Título de la edición original: Incognito. The Secret Lives of the Brain
Edición en formato digital: febrero de 2013
© de la traducción, Damià Alou, 2013 © David M. Eagleman, 2011 © EDITORIAL ANAGRAMA, S.A., 2013 Pedró de la Creu, 58 08034 Barcelona ISBN: 978-84-339-2765-1 Conversión a formato digital: Newcomlab, S.L. anagrama@anagrama-ed.es www.anagrama-ed.es
El hombre es por igual incapaz de ver la nada de la que surge y el infinito que lo engulle. BLAISE PASCAL, PensĂŠes
1. HAY ALGUIEN EN MI CABEZA, PERO NO SOY YO
Mírese bien en el espejo. Detrás de su magnífico aspecto se agita el universo oculto de una maquinaria interconectada. La máquina incluye un complejo andamiaje de huesos entrelazados, una red de músculos y tendones, una gran cantidad de fluidos especializados, y la colaboración de órganos internos que funcionan en la oscuridad para mantenerle con vida. Una lámina de material sensorial autocurativo y de alta tecnología que denominamos piel recubre sin costuras su maquinaria en un envoltorio agradable. Y luego está su cerebro. Un kilo doscientos gramos del material más complejo que se ha descubierto en el universo. Éste es el centro de control de la misión que dirige todas las operaciones, recogiendo mensajes a través de pequeños portales en el búnker blindado del cráneo. Su cerebro está compuesto por células llamadas neuronas y glías: cientos de miles de millones. Cada una de estas células es tan complicada como una ciudad. Y cada una de ellas contiene todo el genoma humano y hace circular miles de millones de moléculas en intrincadas economías. Cada célula manda impulsos eléctricos a otras células, en ocasiones hasta cientos de veces por segundo. Si representara estos miles y miles de billones de pulsos en su cerebro mediante un solo fotón de luz, el resultado que se obtendría sería cegador. Las células se conectan unas a otras en una red de tan sorprendente complejidad que el lenguaje humano resulta insuficiente y se necesitan nuevas expresiones matemáticas. Una neurona típica lleva a cabo unas diez mil conexiones con sus neuronas adyacentes. Teniendo en cuenta que disponemos de miles de millones de neuronas, eso significa que hay tantas conexiones en un solo centímetro cúbico de tejido cerebral como estrellas en la galaxia de la Vía Láctea. Ese órgano de un kilo doscientos gramos que hay en su cráneo –con su rosácea consistencia de gelatina– es un material computacional cuya naturaleza nos es ajena. Se compone de partes en miniatura que se configuran a sí mismas, y supera con creces cualquier cosa que se nos haya ocurrido construir. De manera que si alguna vez se siente perezoso o aburrido, anímese: es usted el ser más ajetreado y animado del planeta. La nuestra es una historia increíble. Que sepamos, somos el único sistema del
planeta tan complejo que ha emprendido la tarea de descifrar su propio lenguaje de programación. Imagínese que su ordenador de mesa comenzara a controlar sus propios dispositivos periféricos, se quitara la tapa y dirigiera su webcam hacia su propio sistema de circuitos. Eso somos nosotros. Y lo que hemos descubierto escrutando el interior del cráneo figura entre los logros intelectuales más importantes de nuestra especie: el reconocimiento de que las innumerables facetas de nuestro comportamiento, pensamientos y experiencias van inseparablemente ligadas a una inmensa y húmeda red electroquímica denominada sistema nervioso. La maquinaria es algo totalmente ajeno a nosotros, y sin embargo, de algún modo, es nosotros. PURA MAGIA
En 1949, Arthur Alberts viajó desde su residencia en Yonkers, Nueva York, hasta unas aldeas situadas entre Gold Coast, Australia, y Tombuctú, en África Occidental. Se llevó a su esposa, una cámara fotográfica, un jeep y –debido a su amor por la música– una grabadora que funcionaba con la batería del jeep. En su deseo de abrir los oídos del mundo occidental, grabó parte de la música más importante que jamás ha salido de África.1 Pero mientras utilizaba la grabadora, Alberts se topó con algunos problemas. Un nativo de África Occidental, al oír reproducida su propia voz, acusó a Alberts de «robarle la lengua». Alberts evitó por los pelos que le dieran una paliza sacando un espejo y convenciendo al hombre de que su lengua seguía intacta. No es difícil comprender por qué a los nativos el invento de la grabadora les parecía tan inverosímil. Una vocalización parece efímera e inefable: es como abrir una bolsa de plumas que se desperdigan al viento y nunca se pueden recuperar. Las voces son ingrávidas e inodoras, algo que no se puede coger con la mano. Por tanto, resulta sorprendente que la voz sea algo físico. Si construyes una pequeña máquina lo bastante sensible para detectar diminutas compresiones de las moléculas del aire, puedes captar esos cambios de densidad y posteriormente reproducirlos. A estas máquinas las denominamos micrófonos, y cada una de los miles de millones de radios del planeta ofrece orgullosa esas bolsas de plumas que antaño se creyeron irrecuperables. Cuando Alberts reprodujo la música de la grabadora, un miembro de una tribu de África Occidental describió esa proeza como «pura magia». Y lo mismo ocurre con los pensamientos. ¿Qué es exactamente un
