001M-2101.ok:001M-1588.ok
4/3/10
17:47
Página 7
1
Acabé conduciendo toda la noche. La nevada amainó al cabo de un rato —aunque lo más probable es que hubiera dejado atrás la tormenta— y me limité a ir tirando. Paré a echar gasolina en la salida de la interestatal y entonces cogí la autopista; mientras amanecía, atravesé bosques y campo abierto y pueblecitos desiertos. Campanarios. El primer humano llevaba una chaqueta de cuadros roja y se encorvaba para rascar el hielo del parabrisas mientras, a la luz del primer sol de la mañana, formaba nubes con el aliento. Faltaban dos pueblos. Luego, en el centro del segundo, giré a la izquierda a la altura de la iglesia y seguí derecho durante unos ocho kilómetros. Y hacia las ocho o las nueve llegué por fin ahí donde te desvías para ir al campo de la caravana de Tío Fred, que no es más que un hueco entre las vallas. El sol ya cegaba por entonces: cielo absolutamente azul y nieve a mi alrededor. Cuando apagué el motor, silencio absoluto. Con el coche no podía pasar de ahí: la quitanieves no había llegado hasta el prado de la caravana. Así que me arrimé al arcén tanto como pude y rasqué la puerta del copiloto contra el montón de nieve. Y pensé: «Antes de que vuelva a nevar, más vale que despejes la nieve del camino para poder salir a la carretera. Si no, cuando la
001M-2101.ok:001M-1588.ok
8
4/3/10
17:47
Página 8
DAVID GATES
quitanieves vuelva a pasar por aquí, no sé yo…». No vale la pena seguir pensando. Abrí la portezuela del coche y Dios, qué frío. Quedarían dos dedos de ginebra en la botella, pero luego pensé: «No, guárdatela para cuando hayas encendido la estufa y la caravana esté bien calentita». Me la había bebido toda de camino, solo había dejado esos dos dedos. Iba bebiendo por ir bebiendo. Total: más borracho no acabaría. Ni menos, supongo. En teoría, estar a la intemperie borracho no es una buena idea, es un error muy extendido. Que te mantiene caliente. Ese es el error muy extendido, quiero decir. Esperaba encontrar leña y algún papel para que el fuego empezara a tirar, y algo para prenderlo sin tener que ir haciendo astillas de los troncos. Eso si no habían robado la maldita estufa. Encender la estufa y tragarme otros cinco paracetamoles con lo que me quedaba de ginebra, tío, y dormir el sueño de los justos. Si Danny hubiera venido conmigo —solo me había faltado pedírselo de rodillas—, él podría haber ido sacando nieve mientras su viejo cargaba la leña y encendía el fuego para que la caravana estuviera calentita cuando él entrara y mientras calentaba una lata de alubias, si es que había alguna. Le habría dejado dormir durante todo el camino y luego se habría quedado despierto para ir avivando el fuego mientras su viejo se echaba un rato. Pero claro, ¿para qué quedarse despierto? Para ensayar un rato con la guitarra, supongo. Podría enchufarla al Rockman para no despertar al viejo. Bueno, vale, perfecto, ¿y al cabo de dos horas? Mejor que no hubiera venido. La caravana quedaba a casi un kilómetro de la carretera que llevaba al pueblo, en un sendero lleno de surcos. Aunque con esa nieve solo se veía un claro entre los abetos o lo que fuesen. Pinos normales y corrientes, proba-
001M-2101.ok:001M-1588.ok
4/3/10
17:47
Página 9
UNO
9
blemente, pero no podía sacarme a Wallace Stevens de la cabeza: Gritos de los pavos reales… El color de los abetos… … o lo que fuera. El poema de los pavos reales y los abetos. Entonces traté de inventarme un chiste: un tipo dice «dame diez pavos», y el otro, «no, que se asustan y gritan»; y el primero dice «¿por qué?», y el otro, «porque les das pavor». Vaya vida interior, tío. A eso se reducía mi mundo ahora. En todo caso, cogí una caja de cerillas que tenía en el salpicadero, me bajé del coche, me cargué la mochila al hombro, logré alcanzar la maleta del asiento de atrás y traté de que pasara entre los dos de delante mientras iba dando golpetazos contra el cambio de marchas