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Historia reciente de la verdad ROBERTO BLATT

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Título

Historia reciente de la verdad © Roberto Blatt, 2018

De esta edición

© Turner Publicaciones, S.L., septiembre de 2018 Diego de León, 30, 28006 Madrid www.turnerlibros.com Cubierta

Diseño TURNER

ISBN: 978-84-17141-63-9 DL: M-27441-2018 Impreso en España Reservados todos los derechos en lengua castellana. No está permitida la reproducción total o parcial de esta obra, ni su tratamiento o trasmisión por ningún medio o método sin la autorización por escrito de la editorial.

La editorial agradece todos los comentarios y observaciones: turner@turnerlibros.com

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índice

La verdad objetiva ............................................................................ 13 La invención del pasado y del futuro............................................ 18 La selección de la noticia................................................................. 20 Verdad y opinión................................................................................ 25 La necesidad de una narración....................................................... 32 La guerra de los mundos.................................................................. 43 El interés de convencer.................................................................... 52 La moda............................................................................................... 57 Los viajes............................................................................................. 60 Vacaciones y turismo........................................................................ 63 El debate filosófico............................................................................ 66 La ambición global............................................................................ 68 Las grietas en la verdad.................................................................... 70 El mercado de la información . ...................................................... 77 La dictadura de los gerentes........................................................... 82 ‘Sé tú mismo’, la utopía icónica del yo.......................................... 86 Noticias y anuncios; infierno y paraíso......................................... 89 Internet, ¿acceso al imperio de la verdad?................................... 91 La burbuja personalizada................................................................ 96

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Ciberguerra......................................................................................... 99 La posverdad.................................................................................... 103 El resentimiento de las clases medias......................................... 109 Democracia directa o tribalismo.................................................. 113 Ciencia y ‘verdades alternativas’.................................................. 116 La utopía en el lenguaje................................................................. 119 Wikipedia y la necesidad universal de corregir la falsedad...................................................................................... 122 Conclusión: entre dioses y robots................................................ 125

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Verdad es lo que supera el examen de la experiencia A. Einstein (1950) La Casa Blanca ofreció ‘hechos alternativos’ sobre las cifras de asistencia a la inauguración presidencial de Donald Trump Kellyanne Conway (2017)

Los paraísos de las religiones de inspiración bíblica dejaron de ser suficientes a partir del siglo xviii y con la intención de sustituirlos surgieron ideologías proponiendo utopías universales laicas para la humanidad. Desde entonces se ha debatido acerca de cuál de ellas sería la más deseable y justa y sobre cómo alcanzarla, pero todas se situaban, incluso los nacionalismos más excluyentes, en una realidad objetiva común. En este escenario prosperó el realismo, un enfoque aplicado tanto a la ciencia como a la ficción. “La verdad es más extraña que la ficción –decía Mark Twain en 1897–, porque la ficción debe ajustarse a lo posible”. Este libro se ocupa del proceso que ha llevado al realismo a su progresiva degradación en posverdad. En el siglo xix se fueron asentando los pilares burgueses de la Verdad ilustrada que un siglo antes ya había distinguido entre lo sagrado y lo profano. Verdad supuestamente objetiva y universal aplicada a un riguroso Más Acá terrenal, en lugar del Más Allá celestial de la verdad religiosa, aunque no por ello menos absoluta. Por primera vez en la historia, esta verdad no aspiraba a someter a la sociedad a una doctrina de una élite iluminada,

