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Marcos Giralt Torrente

Tiempo de vida

EDITORIAL ANAGRAMA Barcelona

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Diseño de la colección: Julio Vivas y Estudio A Ilustración: foto cedida por el autor, Pontevedra, 1968

Primera edición: mayo 2010

©  Marcos Giralt Torrente, 2010 ©  EDITORIAL ANAGRAMA, S. A., 2010 Pedró de la Creu, 58 08034 Barcelona ISBN: 978-84-339-7211-8 Depósito Legal: B. 11385-2010 Printed in Spain Liberdúplex, S. L. U., ctra. BV 2249, km 7,4 - Polígono Torrentfondo 08791 Sant Llorenç d’Hortons

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Contamos con el arte para que la verdad no nos destruya. Nietzsche

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El mismo año en que mi padre enfermó publiqué una novela en la que lo mataba. He pasado días enteros, años, examinando a mi pa­ dre, y muy a menudo el resentimiento ha contagiado mi escritura. Me he vengado. Sin embargo, como leí en unas memorias de Amos Oz, «aquel que busca el corazón del relato en el espacio que está entre la obra y quien la ha escrito se equivoca: conviene buscar no en el terreno que está entre lo escrito y el escritor, sino en el que está entre lo escrito y el lector». Mi padre me ha dictado muchas páginas, pero nunca he escrito sobre él. Eran otros pa­ dres, los padres de cualquiera. Ahora escribo sobre él. Anoté estas frases en un cuaderno, en otoño de 2007, cuando, tras meses de dudas y de fracasar repetidamente en la búsqueda de otra inspiración, por fin asumí que sólo me era posible escribir sobre mi padre. Lo consideré un buen comienzo, pero ahí lo dejé, no pude continuar. Lo mismo me pasó con otros arran9

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ques alternativos con los que en días posteriores traté de superar el bloqueo. Me proponía escribir sobre mis últimos dos años y simplemente no sabía cómo hacerlo. Había leído para inspirarme, pero al parecer me confundió más: «Cada hombre está solo y a nadie le importa nadie y nuestros dolores son una isla desierta» (El libro de mi madre, Albert Cohen). «Un día hay vida. Por ejemplo, un hombre de excelente salud, ni siquiera viejo, sin ninguna enfermedad previa. Todo es como era, como será siempre. Pasa un día y otro, ocupándose sólo de sus asuntos y soñando con la vida que le queda por delante. Y, entonces, de repente, aparece la muerte» (La invención de la soledad, Paul Auster). «Mi madre se llamaba Edna Akin, y nació en 1910, en el lejano rincón noroccidental del estado de Arkansas, Benton County, en un lugar de cuya localización exacta no estoy ni he estado nunca seguro» (Mi madre, Richard Ford). «Yo nací en 1896 y mis padres se casaron en 1919» (Mi padre y yo, J. R. Ackerley). «Mi padre había perdido casi por completo la visión del ojo derecho cuando cumplió los ochenta y seis, pero, por lo demás, su estado de salud podía considerarse fenomenal para una persona de su edad, hasta que contrajo lo que un médico de Florida diagnosticó, equivocadamente, como parálisis de Bell, una infección vírica que, por lo común, paraliza, con carácter temporal, un lado de la cara» (Patrimonio, Philip Roth). 10

