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Primera parte

Génesis

Suicide is painless It brings on many changes... The game of life is hard to play I’m gonna lose it anyway The losing card I’ll someday lay So this is all I have to say. MASH, Suicide Is Painless

Eres fuerte, eres guapo, eres invencible, eres incorruptible, eres un... Ja... Ja... Cantautor. EDOARDO BENNATO, Cantautore


1 En una mesa de la pizzería Jerry 2 de la localidad de Oriolo Romano se hallaban reunidas las Bestias de Abadón. Su líder, Saverio Moneta, alias Mantos, estaba preocupado. La situación era grave. Si no se hacía nuevamente con el mando de la secta, aquélla podía ser la última vez que se reunían. Ya hacía tiempo que empezó la fuga de miembros. El primero en irse fue Paolino Scialdone, alias el de la Hoz, que los plantó un buen día para entrar en los Hijos del Apocalipsis, un grupo satánico de Pavía. Unas semanas después, Antonello Agnese, alias Molten, se compró una Harley Davidson de segunda mano y se unió a los Ángeles del Infierno de Subiaco. Y, por último, Pietro Fauci, alias Nosferatu, mano derecha de Mantos e histórico fundador de las Bestias, se casó y abrió una tienda de aparatos de calefacción en la localidad toscana de Abetone. Quedaban cuatro miembros. Era preciso hablar muy seriamente, meterlos en vereda y captar nuevos adeptos. –¿Tú qué tomas, Mantos? –le preguntó Silvietta, la vestal del grupo, una pelirroja enjuta con un par de ojuelos redondos y saltones, unas cejas finas muy altas y sendos aros de plata en labio y nariz. Saverio miró distraídamente la carta. –No sé... ¿Una pizza marinara? No, que me repite el ajo... Los pappardelle mejor. –Los cocinan unos ignorantes, pero están buenos –aprobó Roberto Morsillo, alias Murder, un gordinflón de casi dos metros de altura, con el pelo largo teñido de negro y unas gafas grasientas, que llevaba una camiseta deshilachada de los Slayer. Era de Sutri, estudiaba derecho en Roma y trabajaba en el Bricocentro de Vetralla. Saverio miró a sus discípulos de hito en hito. Pasaban todos de los treinta pero seguían vistiendo como pobres heavies. Y eso que siempre les decía: «Tenéis que parecer normales, fuera esos piercings, esos tatuajes, esos clavos...» Pero nada, no hacían ni caso.


Es lo que hay, pensó resignado. Mantos alzó la mirada. Se reflejaba en el espejo de la Cerveza Moretti que colgaba al otro lado de la barra: delgado, de un metro setenta y dos de alto, con gafas de montura metálica, pelo oscuro peinado con raya a la izquierda, camisa de manga corta azul claro abotonada hasta el cuello, pantalones de pana azul oscuro, mocasines. Un tío normal. Como los grandes paladines del Mal: Ted Bundy, Andrei Chikatilo, Jeffrey Dahmer, el caníbal de Milwaukee; gente con la que uno podía cruzarse por la calle y por la que nadie daría un duro. Y sin embargo eran los hijos predilectos del Demonio. ¿Qué haría en mi lugar Charlie Manson con discípulos tan lamentables como éstos? –Maestro, tenemos que hablar contigo... Hemos pensado una cosa sobre la secta... –espetó Edoardo Sambreddero, alias Zombi, el cuarto del grupo, un tío flaquísimo que no podía comer ajo, chocolate ni bebidas gaseosas. Padecía esofagia congénita. Ayudaba a su padre a montar instalaciones eléctricas en Manziana–. Técnicamente, nosotros, como secta, no existimos. Saverio comprendió lo que quería decir el adepto, pero fingió no entender. –¿Qué quieres decir? –¿Cuánto hace del juramento de sangre? Saverio se encogió de hombros. –Como un par de años. –Por ejemplo, en Internet nunca hablan de nosotros. Y de los Hijos del Apocalipsis, un montón –susurró Silvietta, en voz tan baja que nadie la entendió. Zombi señaló al jefe con un bastoncillo de pan. –¿Y qué hemos hecho en todo este tiempo? –Eso, ¿qué hemos hecho, de todo lo que nos prometiste? –insistió Murder–. Sacrificios humanos, ni uno, y eso que nos dijiste que haríamos cantidad. ¿Y ritos de iniciación con vírgenes? ¿Y orgías satánicas? –Hombre, un sacrificio humano sí hicimos, no digáis que no –repuso irritado Saverio–. No saldría bien, pero lo hicimos. Y también una orgía. En noviembre del año anterior, Murder había conocido en el tren, yendo a Roma, a Silvia Butti, una estudiante de psicología. Resultó que tenían muchas cosas en común: los dos eran forofos del Lazio, a los dos les gustaban las películas de terror, los Slayer y los Iron Maiden, el viejo heavy metal de los años


ochenta. Empezaron a chatear por Internet y a verse en la romana via del Corso los sábados por la tarde. A Saverio se le había ocurrido sacrificar a Silvia Butti en el bosque de Sutri. Pero había un problema: la víctima debía ser virgen. Murder había dado su palabra: –Lo he intentado por todos los medios, pero no he podido tirármela. Zombi se echó a reír. –No has pensado que a lo mejor no quiere follar con un gordo como tú. –Capullo, es que ha hecho voto de castidad. Es cien por cien virgen. Además, digo yo, y si no lo fuese, ¿qué? Saverio, maestro y teórico del grupo, se mostró preocupado. –Pues que sería bastante grave. El sacrificio no serviría, o peor, podría volverse en nuestra contra. Las potencias infernales, insatisfechas, podrían atacarnos y destruirnos. Tras horas de debate y consultas en Internet, las Bestias concluyeron que la doncellez de la víctima no era un requisito indispensable. Y trazaron un plan. Murder invitó a Silvia Butti a cenar en Oriolo Romano. A la luz de las velas, le ofreció croquetas y filetes de merluza y le dio a beber una cerveza enorme en la que había disuelto tres pastillas de Rohypnol. Al acabar la cena la estudiante apenas se tenía en pie y farfullaba cosas sin sentido. Murder la cargó en el coche y con la excusa de ver amanecer en el lago de Bracciano la llevó al bosque de Sutri, donde las Bestias de Abadón erigieron un ara sacrificial con bloques de toba, desnudaron a la muchacha medio inconsciente y la tendieron sobre el altar. Saverio invocó al Maligno, le cortó la cabeza a una gallina y roció con sangre el cuerpo desnudo de la joven, tras lo cual se la pasaron por la piedra uno tras otro. Luego excavaron un hoyo y la enterraron viva. Y así, consumado el rito, pudo la secta emprender su viaje a las oscuras regiones del Mal. Lo malo fue que tres días después, saliendo del cine Flamingo, donde habían visto La matanza de Texas: el origen, las Bestias se encontraron con Silvia, que estaba sentada en un banco del parque comiéndose un bocadillo. No recordaba mucho de la velada, pero tenía la sensación de haberlo pasado bien. Les contó que, cuando despertó, se hallaba cubierta de tierra pero pudo salir a la superficie. Saverio la captó en calidad de sacerdotisa oficial. Y poco después ella y Murder se hicieron novios. –Sí, es verdad, la orgía la habéis hecho –dijo Silvietta sonriendo con


