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Título de la edición original: Funny Girl

Edición en formato digital: abril de 2016

© de la traducción, Jesús Zulaika, 2016 © Nick Hornby, 2014 © EDITORIAL ANAGRAMA, S.A., 2016 Pedró de la Creu, 58 08034 Barcelona ISBN: 978-84-339-3713-1 Conversión a formato digital: Newcomlab, S.L. anagrama@anagrama-ed.es www.anagrama-ed.es


Para Amanda, con amor y gratitud, como siempre. Y para Roger Gillett y Georgia Garrett.


La audiciรณn


1

Concurso de belleza Miss Blackpool © Homer Sakes/Getty

Ella no quería ser reina de la belleza, pero quiso la suerte que ahora estuviera a punto de convertirse en una. Hubo unos minutos ociosos entre el desfile y el anuncio del resultado, así que los amigos y familiares se congregaron alrededor de las chicas para darles la enhorabuena y cruzar los dedos. Los pequeños grupos que se habían formado le recordaban a Barbara unas ruedas de regaliz: una chica en traje de baño almibarado –de un rosa o un azul brillante– en el centro; un remolino de gabardinas negras o marrón oscuro rodeándola. Era un día frío y húmedo de julio en South Shore Baths, y las concursantes tenían las piernas y los brazos llenos de manchas y bultitos. Parecían pavos colgando del escaparate de una carnicería. Sólo en Blackpool, pensó Barbara, se puede ganar un concurso de belleza con ese aspecto. Barbara no había invitado a ningún amigo, y su padre se negaba a acercarse para hacerle compañía, así que estaba completamente sola. Su padre estaba sentado en una tumbona, haciendo que leía el Daily Express. Juntos habrían formado una rueda de regaliz de mal gusto, comida a medias, pero aun así habría


apreciado que se hubiera acercado a estar con ella. Al final fue ella la que se acercó a él. Dejar a las demás chicas le hizo sentirse medio desnuda y torpe, en lugar de desenvuelta y glamourosa, y tuvo que pasar por delante de un montón de espectadores que le silbaban. Cuando llegó a donde su padre, en la parte menos honda de la piscina, seguramente estaba mucho más furiosa de lo que habría querido estar. –¿Qué estás haciendo, papá? –le siseó. La gente sentada cerca de él, aburrida, en su mayoría gente entrada en años de vacaciones, de pronto se puso rígida y llena de excitación. ¡Una de las chicas! ¡Justo enfrente de ellos! ¡Regañando a su padre! –Oh, hola, cariño. –¿Por qué no quieres venir a estar conmigo? Su padre se quedó mirándola fijamente como si le hubiera preguntado el nombre del alcalde de Tombuctú. –¿No has visto lo que hacían todos los demás? –Sí. Pero no creo que eso esté bien. A mí no me lo parece. –¿Qué es lo que te hace tan diferente? –Un hombre soltero, volviéndose... loco en medio de un montón de chicas guapas con muy poca ropa encima. Me quedaría agarrotado. George Parker tenía cuarenta y siete años; y era gordo y estaba avejentado antes de tener el menor derecho a estarlo. Llevaba sin pareja más de diez años, desde que la madre de Barbara le dejó por su jefe de la delegación de Hacienda, y Barbara se dio cuenta de que si se acercaba demasiado a las otras chicas se iba a alterar en grado sumo. –Bueno, ¿y por qué vas a tener que volverte loco? –le preguntó–. ¿No podrías estar allí sin más, hablando con tu hija? –Vas a ganar, ¿verdad? –dijo él. Barbara intentó no sonrojarse, pero fracasó. La gente de vacaciones que podían oírles habían dejado de fingir que hacían punto o leían el periódico. Lo que hacían ahora era mirarla con la boca abierta. –Oh, no lo sé. No lo creo –dijo. Lo cierto es que sí lo sabía. El alcalde se había acercado a ella y le había susurrado: «Bien hecho» al oído, y le había dado unas discretas palmaditas en el culo. –Déjate de tonterías. Eres millones de veces más guapa que las otras. Toneladas. Por alguna razón, y aunque aquél era un concurso de belleza, la belleza


superior de su hija parecía irritarle. Nunca le había gustado que se exhibiese demasiado, ni siquiera cuando hacía reír a amigos y familiares representando una parodia rutinaria en la que se mostraba corta de luces o aturdida o torpe. Seguía siendo exhibirse. Hoy, sin embargo, en que la exhibición lo era todo, la única meta, Barbara imaginó que su padre la perdonaría, pero qué va. Si tienes que participar por fuerza en un concurso de belleza, parecía querer decir, al menos podías tener el detalle de parecer más fea que las demás. Barbara hizo como que lo que había oído era una muestra de orgullo paterno, para no confundir a quienes estaban escuchándoles. –Es una maravilla, un papá ciego –dijo para los alelados oyentes–. Toda chica debería tener un papá ciego. No es que fuera lo mejor que podía decirse, pero lo dijo con una cara completamente seria, y obtuvo una risotada mayor de lo que merecía. A veces lo que funcionaba era la sorpresa, y a veces la gente se reía porque era lo que estaba deseando hacer. Ella pensaba que entendía las dos cosas, pero era un concepto quizá algo confuso para la gente que no se tomaba la risa en serio. –No soy ciego –dijo George tajantemente–. Mira. Se dio la vuelta y abrió mucho los ojos en dirección a quienquiera que pudiera interesarle. –Papá, tienes que dejar de hacer eso –dijo Barbara–. Asusta a la gente, un ciego mirando fijamente con los ojos saltones. –Usted... –Su padre apuntó de forma poco cortés a una señora que llevaba un impermeable verde–. Usted lleva puesto un impermeable verde. Una mujer entrada en años que estaba en la tumbona de al lado se puso a aplaudir, sin saber muy bien si George acababa de curarse de una vida de aflicción en aquel mismo momento, o si estaba ejecutando algún brillante truco de magia. –¿Cómo iba a saberlo si fuera ciego? Barbara veía que su padre empezaba a divertirse. Muy de cuando en cuando era posible convencerle de que hiciera el papel del tipo serio en una pareja de cómicos, y podría haber seguido describiendo lo que veía indefinidamente si el alcalde no se hubiera acercado hasta el micrófono y se hubiera aclarado la garganta. Fue la tía Marie, la hermana de su padre, quien le sugirió que se presentara al concurso de Miss Blackpool. Marie fue a casa un sábado por la tarde a tomar el té, porque coincidió que estaba de paso, y, como si tal cosa, introdujo en la


