Edición en formato digital: marzo de 2016
© Martín Caparrós, 2016 © EDITORIAL ANAGRAMA, S.A., 2016 Pedró de la Creu, 58 08034 Barcelona ISBN: 978-84-339-3707-0 Conversión a formato digital: Newcomlab, S.L. anagrama@anagrama-ed.es www.anagrama-ed.es
Para Marta, este dĂa, las noches, estos aĂąos
Esta gloriosa batalla, sin ruido, sin sangre, emprendida casi con la certeza de la derrota o de lo infructuoso del triunfo, que consumió la existencia de Echeverría... JUAN MARÍA GUTIÉRREZ, 1871
El Suicidio 1823
1 Se pregunta si realmente lo está haciendo. Está perdido. O quién sabe extrañado: lejos de alguna parte. Está perdido o quién sabe extrañado y se pregunta si realmente lo está haciendo: hay momentos en que lo que le pasa es eso. Hay momentos en que querría saber si de verdad está haciendo eso que hace; saber, también, si hace lo que hace porque decide hacerlo o porque cae, como quien cae, como quien se desliza. Está perdido, sorprendido: siente en la mano la pistola, la mira, la aprieta en la mano derecha vuelta puño. Se pregunta si realmente, de verdad. La pistola es así: la empuñadura de madera oscura con una incrustación de bronce muy gastada; el gatillo también de bronce y, justo encima, el martillo como el pico de un pájaro sin pájaro listo para caerle al pedernal y producir la chispa que haga volar la bala única; y, por fin, el cañón, sobre su cuña de madera: el cañón es de bronce y está picado, ennegrecido. Lo mira, piensa que quizá no funcione, no sabe qué pensar. Siempre se preguntó por qué su padre había dejado esa pistola. Sobre su padre no tiene respuestas. Por suerte, piensa, cada vez tiene menos preguntas. Llegará un día, piensa, en que no quiera saber nada. Un día en que no quiera saber nada. Echeverría está sentado en el borde de una cama de hierro, malpintada de blanco, una colcha de lana color marrón dejado, la camisa desabrochada hasta mitad del pecho, los pelos negros enredados, la pistola en la mano, y ya lleva dos horas de tormentos: he sufrido en dos horas tormentos infernales, dirá después, y que una especie de vértigo se amparó de sus sentidos y ofuscó su razón, dirá: que ofuscó su razón. Para decir que lo había poseído la idea de la muerte: la idea de la muerte se enseñoreó, dirá, de todas mis potencias. Dirá que la idea de la muerte se enseñoreó de todas sus potencias y que en vano forcejeaba por desasirse de ella: en vano yo forcejeaba por desasirme de ella, dirá, y que con
mano poderosa lo apremiaba, lo arrastraba hasta el borde, dirá: con mano poderosa ella me apremiaba, me arrastraba hasta el borde de la tumba y señalándome el abismo me decía: dirá que señalándole el abismo le decía pusilánime, aquí está tu reposo, dirá: aquí está tu reposo, un golpe solo y serás feliz, dirá: feliz. Echeverría mira la pistola como quien mira un insecto que no tendría que estar ahí, que no va a irse. Es un crío, sólo que no lo sabe –porque los críos nunca saben. Echeverría, esta noche, no ha cumplido dieciocho años. Matarse, en esos tiempos, es matarse. El suicidio siempre es un gesto terminante: acabar con lo que hay, con –casitodo lo que hay. Para quien no imagina ninguna forma de vida más allá de esta vida, para quien cree que la muerte es el final sin fin, el suicidio sólo adelanta lo que, de todos modos, no puede más que suceder: una cuestión de tiempo. En cambio, para quienes consiguen seguir creyendo que su dios les garantiza más cosas más allá, matarse es matarse: acabar con cualquier esperanza de una vida larga y venturosa en la otra vida. Para la superstición más difundida de ese tiempo, matarse es matar y, como tal, un pecado mortal. No matarás es una orden general, que excluye a los enemigos de la Patria o de la Fe pero no a la propia persona: se puede matar infieles o invasores, no a uno mismo. Así que quien se mata se mata: condena a su alma a arder en el infierno por un tiempo tan largo que algunos sólo saben llamarlo eternidad. De algún modo, matarse fue la primera manera de matar a Dios. Nadie que creyera en su existencia podía elegir esa muerte que le abría las puertas del infierno; matarse, entonces, es decirle al dios que no te temo –pero el único modo de no temerle es que no exista. Filósofos defendieron, en esos años, la elección de matarse; Johann Wolfgang von Goethe era un joven abogado de familia rica cuando publicó, 1774, una novela que tituló Las penas del joven Werther: penas de amor, soledades de amor, suicidio por amor. El amor irrumpía en la conciencia de Occidente, el amor se hacía necesidad en Occidente y Werther fue furor, la moda Werther fue furor: por toda Europa los jóvenes ricos se vestían à la Werther, hablaban à la Werther; miles se suicidaron à la Werther. La primera gran rebeldía juvenil consistió en no dejar nunca de ser joven: negarse por la vía radical a envejecer.
