Para H., por el aliento
Hay quien dice que el fútbol del pasado es el que era bueno. De vez en cuando te topas con un nostálgico. Todos blancos, ninguno negro. MARIO FILHO, «El negro en el fútbol brasileño»
El tiempo se bifurca perpetuamente hacia innumerables futuros. En uno de ellos soy su enemigo. JORGE LUIS BORGES, «El jardín de senderos que se bifurcan»
Llega a la cabaña Antônio Encuentra a su papito Concentrado escribiendo. Le rasga el pecho el demonio Y mata al viejito Como debe ser. KOPO DELECHE & KOPO DERRUM, «Coração paterno»
El televisor es un viejo armatoste de rayos catódicos. La jugada no debe de durar más de diez segundos, pero, con las interrupciones de Murilo, llena minutos enteros, mientras narra sin prisa, play, pause, rew, play, lo que en aquella época fue narrado con asombro. Lo primero que ves es una imagen congelada que de inmediato identificas como del Mundial del 70 por el short de la selección brasileña, que es de un azul más claro que el habitual, además de escandalosamente corto para los patrones actuales. Tostão, cabezón inconfundible, número 9 en la espalda, conduce la pelota observado a cierta distancia por un sujeto de camiseta celeste y calzoncillo negro. Murilo suelta la imagen tres segundos, Tostão conduce la pelota, y cuando vuelve a detenerla, Pelé aparece en la esquina superior derecha y tú sientes un estremecimiento en la barriga como si la velocidad del mundo se hubiera precipitado de repente, alguien acaba de encender un acelerador de partículas. El viejo sigue con su narración casera, en este momento, dice, fíjate, nosotros vemos lo que Tostão también acaba de ver, a Pelé proyectándose desde la banda derecha como una bestia, una pantera con sangre de guepardo. El ímpetu es de inmediato contenido, editado, rew, play, pause, play. La pelota sale de los pies de Tostão, vuelve, sale, vuelve. El pase es perfecto, dice Murilo, sentado cerca de ti en el sofá junto a la chimenea encendida, un niño que juega con su pistola láser. Un miligramo más o menos de fuerza y sería casi perfecto, prácticamente perfecto, pero no, es perfecto, lanzado con la zurda desde la banda izquierda como una diagonal de dibujante de Brasilia, una curvatura muy leve, en dirección al centro del área grande. En este momento la imagen comienza a andar hacia adelante en cámara lentísima. De repente, todo lo que vemos, la voz del hombre es baja y gangosa, sin el tono de comando de antes, todo lo que vemos es a Pelé corriendo en dirección a una pelota blanca, pero ahí viene el portero y ahora la pelota está entre Pelé y el portero, más cerca del genio negro pero cada vez menos, porque el portero, que además es el famoso Mazurkiewicz, el portero resuelve ir a la pelea y sale con todo del área, no le importa nada. Murilo congela la imagen de nuevo y apunta los ojos hacia ti. ¿Cuántos años tienes, Tiziu? ¿Cincuenta, casi? Ah, más que suficiente para haber abandonado la fe ciega en la razón y saber que nuestro cerebro de cazadores prehistóricos hace increíblemente deprisa los cálculos que implica un problema de este tipo: ¿quién
va a llegar a la pelota primero? Son tan rápidas esas operaciones mentales que ya ni las llamamos cálculo, las llamamos instinto. Nuestro instinto dice que Pelé va a llegar antes que Mazurka, ¿no? Pero va a ser por poco. El portero uruguayo hace lo que puede, entra al semicírculo un milésimo de segundo antes que Pelé, pero no a tiempo para interceptar la pelota. La pelota queda entre los dos y nosotros volvemos a sentir, como Mazurka siente también, que será del delantero, que viene embalado. Lo que hace el buen portero de la Celeste es arrodillarse y, aunque ya está fuera del área, qué remedio, abrir los brazos. Congelada, la imagen de la vieja cinta de video se distorsiona. Parece que el negro de la camiseta amarilla y el blanco que viste todo de negro van a colisionar, quizá a fundirse, haces luminosos que intentan olvidar que un día fueron carne. Mira a Mazurkiewicz, dice