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«En un rincón de mi estudio, en el suelo, bajo una pila de papeles, sobresale una carpeta verde, vieja y gastada, que contiene un manuscrito que creo que me dirá un montón de cosas sobre mi padre y sobre mi propio pasado» (Mi oído en su corazón, Hanif Kureishi). Todos son comienzos de libros acerca de padres o madres reales que leí entonces. También leí sobre el duelo: El año del pensamiento mágico, de J. Didion; y sobre hermanos: El monumento, de T. Behrens; y sobre amigos: Amarillo, de Félix Romeo; y sobre familias: El velo negro, de Rick Moody; y hasta epistolarios: Cartas entre un padre y un hijo, de V. S. Naipaul. Pero no sabía qué libro quería escribir. O sí que lo sabía pero no sabía cómo hacerlo. O no había resuelto aún qué contar y qué callar. O la vida de mi padre, al fin y al cabo, no era tan novelesca. O simplemente dudaba de que a alguien le interesara. Prescindí de la dictadura del principio, y me dediqué a escribir capítulos aislados aplazando el ordenarlos. En páginas de Word que llené con insólita premura, intenté retratar a mi padre remontándome a su infancia, a su orfandad materna y a su padre tan frío; intenté poner mi culpa en primer plano para lanzarme en pos de la redención que la aliviara; intenté aislar un episodio iluminador que resumiera mi experiencia de él; intenté entrelazar con pulso impresionista escenas y recuerdos aleatorios; intenté ser cerebral y encarar nuestro problema reflexivamente, sin espacio para la poesía. 11

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Escribí: Mi padre murió en febrero. Desde diciem­ bre sabíamos que era inminente. Creíamos estar prepa­ rados. Teníamos un médico y una enfermera dispuestos a acortar su agonía... Escribí: Mi padre era tímido, introvertido, y de na­ turaleza melancólica, pero eso no quiere decir que fuera triste. Detestaba cualquier tipo de solemnidad, también la de la tristeza... Escribí: A veces quienes van a morir ensayan o re­ presentan gestos postreros que no son tanto el epitafio que resumiría su vida como el que repararía o saldaría una cuenta que creen pendiente... Escribí: Mi padre nació en agosto de 1940 en el número 3 de la calle San Agustín de Madrid, en casa de sus abuelos maternos, donde sus padres vivieron tempo­ ralmente después de la guerra... Escribí: Tengo remordimientos, sí, pero son de otro cariz. Me preocupa que gran parte de lo que hizo desde que se supo enfermo fuera una representación que me te­ nía a mí en un lugar preferente del público... Llené páginas, ya lo he dicho. Pero enseguida dejaba de creérmelas. Un retrato elegíaco de mi padre habría faltado a la verdad de mis sentimientos, escamoteando, en cambio, los recovecos oscuros en los que la epifanía generosa puede surgir...; mi culpa tal vez no era tanta...; no era fácil dar con un episodio iluminador sin forzar la fidelidad a la verdad que me había propuesto...; el relato frío, analítico, habría dejado demasiado al margen...; no tenía fuelle para urdir un gran fresco, para nada pormenorizado, que me obligara a investi12

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gar y fijar genealogías...; tampoco para el entrelazado, tan ajeno por otra parte a mi estilo, de estampas intimistas, de pecios microscópicos de la memoria. Y luego estaba lo demás: El porqué, la necesidad de escribir sobre nosotros. Todo el mundo tiene padres y todos los padres mueren. Todas las historias de padres e hijos están inconclusas, todas se parecen. La vergüenza, los pudores. Los propios y los ajenos. El reto, lo nunca hecho. Hablar por primera vez con la propia voz. Una sensación nueva que aturde: no poder inventar. Y mi padre, claro. ¿Estaría conforme? ¿Sospechaba, como algunas palabras suyas me hicieron creer, que escribiría sobre él, y me dio el permiso de su resignación? ¿O no sólo lo sospechaba sino que lo esperaba? No lo sé. Fueron tan raros los últimos meses a su lado, se despojó de comportamientos a los que tan atávicamente se había aferrado, su arrojo fue tan inu­ sitado, tan alejado de lo que habría cabido anticipar, que pudo estar de acuerdo también en eso. Y desearlo. Recelos, inseguridades, que debí haber solucionado antes de ponerme a escribir. Pero había más. Aparte de despojarme de la máscara de la ficción, de la dificultad de ser yo el narrador; aparte de las dudas acerca de a qué hechos ceñirme y cómo contarlos; aparte del resquemor y del miedo a traicionarlo; aparte de mis limitaciones, me faltaba, por así decir, un leitmotiv. Abrigaba la vaga vocación de resarcirlo de todas las veces que se creyó ver transfigurado en obras mías de ficción, me guiaba 13

