Skip to main content

17770c.pdf

Page 1

Bromeaba, le tomaba el pelo, me reía mientras caminábamos por el sendero de grava. Se prestaba al juego. Colaboraba buscando alguna anécdota divertida que hubiéramos compartido. Se le animaban los cortos pasos de viejo. Las tardes en que me acerqué a verlo al Hôpital Saint-Louis parecía que cicatrizaba la herida que habían dejado nuestros desencuentros (maintenant, on s’aime comme des bons amis), y que incluso quedaba en suspenso la enfermedad. Un halo inocuo flotaba entre los rayos del sol de invierno del que habíamos disfrutado sentados en un banco del jardín. Pero cuando llegaba el momento de la despedida, se plantaba inmóvil ante la puerta y fijaba en el vacío aquellos ojos amarillentos que se le encharcaban, los dos sabíamos que la tregua había concluido: ni el mal renunciaba a su trabajo, ni mis visitas le producían consuelo. Lo decía su amiga Jeanine: sufre cuando te ve, le traes los recuerdos, echas sal en la llaga. Me marchaba de allí sin volver la cabeza y buscaba alguno de los bares de République para tomarme un par de calvados.


I De noche, ya tarde, acudía al bar de los marroquíes. Lo había frecuentado con él. Pero ahora Michel no estaba entre los escasos clientes que seguían bebiendo a aquellas horas. Se había mudado a una ciudad paralela. Desde la cocina de mi casa, veía el patio mal iluminado, y, al fondo, hundida en sombras, la ventana del cuarto que habíamos compartido. Procuraba no pensar en él, metido a aquellas horas en la habitación del hospital, la vía intravenosa perforándole el dorso de la mano, la mascarilla tapándole la cara. A pesar de los sedantes que le suministraban –o a causa de ellos– tenía pesadillas. Decía que lo ataban a la cama y le obligaban a contemplar cosas espantosas en una pantalla que le colocaban por las noches en la habitación. Sufría alucinaciones. Qué podían proyectarle, si al mismo tiempo se quejaba de que apenas veía, aunque yo nunca he dejado de sospechar que haya habido alguna verdad en lo de que lo ataban. Imagino que –sobre todo al principio– no ha debido de ser fácil controlar sus accesos de furor; además, muchos sanitarios tratan a los enfermos de la plaga con una mezcla de asco, crueldad y desprecio. A todos nos desquicia el misterioso comportamiento del mal, su ferocidad. A todos nos asusta. No me dirigía nadie la palabra, a pesar de mis esfuerzos por entablar conversación. Me miraban con desconfianza, quizá porque, aunque cuando acudía allí iba vestido con pantalón vaquero, chupa de cuero o anorak, durante el día me veían recorrer la calle de vuelta del trabajo o guardar cola en la panadería o ante el puesto de verduras cubierto con un riguroso abrigo de paño azul, chaqueta y corbata; un tipo que hablaba un francés aprendido en el Lycée français de Madrid, con apoyo de profesores nativos de pago, y perfeccionado en colegios de Burdeos y Lausanne, no tenía que hacerles mucha gracia que pisara el bar. Estaban convencidos de que yo era un policía del departamento de estupefacientes, o de la brigada de inmigración; un curioso que quería meter las narices para oler la porquería dondequiera que la tuviesen guardada; en el mejor de los casos, un periodista o algo así, alguien que poco tenía que ver con su mundo, o –peor aún– que pertenecía a un mundo que peleaba contra el suyo. En aquel bar, discreto, esquinado, que pasaba desapercibido para la mayoría de la gente del barrio por encontrarse en un pequeño pasadizo lateral, se traficaba, se


consumía, se compraba y vendía cocaína y hachís, carne humana de todos los sexos y edades y mano de obra en todos los estadios de la ilegalidad. Por fuerza tenían que preguntarse qué hacía un tipo como yo recorriendo los oscuros laberintos en los que se extraviaba Michel los últimos meses. El chico bien vestido que acompaña al obrero borracho Michel. Que se folla al borracho Michel. Que seguramente le paga porque es un rico vicioso que se excita con los marginados. Los hay. Olisquean en los túneles del metro, en los muelles del río. Buena parte del santoral católico se nutre de ese tipo de pervertidos. Que te excite la pobreza ajena, descubrir un rescoldo de la energía subyacente donde se ha consumado la derrota y querer sorberlo, apropiarse de ese fulgor: una caridad corrompida. Aunque imagino que para los del bar el razonamiento era bastante más fácil: el soplón que se pega a Michel para espiarnos a nosotros. Habían presenciado las veces que lo agarraba por el codo y me lo llevaba poco menos que a rastras porque se caía y les decía impertinencias a clientes y camareros. Sin embargo, a él nunca lo miraban con desconfianza, le soportaban las borracheras, respondían a sus imprecaciones con bromas y frases de doble sentido, qué te pasa, Michel, ¿necesitas un puntazo esta noche? Ven, ven aquí, conozco a un bombero, ven, te lo presento, y Michel se reía, y le daba una palmada en el cogote al gracioso, y dos besos, y el tipo se iba con él a cualquier parte. Otras veces el dueño, o los camareros, lo dejaban acodado a una mesa después del cierre, borracho o dormido, y los clientes lo despertaban, lo invitaban a irse con ellos a seguir tomando copas –o lo que fuera– en otro sitio, a perderse entre las sombras del Bois, o en casa de alguien. Creo que, en el mundo de la noche, existe un respeto –incluso cierta admiraciónpor el hombre maduro que trasnocha, liga y toma drogas y alcohol como si siguiera teniendo veinte años. Lo que viniendo de cualquier otro les hubiera irritado, los hubiera llevado a intervenir con dureza o incluso con violencia, se lo toleraban a él. Quien no lo conociera podía pensar que formaba parte del grupo de matones; que era uno de los que se ganaban una copa suplementaria por coger de los hombros y arrastrar hasta la puerta de salida al imbécil que se ponía impertinente con el camarero, o con su vecino de barra. A su edad, seguía siendo un tipo corpulento que transmitía más sensación de fuerza que de decadencia. Pero Michel no formaba parte del grupo de matones. Los despreciaba. Se movía al margen, lo saludaban con algo parecido al respeto, pero pasaba entre ellos como pasaba a través de las paredes aquel personaje del cine francés de los años cincuenta que se llamaba Garou-Garou. Ni siquiera gozaba de un estatuto especial –carne poderosa, temida o deseada, algo así– como en algún momento