conversación el asunto del concurso; luego, de pronto, se le ocurrió preguntar a su sobrina por qué no lo había intentado nunca, mientras su padre seguía allí sentado asintiendo con la cabeza y fingiendo pasmarse ante la brillantez de la idea. Barbara se quedó perpleja unos instantes, antes de caer en la cuenta de que los dos estaban confabulados y habían urdido un plan. El plan, hasta donde ella alcanzaba a adivinar, era el siguiente: Barbara participaba en el concurso, lo ganaba y se olvidaba de su proyecto de mudarse a Londres. Porque ya no tendría necesidad de hacerlo. Sería famosa en su ciudad natal, ¿y quién podía pedir más? Luego podría intentar competir para Miss Reino Unido, y si no le salía bien podría conformarse con pensar en casarse, lo cual, de algún modo, sería otra coronación. (Y eso también formaba parte del plan del concurso de belleza, estaba segura. Marie se mostraba desdeñosa con Aidan; pensaba que Barbara podía aspirar a más, a alguien más rico, en cualquier caso, y a las reinas de la belleza se les presentaban muchas posibilidades de elección. Dotty Harrison se había casado con un hombre que tenía siete tiendas de alfombras, y sólo había quedado tercera.) Barbara sabía que no quería ser reina por un día, ni incluso durante un año. No quería ser reina de nada en absoluto. Lo que quería era trabajar en la televisión y hacer reír a la gente. Las reinas no eran nunca divertidas; no las de Blackpool, en todo caso, ni las del Palacio de Buckingham. Se había avenido al plan de su tía, sin embargo, porque Dorothy Lamour había sido Miss Nueva Orleans y Sofia Loren finalista en el concurso de Miss Italia. (Barbara siempre había querido ver la foto de la chica que había derrotado a la Loren.) Y había aceptado la idea porque estaba ansiosa por seguir con su vida, y necesitaba que sucediera algo, cualquier cosa. Sabía que a su padre iba a romperle el corazón, pero antes quería demostrarle que al menos había intentado ser feliz en el lugar donde había vivido toda su vida. Había hecho lo que había podido. Se había presentado a pruebas para el cuadro dramático del colegio, y había conseguido pequeños papeles, mientras se veía obligada a observar entre bambalinas cómo otras compañeras sin talento –las preferidas de los profesores– olvidaban el texto o convertían el que recordaban en frases absurdas. También participó en el coro en los Winter Gardens, y fue a hablar con un hombre de la sociedad de teatro de aficionados local, que le dijo que su próximo montaje iba a ser El jardín de los cerezos, lo cual, añadió, «probablemente no era lo que ella andaba buscando». Le preguntó si le gustaría empezar vendiendo entradas y haciendo carteles. Pero no era eso lo que quería. Lo que quería era que le dieran un guión divertido para poder hacerlo aún más divertido.


Deseaba ser feliz, y de qué manera lo deseaba; y deseaba no ser diferente. Sus amigas del colegio y sus compañeras del departamento de Cosméticos de R.H.O. Hills no parecían querer arañar, excavar, culebrear y abrirse camino como fuera para salir de la ciudad, como ella quería, y a veces anhelaba ser como ellas. ¿Y no había algo de infantil en el deseo de querer salir en televisión? ¿Lo que hacía no era gritar «¡Miradme! ¡Miradme!», como una niña de dos años? Muy bien, sí, algunas personas, hombres de todas las edades, la miraban, pero no de la forma en que a ella le gustaría que la miraran. Miraban su pelo rubio y su busto y sus piernas, pero nunca veían en ella nada más. Así que se inscribiría en aquel concurso de belleza, y lo ganaría, y temía la expresión en la mirada de su padre cuando viera que aquel triunfo no iba a cambiar nada las cosas. El alcalde no fue derecho al grano, porque no era de esa clase de hombres. Dio las gracias a todos los asistentes, e hizo un chiste tonto sobre el hecho de que Preston hubiera perdido el Final de Copa, y una broma cruel sobre el hecho de que su mujer no se hubiera presentado ese año por culpa de los juanetes. Dijo que aquel ramillete de beldades que tenía ante él –sí era de esa clase de hombres que empleaban la expresión «ramillete de beldades»– hacía que se sintiera aún más orgulloso de su ciudad de lo que ya lo estaba. Todo el mundo sabía que la mayoría de las chicas eran visitantes de Leeds y Manchester y Oldham, pero cosechó una salva entusiasta de aplausos de todas formas. Luego siguió y se extendió tanto que Barbara se puso a calcular el número de personas presentes contando las cabezas de una fila de tumbonas y multiplicándolas por el número de filas, pero no consiguió terminar la cuenta porque se perdió en la cara de una anciana con un sombrero para la lluvia y sin dientes que no hacía más que mordisquear sin descanso un trozo de sándwich. Era otra de las ambiciones que Barbara quería añadir al montón de ellas ya tambaleante: quería conservar la dentadura, a diferencia de casi todos sus parientes de más de cincuenta años. Despertó justo a tiempo para oír su nombre y ver que las demás chicas fingían sonreírle. No sintió nada. O, más bien, sintió la falta de sensaciones, y luego se sintió un poco mareada. Habría sido bonito pensar que estaba equivocada, que aquél era un sueño hecho realidad y que podría vivir dentro de él durante el resto de su vida. No se atrevía a detenerse demasiado en su aturdimiento por si llegaba a la conclusión de que era una bruja dura y odiosa. Sonrió cuanto pudo cuando la mujer del alcalde se acercó a ponerle la banda de ganadora, e incluso se las arregló para sonreír de nuevo cuando el alcalde la besó en los labios. Pero


