Título de la edición original: Historia descabellada de la peluca
Edición en formato digital: julio de 2014
© Luigi Amara, 2014 © EDITORIAL ANAGRAMA, S.A., 2014 Pedró de la Creu, 58 08034 Barcelona ISBN: 978-84-339-3512-0 Conversión a formato digital: Newcomlab, S.L. anagrama@anagrama-ed.es www.anagrama-ed.es
El día 7 de abril de 2014, el jurado compuesto por Salvador Clotas, Román Gubern, Xavier Rubert de Ventós, Fernando Savater, Vicente Verdú y el editor Jorge Herralde, concedió el 42.º Premio Anagrama de Ensayo a Campo de guerra, de Sergio González Rodríguez (México). Resultó finalista Historia descabellada de la peluca, de Luigi Amara (México).
En su trรกgica desesperaciรณn arrancaba, brutalmente, los pelos de su peluca. CARLOS Dร AZ DUFOO (hijo)
PRÓLOGO DESORBITADO
Si tuviera que elegir un objeto para describir el sentido de la vida en la Tierra, una postal para enviar a los marcianos sobre nuestras obsesiones más fieles, me inclinaría en primer lugar por la peluca. Mamífera y artificial, insignia del poder y al mismo tiempo cómplice de una idea maleable de belleza, remota pero siempre persistente, en esa cabellera falaz que parece encaminarse hacia la vida propia se reflejan nuestros excesos y nuestros temores, el despliegue del cuerpo entregado a la seducción, así como los estragos psicológicos de ese sucedáneo del otoño conocido como calvicie. Por lo que revela de nuestra propensión al doblez y la simulación, por la forma en que cristaliza, en una maraña que se antoja agazapada y cariciosa, el desvío, la exuberancia concertada, ese mundo dentro del mundo que hemos convenido en llamar «segunda naturaleza» –pero que también podría denominarse «teatro»–, por todo eso escogería la peluca como representante sideral, como carta de presentación cósmica. Me gusta imaginar la cabellera que atraviesa la indiferencia del espacio y llega después de muchos años a otra galaxia, el estupor alienígena de sostener entre sus manos, en sus extremidades quizá lampiñas y horrorizadas, esa pelambre liviana y acaso a punto de saltar que, pese a ser probablemente indescifrable, habla de un mundo hirsuto y estilizado, donde nada es lo que parece y el enrarecimiento, tal vez porque participa de una necesidad vital, de las demandas inacallables del deseo, no deja de ser convincente. Más que una historia ilustrada y a decir verdad un tanto inconexa sobre el furor de los postizos –suerte de mosaico o tapiz reflexivo en torno a un tema que se diría de otro tiempo–, éste es un libro personal, una galería íntima y tal vez demasiado insistente alrededor de un único objeto. En lugar de un museo horizontal, de una colección variopinta de debilidades y fetiches recurrentes, y sin importar el riesgo de monomanía y anacronismo que quizá comporte, opté por un recorrido al interior de uno solo de ellos, un descenso por la trenza de asociaciones y perplejidades en que me veo reflejado al meditar sobre la peluca, al dejarme enredar en sus incitaciones, en su espesura improbable mientras la convierto en objeto del pensamiento. Al fin y al cabo, si Baudelaire descubrió que hay un mundo en la cabellera, ¿por qué no dar un paso adelante y contar la
historia del mundo a partir de la peluca, a partir de la cabellera que se sostiene por sí misma, desprendida del cuero cabelludo y por lo tanto del cuerpo, de la cabellera elevada a talismán, a pequeño pero inabarcable cosmos? Aunque se trata de un libro a su manera autobiográfico, su germen no se ubica, o no que yo sepa –no hay que desaprovechar la ocasión para hacer un guiño al psicoanalista–, en alguna parafilia inconfesable o en una propensión más o menos controlada, más o menos domesticada, al travestismo. Tampoco se originó –aunque sin duda algo tuvo que ver en todo esto– en la lectura del epigrama de Carlos Díaz Dufoo (hijo) que he colocado a modo de epígrafe, auténtica novela de una sola línea de la que estas páginas quizá no sean más que una nota al pie demasiado abultada, una rebaba tan desaforada como quizá excesiva. Sospecho que este libro comenzó, más bien, cuando todavía se estilaban las melenas, en aquellos tiempos no tan lejanos en que la cabellera podía ser un signo de rebeldía. Una tarde me di cuenta de que si encontramos cualidades libertarias en el pelo largo y suelto, o cierta estridencia en pintarlo de verde y moldearlo según la estética del