pensamiento? No parece tener peso. También parece efímero e inefable. Nadie diría que un pensamiento tiene forma, olor, ni ningún tipo de representación física. Los pensamientos parecen ser un ejemplo de pura magia. Pero, al igual que las voces, los pensamientos se sustentan en un elemento físico. Lo sabemos porque las alteraciones del cerebro cambian los pensamientos que tenemos. Cuando dormimos profundamente, no hay pensamientos. Cuando el cerebro comienza a soñar, aparecen pensamientos espontáneos extravagantes. Durante el día disfrutamos de nuestros pensamientos normales y aceptados, que la gente modula de manera entusiasta salpicando los cócteles químicos del cerebro con alcohol, narcóticos, cigarrillos, café o ejercicio físico. El estado de la materia física determina el estado de los pensamientos. Y la materia física es totalmente necesaria para que el pensamiento normal no se detenga. Lesionarse el dedo meñique en un accidente es algo que fastidia, pero su experiencia consciente no será distinta. En cambio, si se daña un trozo de tejido cerebral de tamaño equivalente, puede que cambie su capacidad para comprender la música, identificar a los animales, ver los colores, evaluar el peligro, tomar decisiones, leer las señales de su cuerpo, o comprender el concepto de espejo, desvelando así el funcionamiento extraño y oculto de la maquinaria que hay debajo. Nuestras esperanzas, sueños, aspiraciones, miedos, instintos cómicos, grandes ideas, fetiches, el sentido del humor, los deseos, emergen de este extraño órgano, y cuando el cerebro cambia, nosotros también. De modo que aunque resulta fácil intuir que los pensamientos no tienen una base física, que son algo parecido a las plumas al viento, de hecho dependen directamente de la integridad de ese enigmático centro de control de un kilo doscientos gramos de peso. Lo primero que aprendemos al estudiar nuestros propios circuitos es una lección muy simple: casi todo lo que hacemos, pensamos y sentimos no está bajo nuestro control consciente. Los inmensos laberintos neuronales aplican sus propios programas. El tú consciente –ese yo que poco a poco vuelve a la vida cuando se despierta por la mañana– es el fragmento más pequeño de lo que ocurre en tu cerebro. Aunque dependemos del funcionamiento del cerebro para nuestras vidas interiores, él actúa por su cuenta. Casi todas sus operaciones quedan fuera de la acreditación de seguridad de la mente consciente. El yo simplemente no tiene derecho de entrada. La conciencia es como un diminuto polizón en un transatlántico, que se lleva los laureles del viaje sin reconocer la inmensa obra de ingeniería que hay debajo. Este libro trata de ese hecho asombroso: cómo llegamos a conocerlo, qué
significa y qué nos dice acerca de la gente, los mercados, los secretos, las strippers, los planes de jubilación, los delincuentes, los artistas, Ulises, los borrachos, las víctimas de una apoplejía, los jugadores, los atletas, los detectives, los racistas, los amantes y todas las decisiones que consideramos nuestras. En un reciente experimento, se les pidió a algunos hombres que clasificaran las fotos de diferentes caras de mujer según su atractivo físico. Las fotos eran de veinte por veinticinco, y mostraba a las mujeres mirando a la cámara o en un perfil de tres cuartos. Sin que los hombres lo supieran, en la mitad de las fotos las mujeres tenían los ojos dilatados y en la otra mitad no. De manera sistemática, los hombres se sintieron más atraídos por las mujeres de ojos dilatados. Lo más extraordinario es que ninguno de ellos se dio cuenta de que eso había influido en su decisión. Ninguno de ellos dijo: «He observado que sus pupilas eran dos milímetros más grandes en esta foto que en esta otra.» Simplemente se sintieron más atraídos por unas mujeres que por otras por razones que fueron incapaces de identificar. Así pues, ¿quién elige? En el funcionamiento en gran medida inaccesible del cerebro, algo sabía que los ojos dilatados de las mujeres tenían relación con la excitación y la buena disposición sexual. Los cerebros lo sabían, pero no los hombres que participaron en el estudio, o al menos no de manera explícita. Es posible que los hombres no supieran que su idea de la belleza y de la atracción es algo profundamente arraigado, guiado en la dirección correcta por programas forjados por millones de años de selección natural. Cuando los hombres eligieron a las mujeres más atractivas, no sabían que la elección en realidad no era suya, sino que pertenecía a los programas que más profundamente han quedado grabados en el circuito del cerebro a lo largo de cientos de miles de generaciones. Los cerebros se dedican a reunir información y a guiar nuestro comportamiento de manera adecuada. Tanto da que la conciencia participe o no en la toma de decisiones. Y casi nunca participa. Si hablamos de ojos dilatados, celos, atracción, afición a las comidas grasas, una gran idea que tuvimos la semana pasada, la conciencia es la que menos pinta en las operaciones del cerebro. Nuestros cerebros van casi siempre en piloto automático, y la mente consciente tiene muy poco acceso a la gigantesca y misteriosa fábrica que funciona debajo. Uno se da cuenta de ello cuando tiene el pie a mitad del camino del freno