cuando su padre fue hasta ella y la abrazó, Barbara estalló en sollozos; era su modo de decirle que era como si ya se hubiera ido, que ganar el título de Miss Blackpool era algo que la aliviaba aún menos que rascarse el picor que la mortificaba como una varicela. Nunca había llorado en traje de baño; bueno, al menos no desde que era adulta. Los trajes de baño no eran para llorar cuando se llevaban puestos, con lo del sol y la arena y el vocerío y los chicos con los ojos desorbitados y al acecho. La sensación de las lágrimas heladas por el viento que se le deslizaban por el cuello y se le metían por el hueco del escote era muy extraña. La mujer del alcalde la rodeó con sus brazos. –Estoy bien –dijo Barbara–. De verdad. Sólo estoy un poco tonta. –Lo creas o no, sé cómo te sientes –le dijo la mujer del alcalde–. Así es como nos conocimos. Antes de la guerra. Él entonces sólo era concejal. –¿Fue usted Miss Blackpool? –dijo Barbara. Intentó decirlo de forma que no sugiriese asombro alguno, pero no estaba segura de haberlo conseguido. El alcalde y su mujer eran los dos muy grandes, pero el tamaño de él parecía en cierto modo intencionado, como una muestra de su importancia, mientras que el de ella parecía un tremendo error. Tal vez era que a él no le importaba y a ella sí. –Lo creas o no. Las dos mujeres se miraron. Estas cosas suceden. No había necesidad de añadir más; pero el alcalde se acercó a ellas y dijo algo más, de todas formas. –Nadie lo diría, a juzgar por su aspecto –dijo el alcalde, que no era hombre de dejar sin decir las cosas implícitas. La mujer puso los ojos en blanco en dirección a él. –Ya he dicho «lo creas o no» dos veces. He reconocido que ya no soy Miss Blackpool. Pero tú tienes que venir a fastidiar de todas formas. –Yo no te he oído decir «lo creas o no». –Pues lo he dicho. Dos veces, ¿verdad, cielo? Barbara asintió con la cabeza. Lo cierto es que no quería que la enredaran en sus cosas, pero pensó que así al menos echaba una mano a la pobre mujer. –Críos y bollos de crema. Críos y bollos de crema –dijo el alcalde. –Bueno, tú no eres ningún Adonis –dijo su mujer. –No, pero tú no te casaste conmigo porque fuera un Adonis. La mujer pensó en ello unos instantes y pareció admitir en silencio el comentario. –Mientras que en tu caso lo era todo –dijo el alcalde–. Que eras muy guapa.


Bien –siguió, dirigiéndose a Barbara–, sabes que éste es el balneario al aire libre más grande del mundo, ¿no? Y que éste es uno de los días más grandes de esta ciudad, por lo que tienes todo el derecho del mundo a sentirte abrumada. Barbara asintió con la cabeza y soltó un resoplido y sonrió. No habría sabido cómo empezar a explicarle que el problema era exactamente el contrario del que él acababa de describir: se trataba de un día aún más pequeño de lo que ella se temía que iba a ser. –Esa condenada de Lucy –dijo su padre–. Tendría que responder por muchas cosas. El alcalde y su mujer parecieron confundidos, pero Barbara sabía a quién se refería su padre. Se sintió comprendida, y eso le hizo sentirse peor. A Barbara le había encantado Lucille Ball desde que vio Amo a Lucy por vez primera: todo lo que sentía o hacía venía de eso. El mundo parecía detenerse durante media hora todos los domingos, y su padre sabía muy bien que no debía hablarle ni hacer el menor ruido con el periódico mientras el episodio estaba en antena, no fuera a ser que Barbara se perdiera algo. Había un montón de gente graciosa que también le encantaba: Tony Hancock, el sargento Bilko, Morecambe y Wise. Pero ella no podía ser ellos por mucho que lo deseara. Todos eran hombres. Tony, Ernie, Eric, Ernie... No había nadie llamada Lucy o Barbara en el lote. No había chicas graciosas. –Sólo es una serie –decía su padre antes o después, pero nunca durante–. Una serie norteamericana. No es lo que yo llamaría humor inglés. –Y el humor inglés... Es tu expresión concreta cuando hablas del humor que se hace en Gran Bretaña, ¿no? –El de la BBC y demás... –Estoy de acuerdo contigo. Siempre dejaba de meterse con él porque se aburría, nunca porque él le pillara la gracia o la vaciara de contenido. Si iba a tener que quedarse en Blackpool, uno de sus planes era seguir manteniendo esta conversación mientras él viviera. –No es graciosa, para empezar –dijo él. –Es la mujer más graciosa que haya salido jamás en televisión –dijo Barbara. –Pero no te veo reírte con ella –dijo su padre. Era cierto que no se reía, pero casi siempre era porque había visto ya los episodios. Ahora estaba demasiado ocupada en ralentizar un poco las cosas para poder recordarlas. Si hubiera alguna forma de ver a Lucy todos los días de la semana, ella la vería, pero no la había, así que lo único que podía hacer era


concentrarse en ello mucho más de lo que se había concentrado nunca en nada, con la esperanza de llegar a asimilarlo siquiera en parte. –Pues tú me haces callar cuando están diciendo los resultados del fútbol en la radio –dijo ella. –Sí, por las quinielas –dijo él–. Uno de esos resultados podría cambiarnos la vida. Lo que no podía explicar sin parecer una chiflada era que Amo a Lucy era exactamente lo mismo que las quinielas. Un día, una de las expresiones o de las frases de Lucy iba a cambiar su vida, y quizá incluso la de su padre. Lucy ya había cambiado su vida, aunque no para bien: la serie la había separado de todo el mundo: de sus amigos, de su familia, de las otras chicas del trabajo. A veces le daba la impresión de que era un poco como ser religiosa. Se tomaba tan en serio lo de ver comedia en la televisión que la gente pensaba que era una chica un poco rara, así que dejó de hablar de ello. El fotógrafo de la Evening Gazette se presentó a ellos y condujo a Barbara hacia los trampolines. –¿Es usted Len Phillips? –dijo el padre–. ¿No nos está tomando el pelo? Reconoció el nombre de Len Phillips por haberlo visto en los periódicos y quedó deslumbrado. Santo Dios, pensó Barbara. Y mi padre se pregunta por qué quiero marcharme de aquí. –¿No es increíble, Barbara? El señor Phillips ha venido en persona al balneario. –Llámeme Len. –¿De veras? Muchísimas gracias. Pero George parecía un poco incómodo, como si no se hubiera merecido aún el honor. –Sí, bueno, seguramente no tendrá miles de empleados –dijo Barbara. –Sólo yo, y a veces un ayudante –dijo Len–. Y hoy es un gran día para Blackpool. Sería idiota si dejara que lo hiciera mi ayudante. Hizo un gesto a Barbara para que retrocediera un poco. –Di cheese –dijo su padre–. ¿O los que dicen eso son sólo los aficionados? –No, también lo decimos nosotros. Aunque algunas veces yo grito «¡Bragas!» para variar. George se echó a reír y sacudió la cabeza, asombrado. Barbara se dio cuenta de que su padre se lo estaba pasando de maravilla. –¿No tienes novio? –preguntó Len.