Echeverría mira la pistola –ese animal extraño, tan fuera de lugar en su mano apretada– y no piensa en amor: piensa en las culpas que el amor produce. En su madre, muerta el año pasado. En su certeza de que su madre se murió por su culpa. La suya, piensa, la mía, por mi estupidez y mi desidia y mi lascivia y mi crueldad, piensa: por mí, por mi culpa grandísima. Un ojo por un ojo, dicen, piensa: un hijo por su madre, yo.
2 Toda persona tiene derecho a creerse, de algún modo, con razones mejores o peores, con mayores o menores condiciones, única. Si cuando empieza a intentarlo, a sus siete u ocho años, se encuentra con que lo asedian tres hermanas y hermanos mayores y –ya entonces– cuatro hermanas y hermanos menores, la tarea se le complica mucho. José Estevan Antonio Echeverría –Echeverría– había nacido en un pueblo del confín del imperio español, Buenos Aires, el 2 de septiembre de 1805, cuarto hijo de José Domingo, un inmigrante vasco, y Martina Espinosa, nacida y criada en esa misma aldea. La aprieta, la mira, se sorprende. La aprieta, como si su mano no esperara que él la guíe. Nadie sabe quién será cuando pasen dos siglos. Nadie, nada, es la respuesta más probable –pero unas pocas veces se equivoca. Si don José Domingo Echeverría no hubiera engendrado, entre sus ocho o nueve hijos conocidos, a José Estevan, su nombre se habría perdido –como se pierden casi todos– en las arrugas de la historia. Aun así, nadie sabe –casi– nada de él. Suponemos que era vanidoso: sus cuatro hijos varones se llamaron, como él, José –y después algo más. Aunque quizá, más que a la vanidad, su persistencia respondiera a la falta de imaginación, al convencimiento de que debía mantener la única tradición que podía recordar de su familia y sus tierras lejanas, a una superstición que, como suele pasar con las supersticiones, no quedó registrada. Echeverría tampoco supo mucho de su padre. En algún momento de su vida le pareció importante saber en qué año había llegado a Buenos Aires. Para entonces, su madre ya había muerto y él mismo estaba exiliado en Montevideo: no podía preguntarlo. Así que, reconstruyendo, extrapolando a partir de los pocos indicios que tenía, supuso que habría desembarcado en 1786. Sabía que podría haber sido 84, 87, 85, incluso 89; prefirió tomar una decisión, arrogarse un derecho: su padre había llegado al puerto de Buenos Aires en el invierno de 1786. Alguna vez su madre le había dicho que la primera sorpresa de su padre fue que el puerto de Buenos Aires no tuviera puerto y el barco lo dejara río adentro y debiera bajar con el agua a las rodillas y que un carretero le pidiera
fortunas para llevarlo hasta la orilla y terminara llegando a hombros de un marinero fortachón, un mestizo que lo transportó por mucho menos. Después le dijo que su segunda había sido el frío: que nunca se le había ocurrido que en estas tierras pudiera haber invierno y que, para más inri, el invierno sucediera en medio del verano, julio, agosto. Sí llegó a saber –su madre se lo había contado– que su padre había salido de un pueblito de Vizcaya con veinte años poco más o menos y que había decidido venir a Buenos Aires porque hacia allí partía el primer barco que se encontró en el puerto de ¿Guecho? Durante muchos años, Echeverría se avergonzó de que su origen pudiera ser algo tan confuso: sus amigos sabían qué habían hecho sus padres, sus abuelos; sus amigos cargaban sus ancestros como estandartes, como escudos. Con el tiempo, según fue haciéndose mayor, la sorpresa