Boris Pahor
Necrรณpolis Prรณlogo de Claudio Magris Traducciรณn del esloveno de Barbara Pregelj
EDITORIAL ANAGRAMA Barcelona
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Título de la edición original: Nekropola Mladiuska kujiga Liubliana, 1997
Diseño de la colección: Julio Vivas y Estudio A Ilustración: Maurizio Ceccato / IFIX project
Primera edición: mayo 2010
© De la traducción, Barbara Pregelj, 2010 © Boris Pahor, 1997 © EDITORIAL ANAGRAMA, S. A., 2010 Pedró de la Creu, 58 08034 Barcelona ISBN: 978-84-339-7536-2 Depósito Legal: B. 17556-2010 Printed in Spain Liberdúplex, S. L. U., ctra. BV 2249, km 7,4 - Polígono Torrentfondo 08791 Sant Llorenç d’Hortons
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Prólogo: Un hombre vivo en la ciudad de la muerte
Durante una visita al campo de concentración de Natzweiler-Struthof, en el cual muchos años antes se había encontrado cara a cara con el horror y la aberración más inconcebible de nuestra historia, Boris Pahor observa a un carpintero que sustituye –en el campo que ahora se ha convertido en un lugar de memoria y peregrinaje para ex deportados como él y para turistas con un alma más o menos consciente de todo cuanto están viendo– algunas tablas podridas de un barracón donde tiempo atrás vivieron (si en tal caso es lícito usar este verbo) prisioneros. «Rechazaba», escribe, «las piezas blancas que rodeaban las tablas de madera ennegrecidas, deslavadas y gastadas. No era el color lo que me molestaba, porque sabía que el hombre iba a pintar las partes nuevas y a igualarlas con las viejas; simplemente, no podía soportar que se añadiesen aquellas piezas de madera cruda, recién tallada. Era como si quisieran injertar el tejido descompuesto a las células vivas y plenas de savia, como si alguien quisiera añadir una pierna blanca a las momias aplastadas y ennegrecidas. Estaba convencido de que la degradación debía quedar intacta. Pero ahora estas piezas añadidas ya no se notan, el 7
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mal ha asimilado las células nuevas y las ha impregnado de su savia podrida.» En esta precisa descripción de un detalle, de por sí secundario, se encuentra la fuerza de este libro. La mirada micrológica del autor atrapa lo esencial –el horror difícilmente expresable– desde partículas aparentemente insignificantes y coloca cada cosa, aunque sea mínima, dentro de una perspectiva global, dentro de la totalidad de la vida y de los procesos naturales e históricos. La tranquilidad de la descripción es la fuerza para no sucumbir al mal inaudito ni dejarse envolver; es una tranquilidad que pone en contacto con mayor fuerza cada grito con «el abismo del mal con que fue castigada nuestra fe en la dignidad humana y en la libertad de nuestras decisiones personales». Al regresar muchos años después a su necrópolis y darse cuenta de que los visitantes –incluso los más conscientes de lo que ocurrió en aquel campo de concentración y los que más se opusieron a que se creara o permitiera– en realidad nunca podrán penetrar en aquel abismo de abyección, Boris Pahor teme que el tiempo, el olvido y las transformaciones de la vida palidezcan la condena, empañen lo absoluto, convirtiéndolo apenas en el devenir de la naturaleza. Por eso, a él le gustaría que la condena y sus señas permanecieran indelebles, eternas, y que nunca sanaran las cicatrices en el cuerpo de la humanidad y de la historia; sanarlas, cubrirlas, integrarlas en la continuidad de la vida sería un posterior ultraje a las víctimas y una amnistía –aunque involuntaria– concedida a una realidad que debe seguir siendo inconcebible. El mal es fuerte, es una savia pútrida que continúa envenenando la historia. Incluso el crecimiento de la hierba en aquel campo, el murmullo del bosque vecino y la caída de la lluvia y la nieve que nivelará las gradas de la ladera fatigosamente recorridas un tiempo 8
