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Susan Orlean
El ladrón de orquídeas Una historia verdadera de belleza y obsesión Traducción de Cecilia Ceriani y Txaro Santoro
EDITORIAL ANAGRAMA BARCELONA
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Título de la edición original: The Orchid Thief Random House Nueva York, 1998
Ilustración: foto © Lisa Charles Watson
Primera edición en «Panorama de narrativas»: marzo 2001 Primera edición en «Compactos»: marzo 2019
Diseño de la colección: Julio Vivas y Estudio A © De la traducción, Cecilia Ceriani y Txaro Santoro, 2001 © Susan Orlean, 1998 © EDITORIAL ANAGRAMA, S. A., 2001 Pedró de la Creu, 58 08034 Barcelona ISBN: 978-84-339-6042-9 Depósito Legal: B. 6443-2019 Printed in Spain Liberdúplex, S. L. U., ctra. BV 2249, km 7,4 - Polígono Torrentfondo 08791 Sant Llorenç d’Hortons
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EL INVERNADERO DEL MILLONARIO
John Laroche es un chico alto, más flaco que un palo, de ojos claros, cargado de espaldas y tremendamente guapo, a pesar de que le faltan todos los dientes de delante. Ofrece el aspecto de un espagueti al dente y emana esa tensión nerviosa típica de las personas que se dedican mucho a los videojuegos. Tiene treinta y seis años. Hasta hace poco trabajaba como empleado de la tribu seminola de Florida, organizando un vivero y un laboratorio para la reproducción de orquídeas en la reserva que la tribu tiene en Hollywood (Florida). A mucha gente Laroche le parece un excéntrico. Los seminolas, por ejemplo, le han puesto dos motes: Buscapleitos y Blanco Loco. En una ocasión en la que me estaba hablando de su infancia, me dijo: «Uy, yo sí que fui un niño raro.» Porque, que él recuerde, siempre fue extremadamente apasionado e impulsivo. Cuando tenía nueve o diez años sus padres le dijeron que podía tener una mascota. Decidió hacerse con una tortuguita. Luego quiso diez tortuguitas más. Y, poco después, decidió que se iba a dedicar a criar tortugas y empezó a vender tortugas a otros niños y entonces ya no podía pensar en nada más que en las tortugas y decidió que su vida carecería de sentido mientras no consiguiera tener un ejemplar de todas las tortugas conocidas, incluidas las de las Galápagos, que tienen el tamaño de un sofá. Pero, luego, de repente, se desenamoró de 11
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las tortugas y se enamoró perdidamente de los fósiles de la época glaciar. Los coleccionaba, los vendía, decía que vivía para ellos, pero más tarde los abandonó por otra cosa –creo que por las piedras– y después abandonó las piedras y su única obsesión consistió en coleccionar espejos antiguos y reazogarlos. Las pasiones de Laroche aparecían sin previo aviso y terminaban de un modo tan explosivo como una bomba con un coche. Cuando yo le conocí, lo único que le interesaba eran las orquídeas, especialmente las orquídeas silvestres del Fakahatchee Strand (Florida). Me pasé la mayor parte de los dos años siguientes yendo con él de acá para allá y, pasados esos dos años, dijo que estaba harto de todas y cada una de las orquídeas que tenía y juró que no volvería a tener ninguna más en toda su vida. Normalmente cumple su palabra. Hace años, entre el periodo de los fósiles de la era glaciar y el de los espejos antiguos, pasó por una fase de obsesión por los peces tropicales. En el momento cumbre llegó a tener sesenta peceras en casa y solía ir a bucear para coger peces. Pero, de pronto, aquello se acabó. No es que fuera perdiendo interés de forma gradual, sino que bruscamente renunció a los peces y juró que nunca más los coleccionaría y que nunca jamás volvería a meterse en el mar. Eso fue hace diecisiete años. Ha vivido toda su vida a unos metros del Atlántico pero, desde entonces, no ha metido en sus aguas ni siquiera los dedos de los pies. Laroche parece un sabihondo, pero no ha recibido una formación académica rigurosa. Solamente fue a la escuela pública de Miami Norte y, en cuanto a todo lo demás, es autodidacta. De vez en cuando se queda pensando melancólicamente en la vida que cree que podría haber llevado si hubiera estudiado de forma convencional. Piensa que probablemente habría sido neurocirujano y que habría hecho grandes descubrimientos y que se habría convertido en un hombre rico y famoso. Sin embargo, vive con su padre en un viejo bungalow destartalado en Florida, y siempre ha logrado sobrevivir realizando trabajos poco comunes. Una de sus mayores cualidades es el optimis12
