Para AndrĂŠ, valeu
EL LUGAR, LA IDEA DEL LUGAR
Mundo mundo vasto mundo... CARLOS DRUMMOND DE ANDRADE Olvidamos pronto las ciudades amables. Puede que al final sólo nos acordemos de las que fueron crueles al recibirnos. A mí me pasó con Río. Llegué justo después de una ruptura, tras unos meses desastrosos en el norte de Brasil. Me quedaba algo ahorrado y vivir allá resultaba barato. Europa se lanzaba a sus navidades siniestras y pensé que el sol del verano austral de una ciudad desconocida sería una forma de esquivar la tristeza que se me vendría encima al volver a casa. No dejó de llover ni un solo minuto de la primera semana, mientras buscaba piso. Era puente y la ciudad se había quedado vacía. Diluvios horizontales barrían la playa desolada, la humedad empañaba los espejos y el cristal de las gafas. El sol ni se adivinaba, y a las cinco de la tarde, de golpe, el día de perros se volvía noche de lobos. Una de ellas, por pura desesperación, decidí ir solo a una discoteca del centro. Casi no había salido del hotel y empezaba a pensar que la terapia de choque de aquella cura geográfica iba a ser peor que la enfermedad. Nunca he hecho un viaje más largo e instructivo que aquella hora en taxi a través del viento y la lluvia: a la derecha se sucedían las playas de la Orla durante kilómetros, una tras otra; incluso a esa distancia y sobre el ruido del motor se oía el estampido de las olas gigantes contra la arena. A la izquierda, barrios y barrios sin nombre: altos edificios iluminados, pisos donde desconocidos disfrutaban sin saberlo de la felicidad de estar en su casa, en su ciudad, de tener amigos y planes para el día siguiente y no dudar sobre su lugar en el mundo. Acabé echando mano de la autocompasión, ese último recurso del viajero solitario. El taxi iba dejando atrás el telón majestuoso de la fachada marítima de Río. Sin que yo pudiera nombrarlos ni distinguirlos, como el bucle de una linterna mágica en mi ventanilla, desfilaron Leblón e Ipanema y la punta del Arpoador bajo sus grandes reflectores humeantes, los seis kilómetros de Copacabana y Leme, Botafogo con sus bares y cines llenos de gente, las casitas bajas y misteriosas de la Urca, los portales señoriales de Flamengo y la parte
antigua de la ciudad, Glória y Catete y los rascacielos de Cinelândia. Se abrió el desfiladero de rascacielos de pesadilla de la Avenida Rio Branco, y al fondo acechaban los barrios encaramados a los morros, Gávea, Cosme Velho y Laranjeiras, Santa Teresa y los millones de luces temblorosas de las favelas de una ciudad que hasta no hace mucho ni siquiera las hacía figurar en sus mapas. Habría querido ver el Corcovado, pero no sabía dónde mirar. Y de todas formas las nubes bajísimas tapaban el cielo: como mucho se distinguía tras ellas un resplandor que más que velar sobre Río pesaba como una amenaza. El centro estaba desierto a aquella hora y lleno de casas en ruinas, surcado por autopistas elevadas y poblado de personajes de película posapocalíptica. «Dios mío», pensé, absorto en mi papel de astronauta perdido en planeta hostil, «jamás penetraré en esta ciudad implacable. Es demasiado grande, demasiado ajena.» Siempre he pensado que los viajes en taxi pueden llevar muy lejos. No creo que olvide nunca el mío en aquel coche cuyo destino ya ni recordaba. Debo decir que la terapia funcionó a la larga, y que seguramente empezó a funcionar justo entonces. También debió de ser el momento en que empecé a querer a Río: dándome de bruces con el desconsuelo que recubre su belleza. Esa mezcla, esa inhumanidad, probablemente la convierte en la ciudad más humana del mundo. Acabé viviendo allí dos años. Muchas veces, después, he andado y desandado ese mismo camino: a pie, en bici, en coches propios y ajenos, en taxis que ya no parecían llevar directos al infierno o al limbo. En Río leí a Drummond de Andrade y los versos famosos (deprimentes o vigorizantes según el día, como la ciudad misma): O primeiro amor passou. / O segundo amor passou. / O terceiro amor passou. / Mas o coraçao continua. La ruptura que había provocado