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por los condenados parecen despiadados, privados de sentido, absurdos en su «obtuso perdurar». «Sé que soy injusto», dice Pahor con la objetividad clásica del gran escritor. Necrópolis, considerada desde hace décadas una de las obras maestras de la literatura del Holocausto, es un libro excepcional que logra combinar el absoluto del horror –siempre aquí y ahora, presente y ardiente, eterno ante Dios– con las complejidades de la historia, de la relatividad de las situaciones y los límites de la inteligencia y la comprensión humanas. Los turistas que visitan el campo, el guía que se gana el pan con sus explicaciones (mostrando por ejemplo una mesa de disección en la que un profesor universitario de Estrasburgo realizaba vivisecciones y pruebas bacteriológicas a los deportados, especialmente a los gitanos), o dos enamorados que se besan delante de la alambrada, perturbando desagradablemente al superviviente. Sin embargo, con su clásica capacidad de aferrar la totalidad, Pahor de inmediato se dice a sí mismo «que sería muy infantil querer trasladar a estos dos enamorados a nuestro mundo pasado. De esta manera la frase “Quién hubiera pensado entonces que por aquí iban a pasear parejas de enamorados” carece absolutamente de sentido. Porque en nosotros se había establecido un final apocalíptico en la dimensión de la nada, mientras que estos dos se hallan en la dimensión del amor, que también es infinita y también dispone los objetos de manera incomprensible, excluyéndolos o glorificándolos». Con este gran libro Pahor afronta la tortuosa pesadilla de la culpabilidad (cuando menos percibida como tal) del superviviente, de quien ha regresado; pesadilla que parece haber vivido el grandísimo Primo Levi, cuando decía que quien ha regresado no ha visto realmente la Gorgona y quien la ha visto no ha regresado nunca. 9
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Consciente de tal laceración, Boris Pahor la asume pero no sucumbe ante ella. Al visitar el depósito de los muertos y ver las tenazas con las que luego se los llevaban, piensa en Ivo, un compañero suyo de prisión que no regresó, y la distancia que existe entre su propia supervivencia y la muerte. «Entre Ivo y yo sólo hay sandalias ligeras, pantalones de verano, un bolígrafo con el cual puedo escribir rápidamente el nombre del objeto que veo y un Fiat 600 que me espera delante de la puerta y con el cual paso a menudo por delante del almacén de Rojan en el que Ivo vendía carbón. Y me doy cuenta de que debería liberarme de todo lo mundano y ponerme los zuecos de madera de nuestra miseria para volver a ser digno de su amistad. Entonces Ivo dejaría de ser invisible y no tendría envidia de que yo fuera a volver a la orilla triestina; tal vez tampoco me pediría que, por fidelidad a él, no me alegrase del sonido de las olas bajo las rocas del acantilado de Barkovlje.» ¿Es una infidelidad haber sobrevivido y vivir –a pesar de haber traspasado el infierno– plena e incluso gozosamente, con placer sensual? Pahor contesta a esta gran pregunta con una gran, compleja y completa respuesta humana. No lo oculta, no niega la culpa metafísica de haber dejado en aquel infierno a tantos compañeros. Se pregunta sobre el «pecado», como dice él, en el sueño final, cuando una multitud de sombras silenciosas pasan sin mirarlo ni verlo, como si por el hecho de estar vivo ya no fuera uno de ellos, ya no formara parte de aquella gente a la que pertenece más que a ninguna otra. Se pregunta por el pecado de haber intercambiado cigarrillos por una rebanada de pan, de haber comido el pan de los que ya habían muerto y también de haber contado con ese pan; de haberse puesto los calzoncillos de los muertos de su alrededor. Cada vez que regresa al campo se siente también, paradójica10
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mente, un privilegiado y él lo sabe bien: privilegiado por haber tenido la suerte de realizar en el campo de concentración una labor un poco «menos brutal», como en su caso la de enfermero; privilegiado incluso sólo por la gracia de la vitalidad, que le fue dada por la decisión inescrutable de los dioses, frente a una constitución física y mentalmente más débil otorgada a los demás –vitalidad que aún hoy, a sus noventa y cinco años, Boris Pahor posee con una increíble y natural frescura. Él no se deshace de la culpa, la asume como asume la presencia a cada instante de su existencia vivida en la necrópolis, que no sólo es la necrópolis de ese lugar y de los campos de concentración, sino de la existencia en general, también