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mo, lo que quiere decir que siempre encuentra un lado provechoso a casi todas las situaciones, incluso a las más desastrosas. Hace unos cuantos años le cayó un pesticida tóxico en una herida que tenía en la mano y eso le produjo problemas de corazón y de hígado crónicos. Pero, según él, gracias a eso logró vender un artículo sobre aquella experiencia («¿Sería usted capaz de morir por sus plantas?») a una revista de jardinería. Cuando le conocí, estaba trabajando en un manual para cultivar plantas en casa. Me dijo que iba a anunciarlo en High Times, la revista de la marihuana. El anuncio no incluiría la información de que las plantas de marihuana cultivadas según su manual no llegarían a madurar y, por lo tanto, nunca podrían producir efectos psicoactivos. Aquel manual fue uno de sus proyectos favoritos. Según él, iba a reportarle montones de dinero (algo que siempre es maravilloso) y además iba a fomentar que los chavales cultivaran plantas (cosa muy positiva) y además, al ocultar la información sobre la inocuidad de las plantas que cultivaran, impediría que esos chavales se colocasen (algo de incalculable nobleza). Era de este último aspecto del proyecto del que estaba más orgulloso, porque opinaba que los chavales que comprasen el manual se darían cuenta de que estaban tirando el dinero intentando hacer algo ilegal –es decir cultivar y fumar maría– y, gracias a él, John Laroche, también se darían cuenta de que el delito no es rentable. Semejantes esquemas, que relacionan la virtud y el delito con la rentabilidad, son la especialidad de Laroche. Cuando está a punto de llegar a la conclusión de que no es más que un sinvergüenza, desvela una razón oculta y en cierto modo altruista, aunque siempre de índole lucrativa, para su sinvergonzonería. Le gusta decir de sí mismo que es un hijo de puta muy astuto. Le encanta hacer las cosas del modo más difícil, sobre todo si eso significa hacer lo que quiere y que los demás se queden preguntándose cómo se las habrá arreglado para salirse con la suya. Es una persona poco común y, además, también es la persona amoral más moral con la que me he topado. 13
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Conocí a John Laroche hace algunos años en el juzgado del condado de Collier, en Naples (Florida). Me encontraba allí porque había leído en la prensa un artículo sobre la detención de un hombre blanco, Laroche, y tres indios seminolas que habían robado especies raras de orquídeas en una zona pantanosa de Florida denominada Reserva Estatal del Fakahatchee, y quise saber más sobre aquel asunto. La noticia de la prensa era breve pero tenía cierto atractivo. Describía el Fakahatchee como una zona pantanosa salvaje, cercana a Naples, repleta de plantas y árboles excepcionales, donde había algunas especies que no se daban en ningún otro lugar de los Estados Unidos e incluso algunas que no se daban en ninguna otra zona del mundo. Actualmente, todas las orquídeas silvestres se consideran especies en peligro de extinción y es ilegal cogerlas de cualquier bosque, y peor todavía es cogerlas de una propiedad estatal como el Fakahatchee. Según la prensa, Laroche era el cabecilla de aquellos cazadores furtivos. Les dio a los agentes que le detuvieron todos los nombres botánicos exactos de las plantas robadas y les explicó que estaban destinadas a un laboratorio en el cual se clonarían a millones y luego se venderían a los coleccionistas de orquídeas de todo el mundo. Leí un montón de periódicos locales. Especialmente los breves y, más especialmente aún, todos los articulillos que combinaran palabras fascinantes. En este caso de las orquídeas me interesaba ver relacionadas palabras como «pantano», «orquídeas», «seminolas», «clonación» y «delito» en algún artículo breve. A veces este tipo de historias contiene más de lo que parece, algún destello de vida que se expande como esas bolas de papel japonesas que se ponen en agua y, tras unos instantes, se convierten en flores; unas flores tan maravillosas que resulta increíble que lo único que uno tenía delante un momento antes era una bola de papel y un vaso de agua. La jueza encargada 14
