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Esta es una obra de ficción. Los nombres, personajes, lugares e incidentes son producto de la imaginación del autor, o se usan de manera ficticia. Cualquier semejanza con personas (vivas o muertas), acontecimientos o lugares de la realidad es mera coincidencia.

MORDISCOS Título original: Chomps © 2012, Carl Hiaasen Traducción: Martha Macías Degollado Diseño original de portada: © 2012, Alfred A. Knopf D.R. © 2019, Editorial Océano, S.L. Milanesat 21-23, Edificio Océano 08017 Barcelona, España www.oceano.com D. R. © 2019, Editorial Océano de México, S.A. de C.V. Homero 1500 - 402, Col. Polanco Miguel Hidalgo, 11560, Ciudad de México info@oceano.com.mx Primera edición en Océano exprés: enero, 2019 ISBN: 978-607-527-795-0 Todos los derechos reservados. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita del editor, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo público. ¿Necesitas reproducir una parte de esta obra? Solicita el permiso en info@cedro.org.mx Impreso en México / Printed in Mexico

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Este libro es para Quinn, Webb, Jack y, por supuesto, para Claire, quien sugirió el afilado título.

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Por sus conocimientos y las muchas historias salvajes reales aportadas, estoy agradecido con Joe Wasilewski, un reconocido biĂłlogo de fauna silvestre y domador de animales de primer nivel. Nadie es mejor que ĂŠl para entrar en razĂłn con una serpiente de cascabel malhumorada o un cocodrilo hambriento.

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UNO

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ickey Langos se había quedado sin trabajo desde que una iguana muerta que cayó desde una palmera lo golpeó en la cabeza. La iguana, que falleció durante una helada severa, estaba tiesa como un palo y pesaba casi tres kilos y medio. El hijo de Mickey pesó el cadáver en una báscula de pesca antes de guardarlo junto a la comida de las tortugas, en un congelador que había detrás de la cochera. Lo hizo después de que la ambulancia llevara a Mickey al hospital, donde los doctores le dijeron que sufría una contusión grave y le ordenaron reposo; y para sorpresa de todos, Mickey ¡sí reposó! Pero sólo porque tras la lesión veía doble y padecía de terribles jaquecas. Perdió el apetito y bajó más de ocho kilos. Se pasaba todo el día tirado en el sofá viendo programas de televisión sobre naturaleza. —Nunca volveré a ser el mismo —le dijo a su hijo.

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—Déjalo, papá —contestó Wahoo, el hijo de Mickey. Mickey le puso su nombre a Wahoo en honor a Wahoo McDaniel, un luchador profesional que alguna vez había jugado como linebacker en los Miami Dolphins. El hijo de Mickey hubiera preferido llamarse Mickey hijo, Joe o incluso Ruperto: cualquier cosa menos Wahoo, que en inglés también era el nombre de una especie de pez marino, el guajú. El nombre le pesaba. De forma natural, la gente esperaba que alguien llamado Wahoo actuara extravagante y escandalosamente, pero ése no era su estilo. Todo indicaba que no podría hacer nada respecto a su nombre hasta que fuera adulto, momento en el cual Wahoo tenía toda la intención de ir ante el tribunal de Cutler Ridge y decirle al juez que quería un nombre normal. —Vas a estar bien, papá —le decía todas las mañanas a su padre—. Ten paciencia. A lo que Mickey respondía desde el sofá con los ojos tristes de un sabueso. —Pase lo que pase, me alegro de que nos comiéramos ese biiip lagarto. El día que su padre regresó del hospital, Wahoo había descongelado la iguana muerta para preparar un estofado que su madre, sabiamente, se había rehusado a probar. Mickey insistió en que comerse a la criatura que le había abollado el cráneo representaría 12