de la de cincuenta años después, irremediablemente imbuida de esa certeza de haber muerto vivo en los campos de concentración y asimilada para siempre en cada persona. Al criticar la película de Resnais, Pahor escribe: «Debería haber profundizado más en esa vida, o, mejor dicho, en esa muerte. Debería haberla vivido. Vivir la muerte.» A diferencia de otros –y no por eso menos grandes–, Pahor lleva consigo esta realidad, siempre presente, con un admirable understatement del estilo cotidiano; nunca se ha «hecho» el deportado –que habría sido más que comprensible–, dejando tranquilamente que otros le ignorasen y comportándose «como él mismo». Pero no ha permitido que esa realidad redujera su vitalidad, el gusto sensual, el placer intelectual, la alegría de vivir y la libertad de juicio. Pahor no quiere ser «injusto» con los enfrentamientos en los que no ha vivido el horror. Él sabe bien que esta «injusticia», a saber, la reivindicación universal de lo absoluto del exterminio, es necesaria y debe permanecer viva en el pensamiento y en los sentimientos –para no pasar a 11
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los actos y por lo tanto domesticar el horror y acostumbrarse a él–, aunque debe, al mismo tiempo, ser relativizada y dominada, y concienciarse de sí misma. Así que cuando el amigo y compañero del campo de concentración André, particularmente querido para él y que falleció pocos años después de la liberación, escribe que hay que aniquilar a todos los alemanes, a la estirpe que produjo los campos de exterminio, él (al mismo tiempo compartiendo erróneamente el engañoso acercamiento de Nietzsche al nazismo) responde: «No tienes razón, porque sin darte cuenta aceptas el mal que te atacó [...]. Te comprendo, pero también sé que no eres prudente.» Él centra su atención, concretamente, en la ambigüedad con respecto a los nazis de los poderes y las sociedades occidentales durante la posguerra. Una cruel ironía política del destino de Pahor es el hecho de que él y otros eslovenos de Trieste, del Kras y de Primorska están inscritos en el campo de concentración como italianos, de acuerdo con su nacionalidad, mientras que es la desafortunada alianza de la Italia fascista con la Alemania nazi el origen de su infierno, en el que, sin embargo, son aniquilados muchos italianos: «Nosotros los eslovenos del litoral afirmamos obstinadamente que somos yugoslavos. El corazón y la mente se rebelan al pensamiento de ser eliminados como pertenecientes a una nación que, desde el final de la Primera Guerra Mundial, siempre había tratado de asimilar a los eslovenos y los croatas.» El punto de partida de la violencia criminal es para Pahor el incendio del Narodni Dom (Casa de la Cultura) esloveno en Trieste, en el año 1920, por parte de los fascistas, huella del símbolo de la desnacionalización llevada a cabo por parte de los italianos con respecto a los eslovenos 12
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no sólo con el fascismo, sino ya antes, aunque de manera menos explícitamente brutal. El incendio del Narodni Dom está muy presente en la narrativa de Pahor, por ejemplo en el Incendio en el puerto (1959), así como la asimilación forzosa, la supresión de las escuelas eslovenas y el posterior arresto en Trieste por parte de la Gestapo conforman gran parte de su obra, desde Mi dirección de Trieste (1948) hasta Ciudad en el golfo (1955), desde En seco (1960) hasta El oscurecimiento (1975). Obras éstas en las que se enfrenta no sólo a la violencia fascista y el horror nazi, sino también al frecuente desconocimiento por parte de los eslovenos de los derechos elementales y de la identidad triestina a pleno título, y al consiguiente muro de ignorancia que ha separado durante mucho tiempo a los italianos de la minoría eslovena, privando a ambas comunidades del esencial enriquecimiento recíproco. También yo, por ejemplo, he descubierto a Pahor, a este crítico y apasionado cantante de su Trieste y el mío relativamente tarde. La evidencia de esta separación se da en Necrópolis, sin embargo, desde la sutil desconfianza que Pahor experimenta, en el campo de concentración, respecto de los compañeros de infortunio italianos, incluso de ese Gabriele que sólo más tarde identificará –diciéndolo explícitamente en una generosa nota al final de libro– como Gabriele Foschiatti, un republicano e indómito antifascista que murió en Dachau, del cual el mismo Pahor subraya «qué democráticos y visionarios fuimos [...] en relación con las garantías necesarias para la supervivencia de una comunidad minoritaria». En este sentido, la frase de Necrópolis citada anteriormente contiene una interpretación errónea, porque no ha sido «la nación» italiana la que ha oprimido a los eslovenos, como tampoco es «la nación» eslovena o croata o ser13