antes de ser consciente de que un Toyota rojo está saliendo marcha atrás de la entrada de una casa en la calle por la que circula. Lo ve cuando oye pronunciar su nombre en una conversación que tiene lugar en la otra punta de la habitación y que creía no estar escuchando, o cuando encuentra atractivo a alguien sin saber por qué, o cuando su sistema nervioso manda una «corazonada» acerca de qué debería escoger. El cerebro es un sistema complejo, pero eso no significa que sea incomprensible. Nuestros sistemas nerviosos han sido modelados por la selección natural para solventar problemas con los que nuestros antepasados se toparon durante la historia evolutiva de nuestra especie. Su cerebro ha sido moldeado por presiones evolutivas, del mismo modo que su bazo y sus ojos. Y también su conciencia. La conciencia se desarrolló porque tenía sus ventajas, pero tenía sus ventajas sólo en cantidades limitadas. Consideremos la actividad que caracteriza una nación en cualquier momento. Las fábricas están en marcha, la líneas de telecomunicaciones zumban de actividad, las empresas despachan productos. La gente come constantemente. El alcantarillado encauza nuestros desperdicios. Por las grandes extensiones del territorio, la policía persigue a los delincuentes. Se cierran tratos con un apretón de manos. Hay encuentros amorosos. Las secretarias filtran las llamadas, los profesores dan clases, los atletas compiten, los médicos operan, los conductores de autobuses circulan. Puede que desee saber lo que ocurre en cualquier momento en su gran país, pero es imposible que asimile toda la información a la vez. Y aunque pudiera, no le sería de ninguna utilidad. Quiere un resumen. Así que agarra un periódico: no algo denso como el New York Times, sino algo más ligero como USA Today. No le sorprenderá comprobar que ninguno de los detalles de toda esa actividad figuran en el periódico; después de todo, lo que quiere conocer es el resultado. Quiere saber que el Congreso acaba de aprobar una nueva ley impositiva que afecta a su familia, pero el origen detallado de la idea –en la que participan abogados, corporaciones y obstruccionistas– no es especialmente importante para el resultado. Y desde luego no quiere conocer todos los detalles del abastecimiento alimenticio del país –cómo comen las vacas y cuántas nos comemos–, lo único que quiere es que le adviertan si hay un brote de la enfermedad de las vacas locas. No le importa cuánta basura se produce; lo único que le interesa es si va a acabar en su patio trasero. Poco le importa la instalación eléctrica y la infraestructura de las fábricas; sólo si los trabajadores se ponen en huelga. Eso es lo que le cuentan los periódicos. Su mente consciente es ese periódico. Su cerebro bulle de actividad las
veinticuatro horas del día, y, al igual que el país, casi todo ocurre de manera local: pequeños grupos que constantemente toman decisiones y mandan mensajes a otros grupos. De estas interacciones locales emergen coaliciones más grandes. En el momento en que lee un titular mental, la acción importante ya ha sucedido, los tratos están cerrados. Es sorprendente el poco acceso que tiene a algo que ha ocurrido entre bastidores. Algunos movimientos políticos ganan apoyo de manera gradual y se vuelven imparables antes de que se dé cuenta de su existencia en forma de sentimiento, intuición o pensamiento. Es el último en enterarse de la información. Sin embargo, es un lector de periódico bastante peculiar, pues lee el titular y se atribuye el mérito de la idea como si se le hubiera ocurrido a usted primero. Alegremente dice: «¡Se me acaba de ocurrir algo!», cuando de hecho su cerebro ha llevado a cabo un enorme trabajo antes de que tuviera lugar ese momento genial. Cuando una idea sale a escena, su circuito nervioso lleva horas, días o años trabajando en ella, consolidando información y probando nuevas combinaciones. Pero usted se la atribuye sin pararse a pensar en la inmensa maquinaria oculta que hay entre bastidores. ¿Y quién puede culparle por creer que se puede atribuir el mérito? El cerebro lleva a cabo sus maquinaciones en secreto, haciendo aparecer ideas como si fuera pura magia. No permite que su colosal sistema operativo sea explorado por la cognición consciente. El cerebro dirige sus operaciones de incógnito. Así pues, ¿quién merece que se le atribuya una gran idea? En 1862, el matemático escocés James Clerk Maxwell desarrolló una serie de cuestiones fundamentales que unificaron la electricidad y el magnetismo. En su lecho de muerte llevó a cabo una extraña confesión, declarando que «algo en su interior» había descubierto la famosa ecuación, no él. Admitió que no tenía ni idea de cómo se le ocurrían las ideas: simplemente le venían. William Blake relató una experiencia parecida al afirmar de su largo poema narrativo Milton: «He escrito este poema obedeciendo el imperioso dictado de doce o a veces veinte versos a la vez, sin premeditación e incluso contra mi voluntad.» Johann Wolfgang Goethe afirmó haber escrito su novela Las desventuras del joven Werther prácticamente sin ninguna aportación consciente, como si sujetara una pluma que se moviera por propia voluntad. Y pensemos en el poeta británico Samuel Taylor Coleridge. Comenzó a consumir opio en 1796, al principio para aliviar el dolor de muelas y la neuralgia facial, pero pronto se quedó irreversiblemente enganchado, llegando a ingerir dos litros de láudano cada semana. Su poema «Kubla Khan», con sus imágenes
