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Edición en formato digital: septiembre de 2011

© Alberto Barrera Tyszka, 2011 © EDITORIAL ANAGRAMA, S.A., 2011 Pedró de la Creu, 58 08034 Barcelona ISBN: 978-84-339-3319-5 Conversión a formato digital: Newcomlab, S.L. anagrama@anagrama-ed.es www.anagrama-ed.es


1 No es fácil tener un jefe. No se lo recomiendo a nadie. ¿Qué hace un jefe? Te jode la vida. Te controla, te utiliza, se aprovecha de ti. Mi jefe se llama Rafael Quevedo. Es el vicepresidente de Proyectos Especiales del canal 6. Yo soy su asistente. Supuestamente, él me está haciendo un favor, un graaaaaan favor, como dice mi mamá. Porque cada vez que puede, mi vieja me lo recuerda y lo hace así, siempre así, estirando la a, como para que yo nunca olvide el tamaño inmenso del inmenso gran favor que me está haciendo mi jefe. Fue ella la que llamó una tarde a Rafael Quevedo y le pidió, le rogó más bien, le suplicó, que me diera un trabajo en el canal. Por favor, Rafael, seguro le dijo. Te juro que si no fuera tan importante no me hubiera atrevido a molestarte. Ayúdame con esto. Algo así debió decir. Así hablan todas las madres. Y, entonces, Rafael Quevedo, para ayudar a mi mamá, me metió en el canal. Así que tú eres Pablito, me dijo la mañana que me presenté en su oficina. Fue un mal comienzo: detesto que me llamen Pablito. En realidad, detesto los diminutivos. Pero no puedo escapar de ellos. Me persiguen. Son como un virus, como una enfermedad. Y los latinoamericanos estamos muy contagiados. No entiendo por qué. Quizás pensamos que el empequeñecimiento es una forma de ternura. A mí me parece tan cursi. Pero igual no puedo evitarlo. Aunque esté pendiente, aunque trate de eludirlos, termino utilizándolos. A veces siento que estoy cercado, rodeado de diminutivos. Para nosotros, todo siempre puede ser más ito o más ita. Es algo que puede aplicarse a cualquier persona, a cualquier situación, a cualquier palabra. Cariñito, malita, poquito, patadita, machito, peleíta... Una prima de mi madre habla así todo el tiempo. Puede entrar al apartamento y decirme: Pablito, dejé los cigarritos en el carro. No seas flojito, anda, ¿por qué no haces un esfuercito y me los traes? Tampoco me pongas esa carita. Es sólo un momentico. Ve rapidito, pues. Por favorcito. Es en serio. Así habla. No exagero. Su récord es decir mi amorcitico. ¿Acaso eso se puede traducir a alguna otra lengua? Es un diminutivo al cuadrado. Un exceso de un exceso. Cuando la escucho, quisiera que los oídos también tuvieran párpados. Eso sería ideal. Andar por la vida pudiendo cerrar las orejas.


Nada de esto, por supuesto, le importa a mi jefe. Él no piensa en estas cosas. Me dijo Pablito y ya, me quedé Pablito. Esa mañana, a sus sesenta y tantos años, estaba vestido con un traje azul y con una corbata juvenil, de fondo amarillo, llena de bacterias rojas. Yo, obligado por mi madre, tuve que ponerme un pantalón elegante y una camisa gris, una pinta que me queda malísima y me hace ver como el tío Antonio, que es una mezcla de visitador médico con pastor adventista, algo horrible. El señor Quevedo me invitó a sentarme y me senté. La verdad, me sentía intimidado, no sabía muy bien cómo comportarme. Tu mamá está preocupada por ti, dijo el señor Quevedo, mirándome con una rara sonrisa en los labios. Me pareció que secretamente le divertía mi situación. Estudias Letras, ¿no?, preguntó. Eso me dijo tu madre. Yo contesté que sí. Con cierta vergüenza. No sé por qué. No debería, pero fue así: sentí vergüenza. En la universidad, añadí, intentando que mi respuesta sonara mejor, más digna. El señor Quevedo sólo soltó una carcajada. Pero no son letras de cambio, ¿verdad?, exclamó, como si le sorprendiera de pronto ese juego de palabras, el chiste que se le acababa de ocurrir. No, no. Es literatura, le dije. Me aclaró entonces que estaba bromeando. Era obvio que habría deseado que yo también me hubiera reído, que le celebrara el comentario. Pero no. Seguí ahí, con mi cara seria. Luego quiso saber qué futuro podía tener cuando me graduara. ¿Qué se hace después de que uno estudia Letras?, me preguntó, con cierto tono de ironía. Le dije la verdad: no mucho. ¿Y tú?, ya me pareció un interrogatorio, ¿tú qué quieres hacer? También le dije la verdad: no lo sé ¿Tú escribes? Dije que sí, pero moviendo la cabeza. Nada más. ¿Y qué escribes? Poemas. El señor Quevedo pareció sorprenderse. Me miró de otra manera. Yo sentí que tenía una frase burlona atajada dentro de su boca, que la retenía ahí, que no la dejaba salir. Apenas insinuó una sonrisa burlona. Después, suspiró hondamente, como si estuviera actuando, un poco teatral: supongo que sabes que yo fui muy amigo de tu padre, dijo. Con el tiempo he descubierto que esa frase suele ser fatal. Siempre me mete en problemas. Todo aquel que conoció o quiso mucho a mi papá, se siente responsable de mí y, por lo general, termina fastidiándome. Lo mismo le pasa al señor Quevedo. Él había querido mucho a Pablo Manzanares y, en honor a esa amistad entrañable, lo mínimo que podía hacer en un momento así era echarle una mano a su único hijo. Por eso te estoy haciendo este favor, concluyó. Y por eso estoy aquí, en el canal, concluyo yo ahora. Desde esa mañana, ya


