Laurence Debray
Hija de revolucionarios Traducciรณn de Cristina Zelich
EDITORIAL ANAGRAMA BARCELONA
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Título de la edición original: Fille de révolutionnaires © Éditions Stock París, 2017
Ilustración: foto de la colección particular de la autora
Primera edición: octubre 2018
Diseño de la colección: Julio Vivas y Estudio A © De la traducción, Cristina Zelich, 2018 © EDITORIAL ANAGRAMA, S. A., 2018 Pedró de la Creu, 58 08034 Barcelona ISBN: 978-84-339-8019-9 Depósito Legal: B. 20544-2018 Printed in Spain Black Print CPI Ibérica, S. L., Torre Bovera, 19-25 08740 Sant Andreu de la Barca
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I. La emancipación
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Nada quise saber durante mucho tiempo. Me la habían ocultado; era su historia. Cuanto menos sabía, más protegida me sentía. ¿Para qué hurgar en el pasado? Demasiado peso para cargar con él, demasiado molesto. Tenía una infancia por vivir, una vida por construir: preferí seguir adelante. Y avancé por la vida dejando «eso» de lado, en la orilla del camino. En Venezuela, intenté armar el rompecabezas de mi familia materna. Atraída visceralmente por aquella tierra y apegada a aquella parentela, iba al acecho de las claves para entender. Mi madre no era muy esclarecedora: había huido de sus raíces y no había dejado de criticar su país natal, que la había decepcionado. Quizá incluso traicionado. Mi búsqueda, poco explícita y deshilvanada, me permitió sin embargo construir mis orígenes. Podía contar con la complicidad de mis numerosos primos y la indulgencia de mis tíos y tías, que, gracias a su afecto fiel y efusivo, constituían para mí un cordón umbilical indestructible con Venezuela. Aquel país era mi edén: el único lugar sobre la tierra donde me sentía feliz. Me había apropiado de él paulatinamente con cada una de mis visitas. La llegada de Hugo Chávez 13
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al poder en 1999 –que se acompañó de una inseguridad alarmante y una rápida degradación de la situación socio económica– obstaculizó aquel idilio. Esto explica en parte mi antichavismo radical. Había seguido de cerca al joven militar golpista durante su campaña electoral, e incluso predije su victoria por haber recorrido los barrios de chabolas. La comida que tuve con él a solas no sirvió para tranquilizarme sobre el personaje: imposible no desconfiar de aquel populista de elocuencia enardecida. Por aquel entonces se pensaba que el agitador sería capaz de sanear un sistema bipartidista desgastado tras cuarenta años de estabilidad democrática excepcional. La gente no se había percatado del dominio de Fidel Castro sobre él: la revolución bolivariana se convertiría en un subproducto de la revolución cubana. Ver a tu patria naufragar resulta tan doloroso como ver apagarse a un ser querido. He sufrido ambas cosas con amargura. En Francia, gracias a mis abuelos paternos, vivía en una protegida atmósfera burguesa y hogareña. Me contaban anécdotas familiares entre risas y confesiones. Todo lo que era áspero o doloroso se suavizaba. Aquel mundo documentado, ilustrado con fotografías, encarnado en casas, marcado por algunas reuniones familiares, me daba seguridad. Podía situarme al final de un árbol genealógico. Al contrario que mis padres, cuyas respuestas estaban hechas de ambigüedades y alusiones evasivas, mis abuelos siempre respondían a mis preguntas con detalle y seriedad. Me inscribían en una historia, la suya. Sin embargo, cuando abordaba el tema de la juventud de mis padres, me topaba con un muro. Entonces todo se volvía más enigmático: mis abuelos se mostraban reticentes, mis padres cambiaban de conversación. Mi padre tenía recuerdos vacilantes. Mi madre, evasiva, pretextaba las sutilezas complejas de la época que me impedirían entender del todo. 14
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No se equivocaba. Nunca entendí nada, ni sobre su compromiso político ni sobre su vida disoluta. Eran mis padres, mi entorno más íntimo, pero aun así el más indiscernible. Eran –y siguen siendo– incomprensibles. Sus motivaciones –a excepción de tener tranquilidad para leer y escribir– siguen resultándome enigmáticas; sus alegrías, desconocidas; sus angustias, pletóricas y existenciales. Comparten un sentido analítico agudo y la sensación de ser unos marginados. Todo ser tiene sus misterios, por supuesto. A veces cae la máscara y se vuelve menos impenetrable. Pero no les importaba ser indescifrables. En los medios se hablaba de ellos, los veía en la televisión, pero en casa nada revelaban y explicaban aún menos. Yo me resigné a esa situación. Más tarde deserté del seno familiar. Y a medida que fui avanzando en la vida, cada vez me interesaron menos. No compartíamos opiniones, ni ocios, ni ritos familiares. ¿Fractura generacional o incompatibilidad de carácter? «Ambas, mi capitán.» Aquella distancia era conveniente para todos. Lo que