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del caso de las orquídeas había fijado la vista para unas semanas después de cuando yo leí el artículo, así que organicé todo para ir a Naples a ver si esta bola de papel se convertía en una flor. Cuando dejé Nueva York estábamos en lo más crudo del invierno; en Naples, sin embargo, el tiempo era bochornoso y desde el avión divisé gruesos nubarrones de tormenta que surcaban el cielo. Me dirigí a un hotel grande que había junto a la playa y aquella misma noche me senté en el balcón y vi cómo se desencadenaba la tormenta sobre el mar. La vista del caso estaba fijada para el día siguiente a las nueve de la mañana. Al salir del aparcamiento del hotel el vigilante me recomendó que condujera con prudencia. –Mire, en Naples hay que ir con cuidado –me dijo, apoyándose en la ventanilla. Desprendía un olor parecido al del daiquiri. Probablemente era protector solar–. Aquí, cuando llueve –prosiguió– los coches empiezan a volar. En Naples hay más campos de golf por persona que en ningún otro lugar del mundo y, a pesar del calor sofocante que presagiaba tormenta, en los alrededores del hotel todo el mundo iba vestido para jugar y calzado con esos zapatos con clavos que dejan huellas sonoras, «clic-clac, clic-clac», en las aceras. El juzgado estaba a pocos kilómetros al sur de la ciudad, en un edificio que daba impresión de frescor, hecho de una piedra blanquecina, con conchas marinas incrustadas. Cuando llegué había poca gente dentro, nadie hablaba, no se oía ningún ruido aparte del crujido de la madera de los bancos y el carraspeo de algún chico de la primera fila. Un momento después reconocí a Laroche por la fotografía que había visto en el periódico. No se había vestido especialmente para la ocasión. Llevaba gafas de sol Mylar con cinta elástica, una camiseta de poliéster con un dibujo impreso, una gorra de béisbol del equipo de los Hurricanes de Miami y unos pantalones grises gastados que le hacían una bolsa en el trasero. 15
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Me pareció que buscaba un cigarrillo. Estaba empezando a levantarse cuando entró la jueza y se sentó en su sillón. Él volvió a sentarse y lanzó una mirada contrariada. A continuación se levantó el fiscal y leyó los cargos que se le imputaban: que el 21 de diciembre de 1994 él y tres ayudantes seminolas habían arrancado ilegalmente más de doscientas plantas de orquídeas y bromelias del Fakahatchee y que habían sido detenidos cuando abandonaban la zona pantanosa con cuatro almohadones de algodón llenos de flores. Se les acusaba de posesión ilegal de especies en peligro de extinción y de haberlas arrancado de una propiedad estatal, cargos ambos que pueden conllevar penas de prisión y multa. La jueza escuchaba con una mirada carente de expresión. Cuando el fiscal acabó, llamó a testificar a Laroche. Él se levantó haciendo mucho ruido y se dirigió sin prisa al centro de la sala con la cabeza ladeada y los pulgares enganchados en las presillas del cinturón. La jueza le echó una mirada de soslayo y le pidió que dijera cómo se llamaba y dónde vivía y que explicara cuál era su relación con el mundo de las plantas. Laroche movió un pie y se encogió de hombros. –Bien, señoría –dijo–, soy asesor de horticultura. Durante doce años me he dedicado profesionalmente a la horticultura y he tenido varios viveros con gran número de plantas de enorme valor, tanto comercial como etnobiológico. Tengo una gran experiencia en todo lo que se refiere a las orquídeas y su microrreproducción asexual en condiciones asépticas. –Se calló unos instantes y sonrió. Después echó una mirada alrededor y añadió–: Francamente, señoría, creo que soy la persona que más sabe de esto. Yo nunca había oído hablar del Fakahatchee ni de sus orquídeas silvestres hasta que supe de la existencia de John Laroche, a pesar de que he estado en Florida millones de veces. Crecí en Ohio, y durante muchos años mi familia pasó 16