llevo casi seis meses viviendo este graaaaaan favor. No es fácil, además, porque para mucha gente sólo se trata de una beca, de un gesto de caridad que tiene el señor Quevedo con el hijo del loco Manzanares. Una vez escuché a unas secretarias hablando de mí como el asistonto de Rafael Quevedo. Me metí en la primera oficina que encontré vacía y redacté una indignada carta de renuncia, definitiva e irrevocable. Luego fui y se la di al señor Quevedo. Todavía estaba temblando de la rabia. Yo soy muy orgulloso, por eso mismo, obviamente, tampoco mencioné en la carta lo sucedido. Sólo escribí que le agradecía mucho su generosidad, el apoyo que pretendía brindarle a mi madre y blablablá, pero que no me sentía a gusto, que no entendía bien el trabajo que me tenía asignado, que más bien a veces ni siquiera parecía un trabajo, que. Mi jefe leyó la carta con los ojos. ¿Condescendencia no se escribe con zeta?, preguntó en un momento sin levantar las pupilas del papel. Cuando terminó de leer se quedó en silencio por un segundo y después desplegó una amplia sonrisa. Me miró. Estiró la carta hacia mí y susurró: no seas pendejo, Pablito. Mi madre no lo hubiera comprendido, habría dicho que busqué cualquier excusa para abandonar el trabajo, mi primer trabajo. Pero hasta ahora, en realidad, es muy poco lo que hago. Casi siempre estoy esperando que mi jefe me dé una instrucción, que me ponga una agenda. Él me asignó una pequeña oficina, más bien es un cubículo con una computadora, donde a veces navego o escribo algún trabajo de la universidad. Este semestre estoy cursando teoría literaria. Es obligatorio y me aburre demasiado. Emiliana no se inscribió en esa materia. Eso lo cambia todo. Casi siempre coincidimos, pero esta vez ella se inscribió en otro curso. Eso hace que las clases sean todavía peores, más largas, fastidiosas. Si al menos la profesora estuviera buena, podría distraerme un poco. Pero la profesora Guevara es una mujer antisexo. La he detallado muy bien. Casi no tiene formas. Es delgada. Tan delgada que no hay nada más. Sólo las líneas rectas, cayendo. Se viste además de manera muy rara, con unas faldas amplias; con camisas de manga larga, sin escote. No parece que viviera en un país tropical. Tampoco la voz le ayuda. Porque en cualquier voz hay sexo, mucho sexo. En cualquier voz menos en la de ella. La profesora Guevara tiene un tono alto y estirado, como si una de sus cuerdas vocales estuviera siempre a punto de romperse. Randy y yo cursamos juntos esa materia. Somos amigos desde el primer día de clases. Randy dice que, detrás de toda esa apariencia formal e insípida de la profesora, quizás se esconde


una diabla. Ésa es su fantasía. Randy imagina a la profesora Guevara llegando a su casa y quitándose el disfraz de profesora Guevara y dejando aparecer, entonces, a esa otra mujer que lleva adentro, a la mujer que Randy desea, una mujer sorprendente, con muchas curvas y un liguero negro, ansiosa, salvaje. En alguna oportunidad, en el aula de clases, he descubierto a Randy observarla con una extraña sonrisa. Como si la profesora Guevara fuera en realidad una actriz porno, obligada a seguir momentáneamente el libreto de profesora de teoría literaria en la Escuela de Letras. Randy también escribe poesía. Igual que yo, igual que Emiliana. Los tres comenzamos juntos en la escuela. Los tres estamos en el taller que dirige Francisco Pimentel. Nos reunimos una noche a la semana, en la biblioteca de la Escuela. Somos siete. Cada quien va leyendo sus poemas, luego todos los comentamos. Al final, el profesor Pimentel trata de redondear lo que ha pasado en la sesión y da unas conclusiones. Randy piensa que yo estoy ahí, fundamentalmente, por Emiliana. Tiene y no tiene razón. Estoy en el taller porque escribo poesía y quiero aprender. Pero quizás eso no es suficiente. Quizás si Emiliana no se hubiera metido en el taller yo tampoco lo habría hecho. No sirve de mucho porque igual ella no se fija en mí, me sigue viendo como a un compañero de clases, como a un amigo. Pero al menos estoy cerca, me siento cerca, un poco más cerca. Después de la reunión de programación, a las once y media de la mañana, mi jefe me mandó a llamar. Estela, su secretaria, no tenía buena cara. Prepárate, me advirtió cuando abrió la puerta de la oficina: tiene una idea. Ésa es una de las cosas que he aprendido en estos meses: una de las grandes tragedias de la industria de la televisión son las ideas. Porque todo el mundo tiene ideas. Los dueños del canal, los presidentes corporativos, los hijos de los dueños del canal, los gerentes, los directores de áreas, los sobrinos de los dueños del canal, los ejecutivos de cuentas, los administradores, los primos de los dueños del canal, los actores, los luminitos, los continuistas y los maquilladores, las secretarias y los encargados de la seguridad, las empleadas de la limpieza, los cuñados de los dueños del canal y, por supuesto, los vicepresidentes de Proyectos Especiales también tienen ideas. ¿Qué significa tener una idea en televisión? Eso es lo peor: una idea puede ser cualquier cosa, puede ser un pálpito, una intuición, una estupidez; una idea puede ser todo o nada. Por lo general, es nada. En el poco tiempo que llevo aquí, ya me he tropezado con muchas ideas. Tuve que leer y redactar un informe sobre


