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19395c

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Peter Cameron

Coral Glynn Traducciรณn de Patricia Antรณn

a

Libros del Asteroide


Primera edición, 2013 Título original: Coral Glynn Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos. Coral Glynn, © 2011 by Peter Cameron © de la traducción, Patricia Antón de Vez, 2013 © de esta edición, Libros del Asteroide S.L.U. Publicado por Libros del Asteroide S.L.U. Avió Plus Ultra, 23 08017 Barcelona España www.librosdelasteroide.com ISBN: 978-84-15625-52-0 Depósito legal: B. 17.240-2013 Impreso por Reinbook S.L. Impreso en España – Printed in Spain Diseño de colección y cubierta: Enric Jardí Este libro ha sido impreso con un papel ahuesado, neutro y satinado de ochenta gramos, procedente de bosques correctamente gestionados y con celulosa 100 % libre de cloro, y ha sido compaginado con la tipografía Sabon en cuerpo 11.

Para Florent


Primera parte


Aquella primavera, la de 1950, había sido especialmente húmeda. En Hart House se inundó toda una zona al fondo del jardín y se formó una charca poco profunda donde los azafranes asomaban animosos sus cabezuelas, como niños temblando de frío en una clase de natación. La gravilla clara en los senderos del jardín se había vuelto verde, cada piedrecita envuelta en una capa húmeda y transparente de cieno, y no podía uno sentarse en los dos bancos de cemento que flanqueaban la puerta que daba al río sin descolocar primero a los caracoles y babosas adheridos a ellos. La humedad excesiva del jardín no le preocupaba a nadie en Hart House, salvo a la nueva enfermera, que había llegado el jueves y que, las dos tardes que hizo más o menos buen tiempo, había intentado sentarse fuera un rato, lejos de la tensión y la enfermedad que reinaban en la casa. Pero el jardín le parecía inhóspito, de modo que había decidido quedarse dentro. Oficialmente, al menos, solo era la enfermera de la anciana señora Hart, que se estaba muriendo de cáncer.


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PETER CAMERON

Su hijo, el comandante Hart, herido en la guerra, a quien parecía faltarle una pierna o parte de ella y que se movía con la rigidez de una extraña marioneta, no tenía necesidad de una enfermera. Oficialmente, al menos. Coral Glynn era la tercera enfermera en otros tantos meses; no estaba muy claro qué había llevado a marcharse a sus predecesoras, aunque en el pueblo la cuestión había dado pie a muchas conjeturas. En primer lugar se pensó que el comandante podía ser un Lotario y que habría hecho insinuaciones vergonzosas, aunque nunca había actuado de semejante manera; de hecho, siempre había parecido ajeno a cualquier clase de romance. Cuando la segunda enfermera, que era bastante vieja, se marchó con la misma rapidez, todos dieron por sentado que la señora Hart era imposible, pues los moribundos suelen serlo, y Edith Hart ya había puesto a prueba la paciencia de la gente cuando gozaba de buena salud. La nueva enfermera, la tercera, volvía a ser joven, y se esperaba verla poner tierra de por medio el día menos pensado, ya fuera por culpa de una seducción no deseada o de maltratos. Había otra persona en la casa además de Coral y la señora y el comandante Hart: una anciana, una tal señora Prence, que hacía las veces de cocinera y ama de llaves. Antes de la guerra habían tenido una cocinera propiamente dicha y una criada, pero ahora todas las tareas de la casa recaían en la señora Prence, quien las sobrellevaba con gruñona sumisión. Hart House se hallaba a varios kilómetros de Harrington, en Leicestershire. Se alzaba sobre una loma en la vega del río Tarle, cerca del bosque de Sap Green. No había otras casas a la vista, pues la vega se inundaba

primera parte 15

con frecuencia, y el aire, muy húmedo, se consideraba poco salubre.