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las vacaciones de invierno en Miami Beach, en hoteles de esos que tienen redes de pesca y flotadores para decorar las paredes del hall y palmeras enanas que hacen las veces de árboles de Navidad. Ya entonces tenía una opinión ambivalente sobre Florida. Me encantaba pasear por delante de los hoteles art déco de Ocean Drive y de la calle Collins, me encantaban las enormes tiendas de platos preparados y la piel enrojecida de los primeros días de sol, pero me horrorizaban las medusas y el aspecto que adquiría mi pelo con la humedad. El calor me altera y el paisaje de Florida, con sus grandes espacios abiertos y calurosos, me resulta tan ajeno como Marte. No me considero una amante de Florida. Pero también tiene, indiscutiblemente, un lado seductor que no he encontrado en casi ningún otro lugar. Todo puede parecer recién hecho, fabricado por la mano del hombre, pero cuando ves algún sitio como los Everglades o el pantano de Big Cypress o Loxahatchee, te das cuenta de que Florida es también el último territorio conquistado de los Estados Unidos. La zona salvaje de Florida es realmente salvaje y la zona domesticada es realmente domesticada. Ambas zonas están, sin embargo, en constante cambio. Las zonas construidas no son más que claros en medio de la jungla, pero como ésta es de una fertilidad tan imparable, intenta recuperar todos los días parte de lo que le han quitado. Al mismo tiempo, la zona salvaje va desapareciendo ante la vista: en los Everglades cada día se desecan veinte hectáreas de terreno salvaje, emergen casas nuevas sobre dunas de arena y, cada año, se levanta un cinturón de autopistas nuevas. Nada tiene aspecto sólido ni permanente; todo cambia o desaparece sin cesar. La transición y la mutación se mezclan entre sí, hay una fusión de humedad y sequedad, orden y desorden, naturaleza y artificio. Las cualidades singulares muy marcadas resultan atractivas, pero los híbridos como Florida son más imponentes por lo excepcionales y poco frecuentes que son. Una vez vi cerca de Miami a un hombre pescando en una charca junto al 17
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aparcamiento de un Burger King que había al lado de una autopista. La charca era de una redondez perfecta, con los bordes bien delimitados, por lo que deduje que no se trataba de un fenómeno natural sino de una construcción artificial, simplemente un «hoyo» hecho para coger tierra durante la construcción de la autopista y abandonado después tal cual. Cuando se terminó de hacer la autopista y abrió sus puertas el Burger King, aquel hoyo debió de llenarse con agua de lluvia o, quizá, de filtraciones subterráneas y, quién sabe cómo, algún pez se introdujo en el agua, llevado tal vez por un pájaro o serpenteando por entre las fisuras del subsuelo, y en poco tiempo aquel hoyo se convirtió en una charca seminatural. Lo salvaje había vuelto a recuperar en parte su sitio. Eso es lo que me impresiona de Florida, que está en cambio continuo, sus paisajes naturales siempre a punto de que los disequen y construyan en ellos, y los lugares más cuidados sólo a un paso de volver a convertirse en una jungla. Hace pocos años establecí nuevos vínculos con Florida: mis padres compraron un apartamento en régimen de propiedad compartida en West Palm Beach para pasar algunos días en invierno. Junto a su edificio hay un campo de golf cuidadísimo, con una hierba tan verde y bien cortada que parece una alfombrilla de baño, los ángulos perfectos e igualados. Todo tan impecable como un esmoquin. Pero, a pesar de ser así, en los últimos tiempos han empezado a aparecer caimanes en los estanques que hay en el campo y en los vestuarios han tenido que poner unos carteles que dicen: SEÑORAS, ¡CUIDADO! ¡HAY CAIMANES EN EL GREEN! El estado de Florida no incita a la gente. Le da ideas. Y ellos no pasan por aquí, vienen a propósito, tal vez a empezar una nueva vida porque Florida parece ofrecerles la posibilidad de comenzar de nuevo, o vienen para premiarse tras una vida de trabajo duro, ya que lo consideran un lugar lujoso y exuberante, o tal vez porque tienen nuevas ideas, nuevos planes y Florida les resulta un sitio en el que se puede in18