y el volante. Y pensaba: «Mierda, ¿no habría sido más fácil agacharse y darle a la palanquita para inclinar el asiento del conductor hacia delante?». Y fui caminando por donde sabía que discurría el camino, hasta las rodillas de maldita nieve. Notaba cómo se me colaba por los zapatos, pero al menos nadie había pasado por allí: la superficie blanca que tenía ante mí se veía completamente lisa, y tan resplandeciente que la sombra que daban los árboles me aliviaba los ojos. En ese preciso instante, deseé —aunque tal vez desear resulte exagerado— que volviera a caer una tormenta de nieve que borrara mi rastro. Y todo estaba tan tranquilo, aquí... A medio camino, entre los abetos (sigo a lo mío y los llamo «abetos»), me detuve, dejé que mi respiración recuperara su ritmo normal y luego, tras exhalar, contuve el aliento y me sumergí en un silencio abismal. Aunque no puedes llegar demasiado abajo antes de tener que tomar aire, claro está, y vuelta a la
001M-2101.ok:001M-1588.ok
10
4/3/10
17:47
Página 10
DAVID GATES
mecánica de toda la vida, al uno-dos-uno-dos, inspira-espira-inspira-espira. Así que volví a soltar aire —la nube enorme quedó suspendida durante unos instantes— y me interné de nuevo en la blancura. Al final de la pendiente ya no había árboles. Tenía ante mis ojos un campo nevado; en áreas no sé cuánto haría, pero tendría el tamaño de dos campos de fútbol americano. Hace tiempo, en ese terreno alguien cultivó maíz. En ese rincón del mundo solían dejar que las vacas pastaran en las laderas y plantaban maíz en el llano, y todavía hay quien lo hace. Un apunte de cultura popular, por si alguien piensa «Mira el Jernigan este, el jodido, siempre a lo suyo sin enterarse de nada». A mi alrededor, colinas pobladas de árboles de hoja caduca, todos pelados, y de otros de follaje oscuro, los perennes. Recordaba a la perfección el contorno de las colinas. Al otro extremo del campo, casi en el bosque, esperaba la caravana de Tío Fred. El azul se había desvaído, la nieve, que llegaba a la altura de la manija de la puerta, había formado en el techo una joroba blanca, y por una ventana asomaba el codo del tubo de la estufa. La caravana parecía flotar, igual que un trasatlántico en el océano. ¿Mar blanco? ¿Trasatlántico azul? Bueno… En vez de acortar por el campo y dejarlo todo hecho una mierda, di un rodeo por el linde del bosque. Cuando llegué a la caravana vi que había unos leños apilados bajo el tejadillo de la parte trasera: un tejado de uralita verde apoyado en viguetas de madera. La pila de leños —cortados en cuñas perfectas que las inclemencias del tiempo habían pulido— me llegaba a la cabeza y ocultaba la caravana, aunque la puerta trasera quedaba despejada. Hacía tiempo que había dejado de burlarme de la naturaleza previsora de Tío Fred —mentira, seguía burlándome de él—, pero en ese preciso momento empecé a rezar: «Dios, te ruego que ben-
001M-2101.ok:001M-1588.ok
4/3/10
17:47
Página 11
UNO
11
digas a Tío Fred y te doy las gracias, Dios». A rezar como un crío de cinco años. ¿Una bendición? Venga ya… Imagínate a alguien con ese montón de trastos cargados a la espalda, y otro, y otro más. Salí del bosque y llegué a la puerta trasera a través del campo nevado. Me quedé debajo del tejadillo, bajo la sombra verdusca, oliendo ese aroma de madera agrio y delicioso. Luego traté de abrir la puerta. La llave no estaba echada, Tío Fred ya lo había imaginado. Entré; como no daba el sol, hacía más frío aún y olía a humedad. Y lo primero que vi fue mi querida estufa metálica, igual que un sacapuntas gigante en posición vertical. El tubo, que seguía montado, atravesaba la chapa de metal galvanizado de la ventana para dar al exterior. Y justo al lado de la estufa, la vieja leñera con unos pocos maderos y ramas rotas y enmarañadas. Y un año entero de dominicales del Times apilados. Gracias, Dios. Y las cerillas en el bolsillo de los pantalones. Palpé para asegurarme.
