Para mi abuela, Francis Rothel, cuyo versículo favorito era: «Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio» (2 Timoteo 1, 7)
Virgen
I Jake no tenía intención de mirarle los pechos, pero ahí estaban, ridículamente hermosos, resplandecientes casi, asomados al profundo escote del vestido azul claro. Había leído los artículos de prensa, por descontado. Recordó que, en uno de ellos, explicaba que apenas seis meses antes del primer tratamiento de radioterapia estaba amamantando a su hijo pequeño. Y entonces reparó en que no llevaba sujetador. ¿Qué habría dentro: implantes salinos o de silicona? ¿Y qué tacto tendrían, uno y otro? Puede que llevara demasiado rato mirando. (¿Cómo esperaba que la gente no se las quedase mirando con un vestido así?) Se había dado cuenta. ¿Se habría dado cuenta su mujer? Era poco probable. Se fijaba en él más bien poco últimamente. –Hay que ver, menuda casa –dijo él apresurado. Aunque no eran lo que se dice amigos, ella había estado en su oficina, con su hija pequeña, y habían estado comentando los planes de patrocinar una unidad móvil de mamografías. Habían conectado, le dio la impresión, y ese tiempo que habían pasado juntos persistía en su mente con la tensión de un problema. Pero ahora lo había pillado sin duda alguna mirándole los pechos, hacia los que debía de tener sentimientos extraordinariamente encontrados, y parecía molesta. –¿Qué significa eso exactamente? –Solo quería decir que tienes una casa muy bonita –respondió Jake. –Es demasiado grande, ¿verdad? No sabía qué responder: la casa, a kilómetros de la carretera y enmarcada, en esa tarde primaveral, por una exuberancia vegetal casi de otro mundo, era en realidad la finca de una antigua plantación que incluía alojamientos independientes para los criados y los esclavos; por supuesto que era, desde un punto de vista técnico, demasiado grande, pero ¿qué se suponía que tenía que decir? –Es preciosa –sorteó como pudo. Insatisfecha, se dirigió a su esposa: –¿Tú no dirías que una casa de este tamaño es demasiado grande, incluso para
una familia de cinco? Sheila, examinando el recibidor con su cara en forma de corazón levantada hacia el alto y enorme techo, pareció meditar la pregunta. Jake estaba muerto de vergüenza. Para su alivio, Sheila respondió que estaba segura de que a los niños les encantaba contar con todo aquel espacio. –La verdad es que mis hijos parecen ansiar espacios pequeños –dijo la anfitriona–. Los gemelos una vez se pasaron un día entero dentro de un cajón de embalaje. Cuando yo tenía su edad odiaba los sitios estrechos. Gritaba cuando la gente me cerraba la puerta del cuarto, que compartía con mi hermano y tenía más o menos el tamaño de un armario. Me temo que estamos condenados a querer lo contrario de lo que tenemos. –Se volvió de nuevo hacia Jake y dio la impresión de perdonarlo en ese mismo momento–. En fin, pasad y tomad algo. Qué pareja tan adorable hacéis, ¡como recién casados! La gente a menudo los tomaba enseguida por recién casados. A Jake eso le preocupaba, pero cuando le preguntó a Sheila si a ella le molestaba, se echó a reír. Le explicó que lo que quería decir eso en realidad era que la gente se los imaginaba enfrascados en sexo del bueno. Que Sheila diese a entender que conocía la diferencia entre sexo del bueno y sexo del malo también lo inquietaba. El problema de casarse con una virgen, comprendía ahora, era que te casabas con una chica que solo se convertiría en mujer después del matrimonio. –Ya me puedes soltar la mano –le dijo ella en la fiesta esa noche. No se había dado cuenta de que la llevara cogida. Sheila tenía veintidós años y se acababa de licenciar en música en la Universidad Bob Jones. Jake tenía veintiséis, y antes de este trabajo había sido reportero en un diario de Charlotte. Adoraba el pestazo a papel prensa que impregnaba su cubículo y los cierres a altas horas de la noche, la euforia que lo invadía después de entregar un artículo. Y entonces, en una fiesta –ella había ido en coche a Charlotte con unos amigos–, había conocido a Sheila, con su belleza reservada, al margen en cierto modo del ruido y el fulgor de aquellos veinteañeros luciendo su atractivo. Estaban en el apartamento de un amigo de un amigo. Cuando salió al balcón a fumar, se la encontró allí sentada en una silla de jardín, con un vestido azul turquesa que resplandecía en contraste con el atardecer anaranjado, mirándolo con una expectación tan palpable que Jake sintió que llegaba con retraso. Ella, con su pelo castaño rojizo y brillante y su
expresión perspicaz, le pareció descaradamente pura, y pasaron toda aquella cálida noche de verano sentados en el porche del apartamento de su amigo, observando a la gente a través de las puertas de cristal, inventando diálogos cómicos para ellos, analizando sus gestos. No había cenado. Alguien en un apartamento vecino estaba haciendo carne a la parrilla, pero a pesar del olor de los filetes, se quedó con ella. –Odio flirtear –dijo ella en un punto de la noche en el que la gente empezó a emparejarse. Él siguió la dirección de su mirada hasta el salón del apartamento, donde una chica cruzaba la sala a zancadas sobre unos tacones de aguja–. Y odio los zapatos de tacón alto. Jake había reparado, cuando salió al porche a fumar, en los tacones azules abandonados en el suelo, en sus pies descalzos. –¿Sabes por qué le gustan tanto a la gente? Él le respondió que siempre había pensado que era porque estilizaban las piernas, y ella replicó excitada: –Por la lordosis. ¿Sabes? El arco que traza la espalda de una mujer durante el apareamiento. La observó mientras ella se subía a sus tacones y le decía que prestara atención al efecto que tenían en su postura. –¿A que tenemos una cultura enferma? –dijo ella. Jake examinó su culo, sus pantorrillas tonificadas y le dio la razón sin reservas mientras proseguía con sus críticas, consciente de que también ella, con las mejillas encendidas a la luz de las lámparas que llegaba del otro lado del cristal, estaba excitada. Sheila le dijo que ojalá dejase de fumar, porque no quería que tuviese un cáncer, y él se apresuró a apagar el cigarrillo que se estaba fumando con el talón del zapato. Sheila le pidió que le diera el paquete y luego, mirándolo a los ojos, lo lanzó a sus espaldas por encima de la baranda. Él no sabía si debía estar enfadado o impresionado: Sheila era etérea, pero también un poco arpía. Cuando el fin de semana siguiente empezó a hacer planes de conducir hora y media hasta su pueblo para verla, le dio la impresión de que tal vez ya estaba enamorado. La boda se había celebrado en una catedral incrustada en la ladera de una montaña, al atardecer, con el verano a punto de terminar. Fue casi perfecta, solo enturbiada por un tío borracho y distanciado de la familia con el que tuvieron que lidiar los parientes de Sheila –alguien le había llamado un taxi antes de la ceremonia– y por su propia madre, que se presentó justo cuando el cuarteto