En su primera velada en la casa, Coral bajó por las escaleras tras haber acostado a la señora Hart, y se encontró a su hijo de pie en el vestíbulo. Aunque estaba muy enferma, la anciana insistía en seguir con la monótona rutina cotidiana de levantarse y vestirse; le hacían la cama y la trasladaban a una chaise longue donde echaba sueñecitos y se revolvía con inquietud, envuelta en una manta, hasta después de cenar, momento en que la desvestían y lavaban y volvían a meterla en la cama. Esta última era una empresa complicada, porque se trataba de una cama con dosel a la que había que encaramar a la anciana, pues ya no podía subir los peldaños de madera que habitualmente servían de acceso. Se negaba a dormir en otro sitio: afirmaba que había nacido en aquella cama (aunque en realidad no era así) y que moriría en ella. O más bien subiéndose a ella, pensaba Coral. Así que la joven estaba más agotada que de costumbre —por la combinación del viaje y la llegada, por todo el ajetreo de instalarse, conocer a su nueva paciente y tener que subirla a aquella ridícula cama— y no le hizo mucha gracia ver al comandante Hart esperando al pie de las escaleras, apoyado en el bastón. Coral se detuvo en el rellano y lo miró. Él trataba de que su postura pareciera desenfadada, pero no podía disimular la utilidad práctica del bastón. —¿Cómo está madre? —quiso saber. «¿Qué se yo? —se dijo Coral—. No sé qué espera la gente, qué pesadez. Pues claro que su madre no está


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Su hijo, el comandante Hart, herido en la guerra, a quien parecía faltarle una pierna o parte de ella y que se movía con la rigidez de una extraña marioneta, no tenía necesidad de una enfermera. Oficialmente, al menos. Coral Glynn era la tercera enfermera en otros tantos meses; no estaba muy claro qué había llevado a marcharse a sus predecesoras, aunque en el pueblo la cuestión había dado pie a muchas conjeturas. En primer lugar se pensó que el comandante podía ser un Lotario y que habría hecho insinuaciones vergonzosas, aunque nunca había actuado de semejante manera; de hecho, siempre había parecido ajeno a cualquier clase de romance. Cuando la segunda enfermera, que era bastante vieja, se marchó con la misma rapidez, todos dieron por sentado que la señora Hart era imposible, pues los moribundos suelen serlo, y Edith Hart ya había puesto a prueba la paciencia de la gente cuando gozaba de buena salud. La nueva enfermera, la tercera, volvía a ser joven, y se esperaba verla poner tierra de por medio el día menos pensado, ya fuera por culpa de una seducción no deseada o de maltratos. Había otra persona en la casa además de Coral y la señora y el comandante Hart: una anciana, una tal señora Prence, que hacía las veces de cocinera y ama de llaves. Antes de la guerra habían tenido una cocinera propiamente dicha y una criada, pero ahora todas las tareas de la casa recaían en la señora Prence, quien las sobrellevaba con gruñona sumisión. Hart House se hallaba a varios kilómetros de Harrington, en Leicestershire. Se alzaba sobre una loma en la vega del río Tarle, cerca del bosque de Sap Green. No había otras casas a la vista, pues la vega se inundaba

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con frecuencia, y el aire, muy húmedo, se consideraba poco salubre.

En su primera velada en la casa, Coral bajó por las escaleras tras haber acostado a la señora Hart, y se encontró a su hijo de pie en el vestíbulo. Aunque estaba muy enferma, la anciana insistía en seguir con la monótona rutina cotidiana de levantarse y vestirse; le hacían la cama y la trasladaban a una chaise longue donde echaba sueñecitos y se revolvía con inquietud, envuelta en una manta, hasta después de cenar, momento en que la desvestían y lavaban y volvían a meterla en la cama. Esta última era una empresa complicada, porque se trataba de una cama con dosel a la que había que encaramar a la anciana, pues ya no podía subir los peldaños de madera que habitualmente servían de acceso. Se negaba a dormir en otro sitio: afirmaba que había nacido en aquella cama (aunque en realidad no era así) y que moriría en ella. O más bien subiéndose a ella, pensaba Coral. Así que la joven estaba más agotada que de costumbre —por la combinación del viaje y la llegada, por todo el ajetreo de instalarse, conocer a su nueva paciente y tener que subirla a aquella ridícula cama— y no le hizo mucha gracia ver al comandante Hart esperando al pie de las escaleras, apoyado en el bastón. Coral se detuvo en el rellano y lo miró. Él trataba de que su postura pareciera desenfadada, pero no podía disimular la utilidad práctica del bastón. —¿Cómo está madre? —quiso saber. «¿Qué se yo? —se dijo Coral—. No sé qué espera la gente, qué pesadez. Pues claro que su madre no está


