Edición en formato digital: diciembre de 2012
© Fernando Savater, 2013 © EDITORIAL ANAGRAMA, S.A., 2013 Pedró de la Creu, 58 08034 Barcelona ISBN: 978-84-339-3416-1 Conversión a formato digital: Newcomlab, S.L. anagrama@anagrama-ed.es www.anagrama-ed.es
En recuerdo de Pilar Mirรณ
CARTA DE AJUSTE
Escribí esta comedia filosófica hace más de veinte años para la TVE que entonces dirigía Pilar Miró y a petición suya. Fue interpretada por una muy joven Cayetana Guillén y creo que por Francisco Merino. Lamento no recordar el nombre del realizador. No guardaba copia del texto en el crónico desorden de mis papeles de entonces, muy anteriores a mi paso al ordenador y sus ventajas archivadoras. Pero mi querida amiga y cómplice teatral María Ruiz había conservado un ejemplar mecanografiado. Como recordaba la pieza con recelosa simpatía volví a leerla hace unos meses y me sorprendió gratamente, lo que no suele ocurrirme con mis escritos de fechas tan remotas. Decidí que merecía la pena volver a reescribirla por completo, con el noble pretexto de incorporarla a la memoria de mi ordenador (la de la posteridad me preocupa menos). El resultado es el libro que ahora les presento. La comedia es el género propio para retratar el empeño filosófico desde sus comienzos: como escena inicial, la caída a un pozo del presocrático Tales de Mileto, mientras caminaba distraído mirando a las estrellas, y la risa de una criada que contempló burlona ese accidente por abstracción. Esa carcajada fue la primera, pero ha marcado el ruido de fondo con el que se ha contemplado desde fuera a la filosofía a través de los siglos: a partir de entonces, siempre ha habido criadas y criados para reírse de los filósofos. Que un simple mamífero pretenda comprender el universo resulta bastante cómico, admitámoslo. Pero quienes se ríen suelen ser gente del servicio, empleados serviciales, cuya primera pregunta nunca es otra que: «Y esto... ¿para qué sirve?» Mucho más sutil es la burla de Luciano de Samósata (que también fue algo filósofo él mismo) en su diálogo Subasta de filósofos. Los dioses del Olimpo deciden vender filósofos ilustres al mejor postor en la plaza pública, pregonando sus principios morales ante los posibles compradores como solía hacerse con la robustez y disposición para el trabajo de los esclavos. Naturalmente, las morales hedonistas o menos exigentes hacen subir la cotización de los subastados mientras que nadie quiere cargar con los rigoristas... En su primera versión televisiva esta pieza se llamó Un paso en falso. Hace pocos años vi una película americana del género negro titulada igual, así que decidí cambiar ese nombre por El tropezón. Casi de inmediato estrenaron una
pieza teatral con el mismo título, de modo que lo mudé a El traspié. Y así se va a quedar, aunque empiecen a darse traspiés por todas las salas cinematográficas o teatrales que me rodean. La subtitulé Una tarde con Schopenhauer y, como era de prever, me faltó tiempo para encontrar en los estantes de una librería la novela Un año con Schopenhauer de Irvin D. Yalom. Pero no pienso dejarme alterar por tan poca cosa. Madrid, 8 de noviembre de 2012
DRAMATIS PERSONAE
Doctor Arturo SCHOPENHAUER, filósofo. Elisabet NEY, escultora. Margaret SCHNEPP, ama de llaves. Rodrigo de ZÚÑIGA, viajero y hombre de mundo.