comenzaba a tocar la primera pieza con la falda y la blusa que había llevado la noche antes en el ensayo. Se sintió silenciosamente humillado –sabía que había bajado hasta Atlanta después de la cena para encontrarse con un hombre con el que había estado chateando por internet– y molesto por su aspecto escuálido, por su pelo canoso y demasiado largo. No quería imaginársela envejeciendo sola. Pero la tensión se desvaneció tan pronto como Sheila, con su vestido color marfil, los hombros descubiertos, se encaminó al altar. Y aunque era ella la que avanzaba hacia él, a Jake le embargó la sensación de que era él quien se acercaba a ella, y no sintió ni una pizca de ese miedo sobre el que le habían advertido otros hombres casados. Sheila había empezado con las excusas cinco meses atrás. Estaba viendo la tele, bebiendo una cerveza después del trabajo, y ella entraba en el salón y le anunciaba que tenía que salir a por papel de cocina, o que tenía antojo de helado y había olvidado comprar la última vez que había salido. «Yo te acompaño», le decía él. Pero ella alegaba que no tardaría mucho, o que quería escuchar un CD nuevo, y eso significaba que quería estar sola. Jake no había tardado mucho en comprender que ella prefería escuchar sola los discos nuevos, porque él no tenía mucho oído, al menos en comparación. Así que dejaba que se marchase. A veces volvía enseguida. Pero algún que otro día habían pasado horas. Los jueves tenía ensayo de noche con la orquesta, y después de una de las sesiones no volvió a casa hasta cerca de las dos de la mañana, diciendo que había ido a tomar un café con una amiga de la orquesta y que había perdido la noción del tiempo. Esa noche, él había llegado con el coche al mismo tiempo que ella cruzaba como un rayo la acera, y recordaba que le había parecido especialmente arreglada para ir al ensayo, con el pelo, por lo general liso, ondulado como cuando salían por ahí. Después de abrazarse, ella se había vuelto a cogerle la mano y la había estrechado con detenimiento al tiempo que de un modo confortador –demasiado confortador– le masajeaba la palma con el pulgar. «Sáltatelo», le había rogado él, para ponerla a prueba, pero ella hizo como si no lo oyera. Se echó a reír y se encaminó a su coche. Una tarde, cuando pretendía llamar a su mujer a casa, oyó la voz de su madre en el teléfono: había marcado su número por error. Estuvieron charlando unos minutos. Pero al hacerle lo que le parecieron preguntas inofensivas, debieron de
filtrarse en su voz parte de las sospechas que le despertaba su mujer, porque su madre comenzó a reírse de él. –¿No somos los dos un poco mayorcitos para que andes controlándome? «Controlar» era el término que utilizaba ella para referirse a las indagaciones más torpes de su hijo acerca de su vida sentimental, las que hacía siendo adolescente. –¿Qué he dicho? –preguntó él, con un sentimiento de frustración bien conocido. –No es lo que dices –le explicó ella, con la exasperación propia de una hija hacia su padre–. Es el tono. Me hablas como si hubieses llegado ya a la conclusión de que te voy a decir algo que no quieres oír. O como si cualquier cosa que pueda decir es mentira. Jake pensó en cómo era ella cuando estaba enamorada; en cómo, cuando era pequeño, se agachaba para mirarlo a los ojos con aquella intensidad antes de ir a la escuela, y sus manos rozaban su pelo y sus mejillas antes de acabar descansando leve, reverencialmente, sobre sus hombros; en cómo, una vez fuera, cruzando el aire frío camino de la parada de autobús se sentía un ser sagrado, envuelto en la calidez del amor de su madre y el milagro de su propia luz. Entonces era demasiado joven para comprender los efectos del romance: que ella le dispensaba el excedente de los sentimientos hacia otro hombre. En las pausas entre hombre y hombre nunca era capaz de tocarlo exactamente de la misma manera. Jake suspiró. Cuando le hacía daño se convertía para ella en todos los hombres que le habían hecho daño. –¿Qué más? –Solo espero que no le hables a tu mujer como me hablas a mí –respondió ella. Quería confiar en su mujer, de verdad que quería. Pero no podía evitar darse cuenta, en público, de cómo Sheila devolvía un tipo de miradas masculinas en las que antes no parecía reparar. Estaba hablando con ella de alguna película que acababan de ver, o del trabajo, y notaba cómo sus ojos se apartaban de él para examinar la espalda de un joven camarero o los hombros de un hombre mayor que su padre. Alguna que otra vez, hasta había llegado a ver cómo intercambiaba una larga mirada con un desconocido y le brindaba una media sonrisa insinuante –justo delante de sus ojos–, y cuando Jake le preguntaba si lo conocía, que era su manera de decirle que la había pillado, ella respondía: «Es solo que me ha recordado a alguien que conocía.» O, con tono desconcertado, desdeñoso, como
si Jake estuviese paranoico: «Solo estaba siendo amable.» No solo era desagradable por lo que era en sí, sino también porque era la clase de comportamiento que asociaba a su madre. De nuevo sentía ese desasosiego de cuando era pequeño, atesorando nervioso los cortos periodos de paz que tenían entre amante y amante, y temiendo en todo momento que cualquier desconocido que encontrasen en una tienda, en el parque, el zoo o el museo pudiera muy bien acabar en su casa. Comprendió la facilidad con que las noches de cine y las cenas de tortitas, los sábados por la mañana leyendo el periódico juntos –su madre interrogándolo divertida sobre lo que hubiese leído y deleitándose en sus respuestas («¿Por qué no me ayudas a entender eso, don Sabelotodo?»)–, eran reemplazados por la comedia de su enamoramiento, por un monstruo (repugnante, fuerte e imbécil, le parecía siempre a él) que lo quería ver muerto. Ahora, en esta fiesta, en esta noche de primavera, en este caserón enorme, en el que una sala daba paso a otra como en un laberinto, todas ellas acogedoramente agradables, con su inteligente discordancia de muebles y alfombras orientales, como el interiorismo de una revista, tendría que vigilar a Sheila. O sería incapaz de vigilarla. Ya notaba cómo quería apartarse de él y salir a explorar, y sabía que lo haría. Ella, como de costumbre, parecía ajena a sus sospechas. –Esa mujer... es tan interesante... –dijo, con una sonrisa, refiriéndose a su anfitriona–. Me pregunto si era así de curiosa antes de ser rica. Llevaba un vestido azul oscuro sin tirantes. No dejaba de echar atrás los hombros descubiertos y de estirar los brazos. De un tiempo a esta parte, daba la impresión de que estaba siempre haciendo estiramientos, sobre todo en público. –Lo dudo –respondió él, que había decidido no desvelar todo lo que sabía de ella (como si fuese posible explicar lo que sabía)–. Las cosas así cambian a la gente. –¿Tú crees que cambian de verdad, o solo lo parece? –preguntó ella, examinando la multitud. Sheila preferiría estar en el lado contrario. Ella era así. Nunca delataba ninguna culpabilidad acerca de lo que le estaba haciendo, y que se comportara con tanta normalidad estando con él lo llevaba a pensar que o lo amaba tanto que sus sentimientos hacia otros hombres no afectaban a sus sentimientos por él, o que no lo amaba en absoluto–. Porque yo creo que ya lo llevas todo dentro. Lo que tú eres. Cuando termina la infancia. Lo que creo es que te vas volviendo una versión más y más pura de lo que ya eres. –Quieres decir de quien ya eres. –No, no quería decir eso –dijo en voz baja, pensativa, como hablando para sí.
