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AMIE KAUFMAN & MEAGAN SPOONER

ATADOS A LA LUZ

Traducción de Noemí Risco

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Primera edición: octubre de 2017 Título original en inglés: Their Fractured Light Adaptación de cubierta: Book & Look Diseño de cubierta: Whitney Manger Maquetación: Marquès, S.L. Edición: Helena Pons Dirección editorial: Iolanda Batallé Prats © 2015, Annie Kaufman y Meagan Spooner, por el texto © 2015, Tom Corbett, por la fotografía de cubierta © 2017, Noemí Risco, por la traducción © 2017, la Galera, SAU Editorial, por la edición en lengua castellana Casa Catedral® Josep Pla, 95. 08019 Barcelona www.lagaleraeditorial.com facebook.com/lagalerayoung twitter.com/lagalerayoung instagram.com/lagalerayoung Impreso en Liberdúplex Depósito legal: B-13.348-2017 Impreso en la UE ISBN: 978-84-246-5931-8 Cualquier tipo de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra queda rigurosamente prohibida y estará sometida a las sanciones establecidas por la ley. El editor faculta al CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) para que autorice la fotocopia o el escaneo de algún fragmento a las personas que estén interesadas en ello.

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Para Josie Spooner y Flic Kaufman, nuestras hermanas y primeras cómplices, cuya imaginación nos ayudó a ponernos en el camino de la narración de historias hace tantos años.

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Una onda. La calma tiembla y se parte, y donde antes no habĂ­a nada, solo nosotros, ahora hay algo nuevo. La cosa nueva, brillante, dura y frĂ­a pasa rozando la superficie de la calma, y Ăşnicamente permanece un instante antes de volver a desaparecer. Pero nos reunimos. Observamos. Y esperamos, porque nunca ha habido algo nuevo antes y queremos verlo otra vez.

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UNO SOFIA

La luz del sol que salpica la hierba es hermosa, aunque sé que no es real. La luz no arroja calor sobre mi piel; no me producirá quemaduras ni pecas. La hierba no se tuerce bajo mis pies, aunque la atraviesan hasta el suelo de mármol bajo las imágenes holográficas. Hace un año habría emitido un fuerte grito ahogado al ver el sol y el cielo azul, aunque fuese un holograma, pero hoy tan solo me hacen echar de menos mi hogar. ¡Lo que daría por levantar la cabeza y ver bajar las nubes de color morado para encontrarse con las marismas! Una inmensidad hasta el horizonte que ningún vestíbulo holográfico de un edificio de oficinas podría esperar reproducir. La cámara holográfica está llena de gente y mientras que muchos de ellos parecen trabajar aquí, en la sede de Industrias LaRoux, otros son más difíciles de identificar. Algunos llevan maletines antiguos en un guiño a la moda de los años veinte en la Tierra, una tendencia actual entre la flor y nata. Otros lucen solo teléfonos móviles; el fingimiento de llevar bolso o cartera es absurdo cuando todo lo que iría dentro (dinero, documentos, teléfonos y carné de identidad) se digitalizó hace cientos de años. Pero esta moda me facilita llevar conmigo todo lo que necesito sin que nadie me haga preguntas. Tan solo hace un par de años, habría estado atrapada en un atuendo seudovictoriano si quería ser moderna y tendría que haber escondido las herramientas de mi oficio debajo de una falda poco manejable. Ahora mismo, mi vestido para tomar el té es ligero, fácil de recoger si es necesario, y —lo más importante— un liviano encaje de color marfil me hace parecer incluso menor de diecisiete años. Me pego el <9>

