Au demeurant, je n’ai cherché de ne rien prouver, mais de bien peindre et d’éclairer bien ma peinture.* André Gide
* «Por lo demás, no he pretendido probar nada, sino pintar bien y aclarar mi pintura.» (N. del T.)
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Explicación y ofrenda
Me proponía encabezar este libro con otro titulo: La coña. Reconozco que no lograba encontrar otro que encajara tan acertadamente con mi propósito. ¿Pobreza de nuestro léxico? Más bien creo que nos encontramos ante el repetido fenómeno de que ciertas palabras, cuando han pasado por las sendas y los rodeos del lenguaje vivo del hombre de la calle y han resistido —sublimándose— el paso de siglos, son las que más pueden acertar de lleno en lo que queremos decir. Si son indefinibles, son las que más permiten definir. Lo han dado todo. Pero en el último momento he temido que, para alguien, esa palabra conservara aún una resonancia de palabrota y se pudiese encontrar en ella alguna intención escandalizadora o bien un recurso para llamar la atención. Piénsese, simplemente, en que en nuestro país y por doquier —en las masías, los talleres o la oficina, por la calle, en los tranvías, en los bares, en los cuarteles— la oímos pronunciar sin aspavientos e incluso con cierta benevolencia y —al menos yo— tengo la seguridad de que quienes la pronuncian en el momento idóneo son personas que tienen, sin saberlo, lo que los fran-
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ceses llaman esprit y que, además, a la hora de una maldad o de una revolución, forman parte de la pequeña legión que aún es incapaz de matar una mosca. No hay frase alguna, palabra alguna, que no tenga un origen concreto. No hace mucho que un amigo me explicaba el motivo de un dicho que en nuestra época y en nuestro tiempo ha hecho furor: «¡Adelante las hachas!». Parece ser que se trataba simplemente de que, como con frecuencia ocurre en las procesiones, una parte de la comitiva se había encallado, con lo que rompía la unidad y la armonía del espectáculo. A uno de los promotores —ahora los llamaríamos activistas— que se ocupaba de que no se rompiera el hilo —imaginaos, por favor, un ciempiés partido por la mitad— se le ocurrió esta frase: «¡Adelante las hachas!», estimulante y sencilla. Las hachas volvieron a avanzar y parece ser que la procesión llegó con orden a feliz término. Hago esta aclaración para justificar, antes de enterrarlo, el nombre inicialmente pensado. Lo sitúo desde ahora en el limbo, pero no quiero —no puedo— condenarlo, como tampoco querría que se pudiera ver, en la palabra que he elegido para suplirlo, afán alguno de definición estricta. Se me ha ocurrido como una vivencia que brota sin querer y que quiere apuntar a la estupefacción que se podría sentir cuando ya se hubiera olvidado todo lo que intento narraros en el transcurso de las páginas que os ofrezco. En las notas que siguen a esta presentación, me propongo hacer una crónica de nuestro tiempo entrevista mediante algunos fragmentos de mi vida. Vosotros también podríais explicarme la vuestra, pero hoy me toca a mí. No os diré toda la verdad, pero os prometo que nada
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de lo que os contaré será mentira. Dicen que la verdad, si no es integral, es la peor de las mentiras. Yo no acabo de creérmelo. Para llegar a la verdad entera, debería envenenar mis palabras. No me conviene a mí ni puedo hacer fechoría alguna a los personajes que, tras haber convivido conmigo, desfilan por las páginas que quiero escribir y, aunque lograrlo sea difícil, os aseguro que me mueve la intención de desafligir el recuerdo y serenarlo. La vida ya es bastante inmensa, enrevesada y confusa para que podamos pretender explicarla. Hemos de conformarnos con mendrugos, que, cuando se está hambriento y sediento, son los mejores manjares, siempre que tengamos, claro está, unas gotas de agua a nuestro alcance. Pretendo traéroslos y pienso sobre todo en quienes piden a este mundo, a esta vida, un poco de conformidad, una pizca de esperanza. Y también querría de todo corazón que, a vuestros ojos y en vuestro pensamiento, mi libro fuera optimista. Pienso ahora en el título de Louis-Ferdinand Céline Viaje al fin de la noche. Desearía superarlo y llevaros a un viaje que, aun siendo organizado, nos condujera a un Viaje a la llegada del día. Para la interpretación de lo que voy a contaros, vosotros —sólo vosotros— tenéis la palabra. Pensad que mi libro, pese a todo, pretende ser serio. Si encontráis en él humor, es de pasada. Si encontráis seriedad, quedárosla y orientadla hacia caminos de reflexión. Como reprodujo Muller: «Los que estamos condenados a ser unos filósofos...». Son palabras, aunque abreviadas, de Hegel. Besalú, 24 de marzo de 1967