el proyecto de un viejo libretista que tiene la idea de escribir una telenovela de intriga religiosa. Dice que la audiencia está en una búsqueda espiritual. La sinopsis me pareció horrible. Es una historia de amor entre una monja carmelita y un peregrino musulmán. Dos corazones y un solo cielo, así se llama. A mí me pareció una porquería. En otra ocasión, el señor Quevedo me mandó a reunirme con la directora del departamento de mercadeo que también tenía una idea. Había diseñado un programa de concursos para amas de casas. El certamen estaba centrado en las tareas domésticas, pero con una variable diferente: los animadores serían niños menores de diez años. Mi jefe casi lloró de la risa cuando le conté esa idea. Pero igual levantó el teléfono y habló con la directora del departamento de mercadeo, la felicitó, seriamente, fingió gran entusiasmo, le aseguró que la idea era excelente, que de inmediato estaba pasándosela al Comité de Programación y que. Colgó y echó el proyecto en la basura. ¿Qué otra cosa tenemos pendiente para hoy?, me preguntó. ¿Es posible saber cuándo una idea es buena o mala? ¿Es posible, acaso, saber si una idea puede ser un fracaso total o un éxito tremendo? No. No hay método. Nadie tiene la receta. Nadie puede saberlo aunque todo el mundo actúa como si lo supiera. Ésa es otra de las leyes secretas de la producción televisiva. Esta industria es genéticamente mentirosa. Aquí, todo el mundo miente de manera compulsiva. A toda hora y de cualquier forma. En el fondo, a veces siento que hay más ficción de este lado de la pantalla, en el interior de la industria, que en todos los programas que salen al aire. No hay forma de sobrevivir dentro del canal sin engañar a los demás. La pantalla está congelada, dijo el señor Quevedo. Todo el mundo está esperando que hagamos algo, ¿entiendes? Le dije que sí, asintiendo levemente con la cabeza. Pero en realidad no entendía demasiado. Por suerte, él se explayó: la competencia nos tiene fritos desde hace dos meses. Nos traen vueltos pomada. No levantamos el rating con nada. Necesitamos sacudir el canal. Necesitamos un producto que sea un palazo, que obligue a la audiencia a voltear hacia nosotros. Dio unos pasos, movió la mano en el aire. Ya nos llegó la hora. Hablaba como si estuviera solo. Para eso está la vicepresidencia de Proyectos Especiales. Pero de vez en cuando me miraba. Ésa fue la conclusión del Comité. Se paró en seco. Quieren que inventemos un milagro. Volvió a mirarme. Sentí que mi deber era decir algo, decir una frase pequeñita, aunque fuera, para demostrar que estaba siguiendo de cerca su monólogo. Pero no se me


ocurría nada. Él alzó la mano, como queriendo tranquilizarme. Estaba eléctrico. Hablaba de manera muy directa, sin gastar demasiadas palabras. Menos mal que a mí se me ocurrió una idea, dijo. El silencio fue como un latigazo. Cayó así, de pronto, entre nosotros. Yo seguía sin saber qué decir. Por suerte, el señor Quevedo tampoco estaba pendiente de escucharme. Me contó su idea. Tal cual se la acababa de contar al Comité. Yo desde hace tiempo venía pensando en algo así, venía dándole vueltas en la cabeza a un proyecto así. Hoy me tocó soltarlo. Pero los dejé paralizados. Se quedaron boquiabiertos. Hasta el hijo de puta de Fernández se quedó callado. Ésta es la idea de mi jefe: un reality show con indigentes. Buscar cinco o seis o siete mendigos, loquitos de la calle, recogelatas; un grupo de esos pordioseros, enajenados, que andan sucios, deambulando sin brújula por toda la ciudad, y meterlos en una casa para filmarlos durante un mes, las veinticuatro horas del día. ¿Qué te parece? ¿No es una idea genial? Mi cara debió parecerle un dibujo indescifrable. La idea me resultaba horrible, desagradable, cruel. Vamos a filmar todo. Lo que hacen, cómo comen, qué dicen, cómo se relacionan entre ellos. En el mismo formato que se ha usado con actores, con jóvenes que quieren ser cantantes famosos, con estrellas del deporte... ¡pero ahora lo vamos a hacer con la gente que está jodida de verdad, con gente real, de carne y hueso, tan de carne y hueso que ni siquiera tienen casa, que no tienen nada, que viven en la calle! ¿Qué tal? ¡Indigentes, Pablito! ¡Vamos a poner la verdadera vida real en la pantalla! ¿Y la gente va a querer ver eso?, me atreví a preguntar, bajito, como dudándolo, arrastrando con cierta pena la pregunta. El señor Quevedo me contestó eufórico, muy seguro de sí mismo: ¡por supuesto! ¡El público va a enloquecer! Mi cara seguía siendo un crucigrama en chino. No entendía cómo eso podía ser un programa de televisión. Todo me parecía una locura. Obviamente, nosotros vamos a intervenir lo que suceda en el programa, me dijo entonces con cierta ironía. En la televisión, la realidad también es un espectáculo, Pablito. Aquí, hasta un incendio necesita un guión. Ésta es la definición de intervenir que aparece en el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española: (Del lat. intervenīre). 1. tr. Examinar y censurar las cuentas con autoridad suficiente para ello.


2. tr. Controlar o disponer de una cuenta bancaria por mandato o autorización legal. 3. tr. Dicho de una tercera persona: Ofrecer, aceptar o pagar por cuenta del librador o de quien efectúa una transmisión por endoso. 4. tr. Dicho de una autoridad: Dirigir, limitar o suspender el libre ejercicio de actividades o funciones. El Estado de tal país interviene la economía privada o la producción industrial. 5. tr. Espiar, por mandato o autorización legal, una comunicación privada. La Policía intervino los teléfonos. La correspondencia está intervenida. 6. tr. Fiscalizar la administración de una aduana. 7. tr. Dicho del Gobierno de un país de régimen federal: Ejercer funciones propias de los Estados o provincias. 8. tr. Dicho de una o de varias potencias: En las relaciones internacionales, dirigir temporalmente algunos asuntos interiores de otra. 9. tr. Med. Hacer una operación quirúrgica. 10. intr. Tomar parte en un asunto. 11. intr. Dicho de una persona: Interponer su autoridad. 12. intr. Interceder o mediar por alguien. 13. intr. Interponerse entre dos o más que riñen. 14. intr. Sobrevenir, ocurrir, acontecer.