001M-2101.ok:001M-1588.ok
4/3/10
17:47
Página 12
2
Estoy en deuda con Tío Fred por todas las gestiones que ha hecho para que me ingresen aquí. Y por llamar a la policía del Estado, que me sacó de la caravana y me llevó a toda prisa al hospital. De eso no me acuerdo, aunque tumbado en la camilla iba hablando entre dientes, según parece. No llegaron a tiempo de salvarme el pulgar y el índice —el cirujano estuvo a punto de proceder con la mano entera (esto es, de amputarla)—, pero la esencia del hombre la dejaron intacta, y así sigue. Y eso es lo que importa, ¿no? La esencia. Jernigan. Pongamos que empiezo explicando que Tío Fred no se llama Fred y que no es mi tío. Así voy alargando un poco. Se quedó con ese nombre porque le pegaba, aunque ahora no vayáis a buscar una historia enigmática: tan sencillo como que en su primer año de universidad ya se parecía al tipo ese de la serie de Lucille Ball, William Frawley. Aunque él decía que a quien se parecía era a Edmund Wilson. De nuestra planta, yo era el único que sabía que Edmund Wilson era un crítico literario. A Edmund Wilson, de hecho, lo convencieron una vez de que fuera a una de las inauguraciones de mi padre y dijo que su obra era un timo. O al menos eso es lo que un amigo común tuvo a bien contarle a mi padre.
001M-2101.ok:001M-1588.ok
4/3/10
17:47
Página 13
UNO
13
Aunque, cuanto más lo pienso, más dudo de que se tratara de Edmund Wilson, que seguro que en realidad habría protagonizado una anécdota distinta. Pero bueno, cuando estaba en el instituto me compré la antigua edición en rústica de El castillo de Axel —la de la editorial Scribner, la de las tapas grises— y traté de leerlo. Y así fue como Michael Warriner y yo nos hicimos amigos. En otras palabras: la historia se remonta a antes de que se inventara la mierda esa de Tío Fred, la gilipollez con la que se anda ahora, que no hay manera de sacarle ni media palabra con sentido. Pero le veo la gracia, claro: incluso con drogas, él, impermeable a todo, siguió siendo Tío Fred, hecho que suscitaba tanta envidia como desprecio. Y ahora, el origen del nombre. Durante nuestro primer año en la universidad nos fuimos en tren hasta Connecticut para pasar las vacaciones de Navidad con su familia. Ese fue el año que mi padre estuvo en México. (Por aquel entonces mi madre ya había desaparecido del mapa, claro está.) Un crío y su madre se subieron al tren, en Bridgeport, creo que fue, y el crío empezó a correr hacia Michael con los ojos como platos gritando «¡Tío Fred! ¡Tío Fred!». Su madre trataba de hacerlo entrar en razón, pero no había nada que hacer. Llevaba un abrigo verde hierba con botones muy grandes, la recuerdo como una señora de mediana edad con aspecto cansado, aunque, ahora que lo pienso, ni siquiera tendría la edad que tengo yo ahora. ¿Os acordáis de la canción de la mujer vulgar y coqueta que aparentaba unos treinta?* Entre lo que la letra significaba para mí entonces y lo que significa ahora media un abismo. Pues con la señora, lo mismo. *
She was common, flirty, she looked about thirty, versos de la canción de The Rolling Stones «The Spider & The Fly». (N. de la T.)
