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Jonathan Lee

El gran salto Traducciรณn de Zulema Couso

a

Libros del Asteroide


Primera edición, 2017 Título original: High Dive Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamos públicos. Copyright © Jonathan Lee, 2015 © de la traducción, Zulema Couso, 2017 © de esta edición, Libros del Asteroide S.L.U. Ilustración de la cubierta: © Dave Thompson Illustration Publicado por Libros del Asteroide S.L.U. Avió Plus Ultra, 23 08017 Barcelona España www.librosdelasteroide.com ISBN: 978-84-17007-05-8 Depósito legal: B.12.540-2017 Impreso por Reinbook, serveis gràfics, S.L. Impreso en España – Printed in Spain Diseño de colección: Enric Jardí Diseño de cubierta: Duró Este libro ha sido impreso con un papel ahuesado, neutro y satinado de ochenta gramos, procedente de bosques correctamente gestionados y con celulosa 100 % libre de cloro, y ha sido compaginado con la tipografía Sabon en cuerpo 11.


Para Alfreda May Lee (1915-1996)


Ă?ndice

IniciaciĂłn 13 Primera parte: Hombres desguarnecidos 33 Segunda parte: La trayectoria de un salto 111 Tercera parte: Departamento de corazones 173 Cuarta parte: El Grand 259


Primera parte

Hombres desguarnecidos 1984


I

Después de su sesión de natación de los miércoles por la mañana, Freya se topó con el señor Easemoth, su antiguo profesor de historia en Blatchington Mill. El señor Easemoth, el dictador benevolente de la clase 2D, era un hombre siempre dado a ir en pos de los hechos. Uno tenía la impresión de que para él era muy importante sentirse incomprendido. Intercambiaron algunas palabras sobre el hotel. Él le dedicó una sonrisa pálida bajo el sol y le dijo que su futuro era brillante. También mencionó con cierta incomodidad que su padre lo había llamado. Habían comentado las diversas opciones universitarias. —Está muy orgulloso de ti —dijo el señor Easemoth—. Bueno, como debe ser. —Gracias, señor Easemoth. —Estoy seguro de que algunas de tus notas están entre las mejores de Brighton. Ella sonrió. —Gracias, se lo agradezco. —No —contestó él. —¿Cómo? —Gracias a ti. Ha sido un placer darte clase.


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Por encima de ellos, una gaviota chilló y voló en círculos. —Bueno, creo que debería… —Claro, claro. —Es solo que… —No, no. No quiero entretenerte. La naturaleza de su sonrisa la entristeció. —Nos vemos, señor Easemoth. —Dale recuerdos a tu padre. Caminar. La brisa en sus piernas. Salmuera en el aire. Llevaba una minifalda nueva, de color azul eléctrico. ¿Volvería a ver al señor Easemoth alguna vez? Lo que le había restado autoridad en los pasillos del colegio no había sido su sinusitis, ni las manchas en el tejido de su corbata, ni siquiera su falta de carisma. Había sido el desafortunado rumor de que tenía un micropene, algo que probablemente no era cierto. En los raros días de septiembre en los que hacía bueno, como aquel, los habitantes de Brighton no perdían el tiempo. Se quitaban sus chubasqueros salpicados y revolvían los cajones en busca de shorts llamativos. Se tostaban tumbados sobre las toallas y se mecían en las olas. Las gaviotas recorrían, bamboleantes, las rocas, bajaban la cabeza y levantaban las patas bien alto, con un movimiento similar al de un niño que mira si se le ha pegado un chicle en la suela. Los ancianos observaban el agua a través de las barandas de hierro y las mujeres mayores tomaban té en las terrazas de las cafeterías. El cartel morado y rosa del salón de belleza quedaba algo más adelante. También el hombre de los helados. Se moría por zamparse un helado de noventa y nueve peniques con doble chocolatina Flake, pero la cola que se extendía a lo largo de la parte izquierda de la furgoneta era muy larga.

Wendy Hoyt era la segunda estilista más barata de Curl Up & Dye, una hipocondriaca con curvas cuyos mechones decolora-


