A Teresa. A todos los amigos que, con su conversaciรณn, me ayudaron a imaginar esta historia.
El automóvil se detiene con un sonido chirriante de neumáticos que estremece las paredes del aparcamiento. Dentro, ninguno de los tres hombres se mira. El más delgado –muy moreno, nariz ancha y labios gruesos– frota, no sin contenida brusquedad, una mano sudorosa contra la pernera del pantalón apolillado. Crujido de acero y mecánica anticuada al abrir una de las puertas. Los tres hombres salen despacio. El guarda les observa de lejos con el borroso cansancio del que se dispone a finalizar en breve un turno de noche: una mirada temerosa duda en un rostro difuminado por su propia estupidez. Hace unos segundos, al ver llegar el automóvil, ha bajado el volumen de una radio y se ha puesto en pie. Ahora, en todo el aparcamiento no se oye otro sonido que el rumor de una musiquilla indescifrable y las pesadas botas de los tres hombres caminando hacia la calle. La cara del más delgado no puede evitar un mohín. El hombre más delgado ha ido ganando con el tiempo fama de no alterarse por nada; ese gesto en su cara es un acto inusual. Se detiene: los otros no se dan cuenta y siguen caminando. Ha visto algo tras los turbios cristales de los coches aparcados en columna; o quizá ha percibido el repentino temblor de una sombra en la pared. Saca el revólver de su funda. Con un movimiento profesional, echa hacia atrás el percutor y siente el chasquido de un resorte enganchando la cola de la pieza. Asocia involuntariamente este último sonido con el anterior de la puerta del coche al cerrarse. Aprieta la empuñadura de la pistola con las dos manos. Cuando oye el primer grito, abre las piernas, levanta los brazos hasta situarlos paralelos al suelo y apunta. El muchacho ha salido como un loco del lugar previsto por el hombre más delgado. El muchacho salta y dispara y grita como si jugase, sin embargo nadie ha pensado ni por un instante en juegos. El hombre más delgado ve cómo uno de sus acompañantes cae al suelo, de espaldas. El hombre más delgado ve cómo el muchacho da una voltereta en el suelo y sigue disparando. Su otro acompañante, de rodillas, vacía el cargador contra el muchacho y se desploma. El hombre más delgado ve cómo el muchacho camina a gatas, renqueando: de una pierna surge un chorro de sangre que, en ese momento, no es más que una línea negra contra la luz lechosa de mil amaneceres. Una imagen del pasado le espanta. Dispara. El muchacho, impulsado por una fuerza remota, se pone en pie
y dispara. Enseguida vuelve a caer. Su pistola se desliza por el suelo aceitoso del aparcamiento y rebota contra la rueda de un coche. El muchacho ya no se mueve... Humo y un olor picante a pólvora llenan el aire. El hombre más delgado se encuentra repentinamente en el suelo sin recordar haber caído. Bajo su cuerpo, algo empapa la guerrera. Quiere pensar en un charco de agua, en uno de tantos barrizales sobre los que, en un tiempo, tuvo que lanzarse. No puede y afronta la verdad. Quiere moverse. No puede. Ve cómo la bombilla de la garita se enciende. El guarda debió de apagarla al empezar el tiroteo. La cabeza del guarda asoma de debajo de una mesa. El hombre más delgado piensa en sí mismo como en un muerto. Da miedo morir. El guarda abre la puerta de la garita y echa una rápida mirada antes de salir corriendo hacia la calle. El eco de sus pasos se aleja. El hombre más delgado ha querido gritar y no lo ha conseguido. Es falso: nunca ha querido gritar. Como una droga, la pérdida de sangre le adormece; como su ausencia, le provoca punzadas de dolor que se expanden por el cuerpo y le hacen apretar los dientes. Pero no puede apretar los dientes. La saliva cae de su boca abierta. No es saliva. El ronroneo de la música alivia la pesadez del silencio. Nadie va a venir a buscarle. El hombre más delgado cae en la cuenta de que aún tiene el revólver en la mano. Con un esfuerzo tremendo dirige la boca del cañón hacia su cuerpo y aprieta el gatillo. El tambor del arma gira un centímetro y se detiene. El hombre más delgado repite la operación, una y otra vez, despacio... Se imagina riendo de su vanidad. Quiere escupir. No puede. Está mirando la última mañana. Se oye una detonación en todo el Barrio.
ESPECTRO: Adiós, adiós, Hamlet, recuérdame. W. S.