II Supo que era virgen en la tercera cita, comiendo pasta en un restaurante italiano, después de que el camarero les ofreciera la carta de vinos. –¿Sabes? Supongo que debería decírtelo: yo no bebo. Mis abuelos de uno y otro lado eran alcohólicos, así que en mi familia no bebe nadie. Pero no me importa que tú bebas. Y además supongo que debería decirte también que no me acuesto con nadie. Hasta que me case. O sea, que soy virgen. El sexo para mí no es solo algo físico, sino algo profundamente espiritual que quiero experimentar solo con mi futuro marido, al que quiero entregarle mi pureza como regalo. No quiero que te lleves una idea equivocada. Comprendió que no era la primera vez que Sheila soltaba ese pequeño discurso, que lo presentaba al mismo tiempo como un desafío y un disuasivo. Pero a él no lo disuadió. Para entonces había caído fascinado ya por el milagro de su boca, de sus manos, de su pecho alzándose al respirar. Le venían pensamientos que le avergonzaba demasiado expresar en voz alta: despertar en un lecho intacto de nieve, flores recién cortadas, el olor de pan horneándose. Pensó, curiosamente, en mujeres saliendo del agua del estanque local, el pelo mojado aplastado contra los hombros, regueros de agua resbalando en cascada por sus miembros desnudos. En primaria, el día de la foto del anuario, había visto en el patio el vestido nuevo de una niña con el bajo blanco marfil salpicado de barro. Se descubrió ajustándose los puños de las mangas, alisándose el pelo. –Respeto mucho eso –le dijo. Hasta la imagen de su tenedor pinchando la comida le resultaba ahora intrigante. Ella no pareció sorprendida. Las fotos de Sheila de niña le revelaron a una persona con gafas, turbadoramente flaca, con ropa holgada. Sus padres eran unos fundamentalistas devotos que tenían la televisión en blanco y negro en el desván y una biblioteca reducida a los estudios bíblicos. De un modo cordial pero cauto, lo vigilaban con una mirada que Jake no sabía interpretar. Un recelo ribeteaba su aire de optimismo puritano, y sus voces iban derivando hacia unos tonos de advertencia que a él le resultaban escalofriantes cuando el sol se acababa de poner y el beige del salón parecía gris antes de que encendieran las lámparas. Pero los constantes ofrecimientos de aperitivos y de té de la madre lo tranquilizaban. –La gente nace con un vacío en su interior –dijo el padre, un hombretón
barbudo que trabajaba en la construcción. Mientras hablaba acariciaba, suave, rítmicamente, el lomo enmarañado del viejo terrier de la familia, con una mano tan ancha como el propio perro–. Si no lo llenas con Dios, se hace más grande. El vacío engendra vacío. La nada engendra nada. –Y el amor engendra amor –añadió la madre. Era una mujer esbelta con una sonrisa afable, el pelo oscuro cortado como un chico y camisa una talla más grande. –El amor engendra compasión –la corrigió el padre–. Y la compasión engendra amor. La compasión es el amor de Dios. La madre de Sheila asintió enérgicamente. Sheila estaba concentrada en quitarse las cutículas y levantó la cara para lanzarle una mirada con los ojos en blanco. (Ella era así: a veces se tomaba la religión en serio, a veces hablaba de ella casi como si les siguiera la broma.) –¿Crees en el amor de Dios? –le preguntó su padre. Por supuesto, respondió Jake, aunque pensó: Por supuesto que no. Su madre había picoteado en todas las religiones importantes y en alguna de las secundarias, había flirteado incluso con el ocultismo, y a Jake la religión le parecía una anulación innecesaria y muy a menudo desesperada de la propia voluntad. Ese tono tan prendado de sí mismo que había en la voz de la gente cuando hablaba de su intimidad con un poder superior lo deprimía. Tenía que combatir la dentera cuando la madre de Sheila, que olía al mismo detergente para la ropa que usaba su hija, le daba un abrazo de despedida y le susurraba al oído: «Dios te ama.» Y cuando un mes antes de la boda –conteniendo la respiración, los ojos cerrados– dejó que el padre de Sheila lo ahogara en el agua de la pila bautismal de su pequeña iglesia de pueblo, sintió náuseas. Pero le gustaba imaginar a Sheila, con su pelo rojo y su expresión de tranquila curiosidad, saliendo de esa pequeña caverna de privación. En sus fotos de la universidad –en la sucesión de estas, desde el primer curso hasta el último– podías verla, a esa que él consideraba su Sheila, destacándose sobre el mundo. La caverna se convirtió en el trasfondo que la definía. Su cuerpo se hizo más grácil, los hombros se enderezaron, el pelo adquirió un tono rojizo aún más intenso, y la simplicidad de su ropa se tornó elegante; pero lo que más había cambiado era su forma de mostrarse ante la cámara. El semblante tímido y esquivo de la adolescente dio paso a una mirada de frente, sus ojos iluminados por algo parecido a la impaciencia. El uniforme –la falda larga de color caqui y la camisa blanca– parecía enfatizar la comodidad con su cuerpo, una comodidad que a él le transmitía un apetito sexual latente. Sheila tenía, con esos labios
carnosos, lo que sus amigos y él, de adolescentes, habrían denominado «cara de guarrilla», y la ironía del asunto le hacía reír. Pensaba, sentía, que ella se moría de ganas de perder la virginidad con él. Parecía transmitírselo a través de sus largas piernas, que dejaban al descubierto las minifaldas –llevaba siempre minifalda ahora que se había licenciado, salvo cuando visitaba a sus padres, para los que se vestía como la bibliotecaria de una escuela de primaria–, y con la manera en que presionaba los pechos contra él cuando se besaban. Cuando sus manos se pasaban de insistentes, Sheila apartaba la cara, con el largo pelo rojizo cayéndole en la boca, y le decía, con tono dulce y de disculpa: «Tenemos que parar», y se desenredaba de sus brazos. Era casi como estar con una chica de instituto. No le importaba. Su futuro juntos pronto había tomado forma en sus fantasías. Era pura, inteligente y talentosa –era primera viola en la orquesta del condado–, y apasionada. Una noche, hablando por teléfono, le contó que una vez, cuando después de deslizar el arco por las cuerdas en el primer compás de la segunda pieza de un concierto sintió las vibraciones del resto de los instrumentos de viento en torno a ella, se estremeció con lo que creía que fue una energía orgásmica. La formalidad de sus conciertos se convirtió para él –desde su asiento rodeado de desconocidos en el auditorio oscuro, mirando a Sheila, con su vestido negro, en el círculo de luz que compartía con los demás músicosen una especie de anticipo erótico. La primera noche, en la habitación del hotel, Sheila llevaba lencería de encaje negra y lo besó con entusiasmo; pero cuando sus manos y labios descendieron más allá de su vientre, empezó a tensarse. Le sujetó la mano y la apretó contra su muslo. Jake lo intentó de nuevo, y ella acabó por apartarse él, envuelta en las sábanas levemente rígidas del hotel, y se quejó de que estaba mareada por el viaje en avión. Él sabía que estaba asustada; habían pasado muchas cosas: la ceremonia, el vuelo, su primera vez en Londres (quería escuchar a la Sinfónica de Londres). Pasaron el resto de la noche acurrucados el uno junto al otro en la cama del hotel viendo películas europeas que parecían sugerir que la gente no era capaz de comprender jamás su auténtica realidad; todo con un tono de encantadora extravagancia. Se sintió mejor. Arropado. La frustración que provenía del cuerpo de Sheila apretado contra el suyo solo sería problemática de manera temporal. Le inspiraba ternura, en realidad, que supiera tan poco de los hombres.