reemplazó a la vergüenza: no era posible que la vida de un hombre se disolviera tan fácil en la nada, se decía, para decirse que sí, que era posible. Entonces, a veces, la sorpresa dejaba su lugar a la desesperanza más extrema. Pero no sabe siquiera si la pistola –que sigue apretando, el puño blanco del esfuerzo sobre la cacha de madera oscura– era de su padre. Piensa que quizá fuera de su padrastro. Qué curiosa, piensa, la palabra padrastro. Qué curioso que de una palabra tan entera, la palabra padre, puedan surgir palabras tan extremas, tan extremadamente opuestas como patria y padrastro. Y la pistola, qué pena no saber. Sí sabe que la historia de su padre es la historia de un fracaso. Se pregunta qué historia no es la historia de un fracaso. Se sonríe de sí mismo pensando en el fracaso de su padre con la mano apretada en la pistola: la historia de un fracaso. Que llegó a Buenos Aires porque en su Vizcaya, donde su familia comía salteado, donde no veía ninguna posibilidad de prosperar, había oído hablar de esa ciudad –de ese poblacho– al sur del sur donde algunos paisanos suyos se habían hecho ricos. Y que nada más llegar se regodeó con las historias de un Juan Esteban de Anchorena, por ejemplo, que todos le contaban: uno que había llegado, como muchos, con una mano atrás y otra adelante y montado una pulpería modesta casi suburbana pero había ahorrado día tras día y después ampliado sus operaciones y, cuando ya tenía juntado algún dinero, se había casado con la hija pobre de un señor de apellido y que ahora formaba parte del Cabildo y la buena sociedad y que sí se podía; no contaban –no solían contar– las historias de las docenas que no lo consiguieron.
Su padre, sabe –supone– Echeverría, llegó con veinte años cargado de apetitos y entusiasmo y unas monedas que usó para comprar unos aperos que vendió por más, y más aperos y más y así, dos años después, pudo instalar una especie de pulpería en el barrio del Alto donde vendía vino, aguardiente, yerba, sal, tabaco, aceite, legumbres, dulces, alguna ropa basta, herramientas menores, más aperos. Era un cuarto a la calle con una ventana y un alero y unas rejas, y el barrio del Alto era difícil: empezaba donde acababa la ciudad, al sur, más allá del Zanjón del Hospital, camino al Riachuelo, donde paraban las carretas que llegaban del campo; en sus calles de barro, entre sus casitas de ladrillos de adobe, pisos de tierra, techos de tejas o de pajas, vivían trabajadores del puerto, pequeños artesanos, vendedores de chucherías ambulantes, unas pocas familias desterradas del centro y negros y mulatos y mestizos varios; en sus calles de barro abundaban cuchillos. Pero el joven José Domingo, se diría, supo acomodarse y palmo a palmo fue creciendo. Su destino parecía encaminado, y tanto que, poco antes de cumplir los treinta, el señor José Juan Espinosa, funcionario de Correos con ínfulas de linaje y bastantes apuros y casa derrengada en la calle de San Francisco, no dudó en entregarle a su hija Martina en matrimonio. Echeverría sabe –su madre se lo había dicho– que el vasco solía decir que lo que más le gustaba era no deberle nada a nadie. Y que después lo había traducido en una frase alambicada –que quizás había leído o escuchado: que su emigración, su llegada a ese puerto sin puerto lo habían convertido en un artífice de su propio destino. También sabe –por su madre, de nuevo– que disfrutaba tanto de comer carne, mucha carne, todos los días: tanto el poder de esos mordiscos, la carne entre