(Frankfurt, 1859. Salón de la casa de Schopenhauer. Vemos una chaiselongue, un Buda dorado sobre una especie de podio o altarcillo, retratos enmarcados de Kant y Goethe así como de algunos perros caniches. Cuando comienza la obra, Schopenhauer está sentado muy tieso, inmóvil, ofreciendo su perfil a la escultora Ney, que está acabando de modelar su busto en arcilla. El filósofo es un hombre bajo y atildado, de poco más de setenta años. La señorita Ney es hermosa, tiene venticuatro años y viste totalmente de blanco) NEY: Un poco de paciencia todavía, señor doctor. Ya estoy dando los últimos
toques. SCHOPENHAUER: No tengo prisa, mademoiselle. Estoy acostumbrado a esperar.
¡He esperado tanto tiempo! Me había resignado ya a pensar que toda mi fama debía ser póstuma, pero según parece aún va a darme la vida ocasión de asistir a su comienzo. El telón de la farsa se levanta –¡la farsa de mi gloria, mademoiselle!– y yo estoy todavía en el escenario, como un tramoyista sorprendido por el comienzo de la función que ha de refugiarse apresuradamente entre bambalinas, azorado por los aplausos del público. N: ¡Quieto, por favor! S: Perdone. Mi carácter es vivaz, apasionado. Aún lo sigue siendo, a pesar de
los años. El carácter de cada cual es eterno: nos acompaña sin alterarse desde la cuna hasta la tumba. Hay un refrán español que dice «Lo que en la cuna se mama, en la mortaja se derrama», y es muy cierto. ¡Uf, la quietud va contra mi carácter! Me cuesta toda esta inmovilidad, mademoiselle, aunque me la exijan gratamente la posteridad y usted. N: Ya acabo, doctor. Estoy en los últimos detalles... Pero, mientras, hábleme de
algo interesante... aunque sin agitarse. No comprendo cómo una obra tan magnífica como la suya ha podido permanecer ignorada durante tanto tiempo. S: Treinta años, mademoiselle, ni más ni menos que treinta años de silencio.
Toda una vida, como suele decirse. Pero a fin de cuentas no me importa. Cuando
hago balance, considero que no me las he apañado mal del todo. Sí, créame, he salido bien librado. He hecho mis cálculos, ¿sabe usted? N: ¿Sobre qué ha calculado, dígame? S: Sobre la gloria a la que tengo derecho. Verá usted... N: ¡Por favor, no se vuelva! Siga mirando al frente... S: Claro, claro... N: Me hablaba usted de su gloria, doctor. S: Pues verá, calculo que ha de durar unos ventisiete mil años. Mi teoría es que
cada genio ignorado disfrutará entre las generaciones venideras de una fama no inferior al cubo de los años durante los cuales pocos o ninguno de sus contemporáneos le hicieron caso. Como mi obra ha permanecido culpablemente ignorada durante unos treinta años..., pues treinta al cubo hacen... N: ¡Ventisiete mil años! S: Más o menos, claro. Pueden entrar en juego imponderables que acorten o
incluso alarguen ese plazo. Pero estoy seguro de que no me equivoco en mucho. N: En fin, me alegro por usted, aunque en cuanto a mí lamento no poder asistir
a tan justa y amplia revancha... S: Aún es usted muy joven, mademoiselle. N: En efecto, sólo he vivido venticuatro años pero dudo que se me conceda
durar mil veces más. S: Sin embargo, le aseguro que asistirá usted a mi entronización indiscutible en
el Olimpo de la filosofía, junto a Platón y Kant. A mí, en cambio, sólo me queda la satisfacción postrera de ver cómo el proceso se pone en marcha. N: Ya es suficiente recompensa, ¿no?
