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Primera parte

Quan fui gran e sentí del món sa vanitat, comensé a far mal e entré en pecat, oblidant Déus gloriós, siguent carnalitat.1 RAMON LLULL, «Desconhort»


1 En mi ánimo está contar la parte invisible de la vida de un hombre al que me unió el azar y de quien seguí sus pasos mientras no llevaban rumbo. También es mi intención describir las obligaciones de su cuerpo, la posibilidad de su alma y, si soy capaz de componerlo, el rompecabezas de sus rasgos, que con pocos años tenía las facetas –piel limpia, óvalo de luna llena, oscuros ojos grandes– de un rostro agraciado, y algún viento aciago las descolocó. Le vamos a llamar Vicente, nombre pensado por otros para un niño real. Ni a él ni a mí nos ha gustado nunca. En su adolescencia estuvimos a punto de cambiárselo, pero él pensaba en uno, francés y corto, yo en otro, largo y señalado en su partida de bautismo. Esos dos nombres opuestos se pelearon entre sí, y la riña acabó con el propósito. Yo no me llamaré de ninguna manera, al menos de momento.


2 Había nacido en la misma ciudad que yo, pero no a la misma hora que yo. Cuando él nació, yo le estaba esperando. ¿Cuántos años de espera? Lo parecidos que somos y lo viejo que resulto a su lado. Crecimos separados, cauteloso el uno con el otro, quizá temiéndonos. Yo era el menos temeroso, el más curioso también: sabía dónde estaba él en todo momento, lejos y cerca, semejante y diferente. Él me ignoraba. Yo no le hacía falta. Todavía. La ciudad era pequeña, lo suficientemente grande para que los dos pudiésemos evitarnos. Siempre estaba el mar al fondo cerrando las calles de bajada, un mar quieto que no nos daba su calma. Y altas palmeras de tronco recio. Detrás de las más anchas me oculté yo de él alguna tarde, cuando se me hacía inaguantable. Siempre había gente a nuestro alrededor. Las familias de todos nosotros, su familia, tan acogedora, los niños del colegio, sobre todo los niños del colegio, que nos miraban como se mira al que viene a quitarle dulzor a la infancia. Ni él ni yo teníamos la amargura que nos atribuían. La única diferencia entre ellos y nosotros era que ellos eran muchos, y nosotros ni siquiera llegábamos a ser dos. La mirada de los sacerdotes que nos educaban se puso en él, y nadie entendía por qué, salvo yo. Algo dentro de él, inapreciable a los otros, tenían que ver esos hombres santos para fijarse tanto en un díscolo, un desganado, un flojo. Vicente no miraba nunca a la pizarra, solo por la ventana: el campo llano, los raíles del tren de cercanías que no circula, la escultura de bronce de la Virgen junto al estadio. Yo le miraba a él. Se hacía notar por su falta de atención en las clases, por las buenas notas que sacaba –se decía– sin abrir los libros, por su mala pata en el balompié. Muchas veces no respondía cuando le preguntaban los maestros, ni hablaba de pupitre a pupitre con los compañeros, ni tiraba, como todos, aviones de papel a la calva del profesor de francés. Corría entre los alumnos la idea de que era único, el único presuntuoso, el único astuto, la única voz en discordia. En los recreos se hacía el entrometido. No jugaba al fútbol pero opinaba sobre las faltas de los demás, animaba a los lerdos, se reía del gol de chiripa. Yo


apuntaba en mi memoria esas infatuaciones suyas, esos desplantes, esa falta de caridad. Nunca dejĂŠ de estar junto a ĂŠl. Por eso vi de cerca sus metamorfosis.


3 Lo primero que te cambió fue la cara, mientras el resto de ti seguía su curso fondón. Por debajo del rostro eras un cuerpo opaco. Tengo en la mano una fotografía tuya anotada por detrás a lápiz, con la letra muy singular de tu padre: «Vicente, doce años.» Te veo en la foto y te recuerdo, sin saber cuál eres. El de la foto, tan sonriente, tan ufano, o el que yo recuerdo, mustio y de labios torcidos cuando pensabas que nadie te estaba viendo. Yo te veía. Por eso la voy a llamar Foto del Niño Indefinido. En esa foto, más que la tuya se ve en ti la cara de tu madre, todavía la cara femenina, la cara llena y clara de tu madre, avasallando como una sobreimpresión el rostro informe de un chico de pestañas largas y ningún brote de vello en las mejillas. Eras, de los muchachos de la clase de segundo, el que más tarde tuvo el asomo de una barba, al que más le costó quebrar la fisonomía materna y entrar en el molde del padre, un cambio que se produjo tan paulatinamente que nadie lo advirtió, y tú el que menos, ignorante de tal dominio de los rasgos de la madre en el cutis del hijo pequeño. Como por mis aficiones literarias me gusta divagar, tengo teorías sobre esa inconsecuencia cutánea. Qué mejor sitio que este para exponerlas. En el rostro de todos los nacidos niños, más que en el de las nacidas niñas, se libra una batalla, acabada solo con la llegada de la adolescencia. La batalla la entablan la supremacía viril y la supremacía femenina, una guerra no declarada en que las posiciones de los contendientes retroceden y avanzan sin causar dolor ni pérdidas. El campo de esos rostros se lo reparten, padre y madre, hasta –diría yo, sin fijarme solo en ti– los quince o los dieciséis años, en segmentos de edad distintos y cambiantes. El bebé no es de ninguno; en su organismo completo pero primario, cuando no se sabe sin recurrir al tacto genital lo que esconde entre sus pañales la criatura, padre y madre hacen las paces de la neutralidad. Las primeras escaramuzas dan a entender que el chico será varonil y la niña femenina. Pero hay en los chicos, en unos más que en otros, un interregno en el