Lo que yo le diga. Aquí y allá todo el mundo pía, todos lo controlan todo, pero nadie sabe nada. Fijo. Por eso le he pedido que viniera una vez y dos... Todos los días, que viniera. Porque quiero contarle lo que pasó. Porque yo sé que eran las seis y media o las siete y el Tostao dormía con la cabeza apoyada en una de las mesas de La Lágrima. De rodillas por todo el suelo, el Topo había estado buscando un dado que le faltaba en el cubilete, hasta que se cansó y se acercó a la barra y le dio un manotazo al cubilete y todos los dados se esparramaron por el suelo, sin solución, como las cuentas de un collar. Entonces el Topo y yo nos pusimos a mirarnos la cara sucia y los zapatos sucios y después miramos al Tostao. El Tostao, el Topo y yo llevábamos unos zapatos acharolados, con la puntera de ante: unos zapatos virgueros de verdad. El Topo y yo, viendo al Tostao, nos acordamos de lo que el Gandhi le había soltado aquella misma noche: –A ti, Tostao, siempre te ha faltado tiempo y te ha sobrado vida. Y eso no hace más que criar mala risa y miedo. Allí en La Lágrima nadie dijo nada, como no hubiera dicho nada nadie del Barrio unos años antes. Nadie abrió la boca. Pero cuando el Gandhi dijo aquello, el Tostao y el Topo y yo sabíamos que aquello no se lo decía a ninguno de nosotros. Lo que nos hacía temblar es que el Gandhi pensaba en otra persona. En La Lágrima nadie se movió al oírse el ruido. Los ojos resbalaron los unos en los otros, como si no nos importase. Era la hora de la retirada y estábamos hechos polvo. Igual eran cajas al caer de algún almacén: los moros. O los del ayuntamiento, que andarían tirando alguna casa. Como despertándose, el Tostao le dio una patada al suelo y uno de los dados empezó a saltar y a rebotar por las mesas y las sillas y la barra hasta que se estrelló contra el vidrio de la puerta. Yo iba a decir hasta luego sin mirar, porque sólo podía mirarme los zapatos
sucios (tenían la puntera tan afilada que podía cortar, un poco levantada de dar rulos por el Barrio) y sólo me podía acordar de lo matado que estaba. Miré a la puerta y la puerta estaba sucia, llena de enganchinas que alguien quiso arrancar alguna vez y de papeles negros y descoloridos. Y en el claro libre de roña de la puerta fue donde, se lo juro, vi el careto del Truja atravesado de espanto y de sueño. Y el Truja abrió la puerta y como escupiendo el aire y el susto dijo: –Se han matao. Y el Tostao, el Topo y yo sólo pensamos: Ya está. Y no pensamos nada más. Visto ahora, me doy cuenta de que, fijándome, y de ser yo, la verdad, alguien que está al tanto y en el mundo, me hubiera dado cuenta mucho antes de que se iban a matar. Pero es que nunca quise ni supe hacer mucho caso a esas historias que caminan por el Barrio, despacio, como un perro sin amo o un colonquito sin norte, pero que te las encuentras en todos los sitios antes de tú decir hola. Además no debía. Eran los años guapos. Cuando el Tostao, el Topo y yo nos escapábamos del Barrio y nos íbamos hasta muy lejos y éramos allí los reyes, saludando a todo el mundo y quedándonos con la gente. Éramos más delgados y más guapos y yo le diría a usted que hasta más listos cuando, al llegar a las calles grandes, les sacábamos el dinero a los marinos americanos y a los marinos italianos y el bolso a las extranjeras de piel colorada que se creían caminando por el cuarto de baño de su queo, oliendo las flores y tocándoles el pico a los pájaros y haciéndoles chu-chu-chu a los loritos reales. Por la tarde nos íbamos muy lejos y cuando llegaba la noche juntábamos, el Tostao, el Topo y yo, el dinero que nos quedaba, sentados en el suelo, contra una parada cerrada del mercado, entre los trozos de lechuga tirados y pisoteados en los callejones y el olor a pescado y a naranjas y a lejía. Allí mismo, perdidos entre las sombras y los gritos que venían a veces del Barrio y a veces de las calles grandes, nos reíamos y creíamos poder llegar a montar un imperio, ser como el Gandhi, porque no teníamos otra cosa que nuestro pobre coco para pensar y nuestras piernas para correr. Y es que, la verdad, no teníamos otra cosa. A veces, buscábamos por las esquinas del mercado latas grandes de anchoas y sardinas y, con papel vegetal del duro y un poco de cinta aislante por aquí y por allá, nos hacíamos un timbal guapo y enseguida adivinábamos a quién se lo íbamos a regalar. Cantando y dando palmas y dándole también al timbal nos íbamos al bar de la Chata para seguir cantando y seguir con la idea esa majara de