pude llegar a pensar, imagino que espoleado por los celos. Sólo que Michel no era rico ni confidente de la policía ni periodista: era uno de ellos. Cada uno sabe dónde está el otro y a qué se dedica, me decía las primeras veces que me llevó allí, al poco tiempo de conocernos. A ti te parece poco elegante el ambiente, y hasta peligroso, je, te acojonas, louche, lo llamas, y se reía: Monsieur ne les trouve pas a la hauteur, pero es mi mundo. De uno que es como tú no temes nada, ni abusas, sabes protegerte de él, y en cierto modo lo proteges: te lo tiras y ya está. Y, sin embargo, nadie me preguntó por él cuando dejó de acudir. Estuvo con nosotros y ya no aparece: en una frase de ese estilo podía resumirse la idea (digámoslo así) de aquellos indiferentes lotófagos. Vincennes es en apariencia un tranquilo barrio ocupado por obreros acomodados, vecinos de tercera o cuarta generación, jubilados que consumen los réditos de decenas de miles de horas de vida laboral; y, en lo alto de la pirámide, una burguesía que se supone asentada, y a cuyos atildados miembros –orondo señor con sombrero blando y pajarita, imponente matrona o petite vieille recroquevillée, vestida de Dior y maquillada con Chanel (o al revés)– saludan pomposamente panaderos, verduleros, queseros y empleados de banca. Aunque si uno conoce el barrio como yo he llegado a conocerlo durante estos meses pasados, descubre discretamente ocultas no pocas zonas de sombra: bolsas de miseria concentradas en desvanes y patios que un día fueron almacenes, cuadras y talleres, y cuyas dependencias han sido habilitadas como dudosas viviendas en las que se aprietan familias asiáticas o norteafricanas, jubilados en situación de quiebra que se ven en apuros para pagar la calefacción, gente en el filo, tipos a quienes las sombras se tragan sin que nadie los eche de menos. Michel: Paris c’est comme ça, chacun pour soi. La gente en fuga hacia arriba constituye la excepción: los que ascienden en la escala social y se mudan a zonas de la ciudad mejor consideradas, conjuntos residenciales del oeste, apartamentos rehabilitados en los distritos del centro. Algunos hay, no digo yo que no (estuve a punto de ser uno de ésos), pero la mayoría de los desaparecidos son tipos en caída libre, desalojados de tabucos sin ventanas o con ventana única a patio interior y retrete común en el descansillo de la escalera, que se pierden en algún lugar miserable de la banlieue, o en los pasadizos del metro. Así, ventana única en húmedo patio interior y retrete común en el descansillo, era la vivienda de Michel. Aunque no, exagero un poco, no era tan patético el apartamento, es verdad que el retrete estaba en el descansillo, pero


era de uso individual, la escalera no llevaba a ninguna otra vivienda: en aquella especie de hangar trasero, por encima sólo quedaba el tejado, en invierno placa frigorífica y en verano parrilla. De noche, desde la parte trasera de mi casa, podía ver –sombra negra, ojo cegado– la ventana de su habitación. Antes de ingresar en el hospital de modo permanente (hubo tres o cuatro internamientos previos, para tratarle la neumonía) me había dejado una llave y las primeras semanas que estuvo hospitalizado yo entraba otra vez en aquel cuarto para regar las plantas, recoger alguna prenda que me solicitaba, y la correspondencia: recibos, propaganda, extractos bancarios. Por entonces yo había empezado a padecer insomnios. Notaba hormigueos en brazos y piernas, picores, y cierta noche, al desnudarme para meterme en la cama, descubrí que tenía el pecho y los brazos cubiertos por unas manchas rosadas. Pensé que Michel me había contagiado la enfermedad. Me resultaba especialmente angustioso el momento en que iba a acostarme, cuando, a solas en la habitación, a medida que me desnudaba aparecían a la vista las manchas en la piel. Ante el espejo del baño, me fijaba en las que brotaban en el pecho, y luego giraba la mitad superior del cuerpo y, en ese escorzo, intentaba ver las que ocupaban la espalda. No me atrevía a acudir a un médico, y ni siquiera sabía a quién podía preguntarle, sin levantar sospechas, si existía algún laboratorio en el que pudieran hacerme las pruebas y donde no quedase ninguna constancia. No confiaba ni confío en la discreción ni en el secreto médico. Se habla de inscribir a los enfermos en ciertos ficheros. Las manchas rosadas se llenaban de pequeñas pústulas que estallaban en pegajosas gotas de pus. Esos días ni siquiera fui a visitarlo. No quería saber de él. En mi estado obsesivo, me parecía ver sus labios doblándose en una sonrisa irónica, su voz diciéndome: te he capturado, y la boca que imaginaba pronunciando esas palabras adquiría valores palpables, se volvía carnosa, real, y se convertía por las noches en una imagen de cuento de terror. Te llevo conmigo, me repetía la boca de Michel en sueños. Sus dedos se aferraban a mis hombros y tiraban de mí, y yo me despertaba sudoroso, manoteando para apartar aquel fantasma. Je t’ai. Te tengo. Me enfurecía con él cada vez que me volvía el recuerdo de las palabras con las que, después de separarnos, presumió de no tomar precauciones. Se burlaba de mí. Presumía de que él arriesgaba porque tenía poco que perder (je m’en fous, je n’ai à perdre que de la merde, je suis un ouvrier, le passé sur mon dos, peu des gaietés, toi, tu as ton futur à toi) y me echaba en cara que yo nunca me hubiese entregado a él de verdad. Siempre con prevenciones, con sospecha, no sabes lo que es querer a alguien, me recriminó. Se expresaba con una mezcla


de altivez y de mendicidad sentimental. Pero tenía razón: yo me protejo, aún no he cumplido los treinta años, y, además, en aquellos días me pareció que estaba empezando a ver el fruto de mi trabajo, atisbaba ese momento en que el esfuerzo prolongado en el tiempo cobra forma y comienza a cristalizar. Había encontrado un puesto como dibujante en Cormal, la empresa de muebles y decoración. Nada grandioso, pero yo creí que abría un camino. Además, con la renta que recibía de Madrid, tenía dinero de sobra para vivir. Por encima de todo, preparaba mi exposición. En ningún momento pensé que pudiera ser yo quien lo hubiese infectado a él. En realidad, veía la infección como fruto de su actitud ante las cosas. Pensaba: el mal te arrastra si te dejas llevar, si te entregas. Eso es lo que yo pensaba. Y me irritaba la mansedumbre con la que él se había dejado prender, las facilidades que le había brindado a la enfermedad. Me parecía que no había opuesto resistencia: y, al decir eso, no me refiero sólo a poner medios físicos para librarte, usar preservativos y cosas así. Por aquellos días, no me quitaba de la cabeza la idea de que, en el fondo, el mal era expresión de una falta de ambición, e incluso de ausencia de orgullo. A Michel lo he juzgado con dureza: un tipo cuyas aspiraciones habían sido llegar a la jubilación en el mismo puesto de trabajo; que el sueldo alcanzara a fin de mes y diese para ir de paseo con el amigo los fines de semana, callejear por la ciudad con la excusa de encontrar algo necesario para la caja de herramientas, meterse en algún parque, incluso trasladarnos en tren a alguno de esos lugares de costa no demasiado alejados de París para tomar unas cuantas copas, cambiando (un sábado o un domingo cada dos o tres meses) el decorado; acudir al cine, a algún club de alterne, cenar en casa de Jeanine o de su amigo M.; escaparnos un mes al año (este verano no podemos, pero el que viene vamos a hacerlo) a algún lugar supuestamente exótico (México, Indonesia, Perú), como hacía su amiga Jeanine, que trabajaba en una agencia de viajes y podía conseguirnos ofertas baratas; y bebernos juntos –durante ese mes y los once siguientes– todo el ricard o –fuera de Parísel pisco o el tequila que los cuerpos admitieran; beber entre risas, roces y declaraciones de amor, más encendidas a medida que crece el nivel de alcohol, o si nos hemos dejado tentar por una raya, al volver a casa ponernos a follar durante horas enteras, o más probablemente revolcarnos sobre la cama intentándolo hasta que nos quedamos dormidos porque los cuerpos no dan más de sí tras la intoxicación. Lo peor era que me había arrastrado a esa rutina sin objetivo, mero girar uno en torno del otro, devorándonos cada vez con menos apetito. Durante meses he