las manos, el despilfarro de tirar trozos enteros: qué dirían en mi pueblo si me vieran, solía decir, contaba ella: no lo podrían creer, qué pensarían. Y eso que eran una familia casi pobre: la casita, la pulpería, tres o cuatro caballos y solamente dos esclavos, Jacinta la cocinera y su hija, una nena gritona que no servía para nada. La mira, la aprieta, piensa en dejarla sobre la colcha de lana mal teñida: le habría gustado que la pistola fuera de su padre. Echeverría se pregunta por él, cómo sería: qué querría, además de ganar dinero y pasearse los domingos por la tarde del brazo de una señora respetable y cuatro o cinco chicos; que si habría pensado alguna vez en volver a su caserío en las montañas vascas, que si se preguntaría también qué había sido de su padre o sus hermanos, que si peleó cuando invadieron los ingleses o le daría lo mismo,
que si, cuando llegó la revolución, se habría sentido desvalido o asustado o alborozado o interesado en quién sabe qué supuestas oportunidades de negocio, que qué pensaría de sus hijos: que qué, por supuesto, de él, ese chiquito que no tenía más de diez años cuando don José Domingo, que ni siquiera era un señor mayor, a quien sólo los más pobres trataban de don, se murió de un día para el otro. Eso sí se lo había contado su madre muchas veces. Echeverría detestaba escuchar a su madre contarle la muerte de su padre: cada vez que ella empezaba, cada vez que respiraba hondo, cada vez que se mordía el labio inferior con sus dientes amarillos, cada vez que le mostraba, con demasiados gestos, que estaba tratando de no hablar, Echeverría pensaba decirle mama, cállese o, incluso, irse, pero, por supuesto, no lo hacía: no habría sabido hacerlo. Entonces ella, cada vez, inevitablemente, hablaba: le contaba la muerte de su padre y el tono era de reprimenda, de advertencia, le pasó a él pero te va a pasar a ti si no te cuidas. Padre, piensa: encerrado en una vida que parecía recompensa y se le fue transformando en cacerola. Padre, piensa: sin poder salir, sabiendo que no podría salir, intentando dos o tres noches por semana esos escapes sin salida que lo devuelven al lugar de siempre. Padre, piensa: tan incapaz de una salida verdadera. Era, solía empezar su madre, una noche de noviembre, tranquila, calurosa, y yo estaba afuera, bajo el alero, cosiendo una camisa y esperando su vuelta. O, mejor dicho, ya no lo esperaba: sabía que podía llegar a cualquier hora porque tu padre llegaba a cualquier hora, se iba cuando cerraba la tienda y nunca me decía adónde iba ni cuándo volvía pero yo sabía que se iba, como tú, por esos andurriales, seguramente por la Recoleta, a jugar, a beber, a quién sabe qué más; que yo no lo esperaba, te digo, pero a veces llegaba, me sorprendía y llegaba. Aquella vez me sorprendió: llegó no muy tarde –quizás eran las nueve, quién sabe ya las diez–, un poco tambaleante. Yo me levanté para ayudarlo, porque a veces todavía, no sé por qué, yo pensaba que tenía que ayudarlo, y él me dijo mujer, ten cuidado: me gritó, casi, mujer, ten cuidado. Yo le dije pero hombre, qué te pasa, ¿no ves que estoy tratando de ayudarte? Tu padre podía ser tan brusco. Y entonces me dijo que sí pero que tuviera cuidado porque lo había mordido un perro, en una pierna lo había mordido un perro. Yo me asusté: tú sabes cómo son esas cosas de los perros. Pero él me dijo mujer, no te preocupes, ahora me lavo y mañana estoy bien. Así que se lavó la pierna y se fue a dormir la