que la madre se apodera del territorio de la epidermis, superando en la contienda el dominio hirsuto y anguloso del padre. Libre de vello, suave de superficie, la piel del niño le coge miedo al carácter masculino, y el padre, como si abdicara temporalmente de su reino genético sabiéndolo impreso en el cuerpo de su hijo, no se manifiesta, con lo que los rasgos de la madre predominan. Así fue en ti. ¿Tiene que ver –por algún misterioso vínculo que no sé si la ciencia justifica, pues yo divago pero no soy sabio en ninguna materia, excepto la de tu vida–, tiene eso que ver con la permanencia del cuerpo del futuro varón en una cavidad de hembra incapaz de discriminar lo que está germinando pero por todas sus membranas indudablemente femenina? ¿Somos los niños, al menos de rostro, todos un poco niña, un poco suaves y tersos hasta que la aspereza irrumpe virilmente en nosotros? Sigo especulando a costa de ti: a esa edad de incierta y lenta afirmación somática, la ropa, y el color de la ropa, más que los rasgos, son el estandarte de nuestro sexo. El bozo. No lo sentías, ni te lo veías al lavarte la cara, tú que luego has sido el rey de los espejos. Era chinesco en su siembra desorganizada encima del labio. O africano, por su raleza. Un día estuve a punto de pasar un dedo para ver si esos pelos tuyos eran, además de ralos, débiles. No me atreví. Desde que te conozco te quejas de tu piel. La llamas la Irritable. Y dices verdad. A los primeros fríos se corta, le salen pupas cuando tienes unas décimas, el orzuelo pasa temporadas en tus párpados, y antes de instalarse lo anuncia con pucheros.


4 El rostro niña. La edad niño. Por aquella época no nos parecíamos en casi nada; solamente en las gafas, y también en eso me traicionarías cuando te pusiste lentes de contacto sin avisar. Sentí un día en mis ojos el lastre de tus gafas de pasta negra y el de las mías, las dos idénticas. Teníamos las mismas dioptrías, aunque la graduación fue cambiando. Tus ojos mejoraban, se corregían, y las lentillas hicieron más esporádicos los orzuelos. Yo tuve, antes que entradas en el pelo, mirada de cegato. Hablábamos igual, decían. Decían que tu manera de hablar se contagiaba, y a algún otro chico del colegio, menos cercano a ti que yo, también se la pegaste. Mi caso fue distinto. Yo quería hablar como tú. Ya que no podía ser tan diferente como tú, ni tan religioso como tú, intenté ser el eco de tu voz. Eras el niño más flaco que hubo, el más rollizo, el más sonriente y de peor genio, el más insensible y frágil de todos. Como si dos temperamentos tuvieran cabida dentro de ti, sin oposición. Los dos tuyos, o ninguno tuyo. El risueño, el resbaladizo, el escuálido. El talante de un joven grueso que va del malhumor a la zalamería. Ahora es distinto. Con el paso del tiempo eres un hombre que tiene más edad de la que se le calcula y vive por encima de sus medios. Has envejecido dentro de mí. Me pesan tus años. La mudanza es la peor de las metamorfosis. No cambias tú sino el mundo a tu alrededor. Por mucho que tires, lo que conserves no encontrará lugar. El lugar que le diste, el que a tu lado tuvo. Mudar de casa es volver a una vida anterior a la memoria, una vida a la que se le acaba el tiempo. Una vida en habitaciones vacías por las que caminas con andar débil y donde nada te sirve de apoyo. Ni recuerdos, ni muebles, ni la antigua ropa que se amoldó a tu cuerpo o lo moldeó. ¿Cuántos años viviste protegido por ellos, cuántos dentro de ella? ¿Cuántos te quedan?