llegado a creerme que mi ideal de vida coincidía con el suyo: envejecer juntos chapoteando en el pequeño estanque de los hábitos; digamos que él envejecería veintitantos años y varios miles de copas antes que yo, lo que suponía que, en nuestro pacto, yo mostraba la disposición de cuidarlo hasta el último aliento. Juro que acepté ese pacto, y que gocé de él, aunque no niego que, con el paso de los meses, mi punto de vista sobre su mundo –o, mejor dicho, la perspectiva sobre nosotros y nuestro mundo– se modificó sustancialmente: empecé a ver a Michel como a un ser atrapado que pretendía meterme con él en una jaula. Cuando, tendido en la cama del hospital, alargaba la mano para tocarme y me miraba con ansia, aún me parecía descubrir en él la descabellada aspiración que leemos en los cuentos de terror, en las novelas románticas y en las fantasmagorías que les gustaban a los surrealistas: deseo de amor que perdura más allá de la muerte. Dejé de visitarlo durante unos cuantos días. No me sentía con fuerzas para levantarle los ánimos a quien, al fin y al cabo, ya había recorrido más de la mitad del calvario que estaba convencido de que me tocaría a mí emprender en cuanto recibiese el resultado de las pruebas. En mis pesadillas, soñaba que las manchas crecían, se infectaban, se convertían en llagas que no podía disimular ante los compañeros de trabajo en Cormal; me preocupaba en mis insomnios la progresiva delgadez. Aún faltaban meses para el vernissage. Para entonces, los síntomas del mal ya no podrían ocultarse. Había visto fotos del sarcoma de Kaposi en las revistas durante meses, y ahora lo conocía en directo: podía verlo en varios de los pacientes con los que nos cruzábamos cuando caminábamos por el pasillo; en el fantasmal pelotón de cuerpos que yacían tendidos en las camas de las habitaciones contiguas a la de Michel, o en las dos que, en su misma habitación, habían cambiado en pocas semanas tres o cuatro veces de ocupante (el que estaba el último día que viniste ha tenido suerte, lo ha pillado un virus diligente que lo ha liquidado en un par de semanas, decía Michel. Hablaba de los virus como los torturados en comisaría hablan del policía bueno y el policía malo). Yo no quería pertenecer al ejército de las víctimas, ni siquiera como acompañante (las soldaderas de Pancho Villa subidas en destartalados vagones de mercancías, o Marlene Dietrich cruzando el desierto tras su legionario de clavel en la oreja en Morocco). Miraba con cierto desdén al amigo del último enfermo que compartía habitación con Michel, un muchacho joven que, al parecer, pasaba las noches con la mano cogida a la de un tipo esquelético que apenas alcanzaba a respirar. A todas horas lo besaba en la boca, lo acariciaba, y en cuanto el otro recuperaba la conciencia, le hablaba sin parar y sin dejar de


acariciarlo. No me resultaba simpática la actitud del muchacho. Yo alimentaba contra Michel más bien animosidad. Creo que lo he dicho. Los enfermos en diversos estadios de acabamiento me servían como retratos sucesivos de mí mismo, algo así como esas series de fotos de Muybridge que disgregan los distintos momentos en que se va encarnando una acción. Cualquiera de ellos, y todos ellos, iba a ser yo en poco tiempo. Cambió mi relación con la ciudad que, hasta poco antes, me pareció bella –ah, ninguna en el mundo como París–, y de la que había esperado tantas cosas. Como en esas escrituras trazadas con tinta simpática que se revelan por efecto de un reactivo, ahora no podía moverme por París sin que se me apareciese una ciudad paralela, que para buena parte de sus habitantes y para los turistas resulta invisible, laberinto de comisarías, juzgados, instituciones de caridad, hospitales públicos y morgues (sin contar las hectáreas de cementerios y los kilómetros de cloacas y catacumbas que horadan el subsuelo). Detectaba por todas partes los depósitos del dolor y la miseria humana. Por las noches me asaltaba una pesadilla recurrente: en ella aparecía el escaparate de una tienda situada junto a la rue de Saint-Martin, donde estuvo el viejo mercado de la carne, y que, bajo la centenaria enseña Animaux Nuisibles, vendía venenos para las alimañas y mostraba como reclamo secos cadáveres de ratas cazadas en el desaparecido mercado de Les Halles no sé si a principios de este siglo o a finales del pasado. Cuando pasábamos por delante, Michel y yo nos deteníamos y bromeábamos (sabía que las ratas me producen un asco incontrolable y se burlaba de mí), pero ahora, si alguna vez me veía obligado a cruzar por allí, cambiaba de acera, aceleraba el paso y volvía la vista asustado, porque, en la pesadilla que me desquiciaba por las noches, aquel escaparate había pasado de ser una especie de entrañable monumento al kitsch a convertirse en enseña de lo siniestro que me aguardaba. A través de él se abría una de las puertas de acceso a la sombría ciudad paralela a la que alguien me había arrastrado. Me despertaba del sueño braceando: las ratas acartonadas me cercaban, habían empezado a morderme, y me enloquecían con sus chillidos y con el ruido de sus patas. Eran miles y estaban a la vez vivas y muertas. Me acostumbré a tomar comprimidos para dormir y los mezclaba con alcohol sin alcanzar el propósito de aturdirme: en cuanto cerraba los ojos, me asaltaban imágenes siniestras; revivía especialmente una escena que contemplamos juntos unos meses antes y ahora me parecía una premonición. Habíamos ido a cenar con sus colegas M. y F., que vivían cerca de la place Blanche (Michel y yo educados, simpáticos a pesar de nuestra separación, maintenant comme des bons