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tentar cualquier cosa, un sitio en el que durante siglos a los empresarios se les ha hecho la boca agua. Es amoldable, reinventable. Es un territorio que ha sido sumado, restado, drenado, irrigado, pavimentado, dragado; se le ha puesto regadío, se ha cultivado, se ha ganado a la selva, ha vuelto a la selva, se ha inundado, se ha parcelado, se ha incendiado. En Florida siempre se está sacando o metiendo algo de contrabando. El flujo y el reflujo es tan constante que los límites territoriales cambian día a día. Hay una mezcla de cosas que nadie pensaría que podían darse a la vez en el mismo sitio, régimen de propiedad compartida y panteras, bosques vírgenes e hipermercados, junglas con monos y grandes avenidas, enormes autopistas y plantas carnívoras, parques temáticos y palmeras reales e hibiscus y esas zonas pantanosas de hectáreas y hectáreas que nadie ha podido ni siquiera abarcar con la vista, todo tostándose bajo el mismo velo soleado del cielo de Florida. Aquí hasta las orquídeas son exageradas. Los bosques están llenos de más especies autóctonas que ningún otro sitio del país, pero también hay montones de junglas de fabricación humana, los invernaderos de Florida, repletos de flores asombrosas creadas en laboratorios, criadas en tubos de ensayo y multiplicadas artificialmente hasta el infinito. A veces creo que he logrado comprender el orden del universo, pero luego me encuentro en Florida, inmersa en la incongruencia y la paradoja, y tengo que empezar de nuevo. Cuando todo el mundo había acabado de testificar en la vista del caso de las orquídeas, el rostro de la jueza denotaba una gran perplejidad. Dijo que era uno de los casos más interesantes que había oído, aunque creo que lo que quiso decir fue que era muy extraño, y después anunció que desestimaba la petición de los acusados de que les fueran retirados los cargos y fijó el juicio para febrero. Después ordenó que los acusados –Laroche, Rusell Bowers, Vinson Osceola y Ran19
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dy Osceola– se abstuviesen de entrar en la Reserva Estatal del Fakahatchee hasta que el caso se diera por concluido. Entonces mandó que todos los relacionados con el caso de las orquídeas se retirasen y dedicó su atención a un hombre de aspecto contrito, acusado de posesión de drogas. Alcancé a Laroche justo delante de la puerta del juzgado. Estaba fumando junto a otros tres hombres: el abogado de la tribu, Alan Lerner, el vicepresidente financiero de la sociedad de la tribu, Buster Baxley, y uno de los acusados, Vinson Osceola. Los otros dos seminolas no habían acudido a la vista; según Alan Lerner, uno estaba enfermo y al otro no habían logrado localizarle. Buster parecía de mal humor. –Juro por Dios que ahora mismo me voy al pantano con una motosierra –dijo–. ¡Maldita sea! Laroche tiró el cigarrillo. –¿Sabes? Me siento como si me hubieran dado por culo –dijo–. Como si me hubieran crucificado, ¡joder! Alan Lerner se cambiaba el maletín de una mano a otra. –Mira, Buster –dijo–, he intentado exponer nuestro punto de vista. Le he recordado a la jueza que los indios fueron los propietarios del Fakahatchee, pero obviamente ella no pensaba lo mismo. No os preocupéis. Solucionaremos todo en el juicio. –Buster frunció el entrecejo y se alejó. Vinson Osceola hizo un gesto con los hombros para despedirse de Alan y se fue tras Buster. Alan miró a su alrededor, me dijo adiós y siguió a Buster y a Vinson. Laroche se quedó allí un minuto más, acariciándose la barbilla y luego dijo: –Esos guardas forestales de los pantanos son un timo. Ninguno sabe nada sobre las plantas que hay allí. Algunos son tontos, quiero decir tontos de verdad. Tuvieron suerte al detenerme porque así pude darles los nombres de las plantas. Creo que si no, no hubiesen sabido cuáles eran. La verdad es que me importa un bledo lo que pase en el juicio. He estado mil veces en el Fakahatchee y volveré otras mil más. 20
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John Laroche creció en un barrio al norte de Miami por el que pasa la carretera de Miami a Fort Lauderdale. La parte en la que vivían los Laroche era semiindustrial, pero estaba muy cerca de los pantanos y de los bosques. Cuando era pequeño solía ir con su madre en el coche a caminar por el Big Cypress y el Fakahatchee sólo para buscar cosas raras. El padre no iba nunca con ellos porque no le gustaba mucho el campo y, además, se había roto la columna cuando trabajaba en la construcción y estaba parcialmente discapacitado. Laroche no tiene hermanos, pero me contó que había tenido una hermanita que murió siendo pequeña. En una ocasión, en medio del relato de la historia de los Laroche, me dijo: «¿Sabes? Ahora que lo pienso, me parece que éramos una familia a la que le tocó mucho dolor y sufrimiento.» Durante los meses