mona. Y tú ya sabes cómo terminó: en mitad de la noche se levantó con ese dolor, las babas, el ardor, todo eso de la rabia, y yo mandé a tu hermano a buscar a un médico pero no encontró, era esa época en que todos se habían ido con el ejército de San Martín, no había ni uno y los que había no quisieron venir hasta el Alto a esas horas de la noche pero bueno, todo eso tú lo sabes, y más que nada sabes que esa mañana muy temprano se murió, decía su madre, los ojos secos, los ojos con el odio de quien no quiere perdonar. Y Echeverría, algunas veces, que trataba de decirle que no se pusiera así, que cualquiera tiene un accidente, y entonces ella, amarga, desolada, que un cuerno un accidente: –Tomaba. Cómo tomaba. Esa noche, si no hubiera tomado, jamás lo habría agarrado el perro ese. Y siempre, casi siempre, su relato terminaba con su madre acariciándole la cabeza, el pelo negro con sus manos gastadas, ásperas de gastadas, y diciéndole que se parecía tanto a él. Su madre le decía que se parecía a su padre, a José Domingo; se lo decía con una mezcla de nostalgia y reproche y, ahora, mientras aprieta con los nudillos blancos, Echeverría piensa que habría querido preguntarle por qué la parte de nostalgia: que entender esa nostalgia lo tranquilizaría. Su madre nunca le había parecido dada a la nostalgia: la veía como una persona entera, sin dobleces, uniforme –y la nostalgia le hacía pensar irremediablemente en pliegues, en un cuerpo que se retuerce para vivir al mismo tiempo tiempos diferentes. Después, mucho después, empezaría a preguntarse si no es casi una obligación ver en las madres seres simples, enteros, sin dobleces. Si se puede crecer viéndolas de otra manera: como si fueran cuerpos, entes que se tuercen. Pero su madre ha muerto. Ya lleva un año muerta: un año muerta. Echeverría se pregunta si eso la hace más muerta o menos muerta, si la muerte aumenta con el tiempo, disminuye. Su madre –ahora lo sabía– había crecido con la promesa de otra vida. Semejante, quizás, en muchas de sus circunstancias: una vida hecha de obedecer, parir, cuidar esposo e hijos, alimentar esposo e hijos, preparar a las hijas para cuidar esposo e hijos, adorar a su dios y temer a sus curas, hablar con sus amigas pero nunca muy claro, coser, tejer, decidir las comidas, mandar a seis o siete esclavos, socorrer a los pobres, vestirse para su esposo –para sus amigas–, parir,
obedecer, educar en la obediencia a sus hijas e hijos, escuchar a su esposo si alguna vez su esposo quería hablarle, apoyar a su esposo si le pedía su apoyo, recibir a su esposo cuando quisiera entrarle, obedecer, parir, rezar, regar, regir la casa, educarse cada día en la aceptación de su destino. Pero lo que no estaba en el diseño de su vida era la falta, aquellas apreturas: que su esposo, primero, no hubiera sido lo que debía y prometía –por el juego, por el alcohol, por la cólera fácil, por sus errores también seguramente– y, después, que se le hubiera muerto así de fácil, dejándola tan desguarnecida. Pero él sabía que, por más desastres que hubiera hecho su padre, era él, Echeverría, quien había terminado por matarla. Por eso esta noche, marzo del 23, sus diecisiete años, en su cuarto de suelo de ladrillos, a la luz incierta de una vela, agarra su pistola y se la apoya contra la sien derecha, tembloroso: que agarra su pistola y que se la aplica al cerebro, dirá: tomé mi pistola, apliquémela al cerebro, dirá, con la mano hecha un puño, blanca, casi pétrea, dirá, el dedo firme en el gatillo, dispuesto a hacer lo suyo en el gatillo.