embarazo–. Me la habéis contado cien veces. –Sí, pero no eras virgen. Y por tanto técnicamente la misa no valió... –replicó Zombi. –Pero ¿cómo pudisteis pensar que era virgen? Si mi primera relación... –El caso –la interrumpió Saverio– es que fue un rito satánico... Zombi lo atajó: –Vale, olvidemos el sacrificio. ¿Y qué más hemos hecho? –Degollar unas cuentas ovejas, ¿o no? –¿Y qué más? Sin querer, Mantos alzó la voz: –¡Y qué más! ¡Y qué más! ¡Las pintadas del viaducto de Anguillara Sabazia! –Ya ves... ¿Sabes que Paolino y los de Pavía decapitaron a una monja? Lo único que pudo hacer el líder de las Bestias de Abadón fue beber un vaso de agua. –¿Mantos? ¿Me oyes? –Murder se llevó la mano a la boca–. Decapitaron a una monja de cincuenta y ocho años. Saverio se encogió de hombros. –La gilipollez de siempre. Paolo quiere darnos rabia porque se arrepiente de habernos dejado. –Pero tenía la impresión de que no era ninguna gilipollez. –¿Es que no ves los telediarios? –prosiguió Murder, implacable–. ¿Te acuerdas de la monja de Caianello a la que encontraron sin cabeza cerca de Pavía? –¿Y qué? –Fueron los Hijos del Apocalipsis. La secuestraron en una parada de autobús y Kurtz le cortó la cabeza con un hacha de doble filo. Saverio detestaba a Kurtz, el líder de los Hijos del Apocalipsis de Pavía. Siempre era el primero de la clase, el que hacía las cosas más impresionantes. ¡Muy bien, Kurtz! ¡Enhorabuena! ¡Eres el mejor! Se pasó la mano por la cara. –Vale, tíos... Tened en cuenta que ha sido una época muy dura para mí, el nacimiento de los gemelos, la puñetera hipoteca... –¿Cómo están los pequeños, por cierto? –preguntó Silvietta. –Hechos dos máquinas de comer y cagar. Y por la noche no nos dejan pegar ojo. Y encima tienen rubeola. Y para colmo han operado de la cadera al padre de Serena y he tenido que cargar solo con la tienda de muebles. ¿Así cómo voy a organizar nada para la secta? –Oye, ¿no tendrás algo de ocasión? –preguntó Zombi–. Quiero comprarme un


sofá cama de tres plazas, el que tengo me lo ha destrozado el gato. El jefe de las Bestias no escuchaba, pensaba en Kurtz Minetti: alto como un pino, pastelero de profesión, ya había prendido fuego a un vendedor de aspiradoras y ahora le cortaba la cabeza a una monja. –Además, sois unos ingratos. –Y los señaló uno a uno–. Yo me he dejado la piel por la secta. Si no es por mí, que os inicié en el culto a los Infiernos, aún estaríais leyendo Harry Potter. –Ya, Saverio, pero entiéndenos también a nosotros. Creemos en el grupo, pero así no podemos seguir. –Murder mordió un bastoncillo, nervioso–. Lo mejor es que olvidemos la secta y sigamos siendo simples amigos. Enfadado, el jefe de las Bestias dio un manotazo en la mesa. –Hagamos una cosa. Dadme una semana. Una semana no se le niega a nadie. –¿Para qué? –Porque estoy planeando algo muy gordo, una acción sonada... –Hizo una pausa–. Pero no podréis rajaros. Porque de boquilla todo el mundo es muy valiente, pero luego, a la hora de la verdad... –Y con voz lastimera–: «Perdona, es que no puedo... Es que tengo problemas en casa, mi madre no está bien... Tengo que trabajar...» –Y miró particularmente a Zombi, que bajó la cabeza con aire culpable y se quedó mirando el plato–. No. Aquí nos la jugamos todos. –¿Y no puedes adelantarnos nada? –preguntó Murder tímidamente. –¡No! Sólo puedo deciros que pasaremos a ocupar el primer puesto de las sectas satánicas de Italia. Silvietta lo tomó por la muñeca. –Por fa, Mantos, dinos algo... Me muero de curiosidad... –¡No! ¡He dicho que no! Tenéis que esperar. Si dentro de una semana no os traigo un proyecto serio, se acabó, disolvemos la secta y adiós muy buenas. ¿Estáis de acuerdo? –Se levantó. Los ojos negros se le pusieron rojos con el reflejo de las llamas del horno–. ¡Y ahora, discípulos, tributadme honores! Los adeptos bajaron la cabeza. El líder alzó los ojos y extendió los brazos. –¿Quién es vuestro padre carismático? –¡Tú! –dijeron las Bestias a coro. –¿Quién ha escrito las Tablas del Mal? –¡Tú! –¿Quién os ha enseñado la Liturgia de las Tinieblas? –¡Tú! –¿Quién ha pedido los pappardelle con liebre? –preguntó el camarero, que traía en los brazos una pila de platos humeantes.


–¡Yo! –respondió Saverio alargando la mano. –Cuidado que quema. El líder de las Bestias de Abadón se sentó y empezó a comer en silencio. 2 A unos cincuenta kilómetros de la pizzería Jerry 2, en Roma, capital de Italia, el conocido escritor Fabrizio Ciba subía, montado en una Vespa de tres marchas, la cuesta de Monte Mario. Se detuvo ante un semáforo y enfiló luego via della Camilluccia. Dos kilómetros más adelante paró ante un cancel de hierro abierto junto al que colgaba una placa de latón en la que decía: «Villa Malaparte». Metió la primera, y ya se disponía a emprender la subida de la larga cuesta de gravilla que llevaba a la villa, cuando se le plantó delante un gorila enfundado en un traje de franela gris: –¡Eh, usted! ¿Adónde va? ¿Lleva invitación? El escritor se quitó el casco con forma de cuenco y buscó en los bolsillos de la chaqueta arrugada. –No..., no la habré... Se me habrá olvidado... El segurata se afianzó en las piernas. –Pues no puede entrar. –Estoy invitado a... El otro sacó un papel y se calzó unas gafas de montura roja. –¿Cómo dice que se llama? –No lo he dicho. Ciba, Fabrizio Ciba. El hombre recorrió con el dedo la lista de invitados moviendo la cabeza. No me reconoce. Fabrizio no se molestó mucho. Estaba claro que el gorila no era un gran aficionado a la literatura, aunque, coño, ¿tampoco veía la tele? Ciba presentaba un programa titulado Crimen y castigo que se emitía todos los miércoles por la noche en la Rai 3, pensado para casos como aquél. –Lo siento. Su nombre no figura en la lista. El escritor venía a presentar la nueva novela del premio Nobel de Literatura Sarwar Sawhney, Una vida en el mundo, que había publicado Martinelli, su misma editorial. El agraciado con el premio de la Academia Sueca tenía setenta y tres años y había escrito un par de libros más gruesos que un manual de derecho. Él, Ciba, y un catedrático de literatura angloamericana de la Universidad La Sapienza de Roma, Gino Tremagli, debían hacer los honores,