el viejo. No se necesita ser telépata para saber que espera que Pelé busque el gol desde allí, es lo que harían la mayoría de los delanteros, porque en ese caso tendría una oportunidad de impedirlo. Sólo puede rezar para que el brasileño no haga lo que un jugador de su envergadura probablemente preferirá hacer, es decir, cortar al portero por la izquierda, cosa fácil al paso que viene, un movimiento que desembocaría en una de dos posibilidades: o el portero agarra las piernas de Pelé cometiendo falta o Pelé concluye de zurda a la portería vacía, o casi, defendida únicamente por el zaguero que, sin demora, entrará en cuadro, apresurado como si estuviera a punto de perder el último tren, y que acabará a volteretas por el suelo. El nombre de ese infeliz era Ancheta. Sólo para que conste. Murilo te mira con una media sonrisa. Sus ojos reflejan las llamas de la chimenea y tienen un fulgor frío que no recuerdas haber visto nunca, una mirada que parece ya casi póstuma, brasas minúsculas dentro del hielo. Ahora déjame preguntarte, Neto, ¿por qué Pelé no hizo eso? Era lo correcto, ¿no? Por supuesto que lo era, piedritas fosforescentes en el césped, un camino que él ya había trillado un trillón de veces igualito, zumbando desde la banda derecha hacia el centro del área detrás de una pelota metida por Coutinho o por Zito, o por Didi en la selección. Pero de repente estamos en 1970, el pase es de Tostão y, aquí está la clave, Pelé ya es Pelé. Está harto de saber que es un mito, un semidiós, ¿qué puede perder si intenta ser un dios completo? Por eso no hace lo correcto, hace lo sublime. Cambia el camino trillado del gol, del gol seguro que había hecho tantas veces, por el incierto que, como veremos, jamás haría. En la televisión, mientras los dos borrones se funden lentamente, la pelota, un
descalabro, los atraviesa. Como si fueran porosos, el espíritu que olvida que es carne justo en el acto, adelantándose a la cinta. Ja ja, te ríes, no tanto por la sorpresa, reconociendo la jugada tantas veces vista, pero feliz, como siempre, con su regreso. Tú miras la televisión y Murilo te mira a ti, estudiando tu reacción. Parece satisfecho con lo que ve. En su rechazo a tocar la pelota transformado en un Bartleby súbito, dice, Pelé refinó el fútbol a su esencia más etérea. El fútbol se convirtió en idea pura y, de repente, hombres, pelota, nadie se comportaba como se esperaría que se comportara en este mundo vano. Tomado por sorpresa como todos nosotros, el pobre Mazurka ve que la pelota pasa a su izquierda y que corta como un cuchillo el filete derecho del área grande, mientras Pelé es un flash auriceleste que destella hacia el lado opuesto. En la pantalla, el portero uruguayo le da la espalda a la pelota, tiene una rodilla en el suelo y el cuello torcido a la derecha, mirando al delantero que se va, como si hubiera pasado un ventarrón. Y a la izquierda del cuadro, muy lejos de la pelota, ya dentro del área grande y más borroneado que nunca, Pelé comienza a modular los pies para cambiar de rumbo. Lo que Pelé tiene que hacer ahora es bien facilito, regalado, ¿o no?, el viejo abre una sonrisa en la que se ve con nitidez la sombra de la calavera en la que pronto se convertirá. Tiene que frenar para corregir radicalmente su ángulo de desplazamiento, frenar y en el mismo instante recomenzar la carrera en la dirección contraria, ahora detrás de la pelota, él que venía al tropel más desbocado fingiendo ignorarla. Se acabó el reinado de la idea pura, demasiado sublime para durar en el tiempo, el mundo material se impone otra vez con su masa, su aceleración, las leyes de la física al completo. Tiene que dar un giro de noventa grados y no perder velocidad, porque, fíjate, tiene que alcanzar la pelota antes que los adversarios y encima con un buen ángulo de disparo. Murilo suelta la imagen, Pelé consigue hacer las dos cosas, qué maravilla, la congela de nuevo. Va a chutar y a anotar, todos prevemos eso, el estadio de pie con sus