amis). La vivienda estaba situada en el cuarto piso de un destartalado edificio. El administrador nos ha rebajado el alquiler porque somos los únicos franceses que quedamos en la finca, y eso ayuda a que no se hunda del todo el caché del conjunto, nos habían comentado nuestros amigos. Jamás funcionaba el ascensor y había que subir fatigosamente aquellas empinadas escaleras que unían pisos de techos elevados. Cuando uno llega arriba, se le han quitado las ganas de cenar, bromeaba en cada ocasión Michel. No recuerdo nada especial de la velada –imagino que, como otras veces en ese mismo saloncito, habría aperitivos tropicales, y cuscús, o dim sum traído de algún take-away asiático–, pero no he podido olvidar lo que ocurrió en cuanto salimos del apartamento y pisamos el descansillo. Enseguida nos extrañó el ruido que, desde el portal, ascendía por el hueco de la escalera. Voces broncas, autoritarias, se contrapunteaban con pesados golpes que hacían retumbar las planchas de madera de los escalones con lo que parecían pisadas de un ejército de gigantes. Bajamos con cierto temor de lo que pudiera aguardarnos al llegar al portal y, ya antes de alcanzar el penúltimo descansillo, descubrimos allí abajo un grupo de gente en el que se mezclaban bomberos y policías uniformados (de las gruesas botas de unos y otros procedían los que nos habían parecido pasos de gigantes). Junto a ellos, un tipo enfundado en una gabardina beige y otro cubierto con un abrigo azul oscuro y sombrero flexible hablaban moviendo mucho las manos en lo que se suponían susurros, aunque en realidad se trataba de voces pronunciadas en un tono agrio y bastante elevado. Toda aquella gente – había al menos una docena de personas– se agitaba en torno a una angarilla sobre la que yacía el cadáver de un hombre de unos sesenta años. La indiferencia del muerto contrastaba con la nerviosa agitación de los demás componentes del grupo: hablaban a la vez, discutían, gesticulaban, y alguien soltó una carcajada que ascendió por el hueco de la escalera y se quedó vibrando contra el vidrio de la claraboya. Se movían de un sitio para otro como si estuvieran borrachos, o actuaran bajo los efectos de algún estupefaciente. El conjunto resultaba, además de inquietante, sórdido: el viejo y descuidado portal con restos de basura esparcidos por los rincones, la frágil luz que caía sobre la escena desde las lamparillas adosadas a la pared, las voces, a la vez desabridas y cautelosas. Había una mezcla de indiferencia y dolor en el rostro del cadáver, un tipo muy delgado, de aspecto norteafricano, o criollo: lo mismo podría ser un marroquí que un martiniqués: tenía la piel oscura y arrugada como una gran aceituna madura y seca. Siempre resulta terrible la inesperada aparición de un muerto, pero allí


pesaban también el mísero decorado, la intempestiva hora en la que se efectuaba el traslado del cadáver, la mezcla de sigilo y brusquedad de los gestos, el ruido pesado de las botas de aquellos tipos uniformados amplificándose en el hueco de la escalera, el poder intimidatorio de los uniformes. Otra amenaza más sutil parecía encarnarse en los dos tipos de paisano, el de la gabardina, grueso, de aspecto brutal como un perro de presa, con la cara enrojecida y la frente perlada de sudor a pesar del frío; el otro sostenía el cigarrillo ante una máscara huesuda y amarillenta. Un aire de clandestinidad emanaba de los movimientos de cada uno de los personajes atareados –guardias y bomberosque en aquel momento desplegaban una funda o saco de un material brillante en el que iban a introducir el cadáver. Nos inquietó la inmovilidad, el repentino silencio y la insistente mirada que fijaron en nosotros los dos tipos de paisano cuando pasamos a su lado. El muerto que me ha perseguido en mis pesadillas llevaba dos algodones metidos en las fosas de la nariz. Sin embargo nadie se había ocupado de cerrarle la boca. Salimos a la place Blanche en busca de un taxi y aquella noche visitamos algunos clubs de ambiente: L’Imprévu y otro que se llama Manhattan, casi en la place Maubert, junto al Palais de la Mutualité. Cuando salimos del Manhattan íbamos borrachos, yo no recordaba ni dónde estábamos ni cómo habíamos llegado hasta aquel sitio. Por eso me sorprendió tanto encontrarme frente a la sombra de Notre Dame. Desde allí nos dirigimos a un mugriento local de cruising, situado en la otra orilla, cerca del pont Marie. Cruzamos muelles y puentes cogidos de los hombros, una cara pegada a la otra, besándonos, como si el propósito inicial del encuentro –comme des bons amis– se hubiera venido abajo, pero al llegar al club nos perdimos de vista en el laberinto de cuartos oscuros. Yo regresé de inmediato junto a la barra, pero él no reapareció hasta casi una hora más tarde. Apestaba. Me enfadé: sabes a qué hueles, ¿verdad? Lo dejé allí solo. La ventanilla del taxi, París bajo la lluvia. Las fachadas de las casas relucían contra un desvaído cielo de color naranja. Los adoquines de la place de la Bastille brillaban como si estuvieran hechos de cristal molido. Desde que detecté las manchas hasta que me hice las pruebas, sólo volví a verlo una tarde, y aquel día procuré que no me tocara. No lo ayudé a lavarse ni a cambiarse la ropa como había hecho en alguna ocasión, y apenas acerqué la mejilla a la suya para besarlo en el momento de la despedida (nada de flujos, de salivas ni contactos, pensaba, no puedo abandonarme al mal como él se


abandonó, no puedo dejarme capturar, no soporto convertirme en víctima). Oía la frase que alguna vez había dicho riéndose cuando atrapaba mi polla con la mano, o cuando la apretaba con fuerza una vez que la tenía dentro: je t’ai eu, te he capturado. Las palabras pronunciadas entre juegos adquirían ahora un siniestro aire premonitorio: el amor como trampa mortal. Unos días más tarde, recogí el resultado de las pruebas. Estaba limpio. Las manchas que tanto me habían preocupado eran de tipo alérgico y probablemente habían sido causadas por una intoxicación alimentaria y, además, habían empezado a desaparecer. Sopló sobre la ciudad cierto aire de intrascendencia. Lo celebré yéndome a cenar solo a un restaurante caro en la place Royale. Mi estrategia protectora recuperó sentido: cuando acudía al hospital, extremaba las precauciones. Ante Michel busqué como excusa para mis ausencias la presión de la muestra que preparaba y tenía que tener dispuesta en un par de meses. Trop de travail, me excusaba. Le explicaba que, después de tantos años en busca de una oportunidad, no podía dejarla pasar cuando me llegaba. Exponer en París, en una galería de prestigio, en el huitième, muy cerca del parc Monceau. ¿Cuántos pintores españoles pueden aspirar a eso? No exponer porque has pagado la sala, sino porque te invitan, y te editan un catálogo con cargo a marchante y editorial, y envían por su cuenta las invitaciones (ésas me había dicho el agente que eran las condiciones pactadas). Estoy trabajando mucho. Haré fotografías de los cuadros en cuanto los tenga terminados, le decía, así podrás verlos antes que nadie. Y cuenta con que vas a ser tú quien tenga el primer catálogo. Incluso te traeré uno de los cuadros, el que tú elijas, para que adornes esta habitación, aunque para entonces ya habrás abandonado el hospital y podrás colgarlo en tu casa, en la pared de enfrente del espejo, quitaremos el panel de corcho con las postales y pondremos el cuadro. Ya verás. Estoy pintando uno dedicado a ti, a lo que hemos vivido juntos. Expresa el contraste entre lo gozoso y lo complicado que ha habido en nuestra relación, lo violento y lo tierno, y esta especie de síntesis de nuestra amistad de ahora. Daba por supuesta una relación blanca (a él se le torcía la boca, no aceptaba esa blancura impoluta, necesitaba el tránsito de sangre y flujos en los cuerpos). Le exponía las novedades acerca de mi futuro, lo absorbente de las ocupaciones. Él repetía: claro, claro, bien sûr, con displicencia. En realidad, no recibía mis visitas de muy buena gana. ¿Para qué coño me traes esto?, ¿para que compruebe cómo me degrado?, se enfadó el día que decidí llevarle un retrato al carboncillo que le había hecho cuando vivíamos juntos. Pero se lo metió en el cajón de la mesilla. Su compañero de fábrica, Jaime, se