–No le han dado el día libre, Len –dijo George. Y se calló; era obvio que se estaba preguntando si se había mostrado demasiado confianzudo demasiado pronto–. Parece que están faltos de personal, por las vacaciones. Su tía Marie tampoco ha podido venir, porque se ha ido a la Isla de Man a pasar quince días. Sus primeras vacaciones en siete años. En una caravana, eso sí. El cambio es una buena forma de descanso. –Debería tomar nota de todo esto, Len –dijo Barbara–. Caravana. Isla de Man. El cambio es una buena forma de descanso. ¿Han ido sólo ella y el tío Jack, papá? ¿O se han llevado también a los chicos? –No tiene por qué saber todo eso –dijo su padre. –¿Dónde trabaja? –preguntó Len, moviendo la cabeza en dirección a Barbara. –No lo sé. Podemos preguntárselo –dijo Barbara. –En el departamento de Cosméticos de R.H.O. Hills –dijo su padre–. Y Aidan está en Ropa de Caballero. Así es como se conocieron. –Bien, no seguirá mucho tiempo en ese sitio, ¿no? –dijo el fotógrafo. –¿No? –dijo George. –Siempre estoy sacando fotografías de Miss Blackpool. En hospitales, espectáculos, galas benéficas... Miss Blackpool tiene un montón de responsabilidades. Va a ser un año muy ocupado. Vamos a vernos mucho, Barbara, así que tendrás que acostumbrarte a mi fea jeta. –Oh, Dios –dijo George–. ¿Has oído eso, Barbara? ¿Hospitales? ¿Galas benéficas? ¿Un año entero? ¿En qué había estado pensando? La tía Marie le había dicho que eran inauguraciones de tiendas y de la iluminación de Navidad, pero no había pensado en que iba a dejar a la gente plantada si desaparecía, y no había pensado en que seguiría siendo Miss Blackpool durante los trescientos sesenta y cuatro días siguientes. Y entonces supo que no quería ser Miss Blackpool ni siquiera una hora más. –¿Adónde va? –dijo Len. –¿Adónde vas? –dijo George. Un cuarto de hora después, la finalista, Sheila Jenkinson, una pelirroja alta y tonta de Skelmersdale, llevaba la corona en la cabeza, y Barbara y su padre iban en un taxi rumbo a casa. A la semana siguiente Barbara se fue a Londres.


2 Decirle adiós a su padre fue duro de verdad. Tenía miedo de quedarse solo, y ella lo sabía, pero no trató de disuadirla. En el tren, rumbo a Londres, no sabía si la conturbaba más la pena y el miedo de él o su propia inclemencia: en ningún momento se le había pasado por la cabeza cambiar de opinión. Decirle adiós a Aidan fue fácil, sin embargo. Él pareció aliviado, y le dijo que sabía que le habría de causar problemas si se quedaba en Blackpool. (Aidan se casó la primavera del mismo año, y le causó problemas a Barbara durante los quince años siguientes.) Y Londres también fue fácil, en la medida en que no esperaba demasiado. Encontró un bed and breakfast cerca de Euston Station, pagó tres días con sus ahorros, fue a una oficina de empleo y consiguió un trabajo en Derry and Toms, en Kensington High Street, de dependienta en el mostrador de cosméticos. Lo único que tenías que hacer, al parecer, era pedir una versión inferior de la vida que habías llevado hasta entonces, y Londres te la proporcionaba. A Londres no le importaba de dónde venías, siempre que no te importara que el estanquero y el cobrador del autobús se rieran de tu acento y repitieran tus palabras cada vez que abrías la boca: «¡Dos peniques!», «¡Piccadilly!», «¡Taza de té!». A veces se invitaba a unirse a la risa a otros clientes y pasajeros. Una chica llamada Marjorie, que trabajaba en la Zapatería de Señoras, le ofreció una habitación doble en Earl’s Court, mucho más cerca del lugar de trabajo, y Barbara aceptó antes de caer en la cuenta de que Marjorie compartiría esa habitación doble con ella. Ahora se sentía aún más religiosa: Lucille Ball la había convertido en una especie de mártir de la ambición. La ventana de la cocina daba a una vía férrea, y cuando pasaba un tren caía hollín del marco de la ventana. En Londres, casi todo el dinero que ganaba lo gastaba en comida, alquiler y autobuses. Marjorie estaba igual de sola que Barbara, y nunca salía a ninguna parte, así que las dos pasaban muchísimo tiempo juntas. Vivían de sopas de lata y tostadas, y jamás tenían las monedas de seis peniques suficientes para poner en funcionamiento las estufas de gas. Barbara no podía ver a Lucy, porque no tenían televisor, así que los domingos por la tarde la nostalgia del hogar se hacía particularmente intensa. De


nada le servía recordarse que si estuviera en Blackpool se pasaría la tarde muriéndose de ganas de estar en Londres. Y lo único que llegaba a sentir era que nunca sería feliz en ninguna parte. A veces se paraba y miraba en el escaparate de las agencias de empleo, pero nadie parecía necesitar una cómica de televisión. Algunas noches, tendida en la cama, lloraba en silencio por lo estúpida que era. ¿Qué se había pensado que iba a suceder? Marjorie le dijo que debería comprar The Stage para mirar los anuncios. Había un montón de chicas, le contó, que habían trabajado en Derry and Toms y que leían The Stage durante los descansos del té y un buen día desaparecieron. –¿Crees que habré oído algo de alguna de ellas? –preguntó Barbara. –Seguramente sólo de Margie Nash –dijo Marjorie–. Seguro que nos has oído hablar de ella. Barbara sacudió la cabeza, ávida de noticias de alguien que hubiera encontrado algún túnel secreto que partiera de la tienda y desembocara en la industria del espectáculo. –Era la chica a la que pillaron tonteando con un cliente en el lavabo de caballeros de la tercera planta, y que luego confesó que había robado una falda. Solía comprar The Stage todas las semanas. Barbara, lejos de arredrarse ante aquella historia con moraleja, empezó a comprar The Stage todos los jueves en el quiosco de al lado de la estación del metro de Kensington High Street. Aunque no entendía gran cosa. Era una revista llena de noticias que parecían escritas en clave. CONVOCATORIAS PARA LA SEMANA QUE VIENE

Shaftesbury Theatre – Our Man Crichton. Con Kenneth More, Millicent Martin, George Benson, David Kernan, Dilys Watling, Anna Barry, Eunice Black, Glyn Worsnip, Patricia Lambert (Producción: Delfont/Lewis/Arnold).