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bien, si no, yo no estaría aquí. Y como he llegado hoy, no tengo con qué comparar su estado de salud. ¿Y por qué la llama “madre”? ¿Por qué no ha dicho “mi madre”?» —Su madre está débil y un poco angustiada —respondió—, pero yo la veo estable. Le he puesto una inyección. Debería dormir toda la noche. —¿Tiene muchos dolores? —No —repuso Coral—. La inyección aliviará cualquier dolor que pueda tener. —Ah —soltó el comandante como si ella hubiese dicho algo ingenioso. Se miraba las manos. Una aferraba la empuñadura del bastón y la otra aferraba a su compañera. De algún lugar les llegó el tintineo de un reloj —la casa era grande y estaba llena de relojes que tintineaban o daban suaves campanadas— y Coral fue súbitamente consciente del viento que soplaba fuera, de la humedad. Qué lejos de todo estaba aquella casa. Se estremeció. El comandante Hart alzó la vista y la miró como si hubiese oído sus pensamientos. Coral se quedó muy quieta, sin ganas de moverse. Qué cansada estaba. Tendió la mano para apoyarla en la barandilla. Levantó la vista hacia el techo artesonado y distante. Pensó en su cansancio y en la pequeña habitación en la buhardilla que le habían enseñado, una habitación que ahora era suya y donde la estrecha cama no estaba hecha: solo había un colchón desnudo sobre el burdo armazón de hierro, con un minucioso mapa de antiquísimas manchas y con las sábanas amontonadas a los pies. «¿Y por qué debería haber esperado otra cosa? —se dijo—. ¿Quién iba a hacerme la cama a mí? Debería alegrarme

primera parte 17

de tener siquiera una cama y una habitación, por pequeña que sea; con la de gente que hay que no tiene habitaciones ni camas…» —Se me ha ocurrido que a lo mejor… —empezó el comandante Hart, pero se interrumpió. —¿Sí? —repuso ella, pero captó el agotamiento y el rechazo en su voz, y repitió con tono más dulce—: ¿Sí? —Pensaba que a lo mejor le apetecería un poco de brandy, o un té quizá, delante del fuego. Pero igual está demasiado cansada. —No, no —contestó Coral—. Gracias. Me encantaría tomar un poco de brandy, solo una copita. —Me parece que ha tenido usted un día muy largo —comentó él. Retrocedió con torpeza unos pasos para hacerle sitio al pie de las escaleras. —Sí —repuso Coral, y acabó de bajar. Se toqueteó el pelo y lo siguió hasta la biblioteca en penumbra, con las cortinas corridas y solo una tenue lamparita sobre el escritorio y un fuego ardiendo suavemente en la chimenea. El comandante dio la vuelta a su butaca para que quedara frente a la que había junto al fuego y que había colocado allí para ella, o eso le pareció a Coral. Sirvió un poco de brandy en una copa y se la tendió, y durante un instante ella no la cogió; se limitó a dejarla ahí entre ambos, ambarina bajo el resplandor del fuego. Le pareció todo un obsequio. —Gracias. Muy amable. Él no dijo nada, y Coral no pudo descifrar su expresión en la penumbra. Tenía un rostro dulce, atractivo, y aunque las manos le temblaban, sus facciones transmitían una calma absoluta, casi sobrecogedora. —¿Usted no toma? —preguntó.


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bien, si no, yo no estaría aquí. Y como he llegado hoy, no tengo con qué comparar su estado de salud. ¿Y por qué la llama “madre”? ¿Por qué no ha dicho “mi madre”?» —Su madre está débil y un poco angustiada —respondió—, pero yo la veo estable. Le he puesto una inyección. Debería dormir toda la noche. —¿Tiene muchos dolores? —No —repuso Coral—. La inyección aliviará cualquier dolor que pueda tener. —Ah —soltó el comandante como si ella hubiese dicho algo ingenioso. Se miraba las manos. Una aferraba la empuñadura del bastón y la otra aferraba a su compañera. De algún lugar les llegó el tintineo de un reloj —la casa era grande y estaba llena de relojes que tintineaban o daban suaves campanadas— y Coral fue súbitamente consciente del viento que soplaba fuera, de la humedad. Qué lejos de todo estaba aquella casa. Se estremeció. El comandante Hart alzó la vista y la miró como si hubiese oído sus pensamientos. Coral se quedó muy quieta, sin ganas de moverse. Qué cansada estaba. Tendió la mano para apoyarla en la barandilla. Levantó la vista hacia el techo artesonado y distante. Pensó en su cansancio y en la pequeña habitación en la buhardilla que le habían enseñado, una habitación que ahora era suya y donde la estrecha cama no estaba hecha: solo había un colchón desnudo sobre el burdo armazón de hierro, con un minucioso mapa de antiquísimas manchas y con las sábanas amontonadas a los pies. «¿Y por qué debería haber esperado otra cosa? —se dijo—. ¿Quién iba a hacerme la cama a mí? Debería alegrarme