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bolso bien al cuerpo y respiro hondo mientras echo un vistazo a la muchedumbre. Hay cierta tensión en el ambiente que me acelera el pulso. Es sutil… Los que se esconden aquí a plena vista lo hacen a la perfección. Casi. Como me crie en Avon, sé calar a las personas. Sé lo rápido que una protesta se convierte en un motín, sé lo rápido que una ciudad tranquila se transforma en un campo de batalla. Desconozco si la enorme red de seguridad en Industrias LaRoux es consciente de las protestas clandestinas que están programadas para hoy. Yo me he enterado solo porque me lo contó uno de mis contactos en Corinto Contra La Tiranía, un nombre ridículo, pero es una idea romántica pelear contra los opresores. Al echar un vistazo a la cámara holográfica equipada con dispensadores de limonada y refrescos zumbando de aquí para allá en bandejas flotantes, y el aire lleno de risas y conversaciones, no puedo evitar pensar que esta gente no sabe lo que es la opresión. Aparto los ojos de una pareja que observa con indulgencia a un niño de unos cinco o seis años persiguiendo a un par de pájaros holográficos por el aire. Hay una razón por la que Industrias LaRoux encabeza cada año la lista de «los mejores lugares donde trabajar en la galaxia» y si yo hubiese sido la organizadora de la protesta de hoy, desde luego no habría escogido como escenario la nueva cámara holográfica de la planta veinte. De acceso libre a los empleados y abierta al público por muy bajo precio, la cámara holográfica forma parte del nuevo programa de ayuda de LaRoux. —¿Veis lo generoso que soy? —está diciendo—. Dedico plantas enteras de mi sede a ofrecer lugares seguros y divertidos para vosotros y vuestros hijos. Su campaña para conseguir que la galaxia le adore, para que la gente se olvide de las acusaciones que se transmitieron contra él por radio desde Avon, basta para revolverme el estómago, sobre todo porque está funcionando. La gente aquí sí parece contenta. A nadie le preocupa que se estuvieran muriendo en Avon antes del ahora infame discurso que dio Flynn Cormac hace un año. A nadie le importa que Roderick LaRoux sea un monstruo, principalmente porque tan solo peque< 10 >

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ños grupos de gente aquí y allá creen de verdad una palabra de lo que difundió Flynn. Estas personas están aquí porque queda bien decir en sus redes sociales que estuvieron en la protesta. Es probable que algunos tengan la esperanza de que los arresten para más tarde subir las fotos policiales a hipernet. Pero la verdad es que crean una gran distracción para lo que he venido a hacer aquí. Solo tengo el nombre del contacto con el que voy a encontrarme —Sanjana Rao— y aunque sus raíces familiares están en la antigua India, bien podría ser rubia y de ojos azules, dado lo mucho que se han mezclado las razas y los linajes de la Tierra a lo largo de los siglos. Me avisará por teléfono móvil cuando llegue, pero no puedo evitar buscarla de todas formas. Mi mirada se desliza hacia las puertas de los ascensores, ingeniosamente camufladas como la entrada a un tiovivo en esta simulación de un parque. Esta es la vez que he estado más cerca de LaRoux después de un año persiguiéndole y lo único que quiero es entrar en sus seguros ascensores para subir al ático. Un año de identidades borradas, de aislamiento; de dolorosa cirugía para quitar el tatuaje de mi genetiqueta que todavía no se ha eliminado del todo; de mantener conmigo los rastros de mí misma, los restos de mi antigua vida, en todo momento por si acaso hoy, en este instante, es cuando tengo que recoger mis cosas y volver a salir corriendo. Pero es casi imposible llegar a LaRoux. Si no fuera así, ya le habría matado alguien hace años. A pesar de que la galaxia en general le adora, bastantes personas de las que ha pisoteado en su camino al poder le ven como es en realidad. No, jamás se llegará a él acercándose de frente. Eliminar a LaRoux requiere sutileza. Me miro el interior del brazo, una costumbre que aún no he perdido. Alguien listo podría suponer qué significa esa mirada —a nadie nacido en Corinto ni en cualquiera de los otros planetas más antiguos se le pone una genetiqueta al nacer— y aun así lo hago igualmente. Lo poco que queda del tatuaje está bien escondido, aunque debo tener cuidado de no rozarlo contra mi vestido y arriesgarme a dejar una mancha reveladora del maquillaje en la tela. Quiero coger mi teléfono para comprobar si la doctora Rao me ha avisado, pero < 11 >