que pasé en Florida sólo coincidí con el padre de Laroche muy brevemente. Me hubiera gustado conocer a la madre, pero ya había fallecido. Laroche la describía como una mujer gorda y anticuada y decía que era judía de nacimiento pero que, a lo largo de su vida, había sido ferviente seguidora de diversos credos religiosos. Era entusiasta y fanática en sus devociones. Nunca era ella la que ponía fin a una excursión o se acobardaba cuando Laroche y ella tenían que adentrarse en grutas o agujeros. Le encantaban las orquídeas. Si pasaban por algún sitio donde había una orquídea en flor, insistía en colocarle una etiqueta y volver meses más tarde para ver si la planta había producido semillas. Cuando Laroche era adolescente tuvo una época de pasión por la fotografía. Decidió que tenía que fotografiar todas las especies de orquídeas en flor que había en Florida, así que todos los fines de semana cargaba a su madre con cámaras y trípodes y los dos emprendían arduas caminatas por los bosques que duraban varias horas. No se contentó mucho tiempo con el simple hecho de fotografiar las orquídeas, ensegui21
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da decidió coleccionarlas. Dejó de llevar cámaras en sus caminatas y empezó a llevar almohadones y bolsas de basura para meter las plantas. Pronto consiguió reunir una colección considerable. Empezó a pensar en abrir un vivero. Tras acabar el instituto se puso a trabajar en la construcción para ganarse la vida, pero, como su padre, se cayó, se lesionó la espalda y le dieron una baja por incapacidad. Consideraba que haberse lesionado la espalda había sido un golpe de suerte, pues eso le había allanado el camino para poder dedicarse por completo a las plantas. Se casó en 1983 y abrió un vivero en Miami Norte con la que hoy es su ex mujer. Lo llamaron La Bromelia y se especializaron en orquídeas y bromelias, esa familia de plantas secas y con espinas que vive en los árboles. Laroche se concentró en las variedades más extrañas y singulares. Llegó a reunir cuarenta mil plantas en sus invernaderos, y decía que algunas eran ejemplares únicos en su especie. Como la mayoría de los propietarios de viveros, Laroche y su mujer ganaban sólo para ir tirando, pero él no estaba satisfecho con eso. Lo que quería era encontrar alguna planta especial que le convirtiera en millonario. Algunos días después de la vista, Laroche me invitó a ir con él a una exposición de orquídeas en Miami. Pasó a recogerme en una camioneta oxidada. Cuando abrí la puerta y le saludé, me interrumpió diciendo: –Quiero que sepas que esta camioneta es una mierda. En cuanto consiga un golpe de suerte con las orquídeas me voy a comprar un coche impresionante. ¿Qué coche tienes tú? Le dije que mi padre me había prestado su Aurora. –Es impresionante –dijo–. Creo que me voy a comprar uno de ésos. Me subí. Trepé entre toda clase de cosas intentando llegar al asiento del copiloto y luego me senté en el borde, que era lo único que quedaba libre, y apoyé los pies sobre una 22
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bolsa de tierra para tiestos que se había rasgado y había desparramado su contenido por todas partes. Laroche arrancó tan violentamente calle abajo que pensé que a lo mejor me había producido un problema en las cervicales. Cada vez que la camioneta se encontraba con un bache chirriaba y daba bandazos. Cientos de cachivaches como palas, destornilladores, macetas de barro, latas de Coca-Cola y chismes misteriosos rodaban por el suelo como las bolas de acero de una máquina del millón. Yo mantenía los ojos clavados en la carretera porque pensaba que sería mejor que por lo menos uno de nosotros lo hiciera. –Mira, toda mi vida, quiero decir toda mi vida en el mundo de los viveros, he estado buscando una maldita planta que fuera lucrativa –dijo–. Yo tenía un amigo en Sudamérica, que ya ha estirado la pata, bueno, pues ese tipo era uno de los principales cultivadores comerciales y tenía ingentes sumas de dinero y quería una bromelia fantástica que tenía yo, así que le dije que se la cambiaría por una semilla o un esqueje de la planta más valiosa que tuviera. Le dije «Oye, mira, no me importa si la planta es preciosa u horrorosa.» Lo único que yo quería era ver la planta que le había proporcionado aquella gran vida. –¿Y cómo era? ¿Qué aspecto tiene una planta tan lucrativa? Laroche se rió y encendió un cigarrillo. –Me envió una caja grande. Dentro de esa caja había otra caja pequeña y dentro de ésa otra más pequeña, y luego otra y en la última había una pulgada de césped. Entonces pensé: ¡Joder! ¡Que bromista es este tipo! Le llamé por teléfono y le dije: «Oye, hijo de puta, ¿qué coño es esto?» Bueno, pues resultó que era un césped especial de color verde pero con unas rayitas blancas en el borde. ¡Ésa era la cosa! Me dijo que yo era un gilipollas y que debería haberme dado cuenta del tesoro que tenía entre las manos. Y, si te pones a pensar23