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bia responsable de las violentas e indiscriminadas represalias realizadas al final de la guerra contra los italianos, ni por ejemplo de la masacre de los domobranci, los colaboracionistas eslovenos, y de los ustasha y los chetniks llevada a cabo por los seguidores de Tito en el año 1945 y denunciada –además de por el gran escritor esloveno Drago Jančar– en un libro-entrevista con Edvard Kocbek realizado por el mismo Pahor (castigado por esto con la prohibición de entrar en Yugoslavia por un año), que también había sido entregado anteriormente a la Gestapo por los propios domobranci. El fascismo y el nazismo ciertamente surgen de los nacionalismos, pero no sólo de ellos, sino de una reacción particular (étnica, social, económica, política, cultural, e incluso a veces religiosa) a la renovación radical que, con la Primera Guerra Mundial y las sucesivas guerras, ha destruido el viejo orden europeo. Para desactivar su mecanismo mortal es necesario destruir cualquier fiebre de identidad, cualquier idolatría de identidad nacional, auténtica cuando se vive con sencillez, pero falsa y destructiva cuando se ensalzan ídolos o valores absolutos y se tienen delirios de superioridad sobre los otros. La singularidad, escribió Predrag Matvejević, no es todavía un valor, es sólo la premisa de un posible valor que la trasciende; cuando llega la opresión, aparece duramente la defensa pero sin permitir nunca –como decía en un momento dramático para la nación polaca a Miłosz su tío Oscar– que se convierta en el valor supremo. La nacionalidad es un valor intrínseco en cuanto no es un hecho de la naturaleza, sino de lo que se siente y a veces se opta por ser: Martin Pollack recuerda cómo en Tüffer –una pequeña ciudad de Estiria–, durante las tensiones entre alemanes y eslovenos entre los siglos xix y xx, había un cabecilla alemán-nacional llamado Drolz y un esloveno nacionalista llamado Drolc. 14
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Necrópolis es un retrato completo y al mismo tiempo conciso –nunca patético– de la vida (de la no vida, de la muerte) en el campo de concentración. Un poderoso aliento humano coexiste con una aguda y fría precisión, en una perfecta estructura narrativa que imbrica la historia del pasado –de la cárcel, revivida en el presente perpetuo del horror– y el balance del presente, de la revisitación muchos años después de aquellos infiernos regenerados y convertidos ahora en museo y recordatorio de todo aquello, con las ambigüedades implícitas en esta siempre incierta superación oficial del pasado. Necrópolis es una obra magistral (si es lícito utilizar juicios estéticos para un testimonio del mal absoluto) tanto por su límpido conocimiento estructural como por la imbricación de los tiempos –verbal y existencial– que tejen la historia. En un libro en el que no existe la más mínima mancha, encontramos momentos especialmente memorables: la secuencia cinematográfica de la masa colectiva («policéfala») de prisioneros bajo el chorro de agua de la ducha, el afeitado del pubis que trata a los prisioneros como a perros oliéndose unos a otros, las tenazas arrastrando los esqueletos hacia montones de otros esqueletos, los detalles del trabajo o de la atención recibida por los prisionerosenfermeros como el mismo autor, la horca para los ahorcamientos, las estratagemas para salvarse colgando una etiqueta con otro nombre del dedo gordo del pie de un cadáver, los delirios de los moribundos; la boca siempre vociferante de los alemanes elevada a rasgo antropológico, el desorden de la ropa hedionda de los muertos pero todavía valiosa para los vivos, el silencio del humo que sale de las chimeneas; la exigencia de un orden que, paradójicamente, existe incluso en la ejecución de los infames trabajos forzados, el secreto egoísmo en la ayuda prestada a un condenado con el 15
