Título de la edición original: Y el cielo era una bestia
Edición en formato digital: septiembre de 2014
© Robert-Juan Cantavella, 2014 © EDITORIAL ANAGRAMA, S.A., 2014 Pedró de la Creu, 58 08034 Barcelona ISBN: 978-84-339-3519-9 Conversión a formato digital: Newcomlab, S.L. anagrama@anagrama-ed.es www.anagrama-ed.es
Primera parte
Sigurd Mutt
–Una botella de champán... y una Biblia. –Eso es todo lo que queda de Jonás. B. WILDER & I. A. L. DIAMOND, La vida privada de Sherlock Holmes
01 El cielo era una bestia cuando Sigurd Mutt posó la maleta en la nieve. Una bóveda de oscuro algodón estriada de grietas violáceas, una frontera descendida hasta casi abrazarlo para susurrarle al oído que se estaba moviendo, que el cielo ya no era el mismo porque él abandonaba su letargo. Una masa informe y pesada allí arriba, rugiendo como animal herido, vacilante, vigilando cada uno de sus pasos, amenazando con venírsele encima. Sigurd Mutt se quitó los guantes pellizcando la punta de los dedos, los guardó en el bolsillo del abrigo junto a las últimas voluntades de su colega y alzó la vista para cerciorarse de que era el sitio. La equívoca sensación de haber llegado insuflaba en su ánimo algo cercano al calor del hogar. Un lugar que todavía le era ajeno y a punto estaba de engullirlo como la ballena a Jonás. Hacía frío. Sigurd Mutt estaba acostumbrado al frío. Nadie a la vista en la calle empinada. Sobre la puerta, en un cartel arruinado por el tiempo y la intemperie, se leía en color blanco sobre fondo verde «Santa Eugenia Bar-Rte». Encima de las letras coincidían tres de los cinco agujeros que convertían el letrero en una especie de tarjeta perforada gigante. Santa Eugenia, leyó en voz alta. Las palabras mancharon sus labios de un sabor agridulce. Sigurd Mutt las descifraba con regocijo, recuperando letra a letra un idioma del que había huido más de veinte años antes. Le vino a la memoria el paisaje, apenas una impresión de lejana familiaridad que él manipuló hasta convertirla en algo parecido al reconocimiento. Al abandono de unos hábitos que lejos de Hamburgo no iban a serle útiles o acaso él pretendía dejar atrás. (¿Era aquello una nueva huida?) Miró a un lado y al otro. Ni un alma. Tras alguna que otra ventana se encendían las primeras bombillas de la tarde. Vio unos pocos coches aparcados a un lado. No muy lejos de allí, un rumor de gritos infantiles, como de niños jugando a pillapilla, llegó desde las entrañas del pueblo para perderse en dirección a las montañas, donde el blanco se mezclaba con el blanco en un paisaje borroso. Imposible adivinar cuánto tiempo iba a quedarse en aquella especie de balneario al que ahora lo arrastraba tan triste suceso. La muerte que crea la vida y aviva las más temibles andanzas, que nubla la vista y desmiente el miedo. Que
niega el pasado unas veces, y otras lo dota de fuerza sublime. El viaje había vertido en el riego sanguíneo de Sigurd Mutt una energía nueva que lo conectaba directamente con otros tiempos, que lo obligaba a soñar con otros tiempos, que le hacía temer aquellos tiempos y a la vez amarlos, tocados entonces por la gracia del brío y la incertidumbre, y recuperados ahora, en breves fogonazos, bajo el velo de la melancolía. Como si llevase mucho tiempo fuera de casa. (¿O acaso estaba volviendo?) La cicatriz de su mejilla se tornó un río sinuoso. Sigurd Mutt tomó su equipaje del suelo. Tras la cortina de aluminio todo parecía a oscuras. Se disponía a apartarla cuando del interior del local emergió una mujer con un caniche en brazos, un bulto atolondrado que por un instante le pareció un extraño ser con dos cabezas y a punto estuvo de atropellarlo. Surgió de las tinieblas y desapareció calle arriba, sin pararse a pedir disculpas, ni siquiera se volvió. Caminaba con pasos cortos y vertiginosos, iba pegada a la pared de la derecha, que eran casas de dos pisos con portones de madera y fachada de piedra vista. Por fortuna, Mutt no era supersticioso. Menudo recibimiento, pensó, el propio Cerbero saliendo