había convertido en el nuevo ángel de la guarda. Michel me había pedido las llaves del piso para entregárselas, y era él quien ahora se encargaba de recoger la correspondencia y de traerle lo que necesitaba de casa; su mujer le lavaba la ropa sucia y le preparaba postres que le gustaban. Durante los días en que esperé los resultados de la prueba había sufrido ese vértigo que, ante la amenaza del final, te lleva a buscar los límites: provocaba al mal para hacerlo salir de su escondite y que diese la cara, justo lo que en los últimos meses le había recriminado a Michel. El aliento de la enfermedad me transmitió la prisa compulsiva por atisbar cuanto antes el desenlace. Bebí todas las noches, me drogué, me entretuve en el café-tabac hasta muy tarde y a última hora me metía en el bar del guardaespaldas hasta que el tipo se negaba a servirme una gota más de alcohol, no porque se preocupara por mi salud, sino porque ya sólo quedaba en la barra alguien con quien se había puesto a charlar en voz baja –las dos cabezas muy juntas– y que se quedaría dentro cuando me echase a mí y bajara el cierre. Antes de llegar a la esquina oía el estrépito de la persiana metálica, como lo había oído tantas veces durante los últimos meses cuando era Michel quien se quedaba allí dentro. Despreciaba a aquel tipo, pero hubiera querido que alguna vez se fijara en mí, entablar con él una conversación en voz baja, y que mirara hosco a los clientes rezagados que estorbaban nuestra charla, verlo deseoso de que nos quedáramos los dos a solas para echar el cierre. Experimentar lo que ocurría allí dentro y había vivido Michel (la mezcla de sudores infectados por el alcohol y la droga). Pero si alguna noche nos quedábamos solos, el matón se ponía de espaldas a mí y se dedicaba a ordenar las botellas en los estantes de madera, o se ponía a barrer, o a meter las latas de cerveza en las cámaras, y a los pocos minutos decía: habrá que ir cerrando. Son treinta francos. De algún retorcido modo, me había convertido en lo que rechazaba de Michel, en lo que me había desagradado y alejado de él: mendigo de una caricia, del cariño o el consuelo buscado de cualquier manera, vicio del carácter que él decía que había heredado de su madre cuando justificaba que siguiera viviendo con un hombre que la llamaba inútil a cada momento, la despreciaba y la maltrataba. Según Michel, cuestión de carácter. Se nace así. Genética. Odiaba esa idea. Sin embargo, los días de angustia en que creí sufrir yo mismo el mal me convirtieron por algún tiempo en triste solicitante de atención. Buscón de servicios. No me importó humillarme. Hice proposiciones a tipos que se burlaron o que me amenazaron, soporté desaires, pagué a individuos


que, después de que habían cobrado, se mostraron displicentes como si yo les diera asco. Pero eso pasó, y, superado el momento de debilidad, me tocó recuperar músculo moral, la vieja textura de mi carácter: un atleta que ha estado apartado de las pistas durante algún tiempo y practica rigurosos ejercicios para volver a ponerse en forma. Me ejercitaba para llegar a un lugar en el que me sintiera a salvo de lo que había estado a punto de atraparme. A los pocos días, recogí en el buzón de Michel una carta timbrada en Marruecos, primera de las que irían llegando cada quince o veinte días: creo recordar que fueron cinco las que recibió antes de pedirme que le devolviese las llaves de casa para dárselas a Jaime y le encargara a él que recogiese la correspondencia. Siempre le entregué cerradas las cartas que recogía en su buzón, aunque a medida que fue perdiendo la vista, se resignó a que le leyera alguna. Las respuestas las escribió él, incluso cuando ya tenía dificultad para descifrar las letras. Quizá se las dio a escribir a alguna enfermera, aunque lo dudo; es más probable que fuera Jaime quien se encargara. Estoy convencido de que le ocultaba su enfermedad al destinatario y siguió ocultándosela hasta el final; aunque ya digo que no sé lo que escribía en las cartas, porque lo hizo cuando yo no estaba delante. La última vez me tendió el sobre cerrado para que le pusiera dirección y remite, porque su letra resultaba cada vez más ininteligible. Por eso sé que hizo constar en el remite la dirección de su casa de Vincennes, y nunca quiso que aparecieran las señas del hospital. Por Jaime me he enterado de que siguió recibiendo las cartas en la dirección de Vincennes incluso cuando lo trasladaron a Ruan, desde donde se me ha quejado por teléfono en diversas ocasiones de que lo ataban y torturaban por las noches. Yo en ese hospital sólo he estado una vez. Por lo que me cuenta en su carta, Jaime ha acudido todos los fines de semana para visitarlo y le ha llevado ropa limpia y el correo. Su corresponsal marroquí era Ahmed Sefroui, un antiguo amante que, tras permanecer algunos años en Francia, había regresado a su país. Como yo mismo, también el marroquí se hospedó durante un tiempo en el piso al que ahora llegaba la correspondencia. Desde Beni Mellal, la población en que vivía, le escribía a Michel cartas que rezumaban cariño y añoranza por el pasado. De esa


correspondencia no tuve noticia hasta que empecé a recogerla cuando Michel ya estaba hospitalizado. A lo mejor fue la enfermedad la que puso en marcha el cruce de cartas, aunque más bien imagino que las que llegaron mientras vivimos juntos me las ocultó (nunca tuve llave del buzón) porque se sentía culpable de prolongar una vieja relación que, a pesar del paso del tiempo, era apasionada y, por ello, resultaba poco consecuente con las exigencias de fidelidad de él, tan celoso y tan pendiente de mis movimientos hacia cualquiera. Se ponía tenso si le parecía que miraba al empleado de la frutería o al carnicero, o si le dirigía la palabra al que se había instalado a mi lado en la barra, o si escuchaba a alguno de sus amigos con lo que le parecía demasiada atención (a veces llegué a pensar que hasta tenía celos de Jaime). En una de las cartas que le llevé al hospital, su amigo había adjuntado una foto en la que aparecía sonriente rodeado por sus cuatro hijos. Il ne manque que toi, había escrito al dorso de la foto. Creo que ya he dicho que después de que Michel perdiera casi del todo la vista, leí dos o tres cartas llenas de faltas de ortografía y redactadas en un francés descabellado: en algunos párrafos, la añoranza se expresaba con palabras exaltadas y expresiones que rozaban lo pornográfico; en otros, en cambio, el lenguaje rezumaba una ternura fraternal y un tanto infantil, como de compañeros de juegos en un equipo deportivo. Aquellas cartas me turbaban, porque se dirigían al Michel que había sido amado y deseado por un hombre de apariencia jovial que, después de haberlo abandonado, lo echaba de menos. Mientras le leía aquellas cartas ingenuas, y a su manera hermosas, en algunos momentos tenía la sensación de echarlo de menos yo mismo: el cuerpo de Michel, refugio cálido. Lo había sido para mí, sus muslos carnosos, sus brazos fuertes. Pero ese cuerpo ya no estaba, había desaparecido. C’est un très gentil garçon. On s’aime beaucoup, me decía Michel. Y a mí me daba por pensar que también él era un très gentil garçon. Aunque, en realidad, por debajo de aquella piel, en aquel cuerpo que parecía un atlas de los huesos humanos, qué quedaba del hombre que me atrajo. Cierto día en que, junto a las cartas del banco y de la compañía de teléfonos, le entregué una de Ahmed, la acarició, se la acercó mucho a la cara, como si estuviese oliéndola, y la guardó debajo de la almohada con una sonrisa cruel, que quería decir: no te necesito, puedo valerme por mí mismo. Me hirieron el gesto y la sonrisa. No volvió a pedirme que le leyera el correo. Yo le entregaba cerradas las cartas que recogía del piso, y él cogía los sobres, les pasaba las