¿A quién se convocaba, concretamente, la semana que viene? Seguramente no a Kenneth More, ni a Millicent Martin, ni al resto de los miembros del reparto. Todos ellos debían de saber de sobra que tenían que aparecer en esa obra del West End. ¿Era a Barbara a quien llamaban, o a algunas chicas como ella? Y si de hecho esas misteriosas convocatorias podían dirigirse a ella, o a alguien como ella, ¿cómo iba a saber Barbara cómo responder a ellas? No se daban fechas ni horas ni descripción del trabajo. Montones de espectáculos parecían necesitar soubrettes, pero ni siquiera sabía qué era una soubrette, ni tenía un diccionario, y


tampoco sabía dónde estaba la biblioteca más cercana. Aunque si no había una palabra inglesa para designar tal cosa, mejor evitarla, al menos hasta no estar verdaderamente desesperada. Las ofertas de empleo de la última página de la revista no eran más claras, y ella no necesitaba buscar empleo. El Embassy Club de Old Bond Street buscaba azafatas elegantes y atractivas. El Nell Gwynne de Dean Street buscaba coristas y/o bailarinas, pero sólo a «las chicas adorables» se las invitaba a solicitar el empleo. El Whisky A Go Go de Wardour Street buscaba Gatitas, de una altura mínima de uno sesenta y ocho, pero Barbara sospechaba que la altura no era el único requisito, y no quería saber cuáles podían ser los otros. Odiaba tener que pensar en si era lo bastante adorable para ser una Gatita o una azafata o una corista. Temía no ser tan adorable como lo había sido en Blackpool; o, más bien, que su belleza fuera mucho menos descollante en Londres. Un día, en el restaurante del personal, contó con los dedos las chicas que a ella le parecían sensacionales y le salieron siete. Siete criaturas muy delgadas y bellas en el turno para comer de Barbara..., y sólo en Derry and Toms. ¿Cuántas habría en el turno siguiente? ¿Y cuántas en los mostradores de cosméticos de Selfridges y Harrods y Army and Navy? Estaba segura, sin embargo, de que ninguna de aquellas chicas quería hacer reír a la gente. Era su única esperanza. Fuera lo que fuera lo que les interesara –y Barbara no estaba segura de que les interesara mucho lo que les interesaba–, no era eso. Hacer reír a la gente implicaba bizquear y sacar la lengua y decir cosas que podían sonar estúpidas o ingenuas, y ninguna de aquellas chicas de labios pintados de rojo y fulminante desdén por todo aquel que fuera viejo o vulgar haría jamás nada de eso. Pero aquello apenas suponía una ventaja a su favor: no aquí, no todavía. Su voluntad de bizquear no le servía de mucho en el departamento de Cosméticos. Y probablemente tampoco era lo que el Whisky A Go Go quería de sus Gatitas. Barbara empezó a imaginar a las chicas guapas de Derry and Toms como bellos peces tropicales en un acuario, nadando de un lado para otro, una y otra vez, con una actitud de desilusión serena, sin ningún sitio adonde ir y sin nada que ver que no hubieran visto ya un millón de veces. Todas estaban esperando a un hombre. Los hombres iban a sacarlas con una red para llevarlas a casa y ponerlas en un acuario más pequeño. No todas ellas esperaban encontrar a un hombre, porque algunas ya lo habían encontrado, pero eso no impedía que siguieran esperando. Unas cuantas esperaban a que un hombre se decidiera, y


otras –poquísimas, y las más afortunadas– esperaban a que un hombre que ya se había decidido empezara a hacer dinero. Barbara no esperaba a ningún hombre, no pensaba que lo estuviera haciendo, pero ya no sabía lo que podía estar esperando. Se había dicho a sí misma en el tren que no se permitiría pensar en volver a casa en dos años como mínimo, pero a los dos meses sentía que la batalla y el fuego en su interior iban languideciendo, hasta que lo único que quería era tener acceso a un televisor un domingo. Era lo que el trabajo había obrado en ella; el trabajo y la sopa de lata, y las vegetaciones de Marjorie. Se había olvidado de todo lo relativo a convertirse en Lucy; lo único que quería era verla, de una forma u otra, en la pantalla. –¿Conoces a alguien que tenga un televisor? –le preguntó una noche a Marjorie. –En realidad no conozco a nadie de nadie –dijo Marjorie. Era un viernes por la tarde. Estaba tendiendo medias en el tendedero, junto a la estufa de gas–. Pero la mayoría de las chicas viven como nosotras. –Algunas de ellas vivirán en su casa –dijo Barbara. –Sí –dijo Marjorie–. Puedes hacerte amiga de ellas e ir al cine o a bailar con ellas, y un día quizá te inviten a su casa un domingo a tomar el té y puedas ver allí la tele. –Así que tiene que ser un novio. –Con los novios puedes salir a bailar y puedes ir al cine y puedes forcejear con ellos en los portales y puedes... –Está bien –dijo Barbara, taciturna–. Ya he pillado la idea. –Yo diría que la forma más rápida de poder disfrutar de un televisor es un caballero amigo. Son difíciles de encontrar, pero existen. –¿Te refieres a un hombre casado rico? –Has dicho que buscas un televisor, no un amor eterno. Tienen apartamentos secretos. O pueden permitirse hoteles. Hoteles bonitos con televisor en los dormitorios. Así que al final resultó que Barbara también esperaba a un hombre. Por supuesto que sí. ¿Qué diablos le había hecho pensar que iba a poder hacer algo sin un hombre? ¿Por qué pensaba siempre que era diferente de las demás? No tenía sentido quejarse de esta realidad. O, mejor, podía quejarse todo lo que quisiera, siempre que al mismo tiempo hiciera todo lo posible por conocer a un hombre, y siempre que se guardara las quejas para sí misma. Fuera quien fuera este hombre, probablemente no tendría ningunas ganas de pasarse la velada escuchando sus lamentos sobre lo injusto que era el mundo. Necesitaba que