ser algún día como el Gandhi y oír cómo tocaba la guitarra el hijo de la Chata. Le decíamos sigue, nen, porque queríamos que no parase nunca y porque sabíamos que él tenía algo más que dos piernas y un coco despierto para salir de todo aquello. Decían que era como su padre, el Guacho, ni más ni menos. Hasta que a él lo mandaban a acostar, que el chavalín tenía nueve taquitos, seguíamos diciéndole dale, nen y dale, nen, y él, dale que dale. Así, por la costumbre, por lo chulo que era y por la pinta de señorito, ya tan chinorris, seguimos llamándole el Nen toda la vida. Al ir haciéndose mayor, al Nen le fueron pasando unas cosas que ya le contaré según vengan al caso y otras que le cuento ahora. Muchos amigos nunca tuvo el Nen. Los que más, creo que, a la larga, fuimos el Tostao, el Topo y yo. Aunque en su momento, por ser de su edad y tan cañeros y rebotones como él, no había otros con que se juntara más que con el Dátil y el Andrade pequeño: dos puntos de tíos más listos que el hambre, que no vivían, que se lo tomaban todo y luego le metían al primero que se pusiera por delante, aunque supiese taicondo o cunfú. Y eran así: unos ñajos. Al agustín le habían dado antes que a la maizena, fijo, y al whisky-import antes que al arroz con leche. Se pasaban toda la mañana por los bares, al loro de las películas, flipando con las historias que contaban los camellos más viejos y, por corresponder, contestando con alguna que se hablase por su casa o que hubieran oído la mañana antes. Luego se volvían para su queo y el Andrade pequeño tenía que oír los chorreos de su padre (al que usted conocerá) y que se cortaba la cara con los bisnes y el espitamiento en que andaba su hijo. Normal, porque tampoco había que pasarse y llevarme unos ojos de Nosferatu todo el día. Por las tardes se iban al baile y allí se pasaban las horas y luego volvían para el Barrio y se juntaban con el Nen y luego con el Tostao, con el Topo y conmigo y nos poníamos a cantar y a dar unas palmas y a tomarnos algo de guay. El Nen acababa yéndose, que siempre se traía unos trajines y unas oscuridades que nadie entendía y que, la verdad, a nadie importaban, y el Dátil y el Andrade pequeño contaban y contaban: Llegamos, Palito, me decían, y todo son luces y una música que parece una tormenta, que retumba en todo el baile (y eso que el baile es grande) y te pega en el estómago como si le hubieras hecho algo y se te cuela como grillos en las orejas. Y allí todo el mundo baila y se mueve y siempre te aparece el típico notario vacilón pidiendo bronca. Pero pasando, por lo menos al principio, porque
Palito, nen, hay unas chavalas que te ponen a mil con las camisetitas blancas por encima del ombligo y los pantaloncillos negros esos que han salido ahora, pegados a las cachas y al bul que te pones ciego con el meneo, ciego perdido, Palito, y tú te vas allí y este cabrón (el cabrón era el Dátil) que se llevó el otro día a una al cielo por lo menos, arriba de todo del baile y yo no sé qué le hizo que la quetedije bajó más acalorada que una cafetera, hirviendo y casi llorando, qué le harías, cabrón, lo normal, ya. Y ahí, te lo juro, el que corta el bacalao es el Nen, mariconazo, que desde que no toca la guitarra se harta a follar, que hacen cola las pavas, no veas, y las que están más buenas, que en cuanto mete un pie en la pista ya empieza el cacareo, Jaime, Jaime, Jaime, y a darle besitos en el morro y a las dos canciones ya se ha subido con una y la Susi les va a llorar a la Juani y a la Conchi y a la Quetepiensas y las tías nos vienen a llorar a nosotros y nosotros les cantamos aquella que dice: Te comiste un pan, ¡qué pan!, y que también dice: No te pongas triste, deja de llorar, no eres la primera, que se ha comido un pan, y entre las luces y el ruido y los confetis que caen del cielo que te dejan el coco perdido y la bolinga, nos emparejamos como podemos, que si no, agarramos a un primo y le espabilamos de una buena somanta, por eso, por primo, por el mamoneo. Según fue doliendo el agustín, el Nen dejó de irse viendo con aquéllos. Iban todo el día como lázaros resucitados por el Barrio vendiéndote una camisa o un peluco o la guitarra de Elvis Presley, así riendo un poco por los nervios, colgados de los reynoles y sin enterarse mucho. Pero algo sí que se enteraban, porque lo que acabó con ellos fue un chiste de los buenos. Porque por aquellos tiempos pasaba agustín por el Barrio Froilán el Controles, que se las daba de gran conocedor de las leyes de España. Ahora me parece que anda haciendo unos cursos extra en la Modelo desde que un día le vimos y al día siguiente no le vimos más. Pues Froilán el Controles: flaco, bigotudo y algo tartaja, se pasaba los días en el reservado del Churumbel American-Bar invitando a vinos a quien fuera a buscarle papelas y a oírle contar el dominio que se gastaba del Código Penal. Vamos, que a Froilán el Controles nunca le iban a pillar de marrón. –Po-porque si no te pillan el marrón, no te pu-pueden encalomar: es el cuerpopo del delito. A mí me viene la pasma a casa, tío, y antes de que me suban, me tiro el marrón por la ventana. ¿De qui-quién era ese marrón? Mío no, señor comisario, que yo no tenía nada en casa. Pu-pues a la calle, Controles, a la calle. Eso lo contaba el Froilán un día sí y otro también. Y mire usted si era tonto el Froilán que no cayó en que lo enredaban cuando un día en su queo, al llamar al