yemas de los dedos por encima, como si leyera como hacen los ciegos, y se los ponía debajo de la almohada, o en la caja de madera que guardaba en el cajón de la mesilla con los paquetes de Gitanes. Poco tiempo después me pidió que le devolviera las llaves del piso porque quería entregárselas a Jaime. Él viene un par de veces a la semana, y tú estás demasiado ocupado, dijo. Me estaba echando en cara que espaciaba mis visitas. Lista de recriminaciones en el ir y venir por los pasillos del hospital: ni siquiera me pediste que te acompañara cuando viajaste a Madrid. Podría haberlo hecho, haberme cogido unos días de permiso en la fábrica. Tenías vergüenza de que me conociera tu familia, tu madre. Y cuando te mudaste de casa, me enseñaste el cartel de se alquila el día antes de ocuparla, cuando ya habías firmado el contrato. La alquilaste sin consultarme, sin que te interesara para nada mi opinión. Recuerdo que yo le había dicho: no pasa nada grave, seguimos viviendo juntos, estoy a diez metros de ti. Y la respuesta de él: ésta es tu casa y no la nuestra, son tus muebles, los tuyos, los que has alquilado para ti cuando ya me conocías y teníamos nuestro sitio. Aquí no tenemos una mesa de los dos, una cama de los dos, une chiotte à nous deux. Quería inocularme una sobredosis de culpa. Pero yo, mientras permaneció en el hospital, fui a verlo, estuve a su lado, y le llevé tabaco y me mostré dispuesto a seguir llevándole lo que me pidiera, metiendo su ropa en mi lavadora: no es verdad, los primeros tiempos en que me dio su ropa para que se la lavara, la llevé a la lavandería; en su casa no había lavadora, y en mi lavadora me daba aprensión meterla, pero eso él no tenía por qué saberlo. Tuve celos del Michel que aparecía o adivinaba entre las líneas de aquellas cartas y yo no había sido capaz de reconocer durante los meses que viví con él; pero eso era una falsa visión, un espejismo. No debía dejarme llevar por la turbulencia que ponían en marcha las palabras exaltadas o afectuosas de la correspondencia en aquel estado de excepción sentimental que era la enfermedad: las palabras amorosas y cargadas de erotismo de Ahmed, guardadas en la caja de marquetería en caoba (un regalo de su amiga Jeanine) que metía en la mesilla, mesmerizaban el aire de la habitación mientras se las leía, reavivaban lo que hacía tiempo que era sólo fría ceniza (sus pequeñas venganzas: répète ces mots, je veux les apprendre par cœur, répète-les encore une fois). A veces he llegado a pensar que exageraba su ceguera para obligarme a leer aquellas palabras en las que alguien expresaba que seguía recordándolo y aún lo deseaba. Yo también hubiera querido disfrutar del Michel que Ahmed había disfrutado. Desearlo así. Pero ¿acaso no lo había hecho? ¿No le había dicho palabras casi


idénticas a las que ahora me pedía que le repitiera porque quería aprendérselas de memoria? ¿Y no se había agotado ese ritual entre nosotros, y habíamos decidido que era hora de dejarlo descansar en paz porque carecía de sentido? En realidad, tampoco tenía mucho sentido la verborrea con que ahora lo obsequiaba Ahmed. Jeanine me había contado que, cuando rompió con Michel, se fue a vivir a un piso de hombres solos que habían alquilado unos primos suyos cerca de Stalingrad y, al poco tiempo, regresó a Marruecos con la familia. La verdad es que todo aquello fue bastante más sórdido, me dijo Jeanine, una mentira tras otra, un atraco tras otro. Ahmed nunca le contó a Michel que era casado. Volver atrás, a la estación de partida. Que el movimiento de las agujas situadas a la salida del andén cambie la dirección del convoy y el tren recorra otros lugares, alcance otro final de trayecto. Los ojos se me llenan de lágrimas al pensar en esas palabras: final de trayecto. Las leo en los libros, las veo en las películas y en los programas de televisión, las oigo en las declaraciones que hacen familiares de enfermos, esposas, maridos, amigos fieles. No sólo de enfermos de la plaga, sino de afectados por accidentes que mutilan, o por enfermedades que degradan los cuerpos. Cuando cuidas a un ser querido, se supone que es él quien te da, no tú: atenderlo durante meses, cambiarle los pañales, lavarlo, peinarle el pelo que ralea, besar sus labios cuarteados o inflamados. Eso dicen con voz emocionada, cuando los entrevistan en la radio o en la televisión, o si hacen declaraciones a la prensa, los familiares, los amigos, los amantes. Yo no sentía que cambiarle los pañales a Michel (le ayudé a cambiarse en un par de ocasiones) fuera el regalo que me ofrecía un maltrecho amor con fecha de caducidad cumplida desde hacía meses. No sentía nada de eso. Ya digo, se los cambié en un par de ocasiones, pero nunca noté bondad cayendo sobre mí, aunque tampoco la sentí cuando estuvo ingresado mi padre y había que ayudarle en casi todo, porque la embolia le dejó completamente paralizado medio cuerpo durante casi un mes. Más bien tenía la impresión de que aquel hombre que yacía consumido se alejaba a la vez de mí y de él, se convertía en un ser extraño –alguien desconocido para mí, desde luego, pero también para sí mismo– y así me lo expresaba el propio Michel los días en que conseguía un momento de lucidez a pesar de la decena larga de comprimidos (supongo que buena parte de ellos calmantes) que le proporcionaban cada día. Péiname tú, me espanta verme esta cara en el espejo, ¿han crecido las manchas?, al tacto noto que sí, mejor no me lo digas. Michel se iba borrando como se