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si alguien estuviera observándome, estar aquí de pie mirando continuamente si tengo mensajes sería una señal de nerviosismo. Hasta que no levanto la cabeza no me doy cuenta de que sí tengo público. Y no es mi contacto. Un joven sentado en el suelo, con la espalda apoyada en un árbol; un árbol que en realidad no está ahí, claro. Tiene la espalda apoyada en una columna de mármol, pero gracias al revestimiento holográfico de la sala da la impresión de que está relajándose en un parque. Excepto, desde luego, por una pantalla portátil enchufada a un lateral del árbol. Aquí hay un campo de energía inalámbrico, por lo que sé que no está cargando la pantalla. Es un puerto de datos, lo que es bastante raro, puesto que cualquier información accesible en un lugar público como este estaría en hipernet. Pero eso no es lo que me hace detenerme, lo que me encoge el corazón es que vaya de verde y gris, los colores de Industrias LaRoux, y tenga una lambda bordada sobre el bolsillo del pecho. Trabaja aquí y está observándome. Se me seca la boca y me obligo a no apartar de golpe la mirada. En su lugar, inclino la cabeza como si estuviera perpleja, esforzándome por parecer intrigada, incluso tímida. Se refleja una sonrisa en sus rasgos cuando le pillo mirándome. No hace ningún intento por fingir que no lo estaba haciendo, tan solo da unos golpecitos sobre su frente con los dedos y luego los aparta como si inclinara un sombrero imaginario. No parece el típico oficinista. Lleva el pelo más largo, de un tono que está entre el rubio rojizo y el castaño, y su cuerpo se halla en una postura relajada, casi insolente, mientras se apoya en la columna. Respiro hondo para calmarme y ocultar cualquier rastro de miedo por que sepa que no pertenezco a este lugar. Le devuelvo la sonrisa y adopto sin problemas la apariencia de una chica tímida y dulce; para mi alivio, amplía su sonrisa. Solo está ligando, entonces. Me guiña el ojo y luego pulsa un único botón en su pantalla. Un pájaro holográfico con un plumaje rojo brillante se cruza en picado en mi camino y se detiene en mitad del aire. De repente, todos los sonidos de fondo cesan: el canto de los pájaros, el susurro de las hojas e incluso algunas risas y conversaciones. Todo se ha ido. Enton< 12 >

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ces, sin previo aviso, el holoparque entero desaparece, dejándonos en una enorme sala blanca. Lo único en la estancia, aparte de las personas, los proyectores y las columnas como en la que estaba apoyado el chico, es un inmenso círculo de metal, en el centro, que duplica mi estatura. Está derecho y construido con alguna aleación extraña que brilla débilmente bajo la reluciente luz blanca, y está conectado al suelo en la base por un pedestal cubierto con diales e instrumentos. Las tecnologías holográficas particulares de LaRoux están patentadas, pero esto no se parece a ningún proyector que haya visto, y mientras los demás proyectores están parpadeando, zumbando e intentando superar el problema técnico que les haya hecho dejar de funcionar, el círculo metálico está quieto y en silencio. Un murmullo de confusión recorre la multitud mientras los grupos abandonan sus conversaciones para mirar a su alrededor, como si fueran a encontrar la explicación en la sala. Ahora destacan otros elementos que no están ocultos por el holograma: los dispensadores de bebida han quedado al descubierto, sin adornos, y los diferentes proyectores y altavoces siembran el bajo techo como estrellas deformes. Lo que sea que esté sucediendo no lo han planificado los disidentes. Todos, tanto los empleados como el público, están arremolinándose, confundidos. Si se hubiera planeado, los disidentes aprovecharían el fallo técnico para lanzar su protesta, pero en cambio hasta los guardias de seguridad en los extremos de la sala parecen desconcertados. Dejo que se me abran mucho los ojos y uso un grupo de estudiantes en prácticas para pasar desapercibida y moverme lo más en silencio y sin ningún propósito posible hacia la escalera de emergencia. Si me pillan, lo peor que supondrán de mí es que he venido a protestar. Pero preferiría que no me tuvieran en su registro. Antes de poder llegar a la salida de incendios, un reflejo de color atrae mi atención y me doy la vuelta justo a tiempo de ver al chico de la pantalla sacar un chip del tamaño de una uña y metérselo en el bolsillo. Alza la vista al techo, se levanta y da dos simples pasos lentos a un lado para colocarse claramente en el ángulo muerto de la cámara de seguridad. Luego, se quita el uniforme de Industrias LaRoux y se queda por < 13 >