Ninguno de estos conceptos se ajustaba demasiado cómodamente a lo que quería decir mi jefe. Él tenía en la cabeza otra palabra. La televisión funciona con otro diccionario. Estamos hablando de un acto creativo, Pablito. Los indigentes ponen la materia prima y nosotros le vamos a ir dando forma. Eso también me dijo. Tendremos que meterle un poco de libreto, cambiar algunos de los testimonios, quizás hasta haga falta que filtremos alguna actriz desconocida entre ellos, para envenenar un poco más el programa. Tenemos que convertir la mierda de esa gente en una historia de amor, en un relato de éxito, ¿entiendes? El señor Quevedo estaba excitado, fascinado con lo que oía, con su propia voz y con su propia idea. Yo lo que no entendía era cómo íbamos a lograr todo aquello. El señor Quevedo llamó a Estela y le pidió hielo. De un estante lateral sacó dos vasos y una botella de whisky. No dejaba de hablar: necesitamos hacer un buen casting, buscar en todos lados. En las calles, en las cunetas, debajo de los puentes. Tenemos que asesorarnos con el departamento legal, cuidar las formas, no nos vayan a joder ahora con esa moda de los derechos humanos. Tampoco queremos que nos demanden. Aunque no creo que haya problema. La izquierda también está de moda. Esto podría ser un programa muy revolucionario, ¿no? Iba y venía, soltando palabras, gesticulando, entusiasmado. Hay que hacer un buen casting, sí. Necesitamos hombres y mujeres de diferentes edades. Necesitamos historias fuertes entre ellos: amor, violencia, sexo. No los vamos a juntar para enseñarlos a leer y a escribir, para que canten el himno nacional y se conviertan en buenos ciudadanos. Eso no le interesa a nadie. Si los carajos no se pelean o no se enamoran, si no se hacen daño o no cogen, la


audiencia no va a voltear a vernos. Ése es el reto. Que nos miren y que ya no puedan despegarse de nuestra pantalla. Que se queden con nosotros. Ése es nuestro objetivo. Mi jefe tiene una idea: si las telenovelas se promocionan como historias sacadas de la vida misma, nosotros vamos a ir más allá; nosotros vamos a llevar la televisión a la verdadera y real vida misma. Todos en el canal están buscando un milagro. Mi jefe cree que ese milagro son los indigentes. Ahora sí, Pablito, me dijo. Por fin te llegó tu gran oportunidad.


2 El día que cumplí cincuenta años amanecí pesando tres kilos de más. Me desperté muy temprano, como todas las mañanas, fui caminando al baño, me subí en la báscula y me sorprendí: tres kilos más que el día anterior, tres kilos más que mi peso natural durante toda la última década. No había comido nada especial. No me había excedido de ninguna manera. Me miré en el espejo y tampoco noté ningún cambio particular. Mi figura estaba igual. No tengo una contextura atlética pero tampoco soy un hombre obeso, fofo, a quien le sobran lonjas de carne por todos lados. Visto de perfil ni siquiera entro en la humillante categoría de gordito. Sé que estoy cerca, pero todavía no califico. Por eso me cuido. Por eso cada mañana, incluso antes de cepillarme los dientes, me pongo de pie sobre el altar del peso y leo con los ojos su sentencia. Le cambié las baterías a la báscula: lo mismo. Los tres kilos de más seguían ahí. Con algunas cosas suelo ser obsesivo: salí a buscar una farmacia que tuviera otra báscula donde pudiera pesarme. Deduje que la mía se había dañado. Era imposible que, de un día para otro y sin ninguna causa, mi peso hubiera aumentado de esa manera. Pero no hubo variaciones. El exceso se mantuvo: tres kilos más. Exacto. Pasé todo el día desconcertado, tratando de analizar sesudamente lo que ocurría. Al final de la tarde, las teorías se ablandaron, dándole oportunidad al misterio de las intuiciones. Tuve un pálpito. Tenía cincuenta años y ya por fin había llegado. Ése era el límite. Había cruzado la raya. Ni modo, finalmente se había instalado dentro de mí. Ya la muerte se había mudado a vivir conmigo. Desde esa mañana no hago más que pensar en eso. Siento que está aquí, dentro de mí, acompañándome. Es una presencia demasiado tangible. Puedo sentirla respirar en mi interior. Sé que puede sonar oscuro, incluso siniestro, pero es la verdad. Está aquí, ahora mismo, leyendo lo que escribo. O peor: está aquí, escribiendo conmigo. No puedo evitarlo, no sé cómo hacerlo. Con demasiada frecuencia, durante todo el día, pienso en ella, la recuerdo. Supongo que, durante la noche, también estoy secuestrado por la misma tarea. Por suerte, nunca recuerdo mis sueños. Pero a veces me levanto con una fatiga interior que ni siquiera se alivia bajo el