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un remedio espiritual, una “buena medicina”, según pronosticó. La iguana, sin embargo, tenía un sabor horrible y además empeoró las jaquecas de Mickey Langos. La madre de Wahoo se preocupó tanto que le dijo a Mickey que viera a un neurólogo de Miami, pero él se negó a hacerlo. Mientras tanto, los clientes le llamaban para ofrecerle trabajo, y Wahoo se había visto obligado a referirlos a otros domadores porque su padre no estaba en condiciones para trabajar. Cuando salía de la escuela, el muchacho se dedicaba a alimentar a los animales y a limpiar sus jaulas y corrales. El patio de la casa constituía, literalmente, un zoológico con sus lagartos, culebras, pericos, estorninos, ratas, ratones, monos, mapaches, tortugas y hasta un águila calva, que Mickey había criado desde que era un polluelo porque su madre había muerto. —Trátalos como a reyes —le indicaba Mickey a Wahoo, porque los animales eran bastante valiosos y sin ellos, Mickey se quedaría sin ocupación. Al hijo le consternaba ver a su padre tan enfermo porque era el hombre más duro que había conocido jamás. Una mañana, poco antes de que comenzara el verano, la madre de Wahoo le habló en privado y le dijo que los ahorros de la familia casi se habían agotado. 13

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—Me voy a China —dijo ella. Wahoo asintió como si no le preocupara. —Dos meses —continuó la madre. —Es mucho tiempo —comentó Wahoo. —Lo siento, mi caballero, pero realmente necesitamos el dinero. La madre de Wahoo era maestra de chino mandarín, un idioma sumamente difícil. Las grandes compañías estadounidenses con oficinas en China solían contratar a la señora Langos para que preparara en el idioma a sus ejecutivos más importantes. Hasta el momento, sin embargo, estas empresas habían mandado a sus empleados al sur de Florida para que ella les diera clases. —Esta vez quieren que yo vaya a Shanghai —explicó—. Tienen alrededor de cincuenta personas que aprendieron el mandarían con videos de mala calidad. El otro día uno de esos ejecutivos intentó decir “Qué zapatos tan bonitos”, pero sin querer terminó diciéndole a un ministro que tenía cara de papa. Ya te imaginarás, hijo. —¿Ya le dijiste a papá que te irás? —Ahora mismo se lo voy a decir. Wahoo se escapó al patio para asear el estanque de Alicia. Esta caimán era una de las estrellas de Mickey Langos. Alicia medía más de tres metros y medio de largo y era tan mansa como un pez guppy. Su apa14

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riencia, sin embargo, era tremendamente feroz. Con el paso de los años, Alicia había estado frente a las cámaras en varias ocasiones. Aparecía en los créditos de nueve largometrajes, dos documentales de National Geographic, un programa especial de Disney de tres episodios sobre los Everglades y un comercial de televisión de una elegante crema francesa para la piel. Mientras Wahoo sacaba las hojas muertas y las ramas secas del agua, Alicia tomaba el sol en medio del lodazal. Tenía los ojos cerrados, pero el muchacho sabía que ella lo escuchaba. —¿Tienes hambre, querida? Alicia abrió ampliamente las fauces, que por dentro estaban tan blancas como el algodón. Algunos de sus dientes estaban torcidos y astillados, mientras que las puntas estaban verdes, debido a las algas del estanque. —Deberías de usar hilo dental —le dijo Wahoo. Alicia respondió con un siseo. Él se fue a buscarle comida. Cuando la caimán escuchó el rechinido de la carretilla, abrió los párpados a media asta y giró su enorme cabeza blindada. Wahoo le lanzó un pollo desplumado entero a sus fauces abiertas, cuyo sonido al morder el ave descongelada tapó las voces que salían de la casa: los padres de Wahoo “hablando” del viaje a China. Wahoo le dio a Alicia dos pollos más, cerró con candado la entrada al estanque y salió a caminar. Cuando 15

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regresó, encontró a su padre sentado en el sofá y a su madre en la cocina preparando bocadillos de salchichón para el almuerzo. —¿Te lo puedes creer? —le dijo Mickey a Wahoo—. ¡Nos va a dejar colgados! —Papá, estamos arruinados. Los hombros de Mickey cayeron hacia delante. —No tanto. —¿Quieres que los animales se mueran de hambre? —preguntó Wahoo. Apenas hablaron mientras se comían sus bocadillos. Cuando terminaron, la señora Langos se puso de pie y dijo: —Los voy a extrañar. Ojalá no tuviera que irme. Luego entró a su recámara cerrando la puerta. Mickey parecía aturdido. —Antes me gustaban las iguanas. —Estaremos bien. —Me duele la cabeza. —Tómate tu medicina —dijo Wahoo. —La tiré a la basura. —¿Cómo? —La tiré. Esas pastillas amarillas me estreñían —Wahoo negó con la cabeza. —Increíble. —Es en serio. No he evacuado bien desde el domingo de Pascua. 16