001M-2101.ok:001M-1588.ok
14
4/3/10
17:47
Página 14
DAVID GATES
—Lo siento muchísimo —dijo la mujer—. Cree que eres su tío Fred. —Ya nos lo parecía —respondí, universitario repelente. —Timmy, este hombre no es el tío Fred. Es que su tío Fred… —ahora solo podíamos leerle los labios— murió. Tratamos de explicárselo, pero no lo entiende. Lo entiende y luego se le olvida. —Tiempo —respondió Michael—. Con el tiempo, estas cosas se aclaran. Llevábamos un buen pedo. —Ese es el problema —dijo la mujer—. Creo que tienen que crecer un poco para entender las cosas. Cuando crecen sí que son capaces de entender. Pero ¿un niño pequeño? Movió la cabeza en silencio y Michael también la movió. Habían llegado a una conclusión acerca de la naturaleza humana. Y a partir de aquel momento Michael se quedó con lo de Tío Fred. El verano de nuestro primer curso en la universidad, Tío Fred, un chico que se llamaba Kenny Angleton y yo alquilamos un apartamento en la calle Diez Este que costaba setenta dólares al mes. Angleton iba con gafas de sol graduadas de montura metálica redonda, tanto en casa como en la calle, y siempre llevaba tejanos negros y jerséis de cuello alto también negros. Por mucho calor que hiciera —y el apartamento estaba en el último piso, justo debajo del tejado— nunca se subía esas mangas largas que ocultaban unas inexistentes marcas de pinchazos. El día que nos mudamos al apartamento, se fue a la calle Catorce y se compró un par de botines negros muy puntiagudos y de tacón cubano. Los tacones estaban hechos de algo que parecía cartón y acabaron gastados al cabo de una semana, así que una noche, hacia las cuatro de la madrugada, Angleton compró un tarro de crema de cacahuete en la tienda 24 horas y lo
001M-2101.ok:001M-1588.ok
4/3/10
17:47
Página 15
UNO
15
lanzó contra el aparador del establecimiento donde le habían vendido los botines. O, al menos, eso nos contó. Habíamos estado esnifando mezedrina, así que cuando volvió a casa no había nadie acostado. Temblaba y preguntaba si se podría identificar las huellas dactilares de alguien a quien no se las han tomado nunca. Poco tiempo después consiguió hacerse con un trasto para chutarse; se pasó una semana entera sacándolo y volviendo a guardarlo, limitándose a esnifar, como siempre. La primera vez que trató de pincharse lo miré hasta que me entraron náuseas pensando que si a él le salía tal vez yo también podría probar. No paraba de darse golpecitos con la punta del dedo para no hacerse daño, pero luego perdió la paciencia y, con un aullido, hundió la aguja cosa de un centímetro. Aunque Tío Fred y yo nunca lo confesamos, decidimos pasar una temporada en la casa de Connecticut de sus padres para escapar de Angleton y del personal que solía traer por el apartamento. En Guilford había carreteras secundarias que recorrer en el Buick del padre de Tío Fred con la radio a todo volumen: aquel fue el verano de «Hanky Panky» y «Wild Thing». No la «Wild Thing» de ahora, la del tío que se pasa la canción rapeando, sino la auténtica «Wild Thing», la del chico que cree que la chica le gusta, pero no está seguro del todo.* Bosques en los que pegarse buenos viajes, un parque por el que dar vueltas y vueltas y más vueltas en busca de chicas, la playa de Hammonasset, que quedaba a dos salidas del peaje, hacia el norte; y a otras dos salidas, hacia el sur, New Haven, con el cine y la tienda de discos de Cutler. Y la hermana de catorce años de *
Referencia a los versos Wild thing, I think you move me, but I wanna know for sure, de la canción que popularizaron The Troggs en 1965, «Wild Thing». (N. de la T.)