Al día siguiente la vio animada y llena de energía, encantada con las vistas de la calle bulliciosa que tenían desde su ventana: las aceras lustrosas de lluvia, los escaparates, los londinenses con todo su espectro de paraguas. El viento soplaba con fuerza, el gris de la ciudad viraba a plateado. Desayunaron tostadas con alubias en una cafetería, y los dos bebieron demasiado café cargado mientras cavilaban qué hacer y ver primero. Pero, una vez en la calle, Sheila se fijó en la ropa de algunas chicas británicas –llevaban botas altas y minifaldas escocesas– y se lamentó de no tener nada que ponerse que estuviese de moda allí. ¿Le importaba si iban un rato de compras?, le preguntó. Dentro de una de las tiendas, se probó un par de botas negras como las que había admirado y unas cuantas faldas. Después de cada cambio se colocaba frente al probador y desfilaba para él. Lo último fue un vestido de cóctel de color rosa que le había llamado la atención al entrar. Era muy ceñido, con un corte más atrevido de lo que acostumbraba a llevar. Contempló con el ceño fruncido su imagen en el espejo de la pared, y en el reflejo se encontró con su mirada. ¿Le gustaba? Sí, mucho, le dijo Jake. Alargó la mano y acarició entre los dedos el bajo sedoso. –¿Podrías? Un susurro; hostil. Él apartó rápidamente la mano. Pese a que estaba sentado en una silla al lado del probador, le pareció que estaba a punto de perder el equilibrio; la visión de su espalda y el reflejo en el espejo se diluyeron en una sola masa pálida llena de brazos y piernas. Pero luego, en tono despreocupado, dijo que se veía rara vestida de rosa, se rió y desapareció en el probador. Jake se preguntó si habría imaginado el tono de antes. Compraron la ropa y el calzado y volvieron al hotel a dejar las bolsas. Sheila se puso las botas y una falda escocesa de cuadros rojos y negros y le cogió de la mano para salir de nuevo a la calle. Pasaron el resto de la mañana en la Tate. Cuando, por la tarde, regresaron al hotel para echar una siesta, lo intentó de nuevo. Esta vez tuvo una actitud más controlada y al mismo tiempo más agresiva, trató de engatusarla con besos y masajes más calculados. Quería hacerla avanzar con cuidado pero con urgencia, pensando que una vez superado el comienzo ella se relajaría. Contaba con que la primera vez le hiciese daño, pero no había entrado todavía cuando la cara de Sheila se transformó. En un primer momento, no comprendió que era odio. La vio gritar, con la boca extrañamente abierta, antes de oír el sonido. Y entonces lo abofeteó. Él no se apartó lo bastante rápido, estaba demasiado descolocado, y justo cuando empezaba a echarse atrás ella lo golpeó de nuevo, esta vez en la sien izquierda, y
casi le hace perder el equilibrio. Antes de que se quitara de encima, ella se escurrió de debajo de su cuerpo. Jake estaba conmocionado y avergonzado. Nunca había intentado que una mujer hiciese algo sexual que no quisiera hacer. Pero ahí estaba su esposa, su esposa, haciéndolo sentirse como un violador. Se alejó de él –retrocediendo sin apartar los ojos del cuerpo de Jake en ningún momentohasta que tuvo la espalda pegada al cabecero de la cama extragrande. Una vez allí, lo miró desde el otro lado de una extensión de sábanas blancas y se abrazó las rodillas. Le corrían las lágrimas por la cara. –Lo siento, pero no puedo –dijo–. Perdón. Lo siento –repitió. Parecía, imposiblemente, como si quisiera que la abrazasen y como si tal vez nunca más fuera a querer que la abrazaran. Jake fue temblando de la cama a la silla del escritorio. Allí sentado, desnudo, al frío de la corriente de aire de la ventilación, apoyó la cabeza entre las manos y la escuchó llorar. Era consciente de que aunque no quería tenerlo cerca, tampoco podía dejarla sola en el cuarto. Se levantó y encendió la tele, y los dos se quedaron mirando fijamente el parpadeo de la pantalla. El hombre era aquel tío suyo al que había echado de la boda y al que Jake, que se estaba vistiendo, no había llegado a ver. Cuando, en busca de alguna imagen en la que enfocar su rabia, le preguntó qué aspecto tenía el hombre, ella le explicó que era alto y delgado, con el pelo moreno. Que estos adjetivos pudiesen servir también para describirlo a él molestó un poco a Jake; aunque por otra parte era absurdo; un montón de hombres encajaban en esa descripción. Añadió también que el hombre tenía un ojo malo, que había tenido un accidente y se lo habían reconstruido, lo que hacía que la zona en la que el iris y la pupila se tocaban se viese dentada, «como un estallido», dijo. El abuso había consistido sobre todo en intensos manoseos, sin penetración en sí, pero dado que Sheila había crecido en un hogar tan conservador, el daño psicológico era profundo, insinuaba la terapeuta. Por el contraste, entendía Jake. Sheila tenía doce años. El tío y su mujer no tenían hijos, y la habían invitado a quedarse en su casa de Carolina del Norte durante el verano, mientras sus padres iban de expedición misionera a Lugansk. Al parecer, él trabajaba desde casa, y su mujer, en una oficina, y durante su ausencia el tío dejaba que Sheila viese películas y escuchase música que sus padres le tenían prohibidas. También le había dejado beber. La mujer había llegado temprano un día y se había encontrado a Sheila caminando por el salón en bragas. –Habíamos estado escuchando música en el dormitorio –le contó–. Yo no
había escuchado nunca a Bob Dylan, y a él le parecía increíble. Y yo me reía de él porque en aquel entonces la voz de Bob Dylan me parecía horrible. Me dijo que lo seguiríamos escuchando hasta que lo entendiera. Había ido llorando a ratos mientras hablaba, pero sus labios formaron ahora algo parecido a una sonrisa. La terapeuta descruzó las piernas. La sonrisa de Sheila se desvaneció. –Yo había ido a la cocina a buscar algo de beber. La tía Mira hizo como si fuese a decirme hola, pero luego no dijo nada. Se quedó mirándome las piernas, como si estuviese confundida. Al final dijo: «¿Qué estáis haciendo?», con voz normal, y yo le respondí: «Escuchando música.» Y ella dijo «¿Dónde está tu tío?», y yo supe que nos íbamos a meter en problemas, pero no se me ocurría qué decir. Tardé demasiado y supongo que me lo debió de ver en la cara, y además se oía desde el dormitorio. La radio, me refiero. Entonces fue a por él. Y luego volvió otra vez a donde estaba yo, todavía plantada en el salón, sin saber qué hacer. Estaba paralizada. Parecía que quisiera decirme algo, pero en lugar de eso vomitó. Estaba de pie en una alfombra buena, y recuerdo que se inclinó para vomitar en el parqué en lugar de hacerlo en la alfombra. »Mis padres vinieron al día siguiente, y mi padre se metió ahí en el cuarto cuando mi tía le explicó lo que había pasado. Creía que lo iba a matar. Pero cuando volvió a la cocina, donde estábamos nosotras, unos minutos después, dijo que mi tío estaba hecho un ovillo en el suelo y no se levantaba. Lo recuerdo diciendo eso. Mi madre quiso saber si yo le había hecho muchas preguntas a mi tío. Le dijo a mi tía que había notado que yo tenía la costumbre de mostrar interés. En otras personas. Y yo pensé: Pero ¿qué significa eso? ¿Quién no va a tener interés en otras personas? Hasta mi tía la miró raro. Estaba muy cansada. A esas alturas lo único que quería es que mi madre se callase. En el coche, de camino a casa, su madre le había preguntado si había dejado que su tío la tocara, y ella le dijo que no. –Así fue exactamente como lo dijo: si le había dejado –explicó Sheila–. Solo usó las manos, y no se quitó nunca la ropa, pero yo no le conté a mi madre nada de nada. Mi padre no abrió la boca en todo el camino. Y en casa iba por ahí con cara inexpresiva. Duró días. Y por un tiempo ni siquiera me miraba de verdad cuando hablábamos. No los volvimos a ver más. Mi padre hablaba con mi tío por teléfono de vez en cuando, por Navidad. Después de aquello su madre nunca volvió a tratarla igual. –Intentaba asegurarse de que mi padre y yo no nos quedásemos nunca solos en casa. Ella pensaba que yo no me daba cuenta, pero sí que me daba. Siempre.