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sino a representar la realidad de una mayoría social creciente. Por extraño que parezca, para garantizarla fue clave el desarrollo paralelo del poder judicial y de la policía. Los tribunales, dedicados durante el Ancien Regime a juzgar casi exclusivamente asuntos de sedición contra los intereses de la corona, o anteriormente contra la doctrina de la iglesia, comenzaron a ocuparse de los conflictos de la sociedad civil. Como señala Carlo Ginzburg, esto fue posible por la emergencia de nuevas formas capitalistas de producción, en Inglaterra desde 1720 y casi un siglo más tarde en Europa con la introducción del código napoleónico, que dio lugar a una extensa legislación ajustada al concepto burgués de propiedad. Los delitos contra la propiedad ampliaron el impacto del aparato judicial que ya no solo actuaba en nombre del rey y del gobierno sino que implicaba a toda la sociedad de forma individualizada, a la vez que también se fijaban los derechos ciudadanos, muy pendientes de la propiedad privada. Por su parte, la investigación policial aportaba a los tribunales las evidencias requeridas para establecer juicios a los que se exige que estén “más allá de toda duda razonable”, un procedimiento reglamentario equivalente a la investigación necesaria para confirmar o refutar una teoría científica, actividad esta que se encontraba ya en

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plena expansión. De esta manera los tribunales y códigos judiciales han contribuido a aportarle una certificación legal a la noción de “verdad”. A su vez, argumenta Ginzburg, el incremento de delitos y penas que llevan a periodos largos de prisión convirtieron las cárceles en escuelas de crimen, en cierto modo garantizando la recaída. Hasta el xviii se viajaba sin documentación; lo útil era llevar cartas de recomendación. Pero pronto el interés por registrar a los reincidentes promovió la necesidad de una identificación y localización personalizadas. Para ello se crearon archivos policiales, pero ese recurso resultó insuficiente. Era necesario probar que un detenido era la misma persona que otra previamente fichada, tarea difícil teniendo en cuenta que habían sido abolidas prácticas tan “útiles” como las mutilaciones y el marcado que aun hoy se practica en animales. De épocas anteriores, Ginzburg evoca la flor de lis tatuada que permitió a D’Artagnan reconocer a la condenada Milady, mientras que dos evadidos, igualmente literarios, Edmond Dantés y Jean Valjean, reaparecieron en sociedad con identidades falsas. El reconocimiento facial al que estamos acostumbrados es relativamente reciente y al principio se descartó por lo engorroso de su ordenación y por depender de una apreciación subjetiva de los parecidos, como lo demuestra, por ejemplo, la dificultad de reconocernos a nosotros mismos en fotos, cosa que los jóvenes hoy intentan remediar con una profusión de selfies nunca del todo satisfactoria.

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En 1879 un funcionario francés de nombre Bertillon propuso detalladas mediciones corporales que lamentablemente solo servían para descartar y no para identificar a un individuo determinado. Finalmente aparecieron las huellas digitales, imágenes tan eficaces como poco informativas de nuestra persona. Para enriquecer nuestros auténticos perfiles se incluyeron anomalías y defectos, cruelmente bautizados como “señas de identidad”. Ya en el siglo xx, con el sufragio universal, la identificación formal se convirtió en prueba decisiva de personería ciudadana. La más que obvia y persistente singularidad individual, convenientemente recogida en los ficheros oficiales, médicos, universitarios, bancarios, artísticos, policiales, etcétera, fue contrarrestada por el agrupamiento de sujetos que presentan unas variaciones menores que un estándar predefinido, en perfiles segmentados y computados por una nueva ciencia puente entre lo particular y lo general: la estadística, alegremente aplicada tanto a lo social como a lo “natural”. De esta manera la burguesía ilustrada y su contrapartida, el socialismo proletario, pudieron reafirmarse en la novedosa noción ideológica de la igualdad esencial de los individuos, todos consumidores racionales según el punto de vista de unos, o dueños de una idéntica fuerza de trabajo aplicada a la nueva producción industrial en cadena para los otros; una igualación social alcanzada a la postre gracias

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a la mano invisible de la oferta y la demanda del mercado o de la planificación central, asumiendo en ambos casos una perfecta transparencia informativa. Paradoja o dialéctica: la identidad burguesa asume a la vez una irreductible individualidad, así como una subyacente igualdad humana expresada en la premisa de que todos compartimos una visión del mundo utilitaria y racional. Esta perenne contradicción parece resolverse en la figura del consumidor que, ejerciendo su singularidad, tiende no obstante a conformar, con las tendencias en boga que lo igualan a los demás, un proceso imprescindible para movilizar la demanda.