pero como a este último, un viejo pedante, lo habían invitado simplemente para dar un barniz oficial al evento, le tocaba a Fabrizio desentrañar los secretos arcanos de aquel novelón y darlos como pábulo del público romano, ávido de cultura. Ciba empezaba a mosquearse. –Escúchame. Si olvidas esa lista y miras la invitación, la tarjetita rectangular blanca que desgraciadamente no llevo, verás que pone mi nombre, porque soy quien presenta el libro. Si quieres me voy. Pero cuando me pregunten por qué no vine, diré que... ¿Cómo te llamas? Suerte que en ese momento acudió una azafata, con el pelo corto y rubio y un traje de chaqueta azul oscuro, que en cuanto vio, montado en aquella moto de época, con aquel mechón rebelde y aquellos ojazos verdes, a su autor favorito, por poco se cae redonda. –¡Deja, deja que entre! –exclamó con voz aguda–. ¿No ves quién es? ¡Fabrizio Ciba! –Y con las piernas tensas de emoción se dirigió al escritor–. ¡Cuánto lo siento! ¡Qué vergüenza! Desaparezco un momento y viene usted... Lo siento, lo siento... Estoy... Fabrizio esbozó una sonrisilla satisfecha. La azafata miró el reloj. –Es tardísimo. Estarán todos esperándolo. Vaya, vaya, por favor. –Y apartando al guarda jurado de un empujón, le dijo a Fabrizio–: ¿Me firmará el libro después? Ciba dejó la moto en el aparcamiento y se encaminó a la villa con el paso ligero del corredor de medio fondo. En eso surgió de entre los setos de laurel un fotógrafo, que, corriendo tras él por la alameda, empezó a gritar: –¡Fabrizio! ¡Fabrizio! ¿No te acuerdas de mí? Comimos una vez juntos en Milán, en un restaurante... La Compañía de los Navegantes... Yo te invité a mi casa de Pantelleria y me dijiste que a lo mejor vendrías... Arqueando la ceja, el escritor miró de arriba abajo a aquel hortera despeinado cubierto de cámaras de fotos. –Claro que me acuerdo. –No se acordaba en absoluto–. Pero es que llego tarde, perdona. Otro día. Me esperan... –Verás, Fabrizio –insistió el fotógrafo–, estaba lavándome los dientes y se me ha ocurrido una idea genial: fotografiarte en medio de un vertedero ilegal... En la puerta de la villa estaban su editor, Leopoldo Malagò, y la jefa de


relaciones públicas de Martinelli, Maria Letizia Calligari, que le hacían señas de apresurarse. El fotógrafo apenas podía correr con aquellos quince kilos de material colgado del cuello, pero no desistía. –Es muy original..., muy fuerte..., la basura, las ratas, las gaviotas... ¿Qué te parece? Para el suplemento de La Repubblica... –Otro día será, perdona. –Y se coló por entre los dos que esperaban. Rendido, el fotógrafo se inclinó oprimiéndose el bazo. –¿Puedo llamarte un día de éstos? El escritor no se molestó en contestarle. –Fabrizio, siempre igual... El indio llegó hace una hora. El pelma de Tremagli quería empezar sin ti. –Malagò lo empujaba al salón y Calligari, refunfuñando, le metía la camisa. –¡Vaya facha traes! Pareces un vagabundo. La sala está llena. Ha venido hasta el alcalde. ¡Súbete esa cremallera! Fabrizio Ciba tenía cuarenta y un años, pero para todo el mundo era un joven escritor. El epíteto, periódicamente repetido en todos los medios de comunicación, ejercía un influjo milagroso en su cuerpo: no aparentaba más de treinta y cinco años, se mantenía delgado y en forma sin ir al gimnasio, y aunque se emborrachaba todas las noches, seguía teniendo la tripa lisa como una tabla. Lo contrario le ocurría a su editor, Leopoldo Malagò, al que llamaban Leo. Tenía treinta y cinco años pero aparentaba, como poco, diez más. Había perdido el cabello a edad temprana, pero le había quedado una fina pelusa que parecía pegada al cráneo. La columna vertebral se le había torcido siguiendo las formas de una silla Philippe Starck en la que se pasaba sentado diez horas diarias. Las mejillas se le habían descolgado y le cubrían la papada cual piadoso telón. La barba que astutamente se había dejado crecer no era lo bastante espesa para ocultar aquella región montañosa. Tenía un tripón que parecía inflado con compresor. La editorial no escatimaba gastos cuando se trataba de la alimentación de sus editores. Disponían de una tarjeta de crédito especial con la que podían ponerse la botas en los mejores restaurantes, e invitar a escritores, poetas y periodistas a comidas de trabajo. Como resultado de esta política, los editores de Martinelli eran una pandilla de sibaritas obesos, por cuyas venas corrían tan campantes verdaderas constelaciones de moléculas de colesterol. Leo, pese a sus gafitas de concha y a la barba, que lo asemejaban a un judío neoyorquino, y pese a los tersos trajes color verde oliva que vestía, para sus conquistas amorosas debía confiar en su poder, su desenvoltura y su


perseverancia obtusa. Lo dicho no valía para las mujeres. Entraban en la editorial como secretarias sosas y con los años iban mejorando merced a las ingentes inversiones que hacían en sus personas. Llegaban a los cincuenta años, sobre todo si desempeñaban cargos representativos, convertidas en tías buenas frías y sin edad. Maria Letizia Calligari era un ejemplo perfecto. Nadie sabía su edad. Unos decían que tenía sesenta bien llevados; otros, que treinta y ocho mal llevados. Nunca llevaba documentos de identidad. Decían las malas lenguas que no conducía por no tener que llevar el carné en el bolso. Antes del Tratado de Schengen iba a la Feria de Frankfurt sola, para que nadie la viera enseñar el pasaporte. Pero una vez cometió un error: un día, en el Salón del Libro de Turín, se le escapó que había conocido a Cesare Pavese. –Y por favor te lo pido, Fabrizio, no empieces metiéndote con el pobre Tremagli –le rogó Maria Letizia. –Venga, ánimo. Demuéstrales quién eres. –Malagò empujó a Fabrizio hacia el salón de conferencias. Cuando salía a la palestra, Ciba tenía un truco: pensaba en Muhammad Ali, el gran boxeador que, camino del ring, se daba ánimos diciéndose: «¡A ése lo destrozo, lo tumbo antes de que se dé cuenta!» Fabrizio dio un par de saltitos, se desentumeció el cuello, se revolvió el pelo y, cargado de energía como una pila, irrumpió en la gran sala pintada al fresco. 3 El líder de las Bestias de Abadón se hallaba al volante de su Ford Mondeo camino de Capranica. Los centros comerciales de aquel tramo de carretera permanecían abiertos hasta tarde y siempre había retenciones de tráfico. A Saverio no solían molestarle los embotellamientos, eran los únicos momentos del día en que podía pensar tranquilamente en sus cosas. Pero ese día llevaba prisa. Serena lo esperaba para cenar, y además tenía que pasar por una farmacia y comprar antipiréticos para los gemelos. Pensaba en la reunión. Peor no podía haber ido y, como siempre, él mismo se complicaba la vida. ¿Por qué les habría dicho a las Bestias que si no les proponía algo en una semana disolvía la secta? No se le ocurría nada, y sabido es que planear una acción satánica lleva su tiempo. Últimamente había discurrido mucho en ello, pero en vano. El mes de rebajas en la tienda había sido un


