Skip to main content

17535c.pdf

Page 1

Título de la edición original: K.

Edición en formato digital: enero de 2018

© de la traducción, Edgardo Dobry, 2005 © Adelphi Edizioni, 2002 © EDITORIAL ANAGRAMA, S.A., 2005 Pedró de la Creu, 58 08034 Barcelona ISBN: 978-84-339-3899-2 Conversión a formato digital: Newcomlab, S.L. anagrama@anagrama-ed.es www.anagrama-ed.es


para Katharina


I. El soberano saturnal


Al principio hay un puente de madera cubierto de nieve. Nieve espesa. K. levanta la vista hacia «lo que en apariencia era el vacío», in die scheinbare Leere. Literalmente: «al aparente vacío». K. sabe que en aquel vacío hay algo: el Castillo. Nunca antes lo ha visto y quizás nunca llegará a poner un pie en él. Kafka intuyó que tenía que nombrar un número mínimo de los elementos del mundo circundante. Una afilada navaja de Occam se hundía en la materia novelesca. Nombrar lo mínimo y en su pura literalidad. ¿Por qué? Porque el mundo volvía a ser una selva primigenia, demasiado cargada de sonidos ignotos y de apariciones. Todo tenía una potencia enorme. Por eso era necesario limitarse a lo más cercano, circunscribir el área de lo nombrable. En ese círculo fluiría toda la potencia, dispersa de otro modo. En aquello que se nombra –una taberna, una diligencia, una oficina, una habitación– se concentraría una energía inaudita. Kafka habla de un mundo anterior a toda separación y denominación. No es un mundo sagrado o divino, ni un mundo abandonado por lo sagrado o lo divino. Es un mundo que debe aún reconocerlos, distinguirlos del resto. O que ya no sabe reconocerlos, distinguirlos del resto. Hay un enlace único, que es sólo potencia. Están compenetrados el bien en su plenitud, pero también el mal en su plenitud. El objeto acerca del cual escribe Kafka es la masa de la potencia, aún no disociada, separada en sus elementos. Es el cuerpo informe de Vr.tra, que contiene el agua, antes de que Indra lo atraviese con el rayo. Lo invisible tiene una burlona tendencia a presentarse como lo visible, casi como si se distinguiese de todo el resto sólo por la vía de circunstancias particulares, como cuando se disipa la niebla. Por eso nos vemos inducidos a tratarlo como lo visible; e inmediatamente somos castigados por ello. Pero la ilusión permanece.


El proceso y El Castillo son historias en las que se trata de concluir una diligencia: deshacerse de un procedimiento penal, confirmar un nombramiento. El punto en torno al cual gira todo es siempre la elección, el misterio de la elección, su oscuridad impenetrable. En El Castillo, K. quiere la elección, y esto complica infinitamente todo acto. En El proceso, Josef K. quiere sustraerse a una elección, y esto complica infinitamente todo acto. Ser elegidos, ser condenados: dos modalidades del mismo procedimiento. La relación de Kafka con el judaísmo, tantas veces indagada, en ocasiones con vano encarnizamiento, es perceptible sobre todo en este punto, que señala la diferencia esencial entre el judaísmo y aquello que lo rodeaba. Mucho más que el monoteísmo o la ley o la moralidad superior. Después de todo, para cada una de estas características se pueden encontrar antecedentes o contrafiguras egipcias, mesopotámicas, griegas. Mientras que la insistencia sobre la elección es sin duda única y fundada sobre una teología de lo único. El tribunal tiene el poder de castigar. El Castillo, el de elegir. Los dos poderes son peligrosamente parecidos, incluso coincidentes por momentos. Nadie más que Kafka, por atavismo o por vocación, tenía antenas como para percibirlo. Para ningún otro fueron tan familiares esa adyacencia y esa superposición. Pero no se trataba solamente de una herencia judía. Era cosa de todos y de siempre. El proceso y El Castillo parten de un presupuesto idéntico: que la elección y la condena casi no se distinguen. Este casi es el motivo por el que las novelas son dos y no sólo una. El elegido y el condenado son los escogidos, aquellos que son separados de entre la multitud, de entre todos. Este aislamiento es el origen de la angustia que los constriñe, cualquiera que sea su suerte. La diferencia principal radica en esto: la condena es siempre cierta, la elección siempre incierta. Unos desconocidos se presentan en la habitación de Josef K., devoran su desayuno y le notifican que se ha abierto un procedimiento penal en su contra. El procedimiento es, ya en sí mismo, una condena. Nada puede ser más ineluctable que aquella irrupción delante de testigos. En cambio una duda subsiste en K.: ¿le ha llegado alguna vez el nombramiento de los agrimensores? ¿Fue llamado K. o sólo quiso ser llamado? ¿Es el legítimo titular de un encargo, por modesto que sea, o es un fanfarrón que se hace pasar por algo que en realidad no es? K. se muestra escurridizo acerca de este punto, a pesar de su