el viaje siguió el camino de todas las rupturas, dio paso a otro amor, y luego a otra ruptura: en Río conocí a V. y acabé mudándome a su casa allá. El paisaje de la ciudad se hizo familiar, aprendí a llamar cada barrio por su nombre y a reconocer en cada uno los edificios y las ventanas de amigos, y mis edificios favoritos, que eran también amigos –y hay tantos edificios hermosos en Río, la ciudad con la arquitectura más gozosa del siglo XX. Aprendí que Río –o al menos su Zona Sur– no es tan grande como aparenta, que detrás de sus fachadas imponentes frente al mar muchos barrios acaban a las dos calles contra la pared de roca o de selva de los morros. El susto metafísico de aquella primera noche se ha vuelto admiración y afecto –y a veces, como sucede con lo que amamos, impaciencia y enfado. Pero nunca desde aquel viaje
en taxi he perdido el respeto por la ciudad y por el país entero al que, para bien o para mal, sirve de emblema, de primera carta de presentación y último recuerdo. No estoy seguro de que la admiración sea el grado más alto del amor, pero sí es lo más peligroso que uno puede sentir por una ciudad o un país. También lo más complicado de explicar a los demás, lo que más difícilmente justificaría un libro como éste. Los gustos de los otros nos interesan más o menos, nos divierten a veces, suelen dejarnos indiferentes. Pero las admiraciones ajenas, si no son compartidas (o peor, si lo son), irritan pronto: nos parecen siempre mal encaminadas. Y con razón, porque siempre lo están. No hay nada admirable en algo tan vasto, tan variopinto, como una ciudad. Quien explica las razones que justifican la suya no puede dejar de ver al mismo tiempo todas las objeciones posibles, tan ciertas o más que sus motivos. Y ni Río ni ninguna ciudad corresponden nunca a nuestra devoción. Admirar una ciudad es como admirar un animal de la selva, un gran pez en el mar: no se deja coger ni acariciar o se ofrece indiferente a la caricia, que se vuelve sólo roce (porque una caricia lo es sólo si el que la recibe la nota, si la entiende o la desea). En uno de sus últimos poemas, Elizabeth Bishop recuerda uno de sus viajes por el interior de Brasil, muchos años atrás, y escribe un verso interesante: «Me gustó el lugar; me gustó la idea del lugar.» Como pocas ciudades en el mundo, Río tiene ese carácter doble: es un lugar y es una idea de lugar. Encarna para muchos, desde hace mucho, una imagen y un deseo, precipita y renueva una fantasía vieja como la Humanidad. Comparte un hueco en el mapamundi imaginario donde figuran Jauja, Shangri-La, Xanadú, Eldorado. El paraíso terrestre, la cidade maravilhosa donde reinan la belleza, el sol, la calma y la voluptuosidad de los cuerpos, la alegría de un Carnaval perpetuo. Los lugares, por supuesto, corrigen siempre sobre la marcha la idea que los acompaña. También le pasa a Río, que fue construyendo la suya entre una y otra guerra mundial, al tiempo que edificaba Copacabana. Antes del alegre samba, codificado en los años treinta, sonaba allá el melancólico choro, que significa llanto y heredaba la saudade del fado portugués. Antes de ser una ciudad de música y sol donde según Nelson Rodrigues las semanas eran de siete domingos,
Río había sido una metrópoli industrial y lluviosa. Hay que atribuir al genio de los cariocas la capacidad de hacer olvidar, después de sufrirlo o mientras se sufre, que tiene uno de los climas más húmedos y algunas de las nubes eternas más desesperantes del mundo, y hay quien atribuye a la lluvia incesante parte de culpa en el suicidio de Stefan Zweig cerca de Río: en invierno y en primavera – yo lo aprendí por las malas– pueden pasar semanas enteras de diluvio. Lo sabemos todos: Río es también una megalópoli de injusticia y de desigualdad clamorosas, de pobreza y violencia coaguladas en unas estructuras sociales perversas mantenidas mediante una represión constante. Detrás del telón verde de la floresta de Tijuca, al otro lado de los barrios burgueses de Ipanema o Leblón, hay kilómetros y kilómetros de barrios y favelas mucho menos