calvario. De la mañana a la noche allí encerrado sin poder tomarse un respiro, porque entonces el viejo se le echaba a uno encima. En realidad sí se le había ocurrido algo: profanar el cementerio de Oriolo Romano. En teoría era una buena acción. Debidamente ejecutada, podía resultar de lo más impactante. Pero luego lo pensó mejor y decidió abandonarla. Para empezar, el tráfico ante el cementerio era incesante, por lo que tendrían que ir bien entrada la noche. Pero además la tapia medía más de tres metros de altura y estaba rematada por cascos de botella. A las puertas se reunían pandillas de adolescentes y a veces hasta acudía una furgoneta a vender bocadillos. Y el guarda, que era un ex carabinero medio loco, vivía dentro. Había que actuar en silencio, pero destapar lápidas, sacar ataúdes, remover y amontonar huesos, siempre causa algo de ruido. Saverio había pensado también crucificar cabeza abajo al ex carabinero en el mausoleo de los Mastrodomenico, la familia de su mujer. Demasiado lío. Sonó el móvil. En la pantalla apareció: SERENA. Saverio Moneta le había contado la mentira de siempre: que iba a jugar una partida de Dungeons & Dragons. Ya llevaba tiempo haciéndose pasar por un campeón de juegos de rol para ocultar sus actividades satánicas. El engaño no se sostendría mucho más tiempo. Serena era desconfiada, lo acosaba a preguntas, quería saber con quién jugaba, si había ganado... Para que se quedara tranquila, un día organizó en casa una partida simulada con las Bestias. Pero cuando vio a Zombi, Murder y Silvietta, su mujer, lejos de tranquilizarse, se volvió aún más recelosa. Dio un suspiro y contestó. –Amor, lo sé, llego tarde, pero enseguida estaré ahí. Hay un tráfico tremendo. Habrá habido un accidente. Serena le respondió con su delicadeza habitual: –¿Te has vuelto majara o qué? Saverio se hundió en el asiento del Mondeo. –¿Por qué? ¿Qué he hecho? –Hay aquí uno de DHL con un paquete enorme. Pide treinta y cinco euros. Dice que es para ti. ¿Qué, tengo que pagar? ¡Hala! Ha llegado la Durandarte. Había comprado en eBay una reproducción fiel de la espada de Roldán, el paladín de Carlomagno, espada que, según la leyenda, había pertenecido nada


menos que a Héctor de Troya. Pero el descerebrado de Mariano, el portero, tenía que haberla interceptado: Serena no debía enterarse. –Sí, sí, paga, ahora te devuelvo el dinero –dijo Saverio afectando tranquilidad. –¿Estás tonto o qué? ¡Treinta y cinco euros! ¿Qué has comprado? –Y dirigiéndose al repartidor–: Me dice por favor qué contiene la caja. Sintiendo el estómago arderle con una descarga de ácidos pépticos, el gran maestro de las Bestias de Abadón se preguntó por qué huevos habría elegido una vida tan perra. Él era un satánico, un ser atraído por lo ignoto, por el lado oscuro de las cosas. Pero en aquel momento lo único oscuro y desconocido que había en su vida era el porqué de haberse arrojado en brazos de aquella harpía. –Bueno, ¿qué hay en la caja? –oyó que le preguntaba de nuevo Serena al repartidor, y la voz lejana de éste que respondía: –Señora, es tarde. Lo pone en el albarán. Dándose de cabezazos contra el reposacabezas, murmuraba Saverio: –¡Menudo marrón, menudo marrón! –Aquí dice que viene de The Art of War de Caserta... ¿Una espada? Saverio alzó los ojos e hizo un esfuerzo por no gritar. –¿Para qué quieres una espada? Mantos sacudió la cabeza. Entonces atrajo su mirada un cartelón que había a la derecha: LA CASA DE LA PLATA. LISTAS DE BODAS. REGALOS DE PLATA ÚNICOS Y EXCLUSIVOS. –Es un regalo, Serena, una sorpresa, ¿entiendes? –contestó con voz más templada. –¿Un regalo para quién, loco? –¿Para quién va a ser? Adivina. –¡Y yo qué sé...! –¡Pues para tu padre! Hubo un instante de silencio. –¿Para mi padre? ¿Y para qué quiere él una espada? –Pues ¿para qué va a quererla? Para ponerla en la chimenea. –¿En la chimenea? ¿En la casa de la montaña, dices? ¿En el refugio de Roccaraso? –¡Pues claro! –Ah... –dijo Serena en tono repentinamente afable–. No me esperaba de ti el


detalle. Queridín, a veces me sorprendes. –Bueno, te dejo, que conduciendo no se puede hablar por teléfono. –Bien, pero no tardes. Saverio cortó la comunicación y arrojó el móvil a la bandeja del salpicadero. 4 El salón de actos de Villa Malaparte estaba repleto. Mucha gente había tenido que quedarse de pie en los pasillos laterales. En el suelo, ante la mesa de los conferenciantes, había universitarios sentados con las piernas cruzadas, y otros se habían acomodado en la repisa de las ventanas. Casi extrañaba que no hubiera nadie colgado de las lámparas de Murano. En cuanto el primer fotógrafo avistó al escritor, empezaron a dispararse flashes. Trescientas cabezas se volvieron y se hizo un silencio seguido de un murmullo creciente. Ciba avanzaba observado por trescientos pares de ojos. Se dio la vuelta un momento, bajó la cabeza, se tocó el lóbulo de la oreja y puso una mirada temerosa queriendo parecer torpe y azorado: como un marciano aparecido de pronto en la tierra. Enviaba un mensaje corporal claro: Soy el escritor más grande del mundo, pero también puedo llegar tarde, porque no dejo de ser una persona normal, como vosotros. Se presentaba exactamente como quería presentarse: un hombre joven y atormentado que vivía en las nubes, con chaqueta de paño con coderas y llena de arrugas, pantalones dos tallas más grandes (se los mandaba hacer en un kibutz del Mar Muerto), chaleco comprado en una tienda de beneficencia de Portobello, viejos zapatos Church’s que le regalaron cuando se licenció, nariz más bien pequeña y un rebelde mechón de pelo que le caía por los ojos verdes: toda una estrella, un actor inglés que tenía el don de escribir como Dios. Camino de la mesa, estudió la composición del auditorio. Estimó que un diez por ciento eran autoridades; un quince, periodistas y fotógrafos; un cuarenta o más, estudiantes, sobre todo chicas cargadas de hormonas, y un treinta y cinco, mujeres en edad menopáusica. Y luego calculó la proporción de ejemplares de su libro y del libro de hindú que aquella buena gente sostenía contra el pecho. Fácil. El suyo era de color azul claro y tenía el título en rojo vivo; el del hindú, blanco con las letras en negro. ¡Y más del ochenta por ciento eran azules! Logró abrirse


camino entre los últimos grupos de asistentes, que le estrechaban la mano y le daban palmadas como si fuera un triunfador. Llegó por fin a la mesa de conferencias. El escritor hindú estaba sentado en el centro; parecía una tortuga a la que hubieran quitado el caparazón y puesto una túnica blanca y un par de gafas de montura negra. Tenía una expresión plácida y dos ojillos acuosos y distantes. Una capa de cabellos negros peinados hacia atrás con brillantina lo ayudaba a no parecer una momia egipcia. Cuando vio a Fabrizio, Sawhney inclinó levemente la cabeza y juntó las manos a guisa de saludo. Pero lo que polarizó la atención de Ciba fue la criatura femenina que había sentada a su lado: de unos treinta años, sangre mestiza hindú y caucásica, podía ser una modelo, aunque las gafitas que llevaba calzadas sobre la naricilla le daban aspecto de maestra. Tenía el pelo largo mal recogido con un palillo chino, y unos mechones negros como el alquitrán le caían por el fino cuello. La boca, pequeña y de labios carnosos, perezosamente abiertos, resaltaba como una ciruela madura sobre la barbilla afilada. Vestía una blusa de lino blanca con el escote justo para dejar adivinar un pecho ni pequeño ni opulento. Talla mediana, calculó Fabrizio. Tenía los brazos color de bronce y las muñecas finas, cargadas de pesadas pulseras de cobre. Y llevaba las uñas pintadas de negro. Al tomar asiento, Fabrizio echó un vistazo bajo la mesa, para ver si también allí estaba bien: llevaba una falda oscura que dejaba a la vista unas piernas elegantes, tenía los pies pequeños, calzados con sandalias griegas, y las uñas pintadas también de negro, como las de las manos. ¿Quién era aquella diosa bajada del Olimpo? Tremagli, sentado a la izquierda, levantó la mirada de sus papeles con severidad. –Bueno, el señor Ciba se ha dignado llegar... –Y se miró el reloj de pulsera con gesto ostensible–. Si a usted le parece bien, creo que podemos empezar. –Me parece bien. A Fabrizio Ciba el nunca bien ponderado profesor Tremagli le tocaba bastante los huevos, hablando en plata. Aunque nunca lo había criticado en sus venenosas reseñas, tampoco lo había elogiado. Para el profesor Tremagli, su obra sencillamente no existía. Cuando hablaba del deplorable estado actual de la literatura italiana, empezaba encomiando a una serie de escritorcillos a los que sólo él conocía y que podían darse con un canto en los dientes si vendían mil quinientos ejemplares. Pero jamás una mención, un comentario sobre Fabrizio. Y