habilidad y tenacidad en el análisis. No queda del todo claro lo que sucedió antes del «largo, difícil viaje» que lo condujo hacia el Castillo. ¿Recibió una convocatoria, o bien emprendió el viaje precisamente para obtenerla? No hay modo de saberlo con certeza. En cambio, existen muchas maneras de agravar y exasperar la incertidumbre. Así habla el alcalde de la aldea a K.: «Usted, según dice, ha sido contratado como agrimensor, pero por desgracia no necesitamos ningún agrimensor.» La crueldad no está en la conclusión de la frase, sino en ese hiriente «según dice». Las autoridades del Castillo nunca admitirán otra cosa, dejando abierta hasta el final la posibilidad de que la convicción de K. no sea más que un delirio o sencillamente una impostura. Sólo una cosa sabemos con seguridad, como agrega el alcalde, que de todas formas precisa que él no es «suficientemente funcionario», y por eso no está a la altura de tales cuestiones, porque «soy campesino y lo seguiré siendo». Ésta es la cuestión: un lejano día emanó un decreto que ordenaba nombrar un agrimensor. Pero aquel remoto decreto, que el alcalde habría olvidado sin más si la enfermedad no le hubiese ofrecido la ocasión de «reflexionar sobre las cosas más nimias», no podía de ninguna manera atañer a la persona de K. Como todos los decretos, flotaba por encima de cosas y de personas, sin indicar a quién ni cuándo sería aplicado. Desde entonces aquel decreto yace entre los papeles apilados en el armario de la habitación del alcalde. Sepultado en aquel lugar íntimo e inapropiado, no ha perdido sin embargo su energía irradiante. Pero el tormento de la incertidumbre no termina nunca. Por una parte el alcalde sigue hablando con K., dando por sentado que K. no carece de razones para interrogarlo. Por otra parte nunca llega a reconocer la legitimidad de las pretensiones de K., y sabemos por lo menos desde Hegel que lo único esencial para el animal humano es el reconocimiento. Así continúa el alcalde: «También su contratación fue bien meditada (...) y sólo circunstancias accesorias confunden las cosas.» La contratación de K. fue seguramente objeto de reflexión por parte de la autoridad. Pero ¿cuál fue la conclusión? ¿Fue realmente convocado K.? El alcalde se guarda muy bien de aclarar este punto. Un grado ulterior del tormento se muestra cuando el alcalde –al reconstruir la compleja peripecia del decreto para nombrar un agrimensor y la falta de respuesta que éste había recibido por parte de la aldea a través del propio alcalde (falta de respuesta testimoniada, según esa misma reconstrucción, por un «sobre vacío» escondido en alguna parte)– deja entender que a veces, precisamente «cuando una circunstancia ha sido considerada largo tiempo», puede llegar a


suceder que ésta se resuelva de modo «fulminante», «como si el aparato de la autoridad no tolerase por más tiempo la tensión», la dilatada exacerbación de la cuestión irresuelta, y por eso procediera a liquidarla adoptando una decisión «sin la ayuda de los funcionarios». Subsiste por tanto tal posibilidad, y el propio alcalde lo admite. Pero ¿es ésta la situación en el caso de K.? En este punto, una vez más, el alcalde se niega a conceder garantías: «Ignoro si una decisión tal ha sido adoptada en su caso; hay elementos a favor y otros en contra.» En cuanto a las otras dos pruebas de su nombramiento a las que apela K. –la carta del funcionario Klamm, dirigida a él, y la llamada telefónica al Castillo, acontecida apenas había llegado a la Posada del Puente–, también a ellas, y sobre todo a ellas, se aplica la duda. La carta de Klamm es, de modo evidente (lo indica ya el encabezamiento), una carta privada, y por tanto no tiene ningún valor como declaración de la autoridad, aunque pueda admitirse que tiene una gran importancia por otros motivos. En cuanto a la comunicación telefónica, no puede ser sino engañosa, porque «no existe una conexión telefónica determinada con el Castillo». El zumbido, el canto que emana de los aparatos y se advierte apenas se descuelga el receptor en la aldea, es la única forma acústica en la que se manifiesta el Castillo: forma indistinta, y sobre todo no lingüística. Es una música compuesta de palabras que retornan a su origen de pura materia sonora, que preceden y subyacen a todo significado. El Castillo se comunica con el exterior a través de un sonido continuo e indescifrable. «Todo lo demás es engañoso», agrega el alcalde. Por tanto, en primer lugar está la palabra clara y límpida. Llegado a este punto, como un gran académico que cierra un seminario con los estudiantes y los envía a otra sede y a otro ciclo de sus estudios para continuar la discusión, el alcalde dice a K.: «Usted debería saber que la cuestión de su llegada es demasiado difícil para que podamos resolverla en el curso de una breve conversación.» Pero toda la vida es una «breve conversación». Ulterior confirmación del principio de la incertidumbre insoslayable de las elecciones. Los mundos de El proceso y El Castillo son paralelos a cualquier otro mundo, pero no lo son entre sí. Por el contrario, uno es la continuación del otro. Josef K. se convierte en K. En medio, una condena y una ejecución capital. Pero la historia es la misma –y continua. Ya no se trata de alguien que va a buscar a Josef K., sino que es K. quien se mueve en busca de algo. Los términos se invierten. El clima cambia pero es afín. Mujeres, funcionarios, vestidos. Largos


