre empezaba a fallarle el codo. —¿Crees que le estaré poniendo nervioso? —le susurró Billy a Martin. —Ni siquiera soporta perder cinco dólares, ¿verdad? El Escocés trató de derribar los bolos restantes y lo logró con el ocho, pero el diez siguió en pie. —Vamos, Escocés, ahora sí —le dijo Charlie Boy McCall—. Túmbalos, amigo. El Escocés le hizo un gesto de asentimiento a Charlie Boy, recogió la bola y se enfrentó a la nueva formación de bolos, se contoneó, torció el brazo y lanzó hacia el hueco entre el uno y el dos, a la izquierda del bolo delantero, dejando en pie el bolo cinco. Los derribó todos con dos tiros, pero eso no es lo que se espera del mejor de los mejores. Billy podría haber triunfado cada noche de haberse entregado al juego con la determinación del Escocés. Pero Martin sabía que Billy era un hombre de aptitudes

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y conocimientos variados, un hombre hambriento del encanto de la miscelánea. El juego preferido de Billy era el billar, pero tampoco llegaría nunca a ser un campeón nacional en ese campo, eso no entraba en sus cálculos, carecía de la necesidad que acompaña a la especialización obsesiva. Billy se codeaba con los mejores de todos los juegos, en unos destacaba más que en otros, pero era un maestro de bajo nivel que difícilmente daría el gran salto, ni como jugador de naipes o dados ni con el taco de billar. De joven había sido un paracorto bastante bueno en la liga de béisbol de la ciudad. Era un bebedor fuera de serie, capaz de pasarse tres días bebiendo sin ceder al sueño, especialista en el veinte doble del tablero de dardos, arriesgado corredor de apuestas de poca monta, etcétera, etcétera, ¿y por qué estás tan obsesionado con Billy Phelan, eh, Martin Daugherty? ¿Por qué conviertes a un mero excéntrico en un heroico personaje de novela picaresca? Bueno, responde Martin, ¿acaso no le conozco desde que no levantaba un palmo del suelo? ¿No he sido testigo de su alborotado crecimiento hasta que llegó a la juventud mientras yo resbalaba y me deslizaba suavemente por la moribunda mediana edad? Que le conocí cuando yo tenía padre, hombre, y también conocí a su padre, ya le conocía cuando ese padre abdicó, entonces sufrí por el muchacho y he seguido padeciendo por él, pues sé lo que es vivir en la ineludible situación de la ausencia del padre. Tras la huida de su padre, Martin había visto a Billy entregado a una vida de ocio, le había visto holgazanear en el club de Ronan, le había visto organizar la partida de craps el domingo por la mañana en el granero de

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Bohen, a la salida de la misa de nueve, le había visto trabajar de colocador de bolos en la sociedad de los Caballeros de Colón para ganar algo de dinero. Fue entonces cuando el muchacho aprendió a jugar a los bolos practicando a hurtadillas cuando Duffy, el vigilante, se iba al cine. Martin se encontraba allí la tarde en que los colocadores de bolos se desmadraron y fueron lanzándose bolas unos a otros por el centro de las pistas, un desmadre juvenil que acabó mal cuando Billy intentó recoger uno de aquellos proyectiles como si fuese una pelota de béisbol y el dedo anular le quedó aplastado entre la bola en movimiento y otra detenida en la pista. Al ver la sangre, Martin intervino (Billy tenía entonces catorce años, la misma edad que el hijo de Martin esta madrugada), lo llevó al Hospital Homeopático, en la calle North Pearl, y le pidió al médico de guardia que avisara a un cirujano, que cosió la herida pero no le entablilló el dedo, se limitó a ponerle los puntos, lo unió con esparadrapo al dedo meñique y dijo: «Esto es lo máximo que puede hacerse con este desastre, porque no queda nada que entablillar». Y el dedo de Billy se soldó y él lo achacó a la influencia del meñique ileso. La uña y parte del hueso volvieron a crecer, aunque torcidos, y ahora Martin ve la torcedura y la protuberancia de la memorable deformidad de Billy. Pero bien mirado, ¿para qué necesita un caradura como Billy un dedo anular bien formado? La torcedura otorga carácter a la mano que sujeta la baraja, que sostiene en la palma la bola de dos orificios, que sujeta el palo sobre la mesa de craps, que forma un puente torcido para que por él se deslice el certero taco de billar.