alambre de púas, la peluca introduce una distorsión imprevista, un equívoco que se interna en la provincia del disfraz: más allá de la moda y los códigos de la cosmética, la peluca incorpora la paradoja de una libertad portátil y desechable, de una rebelión, por así decirlo, de pelos para afuera, festiva y extraordinaria a causa de su aura de carnaval, no por removible menos desestabilizadora. De la mano de sus antecedentes sólo en apariencia frívolos en los viejos salones franceses, advertí que la peluca era más bien apta para el libertinaje de noches licenciosas que para la libertad como valor revolucionario, y llevado por el atractivo de su artificio, por la fascinación de su superficialidad engañosa, empecé a preguntarme si la importancia simbólica de la guillotina durante la Revolución Francesa no estaría en que acababa de tajo con el reinado de las pelucas; en que, con el pretexto un tanto drástico de la decapitación, le ponía un alto a esos penachos estrafalarios que apenas pueden disimular su condición de coronas y que durante un par de siglos, como ya lo habían hecho durante el antiguo Egipto, dominaron la vida en sociedad. Desde el día en que caí en el embrujo de la peluca acaricié el proyecto de escribir un libro que, además de conducirme al examen de las costumbres de épocas distantes, me obligaría a reflexionar sobre una presencia extraña que en general ha sido desdeñada por superflua y expulsada olímpicamente del ámbito de lo pensable. Lenguaje en sí mismo, complemento de la máscara confeccionado con la propia materia de nuestras glándulas sebáceas, juguete de
la identidad, pese a que la primera peluca conocida data del año 3000 a. C. y en distintos momentos de la historia se extendió como una hidra cuyas cabezas correspondían a las de la población que de buena gana la portaba, la cabellera postiza suele situarse en los márgenes de las investigaciones «serias», incluso de las que versan sobre las alteraciones a las que se somete el cuerpo, aquellas que indagan por los límites entre lo orgánico y lo sintético, lo carnal y lo protésico, lo original y lo añadido en el ser humano. Si una de las preguntas clave de la Modernidad versaba sobre la validez de la imagen de la mente como una hoja en blanco, como una superficie virgen sin predisposiciones ni improntas, apenas sorprende que la legión de filósofos de aquella época atildada y optimista, todos rendidos a la fiebre de los pelos impostados, a la distinción de los laureles capilares espolvoreados de blanco, no extendiera también su interrogación al propio cuerpo, a la otra mitad del dualismo devenido en escándalo, en uno de los principales problemas del pensamiento y, pese a la evidencia desmesurada que se posaba sobre sus cabezas, convinieran más bien en su neutralidad, en su mera condición de dato, como si el cuerpo pudiera situarse al margen de las inscripciones del poder y estuviera libre de las huellas simbólicas, de las configuraciones del lenguaje y aun de las enfermedades colectivas. Ahora que apenas cabe duda de que vivimos en la era del cyborg, en un tiempo abierto a las ambigüedades y a la reinvención de lo humano en que la tecnología no ha dejado de violentar las fronteras entre lo biológico y lo artificial, la naturaleza y la cultura, lo propio y lo ajeno, me pareció advertir en la peluca, en ese entramado de pelos y prácticas rituales comprometidas con la idea de impresionar, un antecedente tal vez arcaico, tal vez embrionario, pero al cabo valiente y sugestivo, de las formas de superar las limitaciones del cuerpo y de alterar las contingencias de la identidad. Así como en el marco fugaz de una fiesta de pelucas –versión contemporánea y un tanto disminuida de las viejas celebraciones romanas, donde se intercambiaban los papeles sociales y las mujeres solían cubrirse con pelambres de animales salvajes– el rostro dislocado por el postizo se transforma en otro, en un representante ante el mundo en el que nos escondemos pero en el que al mismo tiempo nos proyectamos, quizá la primitiva costumbre de gastar peluca llevó en su momento a la reconsideración del cuerpo como herencia incuestionada y preparó el camino de la metamorfosis inducida, de esa subversión contra lo dado, contra lo que se presenta como inalterable, ya sea en la política de los sexos, ya en la consideración de lo que aceptamos como humano.