001M-2101.ok:001M-1588.ok
16
4/3/10
17:47
Página 16
DAVID GATES
Tío Fred, a la que siempre encontrábamos en casa cuando volvíamos: lo bastante guapa como para pasarme el día fantaseando, y lo bastante joven como para no hacer nada al respecto. Todavía estábamos en Guilford cuando al padre de Tío Fred le concedieron un fin de semana largo porque había tenido que trabajar el Cuatro de Julio. Quería pasarlo en la caravana que tenía en Nueva Hampshire, construyendo un cobertizo para proteger la leña. (Sí: el mismo tejadillo, la misma uralita verde.) La señora Warriner dijo que mejor haría ocupándose del baño y que con tanto martillazo iban a darle unas jaquecas terribles y que no tenía ningunas ganas de acampar en la guarida de Robin Hood. Tal vez a Michael y a su amigo les gustaría acompañarlo y echarle una mano, así Diane y ella se quedarían de guardia en casa y podrían organizar una fiesta solo para chicas. —Mierda —le dije a Tío Fred cuando estuvimos a solas. Ese fin de semana teníamos que quedar con una chica de Clinton y una amiga suya cuyos padres, nos dijeron, la habían dejado sola en casa. —Nueva Hampshire está bien —respondió—. De verdad, te lo prometo. El viejo enreda con sus cosas, va a lo suyo sin enterarse de nada. De todos modos, no tenía elección. Mi padre había vendido la casa en The Springs —la regaló, prácticamente, por veinticinco de los grandes— y mientras estaba en México realquilaba el apartamento de la calle Barrow. O me quedaba con Tío Fred, o de vuelta a la calle Diez para encontrarme con Angleton sentado en su colchón con las piernas cruzadas y haciendo el gilipollas con la jeringa, fumando Camels, rascándose y meneando la cabeza mientras escuchaba soul en la WWRL. El viernes por la tarde bajamos por la rodera dando botes
001M-2101.ok:001M-1588.ok
4/3/10
17:47
Página 17
UNO
17
y levantando una nube de polvo a nuestro paso; luego atravesamos el campo flanqueados por tallos de algodoncillo y solidago que rozaban las ventanillas del coche. Por la hierba que rodeaba la caravana —más que hierba, hierbajos, dientes de león y llantén, con esas hojas peludas de color verde pálido— habían pasado el cortacésped. Era una vieja caravana blanca normal y corriente, plantada en un extremo de la pradera. (No la pintaron de azul hasta al cabo de muchos años, después de que la señora Warrimer falleciera y Tío Fred la heredara.) Un bloque de hormigón hacía las veces de escalón de entrada. La parte trasera de la caravana lindaba con el bosque, y sobre las copas de los árboles se alzaba una colina cuyo perfil recordaba al del viejo Studebaker que conducía el abuelo Jernigan: pico romo, pendiente suave a la derecha y una caída abrupta a la izquierda que se asemejaba al parabrisas de un coche avanzando hacia la derecha, la dirección del tiempo. A este tipo de colinas —lo recordaba de las clases de geología de octavo— se las conoce como «formaciones aborregadas». Al cabo de muchos años, cuando Judith y yo ocupamos el apartamento de la calle Barrow, llegamos a casa del supermercado una tarde y vimos un extraño desfile en la encimera de la cocina: cucarachas en fila india. «Vaya, vaya —dije, siempre tan gracioso—, una formación aborregada.» No lo pilló. Y yo pensé: «Bueno, otro detallito más». Pero estamos saltando de una cosa a la otra y perdemos el hilo. Y no es que a mí me importe, al contrario. En fin. En aquella época no tenían electricidad en la caravana, tan solo lámparas de queroseno y una nevera portátil. Y como el desagüe del baño todavía no funcionaba, había una caseta con el escusado fuera. A mí me tocó el cuartito diminuto de Diane, y recuerdo que abrí el cajón de su cómoda para registrarlo y estuve mirando su ropa interior y luego
001M-2101.ok:001M-1588.ok
18
4/3/10
17:47
Página 18
DAVID GATES