S: En cierto modo. En lo tocante al renombre, por triste que sea decirlo, los
humanos nunca estamos satisfechos. La fama es como el agua del mar: cuanto más bebemos de ella, más sed tenemos. A este respecto, ya lo ve, no soy mejor que los demás. Le parecerá a usted pueril, ¿verdad? Perdón, vuelvo a moverme. N: Ya no importa, acabo en un momento. Y le comprendo muy bien, querido
doctor: no reclama usted más que lo que merece. S: (Suspirando) ¡Ésa es mi única excusa! En el fondo, quisiera ser capaz de
pensar como Marco Aurelio, quien dijo que preocuparnos por la consideración que hemos de merecer a los hombres del futuro es tan insustancial como lamentar no haber sido conocido por los hombres del pasado. Pero no soy tan ecuánime: la marginación injusta que he sufrido me escuece demasiado. N: ¡Bah, seguro que Marco Aurelio no era del todo sincero! La prueba es que
de todos modos ha obtenido esa fama a la que supuestamente renunció. (Ríe entre dientes) Desde luego, seguro que yo no soy menos sincero apeteciendo la gloria que él menospreciándola. Porque la sinceridad absoluta es mi vocación, mademoiselle. Cueste lo que cueste, es mi divisa..., incluso diría que mi vicio. Pero en el reino de la hipocresía en que vivimos, ser sincero es correr el mayor de los riesgos... S:
N: Puede relajarse, doctor. Por hoy hemos terminado. S: ¡Gracias al cielo o a quien sea! Ya empezaba a sentir calambres. Vamos a
ver qué cara voy teniendo. (Contempla el busto) ¡Muy bien, excelente! Enhorabuena. Así soy yo. Y así quiero ser recordado. El parecido no es sólo superficial. Realmente ha sabido usted captar algo más hondo, más verdadero... N: ¿Quizá la nobleza de su espíritu? S: O la intransigencia fatal de mi demonio, al que yo llamo voluntad. ¡Quién
sabe! Le parecerán a usted chocheces de viejo, pero antes de que mi cuerpo desaparezca y los elementos eternos que lo componen vuelvan a su danza infinita para nuevas combinaciones, quisiera dejar constancia fidedigna de cómo soy.
N: Creo que merece la pena y a ello dedico los esfuerzos de mi arte. La forma
externa es siempre algo más que mera apariencia: a veces tiene la fuerza de una revelación. Pero en este caso, doctor, debo admitir que su auténtico rostro está en su obra. S: ¡No, mi rostro no! Mi empeño, mi búsqueda, mi sabiduría incluso, pero no
mi rostro. Sin duda lo más importante está en mi obra, pero falta el rostro. Y lo importante se salvará por sí mismo, sin duda... N: ¡Ventisiete mil años de gloria, nada menos! S:
Exacto. A ese respecto, estoy tranquilo, ya hice todo lo que tenía que hacerse. Escribí mi libro y mi libro se defenderá por sí mismo, para siempre. Pero ahora quisiera ocuparme de mi rostro, por accidental que sea. Pretendo que los hombres que a través de los siglos vayan leyendo el libro contemplen después el rostro, exactamente tal como fue, y murmuren con reverencia y con espanto: «Aquí ocurrió.» Igual que los viajeros conmovidos contemplan la llanura de Maratón o los campos de Waterloo. N: Grandes batallas ganadas... ¿o perdidas? S: Ambas cosas, por supuesto. En cualquier caso, lugares que merecen respeto,
por el coraje derrochado, por el esfuerzo y hasta por la estupidez ilusa allí empeñada. Este rostro mío devastado es el paisaje después de la batalla, una batalla más grande y más insólita que las libradas por los presuntuosos matarifes a los que levanta estatuas el abyecto populacho. ¿Sabe, mademoiselle? No quisiera que las arrugas de este mínimo paisaje fuesen borradas del todo. N: He hecho lo posible por que no lo sean. Faltan todavía algunos retoques,
desde luego, pero creo que el parecido está logrado. S: Sin duda, sin duda, y se lo agradezco mucho. Confié en usted desde el
principio, a pesar de su juventud, a pesar de... N: ¿A pesar de ser mujer? S: A pesar de todos los pesares. Pero no he puesto todos los huevos en una sola
cesta, como suele decirse. Para estar más seguro, he tomado otras precauciones.