Tal vez todo esto suene un tanto desorbitado, pero en ese regalo conjetural a los marcianos con el que empecé estas páginas, en esa masa coqueta de pelo que viaja a los confines de la Vía Láctea en busca de un otro radical con quien confrontarnos, acaso estaría también uno de los primeros signos de nuestra mutación como especie. Un atisbo, no importa qué tan pasajero y desmontable, del poder de incidir en nosotros mismos, de cambiar el curso de las cosas que lucían inalterables, de lo que se erigía como fatalidad, como piedra de toque ante la cual sólo cabe la resignación y no, por ejemplo, la creatividad o la intervención plástica. Mientras contemplo el vuelo imaginario de la peluca por el firmamento, cómo surca la noche estrellada a un costado de su gemela celeste, la constelación de la Cabellera de Berenice, no dejo de pensar que ese adminículo vetusto, esa prenda incierta acusada tantas veces de falsedad, de ridiculez e injusticia, esa rarificación de nuestros encantos de primate, significó un eslabón rudimentario en el largo proceso de extender la vida humana más allá de sus límites, más allá de sus moldes considerados fijos, estables, sacrosantos. Aun antes de que se avizorara el arribo de la peluca «inteligente», ese dispositivo ya patentado que es al mismo tiempo un instrumento de navegación y una terminal de análisis médicos al instante, un haz de sensores filiformes y una interfaz portátil de comunicación, la peluca, la rancia y descocada peluca, que en sus mejores tiempos se elaboraba con una cantidad fantástica de pelo que ninguna cabeza humana podría gestar por sí sola, ya había puesto al hombre en el camino de su autotransformación, ya había cimbrado, desde el único lugar en que podría hacerlo –desde lo aparencial, desde esa zona tachada como prescindible y fútil en donde reinan los efectos–, las viejas nociones sustancialistas de la identidad, el género y el cuerpo.
TEORÍA DEL DISFRAZ
Adminículo recurrente del engaño, santo y seña para pasar inadvertidos, la peluca es un ardid capaz de despistar incluso a quien la porta. El cabello, que sabe ponerse del lado de la belleza o del ocultamiento, es la parte más maleable del cuerpo, y en la rueda de la fortuna de sus mutaciones no sólo compromete nuestro aspecto, sino la noción misma de lo que somos. Según la antropología, el rostro humano perdió pelo a lo largo de las generaciones y así permitió que se pudiera leer en él. Una vez que la actividad de los músculos se convirtió en surtidor de señales –en un auténtico lenguaje–, era de esperarse que, en forma de postizos adheribles y pelucas entendidas como capuchas, el pelo regresara al rostro con la intención de confundir. Para hacer menos antojadizo el caso de «delincuencia marital» de Wakefield, Nathaniel Hawthorne lo imagina en una tienda de pelucas. No sabe aún si su resolución de no volver a casa es una travesura de un par de días o un autoexilio de veinte años, pero Wakefield toma la precaución de cambiar su apariencia: se viste como un judío, con ropa discreta de segunda mano, y se procura una melena rojiza, que en muchas ciudades llamaría la atención pero en la abigarrada Londres tiene el efecto de la invisibilidad. (Por los mismos años, el osado Edgar Allan Poe postulaba que la mejor forma de desaparecer algo es dejarlo a la vista de todos.) Aunque se ha mudado a pocos metros de su esposa –quien no sabe si aceptarse ya como viuda–, el autodesterrado Wakefield, gracias a una transformación que se diría superficial, más que vivir al sesgo se transfigura en otro individuo. Ni siquiera la tarde azarosa en que, en medio del tráfago de la urbe, los ríos humanos hacen que marido y mujer se encuentren y se toquen por un instante, se romperá el hechizo de su incógnito. Como anota Hawthorne, es verosímil que en la larga broma de vivir al margen participara en grado importante la vanidad –el morbo acaso patológico de ver cómo se las arreglaría el mundo sin él–; con el paso del tiempo, sin embargo, el cuerpo embozado terminará por hacer suya la máscara, y no es impensable que, al despertar, en el sobresalto de verse reflejado cada mañana sin peluca, Wakefield creyera sorprender a un impostor. Construida en parte ante el espejo de los otros, esculpida a diario con los haces de cómo nos ven los demás, los cambios cosméticos comprometen