diálogos con desconocidos, que con frecuencia resultan muy íntimos. Un sentimiento tenaz de extrañeza. «No conozco aún con precisión suficiente vuestro sistema jurídico», dice Josef K., y sin embargo se encuentra en un barrio periférico de su propia ciudad, en cuyo sistema jurídico trabaja todos los días, en cuanto procurador bancario. Es como si rigieran dos leyes simultáneas e incompatibles. Este hecho extraño le parecerá enseguida natural a Josef K., y no sólo a él: también al lector. Hecho aún más singular. Nada está más lejos de El proceso que la sensación de lo fantástico, de lo visionario o de lo «extraordinario», en el sentido de E. A. Poe. Quien lee tiene la sospecha constante de que se trata de verismo. La lectura toma por sorpresa al lector, tal como el guardián Franz, con su «vestido de viaje», toma por sorpresa a Josef K. en el momento «más arriesgado de todos»: el del despertar. El momento en que se puede ser fácilmente «arrastrado» si no se está preparado. Y para estarlo hay que encontrarse al menos en una oficina. Como dice K. a la señora Grubach, «por ejemplo en el banco estoy preparado, allí no podría sucederme una cosa como ésta». El proceso y El Castillo suceden en el interior de una misma vida psíquica. Tras la ejecución de la condena, Josef K. reaparece bajo el nombre de K. y se aleja de la gran ciudad. El Castillo es el bar-do de Josef K. El mundo del bar-do –ese «estado intermedio» que el Libro Tibetano de los Muertos enseña a atravesar– no se presenta drásticamente distinto del mundo de los vivos. Pero no permite un retorno fácil. Cuando Frieda fantasea acerca de su huida con K., quizás «al sur de Francia o a España», sus palabras suenan extremas e irrealizables, como las de quien dijera que añoraba vivir en el Egipto de los faraones. Entrar en el bar-do, como poner un pie en el sueño, requiere sólo una leve torsión de aquello que es, pero una torsión irreversible y capaz de desequilibrar todas las relaciones. Entre los procedimientos del tribunal en la ciudad de Josef K. y la administración del Castillo existe una evidente fraternidad. Nada nos asegura sin embargo que sus fines sean convergentes. Sólo son seguras ciertas diferencias de estilo: en el Castillo no hay expulsiones ni penas capitales, como ordena el tribunal de El proceso, acaso más primitivo. En el Castillo basta que la vida siga su curso. El mero paso del tiempo es el juicio.


Lo que distingue a El proceso y El Castillo es que, desde la primera hasta la última línea, se desarrollan en el umbral del mundo ulterior que se sospecha implícito en este mundo. Nunca ese umbral había sido una línea tan sutil como para encontrarla por todas partes. Nunca esos dos mundos se habían acercado tanto como para dar la aterradora impresión de tocarse. De este mundo ulterior no sabemos con seguridad si es bueno o malo, celeste o infernal. La única evidencia es la de algo que se impone y nos rodea. Como K., alternamos relámpagos de lucidez con lapsos de torpor, a veces confundiendo unos con otros, sin que nadie tenga la autoridad como para corregirnos. En comparación con los otros personajes de la novela, K. es la potencialidad misma. Por eso su aspecto no puede ser nunca descrito, ni directa ni indirectamente. No sabemos siquiera si tiene «ojos oscuros», como Josef K., su antecesor. No porque K., como Klamm, sufra continuas metamorfosis, sino porque K. es la forma de aquello que acontece. Diciembre de 1910, período sombrío y estéril. Kafka usa el diario sobre todo para registrar observaciones acerca de su propia incapacidad de escribir. «¿Con qué argumento justificaré el hecho de que hoy aún no he escrito nada? Con nada», se lee en un fragmento. Y a continuación: «Oigo permanentemente una invocación: “¡Oh, si tú vinieras, tribunal invisible!”» Con estas palabras, como si recurriese a un potente sortilegio de la mano izquierda, Kafka atraviesa un umbral, entra en el recinto de El proceso y de El Castillo, y también de todo el resto de su obra. Ése es el lugar de la escritura, en la espera de una condena o en los retrasos de una diligencia interminable. Lugar tortuoso, que es sin embargo el único al que Kafka se sabe perteneciente. Recién llegado a la aldea al pie del Castillo, y ya rechazado y hostigado, K. sólo sabe que ha «llegado para permanecer aquí», como si cualquier otra forma de vida le fuera ya imposible. Y repite: «Permaneceré aquí.» Después, con el tono de quien «habla consigo mismo», agrega: «Qué motivo podría haberme arrastrado hacia esta tierra desolada sino el deseo de permanecer aquí.» La «tierra desolada» es la Tierra Prometida. Y la Tierra Prometida es la única de la que se puede decir, como K.: «No puedo emigrar.» Ser sometido a proceso por parte del tribunal o tener relación con el Castillo significa acceder a aquella vida escondida, peligrosa y volátil de la que


desciende toda otra vida, y de la que toda otra vida es una débil imitación. El funcionamiento de un gran banco, como aquel en el que trabaja Josef K., con la limpieza de sus oficinas, de sus espaciosas antecámaras, de sus pasillos, imita la sórdida buhardilla en la que tienen sede las oficinas del tribunal, y no a la inversa. Bastará abrir un cuarto trastero, en las mismas oficinas del banco, para encontrar al tribunal manos a la obra, representado por un verdugo («el flagelador») y dos víctimas. Es el tribunal que se aproxima a la vida normal, no la vida normal que aloja en su seno al tribunal. El acto de escribir comienza cuando se entra en relación con el tribunal o con el Castillo. Relación que será siempre, literalmente, una causa perdida. Lo había dicho el tío Karl, al llegar del campo para darle una mano al sobrino Josef K.: «Tener un proceso como éste significa haberlo perdido ya.» Y se suele decir que los proverbios son siempre veraces. La articulación y el funcionamiento del «tribunal invisible» están presentes en todas las páginas de Kafka, pero sólo en El proceso y El Castillo se convierten en la sustancia misma de la narración. El tribunal de la gran ciudad, que debe juzgar a Josef K., es el «tribunal invisible», pero es también el aparato de los oficiales del Castillo, en los remotos territorios del conde de Westwest. El «tribunal invisible» se extiende sobre todas las cosas. Los oficiales del Castillo son administrativos, no judiciales, pero usan el mismo lenguaje del tribunal de la gran ciudad. Tanto para unos como para otros el mundo exterior es la «parte», quienquiera que ella sea o represente. Se trata en todo caso de establecer qué relaciones admitir con tal «parte», si es que se debe admitir alguna. Incluso los procedimientos son muy semejantes, hasta tal punto que a veces se superponen. Y sin embargo son exasperantes, elusivos, engañosos. El mismo Kafka, cuando en su desolación se permitió invocar una entidad denominada «tribunal invisible», no pedía otra cosa sino ponerse en manos del tribunal y del Castillo, incluso sabiendo lo que le esperaba. Pero sospechaba que sólo mediante aquellos tormentos alcanzaría la vida que le sería negada de otro modo. El proceso y El Castillo se desarrollan en el mismo estrato del mundus imaginalis. Por allí pululan los solitarios. No es fácil ni evidente establecer contactos entre ese y otros estratos. En cambio, son innumerables las conexiones entre los dos libros. Kafka escribió El proceso, novela inconclusa pero con un