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De haber estado en su mano, Martin habría infundido en su hijo, un chico demasiado dócil, demasiado supeditado a los curas, un poco de la insolencia desgarrada de Billy. Incluso al mismo Martin podría beneficiarle inyectar un poco de insolencia a su vida llena de conformismo. Se detuvo un momento a considerarlo: un Martin Daugherty insolente. No, francamente, eso no es nada probable. Resulta difícil adquirir tales rasgos. La arrogancia innata de Billy muy bien podría haber sido un regalo de unos genes ofendidos, y con el tiempo habría alcanzado una espléndida definición mediante las pruebas a las que una calle como Broadway somete a un joven en formación: pruebas destinadas a refinar una especie, a hacer cumplir un código, a excluir a los pánfilos y a los atontolinados, y a hacer entrega a la ciudad de un hombre digno de desenvolverse en estos tiempos de supremacía nocturnal. Cuando alcanzan su periodo de esplendor, los hombres como Billy Phelan, forjados en la desvergüenza de Broadway, emiten telegráficas afirmaciones de su misión: «Soy un ganador, vagabundos». Y ese mensaje, por más que carezca de mansedumbre cristiana, condena a los pusilánimes de la vida nocturna como el Escocés, que debe abrirse paso por el fango sin saber nunca lo que se siente cuando a uno le sobra la calderilla del descaro, lo que se siente al dejarla tirada en el suelo, pues hay más en el bolsillo de donde ha salido, amigo. Déjala ahí, para el barrendero. Billy fue en busca de su bola, le dio un beso, la acarició, se enharinó de tiza y se limpió la mano derecha con la toalla, escupió en la escupidera para aligerar su carga,

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se dobló un poco por la cintura, movió los pies de un lado a otro y allá va, muchachos, consiguió otro pleno: no era solo otro pleno, sino un golpe titánico que lanzó todos los bolos al foso, el más limpio de los golpes limpios, la perfección aplicada a la pulcritud, un choque de poderíos, ejemplo de un dominio cada vez mayor. Billy no miró a nadie. Nueve seguidos, pero nadie decía nada aparte de unos «hombre» y unos «vaya, vaya» salpicados de unos pocos aplausos. Billy esperó el retorno de la bola, restregó los pies en el sucio suelo ante la pista recubriendo las suelas de polvo para evitar resbalones, tomó la bola y fue a la novena pista para efectuar su última tirada. Y entonces lanzó la bola, muchachos, y catacrac, los bolos salieron volando, allá vais, hijos de perra, ahora diez plenos seguidos, y se alzaron vítores, pero el público siguió sin hacer ningún comentario, diez seguidos y su puntuación (aunque Martin aún no había anotado la cifra) es de 280 y le quedan otras dos bolas por lanzar, otros veinte bolos que han de caer. ¿Está Billy Phelan preparado para alcanzar la perfección? ¿Podrás soportarla, chico? ¿Qué harás con ella si la consigues? Billy ya había ganado la partida. Dada la ventaja que tenía, era imposible que el Escocés le alcanzara, pero ahora parecía como si Billy pudiera vencer a su adversario sin la ventaja, y con toda seguridad su victoria, unida a un juego perfecto, saldría en las páginas deportivas esa misma semana. El Escocés se puso en pie y se acercó al extremo del carril de retorno de las bolas para esperar. Se cubrió las manos de tiza, se las restregó y se las limpió con la toalla mientras Billy se agachaba para recoger su bola.

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—¿Nunca habías puntuado trescientos en ningún sitio? —le preguntó el Escocés. —Aquí todavía no —repuso Billy. Vaya, lo ha soltado, se dijo Martin. Al Escocés, el nervioso deportista, le tembló la barbilla mientras miraba a Billy. ¿Significaba lo que acababa de decir que el tipo carecía por completo de carácter? ¿Que no era nada si no vencía de una manera implacable? ¿Le bastaba el temor a perder para tratar de arruinar la suerte de otro? Pues claro que bastaba, Martin. Claro que bastaba. Billy lanzó, pero la bola golpeó la izquierda del bolo delantero, el primer tiro cruzado de la partida. Sin embargo, la potencia de la bola se impuso a la imprecisión y los bolos giraron y rodaron, derribaron al testarudo décimo bolo y le otorgaron a Billy el undécimo pleno. El Escocés tiró de la toalla y se sentó. —¿Por qué le has dicho eso, gilipollas? —le preguntó Morrie Berman. —¿Qué es lo que he dicho? —No tienes clase —dijo Morrie—. La clase se nota hasta en el cagadero, y tú no tienes clase. Billy levantó la bola y se enfrentó a los bolos para el último acto. «El bolo cuatro está desviado», le gritó al Chinche, el colocador de bolos, señalando el fallo. Martin vio que tenía razón, y el Chinche hizo retroceder el bolo a su posición apropiada. Billy besó la bola, movió los pies de un lado a otro y lanzó, y la bola se deslizó adelante con elegancia siguiendo una línea perfecta y penetró perfectamente en el espacio entre el uno y el tres. Nueve bolos volaron. El cuarto se quedó donde estaba. —Doscientos noventa y nueve —dijo Martin levan-