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el anhelo de trazar una semblanza ecuánime en la que, resaltando sus virtudes, no velara sus defectos, pero me faltaba el hueso y, dentro de éste, el tuétano. Me faltaba saber adónde quería conducir mi relato, qué quería resaltar. Me faltaba la idea motriz; no la tenía porque lo único que sentía era un gran vacío. Un duelo es una cosa extraña. Un duelo se siente una vez que ha quedado atrás. Un duelo te aísla incluso de ti mismo. Había pensado en este libro antes de que fuera decoroso tomar notas para él. Durante meses, mientras mi padre se apagaba delante de mí, supe que escribiría de nosotros, y esta seguridad se convirtió en la mejor defensa contra la saturación de sentimientos en la que zozobraba. Me sentía aturdido, y convencerme de que en el futuro haría recuento me permitió posponer el momento de asimilar lo vivido. Recluirme en el presente, en el estupor, usarlo como barrera. Las cosas pasaban, pero no pasaban del todo. Les faltaba el calado que me negaba a considerar. Cuando finalmente mi padre se extinguió, mi sensación fue como la que tendría alguien que hubiera estado encerrado en una escopeta de aire comprimido. Me dijeron: tu padre ahora vive en ti; me dijeron: tómatelo con calma, tardarás un año en recuperarte; y tan descabellado me pareció lo primero como lo segundo. Me descomprimí, salí escopetado hacia la vida y, sin embargo, al cabo del tiempo las dos advertencias resultaron ciertas. He habitado la nada y de mi padre sólo queda el recuerdo. Me he hecho más frágil, me he hecho más triste, 14

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me he hecho más temeroso, me he hecho más escéptico, me he hecho más viejo. Éste es el único camino que he recorrido hasta aquí. Apenas he pensado. No me he formulado preguntas. No he llegado a otra conclusión imprevista que a la de que, dejando a un lado el dolor, todo ha sido como tenía que ser y nunca creímos que fuera a ser. Se ha cerrado un círcu­lo donde iba a haber una bifurcación, la prolongación de un desencuentro. Tal vez sea la sencillez de esta constatación lo que me ha permitido llevar aún la escafandra que me puse cuando todo empezó. ¿Cómo es posible que algo que estaba encaminado a suceder de una manera haya sucedido de otra? ¿Quién dio más para que así fuera? ¿Pueden decisiones generosas nacer de un impulso egoísta? ¿Me arrepiento de algo? ¿Lo he purgado? ¿Debía él arrepentirse, como en efecto me dijo que se arrepentía? ¿Fue sincero? ¿Lo merecía? La escafandra me impide contestar. O a lo mejor no estoy tan recuperado. O sí lo estoy y en eso consiste la muerte, en dejar preguntas sin responder. ¿Por qué empeñarme, entonces, en escribir acerca de nosotros? He apuntado ya algunas razones. Porque intenté continuar una novela que había abandonado al comienzo de nuestra deriva y no pude, y quise pensar en otra y tampoco fui capaz. Porque escribir sobre algo tan íntimo, tan acuciantemente real, parece un buen incentivo con el que recuperar la rutina perdida, el hábito de escribir. 15