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lo, tenía razón, ¿sabes? Porque si encuentras un césped realmente bonito, de una clase nueva, y consigues suficientes semillas como para comercializarlo, entonces eres el amo del mundo. Estás totalmente salvado. Tiró el cigarrillo y sostuvo el volante con la pierna mientras encendía otro. Le pregunté qué había hecho con el pedacito de césped. –Ah, yo no me dedico al césped –dijo–. Creo que lo regalé. En 1990 la vida de Laroche cambió. Ese año el Certamen Mundial de Bromelias se llevó a cabo en Miami. A esos certámenes mundiales de plantas asisten coleccionistas, cultivadores y horticultores de todo el mundo. En la mayoría de las exposiciones los cultivadores muestran sus plantas en stands y compiten para llevarse premios que reconozcan la calidad de las plantas y el ingenio en el modo de exponerlas. Puede que hubiera una época en que exponer no fuese algo complicado, pero hoy en día los stands han de reflejar un tema concreto y, por lo general, eso conlleva la realización de unas instalaciones de considerable tamaño, con montones de plantas y accesorios tales como maniquíes, canoas, montañas de espuma de poliestireno y muebles de verdad. Laroche pensó que tenía habilidad para realizar stands y estaba seguro de que poseía las mejores bromelias del mundo, así que decidió participar en el concurso. Diseñó un stand de 3,5 por 7,5 metros con puntales de madera dura y vigas, pintura fosforescente, una luz negra para que la pintura fosforescente brillara, cadenetas de luces de Navidad colocadas formando constelaciones y docenas de especies de bromelias que parecían estrellitas. El stand atrajo muchísima atención. Para Laroche supuso un momento crucial. Como resultado de su participación en aquel certamen se hizo muy conocido en el mundo de las plantas, lo cual le decidió más todavía a tener un vivero espectacular. Empezó a llamar todos los días a todas partes del mundo para que le enviaran 24
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plantas raras; su cuenta de teléfono era de miles de dólares cada mes. Por su mano pasaban montones de dinero pero la mayor parte iba a parar directamente al vivero. Tendía a la extravagancia. En una ocasión se gastó quinientos dólares en un cajón con aire acondicionado para un helecho pequeño que había conseguido a través de un tipo de la República Dominicana. A pesar de todo, el helecho se murió, pero Laroche sigue diciendo hoy en día que no se arrepiente de aquel gasto. Siempre quería lo mejor. Tenía una colección de Criptanthus, un género de bromelias brasileñas, de la que decía que era la mayor de todo el país. Compró un espectacular Anthurium veitchii de un metro y medio de alto, con una hojas onduladas increíbles. Aún disfruta cuando lo recuerda. Dice que era «un hijo de puta magnífico, magnífico». Cuando estábamos a unos diecisiete kilómetros de Miami, Laroche llegó en su narración a la parte de su vida que tenía que ver con las orquídeas. Su mujer y él llegaron a tener cientos de ellas, y aunque había habido una época en que estaba completamente fascinado con las bromelias, las orquídeas acabaron seduciéndole. Reproducirlas se convirtió en una obsesión. Sobre todo le gustaba trabajar con híbridos cruzando diferentes tipos por polinización para crear nuevas orquídeas híbridas. –Cada vez que lograba un híbrido nuevo me sentía genial –dijo–. Me sentía un poco como un dios. Muy a menudo seleccionaba semillas germinadas y las bañaba en sustancias químicas de uso doméstico o las introducía un minuto en el microondas para que mutasen y se transformasen en algo realmente interesante, con formas o colores nuevos y raros, jamás vistos hasta entonces en el mundo de las orquídeas. Supongo que yo me quedé un tanto sorprendida mientras él me describía el proceso, porque 25
