Skip to main content

19406c

Page 1

Jenny Offill Departamento de especulaciones Traducciรณn de Eduardo Jordรก

a

Libros del Asteroide


Primera edición, 2016 Título original: Dept. of Speculation Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos. Dept. of Speculation © 2014 by Jenny Offill © de la traducción, Eduardo Jordá, 2016 © de esta edición, Libros del Asteroide S.L.U. Publicado por Libros del Asteroide S.L.U. Avió Plus Ultra, 23 08017 Barcelona España www.librosdelasteroide.com ISBN: 978-84-16213-64-1 Depósito legal: B. 28.254-2015 Impreso por Reinbook S.L. Impreso en España - Printed in Spain Diseño de colección: Enric Jardí Diseño de cubierta: Duró Este libro ha sido impreso con un papel ahuesado, neutro y satinado de ochenta gramos, procedente de bosques correctamente gestionados y con celulosa 100 % libre de cloro, y ha sido compaginado con la tipografía Sabon en cuerpo 11,5.

A Dave


Las especulaciones sobre el universo (‌) son cosa de locos. Sócrates


1

Decías que los antílopes tienen una visión diez veces más potente que la nuestra. Fue al comienzo, o casi. Eso significa que en una noche clara pueden ver los anillos de Saturno. Faltaban meses para que empezásemos a contarnos todas nuestras historias. Incluso entonces, algunas nos parecían demasiado insignificantes para tenerlas en cuenta. Pero si de verdad lo eran, ¿por qué se empeñan en volver ahora a mí? Justo ahora, cuando ya estoy tan cansada de todo aquello. Los recuerdos son microscópicos. Partículas diminutas que se agolpan y se dispersan. Gente minúscula, los llamó Edison. Criaturas. Tenía una teoría sobre su origen: llegaban del espacio exterior. La primera vez que viajé sola fui a un restaurante y pedí un filete. Pero cuando lo trajeron, me di cuenta


12

JENNY OFFILL

de que solo era un trozo de carne cruda cortada en pedacitos. Intenté comérmelo, pero tenía demasiada sangre. Mi garganta se negaba a tragar. Al final lo escupí en la servilleta. Pero quedaba un montón de carne en el plato. Me daba miedo que el camarero se diese cuenta de que no me lo comía y se riera de mí o se enfadase conmigo. Permanecí inmóvil un buen rato, mirando el plato. Hasta que cogí un panecillo, hice un hueco en la miga y metí la carne dentro. Llevaba un bolso muy pequeño, pero pensé que podría meter el pan sin que nadie me viera. Pagué la cuenta y salí del restaurante imaginando que alguien me detendría, pero nadie lo hizo. Pasaba las tardes en un parque de la ciudad fingiendo que leía a Horacio. Al atardecer la gente salía del Métro y llenaba las calles. En París se supone que hasta los túneles del metro tienen que ser bonitos. Quienes cruzan el mar cambian de cielo, pero no de alma. Había un chico canadiense que solo comía copos de avena. Un chico francés que quiso examinar mis dientes. Un chico inglés que descendía de una estirpe de druidas. Un chico holandés que vendía audífonos. Conocí a un australiano al que le gustaba viajar solo, decía. Me habló de su trabajo mientras bebíamos frente al mar. Cuando un alumno lo pilla, cuando se le ilumina el rostro por primera vez, es un puto gus-

DEPARTAMENTO DE ESPECULACIONES 13

tazo, me dijo. Asentí conmovida, aunque yo nunca le había enseñado nada a nadie. Qué enseñas, le pregunté. Patinaje, contestó. Fue ese verano en que no paró de llover. Recuerdo el triste olor a perro mojado de mi jersey y el ruido frenético que hacían mis zapatos al chapotear. En todas las ciudades se veía la misma escena. Un chico salía a la calle y abría un paraguas para una chica que esperaba a cubierto en el umbral. Otra noche. Mi antiguo apartamento en Brooklyn. Era muy tarde, pero como de costumbre no podía dormirme. Por encima de mí, unos colgados de las anfetas se dedicaban alegremente a desintegrar algo. Hojas estrellándose contra la ventana. Sentí un escalofrío inesperado y me tapé la cabeza con la manta. Así es como sacan a los caballos de un incendio, recordé. Si no pueden ver nada no se asustan. Intenté averiguar si una manta en la cabeza me tranquilizaba. La respuesta: no.


12

JENNY OFFILL

de que solo era un trozo de carne cruda cortada en pedacitos. Intenté comérmelo, pero tenía demasiada sangre. Mi garganta se negaba a tragar. Al final lo escupí en la servilleta. Pero quedaba un montón de carne en el plato. Me daba miedo que el camarero se diese cuenta de que no me lo comía y se riera de mí o se enfadase conmigo. Permanecí inmóvil un buen rato, mirando el plato. Hasta que cogí un panecillo, hice un hueco en la miga y metí la carne dentro. Llevaba un bolso muy pequeño, pero pensé que podría meter el pan sin que nadie me viera. Pagué la cuenta y salí del restaurante imaginando que alguien me detendría, pero nadie lo hizo. Pasaba las tardes en un parque de la ciudad fingiendo que leía a Horacio. Al atardecer la gente salía del Métro y llenaba las calles. En París se supone que hasta los túneles del metro tienen que ser bonitos. Quienes cruzan el mar cambian de cielo, pero no de alma. Había un chico canadiense que solo comía copos de avena. Un chico francés que quiso examinar mis dientes. Un chico inglés que descendía de una estirpe de druidas. Un chico holandés que vendía audífonos. Conocí a un australiano al que le gustaba viajar solo, decía. Me habló de su trabajo mientras bebíamos frente al mar. Cuando un alumno lo pilla, cuando se le ilumina el rostro por primera vez, es un puto gus-

DEPARTAMENTO DE ESPECULACIONES 13

tazo, me dijo. Asentí conmovida, aunque yo nunca le había enseñado nada a nadie. Qué enseñas, le pregunté. Patinaje, contestó. Fue ese verano en que no paró de llover. Recuerdo el triste olor a perro mojado de mi jersey y el ruido frenético que hacían mis zapatos al chapotear. En todas las ciudades se veía la misma escena. Un chico salía a la calle y abría un paraguas para una chica que esperaba a cubierto en el umbral. Otra noche. Mi antiguo apartamento en Brooklyn. Era muy tarde, pero como de costumbre no podía dormirme. Por encima de mí, unos colgados de las anfetas se dedicaban alegremente a desintegrar algo. Hojas estrellándose contra la ventana. Sentí un escalofrío inesperado y me tapé la cabeza con la manta. Así es como sacan a los caballos de un incendio, recordé. Si no pueden ver nada no se asustan. Intenté averiguar si una manta en la cabeza me tranquilizaba. La respuesta: no.


Turn static files into dynamic content formats.

Create a flipbook