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Porque no sé mucho más de lo que sabía cuando todo empezó, y fijar el mapa defectuoso de lo conocido quizá me ayude a encontrar lo que se me escapa. Porque, aunque seguramente se deslicen crudezas, creo con la convicción de un náufrago que la historia es feliz; de otro modo no la contaría. Y tal vez sí (pero éste es un subterfugio del duelo), porque, apropiándome de él en la escritura, afian­ zo su memoria en mí, su única vida ahora. Pero ni todas esas razones juntas son suficientes. Por momentos no lo son. Me cuesta. Escribo más lento. A veces lo atribuyo a que he perdido la disciplina; otras, a que no resulta fácil afrontar un desnudamiento así. A ambas excusas apelo cuando, preocupados por los meses que pasan, mis amigos me interrogan por mi escritura. Pero también tengo la convicción de que algo se ha roto en mí, de que algo se ha ido. No hablo del vacío, no hablo del desgarro de la pérdida. Hablo de la rabia con la que antes escribía. Su recuerdo no me solivianta, los agravios no perduran, no compito con él, no tendría sentido querer demostrarle nada. Nada le afecta ya, ni siquiera esto que escribo. ¿Cómo desembarazarme, además, de la nueva sensación de futilidad que me invade al pensar en la escritura? Leo en su diario una anotación del 14 de abril de 2006: Pintar es hacer algo que antes no existía, no es borrar u olvidar; es hacer y vivir, así que pienso seguir 16

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con ello. Encomiable. Sin embargo, tan vívido como el hecho de reconocer su letra en esa entrada de su diario es mi recuerdo del rechazo que le produjo, una tarde de unos meses después, que dos de sus amigos más fieles, creyendo que de esa forma lo entretenían, le hablaran de pintura. No recuerdo sus palabras exactas cuando se marcharon; cómo expresó la congoja que le producía pensar en pretérito acerca de algo para lo que hasta hacía no mucho reservaba lo mejor de sí. Como si dijera: para qué tanto esfuerzo, para qué tantas horas luchando con un cuadro, para qué tantas esperanzas. Lo entiendo. Aún nos une el hilo invisible de nuestros oficios tan solitarios. Ya no puedo imaginarlo en su estudio mientras escribo, pero en mi ordenador suena música que fue suya, con la que probablemente pintó muchos días, y persevero. Persevero como él mismo haría. Con temor, regañándome, no comiéndome las uñas como él, pero moviendo, nervioso, la pierna; fumando. Trato de comprender qué nos perdimos, en qué punto nos atascamos.

Hay lugares que desconozco y lugares a los que no quiero llegar. No todo puedo contarlo. No todo quiero contarlo. Mi vista tiene que ser de pájaro. Inten17

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to abrir una ventana; enseñar una porción de nuestra vida, no la totalidad. Mis padres se casaron en 1964. Mi padre tenía veintitrés años y mi madre veinticinco. Meses antes mi padre había comprado un apartamento en la calle Infanta Mercedes de Madrid con una herencia de su abuelo materno. El dinero para los muebles, como parece que era tradición, lo puso el mío. Años después, ya enfermo, mi padre me dijo que lo que le atrajo de mi madre fue su elegante belleza y el misterio imperturbable de su mirada. Llevaba desde los veinte años viajando por Europa, había vivido en Ámsterdam, Londres y París, y en ningún sitio le había faltado compañía femenina, como atestiguan sus fotos de esa época. Mi madre, en cambio, todavía vivía en la casa paterna, y no había tenido un novio propiamente dicho, amistades románticas todo lo más, con un marino, con un alemán, con un poeta amigo de su hermano. No sé qué la atrajo de él, su pelo rubio, que fuera pintor... El hecho es que se casaron y que después se marcharon a Brasil, donde vivieron dos años en São Paulo. Mi madre no trabajaba. Mi padre había expuesto sus pinturas en galerías de Madrid y Londres y Ámsterdam, y participó en la Bienal de Arte de São Paulo. Hay fotos de los dos, engalanados, en cenas y fiestas, en restaurantes, en galerías, en la embajada de España; hay fotos en las que aparecen acompañados de amigos en casas particulares o en la playa; hay fotos suyas haciendo turismo en Brasilia o en Bahía o en São Paulo, vestidos con sandalias y vaqueros; hay fotos en la selva, donde 18