agua fría de la ducha. Es una desazón muy íntima, proviene de mi propia naturaleza. Siempre despierta un poco antes que el resto de mi cuerpo. La tristeza es mi músculo más rápido. Nunca antes había tenido tanta conciencia de mi propia vulnerabilidad. Los cumpleaños deberían estar prohibidos. Cualquier tipo de aniversario debería estar prohibido. Contar el tiempo es un acto perverso. Nunca antes me había pasado algo así. Miento. Dos años antes de cumplir cincuenta ocurrió algo similar, que también me removió, que ya a estas alturas debería comprender: se trataba de un anticipo, fue el primer anuncio importante de lo que estoy viviendo ahora. Ocurrió un sábado, casi al final de la tarde. Estábamos en agosto y el calor era inmenso. Las ventanas del edificio donde vivo dan hacia el oeste de la ciudad y, cada día, mientras va cayendo, el sol se empoza en mi apartamento. Se puede sentir su volumen sobre el cuerpo. Es un animal sin formas que me invade, un aire amarillo que me envuelve. Yo estaba en calzoncillos, tratando de arreglar el ventilador. Es un viejo aparato de aspas que compré hace años en el centro de la ciudad. El día anterior, de pronto, se había detenido, sin ningún motivo especial. En un segundo, había dejado de funcionar. Pensé que el calor lo había noqueado. «Es como si le hubiera dado un infarto», le dije a mi cuñado cuando hablé con él por teléfono. Mi cuñado se llama Víctor y es un experto en este tipo de faenas. Es un hombre práctico. Siempre que tengo algún problema doméstico lo llamo. «Quizás sólo sea un cable suelto», me dijo Víctor. Y luego mé explicó cómo debía abrir el ventilador y husmear en su interior, buscando una pequeña arteria, azul o amarilla, extraviada, desprendida de su lugar. No le dije que no tenía destornillador, supongo que me dio un poco de vergüenza. Por eso agarré el cuchillo y, con su punta, intenté dar vueltas a los dos tornillos de estrías que aseguran la espalda gris del artefacto. Fue entonces cuando, en medio de un movimiento tonto, la nariz del cuchillo resbaló y se hundió en la palma de mi mano izquierda. La sangre salió de inmediato, disparada, como si llevara demasiado tiempo retenida debajo de mi piel. Brincó con desesperación. Varias gotas se estamparon contra la pared. Yo instintivamente alcé la mano. Fue lo único que se me ocurrió. La sangre comenzó a chorrear por mi antebrazo. Sentí frío en la herida. Corrí al baño, abrí el grifo y puse mi mano bajo el agua. No me atreví a mirar. Clavé los ojos en el espejo. Me aferré a la imagen de mi rostro, fruncido, como si quisiera apretar mis miedos, mientras sentía un mareo de líquidos abajo, en el cuenco del lavamanos. Agua fría y sangre caliente. No sé si pensé eso, pero, ahora, me viene esa frase, llega danzando, como si fuera el


fondo musical de aquel momento. Cuando por fin me atreví a deslizar mis pupilas hacia abajo, todo estaba rojo. El agua incluso amenazaba con desbordarse. Al tratar de cerrar la llave, tropecé con el vaso donde guardo la crema dental y mi cepillo de dientes. Ambos se hundieron en el agua y en la sangre. Las cerdas del cepillo se tiñeron de inmediato. Enrollé una toalla sobre mi mano, me calcé como pude un pantalón, unas chancletas, y salí apurado. Seguía haciendo mucho calor. «Manténgala así, apenas se desocupe un doctor, lo vamos a coser.» Una enfermera robusta me hizo un torniquete y me obligó a permanecer con el brazo extendido para evitar la circulación de la sangre. Intenté consultarle algo pero no me dio tiempo. Ni siquiera me miraba. «No son más de cuatro puntos», agregó, con cierto desdén, como si mi mano y yo estuviéramos desentonando en la sala de emergencias de la clínica. Con el apremio, había olvidado el teléfono celular en mi casa, no tenía manera de comunicarme con nadie. Me sentía un poco estúpido, sentado en una esquina, con el brazo en alto, mientras las enfermeras y los médicos se afanaban, atendiendo casos mucho más graves. En ese instante, de repente, se me ocurrió un argumento para una película. Es una deformación profesional: soy libretista. Desde hace demasiado tiempo trabajo escribiendo guiones para la televisión. Me sucede muy a menudo con todo lo que veo y escucho, incluso me pasa con mis propias experiencias. Siempre estoy pensando en términos televisivos. Es como si de manera permanente tradujera todo lo que me ocurre, o todo lo que ocurre a mi alrededor, lo que percibo y lo que intuyo, a probables relatos fílmicos. Esa tarde, por ejemplo, mientras esperaba cuatro puntos de sutura, comencé a pensar en una historia sobre la inmortalidad. No es un tema nuevo. Pero desde hace mucho se acabó la novedad. La era de los descubrimientos ya pasó. De todos modos, yo estaba pensando en una historia con un giro diferente: un hombre de treinta años, joven, buen mozo, con éxito y prestigio, logra por fin conseguir la receta de la inmortalidad. No pensé en el método en ese momento. No me importaba. Me daba igual si daba con una inusitada fórmula química, si le caía un rayo entre oreja y oreja, o si había fraguado un pacto con el diablo. Lo importante del cuento es que la inmortalidad, como condición, como espacio de tiempo detenido, no llegaba cuando el joven lo esperaba sino en el peor momento: el pacto se cumplía cuarenta años después, cuando ya era un viejo. Justo en ese momento, por fin, el hechizo hacía efecto y comenzaba entonces la eternidad. Era, obviamente, un argumento lleno de humor negro. Un hombre al que la inmortalidad se le convierte en un infierno. Cada día debe ir a un nuevo