un día, a la pregunta directa de un periodista: «Profesor, ¿cómo explica el fenómeno Ciba?», contestó: «Suponiendo que se trate de un fenómeno, es un fenómeno pasajero, como esas borrascas que tanto temen los meteorólogos pero que pasan sin causar daños», añadiendo: «Pero debo decir que no lo he leído con atención.» Al leer aquello, Fabrizio, echando espumarajos por la boca, se abalanzó sobre el ordenador y empezó a escribir una réplica fogosa que mandaría publicar en la portada de La Repubblica. Pero cuando se le pasó la rabia borró el documento. La primera norma de todo escritor auténtico es que nunca, ni aun en el lecho de muerte, ni aun bajo tortura, debe responder a una crítica. Todo el mundo espera que caiga en la trampa de la réplica. No, hay que ser intangible como los gases nobles y distante como Alfa Centauro. Eso sí, tuvo impulsos de esperar al viejo en la puerta de su casa para arrebatarle el puto bastón que siempre llevaba y darle con él en la cocota como si fuera un tambor africano. ¡Qué gusto! Y de paso habría consolidado su fama de escritor maldito, que a los ataques literarios responde con las manos, como los hombres hechos y derechos, no como los puñeteros intelectuales, que publican repliquillas aceradas en la sección cultural de los periódicos. Lo malo es que aquél, con setenta años, lo mismo se le quedaba en el sitio. Tremagli, con una voz de hipnotizador, empezó a dar una lección de literatura hindú que se remontaba a los primeros textos sánscritos hallados en tumbas rupestres de Jaipur en 2000 a. C. Fabrizio calculó que tardaría como mínimo una hora en llegar al 2000 d. C. Las primeras que caerían anestesiadas serían las menopáusicas, seguidas de las autoridades y de todos los demás, incluidos él mismo y el escritor hindú. Ciba apoyó el codo en la mesa y la frente en la mano, con idea de hacer tres cosas: 1) averiguar quiénes eran las autoridades presentes; 2) averiguar quién era la diosa que tenía al lado; 3) reflexionar sobre lo que iba a decir. Lo primero lo hizo rápidamente. En la segunda fila estaba la editorial Martinelli al completo: Federico Gianni, administrador delegado; Achille Pennacchini, director general; Giacomo Modica, director de ventas, más una serie de redactores, entre ellos Leo Malagò, y todo el gineceo del departamento de prensa. Que hasta Gianni hubiera despegado el culo de la silla de su


despacho, significaba que apostaban fuerte por el libro del hindú y esperaban vender algún ejemplar. En primera fila reconoció además al concejal de cultura, a un realizador de televisión, a un par de actores, a varios periodistas y otras caras vistas muchas veces, aunque no sabía dónde ni cuándo. En la mesa se veían letreritos con el nombre de los participantes. La diosa se llamaba Alice Tyler, y le traducía al oído a Sarwar Sawhney el discurso de Tremagli. El anciano escritor, con los ojos cerrados, asentía moviendo la cabeza con la regularidad de un péndulo. Fabrizio abrió la novela del hindú y descubrió que la traducción era de Alice Tyler. O sea, que no era sólo una intérprete. Empezó seriamente a pensar que había encontrado a la mujer de su vida. Bella como Naomi Campbell e inteligente como Margherita Hack. De un tiempo a aquella parte venía considerando Fabrizio Ciba la posibilidad de empezar una relación estable con una mujer. Eso quizá lo ayudara a concentrarse en su nueva novela, que llevaba tres años atascada en el segundo capítulo. ¿Alice Tyler? ¿Alice Tyler? ¿Dónde había oído él aquel nombre? Por poco no se cayó de la silla. Era la misma Alice Tyler que había traducido a Roddy Elton, Irvin Parker, John Quinn y toda aquella ralea de escritores escoceses. ¡Los conocerá a todos! Habrá cenado con Parker, que se la habrá tirado en una casa de okupas londinense, sobre una moqueta cubierta de colillas, jeringas usadas y latas de cerveza vacías. Le entró una duda devoradora. ¿Habrá leído mis libros? Tenía que saberlo ya, inmediatamente, era una necesidad fisiológica. Si no ha leído mis libros ni me ha visto en la tele, a lo mejor se piensa que soy uno de esos escritorzuelos mediocres que van tirando a fuerza de presentaciones y eventos culturales. Eso su ego no podría soportarlo. Las relaciones de igual a igual, en las que él no era el protagonista, le producían efectos secundarios muy desagradables: sequedad de boca, mareos, vómitos, diarrea. Tendría que seducirla recurriendo solo a su atractivo, su ironía cortante y su chispeante ingenio, en vez de a sus obras. Y eso que no consideraba la posibilidad de que Alice Tyler lo hubiera leído y lo juzgara un mal escritor. Por último abordó el punto más peliagudo: ¿de qué hablaría cuando el pedante de Tremagli acabase su perorata? Un par de veces había intentado leer el tocho del hindú, pero a las diez páginas prefirió poner la tele y ver los campeonatos de atletismo. Voluntad no le había faltado, pero era un libro mortalmente aburrido.


Al final llamó a un amigo, fan suyo, un escritor de Catanzaro, una de aquellas personas serviles y sin talento que lo rondaban esperando nutrirse, como cucarachas, de las migas de su amistad. Aunque al menos aquél tenía cierto ojo crítico y algo parecido a capacidad creativa, y quizá en un futuro indefinido propusiera a la editorial que lo publicara. De momento le encargaba tareas secundarias, como escribirle artículos para revistas femeninas, traducirle textos del inglés, investigar en bibliotecas o, como en este caso, leerse librotes y hacerle reseñas que luego él, en un ratito, se aprendía. Del bolsillo de la chaqueta, procurando no llamar la atención, sacó las tres páginas que le escribió el amigo. En público, Fabrizio nunca leía. Prefería improvisar, dejarse llevar por la inspiración. Era famoso por este arte, por la mágica espontaneidad con la que obsequiaba al público. Su mente era un volcán siempre activo, que vomitaba monólogos que fascinaban a todos, desde el pescador de Mazara del Vallo al maestro de esquí de Cortina d’Ampezzo. Pero ese día lo esperaba una amarga sorpresa. Leyó las tres primeras líneas de la reseña y palideció: hablaba de una saga de músicos que, por un inescrutable destino, se veían obligados a tocar el sitar generación tras generación. Tomó el libro del hindú. El título decía: La conjura de las vírgenes. ¿Por qué entonces hablaba la reseña de Una vida en el mundo? Le entró una terrible sospecha. ¡Su amigo de Catanzaro se había equivocado! El capullo se había confundido de libro. Leyó desesperado la cubierta del libro. Aquello no trataba ni por asomo de tocadores de sitar, sino de una familia de mujeres de las islas Andamán. En ese momento concluyó Tremagli su monólogo. 5 Lo reventaba que la Durandarte, que le había costado trescientos cincuenta euros, acabara en la chimenea del suegro. Aquel espadón lo había comprado Saverio Moneta para cargarse al guardián del cementerio de Oriolo Romano, o en todo caso para usarla como arma sacrificial en los ritos de sangre de la secta. Los coches avanzaban al paso. Las bombillas de colores con las que habían cubierto una fila de palmeras medio heladas reverberaban sobre los maleteros de los Mercedes y los Jaguar aparcados en los concesionarios. Habrá habido un accidente de verdad.