exóticas y únicas, fue escrito durante un colocón de opio que describió como «una especie de ensueño». Para él, el opio se convirtió en una manera de acceder a sus circuitos nerviosos subconscientes. Atribuimos las bellas palabras de «Kubla Khan» a Coleridge porque proceden de su cerebro y no del de nadie más, ¿no es eso? Pero él no podía acceder a esas palabras estando sobrio, por lo que ¿a quién hemos de atribuir exactamente el poema? Tal como lo expresó Carl Jung: «En cada uno de nosotros hay otro al que no conocemos.» Tal como lo expresó Pink Floyd: «Hay alguien en mi cabeza, pero no soy yo.» Casi nada de lo que ocurre en nuestra vida mental está bajo nuestro control consciente, y la verdad es que es mejor que sea así. La conciencia puede atribuirse todo el crédito que quiera, pero es mejor que quede al margen de casi todas las decisiones que se toman en el cerebro. Cuando se entromete en detalles que no entiende, la operación es menos eficaz. Una vez te pones a pensar en dónde colocar los dedos sobre las teclas del piano, te vuelves incapaz de interpretar la pieza. Para demostrar la interferencia de la conciencia como si fuera un truco de magia, entregue a un amigo dos rotuladores –uno en cada mano– y pídale que firme su nombre con la derecha y al mismo tiempo que firme hacia atrás (espejo invertido) con la izquierda. Esa persona descubrirá rápidamente que sólo hay una manera de hacerlo: no pensando en ello. Al excluir la interferencia consciente, sus manos pueden llevar a cabo complejos movimientos espejo sin problema alguno, pero si piensa en sus acciones, la labor se enreda rápidamente en una maraña de trazos vacilantes. Así pues, lo mejor es no invitar a la conciencia a casi ninguna fiesta. Cuando consigue colarse, generalmente es la última en recibir la información. Tomemos el ejemplo de los bateadores de béisbol. El 20 de agosto de 1974, en un partido entre los California Angels y los Detroit Tigers, el Libro Guiness de los Récords registró la bola más rápida de Nolan Ryan a una velocidad de 100,9 millas por hora (44,7 metros por segundo). Si lo calcula, se dará cuenta de que el lanzamiento de Ryan sale del montículo y cruza la base meta, que está a una distancia de 27,4 metros, en cuatro décimas de segundo. Eso da tiempo suficiente a que las señales luminosas de la pelota de béisbol lleguen al ojo del bateador, recorran el circuito de la retina, activen la sucesión de células que hay a lo largo de las intrincadas autopistas del sistema visual de la parte posterior de
la cabeza, crucen ingentes territorios hasta las zonas motores, y modifiquen la contracción de los músculos que mueven el bate. De manera asombrosa, toda esta secuencia es posible en menos de cuatro décimas de segundo; de otro modo, nadie podría golpear una pelota rápida. Pero la parte sorprendente es que la conciencia tarda más: alrededor de medio segundo, como veremos en el capítulo 2. De manera que la pelota viaja demasiado deprisa para que los bateadores sean conscientes de ella. Uno no necesita ser consciente de ellos para llevar a cabo sofisticados actos motores. Puede darse cuenta cuando esquiva una rama que viene lanzada hacia usted antes de ser consciente de su existencia, o cuando ya se ha puesto en pie de un salto antes de ser consciente de que está sonando el teléfono. La mente consciente no se halla en el centro de la acción del cerebro, sino más bien en un borde lejano, y no oye más que susurros de la actividad. LA VENTAJA DEL DERROCAMIENTO
Esta manera de comprender el cerebro transforma profundamente la imagen que tenemos de nosotros, que se desplaza de la idea intuitiva de que somos el centro de las operaciones a una perspectiva más sofisticada, esclarecedora y maravillosa de la situación. De hecho, se trata de un progreso que ya hemos presenciado. Durante una noche estrellada de principios de enero de 1610, un astrónomo toscano llamado Galileo Galilei se quedó despierto hasta tarde con el ojo pegado al extremo de un tubo que él mismo había ideado. El tubo era un telescopio, y en él los objetos parecían veinte veces más grandes. Aquella noche, Galileo observó Júpiter y vio que lo que creíamos que eran estrellas fijas situadas cerca del planeta formaban una línea a través de él. Esta formación llamó su atención y siguió observando la noche siguiente. Contrariamente a lo que esperaba, vio que los tres cuerpos se habían movido junto con Júpiter. Con eso no contaba: las estrellas no se mueven con los planetas. De modo que Galileo se concentró en esa formación noche tras noche. El 15 de enero había encontrado la solución al enigma: aquello no eran estrellas fijas, sino más bien cuerpos planetarios que giraban alrededor de Júpiter. Júpiter tenía lunas. Con esta observación, las esferas celestiales se hicieron añicos. Según la teoría ptolemaica, había un solo centro –la Tierraalrededor del cual giraba todo lo demás. Copérnico había propuesto una idea alternativa, en la que la Tierra giraba alrededor del Sol mientras la Luna giraba alrededor de la Tierra, pero los