examen médico. Su infinito está lleno de análisis de sangre, de citas con el urólogo, de ecosonogramas abdominales, de endoscopias, de chequeos de próstata... Jamás escribí dos líneas seguidas sobre esto. Sólo se me ocurrió y ahí quedó, flotando. Sólo lo recuerdo de manera ocasional. Como ahora. Aquella tarde pensé por primera vez seriamente en la muerte, en mi muerte. Sospecho que justo la línea anterior me la acaba de dictar ella. Siento su reclamo interior. Llevo escritos exactamente 6.432 caracteres y todavía no he dicho, no había dicho, que no se trata de la muerte en general, que es ella, mi muerte, tan singular como mi miopía, tan caprichosa como mi fascinación por los higos. En todo caso, no lo había escrito así. Pero es cierto. Tiene razón. Aquella tarde de pronto me vino la imagen de mi muerte. Como una ráfaga. Me vi ahí mismo, tendido en una camilla, en la emergencia de esa clínica. Me vi cadáver, helado, verde. Fue espantoso. Tuve la nítida sensación de que no me encontraba en ese lugar por azar. Que esa sala de emergencias no era un accidente sino un destino. Quería irme corriendo pero no podía. Sentí que lo mismo me pasaría cuando llegara el momento de mi muerte: no tendría manera de salir. A partir de esa tarde, algo cambió dentro de mí. Comencé a sentirme más frágil. Comencé a obsesionarme con esa idea. Es la única explicación que puede tener la inexplicable melancolía con la que me levanto ahora todas las mañanas. Es una señal. Un signo misterioso pero contundente. Un aviso. Decidí que ésos son los tres kilos de más que se mudaron a vivir conmigo cuando cumplí cincuenta años. Es lo único que he ganado con el tiempo. Todo lo demás es pérdida. Acabo de releer lo que he escrito y me resulta deprimente. No soy así. O no soy tan así. O quizás no soy sólo así. Hay un exceso de dramatismo en estas líneas. No me voy a morir mañana. Pero ahora tengo más presente la certeza de que me voy a morir. De eso se trata. Lo sé y vivo sabiéndolo. Saboreando ese saber. Lamentablemente. Eso es todo. Y quizás por eso cambian tantas cosas cuando uno cumple cincuenta. De hecho, yo siempre sentencié que jamás escribiría nada en serio, nada personal, nada que no fuera un libreto de televisión. Y ahora estoy aquí, sentado frente a la computadora, haciendo lo que siempre juré que jamás haría. Quizás por eso necesito aclarar que no estoy escribiendo un diario. Los diarios me parecen ridículos. Ridículos y amanerados, además. Tampoco ahora voy a traicionar lo que he sido durante toda mi vida. Sigo fiel a mis creencias. No me interesa la escritura como arte. Es mi forma de


ganarme la vida, nada más. No tengo ninguna pretensión literaria. Me decidí a escribir esto, más bien, como una estrategia clínica. Tiene que ver justamente con la pérdida. Desde que cumplí cincuenta también siento que estoy empezando a olvidar las cosas. O quizás olvido igual que antes pero ahora me doy cuenta, ahora me preocupa. Cada vez más. La simple sospecha de perder la memoria me aterra. Por eso abrí este archivo y comencé a escribir. Porque quiero tener mi memoria fuera de la cabeza, al alcance de la mano. Quiero poder leer mi vida si algún día amanezco no con tres kilos de más sino con muchos recuerdos de menos, con la mente casi en blanco. Aunque no sepa cómo ni para qué, aunque quizás ya no me sirva para nada, deseo tener mi vida en un lugar aparte, por si acaso. Escribir, para mí, es una labor preventiva. El día de mañana, si pasa algo, quizás estas líneas me ayuden a saber quién soy. Quién fui. Esto no es literatura, esto sólo es profilaxis Esta mañana todavía estaba oscuro. Abrí los ojos, observé las luces verdes del reloj despertador: cinco y trece. Después, la ventana tardó unos segundos en ser ventana. Antes, en mi mirada, sólo fue una mancha, una forma vaga, hasta que lentamente volvió a tener forma, a recuperar sus líneas rectas, sus ángulos perfectos. Me senté en la cama y volví a experimentar una inmensa pesadumbre. Esperé dos o tres minutos, a ver si seguía de largo, si yo sólo era un andén, un lugar de paso, la alcabala donde se detenía momentáneamente un fenómeno natural mayor, más trascendente. Eso sería ideal: que el desasosiego fuera un clima, que esta tibia aflicción no me perteneciera, que formara parte de las condiciones atmosféricas. Uno podría cada mañana, al encender la radio o el televisor, escuchar los pronósticos del día: borrascas y lluvias, algo de desconsuelo hacia el final de la tarde. No salga sin paraguas. O mejor: no salga. No es la manera más saludable de iniciar el día, lo sé, pero tampoco poseo otra. Me levanté y fui al baño, me miré en el espejo durante unos segundos. Tener cincuenta te da una extraña conciencia. Sabes que no estás a punto de morir, pero también sabes que ya entraste en la zona de riesgo. Ya pasaste el medio del camino de la vida. Yo lo crucé sin demasiadas audacias. A veces creo que eso es lo que me dice el espejo. Me cepillé los dientes, fui a la cocina, descalzo, desnudo, me gusta dormir desnudo, preparé la cafetera y me fui a sentar frente a la computadora. Ésa es mi rutina de cada madrugada. Leí el periódico en internet, revisé mis correos, nada interesante, ninguna novedad. Volví a abrir entonces este archivo, esta página. No sé por qué pero, últimamente, recordar y tratar de escribir sobre mí mismo