Saverio puso la radio y buscó la emisora de tráfico. Una parte de su cerebro trabajaba sin cesar en la búsqueda de una acción que proponer a Murder y los demás. ¿Y si matáramos al padre Tonino, el cura de Capranica? Sonó de nuevo el móvil. ¿Otra vez, Serena? ¡Por favor! Pero en la pantalla decía: NÚMERO DESCONOCIDO. Debía de ser el viejo cabrón, que quería joderlo y escondía su identidad. Egisto Mastrodomenico, el padre de Serena, tenía setenta y siete años, pero manejaba los móviles y los ordenadores como un chico de dieciséis. En su despacho del último piso de la tienda de muebles Los Maestros de Hacha Tiroleses tenía una batería de ordenadores conectados a cámaras de vídeo que serían la envidia de un casino de Las Vegas. Los quince vendedores estaban así vigilados toda la jornada como si aquello fuera un reality show. Y él, que era el encargado del departamento de Muebles Tiroleses, tenía enfocándole cuatro objetivos. No, esta noche no quiero oírlo. Subió el volumen de la radio para ahogar el sonido del móvil. Mantos padecía de colitis espástica de puro odio a su suegro. El viejo Mastrodomenico no perdía ocasión de humillarlo, de hacer que se sintiera como un inútil, un aprovechado, al que seguía empleando en la tienda porque era el marido de su hija. Lo ponía en evidencia no sólo ante los colegas, sino incluso ante los clientes. Una vez, en las rebajas de primavera, lo llamó necio a gritos con el micrófono encendido. Lo único que lo consolaba era saber que el cabrón no tardaría en palmarla. Y entonces todo cambiaría. Serena era hija única y él pasaría a dirigir la tienda. Aunque, a decir verdad, últimamente casi se preguntaba si el viejo no sería inmortal. Le había pasado de todo. Le habían quitado el bazo, le habían extirpado un quiste del oído que por poco lo deja sordo, tenía cataratas en un ojo. A los setenta y cuatro años se estrelló con el Mercedes contra un tráiler en una gasolinera Agip a doscientos kilómetros por hora y estuvo tres semanas en coma, pero salió aún más pellejo que antes. Tenía cáncer de intestino, pero como era anciano, el tumor no se extendía. Y para colmo, en el bautizo de los gemelos, se había caído por las escaleras de la iglesia y se había roto la cadera, y ahora iba en silla de ruedas y le tocaba a Saverio llevarlo y traerlo del trabajo a casa todos los días. El móvil seguía sonando y vibrando en la bandeja del cambio de marchas. –¡Jódete! –le gruñó, pero el maldito sentimiento de culpa que todos llevamos grabado en los cromosomas lo obligó a contestar–. ¿Papá?


–Mantos. No era la voz del viejo, que además no podía conocer su sobrenombre satánico. –¿Quién es? –Kurtz Minetti. Era el sumo sacerdote de los Hijos del Apocalipsis. Saverio Moneta cerró y abrió los ojos, se aferró al volante con la mano izquierda y con la derecha apretó fuertemente el móvil que, cual pastilla de jabón mojada, se le escurrió y le cayó entre las piernas. Para cogerlo levantó el pie del embrague, y el motor pistoneó y se caló. Los de detrás empezaron a pitarle. –Un momento... –le gritó a Kurtz–, estoy conduciendo. Un momento que paro. Uno que iba en una moto de tres ruedas dio unos golpes en la ventanilla y lo increpó: –¡A ver qué haces, capullo! Por fin cogió Saverio el móvil, arrancó el coche y se hizo a un lado. ¿Qué querría Kurtz Minetti? 6 En cuanto Tremagli dio fin a su discurso, el público, que había estado como encogido en sus asientos, empezó a levantarse, estirar las dormidas piernas y felicitarse con palmadas por haber superado tan difícil prueba. Por un instante tuvo Fabrizio Ciba la esperanza de que el profesor hubiera agotado el tiempo disponible y el encuentro acabase allí. Tremagli miró a Sawhney esperando que comentara algo, pero el hindú sonrió y saludó de nuevo inclinando la cabeza. La patata caliente pasó así a Fabrizio. –Creo que es su turno. –Gracias. –El joven escritor se frotó el cuello–. Hablaré poco. –Y dirigiéndose al público–: Les veo algo cansados y sé que allí nos espera un excelente bufé. – Al instante se arrepintió de haber pronunciado estas palabras, que constituían una ofensa pública a Tremagli. Pero vio que los ojos de los presentes brillaban con aprobación. Buscó algo ocurrente e ingenioso con lo que empezar. –Ejem... –Se aclaró la garganta, dio un golpecito en el micrófono, se sirvió un vaso de agua, dio un sorbo. Nada. Su mente estaba en blanco, era un cofre vacío,


un firmamento sin estrellas, un frasco de caviar sin caviar. Aquella gente había venido de todas partes de la ciudad, tomándose media jornada libre, desafiando el tráfico, no encontrando donde aparcar, para verlo a él, y él no tenía nada que decirles. Miró al público: estaba pendiente de sus labios y se preguntaba por qué no empezaba. La guerra del fuego. El recuerdo fugaz de una vieja película francesa vista no sabía cuándo le acudió a la mente como una inspiración divina y estimuló la corteza cerebral, la cual liberó miríadas de neurotransmisores que hirieron los receptores correspondientes, que a su vez activaron las células del sistema nervioso central. –Perdonen. Estaba pensando en una imagen fascinante. –Se echó el pelo hacia atrás, reguló la altura del micrófono–. Amanece. Es un amanecer turbio de hace ochocientos mil años. Hace frío, no sopla viento. Un desfiladero. Matorrales, pedruscos, arena. Un río. En medio del río, tres seres peludos, de metro y medio de estatura, vestidos con pieles de gacela. La corriente fluye con ímpetu, no es un simple riachuelo, es un río caudaloso, como esos que, muchos siglos después, surcarán familias americanas con chalecos salvavidas a bordo de botes de colores. –Fabrizio hizo una pausa técnica–. El agua es gris y está helada. No les llega más que a las rodillas, pero la corriente es muy fuerte. Nuestros tres personajes están cruzando el río y avanzan con mucho cuidado. Uno de ellos, el más corpulento, con unas trenzas llenas de fango que lo asemejan un poco a un rasta jamaicano, lleva una especie de cesto hecho con ramitas entrelazadas, dentro del cual titila una llamita, una minúscula llamita agitada por el viento, que puede apagarse en cualquier momento y que avivan sin cesar con las ramas y cactus secos que portan los otros dos. Por la noche, cuando duermen acurrucados en cuevas húmedas, se turnan para mantenerla viva. Duermen con un ojo abierto para que el fuego no se les apague. Para conseguir la leña se enfrentan a fieras, a fieras enormes y espantosas, tigres dientes de sable, peludos mamuts, monstruosos armadillos de rabo puntiagudo. Nuestros menudos antepasados no ocupan los puestos cimeros de la cadena alimentaria, no la miran desde arriba. Por encima de ellos hay seres con muy malas pulgas, que tienen dientes afilados como cuchillas y venenos capaces de fulminar a un rinoceronte en treinta segundos, seres llenos de púas y aguijones, plantas cuajadas de espinas y tóxicas, minúsculos reptiles que escupen líquidos parecidos a Cif Amoniacal... –Ciba se llevó la mano a la mandíbula y echó un inspirado vistazo a la bóveda pintada al fresco. El público no estaba ya en la sala, estaba en la prehistoria, esperando a que