final, en pocos meses del año 1914. El Castillo, novela inconclusa sin un final, en pocos meses de 1922. No hay indicios de que en ese ínterin volviera a ocuparse de El proceso. En 1920 le regaló el manuscrito a Max Brod. Cuando empezó a escribir El Castillo, sin anotar comentarios sobre la empresa, fue como si se introdujera de nuevo en esa tierra de la que era el único habitante. En ella habría actuado como un experto agrimensor. Le hubiera bastado alejarse un tanto, a pesar de tratarse de un «viaje sin fin», de la ciudad de Josef K., con sus oficinas, sus escaleras y sus buhardillas, a la aldea a la que llega K. para ofrendar su obra al Castillo. El tribunal que debe juzgar a Josef K. y la administración del Castillo por la que K. quiere hacerse contratar son dos organizaciones adyacentes, que resuenan una en la otra. Ambas están habitadas por funcionarios diligentes y huraños. «Un pueblo nervioso», el del Castillo; gente «irascible», la del tribunal. Tienen en común una sensibilidad fácilmente vulnerable, pronta a percibir las más mínimas modificaciones, y a sufrirlas. Igual que el espacio, sensorium Dei, forman una telaraña delicada, de la que ni ellos mismos pueden evaluar la extensión. Pero en todos ellos, incluso en los más ínfimos, se advierte el aliento de un «gran organismo». Ya sea en el tribunal como en el Castillo, cuanto más se asciende en la jerarquía tanto más fácil es perderse. La vida común se desarrolla siempre abajo, entre los secretarios y sustitutos, si no entre los sirvientes y camareros. Pero es siempre infranqueable la fractura entre aquellos que pertenecen al organismo y las oscuras partes que intentan establecer un contacto con él. Hay una vida informe, y tal vez insignificante, que es la vida de todos. Y existe otra vida, atravesada por las formas como por una hoja de cuchillo –o por una relampagueante multiplicidad de cuchillos. Quien trata con el tribunal o con el Castillo aprende algo sobre esto. Esa otra vida está tan cargada de significados que tienden a anularse entre sí. Tal es la proliferación de los significados atribuidos, o atribuibles, al procedimiento –palabra usada para designar la fisiología del «gran organismo»–, que éste aparece en definitiva impenetrable. El desequilibrio entre los dos mundos es permanente y no tiene remedio. Incluso aquellos que, como el abogado Huld, llevan largo tiempo frecuentando a los magistrados, llegan a un punto en que «ya nada parece seguro». Entonces pueden hacerse la pregunta más dolorosa: quizás algunos procesos que «por su naturaleza iban bien acaban desembocando en caminos equivocados, gracias precisamente a la asistencia», es decir a la función específica de los abogados.


Esto implicaría que cualquier intervención, aunque se realizara con las mejores intenciones y por aquel que tuviera conocimiento de causa –aquí es de rigor decirlo–, sería inútil cuando no contraproducente. Sólo una total pasividad, como la de una planta que el viento mece, tendría una posibilidad, aunque fuera vaga, de alcanzar un final auspicioso. Entre la administración del tribunal y la del Castillo existe una diferencia de estilo, de formas. La corrupción, por ejemplo, está arraigada en ambas, pero en el tribunal puede asumir maneras crueles y descompuestas. Los abogados defensores se agolpan alrededor de los «empleados corrompibles», siempre con la intención de descubrir «lagunas» en el «riguroso aislamiento» –casi una clausura hermética– del tribunal. En ocasiones se ha llegado incluso –es cierto que «en tiempos pasados»– a casos de hurto de actas. Con los empleados del Castillo, en cambio, parece que la corrupción es tolerada por razones de elegancia, para «evitar inútiles discursos». Como si, aceptando dejarse corromper, los empleados pudieran callar las partes que siguen importunándoles, procurando la ilusión de haber hecho un gesto eficaz, a pesar de que «de esa manera no se puede llegar a nada». Para la administración del Castillo, la corrupción no es distinta del tráfico de indulgencias. Pero no parece que se practique por interés, sino más bien para vigilar una cierta regularidad y limpieza en los procedimientos, evitando algo que suscitaría una profunda aversión: los «discursos inútiles». Desde un principio el comportamiento de K. resulta «sospechoso», y por motivos diversos. Arrancado del sueño en la posada, cuando ya se había dormido sobre un jergón, dice: «Pero ¿a qué pueblo he venido a parar? ¿Es que hay algún Castillo por aquí?» Pero, poco después, admite saber muy bien dónde se encuentra y no haberse presentado en el Castillo solamente porque se había hecho de noche. Este comportamiento recuerda al que se observa entre los lectores de Kafka. Extrañeza, desconcierto, estupor. Sin embargo, saben exactamente dónde se encuentran –y por qué. Sentada al borde de la cama del alcalde (y cuántas veces se alcanzará una revelación en esa misma postura, ya se trate de K. o de Josef K.), Mizzi, su no muy agraciada esposa y ayudante, debe leer a su marido la carta de Klamm