timbre del portero y él decir quién va, le contestan que policía, abra. El Froilán, ciego de miedo, coge la bolsa de agustín que tenía y me la tira por la ventana. Y abajo estaban el Dátil y el Andrade pequeño que mientras corrían se irían riendo, nerviosos, saltando por las calles y mirando sin ver las luces del Barrio que se habían vuelto burbujas contra el cielo negro, dispuestos a celebrarlo. Y lo celebraron tanto que, al día siguiente, se los encontraron en un descampado abrazados y con el careto blanco, sonrientes como angelitos. Y es que eran muy ñajos. No hay en toda España un solo tío al que no le suene el Guacho. ¿O no? Los que le oyeron cantar así como estamos usted y yo, frente a frente, dicen que nunca han oído nada igual. Y no se pasan. Porque lo tenía todo: planta, garbo y dominio vocal. Qué tío. Usted tiene que acordarse de sus éxitos, de alguno, por lo menos... Aquella que dice: Las muchachas de mi Barrio me miran a mí al pasar. ¡Oye, Guacho!, márcate ahí esa rumbita, que queremos vacilar... ¿A que se acuerda? O aquel disco que grabó, muy famoso, de esos antiguos con cuatro canciones que se llamaba A mi familia y que a mí es el que me gusta más, que salían en la portada con unos colores muy brillantes el Guacho y la Chata, todos maqueados y sonrientes, careto contra careto, así, como de lado, y en una esquina el Nen, chinorris chinorris, con un gorrito azul claro y un chupete y que tenía aquella canción que se llamaba «De qué color», hombre, no me diga que no se acuerda: De qué color es tu pelo, de qué color. De qué color son tus labios, de qué color. Que yo quisiera nombrarlos, de qué color. Pero no puedo, no puedo y no puedo. Y esas guitarras que se oían en los discos, que parecían olitas de esas que hace el agua en las fuentes con surtidor... A mí me gustaría morir en un sitio donde todas las fuentes sonasen como la guitarra del Guacho. Fijo. Lo que le decía: no le iba a venir al Nen la sangre del aire. Y todas las canciones que escribió pero no llegó a grabar, que yo me las sé. ¡Bua! Un día con más tiempo ya quedaremos para tocar... Ahora sigo. A mí me han contado que un día, unos pringados, de esos arrepenchaos de
última hora, pero con corbata, oyeron cantar al Guacho y se lo llevaron y le hicieron grabar discos y salir en la televisión. Le juro que no miento si le digo que salió en varias pelis de artista invitado y que en una hizo de estrella estelar. El caso es que tenía guita, el Guacho. Y que guita que ganaba, guita que se pulía. Me han contado que cuando volvía de turné, se sentaba en un bar cualquiera del Barrio y se desprendía un alfiler de oro que llevaba en la corbata y luego se sacaba la corbata y empezaba a pedir cosas: que si unas cañitas para los señores, que si unas almejas de las de lata, que si unos whiskys por aquí, que si un benjamín por aquí también. En una hora, en el bar no cabía un alma. El Guacho, lo que yo te diga. Y en dos horas todos andaban de juerga y no volvían en una semana. Todo esto les hacía mucha gracia a algunos y muy poca a otros. A los que les hacía más gracia era a los que se iban de juerga, y a los que no les hacía ninguna era a los que se quedaban. Vamos, digo yo, que el Barrio es así y punto. Pero entre los que las guachadas no les hacían ninguna gracia estaba la Chata, que era, como ya le he dicho, la mujer del Guacho y la madre del Nen. Se habían casado un par de años antes, cuando nadie podía imaginarse que el Guacho acabaría haciendo películas. El caso es que la Chata no se tenía en pie de los acaloramientos y del cabreo que se cogía, y de sacarle las entrañas con el pensamiento a todas las putas que el Guacho se trajinaba. Y es que las tías cuando veían al Guacho se volvían PepsiCola. Y eso debe quemar. Hubo un día en que la Chata ya no pudo más. El Guacho llevaba un mes sin aparecer por el Barrio y ni llamaba. Me han contado que se supo que la Chata se fue a ver al Gandhi, que era quien fue, si no era todavía más. Nadie supo lo que hablaron, pero al cabo de una semana mucha gente volvió a ver al Guacho por el Barrio y le oyeron gritar en su casa y llamar a la quetedije mala puta y pegarle y de todo. También se dice que el Andrade y el Fontán, que siempre estuvieron con el Gandhi, cogieron al Guacho por banda y le dibujaron un seis y un cuatro en su retrato. Pero lo fijo fijo es que el Guacho y el Gandhi acabaron viéndose y se dijeron cosas fuertes, y que nadie volvió a ver al Guacho ni en el Barrio, ni en el cine, ni en la televisión. Ahora me toca hablar del Gandhi y ahora sé que todo esto se lo puedo contar a usted sin miedo.