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de tener siquiera una cama y una habitación, por pequeña que sea; con la de gente que hay que no tiene habitaciones ni camas…» —Se me ha ocurrido que a lo mejor… —empezó el comandante Hart, pero se interrumpió. —¿Sí? —repuso ella, pero captó el agotamiento y el rechazo en su voz, y repitió con tono más dulce—: ¿Sí? —Pensaba que a lo mejor le apetecería un poco de brandy, o un té quizá, delante del fuego. Pero igual está demasiado cansada. —No, no —contestó Coral—. Gracias. Me encantaría tomar un poco de brandy, solo una copita. —Me parece que ha tenido usted un día muy largo —comentó él. Retrocedió con torpeza unos pasos para hacerle sitio al pie de las escaleras. —Sí —repuso Coral, y acabó de bajar. Se toqueteó el pelo y lo siguió hasta la biblioteca en penumbra, con las cortinas corridas y solo una tenue lamparita sobre el escritorio y un fuego ardiendo suavemente en la chimenea. El comandante dio la vuelta a su butaca para que quedara frente a la que había junto al fuego y que había colocado allí para ella, o eso le pareció a Coral. Sirvió un poco de brandy en una copa y se la tendió, y durante un instante ella no la cogió; se limitó a dejarla ahí entre ambos, ambarina bajo el resplandor del fuego. Le pareció todo un obsequio. —Gracias. Muy amable. Él no dijo nada, y Coral no pudo descifrar su expresión en la penumbra. Tenía un rostro dulce, atractivo, y aunque las manos le temblaban, sus facciones transmitían una calma absoluta, casi sobrecogedora. —¿Usted no toma? —preguntó.


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Por toda respuesta, el comandante se sirvió una copa. La tendió hacia ella, pero las llamas se habían movido y el líquido continuó viéndose oscuro. —Bienvenida a Hart House. Coral entrechocó su copa con la del comandante y luego se la llevó a los labios y bebió. El brandy estaba delicioso y ardiente; le hizo recobrar el ánimo, la centró. Durante un instante se sintió a punto de llorar, pues el brandy tenía también ese poder, pero supo contenerse. Se sentaron en las butaquitas junto al fuego. —Espero que sea feliz aquí —empezó él—. Confío en que mi madre no sea una carga demasiado pesada. —No, qué va —repuso Coral—. No es una carga, en absoluto; ningún paciente lo es. —Claro, claro. Visto de esa manera, supongo que no. Ella no supo qué responder, de modo que no dijo nada. —¿De dónde es usted? —se interesó el comandante. —De Huddlesford. —Vaya, Huddlesford —repuso él. —Aquí la primavera llega muy tarde —comentó Coral. —Sí. Siempre llega tarde. —¿Es usted de aquí? —quiso saber ella. —Sí. Me crie en esta casa. —Su mirada se dirigió al techo y luego recorrió la habitación en penumbra, como si hubiese algún rastro visible de su larga estancia en la casa—. ¿Tiene familia en Huddlesford? —No —respondió Coral—. Mis padres murieron. —¿Y no hay nadie más? —Tenía un hermano, pero lo mataron en la guerra. —¿Dónde estaba? —quiso saber el comandante. —En El Alamein.

primera parte 19

—Ah, en el desierto. ¿Fue en la primera batalla o en la segunda? —En la primera —respondió Coral—. El dieciséis de julio. —Lamento su pérdida. Ella no contestó. El comandante miró la copa de brandy y tomó un sorbo. Luego volvió a mirar a Coral. —¿Trabajó de enfermera en la guerra? —No. Era demasiado joven. —Claro, claro. Por supuesto que sí, perdone. —Me hubiera gustado —añadió Coral. —¿Cuánto lleva de enfermera, entonces? —Dos años. —¿Y siempre trabaja así? —¿Qué quiere decir? —¿Siempre atiende a los pacientes en sus casas? —Sí —repuso Coral—. Soy enfermera a domicilio. Ahora cuesta mucho encontrar un puesto en los hospitales, porque hay muchas enfermeras de la guerra. —Claro, ya me lo imagino. ¿Y lo de ser enfermera a domicilio le gusta? ¿No se siente sola, tan lejos de casa? —No —contestó Coral—. Me viene bien. —¿Va de un sitio a otro, de un empleo al siguiente? —Sí. —¿Y dónde está su hogar? —No tengo hogar —repuso ella. —¿De veras? ¿Ninguno, en ningún sitio? —No —repitió Coral, y hubo algo definitivo en esa admisión, algo irreparable, como si la carencia de un hogar impidiera seguir manteniendo una conversación. Se ocuparon de sus respectivas copas de brandy. La de Coral no tardó en quedar vacía. Se puso en pie.