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un breve instante en camiseta con los brazos tatuados al descubierto. Le da la vuelta a la prenda y revela una camisa chillona a rayas de la alta costura que está de moda, y tal que así, se funde con la muchedumbre. Ya no es un empleado de Industrias LaRoux. Es demasiado listo para ser uno de los disidentes que ahora deambulan confundidos y enfadados porque han perdido la oportunidad de salir en las noticias. —Damas y caballeros, presten atención, por favor. —Una voz suave como la seda y amplificada sobre el ruido de la multitud sale de los altavoces—. Hemos detectado una violación en la seguridad y hemos rastreado su origen hasta esta sala. Por favor, mantengan la calma, hagan todo lo que esté en su mano para cooperar con el personal de seguridad y tendremos la situación resuelta lo antes posible. Los guardias, actuando bajo alguna orden que les han dado por los implantes en sus oídos, han empezado a sacar a las personas, una a una, supuestamente para interrogarlas de forma individual. Uno de los guardias todavía está junto a la puerta, bloqueando la salida a la escalera, bloqueando mi vía de escape. El maquillaje del brazo puede que haya engañado a alguien de recepción al echarme un vistazo rápido, pero ahora no tengo posibilidades de hacerme pasar por una disidente; la violación de la seguridad les tendrá en alerta máxima. Lo primero que harán esos guardias cuando me cojan será comprobar el tatuaje de mi genetiqueta, seguros de que lo más probable es que los insurgentes de los planetas de la frontera sean los culpables. Cierro los ojos y recuerdo los planos que llevo estudiando una semana y media. Habrán impedido el acceso a los ascensores de esta planta, pero hay otra salida de incendios y otras escaleras en uno de los pasillos que salen de aquí. Recorro con la vista el gentío hasta que encuentro esa salida y el guardia que guía a la gente hacia allí. Lo que necesito es una distracción. Mis ojos se posan en una llamativa camisa a rayas rojas y doradas. Quienquiera que sea el chico no es de Industrias LaRoux y se supone que tampoco tiene que estar aquí. Y aunque no estoy segura de si la tecla que pulsó es lo que apagó los holoproyectores, sí sé que < 14 >

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si nos cogen juntos, él es el que va a parecer mucho más sospechoso que yo en cuanto se den cuenta de que llevaba un uniforme de ILR cosido a su ropa. Maldigo entre dientes y corro para colocarme junto al guardia. «Perdona, guapo. Estoy segura de que quieres ser el centro de atención tanto como yo, pero si hay una persona aquí con más problemas que yo, es el tío con el uniforme falso de Industrias LaRoux debajo de su camisa.» —Ese chico de ahí —digo, manteniendo la voz baja y obligándome a abrir mucho los ojos—. Creo que necesita ayuda. Con suerte, irán a ver qué le pasa y yo podré escabullirme cuando descubran que él no debería estar aquí. Los ojos del guardia se mueven de inmediato hacia el chico de la camisa a rayas, que está observándonos con cierto aire despreocupado. Su sonrisa desaparece del todo cuando el guardia da dos pasos hacia él y yo echo el peso hacia atrás, el primer paso hacia la puerta que el hombre estaba vigilando. «Despacio, despacio, no llames la atención.» Como si hubiera pronunciado en voz alta ese pensamiento, el guardia me coge el brazo con decisión. —Ven conmigo —me ordena. Me quedo helada y, para empeorar las cosas, levanta una mano y le hace una seña a otro de los gorilas para que vaya en nuestra dirección. Ahora tengo a dos guardias vigilándome y la puerta está a punto de bloquearse otra vez. «Maldita sea.» Si me obligan a ir con ellos, puede que supongan que estoy con él cuando descubran su camisa falsa de ILR. Ahora tengo que hacer todo lo posible para poder salir los dos de aquí. «Buen trabajo, Sofia.» En mi mente aparece un aluvión de posibilidades y en un instante las reviso, descarto lo imposible y me queda solo una manera de desviar a ambos del chico. —Por favor, dense prisa —digo con la voz entrecortada, centrándome en los músculos de mi cara hasta que empiezan a llorarme los ojos—. Es mi prometido. Padece una enfermedad que se agrava con el estrés. < 15 >