me produce alivio, me regala una sensación mórbida, me ayuda a encontrarle algún sentido a la vida. También puedo advertir que es una manera de escapar, de fugarme del hartazgo de mis días. Ahora, por ejemplo, debería estar, más bien, empezando a escribir mi nuevo proyecto. Me conviene. Mi última telenovela fue un fracaso trepidante. Sé que en el canal ya hay quien dice que estoy en decadencia, que mis mejores años ya pasaron, que ya entregué lo que podía dar. Hace diez meses escribí Amor indomable, una porquería sobre una muchacha campesina que llega a la ciudad en busca de su verdadera madre, a quien cree enferma en un ancianato. Muy pronto se enfrenta al misterio de descubrir que su madre no existe y que el médico que atiende la institución es su destino, el único amor de su existencia. Una mierda con credencial, con etiqueta. Eso era. Eso fue. Capítulo a capítulo y noche tras noche. En horario estelar. Pero era la mierda que me pidió el canal. Una historia rosa, clásica, antigua. Un culebrón típico. «Eso es lo que quiere ver la gente», dijeron. «No queremos nada enrollado, diferente; no nos interesa nada moderno.» Ésa fue la instrucción. Yo trabajo en el canal 6 desde hace veinte años. Ya soy de la vieja guardia. En la televisión, todo envejece más de prisa. Demasiado rápidamente, uno se convierte en paquidermo. A los altos ejecutivos los cambian de cargo, los van orillando a cumplir funciones más inocuas; a los creativos simplemente nos botan. Antes, yo tenía que entenderme con Rafael Quevedo. Él era el gerente de Dramáticos. Lo conocía desde siempre. Cuando entré al canal, ya él era productor de los programas de entretenimiento. Luego pasó a coordinar toda la producción dramática, y de ahí saltó a la liga de los vicepresidentes. Pero hace un año lo condenaron a la antigüedad, lo pusieron a cargo de los proyectos especiales. En realidad, es la más inocente y la más inútil de las vicepresidencias. Es puro ornato. Y él lo sabe. Quevedo no es tonto, lleva demasiados años en la industria, conoce perfectamente cómo funciona esta fábrica. Pero igual se resiste. Como un viejo boxeador, sueña con volver. Vive conspirando, dentro y fuera del canal, intentando que le den de nuevo una oportunidad, queriendo demostrar que él, que sólo él, sabe cuál es el secreto del éxito. Yo lo conocí en su época de oro. Cuando estaba bendecido por el rating, cuando tenía todo el poder. Él era el padre, el creador, el inspirador, el responsable de todas las novelas exitosas del canal. Fue el gran momento de nuestra industria. Por fin entendimos que la cursilería también podía ser un producto de exportación. Nuestras telenovelas se veían en Europa, en Asia,


incluso en algunos países del mundo árabe. Cuando un venezolano estaba de viaje, en el extranjero nos reconocían por el acento: «usted habla igual que en las telenovelas», decían. Ése llegó a ser nuestro sello de identidad. Formábamos parte de la peculiar comunidad de personas que decían «mi amor» cada cinco o seis palabras. En ese entonces, yo empezaba a destacar como autor de teleculebras. Los viernes, al final de la tarde, a veces Quevedo nos convocaba a su oficina. Ahí citaba al director, al productor de piso y al escritor a revisar los ratings, a analizar cómo iban las cosas en el estudio, a intercambiar ideas. Recuerdo nítidamente una de aquellas tardes cuando, de pronto, después de tomarnos unos whiskies para celebrar las excelentes cifras de sintonía de nuestra telenovela, Quevedo, raptado por la euforia, propuso que jugáramos a «El Impasible». Los otros dos que estaban en la mesa se rieron, era obvio que sabían de qué se trataba, que ya habían participado alguna vez en esa misma dinámica. Yo no entendí nada. Quevedo me contó que era un pasatiempo que había aprendido en España, en una reunión de ejecutivos de la industria. «Es muy sencillo. Ya verás.» Estaba anocheciendo, una tormenta tropical azotaba la ciudad. Las gotas de lluvia parecían dedos sobre el cristal de las ventanas. Quevedo salió de la oficina y, unos minutos después, volvió a entrar con una muchacha de una belleza distinta a las típicas bellezas que uno solía encontrar en el canal. Era delgada, no ostentaba su cuerpo como si fuera un trofeo; debía ser andina, tenía la piel muy blanca y el cabello negrísimo. Como alquitrán. Lo llevaba algo desordenado y en rizos, hasta los hombros. En sus ojos había timidez, temor. Sonreía, insegura, frágil. Si acaso tendría veinte años. «Ella es Yadira», dijo Quevedo. La muchacha saludó, inclinando levemente su mandíbula. «Va a actuar en la próxima novela de las nueve», añadió, con media sonrisa cínica, al tiempo que le daba una palmadita en la nalga y agregaba socarrón: «si se porta bien, claro está.» Los demás nos presentamos, dijimos cualquier cosa. Yo estaba nervioso, o quizás más bien un poco suspicaz; los otros dos saludaron con cierto disimulo, con una discreción mal disimulada, tratando de esconder una mueca pícara. «Bueno, mi vida, ya sabes qué hacer», dijo Quevedo, mientras ocupaba su lugar en la mesa. La muchacha, con ese mismo leve susto en el fondo de los ojos, se agachó y se deslizó entonces debajo de la mesa. Quevedo me miró, me guiñó un ojo, ofreciéndome una sonriente complicidad. No hicieron falta más palabras. Ése era el juego. Quevedo traía a una extra, a una aspirante a actriz a quien de seguro ya le había prometido algún papel, y la escurría debajo de la mesa que tenía en su oficina, donde solíamos reunirnos. Era una mesa redonda y


ancha, de fórmica, con bordes amplios, tendidos hacia abajo, como si escondieran unas gavetas ficticias. El pretendía que siguiéramos conversando seriamente mientras la muchacha, debajo de la mesa, debía elegir a uno de los cuatro y darle una mamada sensacional. La tensión se centraba en descubrir, mientras supuestamente discutíamos asuntos serios de trabajo, quién de nosotros estaba recibiendo una acalorada sesión de sexo oral. Por eso se llamaba «El Impasible». Yo tuve un pálpito. Tal vez no había consumido suficiente alcohol. O probablemente tan sólo fue el rostro de esa muchacha, su mirada; esa mezcla de candidez, ilusión y sacrificio, me mató. Me sentí incómodo, nervioso. Pero no lo dije. Nunca me levanté, jamás puse sobre la mesa algún reparo moral, no fui capaz de salirme del juego. Quevedo comenzó a hablar de inmediato de algo concreto, de un problema específico de trabajo. Como si justamente se hubiera reservado ese asunto especial para ese momento. Nos sorprendió con un tema serio, real y complicado, que de inmediato sumó más expectativa a lo que ocurría debajo de la mesa. Recuerdo que habló de un actor que se había incorporado al sindicato y que estaba dando problemas. El canal deseaba dar una lección. «Tienes que sacar a su personaje, Manuel», me dijo Quevedo. «¿Sacarlo?», pregunté. La conversación iba por un lado, pero nuestras miradas iban por otro, seguían atentamente cada gesto, cada mínimo movimiento facial, cada detalle de la respiración, que pudiera delatar a alguno de nosotros. Cuando sentí la mano de Yadira sobre mi pantalón, temí que se me quebrara la voz. «Eso es imposible», dije. No era verdad. Nada es imposible en una telenovela. Pero tampoco deseaba cumplir las órdenes caprichosas de la gerencia del canal. Me parecía injusto e indignante que la empresa castigara de esa manera a un actor que simplemente se había sindicalizado. Los dedos de Yadira comenzaron a tratar de abrir suavemente la cremallera de mi pantalón. Su mano hacía una leve presión, mi miembro ya estaba alerta, inquieto, tenso. El director abogó a favor del actor a quien el canal tachaba de conflictivo. No daba problemas, era puntual, siempre venía con la letra aprendida. El productor de piso dijo que él no opinaba, que él era un empleado, que él simplemente seguiría las instrucciones que venían de arriba. Arriba. Abajo. Eso pensé. Una de las manos de la muchacha se enroscaba en mi pene. La otra acariciaba mis bolas, con tanta suavidad. Se me hizo agua la boca. De repente sentí que el silencio me delataría. Traté de fingir lo mejor posible, mientras decía algo sobre la ética y la dignidad. Yadira se metió mi sexo entre los labios. Lo engulló. «No vengas con pendejadas políticas, Manuel», masculló Quevedo, sin dejar de usar una mirada periférica,