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Por toda respuesta, el comandante se sirvió una copa. La tendió hacia ella, pero las llamas se habían movido y el líquido continuó viéndose oscuro. —Bienvenida a Hart House. Coral entrechocó su copa con la del comandante y luego se la llevó a los labios y bebió. El brandy estaba delicioso y ardiente; le hizo recobrar el ánimo, la centró. Durante un instante se sintió a punto de llorar, pues el brandy tenía también ese poder, pero supo contenerse. Se sentaron en las butaquitas junto al fuego. —Espero que sea feliz aquí —empezó él—. Confío en que mi madre no sea una carga demasiado pesada. —No, qué va —repuso Coral—. No es una carga, en absoluto; ningún paciente lo es. —Claro, claro. Visto de esa manera, supongo que no. Ella no supo qué responder, de modo que no dijo nada. —¿De dónde es usted? —se interesó el comandante. —De Huddlesford. —Vaya, Huddlesford —repuso él. —Aquí la primavera llega muy tarde —comentó Coral. —Sí. Siempre llega tarde. —¿Es usted de aquí? —quiso saber ella. —Sí. Me crie en esta casa. —Su mirada se dirigió al techo y luego recorrió la habitación en penumbra, como si hubiese algún rastro visible de su larga estancia en la casa—. ¿Tiene familia en Huddlesford? —No —respondió Coral—. Mis padres murieron. —¿Y no hay nadie más? —Tenía un hermano, pero lo mataron en la guerra. —¿Dónde estaba? —quiso saber el comandante. —En El Alamein.

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—Ah, en el desierto. ¿Fue en la primera batalla o en la segunda? —En la primera —respondió Coral—. El dieciséis de julio. —Lamento su pérdida. Ella no contestó. El comandante miró la copa de brandy y tomó un sorbo. Luego volvió a mirar a Coral. —¿Trabajó de enfermera en la guerra? —No. Era demasiado joven. —Claro, claro. Por supuesto que sí, perdone. —Me hubiera gustado —añadió Coral. —¿Cuánto lleva de enfermera, entonces? —Dos años. —¿Y siempre trabaja así? —¿Qué quiere decir? —¿Siempre atiende a los pacientes en sus casas? —Sí —repuso Coral—. Soy enfermera a domicilio. Ahora cuesta mucho encontrar un puesto en los hospitales, porque hay muchas enfermeras de la guerra. —Claro, ya me lo imagino. ¿Y lo de ser enfermera a domicilio le gusta? ¿No se siente sola, tan lejos de casa? —No —contestó Coral—. Me viene bien. —¿Va de un sitio a otro, de un empleo al siguiente? —Sí. —¿Y dónde está su hogar? —No tengo hogar —repuso ella. —¿De veras? ¿Ninguno, en ningún sitio? —No —repitió Coral, y hubo algo definitivo en esa admisión, algo irreparable, como si la carencia de un hogar impidiera seguir manteniendo una conversación. Se ocuparon de sus respectivas copas de brandy. La de Coral no tardó en quedar vacía. Se puso en pie.


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—Gracias por la copa. Buenas noches. —Buenas noches —contestó él. Coral dejó la copa en la repisa de la chimenea y salió de la habitación. Subió por las escaleras dejándolo allí abajo, tan solo en la penumbra que casi le pareció sumergido en ella.

Una tarde razonablemente bonita, cuando la señora Hart dormía, Coral bajó a la cocina. La señora Prence leía una revista sentada a la mesa, pero alzó la vista y la observó bajar por las escaleras. —Buenas tardes, señora Prence. —Buenas tardes —contestó la señora Prence. Volvió a concentrar la atención en la revista. —Pensaba salir a dar un paseíto —dijo Coral—, y me preguntaba si podría sugerirme algún sitio. —¿Un paseo? —repitió la señora Prence con cierta suspicacia. —Un paseíto. No muy lejos, para tomar un poco el aire solamente. La señora Prence profirió un curioso sonido que dejó bien clara su opinión sobre tomar el aire. —¿No hay ningún sitio donde se pueda pasear? —insistió Coral. —Para pasear tiene el mundo entero —declaró la señora Prence. —Ya, solo pensaba que igual había algún sitio pintoresco. La señora Prence volvió a soltar el ruido de antes. —Bueno —concluyó Coral—, supongo que si echo a andar ya encontraré algo.

primera parte 21

—Al otro lado del río hay un bosque —admitió la señora Prence. Coral, herida en su orgullo, no le pidió más detalles. —Si sale por la puerta al fondo del jardín, gira a la derecha y continúa por la ribera del río, llegará a un puentecito. Crúcelo y estará en el bosque de Sap Green. Hay un sendero por el que pasea la gente. —Gracias —dijo Coral.