5 Fatiga mucho abrir y cerrar cajas, buscar papeles, romperlos o meterlos en grandes sobres blancos, echar a la basura lo que ya no puedes abrocharte. Hay que ver lo delgado que llegaste a estar. Entre perchas arqueadas por el cargamento de camisas pasadas de moda cuelgan las prendas de punto con cierre alto de cremallera, para proteger tu quejosa garganta, las chaquetas de lana gruesa y las de vestir, menos forradas, y la colección de los sobretodos, pellizas, gabardinas, impermeables, gabanes, que tanto te ha gustado siempre llevar en cuanto llega el invierno, ya que ir a cuerpo para ti es una forma de ir desnudo. Sin ninguna estrechez entrabas en ellos, y ellos se pegaban a ti como una segunda piel más delicada aún que la tuya. Las fotografías. Algunas las rompiste, porque te enfadabas, y hoy, cuando ya no sufres enfados de amor, te gustaría tenerlas. Te gustaría tener más de la chica francesa, la madre del que pudo haber sido tu hijo, arrancado del interior de su cuerpo y nunca de tu cabeza, la chica francesa que se parecía a Jean Seberg y también fue, como Jean Seberg, descubierta para el cine, pero no lo hizo bien, o no encontró el artista que la dejara ser artista. Alguna más rompiste, por despecho, y guardas sus trozos, repintados los ojos con ceras, afeados los pómulos por manchones de tinta, como verrugas, cerrados los labios con tiras de esparadrapo. Eres el fetichista de lo que has roto. Las que guardaste enteras. Sueltas entre las hojas del álbum, sin meter bajo las delgadas láminas de plástico, están las viejas fotos familiares de quienes no llegaron a verte nacer. Tampoco tú sabes quiénes son ellos. Los más desconocidos te resultan decimonónicos, campesinos con trajes de ciudad que les quedan tiesos. En la primera página llama la atención, como si fuera la antepasada de un linaje antiguo, una hermosa mujer, ancha de cara y con vestido largo de noche, sentada junto a un niño que está de pie, un niño tan sonriente que solo puedes ser tú, también muy acicalado, aunque se nota que el niño no va a la fiesta. La


madre se ha fotografiado con su hijo pequeño como si esa pose, ese vestido largo, ese collar de perlas y esos pendientes brillantes fueran el desagravio para quien se queda en casa solo esperándola. En el mismo pliego del álbum hay un caballero con un abrigo negro, sombrero de ala corta y bastón, incongruente su elegancia con lo que tiene detrás, una fragata de guerra fondeada en el puerto de Cartagena y unos marineros rasos acodados en la borda haciéndole un corte de mangas al dandy del muelle. El dandy no lo es en la siguiente foto, en la que el uniforme naval le viene ancho y la gorra de plato deja ver el rapado tajante de los reclutas. Tu padre, dijo siempre tu madre cuando él no estaba delante, era muy presumido. Páginas de desnudo. Un bebé dentro de una bañera de plástico con dos dedos de agua, y la sonrisa del recién nacido ya es la de quien quiere agradar a los adultos. A los adultos hay que suponerlos en esas tres fotos: no se les ve nada más que las manos, que tienen el jabón, la esponja. El barquito de vela de goma flota por sí solo. En las restantes hojas del álbum estarán las fotografías del tiempo que al bebé desnudo de la bañera le costó llegar a ser el chico entrado en carnes y con gafas que por primera vez se ha puesto pantalones largos y una corbata que no es la del uniforme del colegio, para la foto de cumpleaños. A punto de cumplir quince años, en tu cara sigue todavía la cara femenina, la cara llena y lisa de tu madre dominando el rostro de un adolescente sin vello en las mejillas. Se ha puesto pantalones largos y le ha cambiado la voz, pero no fuma, cuando los demás muchachos de su edad fuman a hurtadillas pasándose de mano en mano una revista de chicas en cueros. Él los miraba fumar y toser, rechazando el pitillo cada vez que le llegaba en el corro de los compañeros de clase. Jamás fumaba, sin decir por qué. No era por la salud, ni por el dinero de las cajetillas, ni por estar prohibido por los padres, los del colegio y los de cada cual. No fumaba, sin motivo alguno, o por algún motivo secreto. No fumaba entonces y no ha fumado nunca, y solo yo podría contar el porqué. No lo hago, al menos por ahora. Que lo haga él, si decide hacerlo.


Edición en formato digital: septiembre de 2017

© Vicente Molina Foix, 2017 © EDITORIAL ANAGRAMA, S.A., 2017

Pedró de la Creu, 58 08034 Barcelona ISBN: 978-84-339-3835-0 Conversión a formato digital: Newcomlab, S.L. anagrama@anagrama-ed.es www.anagrama-ed.es


1 «Cuando crecí y sentí mundana vanidad,/en pecado entré y me di a la maldad,/olvidando a Dios, por la carnalidad.»


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