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vivieron con los indios karajás. En todas aparecen sonrientes y en algunas, incluso, hacen bromas a la cámara. Es la juventud de su matrimonio. En Brasil mi padre conoció a la que, separado ya de mi madre, sería su mujer durante los últimos veinte años de su vida. Pero ésa es otra historia y sucedió tiempo después. Esa juventud de su matrimonio se prolonga después de su vuelta a Madrid en 1966. Mi padre pinta y expone. Aún no tienen responsabilidades, no me tienen a mí. Entran y salen con frecuencia. Los visitan amigos. Amigos pintores y también escritores. Amigos, algunos, que, por su aspecto estrafalario en el Madrid de la época, detienen el tráfico a su paso. En las fotos que conservo se los ve más reposados que en las primeras, más atenuada la exteriorización de la alegría. Parece, sin embargo, una tranquilidad artificial, como si jugaran a ser mayores. Mi padre sentado en una butaca, con un whisky en las manos, y mi madre detrás, reclinada sobre el respaldo con un brazo en el hombro de él. Pasan épocas duras, de incertidumbre, con poco dinero. En algún momento, entre el año 66 y el 68, cuando yo nazco, mi padre empieza a trabajar como maquetista en el periódico Informa­ ciones. En algún momento, entre el año 66 y el 68, cuando yo nazco, mi madre empieza a trabajar como compradora para una cadena textil. Años después, mi padre me confiesa que no entendía la pasmosa tranquilidad de mi madre, su despreocupación de lo material, que pudieran no disponer de dinero para comer al día siguiente y no se alterara. Años después, 19

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mi madre me dice que mi padre dejó de trabajar enseguida en el periódico, que no lo resistía. Mi padre roba en las tiendas, también comida, filetes que se pone bajo el brazo. Gana un premio de grabado en la Bienal de Tokio, se va una temporada a París becado por la Fundación Juan March. Pero son felices, eso me parece, y enseguida llego yo para atestiguarlo. Cuatro años he tardado, y no porque hubieran hecho nada para evitarlo. Días antes de que yo nazca, mi padre pinta de blanco la que va a ser mi habitación y termina un retrato de mi madre que cuelga en ella. Tras el parto, a causa de una hemorragia, mi madre está a punto de morir, y días después, por unos antibióticos mal administrados, soy yo quien está a punto de morir. Me bautizan de urgencia en el baño, a escondidas de mi padre y con el consentimiento de mi madre. Supongo que, durante un período no tan corto de mi primera infancia, mi padre fue una referencia más cotidiana de lo que me dejarían ver otras épocas sobre las que construí el patrón de nuestro pasado común. Aunque sólo sea porque trabajaba en casa, su presencia tuvo que ser más constante que la de mi madre, que lo hizo siempre fuera. Me acuerdo de un día, en la casa donde vivimos hasta que tuve tres años, en que me llevó al cuarto donde pintaba y me hizo colorear unos círculos en un cuadro; me acuerdo de que por las mañanas me acompañaba al autobús de la ruta escolar contándome las aventuras de un mono llamado Manolo que iba como yo al colegio; me acuerdo de que mi afición 20

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era tanta que, si eran mi madre o la niñera quienes me acompañaban, les pedía a ellas que siguieran el cuento, y de que muy bien no lo hacían, o pocas veces tuvieron que sustituirlo, ya que el nombre de Manolo me hace recordarlo siempre a él. Me acuerdo de una tarde, y debe de ser un recuerdo bastante temprano, ya que tengo la sensación de haberlo vivido desde un corralito, en que salió un momento a comprar algo y estallé en llanto cuando su ausencia, pese a todas las palabras tranquilizadoras con las que la preparó, fue más atemorizadora de lo previsto; me acuerdo de su impaciencia tratando luego de calmarme y de sus intentos, como con posterioridad haría con cada queja mía, de deslegitimar mi descontento atribuyéndolo a mi exageración y desmesura. Me acuerdo, en nuestra segunda casa, de las tardes que pasó enseñándome a montar en bicicleta, de cuando me esperaba a la salida del colegio con el primer perro que tuvimos y durante unos segundos, antes de atravesar las puertas de cristal, podía observarlo sin que me viera; me acuerdo de haber buscado babosas juntos en el jardín; y, parece invención pero no lo es, de un día en que me mostró el periódico y me dijo que había muerto Picasso. Me acuerdo, en la siguiente casa, de una noche en la que con unos amigos suyos, imagino que fumados, hicimos equipos y jugamos a lanzar muñecos de fieltro a un trapecio recubierto de velcro; me acuerdo de la primera vez que me escapé del colegio y, al regresar a casa, me impuso el único castigo de su vida; me acuerdo de haber escrito, a petición suya, los nombres de mis amigos de enton21