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dos —un anuncio, una advertencia— ocupaban una enorme cantidad de espacio. Para Wendy, los dolores de cabeza a menudo eran posibles tumores. El dolor de espalda significaba osteoporosis. Sospechaba que le habían fallado todos los órganos principales, y lucía un sarpullido en el cuello provocado por la laca pero que ella prefería atribuir a la brisa marina. Freya no le prestaba mucha atención al catálogo de catástrofes imaginarias de Wendy pero, al mismo tiempo, sentía una compasión instintiva hacia las personas cuyas catástrofes no recibían demasiada atención, y era esa compasión la que hacía que volviera a la peluquería una y otra vez. —¿Te lo has pensado? —le preguntó Wendy mientras le ataba la capa alrededor del cuello. Ya habían comentado el motivo por el que Freya llevaba el pelo «mojado antes del lavado», lo que había dado lugar a una advertencia sobre los efectos del cloro, que dejaba el pelo áspero, y a un consejo adicional formulado a partir de la historia de una chica que se había quedado embarazada mientras nadaba porque un tío se había masturbado en la zona poco profunda de la piscina. Los secadores llevaban un rato encendidos. Wendy jadeaba. Las cuentas de neón de su collar se movían a medida que su pecho se hinchaba y deshinchaba. De las dos esquinas superiores del espejo colgaban dos trozos de espumillón plateado que habían sobrevivido los nueve meses transcurridos desde Navidad. —Creo que mejor no —respondió Freya. —Nos lo pasamos mejor —dijo Wendy con un guiño—. En las discotecas, tiene el mismo efecto que la hierba gatera. —¿Eh? —Se podría decir que prácticamente me acosan. Con tu tono de piel, a ti también te quedaría muy bien el pelo rubio. —Puede. —Creía que buscabas algo diferente. Pero si prefieres quedarte con ese moreno aburrido, siempre podemos hacerte una coleta a un lado o dejarte flequillo. A tu amiga Sarah (está en la uni


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ahora, ¿no?) le hice un Cyndi Lauper muy chulo. Wendy dio un trago a su zumo de arándanos, una bebida que, según ella, servía para mantener a raya a las infecciones. La pared de la que colgaba el espejo era de color lima. Había otra rosa; y una tercera, morada. Una chica barría el pelo del suelo mientras tarareaba el estribillo de «Borderline» de Madonna, una canción sin duda increíble. Llevaba una camiseta con la frase «All the Way to Wembley» estampada bajo una gaviota en pleno vuelo. Freya cerró los ojos y se imaginó por un momento sentada allí a la edad del señor Easemoth, teniendo la misma conversación, contando las mismas cuentas de neón alrededor del cuello de Wendy: tres cordones superpuestos, veinte cuentas abajo, dieciocho en el medio, dieciséis arriba. Pasó mucho tiempo. Al menos medio minuto. —Vale —dijo. Su piel mostraba un acaloramiento nuevo. Vive peligrosamente, dicen, ¿no?—. Córtamelo todo, Wendy, y tíñeme de rubio. Wendy levantó una de sus cejas profusamente perfiladas. Entró una cliente de Hove. Existen varios rasgos que delatan que alguien es de Hove. En este caso, se trataba de la explosión de bufandas de seda anudadas al cuello. —¿Estás segura? —preguntó Wendy. —Sí. —¿Todo? —¡No! Hasta aquí, y después decolóramelo. O hazme reflejos. Sí, reflejos. Pero nada que me haga parecer pelirroja. Wendy torció la cara con un gesto de preocupación. Era experta en eso. —Una chica delgada y pequeña como tú… —dijo—. Una chica guapa pero en plan niña abandonada… —Dio otro trago al zumo. Colocó el vaso en la repisa con sumo cuidado—. Esto es lo que pienso, esto es lo que se me pasa por la cabeza. No estoy segura de que tengas el cuello adecuado para ese estilo, Freya. Porque, como tu asesora, te tengo que decir que te va a dar mu-


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cho la luz en el cuello, ese es el tema, y, con esos rasgos tuyos tan monos, si te lo cortas tanto vas a parecer… Cómo decirlo… —¿Un chico? —Un huérfano etíope —respondió Wendy. Freya levantó la barbilla y se estudió. ¿Qué cualidades de niño huérfano destacaría un corte de pelo tipo bob? Era pálida, de pelo castaño, los ojos marrones, una chica normal, pero ahora el espejo le devolvía la mirada de un niño etíope famélico. Cruzó las piernas y las volvió a cruzar. Los comentarios hirientes eran la seña de identidad de la amistad de Wendy, pero también podían resultar contagiosos. Al final salías de allí preocupándote por problemas que no tenías. Pensó en el Grand, en la inminente jornada laboral que le esperaba tras el mostrador de recepción. Su padre, el subdirector general, normalmente se las arreglaba para que los miércoles ella solo tuviera que trabajar por la tarde. Él también era cliente de Wendy Hoyt. Cada tres meses se cortaba el pelo y se arreglaba las cejas y las orejas, una oferta tres por uno que el barbero se negaba a hacerle. —¿Sabes qué? —dijo Freya—. Córtamelo como siempre. —¿Sí? —Sí. La decisión funcionó como un hechizo sobre ella, y el latido de su corazón se ralentizó. Sintió que volvía a relajarse en la cómoda decepción que era su vida desde que había dejado el instituto. —Más vale prevenir, ¿eh? —Probablemente —respondió Freya. —Vamos a lavarte el pelo, entonces. Con el producto ese de fresa que te gusta, y mientras me cuentas tus planes para Maggie Thatcher.


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