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1. Una mañana de domingo en Delle
Un domingo de primavera del año 1940, me encontraba en Delle, ciudad fronteriza francesa, en la linde de Suiza. Evidentemente, no estaba allí solo. Formaba parte de un grupo compacto de cinco amigos; a nuestro alrededor, había un grupo más amplio, no demasiado grande, de prisioneros de guerra. Todos éramos españoles o japoneses. Y comienzo por aquí para centrar la atención de quienes me leen y para que no confundan nuestra estancia en Delle con una simple excursión o un vulgar week-end. En el año 1940, esto último no se estilaba. Por la noche habíamos estado alojados en la nave de una fábrica textil a la que nos había llevado un pelotón de soldados alemanes. Nos preguntaron de dónde veníamos. Dijimos que éramos españoles. Aquellos muchachos boches se volvieron risueños y amables. Se mostraron incluso exultantes. —Camaradas, ¡Franco, Hitler!... Acto seguido, nos dieron rebanadas de pan y botes de manteca de cerdo para que las untáramos. Como apenas nos entendíamos, todo era hacer bulla y comer.
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Ellos reían guturalmente, mientras que nosotros, al contrario, soltábamos risitas de conejos espantados, pero, entretanto, nos atiborrábamos. Al cabo de un rato, oímos gritos y ruido en la escalera que conducía a la nave. Llegaron al cancel unos hombres que llevaban uniforme de soldado polaco. Detrás de ellos había unos cuantos soldados alemanes que los empujaban a golpes. Acababan de atraparlos por los alrededores del pueblo. Los que nos atendían desviaron la atención hacia los recién llegados. Nosotros, por suerte, pasamos a segundo término. Los pobres soldados polacos recibieron una paliza y, cuando ya habían caído al suelo, todos los alemanes presentes los dejaron dormidos a culatazos. Vino uno a darnos explicaciones. A medias con gestos y a medias en francés y un poco en alemán, nos dio a entender que los polacos eran muy malos, que sacaban los ojos a las criaturas, que violaban a muchachas alemanas y que habían incendiado un pueblo de su propio país que estaba a punto de ser ocupado por las tropas de Hitler. Nosotros poníamos una cara de circunstancias semejante a la de las despedidas de duelo. Adivinábamos la tormenta que se acercaba. Tardó, pero no demasiado. Cuando ya empezaba a obscurecer, nos interrogó un oficial de la Reichswehr. No entendía que siendo españoles nos encontráramos allí. Naturalmente, tuvimos que explicárselo. Nos encontrábamos en Delle porque éramos de los que habían perdido la guerra civil española. Una vez en Francia, nos habíamos alistado en una Compañía de Trabajadores Extranjeros. Cuando los alemanes rom-
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pieron el frente, nos vimos cercados como gatos enjaulados y, al final, fuimos a parar a Delle por puro azar... como habríamos podido ir a parar a Dallas, por ejemplo. Éramos balas perdidas de un mundo enloquecido contra el que nosotros no podíamos luchar y menos aún tratar de vencerlo. Respiramos profundamente, porque ya sabíamos a qué atenernos. El oficial alemán se mostró reticente y correcto. Vino a decirnos... pero a duras penas lo entendíamos: —Sois unos rote Spanier y de eso tendremos que hablar. Los soldados alemanes que una hora antes habían sido amigos nuestros se quedaron de piedra. No salían de su asombro. Ahora eran ellos los que ponían la cara de circunstancias. Llegó la noche y, con ella, la calma. El oficial que nos había interrogado también tenía sueño y supongo que se fue a dormir. Nosotros nos quedamos allí, tumbados en una cama de piedra fina y humedecida y cubierta con una miserable manta que habíamos conservado y que aún no nos habían quitado. La fatiga —más que la muerte— es el sueño y el anhelo de los justos. Yo aún no tenía ganas de dormir. Tenía que hacer una necesidad fisiológica imprescindible: ir a mear. Previo permiso, me metí por una puertecita, encendí una luz mortecina y, mientras hacía lo que debía hacer, contemplé la pared de aquel recinto cerrado. Había un clásico dibujo en forma de corazón, con una flecha que lucía como una estrella herida y una leyenda que decía: Claude, je t’aime. Pese al ambiente, sentí dentro de mí el mundo prous-