cambiara algo, cualquier cosa. Necesitaba conocer a alguien que no fuera cobrador de autobús o dependienta. Tenía que haber oportunidades en alguna parte. Pero no en el departamento de Cosméticos, y Barbara tampoco creía que las hubiera en el Nell Gwynne. –¿Cómo sabes tú todo eso? –le preguntó a Marjorie, que no le daba la impresión de ser alguien que tuviera montones de caballeros amigos. –Tuve una amiga que estaba en Abrigos y Pieles –dijo Marjorie–. Algunas de las chicas de esa sección tenían caballeros amigos. Pero esto nunca sucede en Calzado, claro está. –¿Por qué «claro está»? –Ya lo habrás notado. –¿Notado qué? –Bueno, para empezar porque por eso estamos en Calzado las chicas como yo. Porque no tenemos aspecto de ser el tipo de chicas que pueden encontrar un caballero amigo. Barbara quería decirle que no fuera tan tonta, pero le pasaron por la cabeza unas cuantas caras y reconoció lo acertado de la observación. Todas las chicas guapas estaban en Cosméticos y en Moda Femenina. Había un proceso de selección que nadie había mencionado nunca. –¿Podrías conseguir que te pusieran un par de días en Perfumes? –dijo Marjorie. –¿Por qué Perfumes? –Cosméticos no está demasiado bien. No hay muchos hombres comprando pintalabios y rímel, ¿no crees? Marjorie tenía razón de nuevo. Barbara no podía recordar la última vez que había atendido a un hombre. –Pero compran perfumes para regalar. Y flirtean mucho cuando los están comprando. Quieren que te los eches en las muñecas para cogerte de la mano y olerlos. Barbara había visto esto en R.H.O. Hills, pero no con demasiada frecuencia, y nunca lo había visto hacer con intención de coqueteo. La gente era más cuidadosa en las ciudades pequeñas. Si el marido de alguien intentaba algo, la mujer acababa por enterarse. –Escucha –dijo Marjorie–. Los caballeros amigos no están interesados en forcejeos y demás. Se me acaba de ocurrir que tenía que advertirte. Barbara se sorprendió. –¿En qué están interesados, entonces? Si lo que le interesa no es..., ya sabes,


eso. –Oh, sí les interesa eso. Pero no precisamente la parte del forcejeo. –No estoy segura de entenderte. –No quieren forcejeos. Los forcejeos son para quinceañeros. –Pero si son caballeros... –Creo que la palabra «caballero» en «caballero amigo» es como la palabra «público» en «colegio público».1 Significa exactamente lo contrario cuando lo pones con otra palabra más. No eres virgen, ¿verdad? –Por supuesto que no –dijo Barbara. Lo cierto es que no estaba segura. Había llegado a algunas cosas con Aidan, justo antes del concurso de belleza. Había decidido liberarse de esa traba antes de irse a Londres. Él no había logrado hacer gran cosa, y en consecuencia Barbara no estaba muy segura de cuál era su estado oficial al respecto. –Bien, avisada estás. Eso es todo. Los caballeros amigos no se andan con forcejeos. –Gracias. Marjorie la miró con aire exasperado. –Tú sabes cómo eres físicamente, ¿no? –No. Pensaba que sí, antes de venir a Londres. Pero aquí es diferente. Hay una escala distinta. Todas esas chicas de Cosméticos y de Moda Femenina..., y luego, cuando sales a Kensington High Street... –¿Te refieres a todas esas insectos palo? –dijo Marjorie–. No tienes que preocuparte por ellas. No estás al día, de acuerdo. Pero a los hombres no les importa eso. Eres ridícula. –Oh –dijo Barbara–. Gracias. –Eres igual que Sabrina. Barbara trató de no poner los ojos en blanco. Odiaba a Sabrina, la chica que simplemente se ponía delante de la cámara en el Arthur Askey Show, sonriendo y alardeando de sus estúpidos pectorales. Era y hacía lo contrario de lo que Barbara quería ser y hacer. –Tienes el pecho, la cintura, el pelo, las piernas, los ojos... Si pensara que asesinándote con un hacha de carnicero tendría ahora mismo la mitad de lo que tú tienes, te abriría en canal sin dudarlo un segundo y me quedaría mirando cómo te desangrabas como un cerdo. –Gracias –dijo Barbara. Decidió quedarse con el cumplido, más que con el aterrador atisbo que acababa de tener del alma de su compañera de apartamento. Se sorprendió


preocupada especialmente por la disposición de Marjorie a abrirla en canal y ver cómo se desangraba a cambio de apenas un porcentaje de los atributos corporales que envidiaba. Había algo en aquel trueque que lo hacía más real de lo que Barbara habría deseado.

Sabrina © Silver Screen Collection/Getty Images

–No tendrías que pasar las tardes en casa, mirando cómo seco mi ropa interior. Tendrías que estar participando en concursos de belleza. –No seas tonta –dijo Barbara–. ¿Para qué iba yo a querer hacer algo semejante? Al día siguiente, Barbara le pidió a una chica de la sección de Perfumes que conocía que le cambiara el puesto durante una tarde, con intención de ver lo fácil que era encontrar un caballero amigo. El resultado del experimento fue


sorprendente: lo único que tenías que hacer era encender la luz que indicaba que estabas buscando uno. Barbara se alegró de no haber sabido dónde estaba el interruptor en cuestión en la época de su adolescencia, porque se habría metido en todo tipo de problemas en Blackpool; problemas causados por hombres casados, propietarios de siete tiendas de alfombras o cantantes en los espectáculos de los Winter Gardens. Valentine Laws no era lo que se dice un Adonis. Seguramente Barbara debería haberlo mandado a freír espárragos, pero prefirió seguir adelante. Valentine tenía como mínimo quince años más que ella, y olía a tabaco de pipa y a jabón Coal Tar. La primera vez que se acercó a la sección de Perfumes llevaba anillo de casado, pero cuando volvió un par de minutos después –al parecer para echarle un vistazo más largo a la dependienta– ya no lo llevaba. Y no le habló hasta que volvió por tercera vez. –Bien –dijo, como si la fuente de conversación se hubiera secado momentáneamente–. ¿Sale usted mucho? –Oh, bueno –dijo ella–. No tanto como me gustaría. –Mmm... –dijo él–. Adorable acento. ¿De dónde es usted? Déjeme adivinarlo. Soy bueno en eso. Sé que es de alguna parte del norte, pero de dónde, ésa es la cuestión. ¿Yorkshire? –Lancashire. Blackpool. Se quedó mirándole los pechos sin disimulo. –Sabrina es de Blackpool, ¿no? –No sé quién es Sabrina –dijo Barbara. –¿De veras? Yo habría jurado que todos sus paisanos están muy orgullosos de ella. –Bien, pues no –dijo Barbara–. Porque nunca hemos oído hablar de ella. –De todas formas, se parece mucho a usted –dijo Valentine Laws. –Pues qué suerte tiene. Valentine sonrió y porfió en el empeño. Estaba claro que lo que le interesaba no eran sus destrezas como conversadora. Lo que le interesaba era su parecido con Sabrina. –Bien, Miss Blackpool. –Barbara se quedó mirándole con sobresalto, pero no era más que un halago–. ¿A qué tipo de sitios le gustaría ir? –Eso es asunto mío; si le interesa tendrá que averiguarlo. Se habría dado una bofetada. Ése era el tono que habría empleado para ahuyentar a algún teddy boy en los Winter Gardens, pero de nada servía allí en Londres. Estaba iniciando un forcejeo, y Marjorie le había advertido en contra de