me avergoncé. Cuando todos se hubieron acostado, me coloqué ahí, solo, consciente de lo cerdo que era por no compartir el porro con Tío Fred. Tuve la precaución de encendérmelo al lado de la ventana y de echar el humo por la persiana de aluminio. Luego, con esa luz tenue y amarillenta, traté de leer el libro de Wallace Stevens que me había llevado hasta que el nombre de Wallace empezó a parecerme gracioso: Wallace Wallace Wallace Wallace Wallace. Los Warriner tenían un juego de cróquet y un bote de remos con el casco de aluminio que llevaban hasta el lago, a cosa de kilómetro y medio por la carretera del pueblo, montado en la baca del coche. Y también tenían un Winchester de palanca, un rifle antiguo de los que salen en los westerns de la tele. Dejaban todos sus trastos en la caravana: en esos tiempos no había problemas, nadie entraba a robar. El sábado por la tarde el señor Warriner aparcó las obras del tejadillo y nos dedicamos a beber cervezas de la nevera portátil y a probar puntería con el Winchester y las latas vacías; el eco de los disparos rebotaba entre las colinas. Como trabajaba en un taller de maquinaria, me lo había imaginado como un auténtico nazi, pero resultó ser un buen tipo, el señor Warriner. Esa noche nos llevó a un bar, una pequeña construcción de bloques de hormigón al lado de un enorme aparcamiento de grava. Ese día tocaba un grupo de country. Nos dejaron pasar —a Tío Fred y a mí— sin que tuviéramos que enseñar nuestra identificación. De haber estado los dos solos, nuestras melenas nos habrían traído problemas, pero íbamos con el señor Warriner y él no llamaba la atención: rapado al uno y pantalones de trabajo verdes. Cuando volvimos a la caravana estábamos borrachos y el señor Warriner se fue directo a la cama. Tío Fred y yo nos metimos en mi habitación y abrimos la última píldora de áci-
001M-2101.ok:001M-1588.ok
4/3/10
17:47
Página 19
UNO
19
do que nos habíamos llevado. Dividimos el polvo con una carterita de cerillas y lo bajamos con cervezas de la nevera. Cuando el ácido empezó a subirnos, nos internamos en el bosque y empezamos a vagar a la luz de la luna llena por caminos de tierra. Teníamos la impresión de haber recorrido muchos kilómetros y sentíamos la tierra aún caliente bajo los pies descalzos. Luego amaneció y nos zambullimos desnudos en una charca cenagosa. De la superficie se elevaba la neblina. Nadaba imaginando que mis brazos eran alas, y el agua, un aire viscoso por el que volaba a cámara lenta. No recuerdo en qué momento dejé a Tío Fred solo en el agua, aunque sabía, eso lo oía en algún rincón de mi mente —aunque también sabía que prestarle demasiada atención a tu mente no es bueno—, que dejar que una persona colocada de LSD nadara sola no era muy recomendable. Caminé desnudo sobre la hierba húmeda por el rocío; confiaba en experimentar algo parecido a una regresión al estado primigenio del hombre, pero en realidad lo único que hice fue temblar y preocuparme. ¿Y si justo a esa hora de la mañana el ángulo de incidencia del sol hacía que sus rayos me atrofiaran la polla? ¿Y si me la picaba algún bicho? Luego me entró miedo de que Tío Fred se hubiera ahogado y corrí hacia la charca. Resultó que la tenía a diez pasos: en realidad, la música que había estado oyendo y que, pensaba, no era más que una agradable alucinación, venía de Tío Fred, que estaba cantando arpegios —la la la LA la la la— y llevando el ritmo con la mano, golpeando la superficie de la charca fascinado por los ecos. Había muchos ecos, muchísimos. Le dije a Tío Fred —y yo no tenía intención alguna de adularle— que era la música más increíble que había oído en mi vida, más increíble que la de Mahler, por decir. Por qué pensé en Mahler, no lo sé. Luego conseguimos regresar a la caravana mientras el sol transformaba
001M-2101.ok:001M-1588.ok
20
4/3/10
17:47
Página 20
DAVID GATES
el rocío de la hierba en diamantes y nos las apañamos para evitar al señor Warriner hasta que se nos bajara lo bastante como para poder dormir; tuvimos que esperar hasta media tarde. Fin de la evocación.