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En medio de la confusión, con tantas personas que procesar, solo me queda esperar que el guardia no haga muchas preguntas. El guardia me mira parpadeando y, cuando me doy la vuelta para señalar al chico de la camisa a rayas, sigue mi gesto. El chico nos contempla, ahora claramente receloso, y aparta los ojos del guardia para mirarme a la cara. «Por favor —pienso—, no digas nada hasta que me libre de ellos.» —Los dos estabais bien hace un minuto. —Intercambia una mirada con su compañero, que ahora está a mi lado—. Estoy seguro de que puede esperar. No altera la voz, no cede ni un centímetro, pero aparta la mano, la lleva del arma en la cintura hacia la manga para tirar de ella. Me esfuerzo el doble y digo con voz quebrada: —Por favor —repito—, me quedaré y responderé a las preguntas que queráis, pero id a ver cómo está, necesita un médico o de lo contrario sufrirá un episodio. Tan solo necesito que los dos guardias se vuelvan hacia el chico el tiempo suficiente para escabullirme por la salida, sin que se den cuenta, sin compañía. El guardia que está más cerca cambia de postura y se me corta la respiración, pero no se mueve mientras vuelven a intercambiar miradas. —Iré a buscar al médico —dice finalmente—, pero se le ve bien. Mi mente se acelera y le echo un vistazo al guardia en busca de algo que pueda utilizar. Tiene unos cuarenta años y probablemente sea demasiado espabilado para coquetear con él, sobre todo cuando ya he usado la tapadera del prometido. No hay indicios en su ropa de mascotas ni hijos, nada que me sirva para conectar con él, nada que apele a su humanidad. Estoy a punto de probar mi último recurso —el llanto histérico de una niña— cuando, sin previo aviso, el chico con la pantalla se balancea y cae al suelo con un gemido. Los dos guardias se quedan boquiabiertos y, durante medio segundo, yo estoy tan desconcertada como ellos. El chico en el suelo se mueve y las extremidades le tiemblan como si le estuviera dando el tipo de ataque del que estaba advirtiéndoles. Por un breve y mordaz instante me pregunto si de algún modo mi mentira se ha tro< 16 >

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pezado con la verdad, pero no puedo permitirme averiguarlo. Estoy a punto de echar a correr hacia la salida cuando el guardia que está más cerca me empuja entre los omóplatos. —¡Haz algo! Tiene los ojos un poco desorbitados. «Maldita sea. Maldita sea. ¡Maldita sea!» No obstante, si termino en una ambulancia con este tío, será mejor que acabar en una sala de interrogatorios de la sede de ILR. Los de emergencias escanearán el chip de identificación en mi teléfono móvil, pero el nombre que aparecerá será Alexis y no buscarán genetiquetas. Me dejo caer de rodillas junto al desconocido, le cojo de la mano que sacude y entrelazo mis dedos con los suyos como si estuviera acostumbrada a tocarle. Uno de los guardias habla apresuradamente a un intercomunicador en su chaleco para llamar a los refuerzos, a los médicos o a algún tipo de ayuda. El chico tensa los dedos alrededor de los míos, lo que desvía mis ojos hacia su rostro, y de repente, mis lágrimas y el pánico fingido dan un frenazo. Está empezando a sacar espuma de la boca y los ojos se le han puesto en blanco. No puede tener muchos más años que yo y sin duda le pasa algo muy grave. Uno de los guardias de seguridad está intentando hacerme preguntas —si ha comido algo recientemente, cuándo fue la última vez que tomó su medicación, cómo se llama la enfermedad que tiene— para informar a los servicios de emergencias que vienen en camino. Pero deja de hablar cuando se oye otro sonido en el centro de la sala, que aumenta rápidamente de volumen y hace que cesen las otras conversaciones nerviosas de la estancia. El círculo metálico, el que los holoproyectores estaban ocultando, se está encendiendo. Varias luces de la base se activan, indicando que ahora hay datos que leer en los displays, y los paneles de arriba que iluminan la sala parpadean como si el círculo estuviera usando demasiada energía. Pero nada de eso es lo que ha hecho quedarse en silencio a toda la estancia llena de personas. Unos pequeños destellos azules empiezan a recorrer a toda velocidad el borde del círculo, apareciendo y desapareciendo como si atravesaran directamente el metal. Se mueven cada vez más deprisa < 17 >