la verdad objetiva

La Verdad revelada descendió, pues, a la Tierra ya no como promesa sino como información, ciertamente ajustada a censura como lo fue anteriormente la Buena Nueva proclamada por la fe,1 y tardó más de un siglo en perder las mayúsculas. Así como en los monasterios, con la ayuda de incienso y ayuno (o más eficazmente, con chocolate, vino y cerveza), se provocaba la elevación espiritual en el debate teológico; la teína y la cafeína animaron las sobrias e interminables tertulias de los recién estrenados cafés decimonónicos, reduciendo al máximo el improductivo sueño (tan 1 “Se prohíbe, con razón, toda sátira que entienda el censor” (Karl Kraus).

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apreciado por los místicos), con el objeto de mantener una mente literalmente más despierta y una jornada productiva más larga. Políticos, literatos y empresarios debatían, en una corte por primera vez a extramuros de palacio, las estrategias y alianzas que cimentaran el avance imparable del progreso en este mundo en toda su extensión. De los monjes se conservó un poco de austeridad material y sobre todo una cierta continencia sexual, parte de una estricta moralidad al servicio de un objetivo mayor. Convenientemente se asumía que las mujeres no experimentaban ni deseaban el placer sexual en tanto que las prostitutas, serias profesionales, solo lo fingían. Curiosamente, y para amparar la imagen épica de un caballero, hasta la segunda mitad del siglo xx, el adulterio, la fornicación y el lesbianismo por descontado se consideraban pecado, pero solo la homosexualidad masculina, como tanto lo sufrieron de Wilde a Turing –¡póstumamente perdonado por la reina en 2013!– era además un delito. El fútbol y la mayoría de los otros deportes de equipo fueron codificados en la Britania victoriana para organizar el ocio, solidificar el carácter y el fair play de los jóvenes (de sexo masculino, claro)2 y apartarlos de la masturbación. Pura educación para la élite. Pero demostrando su talante universalista, el deporte también se aplicó a las clases trabajadoras: el Manchester City, fundado en 1880 por Anna Connell, hija de un vicario, tenía como objetivo 2 El fútbol femenino estuvo prohibido en Gran Bretaña desde 1921 hasta 1971.

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alejar a los trabajadores del alcohol y de las grescas. Dicho sea de paso, se trata del mismo equipo entrenado por Pep Guardiola que hoy pertenece a los jeques de Emiratos, buque insignia de la que aspira a ser una futura multinacional del fútbol. Llama la atención, por cierto, la sublimación que en todos estos juegos inventados por los ingleses (fútbol, rugby, cricket) representa la introducción de un balón en una meta… En Francia ese espíritu deportivo ciudadano se expresó en las primeras carreras de ciclismo y en la práctica del alpinismo, eventos filmados por los hermanos Lumière. Todas estas novedades hicieron posible el más ambicioso, hoy en día tambaleante, proceso de objetivación de la verdad de toda la historia. No olvidemos que en las eras premodernas las verdades colectivas eran de índole metafísica: arquetipos ideales, paisajes celestiales o infernales con sus dioses, ángeles, sátiros y centauros… personajes todos bastante ajenos a la realidad cotidiana, a pesar de que ocasionalmente irrumpían en ella, literalmente, por arte de magia o milagro. Para los mismos griegos, la verdad era eminentemente teórica, abstracta como la geometría; el conocimiento derivado de la experiencia de los sentidos era considerado demasiado inestable. El mundo “natural” entendido como “salvaje”, opaco y amenazante, interpretado por chamanes, brujos, curas y rabinos se fue reemplazando por uno manufacturado, urbano y “artificial”, “iluminado” por la razón práctica industrial… y sobre todo por la electricidad.

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