resplandecientes cuyo nombre no reconoce todo el mundo a la primera y que ahora el lenguaje bienpensante quiere rebautizar (y desdibujar) como comunidades. En realidad desbordan ese telón verde: trepan a los morros y se asoman a las playas donde la juventud dorada carioca pasa sus siete domingos semanales al sol. Desde cualquier tumbona se ven las casas apiñadas que recuerdan que algo no va bien en la postal. Es verdad que en Río la playa ayuda a todos a simular por unas horas, como el Carnaval por unos días, que todo sucede para bien en el mejor de los mundos posibles: que el mar y los cuerpos al sol son signo de un mundo donde no hay racismo ni asesinatos ni tráfico de drogas entre los barrios ultrarricos y las favelas míseras. Una dosis de olvido colectivo que es a la vez tentadora y exasperante y trágica, como tantas cosas brasileñas. Incluso si olvidamos esto (y ya es mucho olvidar) sería injusto pedir a Río, como lugar, que esté a la altura de su idea de lugar. Siempre hay, tras las alegrías del sol y la carne, una punzada de desesperanza: ese aguijón es muy astuto. Reconocemos en su pinchazo visible el dolor del invisible que llevamos dentro. Quizá es el que nos hace volver siempre a por más. La Garota de Ipanema de Vinícius y Jobim, uno de tantos himnos oficiosos de la ciudad, es en realidad una canción amarga sobre la belleza que se escurre entre los dedos («¿Ah, por qué todo es tan triste?», se pregunta de pronto Tom Jobim, congelándonos la sonrisa y desvelando el corazón helado en el centro de la canción). Hay forasteros que eligen no ver todo esto, y hay otros que no soportan convivir con esas contradicciones como lo hacen los propios cariocas. Quizá prefieren olvidar que las capitales europeas o norteamericanas se las han arreglado para escamotear la cuestión transformándola en un asunto puramente topográfico: bastaría que Washington o Filadelfia fueran tan accidentadas como
Río para que sus propios barrios pobres quedaran a la vista de los suburbios ricos y los centros de negocios que pueden permitirse seguir ignorándolos con mejor conciencia. Ha bastado que el Mediterráneo se estrechase un poco para que en Madrid o Berlín o Roma esas millas marítimas suprimidas dejen de proporcionar su coartada moral al ensueño de paz y aceras limpias. Esa contradicción permanentemente a la vista hace de Río, para quienes nacieron allá, para quienes la eligieron como lugar de exilio, un lugar problemático. Lo reprimido, lo que a la vez sabemos y elegimos olvidar, se manifiesta tozudo en ella, latiendo detrás de cada placer, de cada momento de belleza, de cada ilusión de felicidad. «El lugar/la idea del lugar»: quien viaja y vive en los lugares sobre los que ha soñado y en cuya idea ha elegido creer se enfrenta al trabajo difícil de poner casa en la contradicción entre ambos. Puede que eso pase con todos los lugares. Quizá simplemente el viaje, la lejanía de lo que llamamos casa, nos deja más vulnerables y dispuestos a apreciarla. En aquel taxi de Río yo sentí que era irresoluble y, más todavía, que esa irresolución me ataba justamente a la ciudad que la volvía material y palpable y caminable. A falta de conformarme con ella o resignarme al fatalismo empecé desde muy pronto, en Río y luego en España, a seguir la pista de quienes la habían sentido antes y dejado una huella escrita que podía rastrearse. Escritores de fuera que habían vivido en Río y lidiado, cada uno a su manera, con el contrasentido que plantea al viajero voluntario o al desterrado a la fuerza. A menudo, como me pasó a mí, unos y otros eran los mismos o cambiaban sus papeles según el humor o la hora del día. Descubrí enseguida lo evidente: que hay tantos Ríos como personajes lo vivieron. El Río de placeres solitarios y rutinas tranquilas de Manuel Puig; el Río cutre y hostil en su indiferencia al que se enfrentó Rosa Chacel; el Río dolorosamente ajeno al fondo de las fotos del suicidio de Zweig; el Río glamuroso de los cincuenta, de las casas ultramodernas, las intrigas políticas y la bohemia dorada que conoció Elizabeth Bishop. «¿Deberíamos habernos quedado en casa / dondequiera que eso sea?» Se lo pregunta Bishop en el verso que cierra su poema Cuestiones de viaje. Apátrida a pesar suyo, llegó a Río para quince días y se quedó quince años. Más que un