Vea usted. (Le pasa un manojo de cartulinas, tomadas de un cajón de la cómoda) N: ¡Excelentes daguerrotipos! Sobre todo
éste: impresiona por su fuerza y casi... casi por su ferocidad. Parece usted un gato salvaje, mi querido doctor. S: (Riendo) ¡Vaya un cumplido! No me gustan tanto los gatos como los perros
y detesto el salvajismo, pero en fin... Sí, tiene fuerza, tiene fuego. Es también mi preferido, sin duda. N: De todas formas, no confío mucho en estas representaciones. Creo que la
mano creadora y el ojo certero del artista nunca podrán sustituirse por trucos mecánicos. S: ¡Completamente de acuerdo! Valoro el busto que usted ha realizado por
encima de estas estampas, pero espero que puedan servirle al menos de complemento. (Misterioso) Y aún hay algo más... N: Deje que lo adivine: guarda usted algún retrato suyo anterior, quizá de su
juventud. S: (Riendo y frotándose las manos) ¡Ni más ni menos! ¡Que intuición tiene
usted, mademoiselle! Lo tengo aquí, bien oculto, y muy pocas personas han tenido ocasión de verlo. Fue pintado antes de que yo cumpliese los venticinco años... (Lo saca de un cajón y se lo enseña) N: Me emociona, no puedo remediarlo. Así que éste es el paisaje tal como era
antes de las batallas... S: No, antes no, en todo caso en pleno combate. Recuerde que yo escribí la
mayor parte de mi gran obra cuando aún no tenía muchos más años de los que usted tiene ahora. Pero mírelo bien..., ¿no le extraña nada en este retrato? N: Pues no sé... Ha sido usted muy buen mozo, doctor.
Por favor, mademoiselle, no sea trivial para halagarme. Utilice su ojo certero de artista... S:
N: Déjeme ver. Quizá... ¡el color del pelo! Claro que yo no le he conocido a
usted más que con el pelo blanco. S: Y escaso, dígalo de una vez. Pero cuando me hicieron este retrato lo tenía
abundante, aunque desde luego no de este color. N: Viéndolo se diría que fue usted pelirrojo. S: ¡Nunca, nunca! ¿Me oye? Nunca tuve el pelo rojo. Yo era rubio, de un rubio
bastante especial que el pintor reprodujo con toda fidelidad. Pero en cierta ocasión, hace muchos años, en Dresde –sí, creo que fue precisamente en Dresde–, colgué el retrato frente a una ventana y el sol estropeó los colores. Ahora parece que el pelo tiene tono de zanahoria, como usted misma ha dicho. Pero le puedo jurar que yo nunca... N: Le creo, doctor. Pero después de todo es un detalle de importancia menor,
¿no? S: Yo no lo considero así. Me disgusta esta inexactitud. Por eso no suelo
enseñarle a nadie este retrato. Y no quiero que sirva para confundir a la posteridad. Aquí atrás, mire, en el reverso, lo he dejado escrito bien claro. En latín, alemán, francés, inglés, italiano y español, para estar más seguro. N: (Leyendo) «Yo nunca tuve los cabellos rojos.» S: Así es. ¡Jamás, jamás fui pelirrojo! Y quiero que se sepa. Bastante me han
ignorado ya para que mañana mi verdadero público, que es el del futuro, vaya a confundir el color de mi pelo. N: Le comprendo. Para alguien tan fiel a la verdad como usted,
cualquier falsedad cuenta, aunque sea accidental. Pero debe consolarse pensando que la suerte de sus rivales será aún peor. Nadie recordará de ellos... ni un pelo. S: ¡Puede estar segura, mademoiselle! Dentro de veinte años nadie sabrá quién
fue Hegel, esa aborrecible criatura ministerial. ¡Fichte, Schelling, nombres para el ridículo y después para el olvido! Y aún mayor será el ridículo de los papanatas que les ensalzaron. Los manuales de historia de la filosofía venideros pasarán con avergonzada premura de Kant a Schopenhauer, intentando dar por