cosmólogos tradicionales habían encontrado la idea absurda, pues exigía dos centros de movimiento. Pero en aquel sereno momento de enero las lunas de Júpiter dieron fe de que existían múltiples centros: unas grandes rocas que daban vueltas en una órbita alrededor del planeta gigante no podían ser también parte de la superficie de las esferas celestiales. El modelo ptolemaico en el que la Tierra ocupaba el centro de órbitas concéntricas quedó hecho pedazos. El libro en el que Galileo relataba su descubrimiento, Sidereus Nuncius, salió de su imprenta veneciana en marzo de 1610 y le hizo famoso. Pasaron seis meses antes de que otros astrólogos pudieran construir instrumentos con la suficiente calidad para observar las lunas de Júpiter. Pronto se desató una auténtica fiebre en el mercado de la construcción de telescopios, y no pasó mucho tiempo antes de que por todo el planeta hubiera astrónomos elaborando un mapa detallado de nuestro lugar en el universo. Durante los cuatro siglos siguientes hemos presenciado un acelerado alejamiento del centro que nos ha depositado de manera definitiva en un rincón del universo visible, que contiene 500 millones de grupos de galaxias, 10.000 millones de galaxias grandes, 100.000 millones de galaxias enanas y 2 millones de billones de soles. (Y el universo visible, de unos 15.000 millones de años luz de extensión, podría ser poco más que una mota en una totalidad mucho más vasta de lo que todavía podemos ver.) No es de sorprender que estos asombrosos números implicaran un relato de nuestra existencia radicalmente distinto de lo que se había sugerido antes. A muchos, que la Tierra dejara de ser el centro del universo les causó un hondo malestar. La Tierra ya no se podía considerar el parangón de la creación: ahora era un planeta como todos los demás. Este reto a la autoridad exigía un cambio en la concepción filosófica del universo. Unos doscientos años más tarde, Johann Wolfgang von Goethe conmemoraba la inmensidad del descubrimiento de Galileo: De todos los descubrimientos y opiniones, ninguno ha tenido más influencia en el espíritu humano. (...) Apenas acabábamos de conocer el mundo como un lugar redondo y completo en sí mismo cuando se nos pidió que renunciáramos al tremendo privilegio de ser el centro del universo. Quizá nunca se le había exigido tanto a la humanidad, ¡pues a causa de esa admisión muchas cosas desaparecieron! ¿Qué fue de nuestro Edén, nuestro mundo de inocencia, piedad y poesía; el testimonio de los sentidos; la convicción de una fe poético-religiosa? No es de extrañar que sus contemporáneos no desearan que todo esto desapareciera y ofrecieran toda la resistencia posible a una doctrina que en sus conversos autorizaba y exigía una libertad de opinión y una grandeza de pensamiento desconocidas hasta entonces, y con las que no se había soñado jamás.
Los críticos de Galileo censuraron su nueva teoría como un destronamiento del hombre. Y después de la destrucción de las esferas celestiales vino la destrucción de Galileo. En 1633 fue juzgado por la Inquisición de la Iglesia católica, su espíritu fue quebrado en una mazmorra y se le obligó a garabatear su atribulada firma en una retractación de su obra que regresaba a un universo centrado en la Tierra.2 Galileo podía considerarse un hombre con suerte. Años antes, otro italiano, Giordano Bruno, también había sugerido que la Tierra no era el centro, y en febrero de 1600 fue llevado a la plaza pública por herejías contra la Iglesia. Sus captores, temiendo que pudiera incitar a la multitud con su famosa elocuencia, le pusieron una máscara de hierro para impedirle hablar. Lo quemaron vivo en la pira, y sus ojos escudriñaron desde detrás de la máscara esa multitud de espectadores que salieron de sus hogares para reunirse en la plaza, queriendo estar en el centro de las cosas. ¿Por qué Bruno fue exterminado antes de que pudiera hablar? ¿Cómo es posible que un hombre con el genio de Galileo acabara encadenado en el suelo de una mazmorra? Es evidente que no todo el mundo aprecia que se dé un cambio radical a su visión del mundo. ¡Si hubieran sabido adónde conduciría aquello! Lo que la humanidad perdió en certidumbre y egocentrismo fue reemplazado por un temor reverencial y un asombro ante nuestro lugar en el cosmos. Por muy inverosímil que resulte la existencia de vida en otros planetas –digamos que las probabilidades son menos de una entre mil millones–, podemos seguir esperando que surjan miles de millones de planetas como si fueran Chia Pet con vida. Y si