prosiguiera. Fabrizio no sabía por qué los había llevado allí ni qué quería decir. Pero no importaba, debía continuar. –Nuestros tres hombres avanzan por el río. El portador del fuego, el más robusto, va el primero. Con brazos de hierro sostiene el frágil fuego. Los músculos claman de dolor pero él sigue avanzando. Una cosa no puede hacer: caer. Si cae, se extinguirá la llama que los calienta en las frías noches sin fin, con la que asan las coriáceas carnes de los facóqueros, con la que mantienen alejadas a fieras y alimañas. –Miró de reojo al hindú. ¿Lo escuchaba? Eso parecía. Alice le traducía y él sonreía con la cabeza algo levantada, como hacen a veces los ciegos–. ¿Qué es lo que pasa?, estaréis preguntándoos. ¿Por qué no encienden fuego ellos mismos? ¿Os acordáis de los libros de historia de la escuela? ¿De esas ilustraciones en las que se veía al famoso hombre primitivo con barba y taparrabos frotando dos piedras junto a un fuego que parecía hecho por un experto excursionista? ¿Dónde estarán esas malditas piedras de chispa? ¿Habéis encontrado alguna vez una en algún paseo por el monte? Yo no. Vamos de excursión y nos entran ganas de fumar, estamos echando los bofes pero nos apetece un marlborito... Y resulta que no llevamos mechero. ¿Qué hacemos? Muy sencillo: cogemos dos piedras del suelo y, chischás, hacemos saltar una chispa. ¡Pues no, amigos, no funciona así! Y nuestros antepasados tienen la mala suerte de haber nacido sólo cien años antes del genio, genio sin nombre, genio al que nadie ha pensado en erigir un monumento, genio de la talla de Leonardo da Vinci y de Einstein, que descubrió que hay piedras con mucho azufre que producen chispas al ser frotadas. Para obtener fuego, nuestras tres criaturas han de esperar a que un rayo caiga del cielo y queme un bosque, fenómeno más bien infrecuente. «Hijo, quiero asar este brontosaurio pero no tengo fuego, vete a buscar un incendio», le dice la mamá homínida al hijo. El hijo parte y no vuelve hasta tres años después. –Risas, breves aplausos–. Ahora entenderéis por qué nuestros tres hombres han de mantener vivo ese fuego. Es el famoso fuego sagrado... –Ciba tomó aliento y esbozó una amplia sonrisa–. No sé por qué estoy contándoos todo esto... –Más risas–. Bueno, sí lo sé... Y creo que también vosotros lo sabéis. Sarwar Sawhney, este escritor excepcional, es uno de esos seres que han asumido la difícil, tremenda responsabilidad de mantener vivo ese fuego para entregárnoslo cuando se hace de noche y el frío penetra en nuestra alma. La cultura no es un fuego que pueda volver a encenderse con una cerilla. Es un fuego que hay que conservar y alimentar sin cesar. Y todos los escritores, y yo me incluyo, tenemos el deber de no descuidar nunca ese fuego. –Ciba se


puso en pie–. Me gustaría que nos levantásemos todos. Os lo pido por favor. Poneos de pie un momento. Tenemos aquí a un gran escritor al que hay que tributar los honores que merece. Con gran estrépito de sillas, todo el mundo se puso en pie y empezó a aplaudir estruendosamente al anciano escritor, que movía la cabeza con cierto embarazo. –¡Bravo! ¡Viva! ¡Bravo! ¡Gracias por existir! –exclamaban quienes probablemente oían el nombre de Sawhney por primera vez y desde luego no comprarían el libro. También Tremagli, de mala gana, tuvo que levantarse y aplaudir. Una chica de la segunda fila sacó un mechero y lo encendió. Al punto todos la imitaron. La sala se pobló de cientos de llamitas. Apagaron las grandes lámparas y el recinto quedó lúgubremente iluminado por los mecheros. Aquello parecía un concierto de Baglioni. –¿Por qué no? –También Ciba sacó y encendió su mechero, y vio que el administrador delegado de la editorial, el director general y los demás hacían lo mismo. Y se sintió satisfecho. 7 –Mantos, quiero proponerte una cosa. Te espero mañana en Pavía para comer. Te he reservado un pasaje a Milán. Saverio Moneta estaba aparcado en el arcén de la carretera provincial de Capranica sin acabar de creerse que hablaba con el mismísimo Kurtz Minetti, el sumo sacerdote de los Hijos del Apocalipsis que había decapitado a una monja con un hacha de doble filo. Se pasó la mano por la frente ardiendo. –¿Mañana? –Sí. Irá a recogerte al aeropuerto uno de mis seguidores. –Kurtz tenía una voz neutra y tranquilizadora. –¿Qué día es mañana? –Sábado. –Sábado... Déjame pensar. –Imposible: al día siguiente empezaba la semana del dormitorio infantil y si pedía otro día libre, el viejo era capaz de rociarlo con queroseno en el mismo aparcamiento de la tienda y prenderle fuego. Se armó de valor y contestó: –No, mañana no puedo, lo siento. –Seguro que soy el primero que rechaza una


invitación del mayor exponente del satanismo italiano. ¿A que me cuelga el teléfono? Pero Kurtz le preguntó: –¿Y cuándo puedes? –Pues la verdad, estos días estoy bastante ocupado... –Ya. –Más que molesto, Kurtz parecía desconcertado. –¿Y no podríamos hablar por teléfono? –propuso Mantos–. Me pillas bastante liado. Kurtz resopló por la nariz. –Por teléfono no me gusta hablar, no es seguro. Pero te daré una pista. Como sabes, los Hijos del Apocalipsis somos la primera secta satánica de Italia y la tercera de Europa. Nuestra página web registra cincuenta mil visitas al día y tenemos un calendario lleno de actos. Organizamos orgías, raids, misas negras y excursiones a lugares satánicos, como el pinar de Castel Fusano y las grutas de Al Amsdin de Jordania. Además, tenemos un cineclub en el que proyectamos las mejores películas de cine diabólico. Y estamos preparando una revista semestral ilustrada que se llamará Familia Satánica. Tenemos adeptos por todo el país. – La voz le había cambiado, sonaba más seductora. Seguramente había repetido lo mismo varias veces–. Pues bien, aunque nuestra sede histórica está en Pavía, dadas las circunstancias, hemos decidido expandirnos. Y por eso he pensado en ti, Mantos. Saverio se desabotonó el cuello de la camisa. –¿En mí? ¿Por qué en mí? –En ti, sí. Sé que estás teniendo problemas con tus Bestias de Abadón. Les pasa a todas las sectas pequeñas. El de la Hoz me ha dicho que has perdido varios adeptos y no habéis quedado más que tres. –Cuatro; contándome a mí, cuatro. –Y tampoco habéis realizado nada importante, aunque me entero por el foro de que habéis hecho unas pintadas demoníacas en el viaducto de Anguillara Sabazia. –¿Ah, las habéis visto? –preguntó Saverio con cierto orgullo. –Hoy por hoy, la situación de tu secta es abiertamente desastrosa. Y, como bien sabes, con la crisis actual, tenéis muy pocas posibilidades de sobrevivir un año más. Perdona que te sea franco, pero sois una realidad insignificante en el duro panorama del satanismo italiano. Saverio se soltó el cinturón de seguridad. –En eso estamos. Tenemos previsto captar nuevos adeptos y realizar una serie