ganaba en libertad, lo perdía en afecto. Y ellos protegían su tranquilidad. Hay cosas que nos alcanzan cuando menos lo esperamos. Durante una entrevista en Madrid, con motivo del lanzamiento de mi biografía del Rey de España, Juan Carlos I, en el momento de su abdicación en junio de 2014, un periodista, joven y simpático, me preguntó si era la hija del intelectual francés acusado de haber entregado al Che cuando fue detenido en Bolivia. Le pregunté sobre su fuente. Wikipedia. Evidentemente. Reconduje la conversación sobre «mi» rey y salí corriendo a comprobar lo que había dicho. En efecto, el sitio web español de esa enciclopedia de referencia confirmaba las sospechas. Al volver a París, le pedí explicaciones a mi padre. ¿Podía ser claro una vez por todas sobre aquel asunto? Sin bellas 15
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perífrasis, sin metáforas rebuscadas, sin referencias inteligibles que entenderían únicamente los académicos. Solo los hechos, sobrios y detallados. El silencio no ayuda a comprender. Tampoco el desprecio ante las difamaciones. «Tu madre lo hizo muy bien.» Se refería al artículo publicado en Libération en 2001, cuando la polémica alimentada por la hija del Che cobraba importancia. Edwy Plenel ya había denunciado aquellas «calumnias castristas» en la portada de Le Monde en 1996. «Pero, entonces, ¿por qué mi madre no aparece siquiera citada en el artículo de la Wikipedia?» «¡No tengo ni idea!», concluyó con su semblante ceñudo habitual. Su exmujer, su único testigo y memoria, sin lugar a dudas le estorba. Conoce las claves del mito. ¿Cómo construirse una leyenda ante la mirada de un censor? ¿Y cómo explicar a los que viven en otro mundo y en otra época hechos y gestos que pertenecen a un tiempo pasado? Mi padre solo se ocupa de su obra. Para lo demás, delega. Estudia las diferentes formas de transmisión desde la mediología, disciplina de la que es fundador, pero se preocupa muy poco de los escándalos que deja a su descendencia. «¡Después de mí, el diluvio!» Ya se sabe, en casa del herrero, cuchillo de palo. ¿Qué hacer, pues, con esa sospecha que ensombrece mis orígenes? ¿Y si fuera la hija de un delator? ¿Y si hubiera vivido hasta ahora en la impostura? Una sensación de malestar se apoderó de mí. Y de repugnancia ante tanta cobardía y ambivalencia. Mientras los adolescentes, y los adolescentes eternos, enarbolen camisetas con el retrato de Ernesto Guevara por todo el mundo, el asunto seguirá siendo embarazoso... ¿Qué les contaré a mis hijos cuando les llegue la edad de la rebelión y la admiración por los revolucionarios? En abril de 2015, volé a Cuba gracias a Paris Match. Se había convertido en un destino de moda desde la normali16
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zación de las relaciones con Estados Unidos. Una vez allí, resultó imposible escapar de mi historia familiar: pasé por casualidad delante de lugares donde habían vivido mis padres; de improviso me encontré con algunos de sus amigos. Mis recuerdos enterrados se arremolinaban. Ahí unos helados deliciosos, los más deliciosos porque acababa de salir de un mes de entrenamiento en un campamento de jóvenes pioneros donde los dulces no eran lo más frecuente. Yendo por el Malecón, emergió la reminiscencia de mi primer concierto al aire libre, de esa sensación tan rara de placer y emoción. Y ese viento caliente que te hace cosquillas en el cuello y anuncia lluvia. Pero al final me invadió un profundo sentimiento de desesperación ante la situación social del país. Se ha santificado al Che y a Fidel Castro, pero los verdaderos héroes son los cubanos, que, con un sentido del humor y un ingenio sin igual, sobrellevan las dificultades del día a día. ¿Cómo es posible que mis padres aprobaran un proyecto político como aquel, fundado sobre la represión, la exclusión y el poder absoluto? ¿Cómo pudieron pensar que una economía establecida por funcionarios podía ser viable? ¿Pueden justificarse, en nombre de la emancipación y la igualdad, todas las decisiones erráticas? En los años sesenta, mis padres eran jóvenes, atractivos, brillantes y revolucionarios..., y lo perdieron todo con la Revolución. O quizá fue al contrario: ganaron sabiduría –y notoriedad– más deprisa que los que no se «mojaron», los que se quedaron discutiendo pacíficamente de política en los cafés del boulevard Saint-Germain. Por implicarse demasiado, se les condenó para siempre a ser sospechosos a los ojos de aquellos que no lo hicieron, o que no creyeron en ello, y quizá incluso a los ojos de la historia. ¿Es este el reverso de la moneda de todo compromiso? A mi regreso de La Habana, me permitieron acceder al 17