Una vez volví de una fiesta de pijamas y se me debieron de caer unas bragas de la mochila por el pasillo, y una hora después la tenía en mi cuarto, agitándolas en mi cara. Casi gritándome. Como si pensara que lo había hecho a propósito. De nuevo rompió a llorar. Jake estaba perplejo. No había notado ninguna animosidad entre ella y su madre. –Mi tío era tan desgraciado... Se hacía el aburrido cuando estaba con mi tía, con todo el mundo, pero cuando estábamos solos se ponía contento. Decía que mi tía Mira lo odiaba porque no podían tener hijos, aunque el motivo de que no pudieran tenía que ver con ella. Por las secuelas del accidente que habían tenido. Decía que solo verme ya le hacía feliz. Que yo era muy guapa. »Mi madre odiaba esa palabra. Guapa. Cuando era pequeña y le preguntaba si yo era guapa, me decía: “Da igual que seas guapa o no. La belleza viene de ser pura de corazón.” Tenía razón. Estaba intentando ser buena madre. Yo lo entendía. Lo que no entiendo es por qué me gustaba tanto que me lo dijese él. Supongo que hasta entonces yo pensaba que no lo era. Pero él me dijo que sí. Que era demasiado pronto para que lo viera la gente en general, pero que lo verían. Todo ese rato había tenido los brazos cruzados sobre el pecho. Ahora subió las piernas a la silla y las sujetó enlazando los dedos. –Esa noche, en casa de mis tíos, después de que mi tía me viera, me desperté y él estaba sentado en el suelo, mirándome. No sabía si era real o un sueño. Yo dormía en el sofá del salón, y la tía Mira estaba en la cocina. El comedor quedaba en medio y no la veía desde allí, pero sí que veía la luz de la cocina encendida. Se había pasado casi toda la noche ahí. Era raro, pero olía como si estuviese cocinando algo. Yo no entré. O sea que estaba despierta. Me sentía fatal por ella. Y cuando abrí los ojos y lo vi allí sentado mirándome los cerré otra vez y fingí que estaba dormida porque no sabía qué más podía hacer. Él se sorbió la nariz. Y luego no hizo ningún ruido. Pero notaba que me estaba mirando. Se quedó allí mucho rato. Yo quería que se marchase. Pero al mismo tiempo no quería. Nadie me miraba como él. Yo odio que me miren. –¿Todo el mundo? –le preguntó la terapeuta–. ¿O solo los hombres? Sheila se volvió hacia Jake. Se secó la boca con el dorso de la mano. Tenía los labios descoloridos. A Jake le pareció que la terapeuta estaba excitada. Había algo en la forma en que se inclinaba levísimamente hacia delante, en cómo parecía tratar de mantener, y no tanto sentir de verdad, su atenta y paciente expresión. Dijo que Sheila estaba haciendo un «trabajo» magnífico, que los dos
estaban haciendo «trabajos magníficos», pero que por el momento tendría que cambiar la dinámica para obtener los mejores resultados. Después de eso, Sheila empezó a ir sola a las sesiones. Pasó el tiempo. Se planteó pedir la anulación, pero no en serio. Aún la amaba, y pensaba que con el tiempo, si seguía a su lado, podría demostrarle que su amor iba mucho más allá del sexo. No podía seguir casado para siempre con una mujer que no quería acostarse con él. Pero sí podía esperar. Intentó volcarse en su nuevo trabajo –que consistía en escribir discursos y comunicados de prensa–, y pasaba mucho tiempo en su despacho, un amplio espacio en un ala del hospital que en su día utilizaban los pacientes. Por este motivo, el despacho incluía un lavabo, lo que suponía que por las tardes, cuando terminaban las reuniones, podía trabajar largos periodos de tiempo sin tener que salir al pasillo. Había aprendido mucho tiempo atrás a controlar sus emociones para trabajar, y aquí, en su soledad, Sheila quedaba reducida a un estado de ánimo, a una película grisácea a través de la que veía los asuntos inmediatos importantes. Pero de vez en cuando ese estado de ánimo se volvía demasiado denso para ver a través de él; entonces le entraban mareos, sudores. Si ya estaba oscuro, acostumbraba a salir a buscar algún sitio en el que fumar dentro del recinto. Si era de día, dado que el hospital tenía una nueva directiva antitabaco que él mismo había impulsado de manera oficial, tenía que retirarse al vacío de baldosas blancas del pequeño lavabo, sentarse en el suelo con la espalda pegada a la pared, y esperar que llegase la calma. Siempre estaba esperando algo, daba la impresión. Dependiendo del humor, la idea le parecía hermosa, pero por lo general se preguntaba si sus ideales no serían ridículos. Allí, en el lavabo, intentando no pensar en Sheila, que a menudo no era capaz de disimular su decepción cuando él llegaba a casa, empezó a fantasear con compañeras de trabajo: una residente amuchachada; una mujer mayor de marketing que se había rozado contra él; Rachel Delaney, a la que había conocido en una reunión de todo el hospital, que junto a su esposo donaba ingentes cantidades de dinero al sistema, que había estado a punto de morir de cáncer y ahora parecía tan recuperada. Con Rachel Delaney especialmente. Ella no lo miró en absoluto como el resto de los donantes famosos, con sus trajes hechos a medida y sus zapatos de diseño. Llevaba el pelo rubio ceniza recogido de cualquier manera con una gran pinza de plástico, y una camiseta negra barata con una falda. La falda sí era elegante, de seda y con bordados, pero