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conforme el sonido de la máquina que se activa se intensifica y suaviza, hasta que el fuego azul recorre todo el borde del círculo. Una mano en mi brazo atrae mi atención y el corazón me late con fuerza cuando miro hacia abajo. El chico está a mi lado, enarcando una ceja. —¿Te importaría decirme cuándo es la boda, cariño? Apenas oigo su voz, pronuncia las palabras sin mover los labios. Pestañeo. —¿Qué? Estoy tan perpleja que me cuesta mantener el equilibrio. El chico mira al guardia de seguridad más próximo a nosotros, cuya atención está totalmente centrada en la maquinaria del centro de la sala, y luego me mira a mí. Se limpia los restos de espuma de la boca y después se incorpora sobre los codos. —Creo que quizá deberíamos empezar la luna de miel un poco antes. Esta vez su susurro va acompañado de cierto tono y señala con la barbilla de manera significativa hacia la salida de emergencia. Quienquiera que sea, sea lo que sea que esté haciendo aquí, en este momento queremos exactamente lo mismo: salir de este lugar. Y a mí con eso me basta. Siempre puedo perderle de vista más tarde. Le ayudo a levantarse —el guardia ni siquiera mira en nuestra dirección— y nos escabullimos hacia la salida. Llegamos a la puerta justo cuando un destello de luz azul ilumina las paredes blancas ante nosotros. Mientras el chico de la camisa a rayas forcejea la puerta para abrirla, miro por encima del hombro. Los parpadeos de luz en los bordes del círculo ahora van hacia el centro, chispas azuladas que salen y se desvanecen, como llamaradas estelares a la velocidad del rayo. De vez en cuando se encuentran con un tremendo destello, hasta que al final el centro entero del círculo está lleno de luz, que chisporrotea como una cortina de energía. Mientras observo, un hombre junto al círculo se desploma y cae al suelo sin hacer ruido. Espero a que la gente que está cerca de él reaccione, que corran a su lado y rompan el hechizo de fascinación, pero todos se hallan inmóviles, inactivos, como máquinas a las que < 18 >

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han cortado la energía. Cada vez más personas empiezan a quedarse quietas y en silencio conforme pasan los segundos, tanto los guardias de seguridad como los disidentes, en un círculo en expansión alrededor del artefacto en el centro de la sala. De vez en cuando otra persona cae al suelo, pero la mayoría está de pie, quieta, proyectando largas sombras que parpadean y se mueven hacia nosotros mientras la máquina se enciende. Entre destellos de luz, distingo los rostros de los que están al otro lado, veo sus ojos. Y en ese instante me encuentro en una base militar de Avon, observando cómo mi padre cambia delante de mí. Veo sus ojos, multiplicados decenas de veces en las caras a mi alrededor, con las pupilas tan dilatadas que los ojos parecen charcos de tinta, como la extensión de noche sin estrellas sobre las marismas. Estoy reviviendo el momento en que mi padre entró en los barracones militares con un explosivo atado al cuerpo. Estoy acordándome de él tal como era la última vez que le vi, una sombra de sí mismo, nada más que una cáscara donde antes se hallaba su alma. Hay cientos de personas todavía esparcidas por la blanca extensión de la cámara holográfica y cada una de ellas tiene los ojos llenos de oscuridad.

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Al principio, no hay nada más. Y luego aparecen símbolos como este: PRUEBAS. Después aparecen más palabras, seguidas de imágenes, sonidos y colores. Poco a poco, la calma se inunda con este nuevo tipo de vida y comenzamos a entender la sarta de símbolos y sonidos que atraviesan la calma. Las cosas duras, frías y brillantes vienen cada vez con más frecuencia, dejando ondas en la calma, recogiendo la estructura de la existencia en ondas mientras recorren la superficie del mundo.

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