Era un hijo de puta, pero qué quiere que le diga: era nuestro padre. Lo del Gandhi no sé quién se lo sacó, pero todo el mundo entendía por qué le llamaban así: era muy flaco y calvo y tenía una manera de hablar muy tranquila, sin decir una palabra más alta que otra. Andaba por los cincuenta y tantos, pero así, por el aplomo raro, la pinta y el careto currado parecía más viejo, bastante más. No perdonaba: te podía decir que no quería volver a verte por el Barrio en la vida y tú le dabas las gracias. Pero si le habías hecho algo y lo único que hacía era echarte del Barrio, ya le podías ir dando las gracias. No sé si me aclaro. Cada día se paseaba con su buga por el Barrio. Un Dodge 3700 colorado y brillante, cañero y cantón, aunque un pelo hecho polvo por los años. Y en la parte de atrás, el Gandhi, con su americana gris a rayas y su camisa blanca y su pañuelo azul de topos blancos al cuello, fumaba despacio un puro y saludaba como si no saludase. Era la ronda y todo el Barrio lo sabía: las siete, las ocho, las nueve de la tarde, cuando cerraban el mercado y recogían los puestos de fruta y encendían las luces de fuera en los bares y, allí en la calle, empezaban a pasearse yonquis babeantes y las mismas lumis que por la mañana te habían parecido feas, ahora les encontrabas un vicio, y los colonquitos, tristones o parlanchines, caminaban despacio y tropezando y con la manta, los periódicos o los cartones, y buscaban un agujero para sobar. Ni uno se hacía el longuis cuando el carro del Gandhi picaba la bocina: toda la basca sabía de qué iba el rollo y, si no, de una mirada de aviso que era como un palo aprendían y, si no, ya venía el palo de verdad. Con el Gandhi iban siempre el Andrade (que era el padre del Andrade grande y también del mediano y del pequeño) y el Fontán, que no era el padre de nadie, que se sepa. Por el Barrio se decía que aquéllos se habían conocido en África, de soldados, y que allí se habían puesto un tatuaje entre el cuello y el pecho, según se baja a mano izquierda, que era una rueda ardiendo. Y allí en el Barrio no llevaba el tatuaje nadie más que ellos tres y si algún día aparecía uno que lo llevaba, la gente del Gandhi le decía al tipo que fuese a ver al jefe y entonces, al encontrarse con el Gandhi, el Andrade y el Fontán, todos se daban abrazos y cantaban canciones de cuando eran soldados y se montaban una fiesta guapa. Antes de que llegaran los moros y los negros, al Gandhi se le llamaba don Luis y se le tenía miedo porque sí. Vamos, se le tenía miedo porque, si no le decías que sí, pringabas. Pero cuando empezaron a llegar los moros y los negros, la gente empezó a quererle un poco más. Los moros y los negros habían venido de uno en uno y al principio hacía su gracia eso de decir hosti, tú, un moro, pero ya luego se trajeron a las parientas y
a las suegras y a los ñajos y en el Barrio ya hubo más moros y más negros que cucarachas. Y había moros y negros que se montaban sus bisnes de tranqui y había otros más ciegos por tocarle los quetedijes al personal y molestaban a muchos. Y como los moros y los negros (los tranquis y los nervis) no tenían nada que perder y había mucha gente del Barrio que estaba apalancada, poniéndose a gusto y cogiéndosela mirando el vídeo, pues los moros y los negros empezaron a hacer su guita y a quedarse con las coplas. Y como estas cosas de los moros y de los negros son muy raras, los moros empezaron a mandar a los negros y, poco a poco, se fueron organizando y la cosa se puso seria. Y eso parecía que se iba a acabar cuando el Gandhi dijo basta. Un día (y esta vez sí que yo estaba allí y pude verlo todo) el hijo del Andrade, el mayor, estaba tomándose unos quintos en La Vendimia. La semana anterior, cuando el Andrade mayor supo que La Vendimia estaba llena de moros, fue hasta allí con gente del Barrio y reventó a palos a los moros. Luego nos llamó al Tostao, al Topo y a mí y nos dijo que el Gandhi había dicho que quería oírnos cantar todas las tardes en La Vendimia, que llegáramos a las cuatro o a las cinco y estuviéramos cantando hasta que cerraran. Luego, cada mochuelo a su pensión. El Andrade mayor iba por allí al hacerse de noche y se tomaba unos quintos. Y un día, ya digo, mientras se los tomaba, llegó un negro y le metió en la espalda un machete que hacía medio brazo. El Tostao, el Topo y yo no supimos decir más que lo que vimos: que había sido un negro. ¿Que qué negro? Pues un negro... Al cabo de dos días se dice que encontraron a diez negros flotando en el puerto. Aquella tarde, el Gandhi nos llamó al Tostao, al Topo y a mí y nos metió en un coche y subimos hasta la montaña que está junto a la ciudad. En un descampado había diez pelotas de papel de periódico y el Fontán, que era el único que se había bajado del Dodge, nos dijo al Tostao, al Topo y a mí que las desenvolviéramos una a una. No vea: eran las cabezas de los negros, un poquillo peladas y con los ojos mirando para Sardañola, pero negros. El Fontán se puso entonces a gritar y a decirnos que nos aprendiéramos de memoria la jeta de los negros aquellos y que si a ver si así distinguíamos un careto de negro de otro careto de negro. El Gandhi y el Andrade estaban dentro del buga. El Andrade tenía la cabeza apoyada en uno de los asientos de delante y yo no sé si lloraba o tosía. El Gandhi fumaba un purito y parecía que pensaba. A lo que iba. Ya le he dicho que nadie volvió a ver al Guacho en muchos años.