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—Gracias por contármelo —respondió Wahoo. Entonces comenzó a llenar el lavaplatos tratando de no pensar en que su mamá estaba a punto de viajar al otro lado del mundo. Mickey se levantó para disculparse con su hijo. —Me estoy portando egoístamente. No quiero que se vaya. —Yo tampoco. Al domingo siguiente, todos se levantaron antes del amanecer. Wahoo arrastró las maletas de su madre hasta el taxi que la aguardaba. Había lágrimas en sus ojos cuando ella se despidió de ellos con un beso. —Cuida a tu papá —le dijo al oído. Y luego le dijo a Mickey. —Quiero que se mejore, caballero. Es una orden, ¿de acuerdo? Mientras observaba cómo se alejaba el taxi, el padre de Wahoo tenía un aspecto desolado. —Es como si nos abandonara dos veces —comentó. —¿A qué te refieres, papá? —Veo doble, ¿recuerdas? Veo cómo se va con un ojo, y luego cómo se va con el otro —Wahoo no estaba de humor para ese tipo de bromas. —¿Quieres huevos para desayunar? Después el muchacho se fue al patio para lidiar con un latoso mono aullador llamado Bromista, que con un alambrito había abierto el candado de su jaula y ahora 17

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brincaba por el patio molestando a loros y guacamayas. Wahoo tenía que ser cuidadoso porque Bromista era revoltoso. Con una mandarina logró atraer al hosco primate de vuelta a su jaula, pero en el camino éste logró hundir uno de sus asquerosos colmillos en la mano del muchacho. —Te dije que usaras los guantes gruesos —lo regañó Mickey cuando Wahoo se lavaba la herida en el fregadero de la cocina. —Tú no te pones los guantes —señaló. —Sí, pero a mí no me muerden como a ti. Tonterías. A Mickey lo mordían continuamente, eran los gajes de su oficio. Tenía tantas cicatrices en las manos que parecían falsas, como las máscaras de plástico de Halloween. De pronto sonó el teléfono y Wahoo contestó mientras su padre regresaba al sofá para repasar los canales de televisión con el control remoto hasta detenerse en uno especializado en bosques tropicales. —¿Quién llamó? —le gritó a Wahoo cuando éste salió de la cocina. —Otra oferta de trabajo, papá. —¿Les has recomendado a Stiggy? El verdadero nombre de Stiggy era Jimmy Stigmore, otro domador de animales que poseía un rancho en el poblado de Davie. A Mickey Langos no le caía muy bien Stiggy. 18

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—No —contestó Wahoo. Su padre frunció el ceño. —Entonces, ¿a quién? No les habrás recomendado a Caspas, ¿verdad? Donny Caspas había perdido su licencia para importar animales salvajes cuando lo pescaron con un contrabando de treinta y ocho ranas arbóreas de una especie rara proveniente de Sudamérica. Las había ocultado hábilmente en su ropa interior, pero la aventura concluyó con una embarazosa escena en el aeropuerto de Miami: un oficial de la aduana notó que los pantalones de Caspas croaban. —Tampoco les he recomendado a Caspas. No les he recomendado a nadie. —¿Entonces? Ya me perdí —dijo Mickey Langos. —Les dije que aceptaba el encargo. Que podíamos comenzar la próxima semana. —¿Estás loco, hijo? ¡Mírame! No veo bien, apenas puedo caminar; mi cabeza está a punto de partirse en dos como una calabaza podrida. —¡Papá! —¿Qué? —Dije que podíamos, tú y yo juntos. —¿Y la escuela? —El viernes es el último día de clase. Ahora comienzan las vacaciones de verano. —¿Tan pronto? —el padre de Wahoo no se mantenía tan al tanto de la escuela como lo hacía su madre—. 19

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Entonces, ¿quién nos llamó para trabajar? —Wahoo le dio el nombre de un programa de televisión. —¡Para él no! —bufó Mickey Langos—. Ya me han hablado de ese patán. —Pues, ¿cómo te caerían ahora mil dólares? —De maravilla. —Pues serían mil dólares al día —Wahoo esperó a que esto último surtiera efecto—. Ahora, si quieres les llamo de vuelta y les doy el número de Stiggy. —¡Ni que fueras un zopenco! —el padre de Wahoo se levantó del sofá para abrazarlo—. Hiciste bien, hijo. Haremos que esto funcione. —¡Claro que sí! —respondió Wahoo, aparentando confianza.

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