nulo y no avenido el vergonzoso periodo intermedio, cuando la charlatanería oscurantista fue llamada «filosofía». N: ¡Ah, querido doctor, confía usted demasiado en el buen criterio de nuestros
descendientes! S: ¿Cómo? ¿Acaso no tengo méritos suficientes para...? N: No cuestiono sus méritos, doctor, bien lo sabe usted. Pero en cambio tengo
mis dudas sobre el discernimiento de las próximas generaciones. ¿Qué le hace a usted pensar que será mejor que el de nuestros contemporáneos? S: Los hombres de mañana serán igualmente abyectos, traicioneros y obtusos
que los de hoy, delo por seguro. Sobre todo los profesores de filosofía. Sólo hay una cosa peor que ser hombre: ser, además, profesor de filosofía. N: Entonces no comprendo su optimismo. S: ¿De qué optimismo me habla? ¿Cómo se
atreve a llamarme optimista? ¡Haga el favor de fijarse en lo que le digo y no desbarrar! N: ¡Huy, perdone, no quise ofenderle! S: Mademoiselle, yo no soy optimista, ni en esto ni en nada. Pero soy lógico.
Vamos a ver: ¿sabe usted por qué meros charlatanes como Hegel, Fichte o Schelling han llegado hoy a hacerse célebres en nuestra pobre Alemania? N: (Sumisa) Dígamelo usted, doctor. S: Pues sencillamente porque el Estado les paga en renombre su miserable
vasallaje. Ellos han convertido al Estado en el nuevo Dios, a los funcionarios en los nuevos sacerdotes y hablan con los ojos en blanco de los milagros del progreso y de la santa dignidad del hombre. ¡Se ganan bien sus judías y sus entorchados, créame! ¡Nunca le estropean la digestión a nadie! Cualquier idiota se va tranquilo a casa cuando le dicen con pedantería suficientemente oscura que la historia avanza hacia la libertad y que pronto se resolverán todos los males de la sociedad. ¡Imbéciles! ¡Como si el paso del tiempo pudiera ser beneficioso para los seres mortales! ¡Como si las pompas y fanfarrias de los académicos y
los prebostes demagogos no se marchitaran tan inexorablemente como las rosas, pero dejando mucho peor olor y sin esperanza alguna de otra primavera! Estoy seguro de que la fama actual de los tiralevitas académicos perecerá cuando desaparezcan los ministros que hoy les pagan el sueldo y les confieren prebendas. N: Y ese día, usted... S: Yo ya no estaré en este mundo, mademoiselle. Por tanto no podré hacer
sombra a los nuevos mandarines de la filosofía que sustituirán en las universidades a las calabazas que hoy ocupan las cátedras. Ya no les interesará perseguirme, ni podrán impedir que la gente culta del mundo entero conozca al fin mi obra. ¡Yo no soy un profesor y por tanto ni hablo para obtener un sueldo ni callaré cuando los que pudieron habérmelo dado estén sirviendo de merienda a los gusanos de esa historia que les gusta tanto! N: Sin embargo, doctor, otros similares seguirán tomando las decisiones en las
aulas. Éste sí, éste no... Puede que la inquisición sobreviva a los actuales inquisidores y sea hereditaria. ¿Cree usted que su filosofía hoy ignorada o aborrecida será finalmente explicada algún día en las universidades? S: Voy a serle franco. En Alemania, lo dudo muchísimo. Aquí no hay nada que
hacer, el paladar filosófico está irremisiblemente estragado. En Francia también es difícil, porque los franceses son en general demasiado superficiales para comprender un pensamiento serio y de hondo calado como el mío. Quizá en Inglaterra... Yo confío siempre en Inglaterra, a pesar de la nefasta influencia de los pastores anglicanos, esos clérigos mojigatos y entrometidos. Pero asómbrese: también confío en España.