a mi encuentro, el guardián de los muertos y del inframundo. Antes de llegar a la esquina, la niebla la había borrado. Sigurd Mutt recompuso el gesto y permaneció unos segundos de pie, mirando el rastro en la nieve de aquella criatura extraña. Lo primero que vio al entrar en el Santa Eugenia fue a Hugo Pereda metiendo la mano en el fregadero y buscando otro vaso para ponerlo boca abajo sobre un rodillo automático que, al tocar su fondo, comenzó a rotar y a lamer el interior del vaso como en un autolavado. Lo hizo con absoluta naturalidad, mientras se volvía hacia la puerta, ahora ocupada por la sombra mediana de un desconocido que acostumbraba su vista a la penumbra del establecimiento. A Hugo Pereda le pareció que aquel hombre tendría unos cincuenta años. Vestía un elegante abrigo abrochado hasta el cuello. Su mano desnuda agarrada a una maleta. Más que un hombre parecía una figura de cera, allí detenido, el semblante blanquecino. Las arrugas de su rostro, escasas pero profundas, dibujadas con oscuro trazo grueso y cierto afán de simetría, parecían en la frente una prolongación arqueada de las cejas o la onda esférica de dos piedrecitas arrojadas al agua, se adentraban desde los pómulos en la cuenca de los ojos, y esculpían el mentón perfilando sus contornos. El conjunto dibujaba un gesto severo que ocultaba en realidad cierta candidez. Llevaba puesto un sombrero. No eran así los gorros deportivos que Pereda solía ver por Vor. Este tipo no es de por aquí, pensó, mirando sus delicados zapatos con una sonrisa de suficiencia. Había un leve desprecio en esa muda observación, aunque Pereda sabía cómo ocultarlo,
si no tras una sonrisa amable (como siempre le pedía su mujer que hiciese ante los turistas que allí llegaban tanto en invierno como en verano, a las pistas de esquí y a practicar deportes de riesgo), sí bajo la forma de una profunda indiferencia. Para el caso es lo mismo, protestaba su mujer. Con esa cara de ogro al final no vendrá nadie al restaurante, y entonces ¿con qué dinero te comprarás ese dichoso quad? –Buenas tardes –dijo Pereda desde detrás de la barra. La camisa remangada, el pequeño delantal casi empapado. Acto seguido sacó el vaso para enjuagarlo en la segunda pila, también rebosante de agua pero menos turbia, mientras se llevaba la mano izquierda al Ducados que mucho antes se había apagado en su boca y con un movimiento aprendido lo arrojaba al suelo. Sin esperar respuesta, Pereda cambió el canal de la tele. El bar no era tan pequeño como le había parecido a Mutt desde fuera. Una quincena de mesas. En una de ellas, cuatro hombres jugaban a las cartas mientras otros tres, dispuestos alrededor, uno de pie y los otros sentados, seguían la partida en silencio o charlando de cualquier cosa excepto de la partida. El ventilador del techo, en funcionamiento en pleno invierno, parecía animar la escena como en una vieja moviola. Un camarero barriendo, un tipo sentado a la barra que lee el periódico, y un tercero lanzando un dardo tras otro. La voz de la tele mezclándose con el ruido de la máquina de dardos. El fondo de la barra era un espejo gigante. –Lo que yo te diga, están todos locos –exclamó el tipo del periódico dirigiéndose a Pereda–, ¿tú has visto esto? Ha aparecido la mano de una mujer, sólo la mano, cortada de cuajo, en Tenerife, en..., a ver, espera –dijo, buscando en la noticia–, sí, aquí lo dice, en Las Lagunetas. Al parecer la encontró un cazador, o más bien su perro, ¿te imaginas? Mutt no sabía muy bien qué hacer. Se quitó el sombrero. Quedó al descubierto su pelo blanco peinado hacia atrás, abundante en la parte superior, casi convertida en un distinguido tupé, y corto en los costados. Con un mechón negro que surcaba aquella espesa cabellera por su parte central hasta casi la coronilla. Sin patillas. Tomó asiento en el primer taburete, cerca de la puerta. El pequeño mostrador refrigerado sobre la barra estaba lleno de bandejas vacías. Total, pensó Mutt mientras echaba un nuevo vistazo a aquellos hombres jugando a las cartas, no tardarán en venir a recogerme. Eso es lo que me dijeron, que esperase aquí. Así que pidió un café. A Mutt no le costó decirlo correctamente. Pereda llamó al camarero:
–¡Nando! –Y a continuación un silbido y un brusco movimiento del mentón. El tipo de los dardos insistió en la partida que jugaba consigo mismo, los marcadores apagados, provocando con cada nuevo lanzamiento ese sonido agudo que usa la diana en los bares para avergonzar a todo aquel que juega sin que haya partida en curso. En su parte inferior, el espejo gigante tras Hugo Pereda lo atravesaban numerosos estantes llenos de botellas y cachivaches. Justo sobre el más alto descansaba la foto borrosa de un hombre joven metida en un marco con el vidrio roto y las mayúsculas M y B como única leyenda. De uno de sus extremos superiores pendía un crespón negro. –Vaya... –exclamó Sigurd Mutt, pensando en su propio duelo, la mirada fija en el retrato, tratando de romper el hielo–. ¿Puedo preguntar quién era? Sigurd Mutt, que como resultaba evidente se refería a la fotografía, reforzó la pregunta con un movimiento de ceja que envolvió en su cinética el hombro del mismo costado, de un modo insinuante y absolutamente explícito. Pereda metió la mano en el fregadero y atrapó otro vaso. Mutt sentía una extraña euforia y también cierta inquietud. Aquel hombre parecía examinar cada uno de sus gestos. –Un chico de por aquí abajo –respondió Pereda–, murió asesinado hace cuatro años. Iba a ser un buen hombre. Mutt asintió y volvió a decir vaya, tratando sin saber muy bien cómo de que su vaya sonase solemne, compungido, respetuoso. No lo logró. Fue un vaya más bien curioso. Eran muchos años alejado de aquella lengua; tenía las palabras, le faltaba la música. Tampoco pudo dejar de preguntarse a qué se referiría el dueño del bar con aquello de «por aquí abajo». Según se había informado antes de iniciar el viaje, Vor estaba por lo menos a quinientos metros sobre el nivel del mar. Pereda puso otro vaso boca abajo y lo enchufó en las púas de plástico del rodillo autolavado. Pasaron un par de minutos. –¿Y usted? ¿Qué lo trae por aquí? No me lo diga, viene a pasar las navidades, ¿a hacer turismo rural? Mutt quedó pensativo. Rehízo mentalmente su viaje de Hamburgo hasta Vor, primero en avión y luego en tren. Al llegar mentalmente a su paso por la estación de Sants en Barcelona se detuvo y entretuvo, y fue al bolsillo interior de su abrigo a buscar el bulto de una cartera. –También alguien que ha muerto –dijo, echándole una nueva mirada al retrato tras la barra–, aunque no hace tanto. Hugo Pereda se detuvo un instante y no dijo nada. Alguien dio un golpe sobre
la mesa echando sus últimas cartas. La máquina de dardos soltó un nuevo pitido. Y Sigurd Mutt, los ojos clavados en aquella fotografía, dispuesto a esperar y largarse de allí en cuanto llegasen por él, regresaba poco a poco a Sants, donde hacía sólo unas horas se había tropezado con aquel tipo de las maletas enormes. Jacques Curvado, súbdito francés según su pasaporte. Fue como si, al verse en la estación central de Barcelona después de tantos años, Mutt se hubiese sentido de nuevo un Zoólogo Furioso, lejos de la universidad pero imbuido de un ímpetu similar, ansioso por demostrarse a sí mismo un arrojo casi olvidado. Un valor gratuito que se había esforzado en dejar atrás durante años y retomaba ahora como quien recupera su juventud. Y eso es lo que había hecho. Proponerse una hazaña absurda para sacudirse de encima treinta años de corrección grisácea y fácil mansedumbre, de alejamiento constante, doloroso, de renuncia a la aventura y apego a la mesura. Mutt revivió el momento dando un nuevo sorbo de su café. Sucedió más o menos así: Faltaba media hora para que saliese su tren regional, Sigurd Mutt fue a fumarse un cigarrillo. La estación no había cambiado tanto, pero en la calle todo era distinto. Una grúa removía el suelo en medio de una plaza vallada. De inmediato lo vio bajar del taxi e ir a buscar en el maletero