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tando la voz, y los espectadores prorrumpieron en gritos y aplausos y entonces se levantaron para echar un vistazo a la hoja de puntuaciones que Martin por fin estaba rellenando, treinta bolos por juego y veintinueve en el último. Dejó el lápiz para estrechar la mano de Billy, que estaba al lado de la mesa observando sus excelentes cifras. —Fantástica exhibición, Billy —le dijo Charlie Boy McCall tendiéndole la mano regordeta—. Debería aprender a no apostar contra ti. ¿Recuerdas la última vez? —Una partida de billar en los Caballeros de Colón. —Aposté veinte pavos por otro tipo. —La vida nos enseña, Charlie, la vida nos enseña. —Siempre has sido bueno en todo —dijo Charlie—. ¿Cómo te lo explicas? —Rezo mis oraciones y voto como es debido. —Eso no basta en esta ciudad —replicó Charlie. —Yo soy de la calle Colonie. —Con eso está todo dicho —dijo Charlie, que seguía viviendo en la calle Colonie. —Al Escocés todavía le quedan dos juegos —anunció Martin, pues el mencionado ya estaba en la pista diez, enfrentado a la carga de ser el subcampeón. Los espectadores se sentaron cortésmente y le miraron mientras él hacia un pleno. Pasó a la novena pista, tocó el bolo delantero por la izquierda y dejó los demás en una posición en que era imposible derribarlos de un solo tiro. Maldijo entre dientes y lanzó la bola. Con el tiro que le quedaba consiguió un pleno perfecto y se anotó doscientos diecinueve puntos, con lo que su total era de seiscientos sesenta y siete. El total de Billy era de seiscientos sesenta y ocho.

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—Billy Phelan gana la partida por un bolo sin haber usado la ventaja —anunció Martin, regocijado, y leyó las puntuaciones de los juegos y los totales de ambos hombres. Entonces le entregó el dinero de la apuesta a Morrie Berman. —Ni siquiera me siento decepcionado —dijo Charlie—. Ha sido un espectáculo precioso. Cuando has de perder, es agradable que te gane alguien que sabe lo que está haciendo. —Sí, has jugado de maravilla —dijo el Escocés mientras le tendía un billete de cinco dólares—. De auténtica maravilla —Y una mierda —le dijo Morrie Berman al Escocés—. Le has gafado, cabrón. Podría haber conseguido el pleno si te hubieras callado, pero al abrir el pico le has gafado. Los espectadores ya iban hacia el bar y el barrendero se disponía a recoger por fin las colillas de cigarro. Llegaban más personas, camareros que iban a participar en la Liga Noctámbula, que empezaba a las tres de la madrugada. Ahora eran las dos y media. —Oye, cabrón judío —le dijo el Escocés—. A mí no me vengas con quejas. Tenía los puños apretados, el rostro enrojecido, y le temblaba briosamente el mentón. Más adelante, la imagen que tendría Martin del color y la forma del Escocés en aquel momento sería la de un gran petardo carmesí. —Tranquilo, hombre, tranquilo —dijo Charlie McCall—. Cálmate, Escocés. No ha pasado nada. Cálmate, no es el momento de liarla. Charlie dijo eso a unos tres metros de los dos hombres, demasiado lejos para poder hacer nada cuando

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Morrie inició su ataque. Pero Martin le adivinó la intención y saltó entre los dos, se abalanzó sobre Morrie, que pesaba quince kilos menos que él, y le hizo caer sobre una silla plegable en la que se quedó sentado sin habérselo propuesto. Otros hombres impidieron que el Escocés atacara a su vez, y Billy asió a Morrie con ambas manos y lo retuvo en la silla. —Tranquilo, muchacho —le dijo Billy—. Me importa un bledo lo que haya hecho. —Ese mequetrefe —dijo Morrie—. Ese no le regalaba ni una horquilla para el moño a una puta enferma. Martin se rio de la ocurrencia y otros le imitaron. Morrie sonrió. Era una frase para figurar en los anales de Broadway. El epitafio del Escocés: se sabía con certeza que durante toda su vida no le había regalado ni una horquilla a una puta enferma. Tal vez esa ignominia multiplicada estuviera calando en el Escocés después de las risas, o tal vez fuese el resultado de su don genético o, simplemente, el hecho de haber perdido y la insoportable desazón de la derrota. Fuera lo que fuese, el Escocés se dobló por la cintura, jadeante y soltando eructos. Se rodeó el pecho con los brazos, se tambaleó, dio un corto paso y cayó de bruces haciéndose un corte en la mejilla izquierda con una escupidera. Se volvió a un lado, los brazos todavía contra el cuerpo, los ojos cerrados con fuerza como para exprimir el dolor del pecho. Los espectadores estaban boquiabiertos, y Morrie se levantó para mirar. Martin se agachó sobre el caído, lo levantó del suelo y lo tendió sobre el banco del que se había levantado para gafar a Billy. Martin restañó la sangre del rasguño con el faldón de la camisa del Escocés y le abrió el ojo izquierdo, miró al grupo conmocionado