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alivio de no estar en su lugar, los miserables y bienvenidos trueques de colillas de cigarrillos por cortezas de pan entre los prisioneros; la abyección histórica convertida en miseria cósmica, en vacío absoluto. Momentos lanzados ante la eternidad con una poderosa poesía, como las dos muchachas que se cruzan casualmente en las calles con la fila de los condenados y ni siquiera se dan cuenta, los eliminan de su mirada, como si en aquella calle sólo hubiera nieve y un hermoso día de sol. O la sonrisa de un niño que se asoma por la ventana mientras en la calle pasa una fila de víctimas y sonrisas; una sonrisa inocente, pero «anacrónica», como el sol brillando en lo alto del cielo. O, también, el condenado que antes de ser ahorcado escupe en la cara de los verdugos –a veces basta sólo un escupitajo en la cara de cualquiera para lavar la suciedad de la faz del mundo. Boris Pahor ha sobrevivido. Su corazón todavía no puede adentrarse, pero parece haber salido de aquella necrópolis realmente vivo, en todo el sentido de la palabra; irremediablemente marcado pero no humanamente mutilado o deslucido; íntegro, a diferencia de otros –incluso de otros grandes escritores– que pasaron por aquel infierno. Tal vez debe en parte esta integridad a su vitalidad, a su familiaridad –que le hace retornar a sus orígenes populares– con la corporeidad elemental de la vida, que le permite no tener problema en enfrentarse «al pus, a los excrementos ni a la sangre». Esta fuerza, esta armonía con el discurrir incluso inmundo de la existencia y con la materia –frágil, a veces repelente, pero a veces también cristianamente gloriosa– de la que estamos hechos se convierten en ayuda fraterna para que aquellos pobres cuerpos sucios que lo rodean puedan ser lavados y enterrados. Boris Pahor lo hace y lo narra con 16
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fría precisión factual, sin ningún pathos humanitario. Incluso en aquella necrópolis la resistencia es una esperanza. Para ellos y para los otros. Me pregunto si, como dice la Biblia, un día se regocijarán los huesos humillados –todos los huesos humillados. Claudio Magris (traducción de Gemma Santiago)
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A las manos de todos aquellos que no han vuelto
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La ceniza fría cubre las sombras. Srečko Kosovel Pero el día en el que los pueblos comprendan quiénes fuisteis, morderán la tierra de tristeza y rencor, la bañarán con sus lágrimas y os erigirán templos. Vercors
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Es domingo por la tarde y la cinta de asfalto que, pulida y sinuosa, sube cada vez más arriba de las montañas, no es tan solitaria como me hubiera gustado. Algunos coches me adelantan, otros vuelven a Schirmek, en el valle, de manera que el tráfico de turistas rompe mi recogimiento, banalizando lo que había esperado encontrar. Sé que también yo con mi vehículo formo parte de esta procesión motorizada, pero aun así pienso que, por mi antigua vinculación con este lugar, si hubiese llegado solo, mi presencia no habría cambiado la imagen onírica que ha permanecido, intacta, en la sombra de mi conciencia desde el final de la guerra. Noto que dentro de mí ha despertado una especie de rebelión incomprensible, una rebelión contra el hecho de que este lugar montañoso que forma parte de nuestro mundo interior ahora esté abierto y desnudo. Y a esta rebelión se unen también los celos: no sólo porque los ojos ajenos de los turistas se paseen por el ambiente que fue testigo de nuestra anónima cautividad, sino también porque sus miradas (y de eso estoy completamente seguro) nunca podrán penetrar en el abismo del mal con que fue castigada nuestra fe en la dignidad humana y en la libertad de nuestras deci25