las chanclas se caían a trozos. En un primer momento, cuando su supervisor los presentó durante una pausa de la reunión, no se fijó en que era guapa. La escuchó y fue asintiendo mientras ella hablaba, haciendo esfuerzos por concentrarse tras la que había sido su quinta reunión ese día. Y entonces de pronto ella se quedó callada y rebuscó en su bolso. Saco una pastilla de chocolate negro y se la metió en la boca. –Lo siento –dijo–. El chocolate es lo único que me sirve para no fumar. ¿Tú has fumado alguna vez? Lo dejó antes de casarse, le explicó. –Ya sé que no es lo más sano, pero no funciona nada más. El único problema es que ahora tengo sobrepeso. Pero cuando has pasado por lo que yo he pasado, prácticamente renuncias a la vanidad. –A mí no me parece que tengas sobrepeso. –Poco músculo y mucha grasa. Pero no te lo imaginarías si no me ves desnuda. Tenía una figura preciosa, y Jake se sonrojó al pensar en su desnudez. Cuando ella se dio cuenta pareció complacida por un momento, casi sonrió. –Me identifico con los gordos –prosiguió–. Me identifico con los moribundos, porque tuve cáncer una vez y es probable que vuelva a tener. También he sido adicta a los analgésicos, así que me identifico con los adictos. He sido pobre, y créeme si te digo que soy capaz de comprender que alguien cometa un asesinato; el asesinato, por desgracia, no es ningún misterio para mí –siguió divagando, con los ojos recorriéndolo de arriba abajo antes de encontrarse un instante con los suyos, solo para emprender de nuevo su ciclo nervioso–. Mi capacidad de empatizar es tan abrumadora que cada vez me resulta más y más difícil andar por la calle, tener una simple interacción humana. Pero como tengo esta habilidad, esta habilidad de empatizar, me hace sentirme culpable anularla. Lo que a su vez se convierte en otro tipo de tensión casi insoportable. Incluso ahora hablando contigo estoy intentando resistirme a lo que veo cuando te miro a los ojos. A veces fantaseo con estamparme los sesos contra un muro de ladrillo. Al llegar a este punto, Jake se agitó. Miró a ver si alguien más estaba escuchando. Nadie. Y entonces un vicepresidente los interrumpió y ella se puso a hablar con otra persona. Se alegró. Le había parecido que estaba medio loca. Pero al día siguiente, en la cafetería, le entró un extraño antojo de chocolate negro –aunque a él ni siquiera le gustaba el chocolate– y se compró una tableta pensando en ella y, sí, imaginándola desnuda. Ahora no podía evitar pensar en ella cada vez que fumaba.
En casa, su mujer empezó a encerrarse en el dormitorio para hacer unos ejercicios especiales recomendados por la terapeuta. Estaba aprendiendo, según entendió Jake, a masturbarse sin vergüenza. Parecía animada, incluso juguetona, cuando por fin bajaba las escaleras. A excepción de abrazos y besos superficiales, apenas habían vuelto a tocarse desde su luna de miel, y se movían por la casa tan educadamente que lo reconfortaba cualquier sonido imprevisto: el zumbido del aire acondicionado al ponerse en marcha, ella tirando de la cadena en el piso de arriba, los vecinos cerrando de un golpe la puerta del coche. Y aunque dormían en la misma casa, sus cuerpos estaban separados. Pero ahora Sheila empezó a acercársele por detrás y pasarle los dedos por el pelo, como solía hacer, antes, y ya no se ponía rígida cuando él la abrazaba. Se sintió aliviado. Y cuando interceptó una llamada por la que supo que había faltado a dos citas con la terapeuta, se quedó confundido, pero no preocupado. Sus explicaciones –un atasco por obras, un ensayo con la orquesta que se había alargado– eran verosímiles. Una tarde de enero, en mitad de la primera ráfaga de fina nieve, Sheila lo llamó al trabajo diciendo que necesitaba que fuese a casa, y lo sorprendió en la puerta con el mismo conjunto negro de lencería que llevaba en la luna de miel. En la cama, cuando probó, vacilante, a meter la boca entre sus piernas – esperanzado, pero todavía algo temeroso de que pudiese abofetearlo en cualquier momento– ella le dejó. Las cosas fueron normales. O, mejor dicho, fueron maravillosas: la casa y la cama calientes y la nieve cayendo al otro lado de la ventana del piso de arriba. Al día siguiente las carreteras estaban demasiado mal para ir al trabajo en coche, así que disfrutaron de lo que Jake consideró su luna de miel postergada. Esa noche, mientras él estaba tumbado de espaldas en la cama, felizmente agotado y pensando, divertido, que no solo habían conseguido sacar de sitio las sábanas sino la funda del colchón, ella soltó un suspiro de lo que Jake confundió en un primer momento con satisfacción y dijo: –Bueno, pues supongo que ya está. –¿El qué? ¿El qué ya está? –Se incorporó, confundido. Le había parecido que ella disfrutaba aún más de lo que esperaba para ser la primera vez; estaba casi seguro de que se había corrido. Ella no estaba en la cama, sino de pie al lado, apoyada contra la pared con los brazos cruzados. Se había puesto una de las camisetas interiores blancas de Jake. Estaba más delgada desde la boda; en la cena daba la impresión de que comía menos de la mitad de lo que ella misma se ponía en el plato.