tratando de captar cualquier reacción particular en alguno de nosotros. Los movimientos de la muchacha eran tan tiernos, tan amables. Mamaba con una delicadeza extrema. No parecía apurada. En un momento, incluso, deslizó su lengua muy despacio, lamiéndome, como si pintara mi verga con su saliva. También me chupó los testículos. Sentí vértigo. «Más allá de eso –algo así creo que dije–, también hay un problema central en la historia: no puedo eliminar a ese personaje de un plumazo tan sólo porque la empresa lo pide. Ese personaje está muy pegado a la trama central, él es el único que sabe el secreto de la protagonista, incluso he estado pensando en usarlo temporalmente como contrafigura.» Dejé de hablar. Los otros tres me miraban, sonriendo. Sentí que el rostro se me calentaba, enrojecía. Los tres sonreían cada vez más abiertamente, cada vez más divertidos. Quevedo me señaló el ojo izquierdo. «Se te está saliendo una lagrimita», exclamó, ya en la risa, con una carcajada, celebrando con los otros el haberme descubierto. Debajo de la mesa, yo todavía temblaba dentro de la boca de Yadira. Desde ese día, esa aspirante a actriz siempre ha tenido un personaje en mis telenovelas. En papeles pequeños, en roles de escasa trascendencia, por supuesto, pero yo nunca le he fallado. He pagado aquel juego de esa manera y durante todos estos años. La he visto envejecer de historia en historia, haciendo de enfermera o de sirvienta, de mejor amiga de un personaje principal, de presidiaria o de monja. Ya sus ojos no expresan ninguna fragilidad; se ha operado las tetas y la nariz, tiene una hija de siete años En Amor indomable hizo de campesina ciega. Se la violaron en el capítulo 72. Me lo agradeció mucho. Estaba feliz. «La gente me reconoce en el metro», me contó. «Tú eres la de la novela, la que violaron», me dijo que le dijeron. Quevedo tampoco la olvida, aunque nunca recuerda su nombre. La llama simplemente La Lagrimita. Siempre me pregunta, con sorna, con ironía, qué papel le voy a dar a mi lagrimita en mi nueva telenovela. Ahora me doy cuenta de que ya no puedo cambiar nada de lo que fui. Ahora sólo puedo escribirlo. Quizás la escritura es la única oportunidad que tengo de ser distinto. Probablemente, esta versión de mí mismo sea mucho mejor que mi propia vida. Pensaba en esto hace un rato, cuando estaba en la cocina, preparándome otro café. Tal vez hice algunas cosas de las que ahora me arrepiento, pero también es cierto que tenía un ánimo, una fuerza, un ímpetu que ahora extraño, envidio. Tenía futuro. La lógica de la vida es mezquina. Cuando era un inconsciente, me gasté la mayor parte del tiempo que tenía. Ahora, que


por fin comprendo mejor tantas cosas, que por fin sé qué quiero y qué puedo esperar de mí y de los demás, ahora lo único que puedo hacer es despedirme. Estaba a punto de volver a deprimirme, yéndome por el mismo agujero; a punto de volver a escribir que hubo un día con tres kilos de más en la báscula, cuando de repente sonó el teléfono de la casa. «¡Épale!», dijo una voz. Yo lo reconocí inmediatamente. Quevedo saluda de esa manera. Jamás se presenta, no dice quién es. Da por descontado que uno siempre está esperando su llamada, que siempre lo voy a reconocer. «¿Cómo está la vaina?», preguntó. Le dije que bien, que ahí, ahí, lo que se suele decir siempre. Él estaba demasiado simpático, encantador. Me puse en guardia. Hablamos un poco del país, de algún viejo conocido común, al que ya ninguno de los dos frecuenta, hasta que finalmente aterrizó: «¿Estás ahora en un proyecto?», preguntó de pronto, yendo directo al grano. «Tengo que presentar una idea para mi nueva telenovela», contesté. Es la única ventaja que tienen los libretistas en la industria de la televisión. A veces pueden decir que están pensando. Y realmente ése era mi acuerdo con el canal. Estaba pensando mi próxima historia. «Pues, entonces, ya no pienses más», me dijo, lleno de un sospechoso optimismo. «¿Cuándo puedes venir a mi oficina? Tengo un proyecto ideal para ti, Manuel. Ya verás. Te voy a dar una gran oportunidad.» Llevo más de veinte años trabajando en la televisión. Cuando alguien dice que va a darte una gran oportunidad, piensa siempre lo peor.


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