PRÓLOGO
A la larga lista de grandes misterios de la humanidad, que incluye la construcción de las pirámides y el cargante poliestireno con el que últimamente lo empaquetan todo, permítanme que añada el siguiente: ¿por qué Edith Pearlman no se ha hecho famosa todavía? Claro que, como su obra no tiene el reconocimiento que tan obviamente se merece, todos los que la queremos podemos permitirnos la arrogante presunción de decirnos que nosotros sí estamos en el ajo. En presencia de ciertos lectores basta con las palabras «Edith Pearlman» para que automáticamente te tomen por una iniciada, por alguien capaz de reconocer y apreciar la belleza. Dicho esto, no tengo la menor duda de que Visión binocular debería ser el libro que acabe de una vez por todas con el anonimato de Edith Pearlman y la ponga en el lugar que merece entre las joyas de nuestras letras. Porque sus relatos están a la altura de dos cimas de la literatura como John Updike y Alice Munro. Descubrí a Edith Pearlman en 2006. Me habían invitado a colaborar en la edición de Best American Short Stories [Los mejores relatos cortos de la literatura norteamericana] y dio la casualidad de que dos de mis cuentos favoritos del centenar largo entre los que tuve que elegir –«El puente de Junius» e «Independencia»– pertenecían a la misma autora; alguien de quien, por otra parte, yo jamás había oído hablar. ¿Cómo era posible? Katrina Kenison, la editora de aquel volumen, me confesó que toparse año tras año con los relatos de Edith Pearlman era una de las mayores satisfacciones que le deparaba aquel trabajo. Tras pensármelo un tiempo ridículamente breve, decidí incluir «Independencia» en la antología; y no incluí también «El puente de Junius» por la sencilla razón de que, por norma, no se podían publicar dos cuentos de un mismo autor. De ahí pasé directamente al fondo de armario de Edith Pearlman: How to Fall [Cómo caer], Love Among the Greats [Amor entre los grandes] y Vaquita. Mi amor trascendente por Edith quedó sellado de una vez para siempre. Pero también el amor eterno es susceptible de crecer. Para la presentación de Best American Short Stories 2006, la editorial organizó una fiesta en Cambridge, Massachusetts, y contrataron a tres actores para que leyeran tres relatos. Yo me iba a ocupar únicamente de las presentaciones, pero dos días antes de la fiesta,
uno de los tres actores nos comunicó que no podría asistir y me encargaron a mí la lectura de «Independencia». Aunque había leído en público otras veces, existe una gran diferencia entre leer unos párrafos de tu propia obra y leer a otro autor, y estaba la dificultad añadida de tener que hacerlo junto a dos actores profesionales. Pero no me quedaba otra, así que me encerré en la habitación del hotel, me senté cómodamente en el centro de la cama y empecé a ensayar. «Independencia» no es un cuento largo y debí de leerlo fácilmente unas veinte veces antes de tenerlo dominado. Una cosa les puedo asegurar: existen pocas obras que resistan veinte lecturas en voz alta y muchísimas menos que mejoren con cada una de esas lecturas. Pero cuanto más sometía a ese relato a la prueba de la repetición, más se iluminaba. Yo me sentía igual que un aprendiz de relojero desmontando un Vacheron Constantin. Sabía que el cuento era muy bueno ya desde la primera lectura, pero cuando lo hube leído veinte veces me di cuenta de que es inmaculado, de que no tiene un solo defecto. Cada una de las palabras de cada una de las frases es indispensable, cada observación, sutil y compleja. Es su ritmo, tanto como su trama, lo que impulsa la lectura. Y aquella tarde en el hotel, cada vez que creía conocer todos los matices, el relato me revelaba uno nuevo en el que no había reparado, algún detalle que había aguardado tranquilamente y sin queja a que yo lo descubriera. Con esto no quiero decir que sea necesario leer los relatos de este volumen varias veces para comprenderlos plenamente, sino que su riqueza es tal, y tienen tanta profundidad de espíritu, que el lector siempre podrá llegar donde esté dispuesto a llegar. Sin la menor traza de vanidad les digo que aquella noche triunfé, la sala se vino abajo. La propia Edith Pearlman se encontraba entre los asistentes, así que me sentí como aquel actor que interpretaba al tío Vania una noche que Chéjov fue a la función. Abordé la lectura y me puse como meta no interrumpirla en ningún momento, pero con frecuencia me daban ganas de detenerme y decir: «¿Han oído ustedes eso? ¿Se dan cuenta de lo bueno que es?» Un año después, la biblioteca pública de Nashville, mi biblioteca, solicitó mi colaboración en «Una hora para lectores adultos» (personas que se reúnen a la hora del almuerzo y escuchan la lectura de obras de ficción) y tuve la oportunidad de volver a leer «Independencia». ¡Qué gran día! Los asistentes, en número muy considerable, casi se vuelven locos. Se preguntaban, y me preguntaban, cómo era posible que no hubieran oído hablar de Edith Pearlman. Yo les dije que comprendía su perplejidad, y como la lectura me había llevado
menos de media hora, les sugerí que dedicásemos el resto de la hora a comentar el relato que acababan de oír. –¡No, no, no! –dijo alguien–. Mejor léenos otro relato. –¡Sí, otro relato, por favor! –clamaron todos. Cogí un libro de Edith Pearlman (al fin y al cabo nos encontrábamos en una biblioteca) y empecé a leer. Y aunque no había podido preparar nada, la brillantez de la prosa me llevó en volandas hasta la conclusión. Fue la segunda mejor lectura que he hecho en mi vida. Cuando me pidieron este prólogo –ante la invitación di saltos de alegría–, me apresté a leer el original lápiz en mano. Me pareció buena idea subrayar las mejores frases, para poder citarlas luego a conveniencia. Pronto pude comprobar que la idea era ridícula, porque iba leyendo e iba subrayando todas y cada una de las frases. De acuerdo, me dije, limítate entonces a señalar tus relatos preferidos, para luego citarlos. Cuando terminé la lectura, resultó que los había señalado todos. Todos y cada uno de los relatos sin dejarme uno solo. Tienes entre manos, lector, una joya, un libro que podrías llevarte a una isla desierta sabiendo que, cada vez que llegases a la última página, podrías volver a empezar. Este libro no es una antología de accidentes, de yonquis, de personajes en circunstancias desesperadas. Es mucho más fácil escribir desde la desesperación que desde la confianza, o desde la independencia. Los relatos de este volumen constituyen un ejercicio de imaginación y compasión, un viaje alrededor del mundo, un ejemplo de lo que puede ocurrir cuando el talento se conjuga con la disciplina y una inteligencia brillante. Este libro nos permite observar a una artista en la cúspide de sus facultades creativas. Espero, lector, que cuando lo termines salgas a la calle y difundas la buena nueva. El secreto de Edith Pearlman ha durado ya demasiado tiempo. ANN PATCHETT Nashville, julio de 2010
Título de la edición original: Binocular Vision. New and Selected Stories
Edición en formato digital: enero de 2018
© de la traducción, Amado Diéguez Rodríguez , 2018 © Edith Pearlman, 2011 © EDITORIAL ANAGRAMA, S.A., 2018 Pedró de la Creu, 58 08034 Barcelona ISBN: 978-84-339-3906-7 Conversión a formato digital: Newcomlab, S.L. anagrama@anagrama-ed.es www.anagrama-ed.es