de acciones que nos darán a conocer en el ambiente satánico. Somos pocos, pero bien avenidos. Pero Kurtz iba a lo suyo. –Te propongo que disuelvas las Bestias y entres en los Hijos del Apocalipsis. Quiero que seas nuestro delegado en el centro de Italia. –¿Vuestro delegado? –Sí, el director de la sucursal de los Hijos del Apocalipsis en el centro de Italia y en Cerdeña. –¿Yo? –dijo Saverio con el pecho henchido de orgullo–. ¿Por qué yo? –El de la Hoz me ha hablado bien de ti. Dice que tienes carisma y ganas de hacer cosas y que eres un ferviente devoto de Satanás. Y, como sabes, el líder de una secta satánica debe amar a las fuerzas del Mal más que a sí mismo. –¿De veras te ha dicho eso? –Eso sí que no se lo esperaba. Estaba convencido de que Paolo lo odiaba–. Muy bien, acepto. –Estupendo. Para celebrarlo montaremos una orgía en Terracina, tenemos allí varias novias del Agro Pontino... Mantos se apoyó en el reposacabezas. –Murder, Zombi y Silvietta se alegrarán mucho. –Un momento, la oferta vale para ti. Tus adeptos tendrán que descargarse de nuestra página el formulario de inscripción, rellenarlo y enviárnoslo. Ya decidiremos nosotros si los admitimos. –Entiendo. Kurtz hablaba de nuevo con voz átona. –Como sabes, el favoritismo es la muerte de una secta. –Cierto. –Tendrás que venir a Pavía y recibir un breve curso sobre las nociones básicas de nuestra liturgia. Saverio miró por la ventanilla. El tráfico seguía atascado. Más allá de la carretera, por un terraplén lleno de carteles publicitarios, pasó a toda velocidad el tren regional de Roma; parecía una serpiente luminosa. A las puertas de un supermercado se agolpaba gente con carritos. La luna, sobre los tejados, parecía un pomelo maduro, y la estrella del Norte, que guía a los marineros..., ¿era aquélla la estrella del Norte? No me encuentro muy bien. Eran los pappardelle con liebre, le habían sentado mal. Sentía una opresión fastidiosa en el estómago. Abrió la boca como para bostezar, pero emitió una especie de regüeldo que se tapó con la mano.


–Al principio –seguía explicando Kurtz– podrías compartir responsabilidad con el de la Hoz... ¡Qué calor hace aquí! Estaba perdiendo el hilo. Abrió la ventanilla. –... De eso no sabes mucho, pero yo te lo enseño, no te preocupes... Entró en el habitáculo una ráfaga de aire con olor a patatas fritas y a kebab que venía de un puesto que había delante del centro comercial. Olía a rancio y le provocó náuseas. Enarcó la espalda y reprimió un eructo. –... Organizaremos una serie de misas satánicas en Castelli Romani, que tú controlarás directamente, claro, y luego haría falta... Procuró concentrarse en lo que Kurtz le decía, pero tenía la sensación de haberse tragado un kilo de tripa en mal estado. Se desabrochó los pantalones y notó cómo se le dilataba la tripa. –... Enotrebor, nuestro delegado en el sur de Italia, está haciendo cosas notables en Basilicata y Molise... Un Alka-Seltzer, una Coca-Cola... –¿Mantos? ¿Estás ahí, Mantos? –¿Eh? –¿Me oyes? –Sí... Claro... –Bien, ¿te parece que nos reunamos la semana que viene y tracemos un plan de trabajo? Saverio Moneta quería responder que sí, que era un honor y una alegría ser el representante de la secta en el centro de Italia y en Cerdeña, pero... Pero no estaba convencido. Recordó el día que su padre le regaló una Malaguti 50. Era cuando estudiaba en el instituto. Todos los cursos pedía una moto, y su padre le prometió que si aprobaba la selectividad le regalaba una. Saverio se empleó a fondo y aprobó. Al volver del trabajo, su padre le mostró su vieja y apestosa Malaguti y le dijo: «Ahí tienes la moto. Es tuya. Una promesa es una promesa.» Saverio quería una moto nueva. –¿Cómo? ¿La tuya? –Para una nueva no hay dinero. ¿No te gusta ésta? ¿Qué le pasa? –Nada, pero... ¿cómo irás tú a la fábrica? Su padre se encogió de hombros. –Con el transporte público, no importa. –Pero tendrás que levantarte una hora antes. –Una promesa es una promesa. Pero a su madre no le gustó nada.


–¿Tendrás valor para dejar que tu padre vaya a pie? Saverio estuvo varios meses cogiendo la moto, pero cada vez que montaba en ella se imaginaba a su padre saliendo de casa a las cinco de la mañana todo embozado en el abrigo y le entraba una angustia terrible. Al final la dejó en el patio y se la robaron, y acabaron a pie él y su padre. Aunque no sabía por qué, pensó que algo bueno sí había hecho con las Bestias. Y además se lo debía a aquella panda de desgraciados que lo seguía. No podía abandonarlos. Kurtz quería engañarlo, como lo había engañado su padre con la moto, y el viejo con el puesto de responsabilidad que le prometió en la empresa, y Serena con lo de que sería su geisha y que tener dos gemelos es como tener uno solo. Por eso se había hecho satánico, porque todos le mentían. ¿Qué clase de regalo es el que obliga a nuestro padre a ir en autobús? Saverio Moneta odiaba a todo el mundo, odiaba a la humanidad que engañaba y atropellaba al prójimo. En el odio se había criado, recreado, protegido. El odio le había dado fuerzas para resistir, hasta convertirse en su religión, cuyo dios era Satanás. Y Kurtz era como todos los demás. ¿Cómo coño se permite decir que las Bestias de Abadón son una realidad insignificante? –No –dijo. –No ¿qué? –Que no me interesa. Gracias, pero seguiré con las Bestias de Abadón. Kurtz se mostró sorprendido. –¿Estás seguro? Piénsatelo bien. No volveré a proponértelo. –Me da igual. Puede que las Bestias de Abadón sean una realidad insignificante, como dices, pero también un tumor es sólo una célula, que luego se reproduce y nos mata. Las Bestias serán una realidad que nadie podrá pasar por alto, espera y verás. Kurtz rompió a reír. –Me das pena. Estáis acabados. Saverio se puso el cinturón de seguridad. –Es posible, pero, como sabes, todo puede cambiar. Y mucho. Además, antes que tu representante, prefiero ser cura. –Y cortó la comunicación. Las últimas luces del ocaso se habían extinguido y las tinieblas reinaban sobre la tierra. El líder de las Bestias de Abadón puso el intermitente y arrancó haciendo chirriar las ruedas.


Título de la edición original: Che la festa cominci

Edición en formato digital: marzo de 2011

© de la traducción, Juan Manuel Salmerón, 2011 © Niccolò Ammaniti, 2011 © EDITORIAL ANAGRAMA, S.A., 2011 Pedró de la Creu, 58 08034 Barcelona ISBN: 978-84-339-33065 Conversión a formato digital: Newcomlab, S.L. anagrama@anagrama-ed.es www.anagrama-ed.es


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