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siones personales. Pero, a la vez, desde no se sabe dónde, inevitable, casi inoportuna, se introduce la satisfacción de que los montes de los Vosgos ya no son un lugar escondido de aniquilación retirada que se consume dentro de sí mismo, sino que a él se dirigen los pasos de una numerosa multitud predispuesta emocionalmente a intuir lo singular del inconcebible destino de sus hijos perdidos, aun cuando no es lo suficientemente madura para podérselo imaginar. Es cierto que la subida a este remoto lugar de montaña recuerda al afán peregrino hacia las faldas escarpadas de los montes sagrados. Pero esta romería nada tiene que ver con aquella veneración contra la que luchaba con tanto empeño Primož,1 quien deseaba que el hombre esloveno despertase a una fe interior, en vez de dispersarse en una ritualidad superficial y multitudinaria. Aquí, la gente de todos los países europeos se une en las terrazas de las altas montañas donde la maldad del hombre triunfaba sobre el dolor humano, casi imprimiéndole al exterminio el sello de eternidad. Pero los peregrinos modernos no han venido en busca de una milagrosa sublimación de sus deseos, sino que han subido aquí para pisar un suelo verdaderamente sagrado, y para rendir homenaje a las cenizas de personas iguales a ellos, que con su presencia muda erigen en la conciencia de los pueblos un hito inamovible de la historia humana. En las curvas estrechas seguramente no pienso en aquel camión que avanzaba balanceándose desde aquel lugar llamado entonces Markirch llevando un baúl con nuestro pri1. Primož Trubar (1508-1586), reformador protestante y autor del primer libro escrito en esloveno. (N. de la T.)
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mer difunto sin que yo supiera que estaba sentado sobre un arca tan triste; aun así, el aire frío de la nieve me habría paralizado cualquier pensamiento que hubiera podido infiltrarse en mi conciencia. No, no soy capaz de pensar de manera clara en ninguna de las imágenes que, envueltas y encorvadas, permanecen dentro de mí como un racimo de uvas marchitas y enmohecidas. Miro la capa del asfalto pulido delante del salpicadero de mi vehículo y preferiría tener delante un camino revuelto y lleno de agujeros que me introdujera en un ambiente más propio del pasado. Pero noto a la vez la molicie y el egoísmo del conductor moderno, acostumbrado a avanzar rápidamente y con suavidad. De pasada, procuro encontrar en el territorio esloveno un camino de montaña con el que podría compararse el camino sinuoso que va desde Schirmech hasta Struthof. Evidentemente, enseguida se me aparece el camino serpenteante del paso de Vršić, pero allí la vista se abre sobre un anfiteatro único de picos rocosos que aquí no aparecen. ¿Y la carretera que va de Kobarid a Drežnica? Podría ser. Aunque tampoco del todo, porque aquí no hay ningún monte de Krn con sus cegadores escollos. Tal vez este camino de los Vosgos se parece más bien al camino encorvado que sube desde Kobarid hacia Vrsno. Al igual que aquí, también allí el bosque se aparta de vez en cuando sin alejarse del todo; sin embargo, aquí no hay rocas, sino que el terreno se disemina suavemente desde las redondeces cubiertas de los bosques a los ondulantes prados, para volver a detenerse al fondo en una oscura masa de árboles. Ya no me acuerdo de si en las laderas de Vrsno hay abetos como aquí. Probablemente no. La carretera sigue subiendo por la montaña, pero ahora de vez en cuando la acompaña la blancura de las rocas 27
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talladas en donde las herramientas humanas han dañado la línea verde de las caderas de la tierra para encarnizarse en su concentrada fuerza oculta. En este momento, hacia la izquierda de la carretera se desvía una franja amplia y larga de terreno que lleva a la entrada. Seguramente algún día aquí habrá una arboleda, pero ahora todo el lugar está lleno de autobuses y coches particulares, distribuidos a lo largo y ancho, así que no puedo evitar pensar en el aparcamiento delante de la cueva de Postojna. Y con todas mis fuerzas me resisto a la secuencia de imágenes de turistas suizos y austriacos de la tercera edad, y de sus encanecidas compañeras que con sus manos aprietan firmemente las cintas de sus bolsos pasados de moda y giran sus cabezas en dirección a la voz del guía como gallinas que en un grito de alarma despertaran