Pero un día empezaron a llegar noticias y las noticias, claro, llegaron hasta el Nen y ahí fue cuando el Nen empezó a descantillarse de verdad. Lo del Guacho a mí me lo dijo el León, que, como siempre, parecía que estaba perdiendo el tiempo en la barra de Los Claveles, bebiendo quintos y esperando a algún pringado al que pasarle unas posturitas: a veces de la buena, otras de la mala, pero siempre rácanas. Lo que me dijo el León fue esto: Te lo juro, Palito, que lo vi. Como un alma en pena iba el tío por San Pablo, flaco y pálido y todo cambiado, el Guacho, tío, que había sido lo más principesco, principesco, tío, de todo el Barrio. ¡Guacho!, le dije. Porque yo al Guacho le había conocido como a un hermano, que allí donde cantaba tenía yo mi mesa con el cartelito que ponía RE-SER-VA-DO, reservado para el León, niño, como si el León fuera su apoderao, al lado de todos los tipiripacos de postín y mi botellita de champán, ¡Guacho!, y nada, el tío que no miraba, y ¡Guacho!, hasta que por fin mira el nota y se pone a hacer así con la cabeza como diciendo que no y que no y siguió andando, cuesta abajo, porque es más fácil caminar cuesta abajo que cuesta arriba, y yo me cagué en sus muertos primero y luego me dio pena, el tío, pero por éstas, te juro que lo vi, Palito, te lo juro. Con los días, a uno le iban llegando voces como a mí me tenía contado mi padre que caían las manzanas de los árboles, allá en su pueblo, según iba llegando el otoño: despacio, como si quisieran que nadie se diera cuenta, pero retumbando. Caminaba yo un día por Robadors de buscar unas herramientas que Andrade me había mandado recoger en el barrio de al lado, cuando de la puerta del Go-go me sale la Juárez pequeña en minifalda y con ganas de cumplir la jornada. Y qué, Palito, cómo andas de tiempo. Mal, Rosita. Anda, pasa. Y yo, que no, nena, búscate a un guiri, que vienen para acá, que acabo de adelantar a uno de esos que van con minipantalones. No es eso, Palito, que te quiero contar una cosa que nos pasó anoche a la Olga y a mí que nos dejó alucinadas. Anda, tómate un cubata, que te invito. –Eran como las nueve y el Portugués nos dijo a la Olga y a mí que saliéramos a la puerta, nos pusiéramos a cantar alguna tonadilla clásica y entráramos clientela a empujones. Dice, el cabrón, que no tenemos voluntad de prosperar, que así no se puede sacar adelante un negocio, el cabrón. Total, que salimos la Olga y yo a hacer el capullo en la puerta y a abucharar a cualquier pringado para que entrase, agarrándolo si pasa por nuestra acera y tocándole un poco por aquí y
por allí por si se entusiasma y se acalora y le entra sed. Y al primero que agarramos, que lo agarró la Olga, que si soy yo ni lo toco, que ya me contarás la pinta de desastre que tenía el tío, vestido de negro y con cara de pedir... Pero como la Olga es medio ciega y no ve tres en un burro (que se lo tengo dicho, que se compre unas de esas gafas que no se ven, que si no tendrá un disgusto cualquier día) y bulto más alto que ella que ve y si huele así un poco a hombre, pues es un hombre y ya está, pues que lo agarra y lo empieza a camelar y yo, sin tenerlo muy claro, pero por ayudar, lo tiro para adentro y le veo la cara que me mira sin mirarme, blanquísima, y el tío no dice nada y la Olga, que es muy buena, la pobre, diciendo: Anda, chentelman, entra, que te voy adoblar de gusto, mientras estiraba de él y por fin lo entró y el tío se dejó meter, pero no decía nada. Y en éstas que lo ve el Portugués y suelta un ¡O demo do carallo! y nos dice que le soltemos, por el amor de Dios, que es muy de la misa, el Portugués... La Olga suelta al tipo y el tipo se va. El Portugués agarra a la Olga de un brazo, el cabrón, y me la suelta un galletazo que no veas. Yo me vuelvo a salir a la calle para no recibir y por ver dónde iba el tío y me encuentro con que sigue caminando. Y ahí enfrente, apoyado en la pared, como mirando no sé dónde, como hace él siempre, caído del cielo, estaba el Nen y se pone a seguirlo y, muertita de curiosidad, les suelto a los de dentro que voy a un recado y sigo a aquellos dos y veo que el Nen coge al tipo aquel y se ponen a hablar y a media calle se meten en una pensión. Pero no me pareció a mí que era lo que cualquiera se hubiese imaginado. Cuando vuelvo al bar, el Portugués me coge y me dice: Oye, bonita, esto que ha pasado no sale de aquí, porque os quiero mucho y no me gustaría tener que haceros daño. El cabrón. Ese pavo no existe, ¿estamos? Un pedazo de cabrón, el Portugués. Era muy raro todo y ya lo habíamos hablado alguna vez el Tostao, el Topo y yo, pero nadie se atrevía a decir qué pensaba de todo ese lío. Iba a pasar algo, eso estaba claro. Nos acercábamos al bar de la Chata y la veíamos callada, limpiando vasos y abriendo la boca sólo para gritarnos que bajáramos la tele. Le preguntábamos por el Nen y nos miraba así, fijamente, a ver si se enteraba para qué lo queríamos, y la mirada de la Chata nos hacía al Tostao, al Topo y a mí ponernos a mirar el suelo y a decir que si nos apetecía cantar con él y eso, y ella nos acababa diciendo: Por los terrados andará, ¿por dónde iba a ir?, y se ponía a limpiar otro vaso. Y ya llegó el día que oímos el carro del Gandhi montarse en la acera y al