sólo hay una probabilidad entre un millón de que los planetas con vida produzcan niveles de inteligencia significativos (por ejemplo, mayores que una bacteria del espacio), eso seguiría indicando que puede haber millones de planetas con criaturas que se relacionan en civilizaciones inimaginablemente extrañas. De este modo, el desplazamiento del centro abrió nuestras mentes a algo mucho más vasto. Si la ciencia espacial le parece fascinante, abróchese el cinturón para viajar hacia la ciencia del cerebro: hemos perdido nuestra posición en el centro de nosotros mismos, y comenzamos a ver con claridad un universo mucho más espléndido. En este libro nos adentraremos en ese cosmos interno para investigar las formas de vida alienígenas. PRIMEROS ATISBOS DE LA VASTEDAD DEL ESPACIO INTERIOR
A Santo Tomás de Aquino (1225-1274) le gustaba creer que las acciones humanas procedían de la reflexión acerca de lo que es bueno. Pero no podía evitar observar todas las cosas que hacemos y que tienen poca relación con la reflexión razonada: como por ejemplo el hipo, el llevar inconscientemente el ritmo con el pie, la risa repentina ante un chiste, etc. Eso presentaba un escollo a su marco teórico, de manera que relegó todos esos actos a una categoría distinta de las acciones humanas propiamente dichas «puesto que no proceden de la reflexión de la razón».3 Al definir esta categoría aparte, plantó la primera semilla de la idea del inconsciente. Nadie regó esta semilla durante cuatrocientos años, hasta que el erudito Gottfried Wilhelm Leibniz (1646-1716) propuso que la mente era una combinación de partes accesibles e inaccesibles. De joven, Leibniz compuso en una mañana trescientos hexámetros latinos. Posteriormente inventó el cálculo, el sistema numeral binario, varias escuelas nuevas de filosofía, teorías políticas, hipótesis geológicas, la base de la tecnología de la información, una ecuación para la energía cinética, y las primeras semillas de la idea de la separación del software y el hardware.4 Mientras todas estas ideas brotaban de él, comenzó a sospechar –al igual que Maxwell, Blake y Goethe– que quizá en su interior había cavernas más profundas e inaccesibles. Leibniz sugirió que existen algunas percepciones de las que no somos conscientes, y las denominó petites perceptions. Los animales poseen percepciones inconscientes, conjeturó, así pues, ¿por qué no las iban a tener los seres humanos? Aunque la lógica era especulativa, sin embargo se olió que pasábamos por alto algo fundamental si no asumíamos la existencia de algo parecido a un inconsciente. «Las percepciones insensibles son tan importantes [para la ciencia de la mente humana] como los corpúsculo insensibles lo son para las ciencias naturales», concluyó.5 Leibniz sugirió también que hay actividades y tendencias («apetitos») de los que no tenemos conciencia, pero que sin embargo impulsan nuestras acciones. Ésa fue la primera exposición importante de los impulsos inconscientes, y conjeturó que su idea sería clave para explicar por qué los humanos se comportan como lo hacen. Anotó todo esto con entusiasmo en su libro Nuevos ensayos sobre el entendimiento humano, pero el libro no se publicó hasta 1765, casi medio siglo después de su muerte. Los ensayos chocaron con la idea de la Ilustración de conocerse a uno mismo, de manera que languidecieron sin que nadie les prestara atención hasta casi un siglo después. La semilla volvía a quedar en estado de latencia.
Mientras tanto, otros acontecimientos sentaban las bases para que la psicología llegara a ser una ciencia material y experimental. El anatomista y teólogo escocés Charles Bell (17741842) descubrió que los nervios –las finas radiaciones que surgían de la médula espinal y se propagaban por todo el cuerpo– no eran iguales, sino que podían dividirse en dos clases: motores y sensoriales. Los primeros transmitían la información procedente del centro de mando del cerebro, y los segundos la mandaban a ese centro. Ésa fue la primera pauta importante que se descubrió en la por lo demás misteriosa estructura del cerebro, y en manos de los posteriores pioneros condujo a la idea de que el cerebro era un órgano construido con una organización detallada en lugar de con una uniformidad imprecisa. Identificar este tipo de lógica en un bloque de tejido de un kilo doscientos gramos por lo demás desconcertante resultó enormemente alentador, y en 1824 un filósofo y psicólogo alemán llamado Johann Friedrich Herbart propuso que las propias ideas podrían comprenderse dentro de un marco matemático estructural: a una idea se le podría oponer su opuesta, debilitando así la idea original y provocando que se hundiera por debajo de un umbral de conciencia.6 En contraste, las ideas que poseían una similitud podrían apoyarse una a otra a la hora de llegar a la conciencia. Cuando llegaba una idea nueva, arrastraba con ella otras ideas parecidas. Herbart acuñó el término «masa aperceptiva» para indicar que una idea se vuelve consciente no de manera aislada, sino en concordancia con un complejo de ideas que ya están en la conciencia. Así fue como Herbart