hogar, encontró en Brasil un sitio desde el que preguntarse, una y otra vez, por lo que significa esa palabra. Creo que justamente ésa es la cuestión de viaje que une las maneras distintas de vivir la ciudad (y por extensión, de vivir lejos de casa, dondequiera que eso sea) de los cuatro. El exilio tiene sobre la escritura resultados inesperados, a veces incomprensibles. El escritor trasplantado es una especie de explorador en un mundo del que sólo nos llegan noticias lejanas y que muchos ignoran toda su vida: este mundo mismo en el que la mayor parte del tiempo estamos sin estar, del que sólo muy raras veces, como aquella noche en taxi por Río, adivinamos toda su indiferencia y toda su vastedad. El escritor que sale de su casa y se construye lejos una nueva puede asumir su exilio de muchas maneras. En realidad exilio es una forma de referirse aquí a muchas situaciones: incluye el destierro, la mudanza, incluso el turismo. Puede rechazar todo lo que tenga que ver con el sitio en que ha recalado, negarse a ocuparlo y a dejarse ocupar, negarse a verlo y a dejarse ver. Puede abrazarlo con el furor del converso, dejar atrás su pasado (o creer que lo ha hecho), camuflarse hasta disolverse. Puede elegir vivir en un tercer lugar, dar a la casa perdida los colores de un sueño idílico y habitar una patria idealizada a la que no podrá volver porque nunca existió. Puede, en fin, viajar entre todos esos sitios posibles sin moverse, dejando que el lugar de su nueva vida cambie y se vuelva alternativamente (o simultáneamente) jardín de delicias y museo de horrores. Río es un destino especialmente complicado para un destierro. Es fácil saber qué sentir cuando uno está exiliado en un lugar detestable. Estamos bien entrenados para añorar tierras prometidas y suspirar por un norte al que apuntar la brújula de nuestros deseos y nuestras razones, de lo que sentimos y lo que escribimos. Es más desconcertante que el valle de lágrimas se transforme, de repente, en playa de placeres. Estamos acostumbrados a sentirnos desterrados del paraíso, pero ¿qué podemos hacer cuando nos sorprendemos desterrados en el paraíso? ¿Cuando se nos ofrece a manos llenas una belleza, una ilusión de plenitud, que no queremos o no sabemos aceptar? Otra vez la doble cuestión viajera. ¿Deberíamos habernos quedado en casa, dondequiera que eso sea? Antes de aquel viaje espacial por la noche de Río hubo
otro taxi y otra noche, justo la de mi llegada. El avión de Salvador aterrizó con mucho retraso por culpa del mal tiempo. Era tan tarde que el coche no encontró atascos en el camino del aeropuerto a la Zona Sur: recorrió como un bólido las autopistas elevadas sobre los kilómetros y kilómetros de casas bajas y favelas que lo separan del centro, entró y salió de los túneles excavados en la roca viva de la Tijuca. Debimos de pasar esa primera noche junto a la Lagoa de Rodrigo Freitas, que se abre majestuosa justo a la salida del último túnel y que la autopista convertida en avenida bordea antes de llegar a los barrios de la playa. Pero la verdad es que no recuerdo que me impresionara nada de aquel paisaje descompuesto en luces borrosas y goterones de lluvia. Por fin frenamos un poco, aparecieron semáforos y enfilamos una calle a una velocidad que ya permitía distinguir algo más que manchas fugaces. El taxi se paró en un cruce y yo miré por la ventanilla y vi lo único que de verdad habría podido sorprenderme entonces. Al pie de la acera encharcada y desierta a aquellas horas, iluminado como una imagen de un sueño o como un recuerdo de infancia, protegido por una puerta de cristal macizo, me topé justo con lo único que no esperaba ver. Porque yo contaba con que mi primera imagen de Río fuera algo indefiniblemente «tropical» o «exótico» o «distinto». Y sin embargo vi algo que ya había visto mil veces antes: un portal de