dirigida a K. «Apenas vio la carta, cruzó ligeramente las manos: “Es de Klamm”, dijo.» Este aparte, semejante a un suspiro, basta para evocar el temor reverencial que el nombre de Klamm infunde en el vasto mundo que permanece sometido a él. Pero sin que nada de esto deba ser expuesto, como si el mero hecho de nombrarlo pudiera disminuirlo. Todo se concentra en esas dos palabras –«de Klamm»–, como un susurro que se extiende en medio de la frase; y en ese gesto, apenas apuntado, de juntar las manos. Sólo al final el alcalde se acuerda de la presencia de Mizzi, cuando la pierna vuelve a dolerle. Pero ella había permanecido sentada allí, «perdida en sus sueños, jugando con la carta de Klamm, con la que había hecho un barquito». K., «sobresaltado», le arranca la carta de las manos. Teme que se aje ese precioso papel. Secretamente, lo asusta también la visión irrisoria e infantil de aquel barquito de papel. Sin decirlo, sabe que se trata de uno de los muchos enigmas que encontrará a lo largo del camino, siempre vinculados a seres femeninos, con frecuencia ni siquiera advertidos y jamás resueltos. K. no deseaba otra cosa que ser un «modesto agrimensor» que trabaja «tranquilamente en una mesa de dibujo». No pretendía ninguna ayuda especial, ni la salvación. Pero su deseo, precisamente debido a su modestia, tenía una potencia arrasadora. Sobre todo en cuanto –como K. dice al alcalde– no quería «graciosas ofrendas del Castillo, sino su derecho». El tono era el de un hombre libre que pretende sustraerse no sólo a la opresión de los poderosos, sino también a su benevolencia, no menos falaz. No pierde, por ello, la ocasión de pronunciar una frase particularmente ultrajante para la autoridad. Apenas se entraba en el ámbito del deseo, y aún más cuando los deseos se mezclaban con el derecho, el poderoso aparato del Castillo, con sus minuciosos procedimientos y sus reglamentos ramificados, se volvía muy susceptible y feroz en el rechazo de toda reivindicación de un individuo –o bien, como suele decirse en el léxico de los funcionarios–, de una parte. El deseo es lo desconocido, y sobre lo desconocido no podemos tener ninguna pretensión. Lo que impera es lo desconocido, no aquel que desea a través de lo desconocido. No hablaban así los funcionarios del Castillo, por delicadeza y porque debían atenerse a las fórmulas impuestas por el uso. Pero era esto lo que, con frecuencia, dejaban vislumbrar. K. adopta enseguida el tono de quien ha sido víctima de un abuso. Sin


embargo, para que K. pudiera sentirse irrefutable en su derecho hubiera debido al menos exhibir una carta con su nombramiento formal como agrimensor. El problema es que, según parece, nunca ha recibido esa carta. Una sospecha de mistificación acecha a K. como a todo aquello que hacen y dicen los funcionarios del Castillo. Así, si los campesinos de la aldea tienen un aire torvo y desafiante se debe a que permanentemente se ven obligados a enfrentarse a conductas equívocas, acerca de las cuales son admisibles las hipótesis más opuestas, ya se trate de funcionarios que descienden del Castillo o de un extranjero como K., que se presenta en la taberna de la aldea. Lo más sospechoso de todo es, a los ojos de los campesinos, que exhiba un completo desconocimiento de las reglas imperantes en el Castillo. Sin embargo, el propio K. parece uno de ellos, si se denomina así a todo lo que no pertenece a la aldea. O, mejor aún, K. parece una parodia de ellos, recortada sobre el vacío y despojada de toda emanación del poder. K. no habla casi nunca de su pasado. Sólo con el alcalde parece que, en una ocasión, se dejará llevar hacia él. Insiste sobre el «viaje largo y difícil» que ha debido emprender –ya poco antes había recordado su «viaje interminable». El poder del Castillo, que lo había convocado, se extendía entonces hasta confines muy lejanos. Quizás abarcaba incluso el tiempo, dado que quien se acercaba al Castillo era como un viajero de los tiempos antiguos, solitario en la nieve. Probablemente, para que su posición sea más patética aún –pero no podemos decirlo, porque no sabemos nada más–, y para hacerle comprender al alcalde hasta qué punto es necesario para él conseguir el puesto de agrimensor, K. alude a los «sacrificios que han sido necesarios para dejar su casa» y a las «fundadas esperanzas que se había hecho de ser aceptado allí arriba». Hasta aquí, sus palabras no difieren de las de cualquier trabajador que ha dejado su país en busca de fortuna. Pero sucede entonces algo que sí es distinto: K. habla de su «total falta de medios e imposibilidad de encontrar ahora en casa un trabajo adecuado». ¿Por qué? Sin embargo, en la aldea K. siempre intenta dar la impresión de ser una persona capacitada, experta, que no tendría dificultades para encontrar trabajo en otra parte. Se deduce que sólo por algún motivo que no menciona, porque debe ser apremiante, K. ya no puede volver atrás. Por otra parte, tal como observa el alcalde, no es costumbre del Castillo echar a nadie. «Nadie lo retiene aquí, pero eso no significa tampoco que usted vaya a ser echado.» K. no insiste, incluso parece convencido de haber hablado demasiado. Por eso quiere echar un