introdujo un concepto clave: existe una frontera entre los pensamientos conscientes e inconscientes; somos conscientes de algunos pensamientos pero no de otros. En este telón de fondo, un médico alemán llamado Ernst Heinrich Weber (1795-1878) se interesó en aplicar el rigor de la física al estudio de la mente. Su nuevo campo de la «psicofísica» tenía como meta cuantificar lo que la gente es capaz de detectar, lo rápido que puede reaccionar y qué puede percibir exactamente.7 Por primera vez las percepciones comenzaron a medirse con rigor científico, y surgieron las primeras sorpresas. Por ejemplo, parecía evidente que los sentidos daban una representación exacta del mundo exterior, pero en 1833 un fisiólogo alemán llamado Johannes Peter Müller (1801-1858) había observado algo desconcertante. Si dirigía una luz al ojo, ejercía presión sobre él, o estimulaba eléctricamente los nervios del ojo, las sensaciones de visión eran parecidas; es decir, se tenía una sensación de luz, y no de presión ni electricidad. Tal cosa le sugirió que no somos directamente conscientes del mundo exterior,
sino sólo de las señales del sistema nervioso.8 En otras palabras, cuando el sistema nervioso nos dice que algo está «ahí fuera» –como por ejemplo una luz–, eso es lo que uno creerá, independientemente de cómo lleguen las señales. Ya estaba dispuesto el escenario para que la gente considerara que el cerebro físico estaba relacionado con la percepción. En 1886, años después de que tanto Weber como Müller hubieran muerto, un estadounidense llamado James McKeen Cattell publicó un ensayo titulado The Time Taken up by Cerebral Operations (El tiempo que consumen las operaciones cerebrales).9 La tesis de su ensayo era engañosamente simple: lo rápido que puedes reaccionar a una pregunta depende del tipo de pensamiento que tengas. Si simplemente hay que indicar si se ha visto un destello o una explosión, se puede hacer bastante rápido (190 milisegundos en el caso de los destellos y 160 en el caso de las explosiones). Pero si hay que llevar a cabo una elección («Dígame si ha visto un destello rojo o verde»), se tardará varias decenas de milisegundos más. Y si es preciso especificar lo que se acaba de ver («He visto un destello azul»), todavía se tarda más. Las sencillas mediciones de Cattell no llamaron la atención de casi nadie en todo el planeta, y sin embargo constituyen el presagio de un cambio de paradigma. Con el surgimiento de la época industrial, los intelectuales comenzaron a pensar en máquinas. Al igual que la gente aplica hoy en día la metáfora del ordenador, la metáfora de la máquina permeó el pensamiento popular de la época. Por entonces, la última parte del siglo XIX, los avances en el campo de la biología habían atribuido cómodamente muchos aspectos del comportamiento a las operaciones automáticas del sistema nervioso. Los biólogos sabían que una señal tarda cierto tiempo en ser procesada por los ojos, que después viaja por los axones que la conectan con el tálamo, luego recorre las autopistas nerviosas hasta el córtex, y finalmente sigue la pauta del procesado cerebral. Pensar, sin embargo, seguía siendo comúnmente considerado algo distinto. No parecía surgir de procesos materiales, sino que formaba parte de la teoría especial de lo mental (o a menudo, lo espiritual). El enfoque de Cattell afrontaba directamente el problema del pensar. Al dejar los estímulos iguales pero cambiar la tarea (ahora toma una u otra decisión), podía medir cuánto más se tardaba en tomar una decisión. Es decir, podía medir el tiempo del pensamiento, y lo propuso como una manera directa de establecer una correspondencia entre el cerebro y la mente. Escribió que esa clase de experimento sencillo proporciona «la demostración más contundente del completo paralelismo entre los
fenómenos físicos y mentales; muy poca duda cabe de que nuestros cálculos miden al mismo tiempo la velocidad de cambio en el cerebro y en la conciencia».10 Dentro del espíritu del siglo XIX, el descubrimiento de que el proceso de pensar lleva su tiempo reafirmó los pilares del paradigma de que el pensamiento es inmaterial. Indicó que pensar, al igual que otros aspectos del comportamiento, no era pura magia, sino que más bien tenía una base mecánica.
© Randy Glasbergen, 2001
¿Podía equipararse el pensar con el procesado que llevaba a cabo el sistema nervioso? ¿Podía funcionar la mente como una máquina? Pocas personas le prestaron la debida atención a esa idea incipiente; por el contrario, casi todos siguieron con la intuición de que sus operaciones mentales surgían inmediatamente a su antojo. Pero para una persona, esa sencilla idea lo cambió todo. YO, YO MISMO Y EL ICEBERG
Al mismo tiempo que Charles Darwin publicaba su revolucionario libro El origen de las especies, un niño de tres años nacido en Moravia se trasladaba a Viena con su familia. Este niño, Sigmund Freud, crecería con una flamante visión darwiniana del mundo, según la cual el hombre no era distinto de cualquier otra forma de vida, y la atención científica podía dirigirse sobre el complejo tejido del comportamiento humano.