aires dignos y domésticos, con su lámpara de pergamino difundiendo una luz mortecina, con sus muebles de madera pesada y oscura en el más puro estilo Remordimiento español, con sus flores de tela mustia y su facsímil de mapa antiguo enmarcado y amarilleando ya tras el cristal de su marco. Un portal burgués y españolísimo del que casi llegaba el olor a moqueta y a encerado y a guiso, un portal como tantos otros madrileños de Chamberí o Argüelles, sorprendentemente reconocible, ni demasiado ostentoso ni demasiado extraño, un portal familiar de una clase media y un tipo de vida que no aspira a más ni se conforma con menos, a los que servía de umbral y resumen. Como una burbuja fuera del tiempo y del espacio, aprisionada tras el cristal, bañada en su propia luz, perdida en la noche de la ciudad vastísima y displicente y ajena, surcada de autopistas y de haces de luz bajo la lluvia. En otro poema, Bishop habla de «mi proto-casa soñada, mi cripto-casa soñada». Y leyendo sobre su estancia y la de otros escritores en Brasil descubrí que todos, como yo mismo, habían tenido en Río esas dos sensaciones que en principio deberían excluirse. La de sentirse forasteros sin remedio, y la de encontrar en ella la casa soñada donde poder descansar, dar por terminada la búsqueda. Siempre estamos volviendo a la casa del padre, dice Novalis. Y a lo
mejor pensaba algo así Stefan Zweig cuando describió Petrópolis como una variante tropical del Salzburgo que tuvo que abandonar a la fuerza; o Puig cuando reconstruyó en su piso de Leblón una versión corregida de la casa y el cine que marcaron su infancia; o Chacel cuando entrevió en una cabañita del Botánico de Río un lugar en el que cerrar la herida abierta del exilio; o Bishop cuando recién llegada escribió a sus amigos que se sentía «como si hubiese muerto e ido al Cielo sin merecerlo». Ninguna de esas ilusiones fue duradera: todo el mundo sabe que Zweig acabó suicidándose en ese mismo Brasil que por un momento le pareció puerto seguro. Y ni Puig ni Chacel ni Bishop encontraron en Río el paraíso terrestre que funcionase como meta de sus viajes y sus exilios, tan diferentes. El portal iluminado de mi llegada a Río quedó atrás, junto con su promesa imposible de reconciliación de lo lejano y lo casero, lo infinitamente exótico y lo infinitamente doméstico. Pero que no creamos (que sepamos que no podemos creer) en las promesas que encarna Río no significa que no queramos seguir escuchándolas. Una contradicción más: las «cuestiones de viaje» fundamentales para los escritores desterrados son las mismas, independientemente del lugar donde acaben. Y, a la vez, no todos los lugares plantean las mismas: Río hizo nacer unas preguntas y ofreció unas respuestas que habrían sido distintas en otros lugares (o ante otras ideas de lugares). Los exiliados en Río escribieron, como yo ahora, para formular una y otra vez, aun sabiendo que quedarán sin respuesta, las eternas cuestiones de viaje, generales y abstractas. Y al mismo tiempo retrataron una ciudad y un lugar desesperantemente, hermosamente, obstinadamente, particular y concreto. Hablaron de las inconstancias de su amor, de la admiración y el desprecio, la ignorancia y la complicidad ante una ciudad que promete regalar lo que siempre nos fue negado y retira lo que parece ofrecer a manos llenas. Que materializa un sueño e inmediatamente (no, simultáneamente) muestra su reverso de pesadilla. Que solicita nuestra admiración y la desdeña, que se hace la sorda cuando la alabamos y afina la suspicacia cuando la criticamos, que incluso mientras lo niega se propone como imago mundi y versión a escala del vasto mundo de Drummond de Andrade por el que tratamos de orientarnos, de asentar nuestros pies, de escribir mientras decidimos si deberíamos habernos quedado en casa, dondequiera que eso sea.
Edición en formato digital: abril de 2016
© Javier Montes, 2016 © EDITORIAL ANAGRAMA, S.A., 2016 Pedró de la Creu, 58 08034 Barcelona ISBN: 978-84-339-3717-9 Conversión a formato digital: Newcomlab, S.L. anagrama@anagrama-ed.es www.anagrama-ed.es