extinguía cada día de visita la débil luz de la tarde de invierno en el cuadro de la ventana del hospital. Tendido en la cama, el tipo que lo había sustituido me dirigía la palabra (unos días con la sonrisa forzada, otros triste, otros furioso). Lo miraba, le oía la voz de vieja acatarrada que se le había puesto, y me dejaba invadir por una indiferencia agresiva y culpable que sustituía a la pena. A veces me preguntaba por qué seguía yendo (es verdad que ya más de tarde en tarde, espaciaba las visitas). El impulso de la amistad. Meses antes habíamos decidido que éramos sólo buenos amigos, pero él no se lo creyó nunca: sin sexo nuestros encuentros le parecían un suplicio; yo me he esforzado por creérmelo: seguramente, me ha convenido. Ni siquiera he acudido por piedad: si ha habido algún sentimiento en mí durante esas visitas no ha tenido que ver ni con la piedad, ni con el amor, seguramente ha sido más bien cumplimiento del pacto que inauguran ciertas palabras que consideramos sagradas –amor es una de ellas– cuando se pronuncian: dije año y pico antes la palabra amar (dije je t’aime, en lo de amar sobran los adverbios, ni poco ni mucho, se ama o no se ama, mal que le pese a su amiga Jeanine, que pone en duda mi capacidad para querer), y ahora, cuando ese sentimiento ya no existía, afrontaba las consecuencias. Pero no sentía amor, hacía meses que no lo sentía, ni piedad. No es lo mismo piedad que pena, pena sí que sentía, y sentía tristeza por verlo en aquel estado, y compasión, sentía una inmensa compasión, porque Michel no estaba en aquel cuerpo que respiraba ayudado por una mascarilla, y cuyos huesos y cartílagos se marcaban bajo la quebradiza funda de una piel cubierta de moratones, unos debidos a la acción de las sondas y agujas con que lo castigaban diariamente y otros fruto del cruel avance de la enfermedad. Michel era el hombre robusto y optimista que aparecía en los retratos que emborroné con carboncillo y guardo; en las fotos que le hice, sus miembros rollizos surgiendo del bañador mientras levanta los brazos como un forzudo de circo ante el fantástico telón de los acantilados de Étretat, y no el ladrón de cuerpos que lo había sustituido, y a quien, sin embargo, se supone que debía sentirme capaz de querer. Las manos huesudas en las que destacan las venas azules, las piernas frágiles como cañas cubiertas por un cuero adobado, nada tienen que ver con el hombre maduro y fuerte al que amé, del que gocé –y al que hice gozar– durante casi un año. Ahora, su testimonio: ne me regarde pas, je n’aime pas que tu me voies comme ça, c’est dégueulasse, je pourris. Je ne veux pas que tu gardes cette image de moi le jour où je mourrai, ne rester que ça pour


toi, pour ton souvenir. Creo que he cumplido con mi presencia, con mis gestos: aquí estoy, dime si necesitas algo, qué quieres que te traiga, pero no he podido inventarme ni un ápice de amor; la amistad sé que le hacía daño: la tristeza que lo asaltaba cada vez que nos decíamos adiós en el hospital, el deseo incumplido, la ansiedad por lo que no acaba de llegar, el improbable paso de amante a amigo es siempre así, estimado Jaime. Desde luego, tampoco estaba preparado para recorrer las etapas que le faltaban a él para concluir su recorrido. Digo él, digo Michel, pero es que ya no era él. Por eso tengo que aceptar que ni siquiera estaba capacitado para sentir una piedad sincera por alguien a quien, en realidad, no conocía. –Vale, te lo acepto, el hombre al que no amé, pero creí amar: puedo aceptarlo –le respondí a Jeanine, que se empeñaba en demostrarme que no lo había querido nunca–. Dices que seguramente no ha sido verdadero amor, pero ¿qué es eso del verdadero amor? Explícamelo. De qué trata, o a qué obliga esa palabra cuando se extingue. Incluso si imagino que tenía razón Jeanine, la cosa no cambia mucho. Aquel día me defendí: –Pondré si se quiere un poco más de humildad en la afirmación y diré que cumplo mi deber con el hombre a quien durante casi un año creí amar y al que en alguna ocasión le dije que lo amaba. Y Jeanine: –Te consuelas y satisfaces tú. Te das por cumplido. Te justificas. Pero a él no le hacen ningún bien tus visitas. Le hacen sufrir, le recuerdan cosas. Tú, como Ahmed, como Antonio. Los tres lo habéis utilizado. Un pied-à-terre à Paris en momentos de apuro. Michel ha sido demasiado ingenuo. Demasiado generoso. Recuerdo la risa de Michel: los dientes ligeramente separados, las mejillas tensas, la piel de la cara teñida de un saludable color que las nieblas y la contaminación parisinas no habían conseguido lavarle después de tantos años, los ojos verdosos que, si se enfadaba, parecían metalizarse, echar chispas y, al mismo tiempo, convertirse en cortantes esquirlas de hielo. La furia los volvía de un amarillo sulfúreo. Pero eso, el furor que evaporaba el verde y ponía azufre en su mirada, el fuego amarillo y frío, inhumano, lo conocí más tarde, ahora estoy hablando de los meses felices. Él también debió de recordar con amargura muchas veces mi risa de entonces. Me lo dijo: Ça fait des mois que je ne te vois plus rire. La corpulencia del campesino normando, la sensualidad de un hombre


maduro que durante aquellos meses quiso que todo fuera de los dos. Me sedujo ese candor en un cincuentón, la claridad con que nombraba, clasificaba y ordenaba sus sentimientos con una desenvoltura jovial. Las yemas de sus dedos, con las grietas de la piel y el borde de las uñas ennegrecidos en la fábrica, trabajaban con pericia laboral en mi cuerpo. La sensación de que, como a cualquier herramienta, al ser humano lo pule el uso: le concede destreza, ductilidad. Sabía lo que le gustaba y lo que no, sabía que le gustaba su trabajo a pesar de que lo obligaba a soportar horarios crueles y jefes desagradables y estaba bastante mal remunerado. Le gustaban sus compañeros, le gustaban Jaime y la mayoría de quienes trabajaban en la fábrica de Ivry; con muchos de ellos se entretenía tomando copas y jugando un rato al billar a la salida del trabajo. Había uno al que despreciaba y que, sin embargo, se presentó una tarde de domingo a husmear en el hospital (Michel le había dicho a Jaime que podía contar lo de su enfermedad en la fábrica, aunque sin dar demasiados detalles). Lo echó con cajas destempladas, recuperando –no se sabe cómo– la voz poderosa que la enfermedad le había arrebatado. Tiró por los aires una caja de madalenas que le había traído y que se quedaron esparcidas por el suelo hasta que Jaime le pidió a la enfermera que le dejase una escoba y un recogedor. Su construcción mental tenía una solidez razonable. Sabía lo que era el amor. Y sabía que lo que sentía por mí era amor. Eterno, indestructible, como corresponde. Michel, el hombre sólido al que amé, no tenía nada que ver con el tipo taciturno que vino luego, el que soporté durante los últimos meses. Había cambiado cuando regresé de pasar unos días en Madrid. O quizá un par de semanas antes, cuando le dije que iba a emprender el viaje. O cambió dos meses después, cuando decidí ocupar el piso exterior que pusieron en alquiler en la finca en la que el cuarto de Michel ocupaba un rincón del patio. –Así estamos al lado, pero tenemos cada uno nuestra casa, no nos vemos obligados a convivir a todas horas –le expliqué–. Yo pasaré las noches que quiera en tu casa y lo mismo tú, aquí, conmigo. Lo abracé, lo besé, entre bromas lo empujé a la cama, pero él se quedó plantado –el pecho, una pared sólida y ancha–, y, moviendo despacio las manos, me agarró del cuello con una inesperada violencia y me apresó contra la puerta: –Me ahogas. –A ver si te enteras de una vez. Yo soy el que vive ahí enfrente, en ese cuchitril que tanto te gustaba, el que duerme en una cama de la que hasta hace poco te sobraba la mitad.