–Ya sabes. El sexo. O sea, es divertido. Pero creía que... –Apartó la mirada de él y la llevó al cesto de la esquina en el que ponían la ropa sucia. No había hecho la colada desde hacía un tiempo, al parecer, y la ropa rebosaba del cesto–. Pensaba que la sensación sería más... Es solo tan... físico. Pues claro que era físico. Era sexo, dijo él, riendo con nerviosismo. ¿A qué se refería? –Esperaba un elemento espiritual –explicó Sheila–. Esperaba que fuese físico y espiritual. Fue como si lo golpease de nuevo; pero esta vez el cuerpo entero y no solo la cabeza. –Quieres decir que no sientes nada por mí. Clavó los ojos en el colchón, con las franjas gris claro al descubierto. –No. No. Te quiero... Es solo... Soy yo. Intento mirarte a los ojos y no puedo, sé que tendría que hacerlo, pero no puedo. Pero es divertido. Es genial. Soy yo, es solo eso. No tendría que haber dicho nada. Hablo demasiado. –Sheila. –Levantó la vista hacia ella, que tenía ahora la mirada perdida al frente, sumida en sus pensamientos–. ¿Has dejado de ir a la psicóloga? Ella cruzó los brazos con más fuerza contra el pecho y lo miró a los ojos antes de volverse de nuevo hacia la pila de la colada. –No. Estaba mintiendo, le pareció. –Vale –respondió él con suavidad. Sheila volvió a la cama y se acurrucó junto a él, con la cabeza apoyada en su pecho, el pelo rojo derramándose sobre su brazo. –No quería estropearlo todo –dijo con voz queda–. Lo siento. III Le perdió la pista muy pronto, cuando, al tiempo que unas compañeras de trabajo se aproximaban desde un lado, Sheila salió disparada hacia el contrario con la excusa de que necesitaba otro ginger ale. Jake estuvo charlando con ellas: unas mujeres del departamento de marketing, dos de las cuales eran jóvenes y guapas y parecían conscientes, de un modo infantil, de su atuendo de fiesta: los dedos jugueteando con pulseras y alisando el pelo, los cuerpos moviéndose en los vestidos formales con una inseguridad que no había atisbado nunca en el
trabajo. Pese a que le costaba seguir la conversación, logró ocultarlo. ¿Cuánto rato había pasado? ¿Quince minutos? ¿Treinta? Las mujeres siguieron circulando. En el extremo más alejado de la sala contigua (abarrotada, las paredes rojas) divisó a sus anfitriones hablando con otra pareja. El marido de Rachel, un hombre con barba y una mata de pelo grueso y rubio, parecía que contaba una historia, fingiendo enfado y haciendo gestos exagerados. Pero mientras que la pareja lo seguía sonriente, Rachel lo observaba con la mirada perdida y una copa llena de vino tinto descansando en el hueco de la mano. La sala tenía dos entradas, y en ese momento, desde el otro lado, una niña con un camisón blanco de franela –la hija de Rachel, la que había estado en su despacho– cruzó como una exhalación de una entrada a otra, con una expresión extrañamente decidida en su cara. Rachel se apresuró a seguirla, gritando su nombre, la rabia de su voz traicionada por el placer repentino en su rostro. Cuando pasó por su lado lo miró a los ojos y levantó las cejas como para que se sintiera incluido en la travesura de la niña, en la persecución de la madre. Por un momento, Jake olvidó adónde iba. Pero cuando la mujer se esfumó de su vista, fue de nuevo consciente de su problema, de su búsqueda. Había muchas caras familiares –doctores y administradores, miembros de la junta con sus parejas–, pero también estaba lleno de gente que no reconocía. La risa se alzaba de algún corrillo y luego del siguiente. Muchos de ellos, aunque tenían un aspecto juvenil y estaban bien conservados a la manera de la gente próspera en una ciudad mediana, eran bastante mayores que él. Se hablaba de multipropiedades en Europa, de legislación sanitaria, de encontronazos con pacientes rebeldes. Jake se abrió camino sonriendo y saludando con la barbilla. ¿Dónde estaba Sheila? Cruzó varias salas, todavía dando sorbos al gin tonic, ahora aguado, que había pedido al llegar. En la barra, pidió otro. Pasó por la cocina, donde los camareros reemplazaban las bandejas de entremeses, y salió a la amplia terraza trasera, con vistas a un pequeño patio y una fuente. Allí fuera, había guirnaldas de luces blancas enrolladas en las ramas de los árboles que crecían junto a los muros del patio, y las caras de la gente apenas se distinguían. El aire de principios de primavera no era ni frío ni caliente. Examinó la multitud de cuerpos, pero no consiguió encontrar el rostro de su mujer. Se apoyó en la baranda mirando al patio. Abajo entrevió a la niña, ahora al lado de la fuente, que destellaba bajo las guirnaldas de luz. Sus cabellos claros, en aquella penumbra circundante, refulgían de blanco al resplandor del agua. Levantó el rostro hacia la terraza y sus ojos se encontraron. Entonces, en el piso inferior,
desde algún punto bajo la terraza, una voz femenina que no era la de su madre la llamó, y la niña se sumergió corriendo en la penumbra. Jake esperó un momento a ver si regresaba, pero se había esfumado. Le llamó la atención una conversación cercana. –Pero a mí me dijeron que era heredado –dijo un hombre. Jake no reconocía a ninguna de aquellas personas de su trabajo. –No. Yo fui al instituto con ellos en Raleigh. Los padres de Daniel eran maestros, y la familia de Rachel vivía de ayudas sociales desde que murió su padre. Eran componentes de aspiradora. –Hubo una pausa, un repiqueteo de cubitos de hielo–. Tenían fábricas en Sudamérica. Hicieron su agosto. Pero entonces resultó que manipular los componentes provocaba defectos congénitos. Hoy en día todos los componentes de aspiradora son así, si te fijas. Suele haber una advertencia en el librito de instrucciones. Hay que procurar llevar guantes o lavarse las manos después. Pero esto fue hace tiempo, y una empresa que usaba sus componentes acabó recibiendo la denuncia de un consumidor. Intentaron demandar a la empresa de los Delaney, pero se demostró que sabían lo que estaban comprando y Rachel y Daniel se salvaron. –Decían que ella había tenido una crisis nerviosa –dijo una mujer en voz baja. –De la culpabilidad. Dicen que cree que el cáncer que padeció fue un castigo de Dios, y que por eso donan todo ese dinero. –Es ridículo –dijo un hombre con gafas de pasta–. No es más que un rumor. –Me dejó alucinada que les dejase contar todo eso de ella; los tratamientos y la reconstrucción. A mí me haría sentirme rara que la gente me mirara y supiera que, en fin... –Pero no podrían haber conseguido mejor promoción para el centro. Fue muy inteligente. No hay nada que supere lo de los relatos personales. A la gente le encantan esas mierdas. –¿No contrató también al diseñador? Me gustan los cuadros del vestíbulo. ¿De quién son? –¿De esa japonesa de Charleston? –No, era alguien de aquí. Smythe o Simms o... La conversación derivó a una discusión sobre los precios del arte local. Jake dio media vuelta y entró de nuevo en la casa. Fue una tarde cuando Rachel llamó a la puerta de su despacho. Al principio no respondió, esperando que quienquiera que fuese se marchara. La niña que la acompañaba era muy rubia, y llevaba unas botas de agua negras y un jersey
blanco y dorado. Aparentaba unos cinco o seis años, y tenía los ojos del mismo azul mar que su madre. Pese a que estaban en marzo, Rachel iba de nuevo con una camiseta negra, las mismas chanclas y las piernas pálidas sin medias. Llevaba recogida la larga melena con la misma pinza de plástico imitación de carey. –Sabía que estabas dentro –dijo la niña. –Violet –la cortó Rachel con tono de advertencia. Y luego a él–: No quiero molestar, pero quería hablar de los comunicados de prensa sobre la unidad de mamografías y... –Echó un vistazo al despacho mientras hablaba y de pronto se detuvo–. ¿No te agobia trabajar aquí? –¿Por qué me iba a agobiar? –Es que... esto era una sala de pacientes. –¿Y? –Pues que aquí ha sufrido y ha muerto gente. –Aquí ha muerto gente –repitió la niña en voz baja y atónita. –Es un hospital –replicó Jake en su tono más racional. Quería que se fueran, pero Rachel entraba cada vez más. Se acercó a la ventana del despacho y se puso a decir que aquellas vistas suyas debían de haber sido «la última vista del mundo» para un número significativo de gente. La niña empezó a coger y examinar los objetos del escritorio: el pisapapeles de latón, los post-its, los bolígrafos. Miraba todas estas cosas como si fueran fantásticas, las giraba entre sus manitas blancas mientras sus ojos color del agua contemplaban cada uno de los lados desde múltiples ángulos. Rachel buscó en su bolso y sacó el chocolate, de espaldas a él. Jake imaginó su piel blanca bajo la fina tela negra de la camiseta. Trató de pensar en otra cosa, pero la única que le venía a la mente eran los difuntos que habían mirado por su ventana. Le dolía la cabeza. No se encontraba bien. Quería un cigarrillo. La niña, con una mirada de intensa concentración, estaba pegando post-its en blanco – rosas, amarillos, verde menta– encima de todos sus papeles y del escritorio. La madre seguía mirando por la ventana, al cielo encapotado de la tarde. El despacho olía a chocolate. –¿Me das un poco? –le preguntó él. Ella se dio la vuelta y le sonrió. Se acercó a él, sentado con la cara a la altura de su cintura, los ojos atraídos hacia su pecho. Con una mano, Rachel se arropó insegura en su cárdigan, y con la otra le tendió una pastilla de chocolate. Lo miró a la cara largamente. –Entiendo –dijo con voz suave.