mismísimo Gandhi entrar en el bar de la Chata con el Andrade y el Fontán, y saludarnos a todos como un cura que nos diera la bendición y pedir un vino a la Chata y preguntarle: Chata, ¿por dónde anda tu hijo, que no le veo desde hace tiempo? Por los tejados andará, digo yo, le contesta la Chata, y sigue la tía: ¿Qué mosca os ha picado a todos con el niño? Yo qué sé dónde anda, pues por los terrados, o con la Susi, o durmiendo, que a ése le gusta dormir por las mañanas, que parece que le pesa el sol. A todos nos pesa el sol, Chata, a todos. Oye, dile a tu hijo que quiero hablar con él, para ver si le doy algún trabajo y te deja de andar por los terrados, que ya se hizo daño una vez y puede volver a hacerse. A mi lado, el Tostao soltó un «hostia» por lo bajinis y la Chata se le quedó mirando: Tú, golfo, en mi casa no se sueltan blasfemias, ¿te has enterado? Y luego se gira al Gandhi y le dice: Cuando vea a mi hijo le diré que te espere aquí, en el bar, y en el bar lo tendrás para lo que quieras decirle. Como tú quieras, Chata, como tú quieras, le dijo el Gandhi entonces, y dándonos el Ave María Purísima se fue de allí sin decir una palabra más. Me imagino que usted querrá saber quién es la Susi, vamos, digo yo, porque si no lo quiere saber, yo se lo digo y usted se lo traga. Usted la ve de buenas a primeras y dice: ¡Qué guerra va pidiendo esta chavala! Es así como rubia y tiene muy buena figura y una jeta como de nenita que no ha crecido que te hace dar un tembleque cuando piensas: ¿De dónde ha sacado la nenita ese cuerpazo? Que no parece que sea suyo, vamos. Y camina muy bien, con garbo, la tía. Pero cuando hablas con ella te da muy poco cuartel y para sacarle una sonrisa (y mire que le digo nada más que una sonrisa) tienes que dar saltos mortales lo menos o dejar que te atropelle un carro. Por eso, cuando no la conoces, te parece que, por lo callada y lo seria, la tía debe saber muy bien por dónde camina. Pero qué va, es más tonta que bailar con un buzón, aunque, con no hablar, todo eso que gana. Pues resulta que a la quetedije el Nen le hacía su gracia de toda la vida, mucha gracia, diría yo: de eso nos dimos cuenta el Tostao, el Topo y yo hace tiempo. Y al Nen, como la tía le importaba un cuerno y sólo la veía cuando estaba el hombre con los nervios, pues que todavía la tía se le colgaba más y se ponía más tonta y se iba por ahí diciendo que el Nen era su novio y yo qué sé qué carajadas. En fin, que como la tía, a la que abrías la boca para decir «el Nen», aunque se hiciese la longuis, ya se le abrían las antenas y por entre las caderas le bajaba calderilla, pues, como le decía, cuando todo el asunto estaba que pinchaba y me
imaginé que la niña igual sabía algo y uno es bastante chafardero porque se aburre, me pasé por la horchatería donde trabajaba el angelito a tomarme un granizado de limón, que ya me contará usted lo que me apetecía a mí un granizado de limón. A la que me había tomado aquella porquería y me había fumado un par de trujitas y había saludado a dos o tres que pasaban por la calle y le había dado a entender a aquella criatura que yo estaba allí para tomarme un granizado de limón y punto, pues voy y le suelto: Oye, Susi, ¿tú te ves con el Nen?, porque no hay Dios que dé con él. Ella no me dijo nada y me miró como si fuera yo una de esas cucarachas que luego se caen en los granizados. Es que, yo seguí con lo mío, es que al Tostao, al Topo y a mí nos ha salido un trabajillo en un baile y habíamos pensado en él para que nos pasara canciones y nos ayudase un poquito. Sí, para que luego no le paguéis, la tía iba picando. Sí, sí, mujer, que mucho no le vamos a pagar, pero, bueno, si nos dan cuatro duros, él se lleva uno. La Susi no entendió el ejemplo: Me parece a mí que va a ganar algo más que un duro a partir de ahora. ¿Ah, sí, con quién? No te lo digo porque no quiero que salgas corriendo con un susto y no me pagues el granizado. Coño, pero eso es muy serio. Más de lo que te imaginas, pringao. Caramba con el Nen, para que te fíes. Yo le iba dejando lo del granizado en la barra. No hables