El joven Freud asistió a la Facultad de Medicina, atraído más por la investigación científica que por la aplicación clínica. Se especializó en neurología y pronto abrió un consultorio privado para tratar los trastornos psicológicos. Tras examinar atentamente a sus pacientes, Freud comenzó a sospechar que las variedades del comportamiento humano eran explicables sólo en términos de procesos mentales invisibles, de la maquinaria que actuaba entre bastidores. Freud observó que, a menudo, en la mente consciente de esos pacientes no había nada evidente que impulsara su comportamiento, y así, al concebir ahora el cerebro como una maquinaria, concluyó que debían de existir causas subyacentes a las que no podíamos acceder. Desde esta nueva perspectiva, la mente no era tan sólo equivalente a la parte consciente con la que convivimos familiarmente; más bien era como un iceberg, la mayor parte de su masa quedaba oculta. Esa idea sencilla transformó la psiquiatría. Anteriormente, los procesos mentales aberrantes resultaban inexplicables a no ser que uno los atribuyera a una voluntad débil, la posesión demoníaca, etc. Freud insistió en buscar la causa en el cerebro físico. Como Freud vivió varias décadas antes de las modernas tecnologías cerebrales, sólo podía recoger datos desde «fuera» del sistema: hablando con los pacientes e intentando inferir sus estados cerebrales a partir de sus estados mentales. Desde esa perspectiva, prestó mucha atención a la información que contenían los lapsus de la lengua, los lapsus de la pluma, las pautas de comportamiento y el contenido de los sueños. Postuló la hipótesis de que todo esto era el producto de mecanismos nerviosos ocultos, una maquinaria a la que el sujeto no tenía acceso directo. Al examinar los comportamientos que asomaban por encima de la superficie, Freud confiaba en poder hacerse una idea de lo que se ocultaba debajo.11 Cuanto más consideraba la chispa procedente de la punta del iceberg, más apreciaba su profundidad, y cómo la masa oculta podía explicar algo de los pensamientos, sueños y pulsiones de la gente. Aplicando este concepto, el mentor y amigo de Freud, Josef Breuer, desarrolló lo que pareció una estrategia fructífera para ayudar a los pacientes histéricos: les pedía que hablaran, sin inhibiciones, de las primeras manifestaciones de sus síntomas.12 Freud amplió la técnica a otras neurosis, y sugirió que las experiencias traumáticas sepultadas de un paciente podrían ser la base oculta de sus fobias, parálisis histéricas, paranoias, etc. Intuyó que esos problemas quedaban ocultos para la mente consciente. La solución consistiría en atraerlos al nivel de la conciencia para poder enfrentarse a ellos directamente y arrancarles
su capacidad de provocar neurosis. Ese enfoque sirvió como base del psicoanálisis durante el siglo siguiente. Mientras que la popularidad y pormenores del psicoanálisis han cambiado un poco, la idea básica de Freud proporcionó la primera exploración de cómo los estados ocultos del cerebro participan en el pensamiento y el comportamiento motrices. Freud y Breuer publicaron conjuntamente su obra en 1895, pero Breuer se fue alejando progresivamente del énfasis que ponía Freud en los orígenes sexuales de los pensamientos inconscientes, y al final cada uno siguió por su lado. Freud acabó publicando su importante estudio del inconsciente, La interpretación de los sueños, en el que analizaba su propia crisis emocional y la serie de sueños provocados por la muerte de su padre. Su autoanálisis le permitió sacar a la luz sentimientos inesperados acerca de su padre; por ejemplo, que su admiración se mezclaba con odio y vergüenza. Su idea de que existía una inmensa presencia bajo la superficie le llevó a meditar acerca de la cuestión del libre albedrío. Razonó que si las elecciones y decisiones derivan de procesos mentales ocultos, entonces el libre albedrío es una ilusión, o está, como mínimo, mucho más constreñida de lo que se consideraba anteriormente. A mediados del siglo XX, los pensadores comenzaron a darse cuenta de que sabemos muy poco de nosotros. No estamos en el centro de nosotros mismos, sino más bien –al igual que la Tierra en la Vía Láctea, y la Vía Láctea en el universo– en un borde lejano, y nos enteramos muy poco de lo que ocurre. Las intuiciones de Freud sobre el cerebro inconsciente fueron acertadas, pero vivió décadas antes del moderno florecer de la neurociencia. Ahora podemos escudriñar el cráneo humano a muchos niveles, desde los picos eléctricos en células aisladas a pautas de activación que atraviesan los vastos territorios del cerebro. Nuestra tecnología moderna ha conformado y ajustado nuestra imagen del cosmos interior, y en los siguientes capítulos nos adentraremos juntos en estos territorios inesperados. ¿Cómo es posible que uno se enfade consigo mismo? ¿Quién, exactamente, está enfadado con quién? ¿Por qué las rocas parecen ascender después de que uno se quede mirando una cascada? ¿Por qué el juez del Tribunal Supremo William Douglas afirma que es capaz de jugar al fútbol e ir de excursión, cuando todo el mundo puede ver que está paralizado tras sufrir una apoplejía? ¿Por qué fue Topsy el elefante electrocutado por Thomas Edison en 1916? ¿Por qué a la gente le gusta guardar su dinero en cuentas de Navidad que no le dan ningún
interés? Si el borracho Mel Gibson es antisemita y el sobrio Mel Gibson se disculpa de corazón, ¿existe un auténtico Mel Gibson? ¿Qué tienen en común Ulises y el desastre de las hipotecas subprime? ¿Por qué las strippers ganan más dinero en ciertas épocas del mes? ¿Por qué la gente cuyo nombre empieza con J es más probable que se case con otra persona cuyo nombre empieza por J? ¿Por qué siempre tenemos la tentación de contar un secreto? ¿Por qué algunos cónyuges son más proclives a engañar a su pareja? ¿Por qué los pacientes que toman medicamentos contra el Parkinson se vuelven jugadores compulsivos? ¿Por qué Charles Whitman, cajero de un banco con un alto coeficiente intelectual y antiguo boy scout, de repente decidió matar a cuarenta y ocho personas desde la torre de la Universidad de Texas en Austin? ¿Qué tiene todo esto que ver con el funcionamiento entre bastidores del cerebro? Como estamos a punto de ver, todo.