–¿Entender qué? Alargó la mano, como para acariciarle la mejilla, pero la retiró. Jake, sin embargo, tuvo la sensación de que lo había tocado. Era como si lo hubiese tocado por todas partes con esos ojos color agua: se deseaban. Y entonces ella apartó la mirada y rompió el hechizo. –Violet, el señor Harrison está cansado y tenemos que dejar de incordiarlo. Ya volveremos otro día. –Un momento. Empezó a cribar el contenido de los cajones del escritorio en busca de algo que pudiese interesar a la niña. Ahí estaba dándole bolígrafos, un rolodex antiguo y una pequeña carpeta sujetapapeles verde con el logo de una farmacéutica. La niña aceptó esas cosas con la expresión de alguien que aceptase regalos valiosísimos. De pronto, tuvo la sensación de que todas las cosas que había en su oficina eran sagradas, que eran en realidad menos y al mismo tiempo más de lo que eran. –No puede con nada más –dijo la madre, con una sonrisa–. Di gracias. –Gracias –le dijo la niña, con los brazos cargados de cosas. Se fueron. Jake estaba cansado. Apoyó la cabeza en la mesa, con la cara enterrada entre los brazos. El piso de arriba de la casa parecía más pequeño de lo que había imaginado. Más pequeño y más sencillo. Pero probablemente se debía a que el pasillo era estrecho y todas las puertas estaban cerradas. ¿De verdad tendría que ir abriéndolas todas? ¿Y qué pasaría si lo veía alguien allí arriba? Pensarían que era un fisgón. Se imaginaba abriendo la puerta de un dormitorio, de un cuarto de invitados, tal vez, y encontrándose a una pareja abrazada sobre una cama hecha. Se imaginaba la luz de la lámpara, el pelo rojizo, ella de espaldas a él. Un hombre intentando torpemente bajarle la cremallera del vestido. Se sintió mareado. Había olvidado comer algo. Podían ir a una cafetería, pensó, en cuanto terminase la fiesta, cuando la encontrase. Lo que esperaba, tanto como esperaba pillarla con un hombre, era recorrer todas esas habitaciones y encontrárselas vacías, y luego regresar abajo y toparse con ella, descubrir que lo había estado buscando mientras él la buscaba a ella, que no habían logrado dar el uno con el otro, nada más, como les pasaba a veces cuando se separaban en el centro comercial, en las librerías.
Tras las dos primeras puertas solo había oscuridad, la luz del pasillo acarició los contornos de un despacho en una de las habitaciones; de una cinta de correr y una máquina de pesas en la otra. Sin pensar, abrió una puerta más pequeña que, como era de esperar, era un armario de ropa blanca. La siguiente puerta lo colocó cara a cara frente a su anfitriona. Jake se sobresaltó. Ella no mostró sorpresa alguna, solo parecía divertida, supuso él, de verlo avergonzado, de que lo hubiesen pillado. La niña estaba con ella. –Fresa –le dijo a Jake. Estaban sentadas en una sencilla litera blanca. El cuarto tenía el suelo de parqué pulido y las paredes de color marfil con tenues elipses de luz procedentes de dos lámparas de pie a lado y lado de la estancia. Las únicas sombras que rompían la luz eran las de sus cuerpos, porque no había ningún mueble. El jersey de Rachel estaba tirado formando un bulto negro a su lado, sobre la litera; la piel de brazos y hombros al descubierto, las finas tiras azules del vestido cubriendo apenas, tal vez porque la estaba mirando desde arriba, su desnudez. Volvió rápidamente la mirada hacia la niña, con su camisón de franela blanca, estampado con sutiles flores color caramelo, vio ahora. Tenía el pelo rubio alborotado, y después de decir fresa por segunda vez, frunció el ceño. –No sabe a qué estamos jugando –le dijo Rachel–. Solo ve que dices cosas raras. Dile a qué jugamos. –A asociar palabras –le explicó la niña. Y con voz muy seria–: Yo digo una palabra, y tú dices la primera palabra que te venga a la cabeza, y luego yo digo la primera palabra que me venga a la cabeza a mí cuando oiga la tuya, y entonces tú dices... –Ya lo pilla, Violet. –Fresa –repitió la niña, insistente. –Leche –respondió Jake. –Ahora mamá. –Vaca. –Hamburguesa –dijo Violet. Y a Jake–: La hamburguesa sale de las vacas. La gente mata a las vacas y luego se las come. A mí me hicieron comer vacas, pero yo no sabía lo que era –dijo triste–. Yo no lo sabía. –Por favor, no empieces otra vez, Violet –le dijo su madre–. Nadie tenía intención de mancillarte. Nadie sabía que te iba a sentar así. –Dirigiéndose a Jake–. La niñera no sabe cómo hablar con niños sensibles. –Comí vacas –insistió la niña con gravedad.
–Ahora no es momento de hablar de eso –le dijo Rachel–. Ahora tengo que hablar con el señor Harrison. Es hora de irse. –Pero quiero dormir contigo aquí hoy. Se aferró al brazo de su madre y empezó a gimotear. Cuando Rachel le lanzó una mirada amenazadora, la niña la soltó. Se levantó de la litera, pasó por el lado de Jake, en el umbral, dando pisotones con sus piececitos descalzos y en el pasillo en penumbra arrancó a correr. Él alcanzó a ver brevemente una habitación de techos altos con una mesa de ping-pong, y más allá un sofá y una televisión de pantalla grande que proyectaba los vivos tonos pastel de unos dibujos animados. Oyó los chillidos de niños. Luego la puerta se cerró de golpe y el pasillo pareció el doble de oscuro que antes. –Cierra la puerta al entrar –le dijo Rachel. Cuando se volvió hacia ella, ya se estaba bajando las tiras del vestido. Sus ojos azules reflejaron lo que le pareció por un momento pánico y enseguida expectación. Con aquella luz tenue y aquel vacío, el cuarto podría haber sido cualquier cuarto, todos los cuartos que había pisado alguna vez en su vida, y ella siempre había estado allí, en ese lugar que era también ella misma, esperando. Las risas amortiguadas de la fiesta dejaron de oírse. Débilmente, una música en la que no había reparado antes abajo llegó anunciándose a través del suelo.
Título de la edición original: Virgin and Other Stories
Edición en formato digital: marzo de 2018
© de la traducción, Inga Pellisa, 2018 © April Ayers Lawson , 2016 © EDITORIAL ANAGRAMA, S.A., 2018 Pedró de la Creu, 58 08034 Barcelona ISBN: 978-84-339-3922-7 Conversión a formato digital: Newcomlab, S.L. anagrama@anagrama-ed.es www.anagrama-ed.es