mucho, Palito, que luego todo se sabe. Yo tenía un pie en la acera y le dije: No exageres, Susi, no exageres. Y ahí la dejé. Durante un tiempo, el Tostao, el Topo y yo pensamos que lo del Gandhi y el Nen era serio. Que al aparecer por allí el Guacho o lo que quedaba del Guacho o su sombra o lo que fuese, el Gandhi se quería hacer amigo del Nen por lo que pudiera pasar y si el Guacho llegaba a decir algo, que fuera el chavalito en persona el que lo mandara a tomar por la ful. Que qué le había dicho el viejo: no teníamos ni idea. Pero nos empezamos a susmar algo cuando nos dijeron que la Susi andaba llorando todo el día y toda la noche y que al día siguiente seguía llorando y que si ya la tía hablaba poco, durante aquellos días todavía hablaba menos. Solución: que el Nen le había dicho por ahí te pudras y que esta vez iba en serio y que a las tías, por muy tontas que sean, cuando les dicen por ahí te pudras de verdad, saben que lo estás diciendo de verdad y que cuidado. Y es que el Topo, el Tostao y yo nos imaginábamos que el Gandhi, que le iba buscando al otro el punto flaco, le había traído un par de tías que se trae él a veces de lejos y le había dicho: Nen, ataca, que éstas te van a enseñar lo que vale
un peine. Y el Nen, que vaya usted a saber en qué negocios se iba a meter, había pensado: Me parece a mí que a la Susi le van a dar mucho. Ahí fue donde nos equivocamos todos. Porque el Nen, si iba a enchufarse con el Gandhi, no hubiese hecho las cosas que hizo por aquellos días. Y es que se puso a hacer el tonto por las buenas. Y a nosotros nos han contado que se dedicaba a asustar a la gente por los terrados: alguien que igual estaba tendiendo la ropa se apercataba de cómo, sin comerlo ni beberlo, una sábana se ponía a arder y entonces se oía una risa, y también nos contaron cómo alguien, bueno, dos, estaban en un cuarto de pensión haciendo lo que usted ya sabe y les entraba algo ardiendo por la ventana y, claro, olerían a un ardido que no era el suyo, los cabrones. Y nadie veía al Nen y sólo oían su risita, pero todo el mundo se imaginaba que era el Nen. Y por la noche, en los terrados, donde antes sólo se oía el ruido de una paloma a punto de espichar o el roneo de un bisnes, ahora reinaba la voz del Nen, sentado en el pico de una claraboya y cantando una de las canciones que el Guacho nunca llegó a grabar, «El triunfo». Largo es el camino para llegar a la cima, y una vez que llegas, de los amigos te olvidas. ¡Qué difícil es! llevar el triunfo en tus manos y qué alegría da cuando lo sabes llevar. Yo pude llegar a sentir el dulce y el placer y hasta luché con todas las fuerzas de mi ser, pero el destino la espalda me dio y aquí en un rincón, tirado por las calles sin tener amor, así vivo yo. Y el tiempo ya va pasando y me estoy haciendo viejo, me lo noto yo en mi cara
cuando me miro al espejo. Hoy me miro y me pregunto y a mí mismo me respondo quisiera ser como antes antes lo tenía todo. Y ya no se oía más que las bambas del Nen, unas Adidas Achille aerodinámicas, flexibles y con abundantes puntos de ventilación, saltando hacia Dios sabe dónde. Porque usted tiene que saber que el Nen era el príncipe del cielo. Tenía que haber visto cómo saltaba por los terrados y qué gracia tenía el tío para pasar de una punta a otra del Barrio sin tocar el suelo ni una puta vez y así, finillo que era, y ágil como un mono del parque, se agarraba de una baranda, daba la vuelta, ponía un pie en el tendedero y saltaba tres metros de aire por encima de una calle y se colaba por el agujero de un patio poniendo una mano y un pie en una pared y la otra mano y el otro pie en la otra y bajaba, rucurrucurrucu, y ya estaba dos terrados más para allá, y si lo has visto, suéltale un galgo. Una vez, mucho antes de que pasara todo esto que le cuento, intentando entrar por una ventana en un quinto piso, el cabronazo que vivía allí le cerró con toda su mala hostia la ventana y le pilló al Nen tres dedos de la mano izquierda y como el Nen no quiso decir nada se le infectaron y se hincharon y se le gangrenaron y se los tuvieron que cortar, los tres dedos, por el primer sitio que se doblan y el Nen no pudo tocar nunca más la guitarra. Cuando el Gandhi se enteró de todo esto, hizo que cogieran al cabronazo que había cerrado la ventana y le encontraron a él en Montjuïc con la cara aplastada y cantando una zarzuela y a su brazo en el Tibidabo. Pero todo esto pasó hace bastantes años, después de que fuéramos a oír tocar al Nen en el bar de su madre y antes de que el Nen se pusiera a hacer el loco por los terrados.
Edición en formato digital: marzo de 2017
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