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archivo de Paris Match: artículos impactantes de estilo novelesco y grandes fotografías en blanco y negro que relataban la trágica situación de mi padre, encarcelado en un calabozo perdido en medio de Bolivia. Ante aquellos documentos, mi corazón se encoge: me emociona la seriedad, la dignidad de mis padres, la pureza y lo implacable de su compromiso. Le muestro a mi padre los vestigios de esa «prensa burguesa» que él tanto ha fustigado. Se encierra en el mutismo y por fin dice: «En aquella época era posible escribir reportajes extensos.» ¿Es el pudor lo que le obliga a encerrarse de ese modo? En las entrevistas, lo resuelve diciendo: «La cárcel te ofrece una oportunidad formidable: tienes tiempo para leer y escribir.» Pero durante su detención no siempre tuvo acceso a los libros ni tranquilidad para la reflexión. ¿Acaso esa alegre cantinela le permite conjurar los malos recuerdos? Esa experiencia puede ser anecdótica para ciertas personas, ya que muchos se han dejado la piel en ella, pero, en relación con una vida, resulta forzosamente determinante. ¿Un apellido implica valores? ¿La filiación supone obligaciones? Toda pertenencia es una cárcel; toda leyenda una servidumbre. «Debemos profundizar en nuestras pertenencias, cultivarlas, visibilizarlas. Y si la mirada de otro intenta transformar ese regalo original en una tara, entonces tenemos que [...] convertir la vergüenza en orgullo», dice Mona Ozouf. Programa ambicioso..., intimidante por su amplitud. He escarbado para intentar comprender mejor el recorrido de mis padres, esos seres desgarrados y tan previsores como torpes. Para mostrarme más indulgente con ellos. Para asimilar su herencia simbólica. Yo que soy en todo lo opuesto a ellos: una familia estable, una existencia prudente, ordenada y organizada, lejos del poder y de la intelligentsia. Me encontré entonces con un laberinto de complejidades y sutilezas que he intentado desentrañar. 18
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No soy testigo, ni especialista, ni mucho menos juez. Tengo el privilegio de conocer el final de la historia y de haber frecuentado a personas y lugares que son actores de esta aventura novelesca. Tengo la desventaja de estar convencida de los estragos que provoca el compromiso político en la existencia. De despreciar dicho compromiso cuando se convierte en arribista. Y de ser impermeable a la mística de la lucha y de los mañanas gloriosos. Los ideales no me hacen soñar: soy pragmática, realista y me baso en los hechos. Durante una mudanza, reaparecieron testimonios de su pasado familiar. Mi abuela había dejado unos archivos que ilustraban unos recorridos animados y pletóricos. Con ocasión de un robo con allanamiento, comprendí que aquellas pruebas eran frágiles. Aquellos talismanes –fotos, notas manuscritas, recortes de prensa–, a pesar de estar bien conservados, eran volátiles. Hubo que compensar su desaparición, reorganizar lo que quedaba, fisgonear. Mi instinto de historiadora me empujó entonces hacia los archivos. Pero resultaba más cómodo realizar una investigación sobre el Rey de España, todavía en funciones, que sobre las tribulaciones de mis padres en América Latina. Algunos archivos no se abrirán hasta 2051: ¡nada mejor para alimentar rumores y conspiraciones! Mi madre, preocupada por no traicionar sus compromisos de juventud y por proteger a mi padre –el divorcio no había mermado su lealtad–, aceptó responder a algunas preguntas, entre el bullicio de mis hijos y las comidas que nos prepara siempre con tanto talento. Finalmente comprendí que jamás podría entenderlo todo ni saberlo todo. Muchos de los aspectos de las vidas de mis padres permanecen opacos. La verdad, según Mona Ozouf, no reside «ni en lo que se dice ni en lo que se escribe, sino en lo que se hace». Únicamente ellos conocen sus 19
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verdades. ¿Quién puede explicarlas en su lugar? ¿Son héroes o renegados? Supervivientes en todo caso. Pertenecen a una época en la que las estrellas no eran los presentadores de televisión o los futbolistas, sino los intelectuales comprometidos. ¿Por qué me excluyeron de su historia? ¿Deseaban ahorrarme el papel esclavo de guardiana del templo? ¿O fue porque yo no estaba a la altura de la leyenda? ¿El sentimiento de culpabilidad propio de quien ha salido indemne de una catástrofe les impedía confiar en mí? De común acuerdo, no querían relacionarme con su pasado. Me gusta pensar que deseaban protegerme de él. He descubierto hechos que no habría querido conocer. A veces el mito fantaseado es preferible a la cruda realidad. ¡Menuda idea realizar una investigación sobre mis padres en el momento en que empezaba a ser madre yo misma! La búsqueda de mi identidad llegaba con algo de retraso. Para protegerme, les consideré los héroes de una película de aventuras cuya historia, romántica, complicada y a veces dramática, acababa bien gracias a mi nacimiento. Aunque mi llegada acentuara el deterioro de una pareja y de un compromiso... He avanzado siguiendo el hilo de la comprensión y la lucidez, intentando no vacilar. He aquí la crónica de una película que conjuga la pequeña y la gran historia.
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