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ces en un cuadro que estaba haciendo, y de muchísimas tardes en su estudio pintando los dos, él con un ojo puesto en mis garabatos que meticulosamente recolectaba para guardarlos en carpetas. Ahora que lo pienso, sin embargo, tampoco esa época temprana fue tan lineal ni su presencia tan constante. Sé, por ejemplo, que, en esos seis años y tres casas que comprenden los recuerdos que acabo de evocar, vivió largo tiempo en París, y luego, en Essaouira, Marruecos, donde mi madre y yo lo visitamos en dos ocasiones. Los problemas en su matrimonio ya habían aparecido y, aunque es probable que ambos creyeran posible salvarlo, la insatisfacción de mi padre, su tendencia a liberarse del peso que mi madre y yo representábamos en un ambiente, el de sus amigos pintores, en el que las responsabilidades familiares eran la excepción, lo abocaban inexorablemente al final. No obstante, el hecho de que conserve esos recuerdos, y ninguno de insatisfacción ni de infelicidad, me lleva a pensar que aún no era el problema en que luego se convirtió para mí. O bien mi madre logró cubrir sus ausencias tamizándolas de una convincente pátina de normalidad, o bien yo, inconscientemente, las compensaba otorgándole un papel indiscutible a mi lado. En realidad, ni siquiera en los cuatro años posteriores (1975, 1976, 1977, 1978) cambia excesivamente el paisaje. Mi padre se ausenta cada vez más, por temporadas desaparece por completo de mi vida cotidiana, pero conserva su estudio en casa y, aunque luego he sabido que su relación con mi madre estaba casi disuelta, no representa para mí ningún drama. Mi 22

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madre consigue hacer normal lo que no lo es, mi madre consigue que mi padre siga siendo mi padre sin dudas por mi parte, sin quejas, sin peligrosas grietas. ¿Dónde acaban, adónde me conducen los escasos recuerdos que puedo evocar? Me conducen a una tarde en la que oigo gritos en el dormitorio de mi madre y, tras abrir la puerta asustado, la veo a ella llorando de rodillas y a mi padre sosteniendo en alto el marco desnudo de un cuadro que acaba de romper contra el suelo, precisamente aquel en el que me había pedido que escribiera los nombres de mis amigos. Me acuerdo de que cerré la puerta y de que, al cabo de un rato que no sé cuantificar, al cruzarnos en el pasillo y preguntarle adónde iba, me contestó sin detenerse que al cine, y se fue dando un portazo. Aunque mi madre todavía insiste en que volvió para despedirse, lo único que recuerdo es una postal que recibí a las pocas semanas desde París, una postal con dos gatos de angora; y luego, otra de un cartel antiguo de ciclistas; y después, algunas más que llegaron intermitentemente hasta que, al cabo de unos meses, regresó y se llevó de casa el caballete, las cajas de pinturas, los lápices, los aerosoles, los bastidores, los rollos de tela, las cartulinas, los cuadernos, los recortes de papel para hacer collage, y el que había sido su estudio pasó a ser mi inmenso cuarto de privilegiado hijo único. Se fue mi padre de nuestra vida diaria y ni siquiera entonces supuso un choque. Mi madre estaba para amortiguarlo y él no dejó de venir en ocasiones, a veces incluso para dormir en el cuarto que había sido mío antes de tomar posesión de su estudio. 23

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