aquellos dos enormes bultos. Jacques Curvado cojeaba. Una vieja herida, aventuró Mutt, a juzgar por la naturalidad y solvencia de su paso renqueante. Arrastraba el pie derecho y movía la cabeza arriba y abajo al caminar, como un péndulo animado por sus andares. La escasa pelambre peinada al lado dibujaba en su cráneo irregular un triste paisaje rayado que recordaba las cuerdas de una guitarra. Aunque no escogió a aquel personaje bajito y nervioso, de ojos hundidos y movimientos habilidosos, por ser cojo ni por ir tan cargado. En realidad Mutt no tenía muy claro por qué, pero se decidió al verlo mirando a un lado y luego al otro antes de cruzar el carril de rayas amarillas tras haber discutido con el taxista hasta casi llegar a las manos. En un santiamén, Mutt había encontrado el lugar exacto, en una de las pequeñas puertas de acceso al vestíbulo de la estación, donde esperar a que fuese él mismo quien se emboscase, con su enorme equipaje y el ánimo crispado. Apagó su cigarrillo, sacó su paquete de tabaco y esperó con astucia para empezar a liarse otro justo cuando Jacques Curvado iba a meterse en la estación. –Disculpe, ha sido sin querer, hay tanta gente... Jacques Curvado se detuvo contrariado: –Nada, no hay problema, ¿puedo? –preguntó, señalando el tabaco. –Claro, sírvase –le dijo Mutt, ofreciéndole el paquete abierto–, dentro hay
papel y filtros. Jacques Curvado aspiró una larga calada mientras levantaba la vista hasta el soportal metálico de la estación y enseguida al cielo de Barcelona, iluminado de forma difusa y sin una sola estrella. Un cielo que esa primera noche en Barcelona a Jacques Curvado le pareció acogedor. Sigurd Mutt ocultó una sonrisa de satisfacción. –Gracias –respondió Curvado. –A mí también me cuesta. –Mutt había establecido contacto con éxito, así que pasó al segundo nivel de su plan improvisado, la empatía–: Tanto rato sin fumar, ¿verdad que todo se ve distinto con un cigarrillo en la mano? En realidad no era una pregunta. Ambos se hicieron a un lado entre tropiezos. Uno contra el otro se apartaban del flujo continuo de pasajeros. Curvado dijo ya lo creo. Ambos mostraban ese aspecto levemente cansado que se adhiere a la dermis del viajero por corto que sea el trayecto. Mutt volvió a empujarlo, perdone, le dijo, justo han venido todos a entrar por esta puerta. Y siguieron fumando sin mediar palabra. No dejaba de pasar gente a escasos centímetros. Mutt se hizo por fin a un lado para agacharse un momento y anudarse el zapato. Jacques Curvado tenía el inquietante presentimiento de estar haciendo algo inapropiado, pero miraba a un lado y al otro y no veía nada extraño. Mutt apagó su cigarro y se despidió. –Suerte –le dijo a Curvado. Y éste respondió moviendo la cabeza de un modo casi imperceptible. Sentado a la barra del bar Santa Eugenia, Mutt recordaba aquel gesto con precisión. Había en él un poso de franqueza, aunque también astucia y cálculo. Mientras tanto, Pereda se despedía del hombre de la barra, que antes de salir del bar hizo un último comentario sobre la mano cortada de cuajo y el perro del cazador. –¿Va usted ahí arriba? Mutt no se había dado cuenta, pero el hombre que cuando él entró perdía o ganaba a los dardos una partida estéril y ruidosa contra sí mismo, lo encaraba ahora a dos palmos de distancia. Llevaba una gorra de cartero bastante sucia y una botella de Trina sabor naranja en la mano. Parecía muy interesado en conocer la respuesta, debía de andar por los cuarenta. –¿Cómo? –Mutt no entendió la pregunta. Desde el otro lado de la barra, Pereda no los perdía de vista. Mutt no se dio cuenta, pero de repente puso cara de muy pocos amigos, como temiendo que dijese algo inadecuado.
–Al sanatorio. ¿Va usted al sanatorio? –preguntó el hombre de la gorra amarilla. Y, sin darle tiempo a responder, añadió: –Yo tengo pensado pasarme un día de éstos. Hay algo que tengo que hacer ahí arriba... pero acabo de recordar que hoy no me viene bien. Hugo Pereda metió la mano en el fregadero y cogió otro vaso.