también la imagen que nos formamos de nosotros mismos, desdibujando, en nuestra propia cara, las fronteras de lo propio e impropio. Si la ropa y el peinado, además de expresar lo que somos, permiten acercarnos a aquel que entrevemos o imaginamos, entonces ajustarse la peluca o maquillarse, más que artimañas de la simulación o el doblez, forman parte de un ritual cotidiano de restitución. En unas saturnales de buró, secretas y melancólicas, Wakefield alteró su apariencia para desaparecer, pero también con el arduo cometido de reinventarse. Una vez que la atareada y egoísta Londres le confirmó que, por más extravagante que fuera su plan, se había convertido en nadie, pudo desenvolverse con la naturalidad de un fantasma. Lo que había comenzado como un juego oblicuo produjo finalmente su conversión interior, hasta el punto de que durante mucho tiempo no supo dar marcha atrás. Su odisea a la vuelta de la esquina se prolongó tanto como la de Ulises, «el de los muchos trucos», el embaucador sin par. Al igual que él, volvería a casa veinte años más tarde como quien regresa de un mundo paralelo, deshaciéndose de su disfraz. Pero, antes de convertirse de nueva cuenta en Wakefield, descubrió que, gracias a la alteración de una de las partes más llamativas del cuerpo –y, significativamente, acaso la más prescindible–, no sólo se manipula la forma del rostro, sino también la personalidad. Cuando pesaba sobre Salman Rushdie la sentencia asesina de la fatwa, la recomendación del departamento de policía de Londres parecía inspirada en Wakefield y en la mente detectivesca de Poe: cubrirse el rostro atraería de inmediato las miradas, así que lo indicado era dejarlo al descubierto y confiar en los poderes de la peluca, tal como antaño solían hacer los salteadores de caminos y los generales de campañas militares como Aníbal Barca. En lugar de encerrarse en un búnker, podría desplazarse alegremente por las calles como si la persecución por injuriar a Dios perteneciera a una era enterrada. La policía, partidaria de la economía del disfraz –basta alterar los rasgos decisivos para volverse irreconocible–, no contaba con que, más que disimular a un hombre, su misión consistía en borrar del mapa una figura, un repentino símbolo. La policía también insistió en que adoptara un alias; así al menos podría firmar cheques sin correr peligro. El sortilegio de las palabras fue más poderoso que el de la mistificación capilar: Rushdie, un escritor de raza aun en la forma de ocultarse, no sólo cambió de nombre, sino que se acopló a su nueva identidad con la disposición de un personaje ficticio. A la hora de escribir sobre los años blasfemos en que se llamó Joseph Anton –un tributo tal vez demasiado evidente a sus autores favoritos, Joseph Conrad y Antón Chéjov–, Rushdie eligió la
tercera persona del singular, como si contara en realidad la historia de otro hombre, de alguien que no es, que no fue él.
«La peluca estaba lista y llegó en una caja de cartón; parecía un pequeño animal dormido.» Salman Rushdie, Joseph Anton, a Memoir (2012). El quimérico regalo (2011), fotografía del autor
Pese a que no hay postizo que alcance para embozar un emblema o para distraer un fanatismo, cabe adjudicar el fracaso de la peluca de Rushdie a su propio descreimiento. En vez de concebir el disfraz como el primer paso de su metamorfosis, cayó en el error vulgar de tomarlo por un velo, por una pantalla. Pasaba de los cuarenta, su frente se empeñaba en extender sus dominios a nuevos hemisferios, y no hay que descartar la interferencia de cierto inconsecuente orgullo juvenil. Cuando abrió la caja en que se encontraba la peluca, hecha a imagen y semejanza de su cabello y acorde a su tono de piel, la confundió con un pequeño animal dormido. ¿Cómo podía desdoblarse en otro si temía parecerse a Daniel Boone? En el paseo de prueba por Loane Street las risitas no se hicieron esperar. El acabose llegó con un grito: «¡Miren, allá va el maldito de Rushdie con peluca!» Cuentan que Menefrón fue uno de los hombres más libres ya que nunca vio reflejado su rostro. Jamás encontró aguas suficientemente apacibles como para saber de sí, para atisbar siquiera fugazmente sus facciones. Wakefield, que se miraba todos los días al espejo para estar a la altura de su disfraz, conoció la
libertad de quien ha renunciado por una temporada a su rostro, esa libertad contrahecha de quien, todavía atado a su mundo, ya no puede participar en él. Durante el tiempo en que se bifurcó en Joseph Anton, Rushdie vivió en carne propia lo que había logrado tantas veces por escrito, pero no atinó jamás a inventarse un rostro nuevo. A costa de su libertad, calcó sus rasgos en el otro en el que debía convertirse, le confirió su terca apariencia de siempre –a la que, por lo visto, no estaba dispuesto a renunciar. En los años terribles del ocultamiento, cuando aún pendía sobre él la amenaza fanática, hubo dos hombres con el mismo rostro: el rostro de un perseguido.