Se dirigió en dos zancadas hacia la habitación, cruzó el salón, y, al abrir la puerta, se echó a reír: apesta a carne podrida, un piso de salchichero que se ha hecho rico vendiendo carne de perro. Pasado el tiempo me enteré de que el apartamento pertenecía al charcutero de la calle trasera. Pero poseía cualidades inmejorables para mi trabajo, por la amplitud de sus habitaciones de techos altos, y por los grandes ventanales que daban a la calle y dejaban entrar libremente la luz, ese bien tan preciado para un pintor, que París tanto regatea y que tanto había echado de menos todos aquellos meses en que estuve viviendo en la habitación de Michel, situada en uno de los laterales del estrecho patio, y que disponía de una sola ventana que maliluminaba el cuarto exterior. A ese cuarto se llegaba después de atravesar una habitacioncita sin ventanas y la cocina, que daba a la escalera y, ocho o diez escalones más arriba, al rellano desde el que, a través de una vieja puerta de madera sin barnizar, se accedía al retrete, donde apenas había espacio para el desagüe de la ducha, un pequeño lavabo y la taza. El par de habitaciones con la minúscula cocina encajada entre las dos pasaría con dificultad la calificación de habitable si a la municipalidad de Vincennes le preocupara lo más mínimo cómo viven sus ciudadanos. Alquilé el apartamento porque necesitaba espacio para colocar la mesa de dibujo, el ordenador que acababa de comprarme, los rollos de papel, cuanto utilizaba para mi trabajo como diseñador, y también las telas, el caballete, los tubos de pintura, los materiales, porque lo de pintar había sido lo que me había llevado a París, aunque durante todos aquellos meses pareciera haberlo olvidado, y pintor es lo que yo quiero ser mientras pueda sostener el pincel en la mano, un oficio que hoy desprecian tantos artistas, empeñados en ofrecer instalaciones, montajes, vídeos, artefactos más tecnológicos o ideológicos que artísticos, piezas que considero más cerca del acertijo y la ocurrencia que de la obra de arte. Parece que no se le pide habilidad de artesano a un artista contemporáneo, más bien se le aplaude el ingenio. Yo nunca he renunciado a los pinceles, a saber preparar una tela, a trazar las líneas del dibujo, a calcular la óptica, las perspectivas, el juego de contrapesos en los volúmenes de un cuadro, a trabajar con la delicadeza que permiten los aceites, con la sensación de estabilidad que producen los temples. El dibujo fue lo que más practiqué en aquel espacio minúsculo en el que me parecía que había vuelto a la adolescencia, aunque es cierto que concluí algunos cuadros empezados en Madrid o en el piso del


bulevar Ledru-Rollin y que empecé otros nuevos. A Michel le hice algunos retratos. Tras la carta de Jaime, he sentido el deseo de sacarlos hace un rato de la carpeta y los tengo a la vista (hermoso lo que se acabó, o disolvió, lo que no pudo ser, o se rompió y he perdido; lo que no supe, lo que no me convino, lo que no quise guardar, yo qué sé: hablo del dolor que hoy siento por algo que la enfermedad ha resuelto de modo tajante, cerrando la puerta del arrepentimiento, disolviendo la duda acerca de si era o no posible una vuelta atrás. Ha convertido en irreparable lo que quiera que aquello haya sido). A él le dolía la mudanza, pero qué iba a hacer. Necesitaba espacio y luz para pintar, y también –eso pensaba– para recibir a los compañeros de la empresa: tener un estudio que me proporcionase libertad en caso de que las circunstancias cambiaran para mejor en Cormal, y pudieran presentarse allí los diseñadores para ver mis trabajos, citarme con ellos, como alguno de los jefes me había citado a mí en su casa a la hora de resolver alguna duda. Aún no me había dado cuenta de que en Cormal el departamento de diseño se movía en dos círculos paralelos que rodaban a diferente altura, y no había escalera para subir del círculo de abajo al superior. Pensé en un deseable futuro en que el ascenso en mi consideración como pintor me exigiera un lugar decoroso en el que recibir a futuros clientes de mis cuadros, a marchantes, a comisarios de exposiciones, a periodistas. Estaba convencido de que se había iniciado lo que supuse mi momento dulce. Aunque si debo ser sincero, la verdad es que alquilé el piso sobre todo porque había empezado a necesitar aire: quería respirar, alejarme un paso de aquella relación asfixiante. En su proyecto sentimental (el diseño de futuro de Michel), mi trabajo era más bien un inconveniente del que él se encargaría de ir librándome: en su idea del mundo perfecto, yo permanezco esperándolo cada tarde a la salida del trabajo para hacer la ronda de los bares y se supone que debemos sobrevivir entre facturas a punto de pasarse de fecha, prisas para ingresar el dinero en la cuenta unas horas antes de que nos corten la luz o el agua, y dejando a deber hasta fin de mes (él, por supuesto: a mí nadie iba a darme crédito en el barrio) las copas en el café-tabac y en el bar del guardaespaldas, ajustando nuestra vida alcohólica a su más bien escaso sueldo, como habíamos hecho durante los primeros meses, en los que yo no tenía absolutamente nada para sobrevivir. Reconozco que entonces fue generoso: me recogió en su casa, me ofreció cuanto tenía, me alimentó, jodimos hasta agotarnos, y me dio de beber hasta que el pastis se me salía por las orejas. Vivimos meses en estado de exaltación, una ebriedad en la que alcohol y sexo formaban una madeja que no había manera de desenredar,


bebíamos para desearnos más y nos deseábamos más porque bebíamos. Pero casi desde el principio advertí que esa generosidad corría peligro de convertirse en una forma perversa de intercambio: me doy entero, pero te quiero entero. Sospechaba que todo lo que Michel me ofrecía tendría que devolvérselo algún día, y empecé a mirar su afán por gastar conmigo hasta el último céntimo como el deudor mira el libro de operaciones del prestamista que acabará por cobrarle un interés desorbitado. Me veía obligado a atemperar su ansiedad, y, desde que volví de Madrid, tuve que esquivar su vigilancia. Con mi viaje, empezaron las sospechas, los celos. Se me hacían especialmente largas las tardes en las que ni siquiera podíamos permitirnos beber en el bar porque el crédito no daba más de sí: metidos en el cuarto, un par de botellas de vino, restos de alguna botella de aguardiente, las tazas de café, la televisión puesta en un programa con jubilados que aplauden a un niño de cinco años que toca el piano como el propio Mozart, y él con ganas de conversación, pegándose a mí, tocándome, sin dejar que me concentre en mi trabajo (estoy pintando algo que se parece a una marina, juegos de azules, triángulos blancos; lo pienso: qué tendría que pintar ahora aquí, de regreso en Madrid, cadáveres que caminan por los pasillos del hospital, llagas como en Grünewald, carnes desolladas como en Bacon, como en Soutine; no lo hago, sé que no lo haré nunca). Sobre todo, se me hacía insoportable el tiempo que pasábamos en la cama, sus brazos y sus piernas rodeándome. Me asfixias, no me dejas respirar, le dije en alguna ocasión, y él se levantaba, se abría el camastro plegable que había en el cuarto del fondo, cogía una manta y se marchaba a pasar la noche allí, dejando que yo lo oyera revolverse insomne. Habíamos entrado en la penúltima etapa.


Edición en formato digital: noviembre de 2015

© Herederos de Rafael Chirbes, 2016 © EDITORIAL ANAGRAMA, S.A., 2016 Pedró de la Creu, 58 08034 Barcelona ISBN: 978-84-339-3669-1 Conversión a formato digital: Newcomlab, S.L. anagrama@anagrama-ed.es www.anagrama-ed.es


Turn static files into dynamic content formats.

Create a flipbook
17770c.pdf by Editorial Océano de México, SA de CV - Issuu