pulmones que en ese momento podrían ser todos de piedra, dice, adornándose un poquito, porque no inspiran ni espiran: va a chutar y a hacer gol. Pero no es tan simple, porque ahora Pelé está del lado equivocado de la pelota, medio de espaldas a la portería, tiene que pegarle en un movimiento de medio giro. Y entonces, Dios mío, falla. Pelé falla. Falla el gol que no podía dejar de fallar, pensándolo bien, para que el mito se consumara. Lo que ves en la imagen liberada por última vez, la definitiva, es lo siguiente: mientras el tal Ancheta que iba a perder el tren se desploma en el césped, la
pelota chutada por Pelé pasa rozando el poste derecho de Uruguay. Saque de meta, hecho consumado, el crack de cracks sale chupando un hielo que recogió por ahí con expresión levemente contrariada pero serena. El viejo detiene el video. Coloca el control remoto en el brazo del sofá, te mira a los ojos otra vez y dice, lo que pasó aquí, Neto, fue simple: Pelé desafió a Dios y perdió. Imagínate que no hubiera perdido. Si no hubiera perdido, la humanidad nunca más habría dormido tranquila. Pelé desafió a Dios y perdió, pero qué desafío soberbio. Ese gol que no hizo no es sólo el mayor momento de la historia de Pelé, es también el mayor momento de la historia del fútbol. ¿Entiendes eso? ¿La intervención de lo sobrenatural, el relámpago de eternidad que cayó a la izquierda de las cabinas de radio y televisión del simpático estadio Jalisco, el 17 de junio de 1970? Puedo asegurarte que eso fue lo que sucedió, yo estaba allí y lo sé, y si fue algo más no me sorprendería, pero, como mínimo, eso fue lo que sucedió y lo que la cinta de video nos permite ver y rever para siempre, ¿entendiste? Una cosa tremenda, Tiziu. Poniéndose de pie con dificultad, se aparta de la burbuja de calor producida por la chimenea y camina hasta la terraza. Tú vas detrás de él. Es un poco más tarde del mediodía, pero el invierno llegó con determinación. El aliento helado que viene de los matorrales los abraza y en ese momento ves a tu padre en Guadalajara, un joven de más de treinta años con patillas de Félix, bigotazo de Rivelino, que toma cerveza con guacamole mientras acá abajo se acababa el mundo tal como tú, a tus cinco años, lo conocías. Es como si la vida entera tuviera como única bisagra aquel verano mexicano, invierno en Brasil, cuando tu padre no fue por la pelota, el regate de Pelé sobre Mazurkiewicz quebró la espina del destino y el mundo se desmoronó. Hay momentos en los que todo parece suceder al mismo tiempo, pasado y futuro aplanados en el presente, lo mismo que decir que nada jamás sucedió ni sucederá, todo está siempre sucediendo sin alcanzar el punto en el que el gesto se completa. El domingo en que Murilo te muestra en su casa del Rocio el gol que Pelé no hizo, tú te das cuenta por primera vez en la vida de que aquél era el mismo día –17 de junio de 1970– en que Elvira regateó la débil seguridad de la construcción del paso elevado de Joá para tirarse a las piedras que el mar golpeaba abajo. Claramente, como si la luz de un quirófano se encendiera en tu cabeza, te ves preso para siempre en aquel día, play, pause, rew, play, mientras Pelé no hiciera el gol estarías preso en aquel día, soñando que la vida había continuado. En ese momento miras a tu padre y revives por última vez, con violencia asombrosa, el viejo sueño de matarlo.
Eso porque Peralvo nunca jugó el Mundial, dice Murilo, que parece inmune a las olas de muerte que emanan del hijo, la mirada perdida en la cresta verde plomizo de los cerros recortados contra el cielo gris. Peralvo iba a ser más grande que Pelé, Neto. Qué mierda de vida.
Título de la edición original: O drible
Edición en formato digital: abril de 2014
© de la traducción, Juan Pablo Villalobos, 2014 © Sérgio Rodrigues, 2013 © EDITORIAL ANAGRAMA, S.A., 2014 Pedró de la Creu, 58 08034 Barcelona ISBN: 978-84-339-3491-8 Conversión a formato digital: Newcomlab, S.L. anagrama@anagrama-ed.es www.anagrama-ed.es