A Brazza y a otros hĂŠroes como ĂŠl, traidores e indecisos
Eso es el exilio, el extrañamiento, esa inexorable observación de la existencia tal y como es en realidad, durante largas horas de lucidez excepcionales en el devenir del tiempo humano, mediante la cual uno va perdiendo las costumbres del país precedente sin que otras, las nuevas, hayan conseguido todavía terminar de embrutecerle. CÉLINE
En Gabรณn
EN PORT-GENTIL
El lunes 2 de enero de 2006 la atmósfera resulta sorprendentemente clara y luminosa sobre el cabo Lopez, en la desembocadura del río Ogooué. La marea está baja. Hay avocetas que corren elegantemente sobre el espejo del limo en busca de moluscos y de otros diminutos restos, que parecen encantarles. A lo lejos se ven las maniobras de carga de los petroleros. Las rojas líneas de flotación se hunden, a medida que van llenándose las cubas, en las aguas intensamente azules de la terminal de Sogara. Brazza sigue reposando en su tumba argelina. Las dificultades –tanto arquitectónicas como diplomáticasno paran de retrasar la construcción de su mausoleo a orillas del río Congo. Hay materiales de perforación desechados o en desuso invadidos por la hierba. Algunos cocoteros. Atardece frente al Atlántico Sur, en la terraza de un establecimiento mediocre y barato que disfruta del privilegio, seguramente pasajero, de carecer de cualquier tipo de aparato musical. Lo regenta una muchacha tocada con un turbante, que permanece sentada muy derecha detrás de la caja registradora. Blande como un cetro una de esas raquetas eléctricas antimosquitos que están de moda en Gabón. Las alas chamuscadas y el cortocircuito provocan el chasquido de un destello violeta. Abro L’Union, el periódico gabonés puesto a disposición de los clientes. Éste hace saber a los lectores que el presidente de la República Francesa, después de desear lo mejor a la nación para 2006, acaba de anunciar la retirada de un texto más bien idiota, una enmienda que proclamaba el papel positivo jugado en el pasado por Francia en los territorios de ultramar. Dicha enmienda, considerada una apología del colonialismo, lleva casi un año haciendo ruido en el África francófona. La princesa desenrosca el mango de su raqueta y alinea las pilas sobre el mostrador, señal del inminente cierre del establecimiento. A mi llegada al Hotel Hirondelle, encuentro un mensaje de Siciliano-Ko. Va a entregar su carga de troncos en el puerto maderero y a esperar la marea. Pasará la noche sobre la balsa, en medio del río. Tomaremos la piragua mañana. Me pide que le compre pan, plátanos y un cartón de cigarrillos.
EN LA PRENSA CONGOLEÑA
Está claro que el Congo no considera a Brazza uno de los suyos. Sus cenizas podrán ser devueltas a Francia, a Italia o a Gabón, dentro de cincuenta años, cuando surjan los nuevos congoleños. EUGÈNE SAMA, profesor adjunto universitario, La Semaine africaine
CARTAS MARINAS
Aquel a quienes algunos quieren erigir hoy un mausoleo –mientras otros proponen arrojar sus huesos al fondo del ríoes un muchacho de diecisiete años demasiado serio, alto y flaco como un huso, que ha sido admitido, pese a su condición de extranjero, en la escuela naval de Brest. Es un joven romano exiliado en el Finisterre. La familia de Ascanio, su padre, afirma ser descendiente del emperador Severo, y la de su madre dio a Venecia muchos de sus dux. La luz pinta de cobre la ensenada y el casco del Borda. Él cierra su libro y se echa en la litera, junto a un tabique que rezuma humedad. Cinco años antes estaba en la biblioteca de la mansión familiar de Castelgandolfo. A su alrededor, rayos de un sol de otra época en los que baila el polvo, estanterías con los libros de Walter Scott, el amigo de su padre, globos terrestres, mesas enceradas y sus valijas amarradas, al lado de las cuales espera el momento de partir. Él mira las cartas marinas. Son las de un tío abuelo que, a fines del siglo XVIII, zarpó rumbo a las Indias, la China y el Japón. En las otras salas están los frescos que Ascanio, su padre, pintó al regreso de sus viajes por Grecia, Turquía y Egipto, donde remontó el Nilo hasta el Sudán. Él, Pietro Savorgnan di Brazzà, tiene doce años de edad. Su apellido lleva todavía el acento sobre la a. Le encantan los pájaros. Su preceptor, el padre Paolo, que le obliga a llevar una vida frugal y austera, a tomar clases de latín, de griego y de francés, pero también a practicar el remo y la natación, la astronomía y la ornitología, entra en la habitación acompañado de un amigo de la familia, el capitán de fragata De Montaignac. Las valijas son cargadas, el cochero se sienta, la grava cruje bajo las pezuñas y bajo las ruedas ceñidas de hierro. Brazzà abandona Roma rumbo al colegio de los jesuitas de la calle des Postes, en París. Quiere ser marino. Será un héroe. Un descubridor de ríos. Pertenece a la última generación de seres humanos para la cual el conjunto de la red hidrográfica del planeta todavía no está cartografiado. Para los geógrafos, él es quien va a enriquecer la colección Cauces y afluentes del mundo con los ríos Ogooué y Oubangui, y los afluentes Mpassa, Léconi, Léfini, Alima y Sangha. Para los ornitólogos, él es quien describirá en las mesetas Bateke una
golondrina autóctona (Phedinopsis brazzae). Para los historiadores, él es quien, haciendo retroceder ante la proa de su piragua la esclavitud y su trata, traerá en su estela la colonización del Congo.
Título de la edición original: Equatoria
Edición en formato digital: febrero de 2015
© de la traducción, José Manuel Fajardo, 2015 © Éditions du Seuil, 2009 © EDITORIAL ANAGRAMA, S.A., 2015 Pedró de la Creu, 58 08034 Barcelona ISBN: 978-84-339-3577-9 Conversión a formato digital: Newcomlab, S.L. anagrama@anagrama-ed.es www.anagrama-ed.es