de su minucioso y fútil trabajo, y rápidamente levantaran su periscopio rojo. Lo más sincero y honesto sería irme y volver mañana por la mañana, cuando el ambiente de la jornada laboral protegiera con más piedad el aislamiento de las terrazas escalonadas. Pero mañana me esperan nuevos paisajes, de manera que me dirijo hacia la entrada con la conciencia de ceder ante una automática, y por lo tanto también estéril, fidelidad al itinerario preestablecido, en vez de dejar que un lugar me impresione o alejarme de él. Como siempre, también esta vez siento la necesidad de un viaje rápido e intrépido, ahora que sobrevive en mí la nostalgia de poder concentrarme con tranquilidad y sin límites, para establecer una relación auténtica con la tierra y el mar, con las calles de las ciudades y sus casas, las caras y las personas que la vida me ha puesto en el camino; pero la velocidad y la rapidez me empujan febrilmente hacia delante, y así mis ojos sólo registran imágenes superficiales que se dispersan como espuma contra la proa de una lancha que corre a 28
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toda velocidad. Y al final me consuelo diciendo que sólo por el hecho de sentir nostalgia por el tiempo que transcurre silenciosamente ya soy rico, como si la sola conciencia de que nos falta algo fuera ya en sí un gran valor. Probablemente eso sea cierto. Y seguramente siempre había sido así, aunque para un número reducido de personas. En cambio, hoy día somos pobres por el exceso de imágenes e impresiones; hemos desmenuzado nuestro amor, alejándonos de él. Hemos hecho justamente lo contrario de lo que hacen las abejas, dispersando el polen sobre un millón de cosas, y a pesar de que una voz silenciosa nos lo niega, seguimos pensando que un día recuperaremos el tiempo preciso para llenar la colmena que hemos vaciado. Es absurdo, pero me parece que los turistas que vuelven a sus vehículos me miran como si de repente mis hombros hubieran sido cubiertos por una chaqueta de rayas y mis zuecos volviesen a triturar las piedras pequeñas del camino. Es una quimera incontrolada que confunde dentro de mí el pasado con el presente; pero no deja de ser cierto que hay momentos en los cuales el hombre emite un fluido invisible y fuerte que los demás perciben como la presencia de algo ajeno, extraordinario, que les sacude como un barco que topa con una ola inesperada. Quizá dentro de mí queden realmente algunos restos de mi pasado; y con esta idea procuro andar concentrado, pero me molesta que mis sandalias sean tan ligeras y mi paso mucho más ágil de como sería si llevara calzado de tela con la suela de madera gruesa. La puerta de madera está recubierta con alambre de espino y cerrada como entonces. Todo está intacto, faltan únicamente los guardias en las torres de madera. Hay que 29
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esperar delante de la puerta. Sólo que ahora desde la caseta, hecha también de madera, viene un guardia que abre la puerta y deja entrar, en el establo sin alma situado en lo alto, a grupos de personas en intervalos regulares. Gracias a este orden en las terrazas del campo de concentración predomina una especie de recogimiento; el sol de julio controla persistentemente el silencio, roto sólo de vez en cuando por el eco de las palabras del guía, que resuenan como la voz entrecortada de un predicador resucitado. Efectivamente, el guardia me reconoce, lo cual me sorprende porque no podía imaginar que recordaría mi visita de hace dos años. «Ça va?», me pregunta. Y esto basta para crear un ambiente de camaradería que rompe instantáneamente todas las conexiones con el bullicio turístico. Es un hombre de cabello oscuro y feo. Es bajo, nervudo y ágil; si llevara linterna y casco, podría pasar por un auténtico minero. Pero es muy seco y todo indica que también testarudo; se nota que delante de mí, de un antiguo prisionero del campo, siente una vergüenza difícilmente dominable por ganarse su sueldo mostrando el lugar de nuestra agonía. De ahí que en el hecho de dejarme entrar solo en el territorio detrás del alambre de espino se esconda, además de un afecto entre camaradas, también un ápice de deseo de perderme de vista cuanto antes. Estoy seguro. Pero no me lo tomo a mal, porque sé que a mí también me hubiera resultado difícil hablar ante un grupo de visitantes sabiendo que me escucha alguien que estuvo conmigo en el mundo del crematorio. Cada palabra mía sería entonces controlada por el miedo a deslizarme en la banalidad. Y además sobre la muerte, como también sobre el amor, uno puede hablar sólo consigo mismo y con la persona amada con la que se ha fundido. Ni la muerte ni el amor soportan testigos. 30