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y preguntó: «¿Hay aquí algún médico?». Él mismo respondió: «No, claro que no», y entonces miró al encargado del turno de noche y le dijo: «Pide una ambulancia, Al», aunque sabía que ya no se podía hacer nada por aquel hombre. El Escocés: se acabó la partida. A Martin le resultaba muy extraño ver morir a un campeón en medio de la vergüenza, el egotismo y el temor al fracaso. Se estremeció al imaginar la posibilidad de terminar, él mismo, postrándose ante semejantes fuerzas, liquidado por una vergüenza que, de tan profunda, resulta insoportable y te llega la hora de doblarte por la cintura y morir. Vio a su padre paralizado de vergüenza, a su madre doblemente tullida: por su propia vergüenza y la de su marido, el mismo sentimiento que dejó perplejo a Martin y le sumió en el silencio y el temor (pero ¿era esa la verdadera causa?). Por Dios, hombre, presta atención. Un hombre yace muerto delante de ti y te dedicas a explorar los orígenes de tu temor. Como se decía de tu célebre padre, Martin, tienes el sentido de las prioridades desviado. Martin extendió el brazo del Escocés a lo largo de su costado, contempló el ojo derecho cerrado y el ojo izquierdo semiabierto, y se sentó en la silla del tanteador para buscar en vano signos vitales en el héroe que acababa de fallecer. Finalmente, cerró el ojo izquierdo con el pulgar. —Ha muerto —anunció a los reunidos, y todos parecieron contener la respiración. Entonces se dispersaron hasta que solo Charlie Boy McCall, con la cara blanca como una hoja de papel, se sentó a los pies del Escocés asimilando plenamente lo que acababa de ocurrir. Y afloró su vena irlandesa:

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—Santa Madre de Dios, esta sí que ha sido una decisión rápida. —¿Alguien a quien debiéramos avisar, Charlie? —preguntó Martin al conmocionado joven. —Su mujer —respondió Charlie—. Tiene dos hijos. —Es muy duro, mucho. ¿Alguien más? ¿Qué me dices de su padre? —Murió. Su madre está en Florida. Hay que avisar a su mujer. —No tengo inconveniente en hacerlo —dijo Martin—. Claro que tal vez deberías hacerlo tú, Charlie. Eres mucho más cercano. —Me ocuparé de ello, Martin. Y Martin asintió y se apartó del fallecido Escocés, que hasta el final había respondido a la intención insultante de su apodo: corazón de tacaño, alma de enano mezquino. —Nunca había competido a muerte en la bolera —comentó Billy. —No es momento de chistes —replicó Martin. —Te dije que era un incompetente —dijo Billy. —De acuerdo, pero déjalo ya. —Que se joda ese hijo de puta —les dijo Morrie a los dos en voz baja, y entonces se acercó a Charlie—: Sé que era amigo tuyo, Charlie, y lo siento. Pero no me gustaba nada desde hace años. Nunca congeniamos. —No digas nada más, por favor —le pidió Charlie con la cabeza gacha. —Solo quería decirte personalmente que lo siento, porque sé lo íntimos que erais. De haber podido, le habría apreciado, pero por Dios, Charlie, no quiero que estés picado conmigo. ¿Me comprendes?

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—Te comprendo. No estoy picado contigo. —Me alegro de que me digas eso, porque a veces, cuando te enfrentas a un tipo, sus amigos se convierten en tus enemigos aunque no tengan nada contra ti. ¿Entiendes lo que quiero decir? —Desde luego, y no tengo nada contra ti, Morris. No eres más que un inútil, siempre has sido un inútil, y la verdad es que nunca me has gustado y en estos momentos me gustas mucho menos. Buenas noches, Morris. Y Charlie Boy le dio la espalda a Morrie Berman para examinar el cadáver de su amigo. Con la renovada sabiduría que acababa de infundirle el reciente suceso, Martin Daugherty se puso en contacto con su padre senil, que estaba en la cama del asilo, a varios kilómetros de distancia por las calles de la ciudad. Ya ves, papá, dijo Martin al micrófono de la emisora filial. Ahora lo veo muy claro. El secreto de la muerte del Escocés radica en la sencilla verdad que ha descubierto Morrie Berman: que el Escocés no le regalaría ni una horquilla a una puta enferma. Y todos debemos regalarles horquillas a las putas enfermas, papá. Es esencial. ¿Me oyes? ¿Puedes entenderme? Debemos regalarles horquillas a las putas enfermas siempre que nos las pidan. ¿Qué puede hacer un hombre que sea mejor que eso?

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