ello. Por suerte, y quizá porque Valentine no estaba acostumbrado a los exabruptos en los bailes de los sábados por la noche, pasó por alto su pequeño destello de arrogancia. –Lo intento –dijo con paciencia–. Pero tengo una proposición que hacerle. –Apuesto a que sí –dijo ella. No podía evitarlo. Toda su vida, o al menos la parte de ella en la que los hombres habían estado interesados, se la había pasado tratando de mantenerlos a distancia. Ahora, repentinamente, tenía que ser diferente y reprimir el reflejo que había necesitado durante años. –Es una buena apuesta. Ganaría dinero. No estaría hablando con usted si no quisiera proponerle algo, ¿no le parece? Barbara agradeció la brutal aclaración y sonrió. –Voy a cenar con un amigo. Un cliente. Va a venir con una amiga, y me ha sugerido que yo haga lo mismo. En su vida pasada le habría mencionado entonces el anillo de casado, pero ya había aprendido la lección. –Eso suena bien. Estaba aún muy lejos de un televisor, pero era un comienzo. Marjorie le aconsejó que tomara algo prestado de la tienda para la cita. Al parecer era lo que hacían todas las demás chicas. Durante la hora del almuerzo subió con una bolsa a la planta en cuestión, habló con una de las chicas y eligió un elegante vestido rojo con falda hasta la rodilla y escote pronunciado. Cuando estaba arreglándose para salir recordó el aspecto que podía tener cuando se esforzaba un poco, se pintaba los labios y enseñaba un poco las piernas. Hacía mucho tiempo de eso. –¡Joder! –dijo Marjorie, y Barbara sonrió. Valentine Laws había reservado mesa en el Talk of the Town para ver a Matt Monro, el cantante favorito de la tía Marie. En los carteles de la entrada Barbara vio que otras noches habían actuado las Supremes, o Helen Shapiro, o Cliff y los Shadows, artistas de los que habrían querido saberlo todo las chicas del trabajo. Matt Monro era de otro tiempo, del tiempo anterior a su huida de Blackpool. Cuando la conducían hacia la mesa reparó en que era, casi sin ninguna duda, la persona más joven de la sala. Valentine la esperaba en una mesa para cuatro junto al escenario. Sus invitados aún no habían llegado. Pidió un Dubonnet con limonada para Barbara


sin preguntarle qué quería, y hablaron del trabajo, y de Londres, y de los nightclubs, y entonces él levantó la mirada y sonrió. –¡Sidney! Pero a Sidney, un hombre bajo y calvo con bigote, no pareció complacerle mucho ver a Valentine, y en ese punto la cara de Valentine se volvió demasiado complicada para que pudiera descifrarla Barbara. Seguía la sonrisa, pero enseguida se desvaneció, y luego hubo un rápido y consternado agrandamiento de ojos. Después la sonrisa volvió, pero no había en ella calidez ni agrado. –¡Audrey! –dijo Valentine. Audrey era una mujer grande con un vestido en extremo cárdeno e inapropiadamente largo. Era, adivinó Barbara, la mujer de Sidney. Y, al observar la escena, Barbara empezó a comprender que había habido algún tipo de malentendido. Sidney había pensado que era una velada con un tipo de damas («las damas», «nuestras buenas esposas», ese tipo de cosas...), pero Valentine había invitado a Barbara al suponer que se trataba de otro tipo de velada juntos, una velada que incluía damas pero no a las esposas. Es de suponer que en el pasado habían disfrutado de ambos tipos de veladas, y de ahí la confusión. Las vidas de los hombres casados con dinero eran tan complicadas y tan engañadoras, y los códigos en que hablaban tan ambiguos, que Barbara se preguntó por qué no sucedía aquello continuamente. Tal vez sí sucedía. Tal vez el Talk of the Town estaba lleno de mesas en las que mujeres de edades enormemente diferentes, sentadas en sus mesas, se fulminaban con la mirada. –Valentine y yo tenemos que hablar de un pequeño detalle de negocios en el bar –dijo Sidney–. Excusadnos cinco minutos, por favor. Valentine se levantó, hizo una pequeña reverencia a las mujeres y siguió a Sidney, que se alejaba pisando fuerte y con gran enfado. Iba a ser un malentendido con consecuencias, obviamente. La mujer de Sidney caería en la cuenta de quién era (y qué representaba) Barbara; y sin duda supondría que había habido otras veladas similares a las que ella no había sido invitada. Si Valentine hubiera sido más rápido ante la situación podría haber presentado a Barbara como su prima, o su secretaria, o su agente de la condicional, pero se había dejado arrastrar hasta la barra por Sidney para una charla entre hombres y había dejado a las dos mujeres solas en la mesa, donde no tardarían en llegar a sus propias conclusiones. Audrey estaba enfrente de Barbara, y la miró. –Está casado, ¿sabe? –dijo finalmente. Barbara dudaba mucho de que llegara siquiera a oír cantar a Matt Monro, así


que decidió que lo mejor sería divertirse todo lo posible mientras pudiera. Miró a Audrey y se echó a reír, de inmediato y con desdén. –¿Con quién? –dijo–. La mataré. Y rió de nuevo, para mostrar lo poco preocupada que estaba por lo que le acababa de decir Audrey. –Está casado –dijo, insistente, Audrey–. Con Joan. La conozco. Llevan casados mucho tiempo. Con hijos y demás. Hijos que ya no son unos chiquillos. El chico tiene dieciséis años y su hermana estudia enfermería. –Bien –dijo Barbara–. No creo que esté haciendo un buen trabajo con su educación. No ha pasado una noche fuera de casa en dos años. –¿Casa? –dijo Audrey–. ¿Viven juntos? –Oh, no está tan mal como parece –dijo Barbara–. Tenemos planeado casarnos en junio. Aunque, por supuesto, si lo que usted me dice es cierto, antes Valentine tendrá que arreglar de alguna manera las cosas. Y se echó a reír por tercera vez, sacudiendo la cabeza ante la absurdidad de lo que acababa de oír: ¡Valentine! ¡Casado! ¡Con hijos! –¿Conoce a esos «hijos»? –Bueno –dijo Audrey–. No. –El gusano diminuto de la duda se había colado en su interior, advirtió con satisfacción Barbara–. Pero he hablado de ellos con Joan. Sidney y yo tenemos dos adolescentes. –Ah –dijo Barbara–. Ha hablado. Todos podemos hablar. Yo podría sacarme quince hijos de la manga, aquí hablando con usted. Uno, dos, tres, cuatro, cinco... Quince hijos, cayó en la cuenta, eran muchos hijos que enumerar. Le pareció de locos seguir contando, así que se calló. –Bueno, cinco –dijo. –¿Qué quiere decir? –Hablar no es lo mismo que ver, ¿verdad? –¿Está diciéndome que Joan se los ha inventado? –Para ser sincera, creo que esa Joan podría ser la inventada. –¿Cómo va a ser inventada? ¡La conozco! –Sí, pero ya sabe cómo son los hombres. A veces quieren pasar una velada fuera sin nosotras, si sabe a lo que me refiero. Algo bastante inofensivo. Bueno, eso pienso yo. –Está diciendo que Joan es una especie de... –No, no. Es que él querría un poco de compañía. Yo estaría en el cine, o por ahí...