El cielo estaba muy bajo; no se sabía muy bien si había una niebla densa o si caía una fina llovizna. Pero Coral no pensaba desistir por algo tan intrascendente como el tiempo que pudiera hacer. La pequeña charca del jardín se había extendido y apenas quedaba sitio para rodearla. Sus zapatos chapoteaban en la tierra encharcada. La puerta se había hinchado y tuvo que forcejear para abrirla. El río fluía raudo y crecido lamiendo con avidez las boscosas riberas, extrañamente silencioso. O a lo mejor siempre era así de silencioso. Coral pasó de largo por un bosque de acebos, el mayor que había visto nunca, cuyas hojas metalizadas refulgían con crudeza en la oscura espesura. Durante un instante le pareció que oía llorar a alguien. Se detuvo y comprendió que no era más que el extraño frufrú de las hojas de acebo movidas por el viento.

Las pocas tardes en que no llovía y la señora Hart dormía profundamente, Coral paseaba por el bosque de Sap Green. Exploraba los distintos senderos que lo recorrían. Cada uno emergía, sorprendentemente, a un


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—Gracias por la copa. Buenas noches. —Buenas noches —contestó él. Coral dejó la copa en la repisa de la chimenea y salió de la habitación. Subió por las escaleras dejándolo allí abajo, tan solo en la penumbra que casi le pareció sumergido en ella.

Una tarde razonablemente bonita, cuando la señora Hart dormía, Coral bajó a la cocina. La señora Prence leía una revista sentada a la mesa, pero alzó la vista y la observó bajar por las escaleras. —Buenas tardes, señora Prence. —Buenas tardes —contestó la señora Prence. Volvió a concentrar la atención en la revista. —Pensaba salir a dar un paseíto —dijo Coral—, y me preguntaba si podría sugerirme algún sitio. —¿Un paseo? —repitió la señora Prence con cierta suspicacia. —Un paseíto. No muy lejos, para tomar un poco el aire solamente. La señora Prence profirió un curioso sonido que dejó bien clara su opinión sobre tomar el aire. —¿No hay ningún sitio donde se pueda pasear? —insistió Coral. —Para pasear tiene el mundo entero —declaró la señora Prence. —Ya, solo pensaba que igual había algún sitio pintoresco. La señora Prence volvió a soltar el ruido de antes. —Bueno —concluyó Coral—, supongo que si echo a andar ya encontraré algo.

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—Al otro lado del río hay un bosque —admitió la señora Prence. Coral, herida en su orgullo, no le pidió más detalles. —Si sale por la puerta al fondo del jardín, gira a la derecha y continúa por la ribera del río, llegará a un puentecito. Crúcelo y estará en el bosque de Sap Green. Hay un sendero por el que pasea la gente. —Gracias —dijo Coral.

El cielo estaba muy bajo; no se sabía muy bien si había una niebla densa o si caía una fina llovizna. Pero Coral no pensaba desistir por algo tan intrascendente como el tiempo que pudiera hacer. La pequeña charca del jardín se había extendido y apenas quedaba sitio para rodearla. Sus zapatos chapoteaban en la tierra encharcada. La puerta se había hinchado y tuvo que forcejear para abrirla. El río fluía raudo y crecido lamiendo con avidez las boscosas riberas, extrañamente silencioso. O a lo mejor siempre era así de silencioso. Coral pasó de largo por un bosque de acebos, el mayor que había visto nunca, cuyas hojas metalizadas refulgían con crudeza en la oscura espesura. Durante un instante le pareció que oía llorar a alguien. Se detuvo y comprendió que no era más que el extraño frufrú de las hojas de acebo movidas por el viento.

Las pocas tardes en que no llovía y la señora Hart dormía profundamente, Coral paseaba por el bosque de Sap Green. Exploraba los distintos senderos que lo recorrían. Cada uno emergía, sorprendentemente, a un


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