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tiano que en aquel tiempo tanto apreciaba yo. Abrí la ventanita. Se veía una luna tímida. Las estrellas, un poco vergonzosas, querían ocultarse, pero no podían. Me fui a dormir, con la incertidumbre por futuro. Cerré los ojos y dormí como un tronco, sin fe, pero aún con una chispa de optimismo. El día siguiente, nos levantaron temprano. Aquellos soldados alemanes, tan afables el día anterior, gritaban con voz de energúmenos: —Raus, raus...! Nos hicieron formar en el patio de la fábrica, españoles y polacos mezclados, de dos en dos, con una pareja de soldados delante, unos cuantos a derecha e izquierda y cuatro más, apuntando con los fusiles, detrás de nosotros. Caminamos una media hora bajo un silencio que hacía estallar nuestro paso, a través de caminos cercados por muros de huertos y jardines. Nadie preguntaba adónde íbamos, pero todos teníamos la impresión de que nos llevaban a matarnos. Por eso, el silencio era doble. Pero, mira por dónde, mientras el sol iba subiendo y el aire se volvía más tibio, nos acercábamos al pueblo. Delle se ofrecía ante nosotros, allí mismo, y empezábamos a tocarlo con el morro y la cola de los perros que olfateaban nuestro grupo, que así, poco a poco, por cansancio y complacencia, iba perdiendo el aire marcial que tanto gustaba a nuestros guardianes. Nos llevaron a la plaza mayor del pueblo. Enfrente, la iglesia, que lucía un campanario pretencioso y unos ventanales de colorines góticos; en medio, un empedrado medieval, sobre el cual, según adivinamos con
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nuestro olfato y con lo que vimos, habían pernoctado unos cuantos centenares de caballos, maduros descendientes de aquellos otros en cuyo lomo habían cabalgado dignas valquirias. Nos tuvieron un par de horas parados. El reloj del campanario ya marcaba las diez. Al final, nos distribuyeron por portales. Hombres y mujeres, jóvenes y viejos asomaban la cabeza, pero ninguno de ellos entendía lo que pasaba. Pasaba simplemente que aquellos alemanes no sabían qué hacer con nosotros y, como se habían enterado de que el pueblo estaba sucio, habían acordado que, para entretenernos y mientras llegaban decisiones superiores, barriéramos la plaza de Delle. Lo hicimos a conciencia. Ante los gritos de los alemanes, llovieron escobas, pero no las fabricadas con cañas y esparto de Murcia. Eran unas escobas sólidas, pesadas, permanentes. Yo pensé —cuando me dieron la que me tocaba— que databan de la época de Carlomagno y, con ese consuelo, hice todo lo posible para manejarla con maña. Comenzamos a trabajar. Las escobas, movidas por una juventud frustrada que aún creía en la vida, arrinconaban con rapidez la bosta de los caballos. Y, entretanto, iban llegando lentamente y con aire solemne las familias acomodadas del pueblo, camino de misa. Ya sonaba el órgano. Mientras barría, yo miraba de reojo a las chicas jóvenes que iban a la iglesia. Eran feas, pero a mí me parecían bonitas y, al cabo de un rato, cantaban himnos religiosos y sus voces se colaban por entre los ventanales góticos. Por un momento, el lirismo contenido de mi adoles-
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cencia se desbordó. «Basta», me dije, pero las voces seguían cantando y nosotros barriendo. La sinfonía de la vida seguía. En medio de aquella comedia, mientras habíamos amontonado gran cantidad de estiércol y las muchachas —más pícaras— que salían de misa nos guiñaban un ojo, pregunté a Pere Vives, nuestro filósofo: —¿Puedes decirme a santo de qué, de qué luna, nos encontramos hoy aquí, en Delle, a más de mil kilómetros de Barcelona? De momento, guardó silencio. Dejó de barrer y me miró, pero después, mientras los soldados alemanes se emborrachaban de cerveza en un bar, me habló. Lo que Pere Vives, muerto después a manos de los nazis, gracias a una inyección de bencina puesta directamente en el corazón, me dijo, ya os lo contaré después. De momento, no quiero enojaros. Además, lo que ahora os explicaré, aunque no aclare la razón trascendental a la que se debía nuestra estancia en Delle, aquel domingo de primavera, nos dará una explicación fílmica, de tipo argumental, de carácter físico.
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