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cuando me miró y vio mi expresión, soltó las dos manos del volante y las movió haciéndome un gesto desdeñoso. –¡Pero bueno! –dijo–. ¡Si la mutación es algo fabuloso! ¡La mutación es divertidísima! Realmente es un pequeño gran hobby, ¿sabes?, la mutación por pura diversión y por dinero. Es algo genial. Consigues cosas geniales y cosas espantosas. Cosas que nadie ha visto jamás. Es algo grandioso. Le pregunté qué sentido tenía aquello. –Pero bueno, la mutación es la respuesta a todo –dijo irritado–. Mira, ¿por qué crees que hay gente más lista que otra? Obviamente porque sufrieron una mutación cuando eran bebés. Estoy seguro de que eso fue lo que me pasó a mí. Es probable que, cuando era pequeño, estuviese expuesto a algo que me mutó y eso hizo que ahora sea listísimo. La mutación es algo grandioso. Es la forma en que avanza la evolución. Y creo que es bueno para el mundo que se fomente la mutación como hobby. ¿Sabes? Hay una increíble cantidad de vidas desperdiciadas por ahí y gente que no tiene nada que hacer. Éste es un tipo de actividad interesante a la que podrían dedicarse. Cuantas más orquídeas coleccionaba, más coleccionistas conocía. Se encontraba en el centro del mundo de las orquídeas pero, al mismo tiempo, no formaba parte de él. En Florida las orquídeas están por todas partes, las silvestres y las cultivadas, las naturales y los híbridos, las que crecen en los jardines traseros y las de los umbráculos, las importadas y las exportadas a todas partes del mundo. La Sociedad Americana de Orquídeas, fundada en 1921, tiene su sede central en la antigua propiedad de un ávido coleccionista de West Palm Beach y la mayoría de los mejores viveros dedicados a las orquídeas y los más grandes –R. F. Orchids, Motes Orchids, Fenell Orchid Company, Krull-Smith Orchids– se encuentran en Florida. Algunos de ellos existen desde hace décadas y hay cultivadores en Florida que son ya la tercera o cuarta generación de una familia dedicada a eso. Las orquídeas han crecido en los pantanos y montícu26
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los de Florida desde que los pantanos y los montículos existen y se han cultivado en los invernaderos desde principios del siglo XIX. A comienzos del siglo XX los propietarios de las grandes fincas de Palm Beach y Miami tenían colecciones propias y especialistas que trabajaban para ellos. Entonces las orquídeas se consideraban accesorios románticos y de lujo, pequeños cautivos refinados, una brizna del mundo silvestre dentro de una cajita de celofán. Laroche no era ni rico ni romántico ni refinado, así que no encajaba en absoluto en el mundo de los amantes de las plantas de Palm Beach, pero poseía una fortuna en orquídeas. La gente se dejaba caer por su vivero día y noche para consultarle sobre orquídeas, para admirar su colección y quedarse impresionados con él. Llegaban y se quedaban por allí mirando sólo para estar entre sus maravillosas plantas o le llevaban alguna flor especial a cambio de que les llevase de excursión por el Fakahatchee o le invitaban a ir a ver sus colecciones y le pedían consejo o le ofrecían montañas de dinero para que les ayudase a conseguir las plantas más imposibles de encontrar en el mundo. Él pensaba que algunos iban a verle únicamente porque se sentían solos y querían hablar con alguien, especialmente con alguien que compartiera con ellos un mismo interés. El recuerdo de la soledad pareció intimidarle. Dejó de hablar de aquello y empezó a explicarme por qué le encantaban las plantas. Me dijo que le parecía admirable su capacidad de adaptación y mutación y cómo se las habían arreglado para sobrevivir en un mundo tan hostil. Me dijo que entre las plantas había una variación de tamaños mayor que en ninguna otra especie de seres vivos, y después me preguntó si yo conocía la planta que tiene la flor más grande del mundo, una que vive de modo parasitario entre las raíces de un árbol y que, al crecer, devora lentamente el árbol hasta matarlo. –Pues cuando yo tenía el vivero, a veces me daba la sensación de que todos los que se apiñaban a mi alrededor iban a comerme vivo. Me daba la sensación de que eran como esa planta parasitaria gigantesca y yo como el árbol moribundo. 27