velo sobre su situación y, para explicar la precariedad de ésta, se refiere a algo muy cercano: Frieda, su «novia, que es de aquí» y de la que él quiere ocuparse. No aclara que Frieda es su novia desde hace apenas unas horas. De todos modos, el argumento es superfluo, como no deja de observar el alcalde con su serena ironía: «Pero Frieda lo seguiría a cualquier parte.» K. se ha puesto en evidencia – y acaso para no perturbarlo el alcalde prefiere cambiar de tema. Apuntando a su vida anterior, K. se acerca a una revelación que podría perjudicarlo: su total dependencia del Castillo. Toda posibilidad de regreso se ha cerrado para él. El quinto aforismo de Zürau dice: «A partir de cierto punto ya no hay vuelta atrás. Hay que llegar a ese punto.» Un paso más allá comienza la historia de K. En la caligrafía de Kafka, la letra K se hundía en una vistosa voluta, que el escribiente detestaba: «Las K son feas, casi me repugnan aunque no dejo de escribirlas, deben de ser muy características de mí.» Al escoger el nombre K., Kafka se obligó a trazar centenares de veces, bajo sus propios ojos, un trazo que lo perturbaba y en el que reconocía algo que le era propio. Si hubiera narrado El Castillo en primera persona, como hizo en un principio, la historia habría estado menos profundamente anclada en su fisiología, en zonas sustraídas al imperio de la voluntad. ¿Se refirió Kafka alguna vez a su procedimiento de reducción rigurosa a los elementos primarios, como si quisiera establecer una tabla periódica? Acaso en un pasaje del cuaderno de 1922. Es un momento de atasco en la elaboración de El Castillo, y de fuerte incertidumbre general. «La escritura se me niega», es la primera frase del fragmento. Después se lanza a un «proyecto de las investigaciones autobiográficas». No está claro a qué se refiere en concreto: ¿quizás las Investigaciones de un perro, que aparece poco después en su diario? A continuación señala: «Investigar y averiguar los detalles más pequeños posibles.» ¿Para qué? «A partir de esto quiero construir.» Aquí ya no se habla de escritura, sino de un construirse. Después sigue el trazado fosforescente de un cuento: «Como alguien que, dueño de una casa endeble, pretende edificar al lado una casa segura, en la medida de lo posible con los materiales de la antigua. La situación se torna grave, sin embargo, cuando, agotadas las fuerzas a mitad de la construcción, en vez de poseer una casa endeble pero entera, le quedan una semidestruida y otra semiacabada, o sea, nada. Lo que viene a continuación es la


locura, es decir, una danza de cosacos en cuestión va escarbando la tierra con los tacones y perforándola hasta que debajo de él se forma su tumba.» Danza cosaca entre Kafka y la literatura que lo había precedido. No es que, como algunos se empeñan en sostener, lo religioso o sagrado o divino se hayan resquebrajado, disuelto o vuelto vano por obra de un agente externo, desde las luces de la iluminación. De ello habría resultado un mundo hecho de funerales laicos, con su fatal fealdad. Lo que pasó, en cambio, es que lo religioso o sagrado o divino, por un oscuro proceso de ósmosis, fue absorbido y ocultado en algo ajeno, que ya no tiene necesidad de nombrarlos porque es autosuficiente y se contenta con ser descrito como sociedad. Todo el resto es, como mucho, objeto de estudio y material de laboratorio, incluida la naturaleza entera. Con Kafka entra en escena un nuevo fenómeno: la conmistión. No existe ningún aspecto de la sordidez que no se deje tratar como metafísica. Y no existe metafísica que no se deje tratar como aspecto sórdido. Lo cual no se debe a una inclinación personal del escritor. Es un dato de hecho. Ya en Crimen y castigo Svidrigailov observaba que, para él, la eternidad se presentaba como un cuarto de baño lleno de telarañas. Es una peculiaridad de los tiempos, su contraseña. Cuando el secretario Bürgel habla de una «crueldad» de los funcionarios hacia las partes y hacia sí mismos, y precisa que tal crueldad es también la suprema «consideración», ya que consiste en la «férrea ejecución y actuación del servicio», sus palabras tienen una inocultable resonancia siniestra, a pesar de que Bürgel es quizás el único funcionario benévolo del Castillo, y las pronuncia después de haberse estirado y bostezado, «lo cual causaba un desconcertante contraste con la gravedad de sus palabras». La conmistión se manifiesta ante todo en esto: el orden social se superpone al orden cósmico hasta cubrirlo y fagocitarlo. Pero conserva de él la majestad y las articulaciones, aunque cancelando su memoria. En la aldea no se habla nunca del cosmos, y hasta la misma naturaleza podría no existir. Solamente Pepi, la sierva, la nombra, en la visión de un invierno, de «un largo, larguísimo y monótono