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Cuando el guía habla al silencioso grupo, en realidad está conversando con sus propios recuerdos; su monólogo es una constante liberación de imágenes interiores, y no hay ninguna garantía de que todas estas revelaciones puedan satisfacerle y tranquilizarle un poco. Más bien diría que, después de esta serie de testimonios, dentro de sí debe de sentirse mucho más dividido e inquieto, y sobre todo, empobrecido. Por ello le agradezco que me permitiera ir solo por este mundo inaudible; esta satisfacción mía es como una recompensa por saber que tengo preferencia, por gozar de un privilegio especial que tiene en cuenta mi pertenencia a la casta de los proscritos, aunque esta separación a la vez perpetúe la separación y el silencio de aquellos tiempos. Porque, a pesar de la multitud y de la vida en el rebaño, allí cada uno se enfrentaba a su propia soledad interior y a su crepúsculo silencioso. De ahí que en este momento no sepa medir la distancia real que me separa de las escaleras que ahora, bajo el sol, me parecen demasiado conocidas y cercanas, en vez de sentir que sobre ellas flota la aureola de la nada. Son tan simples como lo fueron las manos delgadas que llevaban y colocaban las piedras de las que están compuestas. Pero entonces me parecían más empinadas, y eso me hace pensar en el hombre adulto que vuelve al lugar de su infancia y se asombra de lo pequeña que es en realidad la casa que conservaba su memoria infantil. Porque ya se sabe que de niño se mide la altura de una pared desde la perspectiva de un enano. Es obvio que nosotros no bajábamos ni subíamos estas escaleras a una edad temprana, pero, no obstante, nuestra vulnerabilidad era mucho mayor que la de un niño o un bebé, porque entonces no podía asistirnos el mismo pensamiento que en los niños está todavía en vías de desarrollo. Nos encontrábamos, cada uno con su desnudez, bajo la piel marchita de 31
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un animal famélico que se consumía impotente en su cautividad y calculaba diariamente y por instinto la distancia que separaba el horno crematorio de la amojamada cavidad de su pecho y de sus huesudas extremidades. En la tranquilidad que hoy prevalece aquí, uno puede asociar la imagen con la del muñeco de madera creado por Collodi, porque también el destino de Pinocho era conocer la fuerza de las llamas, pero su benevolente creador le sustituyó posteriormente la parte dañada, mientras que en el caso de nuestra cremación nadie pensó en las piezas de recambio. Sin embargo, la imagen de Pinocho es una especie de intruso que no tiene derecho a permanecer en esta historia, aunque por otro lado también es cierto que tarde o temprano tendremos que buscar un nuevo Collodi que cuente a los niños la historia de nuestro pasado. Pero es difícil acercarse al corazón de un niño de manera que la vileza no le haga daño, sino que le prevenga de las tentaciones del futuro. Ahora bien, estas escaleras que en cada terraza se rompen como una rodilla de piedra, a nosotros nos conducían a un mundo de inteligencia limitada cuando, a causa de la falta de líquido en el citoplasma de nuestras células, la masa encefálica de nuestro cráneo huesudo se secaba como la gelatina de una medusa sobre los guijarros. Entonces las escaleras subían delante de nosotros como si fuesen las escaleras de un campanario; había un sinfín de terrazas y nuestra subida a la cumbre de la torre duraba toda la eternidad, porque nuestros pies, al final de las delgadas piernas, eran, por sus edemas, troncos de carne blancuzca. Soy consciente de que el tiempo se ha convertido en mi aliado, de manera que me paro a observar la alta hierba al otro lado de la alambrada. 32
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