–No era una mujer joven –dijo Audrey. –Vaya, qué tierno..., pasar una velada con una mujer de su edad. Audrey consideró la elaborada falacia que le habían tratado de endilgar Valentine y la tal Joan y sacudió la cabeza. –No puedo creerlo –dijo–. Qué raro hacer algo así. Sidney y Valentine se reincorporaron a la mesa, ya amigos otra vez. –Creo que debo presentaros como es debido –dijo Valentine–. Audrey, ésta es Barbara. Trabaja en mi oficina y le encanta Matt Monro. Así que cuando Joan se ha sentido indispuesta esta tarde... La mujer de Sidney miró a Barbara, primero confusa y luego indignada. –Encantada de conocerte, Audrey –dijo Barbara–, y se levantó y se fue al guardarropa a recoger el abrigo. Había sentido un extraño deleite en los contados minutos que había pasado hablando con Audrey, porque le habían permitido coprotagonizar un sketch cómico que ella misma había ido escribiendo sobre la marcha. Además, su interpretación había sido bastante decente, pensaba, teniendo en cuenta lo exiguo del material. Pero ahora la adrenalina abandonaba su organismo, y mientras hacía cola para el guardarropa, se sintió más triste de lo que jamás se había sentido hasta entonces en Londres. Desde su conversación con Marjorie, se había estado diciendo a sí misma que la disyuntiva era clara, aunque lúgubre: podía trabajar tras un mostrador de cosméticos o podía relacionarse con hombres como Valentine con la esperanza de que pudieran llevarla a algún lugar que estuviera un poco más cerca de donde quería estar. Pero había aceptado salir con un hombre como Valentine Laws y había acabado sintiéndose humillada y necia, y al día siguiente volvería a su trabajo en la sección de Cosméticos. Tenía ganas de llorar. Quería volver a casa. Estaba harta. Volvería a Blackpool y se casaría con un hombre que tuviera tiendas de alfombras, y le daría hijos, y él llevaría a otras mujeres a los night-clubs, y ella envejecería y moriría y esperaría tener mejor suerte la próxima vez. Y estaba yéndose del Talk of the Town cuando conoció a Brian. Casi se dio de bruces con él al subir las escaleras hacia la salida. Él dijo «hola», y ella le mandó a tomar por el culo, y él pareció sobresaltarse. –No te acuerdas de mí, ¿verdad? –No –dijo Barbara, y le alegraba que así fuera. A todas luces era alguien a quien no merecía la pena recordar. Era bastante guapo, y llevaba un traje que


parecía muy caro, pero era aún mayor que Valentine Laws, y todo en él inspiraba desconfianza. –No conocimos la noche del estreno de aquella película de Arthur Askey en la que participaste. –Nunca he participado en ninguna película. –Oh –dijo–. Perdona. No eres Sabrina, ¿no? –No, no soy la jodida Sabrina. La jodida Sabrina es un montón de jodidos años mayor que yo. Y sí, somos paisanas, y sí, tiene los mismos pectorales. Pero si alguno de ustedes hubiera mirado alguna vez a una mujer un poco más arriba del cuello, se habría dado cuenta de que somos dos personas diferentes. El hombre rió entre dientes. –Lo siento mucho –dijo–. Me alegro de que no seas ella. No era una buena película, y ella estaba de pena. ¿Adónde vas? –A casa. –No puedes irte a casa todavía. Matt Monro ni siquiera ha empezado a cantar, ¿me equivoco? –¿Por qué no puedo irme a casa? –Porque tienes que quedarte a tomar una copa. Quiero saberlo todo de ti. –Apuesto a que sí. Podía pelearse con aquel hombre, porque no quería nada de él, y porque además estaba harta de los hombres. –No soy quien tú crees que soy –dijo el hombre. –No pienso que sea nadie. –Estoy muy felizmente casado –dijo. De pronto había una mujer atractiva y sonriente a su lado. Era un poco más joven que él, pero no de forma escandalosa. –Aquí la tienes –dijo el hombre–. Ésta es mi mujer. –Hola –dijo la mujer. No parecía furiosa con Barbara. Lo que quería era que empezaran las presentaciones. –Yo soy Brian Debenham –dijo el hombre–. Y ésta es Patsy. –Hola –dijo Patsy–. Eres muy guapa. Barbara se puso a imaginar de qué iba todo aquello. Un marido y su mujer tratando de ligar con ella era algo que bordeaba los límites de su imaginación. Ni siquiera tenía una palabra para «eso». –Intento convencerla para que tome una copa con nosotros –dijo Brian. –Ya veo por qué –dijo Patsy, y miró a Barbara de arriba abajo–. Es ideal para ti. Se parece a Sabrina.


–No creo que le guste que la gente diga eso. –No, no me gusta –dijo Barbara–. Y no me gusta que un hombre trate de ligar conmigo mientras su mujer mira. Ésta parecía la interpretación menos arriesgada. Si Barbara no tenía una palabra para «lo otro», no iba a tratar de acusarles de ello. Por fin iba a enterarse de lo que era una soubrette. Porque aquella pareja estaba intentando convertirla en una. Brian y Patsy se echaron a reír. –Oh, no, no pretendo ligar contigo –dijo Brian–. No es sexo. Es algo aún más sucio. Quiero ganar dinero contigo. Soy agente de talentos. Barbara volvió al guardarropa con el abrigo, y ahí empezó todo.


1 Las public school britรกnicas son colegios privados y de un marcado elitismo. (N. del T.)


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