invierno». Hasta el color queda abolido. Pero no se diría que nadie tiene necesidad de recordarlo. Las diferencias se expresan en diversos grados entre lo claro y lo oscuro. En el rico guardarropa de la posadera del Hotel de los Señores sólo hay diversos tonos oscuros: «vestidos grises, marrones, negros», ordenados y compactos como un batallón. El paisaje mítico ha perdido la pigmentación. El orden cósmico, tal como aparece en los mitos, podría desvanecerse junto con los propios mitos. El conocimiento científico los sustituiría por una imagen cada vez más compleja, siempre cambiante, en la cual las dimensiones se multiplican hasta perder sentido. No es el caso, sin embargo. Mimetizado en el interior del orden social, el orden cósmico subsiste y sigue actuando. En el fondo, no se refería solamente a los astros y las esferas, sino a los poderes y los arcontes. Esos poderes no desaparecen. Por el contrario, ahora que ya no existen nombres para evocarlos, pueden actuar con mayor libertad, salvajemente, a cara descubierta. K. lo experimenta todos los días durante su tormentosa estancia en la aldea. Los señores del Castillo son los arcontes. No porque «arcontes» sea una interpretación que se añada, que se superponga a Herren, «señores». Sino porque arconte significa «señores», si se deja a la palabra un espacio para resonar. Éste es el procedimiento constante en Kafka: detrás de las fórmulas del lenguaje común se abre de improviso este espacio, en el que las palabras reverberan y dejan brotar significados, alcanzando una intensidad que puede llegar a ser paralizante. El lenguaje común es, por excelencia, el lenguaje de los siervos, es decir de la sierva Pepi. Así, cuando ella habla de K. sus palabras suenan cargadas de significado y parecen decir aquello que siempre, aunque casi a escondidas, nos hemos preguntado acerca de K.: «¿Qué quiere? ¿Qué extraña clase de hombre es?» Quizás es la propia Pepi quien pronuncia las palabras más drásticas: cuando acicatea a K. para que encuentre «la fuerza para incendiar el Hotel de los Señores y quemarlo totalmente, de modo que no quede ni rastro, quemarlo como un trozo de papel en la chimenea». Quemarlo como a aquella hoja arrancada de una libreta de apuntes que queda sobre el carro de las actas y K., sólo algunas horas antes, durante la escena de la «distribución de las actas», había pensado si sería la suya, aquella en la que estaría escrita su suerte. Porque las actas que atañen a un individuo equivalen a su suerte.


Sólo se puede entender a Kafka si se lo lee literalmente. Pero en él la letra debe tomarse en toda su potencia y en la vastedad de sus implicaciones. Así se llega, entre otras cosas, a esto: las actas de las que se ocupan incesantemente los señores del Castillo son el registro de acciones de todo género.1 El Castillo custodia el archivo de las actas, el inmenso registro del karman. Por eso sus funcionarios trabajan sin parar: porque las actas llegan incesantemente. Como K˙r˙s˙na explicó a Arjuna sobre su carro de guerra, incluso cuando se cree no estar haciendo nada se está haciendo algo. Por eso el secretario Momus se apresura a llenar las últimas lagunas de un expediente que recoge acontecimientos de pocos minutos antes. Porque la actividad del Castillo consiste ante todo en tomar nota de aquello que sucede automáticamente: la acumulación del karman. Pero no debe pensarse que las actas que se apilan en columnas en la estancia de Sordini o que se comprimen en los armarios del alcalde o que continuamente son ofrecidas a Klamm y rechazadas por éste se refieren sólo a los habitantes de la aldea. Escasos y pobres, éstos tienen sin embargo el funesto privilegio de vivir en la misma frontera del Castillo, lo cual basta para marcar su destino. El Castillo, por el contrario, registra cualquier acto, incluso los de aquellos que han vivido en un país extranjero, como K., que cree reconocer en una hoja abandonada en el carro de las actas su diligencia, sus actas, cuando están por ser distribuidas o dispersadas en una de las habitaciones de los funcionarios. Lo terrible del karman consiste precisamente en que persiste con independencia de toda fe y de todo culto. Se puede ser irreverente o incrédulo, incluso hasta el extremo, pero los propios actos se acumulan y se depositan más allá de nuestro alcance, exactamente igual que los de los santurrones. Puesto que el karman no subsiste, cada acto debería disolverse inmediatamente, evaporarse. Pero si así fuera ninguna acción articulada y premeditada sería posible. Sin embargo, si observamos la vida de la aldea constatamos que se desarrolla de modo sensato, como la chata vida sucesiva que viven sus habitantes. Por un lado está la estirpe de los arcontes. Son los magistrados del tribunal que juzga a Josef K., son los funcionarios del Castillo por los que K. espera ser contratado. Viven ocupados en algo que solamente para ellos es manifiesto, respecto a lo cual cualquier hecho externo es un potencial contratiempo. Del lado opuesto, pertenece a los hechos externos el incesante, imparable pulular de los imputados y de las partes. Son como una larga hilera que día a día se inclina


hacia los arcontes, como llevada por el movimiento de una marea. Si se observan de cerca los acontecimientos, se descubre que existe asimismo un movimiento inverso, más irregular y menos perceptible, como una corriente submarina que va de los arcontes hacia las partes, tomando esta palabra como término genérico para indicar cada uno de los aspectos que son tratados y juzgados por una autoridad superior. Los arcontes están sujetos a una obsesión erótica que los impulsa hacia el exterior. Obsesión muy cruda en el tribunal, marcada por la aspereza del derecho penal. Allí los magistrados son una estirpe de «mujeriegos». Sus libros de consulta están llenos de imágenes obscenas. Más lírica y vaga es la tendencia entre los funcionarios del Castillo, siempre preparados para ser sorprendidos y arrollados por las partes, en el corazón de la noche. Ellos, que pasan la vida en la contrición, desean ardientemente ser constreñidos a alguna acción. Los arcontes se comportan con el mundo como la mente con lo que le es externo. Se presuponen soberanos y autosuficientes, pero continuamente son atraídos hacia algo extraño y refractario, que se les resiste y quieren dominar. Siempre temen, aunque no lo digan, que un grano del mundo exterior penetre en las regiones inaccesibles, allí donde sólo están ellos, y los aniquile. Las jerarquías celestes –y también las terrestres o infernales, y también las jerarquías en general e incluso los seres que ocupan círculos concéntricos– se presentan de este modo: «Yo permanecía inerme frente a aquella figura, que estaba sentada, inmóvil, a la mesa y miraba el piano. Yo daba vueltas en torno a ella y me sentía estrangulado por ella. En torno a mí giraba un tercero que se sentía estrangulado por mí. En torno al tercero giraba un cuarto y se sentía estrangulado por él. Así sucesivamente hasta llegar a los movimientos de los astros, y más allá. Todo sentía la soga al cuello.» Esta «soga al cuello» es el sentimiento mediante el cual se comunican los seres. Como observó Canetti, «la armonía pitagórica de las esferas se ha vuelto una violencia de las esferas». Éste es el esquema cosmológico de Kafka, implícito en cada una de sus palabras. El todo está constituido de círculos concéntricos. Cada círculo acoge, junto a otro, una reproducción exacta del círculo precedente. Es fácil, así, no darse cuenta de la existencia de los círculos. Cada círculo es autosuficiente. Ofrece fundamento y justificación a aquello


que le pertenece. Los círculos no se comunican, al menos oficialmente. No existe vía de acceso constante y segura de uno a otro. En circunstancias especiales –o por error, en el caso más frecuente– se abren brechas provisorias. Después vuelven a cerrarse, sin dejar huella. Canetti observa: «Kafka es, entre todos los escritores, el mayor experto en el poder, en la potencia (Macht).» Palabras que deben entenderse restituyendo a la palabra Macht toda su extensión, que abarca al mismo tiempo «poder» y «potencia». «Poder» es una aplicación circunscrita de la «potencia»; circunscrita, generalmente, a la sociedad. Mientras la Macht acerca de la cual escribe Kafka abarca a todas las esferas celestes y va más allá («hasta los movimientos de los astros y más allá»). Pero ¿qué hay más allá? El «océano celeste», según decían los videntes védicos: samudrá, que inunda de luz. Características arquitectónicas del Castillo: no es una fortaleza, no pertenece a un pasado feudal, carece de toda pompa. No hay en él nada nuevo, como en la Perla de Kubin. Pero todo está impregnado de vida psíquica precedente. Una franja de construcciones bajas, agazapadas sobre la ladera de una colina. La pintura está desconchada desde hace tiempo. Podría ser un cuartel militar, un monasterio, un ministerio, un hospital –incluso el límite de una «pequeña ciudad francamente miserable». Posee una sola torre, que tiene algo de «demencial» cuando sus pequeñas ventanas brillan al sol. No da la impresión de una noble ascensión hacia lo alto. Pero hace pensar que un «tétrico» habitante del lugar hubiera «desfondado el techo», para huir de la asfixia. Residencia saturnal. El soberano saturnal, encerrado en la torre que se yergue entre los ruinosos edificios del Castillo, es el conde Westwest, a quien nadie ha visto, a quien nadie puede pedir audiencia, y que a nadie se parece más que al personaje del que Kafka habla en un fragmento, sentado en su escritorio con la cabeza entre las manos. Fuera, una multitud lo espera, cada uno con su «asunto particular». Acaso eran fantasmas, o demonios. O personas cualesquiera, que pueden encontrarse por la calle. El ignoto personaje estaba dispuesto a «escuchar y a responder». Pero no quería exhibirse en el balcón. De hecho, «no podría, aunque quisiera. En invierno la puerta del balcón está cerrada y la llave no se encuentra». Pero siempre es invierno.


Si el habitante de la torre se exhibiera en el balcón o la ventana, no sería otra cosa que un médium. La vida sería un flujo de potencia que sacude como descargas eléctricas. Pero no podría contarse. Todo se reduciría al juego de las fuerzas que se chocan, en lo visible y en lo invisible. Pero todo es mucho más opaco, incierto, incalculable. Las fuerzas pueden, incluso, pretender ignorarse entre sí. Cada una se construye su teatro, que un día será aniquilado por una cualquiera de las otras fuerzas ignoradas. Pero la ficción se puede mantener largo tiempo, el suficiente como para ser considerada natural. Encerrado en su habitación desnuda, con los codos sobre la mesa, el ignoto habitante de la torre es el garante de la opacidad del mundo. Si la vida es azarosa en algún lance, esperamos de él a cada instante una respuesta, y a él le agradecemos que la respuesta no llegue jamás. Fundamentalmente, Josef K. y K. esperan. Uno, una sentencia; el otro, un contrato. Hagan lo que hagan, su vida es extenuante. Pertenecen ambos al vasto pueblo de aquellos que «esperan aquí» y se hacinan fuera, en el mundo, en una «masa sin límites, que se pierde en la oscuridad». Dentro, en la torre o en el edificio del «tribunal invisible», se sientan aquellos que deberían responder, y que quizás desean hacerlo. Pero algo les impide emitir la respuesta. Si apareciera la llave del balcón, ¿todo quedaría resuelto? No, al contrario, pues entonces se revelaría la intención escondida que habita dentro: precisamente, el no mostrarse y el no dejarse mostrar de aquello que está fuera. El ignoto personaje se agarra la cabeza con las manos, cerrado en una habitación que parece una celda, con los codos apoyados sobre el escritorio. Ese escritorio es el único objeto indispensable, el único contacto permitido. Piensa: «No quiero ver a nadie, no quiero dejarme confundir por ninguna visión; el escritorio, éste es mi puesto.» Imagina figuras y personajes, como el Segismundo de Calderón. Más allá de los cristales, el aire está atestado de tribus invisibles.


1. En italiano, atto significa tanto «acta judicial» como «acto, acción». En todo este pasaje, el autor juega con este doble sentido. (N. del T.)


Turn static files into dynamic content formats.

Create a flipbook
17535c.pdf by Editorial Océano de México, SA de CV - Issuu